jueves, 9 de julio de 2020

EDGARD, EL COLECCIONISTA- ROSAS DE SANGRE


Edgard, el coleccionista


Rosas de sangre.



Hola, mis queridos amigos.

Quiero contarles la historia de la señora Fátima.

Oficié su velatorio.

Su hija, a quien conocía de pequeña, estaba inmensamente triste. Pero más que por el deceso de su madre, por tener la sensación de no haber sido querida por ésta en vida.

Yo sabía los motivos de tal impresión.

Y había tomado los recaudos para consolar, no solo a Mercedes, sino también a la finada.

Fátima había sido abusada de pequeña por un familiar.

En vez de ser defendida, su entorno se convirtió en cómplice de la atrocidad.

Cuando quedó embarazada, la obligaron a casarse con un hombre mayor, acaudalado, que se haría cargo del fruto de la violación como propio.

Don Miguel fue muy bueno y comprensivo con Fátima, que, si bien nunca llegó a amarlo, lo apreciaba por su dulzura y paciencia.

Al fallecer Miguel, y quedar viuda, se sintió abandonada, amargada y resentida, criando sola a su niña, sin poder evitar, al verla, el recuerdo de los abusos sufridos.

Así como le prodigaba un inmenso amor, a veces, cuando su trauma afloraba, en los momentos más inesperados, se ensañaba con Mercedes, que no comprendía la hostilidad de su mamá hacia ella. Esas oscilaciones de afecto, la confundieron e hirieron durante su crecimiento.

Cuando Fátima llegó a mis manos, para preparar su despedida, su imagen se me presentó.

En sus espectrales ojos llorosos, yo leía su último deseo de congraciarse con su hija, y liberarse del odio y dolor de su infancia.

Yo asentí, y señalé su cuerpo, como pidiéndole permiso.

Ella movió la cabeza, dando su consentimiento.

Lavé su cuerpo marchito con agua bendita, y extraje su útero.

Tomé un recipiente grande, de plata labrada, y lo usé como maceta, donde lo planté con tierra del camposanto.

A los pocos segundos del procedimiento, creció una impresionante rosa negra, de horrendas y retorcidas espinas plateadas que manaban sangre oscura.

La flor emanaba un olor nauseabundo, y emitía un sonido chirriante, como el crepitar de algo quemándose…

Cuando el flujo de sangre cesó, corté la rosa, e inmediatamente creció otra, también con espinas sangrantes, pero de un color más claro, y un hedor menos intenso.

Fui repitiendo la operación, una y otra vez, hasta que la flor que emergió fue una purísima rosa blanca, hermosa y fragante, luminosa y nívea.

Las flores anteriores las había puesto dentro de un pesado libro, para que se secaran y armar cuadros con ellas.

Ésta, la cortaría para regalársela a Mercedes. El solo perfume que esparcía le daría un mensaje de su madre.

Fátima se me presentó, con el rostro aliviado, y se esfumó mansamente.

En el velorio, me acerqué a Mercedes, y le conté con suma discreción la historia de su madre, afirmando que la había amado profundamente. Le di la prístina rosa blanca, y no bien sintió su puro aroma, la tristeza de su rostro se transfiguró en un gesto de comprensión, consuelo, y alivio.

En la maceta de plata siguieron creciendo rosas. De vez en cuando, una pequeña gota de sangre mana de las espinas, alimentando a la planta. Es sangre limpia, de reconciliación y cambio, por lo que el rosal prospera con flores hermosas, que decoran de vida mi colección de la muerte.

En cuanto a las flores cortadas, pese a haber estado apresadas en un libro, nunca se secaron. Armé de igual modo cuadros con ellas, con marcos del mismo color de las intensas emociones que expresan sus pétalos: odio, dolor, angustia, resignación, perdón, redención, y finalmente, amor, que todo lo cura y mitiga.

Cuando llega a mi establecimiento alguien sumamente triste, corto, con un respeto casi reverencial, una rosa de la maceta de plata, para que le alivie un poco la pena.

Y funciona…

Mi don de contactarme con los muertos, me hace recomendar tratar de solucionar los pesares en vida. Porque es corta y efímera.

Créanme. Sé bastante a respecto.

Les dejo mi saludo, desde la Morgue, esperándolos, como siempre, amigos míos.

No me olviden. Yo los tengo muy, muy presentes…




jueves, 2 de julio de 2020

EDGARD, EL COLECCIONISTA-EL CORAZÓN ROTO


Edgard, el coleccionista

El corazón roto



AMIGOS, COMO TODOS LOS SÁBADOS, ME MUDO A LA MORGUE DE RIGOR MORTIS.
ESTOY CON LOS EMBALSAMADORES.
@EL_Rigor_Mortis, mi nueva casa, dentro de Los Embalsamadores.


LOS ESPERO ALLÍ, PARA CONTARLES UNA HISTORIA DE AMOR...O ALGO ASI...
NO FALTEN A  LA CITA.
LOS ESPERO.
SIEMPRE LOS ESPERO...

viernes, 26 de junio de 2020

EDGAR, EL COLECCIONISTA- LEGADO FAMILIAR


Legado familiar



Hola amigos.

LOS ESPERO EN RIGOR MORTIS.
EN NUESTRA CITA DE LOS SÁBADOS.
TENGO ALGO MUY ESPECIAL PARA CONTARLES...
NO ME FALLEN...
LOS ESPERO EN @EL_Rigor_Mortis, mi nueva casa, dentro de Los Embalsamadores.


https://twitter.com/El_Rigor_Mortis/status/1277013144443990018?s=20

miércoles, 17 de junio de 2020

EDGAR, EL COLECCIONISTA - EL DEDO ACUSADOR


Edgar, el coleccionista


El dedo acusador




Edgar los espera en Revista Rigor Mortis, para contarles una historia...especial.
No lo dejen esperando.
Trabaja como embalsamador allí...

https://www.rigormortisrevista.com/post/el-dedo-acusador

lunes, 15 de junio de 2020

#MismoInicioDiferenteFinal Vidas robadas-


 #MismoInicioDiferenteFinal

 Vidas robadas-

Jean caminaba a paso rápido sin destino. Las nuevas cerraduras le hacían casi imposible su trabajo. Y es que Jean era un ladrón de casas. Pensaba en sus opciones cuando de pronto vio…Una puerta con las llaves puestas. Se detuvo y se giró buscando al dueño, pero no había ningún alma en la calle. Giró la llave y entró a una vivienda que parecía vacía.

Maldijo por lo bajo.

-¡Hola, soy vendedor de seguros! ¿Hay alguien en casa?- preguntó, mientras se adentraba a explorar.

La sala principal solo tenía muebles viejos y destartalados.

En una de las habitaciones, encontró, en una mesa de luz polvorienta, billeteras con dinero, y diversos ornamentos. Algunos eran basura sin valor, pero otros, eran de oro. Se le abrió de asombro la boca al ver un diamante auténtico, y unos fantásticos gemelos.

-¡Bingo!-se dijo, mientras guardaba el tesoro.

Era todo muy extraño. Quizá había caído en la guarida de un colega.

Solo daría una vueltecita rápida, y desaparecería raudamente.

Sonrió al imaginar la cara del tipo al ver que su estúpido descuido le había costado el botín…

Hizo un tour por el lugar, hallando una cocina sin nada aprovechable.

Le llamó la atención la cantidad de bolsones de comida para perro acumuladas, entre la dejadez y el polvo.

Llegó a un pasillo, con una puerta al fondo.

Se acercó a la misma, y se sobresaltó al escuchar sonidos amortiguados.

Su primer impulso fue huir con presteza, pero su maldita curiosidad le ganó.

Abrió sigilosamente la puerta, evidentemente, de un sótano.

Los ruidos se hicieron más nítidos.

Eran gemidos, quejas.

Con una sensación de irrealidad, prendió el interruptor, deshaciendo la penumbra, y descendió los escalones.

Sabía que no podría dormir por muchas noches si se quedaba con la intriga…

La visión con que se topó lo paralizó unos segundos.

El lugar estaba lleno de jaulas. En cada una de ellas, personas desnudas, amordazadas y maniatadas, de distintas edades, forcejeaban en vano, intentando quitarse las ligaduras de sus manos.

Todos tenían la más variada gama de laceraciones en el cuerpo. Algunas estaban vendadas. Otras, ya eran cicatrices.

Jean se acercó a una jovencita, de entre todos los que lo observaban con miradas implorantes.

Introdujo su mano entre los barrotes, y no sin esfuerzo, le consiguió correr la mordaza.

-¡Ayúdanos, por favor! ¡Volverán en cualquier momento!

-¿Qué les ocurrió? ¿De quiénes hablas?

-¡Nos secuestraron unos locos! ¡Nos encerraron para torturarnos! ¡No tienes idea de las cosas horrorosas que nos hacen, mientras un insano filma! ¡Nos alimentan con comida para perro, y nos obligan a realizar los actos más abyectos que puedas imaginarte!

-¿Cómo abro estas jaulas? Tienen candados…

-¡Solo sal corriendo de aquí y pide ayuda! ¡Tienen las llaves encima!

Jean miró a su alrededor, para ver si había algo con qué romper los candados. La idea de ir a la policía por auxilio, no le hacía mucha gracia. Lo conocían demasiado bien allí.

Muchos ojos desesperados lo urgían a encontrar una solución.

-¡Apúrate, por Dios, ya están por llegar! ¡Dejan como cebo las llaves puestas en la cerradura de la casa!

A Jean se le heló la sangre en el cuerpo.

Antes de darse vuelta para huir, buscando ayuda, la mirada horrorizada de la chica le indicó que algo estaba más que mal.

 Un golpe en la cabeza lo sacó de circulación.

Cuando despertó, dos tipos encapuchados, con un montón de herramientas escalofriantes, lo tenían tendido en una camilla, con la cámara dispuesta a filmar.

-¡Bienvenido a nuestro humilde morada! ¿Preparado para ser una estrella de la Deep web? ¿Sabes qué te abrió la posibilidad de la fama que compartirás con tus amigos? La costumbre de entrar sin permiso a lugares donde no debes husmear…Como tus compañeritos. Relájate. Empezaremos con algo…leve. Iremos de menor a mayor.

La cámara se encendió, mientras Jean amordazado y maniatado, veía acercarse el escalpelo a su entrepierna desnuda…

sábado, 23 de mayo de 2020

ANGELES


Ángeles

Publicada en la revista Boletín Papenfuss  @PapenfussRev




-Doc, ya son doce horas sin parar. Ya váyase a descansar…

-¿Qué hay de ti, Rosa? ¿Cuánto llevas en pie?

Ella se encogió de hombros, con una sonrisa cansada.

El doctor le sopló un beso. Admiraba profundamente a la curtida enfermera, y su fortaleza.

-Me voy a ir, pero a mi misión secreta…

-¡Por cierto! ¡Tengo algo para eso!

Rosa le entregó una pesada bolsa.

Él la recibió, feliz, y se marchó.

Sacudiéndose el agotamiento, al llegar a su hogar, llenó de bultos su coche, y se dirigió al barrio más pobre de la ciudad

Sacando el primer paquete, tocó una humilde puerta.

-¡Doctor! ¡Dios lo bendiga! Cristian sigue con fiebre...¡Gracias por los alimentos!

El médico reconoció amorosamente al niño, y le dio instrucciones a la afligida madre, para seguir su ronda.

-¿Ya se fue el ángel, mami? Me siento mejor…

-Era el doctor, mi cielo…

-No, mami. Es un ángel. Ustedes, los adultos no los reconocen. Nosotros, los niños, lo sabemos…Ángeles de bata blanca…

LA NATURALEZA CANÍBAL


La naturaleza caníbal        

Publicado en ESPECIAL CANÍBALES -Revista RIGOR MORTIS @El_Rigor_Mortis

                                      



El dolor de mi pierna fracturada es pulsante, enfermizo. Susurra historias de pus, infección, gangrena…

Acallo esa vocecita interior ejercitando la memoria con la época en que era padre, hijo, esposo. La feliz época anterior a la guerra.

Mi pequeño grabador escucha mi relato.

 

Llegaron dejándonos maravillados.

Sus hermosas naves iluminaron la noche con una suave bruma dorada.

Usando el cielo de pantalla reflectora, proyectaron un anuncio cargado de buenas intenciones. Reprodujeron imágenes mandadas por nuestras sondas espaciales, con información básica de la existencia y cultura terrestre. Así nos hallaron, y aprendieron idiomas y costumbres.

Aterrizaron sin ningún impedimento en enormes terrenos.

Fueron recibidos por comitivas multitudinarias, llenas de curiosidad.

Jefes de estado, militares, el pueblo entero ardía de expectativa de conocerlos.

Descendieron de las naves gigantescas unos esbeltos seres etéreos, andróginos, de largo cabello albino, enormes ojos dorados, y piel color bronce, con un cráneo más grande que el humano.

Nos parecieron bellos. Explicaron que habían llegado desde muy lejos, y que no querían ofendernos, pero nuestra inteligencia primitiva no podía captar las bases de su ciencia y cultura, pero que nos ayudarían con su tecnología para beneficiarnos.

Todos los adoraban. Había quienes caían desmayados en éxtasis místicos al verlos. Despertaban balbuceando que Dios había mandado al fin sus ángeles a la tierra.

Brindaron la cura a todas las enfermedades. Bajaron la contaminación. Revirtieron el calentamiento global.

Combatieron hambrunas con ingeniosos invernaderos cultivados en globos flotantes, donde crecían verdaderos vergeles alimenticios en los climas más extremos.                                                                                                                       Salvaron especies en extinción y reforestaron selvas enteras perdidas. Nos brindaron combustibles libres de toxinas, de origen orgánico, reciclable.

En pocos meses mejoraron superlativamente nuestra calidad de vida, y un día anunciaron que tenían un mensaje para darnos.

En cada punto del planeta se congregaron miles de personas para escuchar a cada ángel delegado, que emitieron el mismo discurso.

Dijeron que habían llegado a la conclusión de que la ayuda que necesitábamos desesperadamente, no era la que ellos podrían brindarnos.

La naturaleza del hombre era totalmente autodestructiva: los humanos se regocijaban con el sufrimiento y destrucción de sus pares, enmascarando con sofismas ideológicas sus sentimientos corruptos.

Para consolarnos, afirmaron que no éramos culpables de ello: llevábamos la impronta de tener una naturaleza caníbal. Se consideraban impotentes ante esas pulsiones, y nos despedían deseándonos lo mejor.

Dejando multitudes apesadumbradas, en un estado de histeria y depresión, volvieron a sus hermosas naves. Partieron con una rapidez sobrenatural.

Mientras el mundo entero lloraba el abandono de sus ángeles, los líderes políticos elucubraron planes para utilizar los conocimientos de los enigmáticos seres, instando a sus científicos a crear armas de destrucción masiva.

Estalló la tercera guerra mundial.

Todos los países contaban con variantes macabras del mismo arsenal de pesadilla, creyendo tener superioridad por sobre los otros. El resultado fue una masacre inenarrable.

En pocas horas se perdieron los beneficios que los ángeles habían aportado.

El día que destruyeron mi barrio, estaba en mi casa reunido con mi familia.

Hubo un sonido sibilante, un estruendo ensordecedor, la sensación de ser arrojado por los aires como un guiñapo, y luego, el desmayo.

Al despertar encontré mi hogar pulverizado, y a mis seres queridos despedazados entre los escombros. No comprendí porqué estaba vivo.

Al salir de ese espacio, me encontré en un erial de desolación y muerte.

La poca gente sobreviviente, era perseguida por un alienado ejército de soldados enloquecidos, vestidos de negro.                                                                                                      

Disparaban con pequeñas pistolas que emitían rayos dorados, que momificaban en segundos a las personas alcanzadas.

Todo fue un raid de pesadilla: huir de los soldados, encontrar alimento y bebida entre la destrucción, buscar refugio como un animal, para guarecerme por las noches.

En las ruinas de un supermercado, encontré un hombre agonizando, horriblemente mutilado.

Saqué de mi mochila una botella de agua, y la acerqué a sus labios agrietados. Bebió ávidamente.

-Quédate conmigo. No quiero morir solo. -me pidió

Le tomé la mano sana, y él asintió.

-Gracias, hermano. ¿Sabes? No eran ángeles, sino los jinetes del apocalipsis…

Constaté su fallecimiento. Le cerré los ojos con suavidad, y me alejé trastabillando, llorando sin consuelo.

Renegué de Dios con las palabras más abyectas, a los gritos. Esa estupidez hizo que un grupo de hombres oscuros me localizara. Tuve que correr como un poseso para esquivarlos.

Conseguí burlarlos, pero tropecé con una viga, y me fracturé la pierna.

Con un dolor cegador, me arrastré hacia las ruinas de una antigua casa, buscando resguardarme.

Pasé largas horas en un rincón, tirado sobre una roñosa manta que tenía en mi mochila y agoté mi reserva de agua.

Con tiempo de sobra, reflexioné sobre las palabras del hombre del supermercado. “Jinetes del apocalipsis”. No era una deducción extraña.

Quizá necesitaban un planeta que ocupar, y el nuestro les gustó. Prefirieron que nos extermináramos entre nosotros, sin ensuciarse las manos matándonos como a bichos.

Nos dejaron como al descuido tecnología que podía usarse como armas letales, un arsenal en potencia al alcance de la mano, sembrando una semilla enferma, putrefacta…

Era cuestión de tiempo para que nuestra naturaleza caníbal la germinara. Cuando se desocupe el planeta (los pocos que queden vivos, se matarán enloquecidos, entre ellos con sus pistolitas), los ángeles volverán. Limpiarán el estropicio, y construirán un nuevo refugio para su civilización, que “nuestras mentes primitivas” no podrían entender nunca.

Quizá grabo estas palabras para distraerme del dolor insoportable que me recorre.

Si ahora hablo en susurros, es porque escucho pasos que se acercan. Seguramente los hombres oscuros me hallaron. Mejor. Estoy harto de sufrir.                                                                                                        

Veo recortados contra entrada, iluminados por un rayo de luna, la silueta de seis niñitos de unos cuatro años, por su menuda contextura, desnutridos y harapientos, avanzando hacia mí.

-Entren, chicos, por favor, no tengan miedo.

Se acercan con el andar furtivo de animalitos.

-No les voy a hacer daño. Estoy lastimado y solo.

¡Lo que está pasando es una locura! Se me tiran encima coreando, como una letanía:

-¡Hambre! ¡Mucha hambre!

¡Me están devorando vivo!!!!!!!!!!!!!!..............