viernes, 18 de septiembre de 2020

EDGARD, EL COLECCIONISTA- EL TATUAJE

EDGARD, EL COLECCIONISTA EL TATUAJE Mi fiel ayudante, Tristán, vino muy triste a contarme que había fallecido Tania, la bella panadera. Él había trabado una linda amistad con la buena mujer, de la que, creo, estaba un poco enamorado. Me avisó que su hija se sentía demasiado abatida como para tramitar los protocolos funerarios, pero sabía que su madre había dejado arreglos a respecto, que me concernían. -Me parece, señor Edgard, que debería hablar con Lía. Sería muy útil que tuviera una charla con usted. -¿Qué ocurrió, amigo? -Es un presentimiento. -No se diga más. Llevado por la sugerencia, fui hasta la casa de la joven. Me recibió pensando que venía a cumplimentar los trámites del deceso. -Puedo aprovechar, querida, para pedirle el certificado. En realidad, estoy aquí para conversar con usted, por recomendación de un amigo de su mamá. -Debe ser Tristán. Ella lo apreciaba. Decía que era un buen hombre. Confiaba en él. -La invito a confiar en mí. -Es una historia larga. –dijo, suspirando con tristeza. -La escucho. -Hace unas semanas, mi madre cambió. De ser alegre, extrovertida y enérgica, comencé a notarla distraída, triste, preocupada. La descubrí llorando a escondidas. Le tuve que suplicar que me contara qué le ocurría, y lo hizo solo porque pensó que yo me encontraba en peligro. ´´Como sabrá, no tengo papá. Siempre creí (así me lo había dicho ella), que la habían repudiado en su familia por quedar embarazada soltera, y al desaparecer su novio, decidió armar su destino en otro lugar, y vino aquí a tenerme, montando con sus ahorros la panadería que fue su orgullo. ´´Ocurre que, en realidad, fue secuestrada de jovencita, y obligada a prostituirse por un hombre despreciable. El mal nacido marcaba a sus víctimas con un horrible tatuaje en la espalda, que mamá siempre escondía, y del que yo, ignorante de su origen, me reía las pocas veces que lo veía por algún descuido de ella. ´´Me contó que cuando descubrió su embarazo, juntó valor para hacer lo que nadie se atrevía: denunciar a Iván, el malvado que había destrozado su vida, ya que, si bien no era el eslabón principal, formaba parte de una gruesa cadena de proxenetas que esclavizaba mujeres inocentes desde su minoría de edad. ´´Si bien no sabía quién era el padre de su hijo, ella amaba a su bebé, y había visto lo que ocurría con Iván cuando una de sus chicas quedaba encinta: era golpeada hasta que abortaba. Si eso no ocurría, traía a una mujer que se ocupaba del ´´problema´´. Y si la chica en cuestión ya estaba muy avanzada para detener el nacimiento, por haberlo ocultado, la dejaba encerrada, en condiciones infrahumanas, para traer un niño al mundo, y vendía al bebé no bien nacía. ´´Acudió a un cliente que era policía, y, según me dijo, muy buena persona, ya que se asombró auténticamente al saber que era obligada a prostituirse, y más aún, desde que edad. ´´Nahuel se comprometió, si ella testificaba, a meter preso a Iván. Y lo consiguió. ´´Sus compañeras de desgracia, aunque muertas de miedo, también se presentaron a la justicia, por lo que el malvado cayó a la cárcel, no sin antes prometer venganza a mi madre, como instigadora de la sublevación. ´´Ella, feliz de verse libre, no quiso arriesgar la seguridad de su querida familia, y huyó hacia un lugar muy lejano a recomenzar su vida. ´´Todo parecía haber salido bien: el pueblo la recibió con cariño, y pudo tenerme, educarme y trabajar en paz. ´´Un día, vio a un hombre espiando su negocio. Se quedó congelada de horror al ver a Iván sonriéndole burlonamente. Su promesa de venganza no había sido olvidada. Y temía que recayera sobre mí, lo que más amaba en el mundo. ´´Le rogué que acudiéramos nuevamente a la policía, a lo que arguyó que no podía acusar de nada al hombre, porque seguramente había salido en libertad, después de tantos años, y que no tenía qué denunciar. Me rogó que no saliera de la casa, al menos por un tiempo. ´´Sé que llegó a comprar un arma. La tenía escondida en la caja de recaudaciones. ´´Comencé a ver al tipo espiar constantemente a mi madre, con esa sonrisa horrible. ´´El día que decidí buscar ayuda, porque el acoso estaba devastando a mamá, su corazón dijo basta. Falleció antes de que pudiera hacer nada por ella. La pobre niña estalló en lágrimas. La abracé, y le sugerí: -Lía, no puede quedarse sola aquí. Venga a mi casa. Con Tristán la protegeremos de ese monstruo. Y verá que hallaremos alguna solución. Creo que aceptó mi oferta solo para poder descansar tranquila un poco. Se la veía totalmente agotada. La dejé en una habitación, con Cerbero, mi mastín, cuidándola. El perrote se olvidó de su tamaño gigantesco para acostarse con la chica, para alivio de ella, en la cama. Así los dejé, abrazados, con la seguridad de que el animal daría su vida por defender a Lía de ser necesario, y me aboqué a preparar el velatorio, poniendo al tanto a Tristán de los sucesos. Cuando llegó el cuerpo de Tania, y comencé mi labor, apareció su espectro, con el rostro transido de aflicción. -Tranquila, buena mujer. Sé lo que ocurre. Protegeré a tu hija. Podrás descansar en paz luego de esta noche. Su imagen se difuminó. Yo sabía que aún estaba presente. La sentía. Puse su cuerpo de espaldas. Vi el horrible tatuaje con el que Iván ´´marcaba´´ a sus víctimas. Una calavera en llamas, apoyada sobre espinas. Una frase odiosa se leía bajo la fea imagen: ´´Propiedad privada´´. Mi indignación me orientó con los pasos a seguir. Con un escalpelo, retiré el trozo de piel con el dibujo, empapándolo en los químicos adecuados para disponerlo como la tela de un cuadro, mientras, guiado por mi furia, recité unas oraciones orientadas hacia Iván. Sin que lo notara se acercó Tristán, e impuso sus manos sobre mí, potenciando mi ritual, más intuitivo que pensado. Cuando concluimos, comencé la preparación del cuerpo. Al inicio del velatorio, Tristán despertó a Lía para que despidiera a su madre. -No te asustes, si ves a Iván. Seguramente vendrá, pero con nosotros, te aseguro que nada deberás temer. La chica asintió. Fueron asistiendo los deudos. Ya avanzada la ceremonia, apareció el deleznable rufián. Se acercó a Lía, como para darle el pésame. Yo, estratégicamente cerca, escuché sus sibilinas palabras: -Eres bonita como tu madre. Serás una excelente pupila para mi rebaño descarriado. -Retírese, caballero. -le dije, mientras Tristán abrazaba a la aterrada muchacha. - No es bienvenido aquí. -¿Y si no lo hago? ¿Qué sucederá? ¿Llamará a la policía? -Para nada. No soy tan mundano. Arriésguese, y compruébelo por usted mismo. Algo debió percibir en mi mirada colérica, que lo sacó de su postura de matón. -No te librarás de mí fácilmente, pequeña. Tu madre me quedó debiendo algo. Y voy a cobrármelo. Con esas venenosas palabras, se retiró, adentrándose en la noche tormentosa. Consolamos a Lía. Cuando concluyó el velorio, se retiró a descansar. Fuimos con Tristán a la oficina, donde había quedado extendida la piel con el tatuaje. Con la mirada fija en él, oramos. Las flamas que ardían sobre el cráneo, transmutaron en un sol naciente. Las espinas, en flores. Y la funesta frase, cambió por: ´´Eres libre´´. Apareció Tania, relajadas sus facciones en un gesto de paz. Nos saludó sonriendo, mientras ascendió hasta desaparecer, entre suaves luces. Al día siguiente, nos enteramos oficialmente lo que ya sabíamos, por haberlo visualizado en nuestro ritual. Cuando Iván se retiró furioso del velatorio, se dirigió hacia el parque de la única mansión del pueblo, donde tenía un cómplice, esperándolo en la oscuridad. Antes de llegar a su destino, estalló un rayo, que lo alcanzó en el cráneo, incendiando su cabeza antes de caer fulminado sobre una planta espinosa, derribando un cartel que advertía: ´´Propiedad privada´´. La maldad contenida en el tatuaje lo había atravesado de pleno. Solo le contamos a Lía que el tipo había muerto accidentalmente, y que nada debía de temer. Le prometí, también, encontrar a la familia de Tania, con lo que quedó ilusionada, dentro de su gran tristeza. Volviendo a mí, creo, amigos, que me descontrolo un poco cuando me disgusto. Solo un poco. Los espero gustoso en La Morgue, para relatarles mis historias. Posiblemente les muestre el cuadro del tatuaje.

viernes, 11 de septiembre de 2020

EDGARD, EL COLECCIONISTA- LA AMBULANCIA EMBRUJADA

EDGARD EL COLECCIONISTA LA AMBULANCIA EMBRUJADA Hola, mis queridos amigos. Hoy, para variar, les voy a contar sobre una persona viva. Tristán se acercó un día a la funeraria, muy afligido por su situación. Estaba en libertad condicional, y su supervisor le pedía que consiguiera un trabajo. Fue muy honesto conmigo. Me confesó que nadie lo empleaba, más por su aspecto, que por sus antecedentes penales. Estaba desesperado. Yo era su última alternativa. Había caído preso por pequeñas raterías. Nunca conseguía empleo. Percibí en él una energía positiva muy especial. Creo que nadie coincidiría conmigo, al verlo. El pobre hombre, delgado hasta los huesos, era contrahecho. Sufría una notoria renguera. Además de una cara deforme, con los ojos desalineados, de color verde agua, casi transparente, que inquietaban a la gente. Me contó que era alcohólico, y que estaba en rehabilitación, además. Sin dudarlo, no solo le ofrecí contratarlo como ayudante, sino también, un cuarto en el fondo de la funeraria para que no tuviera que seguir pagando la pensión donde paraba. Aceptó, conmovido y agradecido de que alguien, por primera vez en su vida, le diera un voto de confianza. Comenzó conduciendo la ambulancia donde trasladábamos los cuerpos, sin inconvenientes. Un día, se demoró mucho más de lo previsible. Empecé a dudar de poder cumplir con los plazos de tiempo del servicio si no llegaba pronto. Sospeché de algún accidente, y me afligí. Cuando estaba a punto de dar parte a la policía, apareció Tristán, lívido y tembloroso. -¡Hombre! ¿Estás bien? ¡Me tenías muy preocupado! -Es que…Mire, don Edgard, tenemos que hablar… -¿No habrás estado bebiendo? -Para nada, aunque confieso, que ganas no me han faltado… -Mira, Tristán. Hacemos una cosa. Terminamos de oficiar este velatorio, y luego hablamos largo y tendido. Lo que sea que te ocurra, seguramente, tendrá una solución. Trae pronto el difunto, para prepararlo, que apenas voy a llegar a tiempo con los horarios pautados. Vi que palideció aún más, y tragando saliva, fue a cumplir mi mandado, con pinta de estar al borde del desmayo. Empecé a sospechar el motivo de su malestar. Cuando terminó el velatorio, me encontré con él en mi oficina. Estaba muy demacrado. Le serví un café bien cargado, y mientras bebía con manos temblorosas, comenzó a contarme: -Don Edgard, yo estoy muy agradecido con usted. Se ha portado tan bien, conmigo… Pero tengo un problema. Desde que estoy cerca suyo, veo cosas muy raras. Más de lo habitual. Siempre pensé que estaba un poco loco, y por eso, sumado a mi aspecto, empecé a beber, y, ya sabe. Caí muy bajo. Cuando estaba borracho, jamás veía nada extraño. Y lo de hoy, señor Edgard, superó todo lo extraño que yo pueda soportar sin perder la chaveta. Cuando venía de camino del hospital, fuera del pueblo, empezó a funcionar mal la ambulancia. Se paraba, quedando muerto el encendido. Como conozco algo de vehículos, sabía que no había ningún motivo lógico en el fallo. De la nada, conseguí darle arranque. Pese a que el día es templado, dentro de la ambulancia descendió la temperatura de golpe. Empecé a tiritar. Sentí que no estaba solo. Cuando miré el retrovisor interno, casi me muero del susto. Tuve que frenar de golpe. Un grupo de demonios espantosos me miraban con odio, sentados sobre la camilla del cuerpo. Créame, Don Edgard. Eso no fue lo peor. Cuando miro a mi costado, veo sentado al lado mío a un engendro espantoso. Fíjese que, al lado de él, yo soy un galán de cine. Era un ser con toda la piel cubierta de gusanos, con los globos oculares salidos de las órbitas, que me mostraba una lengua negra, partida en dos como las víboras, pero larguísima. Cuando anteriormente veía rarezas, cerraba con fuerza los ojos, hasta que conseguía algo para tomar, y desaparecían. Hice lo mismo esta vez, pero no se fueron. Casi me hago encima. Mi primer impulso fue salir corriendo, y alejarme de esos espantos, pero no era justo portarme así con usted. Así que hice algo que me enseñó mi madre, cuando niño: me puse a rezar como un poseso todas las oraciones del devocionario, una y otra vez, los ojos fijos en la ruta. Seguía sintiendo las presencias horrendas a mi alrededor, pero recitar las plegarias me hacía sentir protegido, aunque estuviera medio desmayado del terror. Cuando llegué, a duras penas, y usted me dijo que volviera a la ambulancia, creí que me iba a caer redondo. Pero, con mis rezos, lo logré, Don Edgard. Lo peor de todo, es que sé que no me va a creer, como me pasó toda la vida, cuando contaba se lo a los demás… -Te equivocas, Tristán. No solamente te creo. Te voy a pedir que me acompañes al vehículo, y solucionaremos juntos el problema. -¡Ay, no! ¿Es necesario? No quisiera ver ni de lejos esa ambulancia maldita… -Confía en mí. No te va a pasar nada. El hombre se persignó, y me acompañó, rengueando. Abrí la puerta trasera, y tal como dijo mi buen ayudante, unos horrendos demonios me recibieron con unas muecas repulsivas. Yo percibí la verdad de la visión, y para sorpresa de Tristán, sonreí. -¡Oigan, ustedes! ¿No les da vergüenza andar asustando a la gente? Pese al disfraz de ultratumba que llevan, los conozco. Oficié sus velorios. Sé que han sido buena gente en vida. Bueno, no todos, pero…no soy quién para juzgar. Siento el desconcierto que tienen. Los sorprendió la muerte de golpe, y tienen temor de cruzar al más allá. Créanme. Van a un lugar hermoso, lleno de luz, y de perdón para aquellos que no están con su conciencia tranquila. Ya no teman en marcharse. Los supuestos demonios mostraron su verdadera imagen espectral, develando a vecinos del pueblo recientemente fallecidos, con cara de tristeza y arrepentimiento. -Para que vean que existe la bondad, Tristán rezará para ustedes sin rencores, y yo lo acompañaré en sus plegarias. Tristán tomó la mano que le extendí, y con expresión solemne, comenzó la recitación, a coro conmigo. Nuestras voces comenzaron a resonar con una vibración muy especial, que nos repercutía en el pecho. Una brisa cálida se arremolinó a nuestro alrededor, y en los árboles cercanos, los pájaros emprendieron vuelo, pese a lo avanzado de la noche. Y cantaban, como si fuera el alba. Los espectros relajaron sus facciones en sonrisas aliviadas, y empezaron a desvanecerse en una mansa luminosidad, dejando una nívea pluma sedosa en el lugar donde se había presentado cada uno. Las recogí. Esplendían energía positiva de transmutación. Habíamos ´´exorcizado´´ a la ambulancia. Y tenía varias piezas de recuerdo. Tristán me siguió nuevamente hasta la oficina, con desconcierto y satisfacción. Serví nuevamente café. -No puedo creer lo que pasó, Don Edgard… -Créelo, Tristán. Nunca estuviste loco. Tienes un don. El mismo que poseo yo. Por algo el destino te trajo hasta mi puerta. Ya no debes temer. Te ayudaré a interpretar las ´´cosas raras´´ que ves, y tú me ayudarás a mí con esas cuestiones, para las cuales, siempre he estado solo. Te enseñaré mi colección, y te contaré cada una de las vivencias que encierra. Tristán me abrazó, con los ojos llenos de lágrimas. Por primera vez en su vida, no se sentía un fenómeno circense. Eso es lo que vale darle un voto de confianza a un ser humano: la posibilidad de quitarle innumerables cargas de encima, y una nueva oportunidad de creer en las bondades de la vida. Los invito a La Morgue, para contarles todas las historias que esconden los muertos. Y algunos vivos. Los espero, mis amigos. Como siempre…

miércoles, 9 de septiembre de 2020

LA TUMBA

La tumba Mauricio Alberto Marci, tristemente famoso asesino serial pedófilo, fue dado por muerto al encontrarse su coche carbonizado, estrellado contra un árbol. La patente, que había volado, permitió reconocer el auto, pero el grado de deterioro del vehículo, no dio lugar a identificar ningún cuerpo. Un pariente lejano, para limpiar el honor de la familia, organizó un entierro simbólico en un cementerio casi abandonado. Nadie asistió a la ceremonia. Extrañamente, todos los domingos, Dora, llevaba una cajita y una pala. Removía la tierra, y dejaba allí la pequeña caja. Sonreía con tristeza, y se retiraba. Dora era enfermera. Cuando llegaba a casa, bajaba al sótano. Estaba decorado con fotos de pequeños. En la pared central, un póster con la imagen de una bella niña de diez años. Frente a ese muro, Mauricio se hallaba encadenado, lleno de vendajes y cicatrices en todo el cuerpo. Le faltaban todos los dedos de las manos y los pies, la nariz, y el labio inferior, por lo que se le escurría la saliva. También le había sido extirpada la lengua. -Hola, Mauricio. Vengo de dejar en tu tumba un pedacito más. Ten paciencia. De a poco, la iremos completando. Mauricio solo emitía sonidos guturales, mientras manaban lágrimas de sus ojos desorbitados. -Son muy tristes las tumbas vacías. Lo remediaremos. Tu llenaste tantas tumbas…Tienes en primer plano a mi Roxi. Y en las otras fotos, todos los demás niños que mataste. Está bien que llores. Todos los padres lloramos mucho, cuando encontraron a nuestros hijos violados y asesinados. Pero, al menos pudimos enterrarlos. Y visitar su última morada. A ti no te visita nadie. Porque no hay cuerpo. Es injusto, lo sé. Trabajo mucho para remediarlo. Creo que esta semana será un ojo. Sí, me parece acertado. Cuando esté completa tu tumba, te visitarán…

viernes, 4 de septiembre de 2020

EDGARD, EL COLECCIONISTA- LA BALA DEL ODIO

EDGARD, EL COLECCIONISTA

 

LA BALA DEL ODIO

 

Hola, mis queridos amigos.

Quiero contarles la historia de Baltasar, cuyo velatorio oficié.

Él había quedado postrado en silla de ruedas en unas circunstancias muy trágicas.

Cuando joven, se enamoró de Diana, la hija de Lucio, el sujeto más rico y malvado del pueblo.

Al ser un humilde trabajador de la construcción, sus honestas intenciones fueron despreciadas por el poderoso empresario. Quería para su heredera un hombre encumbrado, de buena posición.

Los enamorados decidieron huir a escondidas. Lucio, que tenía vigilados a ambos con sus esbirros, persiguió a Baltasar la noche en que planeaba buscar a Diana para escapar, y le pegó un tiro en la espalda.

No tuvo repercusiones con la justicia, con la excusa de afirmar que creyó que un merodeador intentaba robar la casa, y con el peso de sus influencias.

Baltasar quedó atado a la silla de por vida. Los médicos le salvaron la vida, pero no caminaría nunca más. No pudieron sacarle la bala, por el riesgo de provocar mayores daños.

Lucio decidió que era buen momento de trasladarse a la ciudad. No quería que su hija corriera a los brazos del insolente que había osado desobedecer su voluntad. Allí encontraría al candidato adecuado como yerno.

Pero Diana, destrozada por la separación, recluida en su cuarto, se dejó morir de la tristeza, negándose a ingerir alimentos y beber.

Lucio, loco de pesar e ira, corrió hasta el pueblo, con intención de ultimar a Baltasar, declarándolo culpable de la desgracia, pero murió al chocar el auto que conducía en una maniobra imprudente.

Baltasar sobrevivió muchos años en una bruma de nostalgia por su amor malogrado, con una mísera pensión, cuidado por su madre hasta que falleció.

Envejeció con una amargura que lo fue marchitando de a poco, hasta que la muerte lo sorprendió con una palabra saliendo de su boca, como una plegaria de despedida:

-Diana...

Cuando terminó el velorio, se me presentó el espíritu de Baltasar. Se le veía viejo, vencido, y muy triste.

Cerca de él, se materializaron Lucio y Diana. El primero, miraba colérico al pobre Baltasar, y le impedía a su hija acercarse a él.

Yo tragué saliva. Me di vuelta, y sin duda alguna, busqué el material quirúrgico para hacer lo que tenía en mente.

Saqué el cuerpo del féretro, y lo coloqué en la camilla de la sala de preparación, de espaldas.

Busqué la cicatriz del disparo. Hice la incisión. Intenté, al localizarla, retirar la bala, que se resistía en forma increíble para salir.

Haciendo muchísima fuerza, conseguí desprenderla, descubriendo el motivo que me impedía sacarla: le habían crecido unos largos tentáculos negros, llenos de espinas, que se retorcían como serpientes malignas.

Solo un roce de esos apéndices de odio me quemó como ácido, con la pérfida baba que chorreaba.

Apresando bien fuerte con las pinzas con que la sostenía, ya que se sacudía horriblemente, logré depositarla en un frasco, que cerré, luego de llenarlo de formol.

Baltasar sonrió, y se le borraron las huellas de la vejez.

Había extraído la impronta del odio que lo subyugó durante años.

Lucio perdió fuerza en los brazos espectrales con que apresaba a su hija, mientras observaba con asombro que se desvanecía en una sucia niebla gris, con una furia demencial, mientras se borraba de este plano.

Diana se acercó a Baltasar. Se tomaron, felices, de la mano. Me sonrieron con una mansa paz, y estallaron en bellísimas chispas de luz brillante.

La bala llena de tentáculos, aún los agita, temblando de odio desde el frasco, en el estante de mi colección.

La intensidad del sentimiento oscuro tenía una energía maligna que lo seguía animando a través del tiempo.

Amor y odio: fuerzas opuestas que rigen este universo, equilibrando el cosmos.

¿Será posible que alguna vez gane la primera?

¿Qué opinan ustedes, mis amigos? ¿Es factible frenar los tentáculos del odio con la pureza del bien?

Los espero para escuchar sus opiniones…

domingo, 30 de agosto de 2020

EL BRINDIS

El brindis

La mataría.

La tóxica se había encargado de dejarlo como un canalla miserable ante todo su entorno.

También sugirió que si se atrevía a dejarla, se suicidaría.

Ya no soportaba sus manipulaciones.

La invitaría a tomar un trago, para hacer las paces. La ingesta de alcohol era una constante en su día a día.

Pondría una buena dosis de pastillas. Cuando se adormeciera, le metería por fuerza el resto para mandarla a un eterno descanso.

Preparó la copa.

Para su sorpresa, ella lo esperaba con un vaso ambarino en alto, y una sonrisa conciliatoria. En sus ojos enrojecidos, relucían lágrimas.

-Te esperaba, querido. Estamos a tiempo de arreglar las cosas. Te compré tu whisky favorito.

-¡Qué casualidad! ¡Venía por lo mismo! Te traje champán…

-¡Brindemos!

Él bebió con ansiedad, esperando que ella consumiera el líquido.

Pero no lo tomó. Se le quedó mirándolo fijamente, mientras brillaban sus ojos tristes de un modo extraño.

-Lo siento muchísimo…

Fue lo último que escuchó antes de desmayarse.

Habían tenido la misma idea.

No eran tan diferentes, después de todo…

 

sábado, 29 de agosto de 2020

EDGARD, EL COLECCIONISTA- PASOS FURTIVOS

EDGARD, EL COLECCIONISTA @NMarmor

 

PASOS FURTIVOS

 

En una ocasión vino la señora Celeste para pedirme que oficiara el velorio de su cuñado. Su hermana estaba muy conmocionada como para ocuparse del tema, por lo que ella traía la documentación pertinente.

El hombre había perecido por un ataque cardíaco, y el cuerpo ya estaba dispuesto para retirarlo.

-¿Puedo confiarle un secreto, Don  Edgard? Sé que usted tiene…un don especial, e intuyo que sabrá guiarme con algo que me aflige muchísimo…

-Por supuesto, Celeste. ¿Qué ocurre?

-En la familia hay un problema muy grave. Usted debe saber que Clarita, la hija de mi hermana y Osvaldo, su difunto padrastro, vive desde hace un tiempo conmigo.

Esto ocurrió a partir de una acusación de la niña hacia el hombre. Decía que se deslizaba a la noche, y la acechaba. Ella escuchaba los pasos furtivos, cómo entre abría su puerta y la espiaba en la semioscuridad. Hasta que una noche, intentó, directamente, atacarla. Usted se imaginará…

Lo peor, es que la tonta de mi hermana no le creyó a mi sobrina. Dijo que era histeria de adolescente. Yo me llevé a Clarita, por su seguridad. No quería dejarla a merced del depravado.

El tema es que, anoche, justo cuando falleció Osvaldo, Clara estaba acostada, y lo escuchó arrastrando los pies. ¡Luego lo vio! ¡Con una cara terrible de maldad! La pobre chica está aterrada.

Creo que, si pasa otra noche así, se volverá loca.

Pese a los ruegos de mi hermana, no va a venir al velorio. Tiene muchísimo miedo.

-Ciertamente, muy trágico e inquietante lo que me cuenta, Celeste.

Yo me ocuparé de todo. Y, por favor, no venga usted tampoco al velatorio. Quédese con Clarita, y hágale compañía. Dígale que solucionaré ese problema.

-¡Gracias, señor Edgard, sabía que podía contar con usted!

La mujer se retiró entre lágrimas.

Oficié las exequias del degenerado con el desagrado que me subía como bilis por la garganta, más, al escuchar a la viuda quejarse de su hija, por dejarla sola en ese momento.

Me comporté con todo el profesionalismo que me caracteriza.

Cuando llegó el momento de cerrar el féretro, a solas, con una sierra quirúrgica, y sin demasiados remilgos ni protocolos, le corté los pies a Osvaldo.

Los desnudé de zapatos y medias, los encadené y coloqué en un frasco con conservante, mientras recitaba unas palabras que vibraban de energía.

Sentí que se me erizaba la piel mientras hablaba. Algo estaba ocurriendo.

Al otro día, Celeste confirmó mi percepción.

Me contó que se quedó en la habitación de Clara. Juntas escucharon el furtivo deslizamiento de pasos, y luego vieron al malvado espectro, que las acechaba con un gesto inenarrable.

Ya estaba cerca de ellas, cuando de pronto, la cara del fenómeno se retorció de furia. Un fuego sin calor le inició en los pies, y ascendió por toda su imagen horrenda, chamuscándolo. Lo último que vieron de él fue una mirada que ardía de odio y feroz depravación.

En el lugar del fenómeno, quedó solo un puñado de cenizas, negras, en vez de grises, que estaban heladas.

Celeste las juntó en una bolsa, y Clarita sintió el alivio de que ya nadie la molestaría.

Aun así, decidió quedarse a vivir con su tía.

-Tenga las cenizas, señor Edgard. Le juro, que en cuanto apareció Osvaldo, yo sentía su presencia, cuidándonos a las dos.

Estamos muy agradecidas. Aunque no entiendo de estas cosas, sé que usted alejó al monstruo…

Celeste me abrazó, y se retiró en paz.

Yo arrojé las cenizas dentro del frasco con los pies encadenados. Y por extraño que parezca, se encendieron como ascuas, flotando siniestramente, como fuego fatuo, alumbrando en la oscuridad, desde la estantería de mis preciados objetos.

Quiero recalcar la importancia de escuchar a una persona cuando denuncia un abuso.

Sé que, pese a mi consejo, las partes físicas de muchos individuos terminarán formando parte de mi colección…

Los espero, mis amigos, aquí, desde La Morgue, con muchas ganas de reencontrarnos…

viernes, 21 de agosto de 2020

EDGARD, EL COLECCIONISTA- LA MUERTE DE DALIA

EDGARD, EL COLECCIONISTA.

LA MUERTE DE DALIA

 

Hola, mis amigos.

Hoy quiero contarles de un suceso ocurrido con el fallecimiento de Dalia, una chica obesa, para la que hubo que fabricar con prisas un ataúd especial que acogiera su cuerpo.

Por su enfermedad, había sido marginada y discriminada toda su corta vida.

No tenía amistades. No conoció el amor.

Hasta su nombre, perdió, siendo reemplazado por el despectivo y burlista apodo de ´´La cerda´´.

Su familia la había sobreprotegido, y pese a que veían el problema de la niña, y la llevaban al médico para solucionarlo, por otro lado permitían que ella ahogara su tristeza con sobre ingestas de comida, ya que no sabían cómo consolarla de la tortura cotidiana de ser siempre el hazmerreír de la clase.

Ella se abstraía de la realidad con la lectura, que la llevaba a mundos distintos, y mataba la angustia comiendo a escondidas, con la culpa posterior que esto le causaba.

Su pobre organismo, en plena adolescencia, dijo basta.

En medio del velorio, sus compañeros de curso, disimuladamente se burlaban del tamaño del féretro.

Tuve que contenerme para no sacar de la sala a los irrespetuosos. No quería evidenciar la situación ante sus padres.

Cuando quedé a solas con Dalia, observé los finos rasgos de la pobre niña, perdidos entre la grasa.

-Tenías un rostro hermoso, jovencita…

Mis palabras fueron como una invocación, ya que no bien las pronuncié, el espectro de quien nunca había escuchado un elogio a su belleza en vida, se me presentó, con el semblante más triste y desolado.

Había una súplica en sus ojos anegados. Puso sus manos a la altura del estómago.

Yo entendí.

Me acerqué a su cuerpo con un escalpelo, he hice una honda incisión en el abdomen.

Del profundo tajo, comenzó a salir un espeso humo oscuro, que se materializó en un terrorífico y gigantesco cerdo alado, negro, con ojos de fuego, que empezó a rugir con una mezcla espeluznante de furia y pena, mostrando unos colmillos que mordían salvajemente el aire.

Clavé mi mirada en la ígnea del monstruo, que me observó, sin cesar de emitir su grito sobrenatural.

-Ya déjala, por favor. Es tiempo…

La figura me miró, luego al espectro de Dalia, y lanzando un último gemido gutural, estalló en cientas de mariposas de colores, que volaron alrededor de ella.

Dalia sonreía aliviada. Sus sueños atrapados y frustrados de toda la vida, eran libres, en una cromática poesía, despojados de su prisión de ira y tristeza.

La niña me miró, radiante, me saludó y sopló un beso. Luego se desvaneció en un haz de luz.

Todas las mariposas cayeron muertas, al piso.

Me tomé el trabajo de recogerlas con mucho cuidado. Más tarde, haría un mural, seleccionando cuidadosamente los colores de cada una.

Hoy adorna la sala de mi colección.

Les podría decir muchas cosas.

Hablarles sobre la discriminación, el daño que genera.

Pero solo les diré que saquen sus propias conclusiones.

Como yo hago, cada vez que miro las mariposas de sueños que nunca pudieron ser…

Los saludo desde La Morgue, amigos, y los espero, ansioso, para contarles mis historias.

Recuerden a Dalia. Ése era su nombre.