sábado, 10 de octubre de 2020
EDGARD, EL COLECCIONISTA- LA FAMILIA
EDGARD, EL COLECCIONISTA.
LA FAMILIA
Hola, mis queridos amigos.
Les voy a contar un suceso que me impactó bastante.
Tristán, mi ayudante, me contó que estaba preocupado.
-Señor Edgard: vienen a mí almas en pena, con una aflicción que no descifro.
Sufren. Es más que seguro que acudan a usted.
-Estaré prevenido, mi buen Tristán.
Ese día vino a visitarme el comisario Contreras. Me refirió un caso particular que lo tenía muy intrigado.
-Vine a comentarle, Edgard, porque sé que puede orientarme.
Estoy investigando en el cementerio. Alguien está robando cadáveres de sus tumbas.
-¿Escuché bien?
-Lamentablemente, sí. Se llevan los cuerpos, y dejan en los ataúdes cruces de madera pintadas de negro.
-Interesante, Contreras. ¿Y si le digo que podría intuir por dónde viene el problema?
No es que sepa bien de qué se trata, pero una pista, puede haber.
-Por eso vine aquí, Edgard. Confío en sus…corazonadas.
Quedé en llamarlo apenas tuviera novedades.
Y no se hicieron esperar. Como dijo Tristán, se me apersonaron las apariciones de varios adultos y niños, con gestos suplicantes.
Llamé a mi asistente, y me dirigí a los espectros:
-Guíennos, por favor.
En una macabra procesión, salieron a la oscuridad de la noche, alumbrando el camino con sus luces fatuas.
Nos adentramos en el campo. Pude vislumbrar que por donde pasaban los fantasmas, el pasto se secaba de inmediato. Vibraban a una frecuencia de profunda negatividad.
Llegamos a un ranchito precario.
Lo conocía. Era la morada de Etelvina.
Tragamos saliva. Toqué la puerta.
Nos atendió, con su cara de bebé viejísimo, los grandes ojos azules abiertos desmesuradamente, como deslumbrados por un asombro constante.
Una nívea cascada de cabello le caía bajando por su magro trasero, como la capa de una virgen en desgracia.
Vestida con harapos negros, con un rosario como cinturón y adorno, nos sonrió cordial, la boca desdentada, de labios amoratados.
-¡Hola! ¡Buenas noches! ¿A qué debo el honor de esta visita?
-¿Podemos pasar, Etelvina?
-¿Los conozco?
-Sí. Posiblemente a mí, y no lo recuerde.
-Mil disculpas por mi mala memoria, Adelante.
La sala de estar, sumamente humilde, estaba pulcramente ordenada.
Los espectros tenían un aspecto tristísimo y disgustado.
No era para menos: los cadáveres que los albergaron estaban dispuestos en distintas poses en el hogar de Etelvina.
-¿Les ofrezco algo de tomar? ¡Ay, que soy maleducada! ¿Cómo se llaman? Así les presento a mi familia…
-Él es Tristán. Soy Edgard.
-Mucho gusto. Él es mi esposo- dijo, señalando el cuerpo de un otrora hombre fornido.
Pese a mi excelente trabajo de embalsamado, los ojos se habían descompuesto, y un tufo pútrido flotaba por sobre el aroma de los múltiples ramos de jazmines que adornaban la morada.
-Ellos son mis padres, y allá están mis suegros.
En aquel rincón verán a mis niños jugando. Son muy traviesos.
El zumbido de los moscardones era la cortina musical del espantoso espectáculo.
Parecía una pesadilla infernal: los cadáveres semi descompuestos posando macabramente, y la inocente sonrisa de Etelvina, los ojos luminosos de felicidad por tener a quién presentar a su ´´familia´´.
-Ella es mi mejor amiga. –concluyó, abrazando los restos de una mujer de edad media, con el cráneo destrozado. Etelvina le había sacado el tocado de flores con que disimulé el accidente que le costó la vida.
-Es un gusto. Lamento que nos tengamos que ir.
-¿Tan pronto? ¡Apenas llegan!
-Lo siento. Nos veremos pronto.
Salimos de allí con el pecho oprimido.
Fuimos donde el comisario, a contarle las novedades.
-Vaya. Es muy triste, además de horroroso.
Etelvina siempre estuvo sola. Creció en un orfanato. Vivió con el dolor de no pertenecer a una familia.
Cuando formó la propia, una desgracia se la llevó. Fue la única sobreviviente de un vuelco en automóvil.
Después de eso, su cabeza no funcionó nunca muy bien. Pero jamás hubiera imaginado que llegaría al punto de hacer lo que me relata.
Es increíble que una ancianita tan frágil haya podido cavar las fosas y llevarse los cuerpos tan lejos, sin que nadie la viera.
-Lo único que la vida no le robó a Etelvina, fue su voluntad de tener a quien amar.
-Mandaré a mi gente para que maneje esto en forma discreta. No quiero un circo alrededor. Y trataré de llevar a la pobre donde puedan cuidarla, y no se sienta sola.
-Se los agradecemos, Contreras.
-Yo estoy eternamente agradecido con ustedes. No podría haberlo resuelto solo.
¿Puedo ayudarles en algo?
-Le pediría, de ser factible, las cruces que encontró en los ataúdes.
-Por supuesto.
Nos retiramos, seguidos por el séquito de almas en pena.
Cuando llegamos, fuimos presentando, una a una, las cruces a cada espectro, que se eclipsaba, tornando de blanco radiante la ennegrecida madera.
Más adelante visitamos a Etelvina en el hospital psiquiátrico.
No pareció reconocernos. Estaba sentada junto a una ventana, mirando a la nada, hablando con un rayo de sol, sonriendo plácidamente. Solo cuando le dejé una cruz blanca en el regazo, su mano apretó la mía, y su mirada azul se fijó en mis ojos con una profundidad estremecedora.
-Salude, por favor, a los míos. A usted lo escuchan.
-Claro que sí. Pero yo sé que a usted también.
Un destello cruzó su mirada. Luego se volvió vacua, y continuó flotando en el vacío.
El resto de las cruces esplendentes forman parte de mi colección.
Pienso, después de esto, que todos damos por sentado, como algo natural y que nos pertenece por derecho, el afecto de nuestros seres queridos. Y no es así.
Creo que debemos valorar eso por sobre todas las cosas.
Los saludo esperándolos en La Morgue, como siempre.
Buena vida, feliz muerte…
jueves, 1 de octubre de 2020
EDGARD, EL COLECCIONISTA- LOS CERDOS (Basado en una historia real)
EDGARD, EL COLECCIONISTA
LOS CERDOS (Basado en hechos reales)
Hola, queridos amigos.
Les contaré de un hecho reciente.
Me sorprendió mucho la visita de don Hilario, acompañado del comisario Contreras. Ambos tenían cara de no estar pasando un buen momento.
El comisario señaló al granjero para que me contara.
-Señor Edgard: téngame paciencia. Es muy difícil pedirle el favor que necesitamos.
Queremos organizar un velatorio…clandestino.
-No le interpreto, Hilario.
-Le contaré la historia completa.
´´Como trabajo de sol a sol, no me percaté que varias noches se habían aprovechado de mi profundo sueño para robarme algunas cosas. Cuando me di cuenta, faltaban gallinas, ovejas, bolsas de semillas, herramientas. Hasta decenas de botes de mi producción de miel.
´´La máxima osadía fue el robo de un cerdito. No podía comprender cómo lo sacaron de la pocilga, con su celosa madre cerca.
´´En ese punto, y comprendiendo que no pararía la rapiña de la que estaba siendo víctima, llamé al comisario, quien se ofreció para vigilar la granja, y detener a los criminales.
´´La noche del hecho, nos quedamos escondidos afuera, esperando.
´´Bien entrada la madrugada, vimos una sombra aproximarse, sigilosa, al chiquero.
´´El comisario le dio la voz de alto. En la oscuridad, nos pareció que el tipo, sacaba un arma. Contreras no dudó, y disparó.
´´El ladrón cayó con un grito de dolor, pero se levantó intentando huir, con tanta mala suerte, que trastabilló, y rompió el cerco. Los cerdos, enloquecidos por el olor de la sangre, y quizá reconociendo a quien se había llevado al puerquito, se abalanzaron sobre el infeliz, y comenzaron a devorarlo vivo.
´´Intentamos detenerlos, pero ya no parecían animales, sino demonios del infierno, don Edgard. Incluso Contreras mató a dos de ellos de un tiro. Eso los enardeció más. Los alaridos de agonía del desgraciado aún resuenan en mis oídos.
´´Cuatro cerdos enormes se dieron vuelta, y nos miraron con los perversos ojillos como ascuas, brillando anormalmente en la oscuridad.
´´Nos asustamos. No voy a negarlo. En verdad, fue terror lo que sentimos. Salimos corriendo a buscar refugio, que era lo que parecían querer los puercos: terminar tranquilos su matanza.
´´Durante unos minutos eternos, siguieron perforando mis oídos los gritos escalofriantes.
´´Esperamos hasta el alba para salir.
´´Nos acercamos con mucha precaución al chiquero.
´´Los cerdos volvían a ser mis habituales animales de siempre.
´´Lo único que hallamos del ladrón fueron unas matas de cabello, pedazos de huesos mordisqueados y una dentadura postiza, con los colmillos dorados.
´´Con el comisario, nos horrorizamos: reconocíamos esos dientes. El único en el pueblo que había tenido el mal gusto de usarlos era mi amigo de toda la vida, Alberto, hermano menor de Contreras.
´´No comprendí que hacía mi casi hermano del alma robándome.
´´Muy avergonzado, Contreras me confesó que Alberto siempre me había tenido envidia. Que codiciaba mis humildes logros, mi familia, mis posesiones.
´´Se comparaba conmigo, sintiéndose un perdedor que no había podido lograr nada. Yo nunca me percaté de ello. Con mucho gusto hubiera compartido mis bienes con él. Mis hijos lo trataban de ´´tío´´.
´´Quedamos de acuerdo con el comisario en guardar el secreto. Yo era el único amigo de Alberto. No lo sabía tampoco. Solo nosotros dos lo extrañaríamos. Y no queríamos que lo recordaran como un ladrón.
´´El tema es que, desde esa noche, tanto al comisario como a mí nos agobian terribles pesadillas, y lo más difícil de contar: ambos hemos visto el alma en pena de Alberto, una figura del purgatorio, destrozado a dentelladas, con la mirada implorante.
´´Creemos, don Edgard, que si le damos una despedida cristiana, descansará al fin en paz. Ya conseguimos un cura discreto para el entierro. Falta arreglar el velorio. Sé que usted no es amigo de lo ilegal. Pero, en vista de las circunstancias, no nos queda otra salida que rogárselo.
-Los entiendo, amigos. Cuenten con mi discreción. Díganme cuándo, y lo organizo. ¿Tendrán algún objeto del difunto? Es para colocarlo, simbólicamente, en el féretro.
-¡Gracias, señor Edgar! Mi hermano descansará en paz. No debimos ocultar lo sucedido.
Lo que trajimos es un poco desagradable. Son sus…restos.
El comisario me extendió una bolsa con cabello, pocos huesos y la dentadura estrafalaria.
Cuando se retiraron, apareció Alberto. Era una visión horrorosa. Un ser escupido por el mismo infierno. Y sufría. De culpa, remordimientos, y la forma cruel en que había abandonado su existencia terrenal.
Apreté contra mi pecho la macabra bolsa. Sentí cómo mis latidos transferían energía positiva al difuso portal ente la vida y la muerte en el que me movía a veces.
-Es tiempo, Alberto. Siempre hay lugar para el perdón. Puedes marcharte. Percibe la redención de tu arrepentimiento, y calma tu dolor…
El espectro mostró un gesto de asombro. Empezaba a captar la luz, que se lo estaba llevando del calvario de la materia. Relajó sus facciones, y se mostró completo, antes de esfumarse en su viaje hacia el descanso.
El pelo, los huesos y la dentadura, cobraron un plateado intenso, que irradia un aura luminosa.
Ya forma parte de mi colección.
Terminé ese día invitando a tomar un café amargo y bien cargado a Tristán, mi ayudante, para contarle lo acontecido.
Y le dije lo que ahora les cito, amigos: la envidia es un veneno. No existe la ´´envidia sana´´. Es un sentimiento horrible, que saca nuestro perfil de cerdos, con perdón de los nobles animalitos.
Por cierto. Tanto Hilario, como el comisario, desde ese día, se volvieron vegetarianos.
Los espero, como siempre, en La Morgue con mi colección de historias.
viernes, 25 de septiembre de 2020
EDGARD, EL COLECCIONISTA- LÁGRIMAS DE FUEGO
EDGARD, EL COLECCIONISTA
LÁGRIMAS DE FUEGO
Hola, queridos amigos.
Quiero contarles una historia de un penar muy especial.
La señora Dalma vino a arreglar la ceremonia funeraria de Torcuato, su esposo, agotada por haberlo cuidado durante meses durante su enfermedad terminal.
Había en el temblor de su voz y sus manos algo más que cansancio y tristeza.
Le pregunté con sutileza el motivo de su inquietud.
Mi don emerge sin que lo busque, instando a las personas a abrirse, y hablar de sus aflicciones con franqueza.
-Señor Edgard: estoy muy asustada. Desde hace mucho tiempo. Y es la primera vez que menciono el asunto.
´´Siempre percibí, en mi madurez, que cada vez que tenía intimidad con mi marido, alguien me observaba con odio. Es inexplicable. En más de una ocasión, sentía una quemadura en distintos lugares del cuerpo.
´´En principio, trataba de minimizar el asunto, diciéndome que eran ideas mías, pero las marcas en mi piel contradecían mis intentos de obviar el fenómeno.
´´Cuando Torcuato enfermó, se hicieron más frecuente las agresiones. Tengo cicatrices que lo demuestran.
´´Pero lo más terrible fue anoche, cuando falleció mi esposo. Al acercarme para besar sus labios, todavía tibios, y despedirme, apareció una horrenda mujer carbonizada, mostrándome los dientes, como un perro a punto de morder. De sus ojos siniestros, corrían lágrimas de fuego, que saltaban sobre mi persona. ¡De allí venían los ataques que siempre me mortificaban!
´´Aterrada, le grité que se fuera. Y lo hizo. Pero antes, hizo caer una de sus lágrimas sobre mí, y prendieron fuego la manga de mi vestido.
´´Lo apagué rápidamente. Ahora, señor Edgard, temo que esa abominación, que intentó siempre separarme de mi esposo, me calcine viva.
´´Sé que es una locura lo que le estoy contando.
-No, Dalma.No lo es. Déjeme averiguar a respecto. Le prometo encontrar alguna salida.
¿Me permitiría usted tocar una de sus heridas?
Sin dudar un instante, me extendió el brazo, donde la marca de una fea quemadura iba sanando.
La rocé con suavidad, cerrando los ojos.
Me invadieron imágenes terribles, que me conectaron con la naturaleza de lo que había atacado a Dalma.
-Señora, le agradezco su confianza. Creo saber cómo intentar solucionar esto. Puede descansar tranquila. Haré todo lo posible para que no vuelva a torturarla ese ser.
-Muchas gracias, Edgard. Estoy realmente agotada. Física y mentalmente.
Cuando se retiró, llamé a Tristán, mi ayudante, y le relaté lo ocurrido.
Atento a mis instrucciones, nos tomamos las manos, e invocamos a Tiara. Porque así se llamaba quien alguna vez había habitado el mundo de los vivos, y que ahora era un ente siniestro.
Elevé un pedido para que se presentara ante nosotros. Sentí la energía de Tristán respaldando mi mandato, ya que Tiara no quería venir voluntariamente.
Finalmente, apareció. Un asqueroso olor a carne podrida quemada acompañó su llegada.
Era una imagen de pesadilla: el espectro de una mujer carbonizada, con sus desorbitados ojos sin párpados manando lágrimas de fuego.
-Tiara, escúchame: debes perdonar, y perdonarte. Créeme que es el único camino para que tu alma descanse en paz.
Cometiste el error de creer en las promesas de un hombre que no te merecía. Te puedo jurar que Dalma no tiene la culpa del desamor de Torcuato.
El incendio que provocaste para vengarte de ellos, te atrapó a ti, y pereciste de un modo espantoso.
Torcuato no te dejó por Dalma. En realidad, nunca te quiso. Él también se equivocó. Se tentó con tu belleza, y se valió de su posición para usarte. Jamás su mujer supo de ti.
Te invito, Tiara, a dejar atrás el dolor que te atraviesa desde hace tantos años, y encontrar el descanso celestial.
Pese a que nos enseñó, amenazante, sus dientes, tal como Dalma contó, con Tristán la sorprendimos envolviéndola en un abrazo, vibrando de amor para aplacar su ira, a riesgo de que nos quemara vivos.
Pese a su inicial resistencia, empezó a llenarse con el sentimiento que desesperadamente tratábamos de transferirle. Dejamos de sentir el hedor nauseabundo.
El horrendo espectro chamuscado transmutó en una jovencita de etérea belleza.
Soltamos el abrazo. Ella comenzó a llorar. Esta vez, sus lágrimas, aunque se deslizaban con apariencia ígnea, eran de alivio.
Cuando cayeron al piso, se cristalizaron.
Cruzó los brazos sobre su pecho, y sonrió tímidamente.
Con una expresión de calma inefable se despidió, y estalló en gotas de fuego líquido, que se solidificaron al caer.
Había conseguido soltar la agónica tristeza y furia que ató su alma a este mundo por demasiado tiempo, haciendo foco de su odio a Dalma, como la causante de su desgracia.
Juntamos con Tristán las ´´lágrimas de fuego´´ que cubrían el piso. Eran bellas piedras rojas, iridiscentes, que hoy forman parte de mi colección.
El amor es una de las fuerzas más poderosas de este universo. Solo conjurándolo, puede haber sanación.
Les dejo un consejo, mis amigos: jamás jueguen con los sentimientos ajenos. Son un tesoro a cuidar y valorar.
Los espero, como siempre, en La Morgue, para contarles todas las historias de mi colección.
domingo, 20 de septiembre de 2020
ARDELIA- (Homenaje universo Stephen King)
Ardelia
Lautaro apuró su whisqui, intentando quemar la sensación de irrealidad que lo
embargaba.
Ella era una pesadilla de la infancia. Un cuco relegado a la trastienda del inconsciente.
Un mal recuerdo, neblinoso, emborronado.
Y, sin embargo, había regresado. Disipando la niebla. Cruzando las membranas de los
sueños infantiles, volviéndose tangible.
Estaba…hambrienta.
Lautaro había pasado, pese a sus divorcios, por lo que consideraba, una vida adulta
exitosa.
Creativo, con estudios universitarios costeados con trabajos de mala muerte y
perseverancia feroz, hoy su obra de ilustrador era solicitada en todo el mundo.
Trabajaba en forma mixta: por un lado, tenía un proyecto independiente, con una
pequeña editorial orientada hacia los comics, y un contrato con una agencia de
publicidad sumamente productiva.
De lo que más orgulloso se sentía, era de haberle podido brindar a su madre, antes de su
muerte, pequeños lujos, que ella disfrutó embelesada.
Ángela, su mamá, docente de alma y vocación, abandonó su trabajo a pedido del
déspota marido, del que se había enamorado con la ceguera de la juventud.
Cuando el pequeño Lautaro cumplió los ocho años, en pleno festejo, su esposo le dijo
que volvía enseguida. Que iba a buscar una sorpresa especial para el niño.
La sorpresa fue que Mauricio nunca regresó. Le dejó en el cuarto, despojado con
sutileza rapaz de sus pertenencias, una carta egoísta, agraviante y malsana, donde
explicaba que ella y su hijo eran un lastre para un hombre libre y brillante como él.
Había, por supuesto, vaciado la cuenta bancaria en común. Total, ella se quedaba con la
casa, que, si bien le pertenecía por herencia familiar, era bastante injusto, a su parecer,
por los años que él había aportado para su manutención.
Le deseaba suerte, y le pedía que no lo buscara: no le gustaban las arrastradas, y
tenía una mujer espléndida que lo esperaba con los brazos abiertos, y otro vástago con
ella.
En vez de sumirla en una depresión, Ángela fue atravesada por un odio feroz que la
sacó adelante.
Vendió las pocas joyas que tenía, algunas, verdaderas reliquias de familia, para subsistir
hasta encontrar nuevamente trabajo. No permitiría que nada le faltara a su pequeño.
El inconveniente de conseguir quién cuidara de él en su vorágine laboral, se lo resolvió
su tía Clara.
Ella tenía un hospedaje, en su vieja casona refaccionada, que le permitía sostenerse,
además de su pensión de viuda.
Le contó a Ángela que había recibido a una pobre chica, de aspecto angelical, huyendo
de un salvaje que había destruido su reputación en su pueblo natal, donde era
despreciada.
Si estaba de acuerdo, se la enviaría para cuidar de Lauti, a cambio del precio de la
habitación.
Lo haría con mucho gusto por su querida sobrina, y sobrino nieto, si le parecía la
persona adecuada.
Ángela quedó encantada al conocer a Ardelia. Le gustó la muchacha, la más dulce con
que se había topado en su vida. Cuando vio a Lautaro, demostró un cariño tan
espontáneo y natural, que no le quedaron dudas.
A Lauti, en principio, la chica le pareció un ángel encarnado.
Su largo cabello dorado, ojos azul cielo, de mirada límpida y sonrisa perfecta, lo
cautivaron.
Así que dejó a su hijo en manos de la joven, que demostró una intachable eficiencia, no
solo cuidando al niño, sino también, haciendo quehaceres del hogar, sin descuidar las
tareas escolares del pequeño.
Lautaro estaba medio enamorado de la bella Ardelia. Hasta que comenzó el asunto de
los cuentos.
-¡Muy bien, Lauti! Terminaste a tiempo tu tarea. Como premio, ya que yo también
cumplí las mías, te contaré una bonita historia, para entretenerte, hasta que llegue mami.
Lautaro hubiera querido, en realidad, ver dibujitos en la tele, pero no se sentía capaz de
contradecir a la hermosa muchacha, con su dulcísima voz seductora.
Y se acomodó en el sillón mientras ella comenzó con el cuento. En principio, era una
narración infantil, común y corriente. Luego, a medida que avanzaba, se transformó en
algo espeluznantemente terrorífico.
-Ardelia, me está dando miedo…
-No te preocupes, mi niño. Ya casi termina.
Y ella avanzó con su relato, insoportablemente horroroso para Lautaro, que quedó
sumido en un trance casi catatónico de pánico. Para colmo de males, mientras discurría
la narración, la voz de Ardelia perdió toda su dulzura para adoptar un ronco graznido
infrahumano. También su aspecto cambió increíblemente.
De una rubia reina de belleza adolescente, mutó a un ser indescriptible, que iba
cambiando a medida que la historia se tornaba más repulsiva y aterradora para el niño.
Su cabeza se hinchó, desapareciendo la cabellera dorada. Los azules ojos se agrandaron
a un tamaño gigantesco, como dos bolas gelatinosas estriadas de venas palpitantes. Su
boca de capullo de rosa se estiró como un pico, del que salía una lengua bífida, que
lamió con fruición las lágrimas del niño, totalmente en shock.
Cuando culminó el cuento, Ardelia volvió a su estado normal, y Lautaro, atontado y
aturdido, no sabía si lo que había ocurrido era cierto, o una pesadilla.
-¡Mi hermoso Lauti! ¡Qué bien te has portado! Has sido muy valiente.
Tengo un regalo para ti. Y sacó de su cartera los dulces preferidos del niño: caramelos
de goma de colores.
-Te los mereces, mi querido. Y ten en cuenta una cosa. Si le cuentas a mami algo
extraño sobre mí, las cosas del cuento vendrán a devorarte vivo…
Mientras lo decía, sonreía con dulzura.
Cuando Ángela llegaba, encontraba a su hijo un poco raro, pero cuando él la abrazaba,
ignorando sus miedos, se conmovía.
-No sabe, señora Ángela, como lo extraña. Para distraerlo un poco, he preferido contarle
un cuento, en vez de ponerle la televisión.
-¡Está perfecto, querida! ¡No sabes cuánto te lo agradezco! Hoy tuve una entrevista en
un colegio. Ya cumplimenté los trámites con el ministerio, y hay grandes probabilidades
de que me tomen, ante la próxima jubilación de una maestra.
Quizá eso implique un poco más de tiempo de tu parte, que te compensaré no bien
comience a cobrar mi sueldo. Espero que no te genere inconvenientes…
-Por el contrario. ¡Será un placer pasar más tiempo con Lauti! Le he cobrado un gran
afecto, y creo que él también me aprecia a mí.
Por miedo, Lautaro sonrió y asintió, como si la idea le fascinara.
Lo más extraño, era que en cuanto Ardelia se despedía, la experiencia vivida se
evaporaba en una extraña bruma, haciéndole dudar de haberla tenido. Compartía
alegremente la cena con su madre, y la imagen de su niñera volvía a ser normal.
No extrañaba para nada a su padre, al que recordaba como un maltratador, que le gritaba
a mamá, y a él lo ignoraba cruelmente. En su pequeña cabeza, confundida y mareada,
llegaba a la conclusión de que las cosas iban bien.
Ángela consiguió su puesto como maestra, he hizo un pequeño festejo, del que
participaron su tía Clara, y, por supuesto, Ardelia.
-¿Se han enterado de las desapariciones de niños en el pueblo?
-Algo me comentaron…¿Qué pasó, tía?
-Es algo muy misterioso. Ocurre, generalmente, de día, los fines de semana, y de noche,
en la semana. Alguien entra a los cuartos de las criaturas, y se las lleva en plena
madrugada. Y los sábados y domingos, los secuestran en plazas, o mientras juegan en la
vereda. Lo más raro de todo, es que no hay testigos de nada…
-¡Qué espanto! Debes estar muy atenta, Ardelia…
-Por supuesto. Conmigo, les aseguro que Lautaro está totalmente a salvo. No me
despego de él.
Le sonrió al niño, sacudiendo cariñosamente su cabello. Él le respondió la sonrisa.
Ángela se sentía muy feliz.
Lautaro continuó la insana rutina con Ardelia.
Al concluir sus tareas escolares, ella comenzaba con sus horrorosos cuentos.
Él entraba en un trance de terror muy cercano a un coma, mientras su transmutada
niñera sorbía sus lágrimas de pánico con fruición, y se iban produciendo más cambios
físicos en ella.
La libación del llanto del niño, la hinchaba ostensiblemente. Se tenía que quitar la ropa,
que le estorbaba.
El cuerpo que quedaba descubierto no se asemejaba en nada al de un ser humano.
Era una masa gelatinosa, palpitante, con una escisión en el medio de lo que parecía una
panza, que se entreabría, como una gigantesca boca vertical, que babeaba, poblada de
colmillos largos y filosos como cuchillos curvos.
De los costados, surgían repulsivos tentáculos y pinzas articuladas, tal cual las de un
gigantesco escorpión.
Esa visión de pesadilla, sumada al espantoso contenido de las historias narradas con voz
infrahumana, dejaban a Lautaro en un estado imposible de explicar.
Ardelia debía conocer el límite físico del niño, ya que cuando el corazón del mismo
parecía no poder soportar más, ella cesaba su aberrante actividad.
Se vestía, vuelta su imagen a la de una bella muchachita, y le sonreía al niño con
dulzura, mientras él salía paulatinamente de su trance.
-¡Mi hermoso Lauti! Tu eres un niño bueno y obediente. No debes temer por las
desapariciones. Conmigo, si te sigues comportando como hasta ahora, estarás a salvo.
Pronto llegará un momento de cambio para mí, y tendré que dejarte. Al menos, por un
tiempo. Una vez que termine de alimentarme, deberé descansar un ciclo.
Pero me encargaré de que el maldito payaso que se disputa conmigo los niños del
pueblo, no se acerque a ti…
-No…te entiendo, Ardelia…¿Payaso? ¿Qué pasa con los niños?
-Tú tranquilo. No te aflijas. Yo velo por ti. Eres…delicioso…
Y sacó, una vez más, los dulces de su bolso, y él los tomó confundido, con una sonrisa
bobalicona, que recién se esfumaría cuando al regreso de su madre, con la marcha de
Ardelia, los caóticos recuerdos se esfumaran como un mal sueño.
Un día, Lautaro manifestó su deseo de visitar unos amiguitos a la salida del colegio.
A Ardelia le ardieron los ojos de furia, pero lo disimuló con una dulce sonrisa.
-¿Será mucha molestia para ti buscarlo de la casa de Pablo? Con el tema de los raptos,
no me atrevo a que vuelva solo…
-Será un gusto. Yo aprovecharé para dar una recorrida de compras, mientras Lauti juega
con sus amigos.
Eso sí. Lo buscaré temprano. Para que no corra ningún peligro innecesario…
-Eres un ángel, Ardelia. La madre de Pablo lo retirará de la escuela.
Lautaro disfrutó como nunca la visita a la casa de su compañero, donde jugó hasta
quedar agotado con sus amigos del colegio. Se decepcionó cuando la madre de Pablo le
anunció que su niñera lo venía a buscar.
Con una opresión en el pecho, se despidió, sin saber por qué se sentía mal.
-Te he venido a buscar antes de lo previsto, mi querido. No quería privarte del cuento
diario. Como tenemos poco tiempo, deberá ser particularmente…intenso.
Lautaro, confundido, con una niebla mental espesa, tomó la mano de la belleza rubia, y
caminó las escasas cuadras que lo separaban de su hogar.
Ardelia no mintió. El cuento de ese día fue especialmente horroroso. Ella aprovechó un
caudal de lágrimas de terror mucho más copiosas de lo habitual, y al niño le costó
bastante salir del trance comatoso, de pánico paralizante, que lo atravesó.
-Al principio, me enfurecí contigo, por irte con esos mocosos. Pero me has
recompensado bastante. Además, no sabes lo bien que he aprovechado mi ´´paseo de
compras´´.
-No…te entiendo, Ardelia…
-No importa, mi vida. Escucha. A pesar de mi naturaleza, te he cobrado un gran afecto.
Dentro de lo que un ser como yo pueda sentirlo. De no ser así, ten por sentado de que…
te irías conmigo- dijo, frotándose la chata panza, sonriente, por su broma.
Pronto tendré que anunciarle a tu madre mi despedida. Hoy me he alimentado lo
suficiente para tolerar mi hibernación, que me preparará para mi cambio definitivo, y no
nos veremos por mucho tiempo. Pero regresaré, mi querido. Cuando menos te lo
esperes…
Y efectivamente, para la total congoja de Ángela, y de la tía Clara, Ardelia anunció que
tenía que volver a su pueblo. Su madre estaba enferma de cáncer, en etapa terminal, y
requería por ella, olvidando faltas del pasado.
-No se preocupe, querida Ángela. No me iré hasta que encuentre reemplazante para el
cuidado de Lauti. ¡Lo voy a extrañar tanto!
-Eres muy buena, Ardelia. Siento muchísimo lo de tu madre. Sabes que cuando las
cosas se resuelvan, siempre tendrás un lugar entre nosotros.
-¡Gracias, Ángela! Ha sido, al igual que Clara, un verdadero amor conmigo. Me
recibieron ambas sin juzgarme, y me integraron a su hermosa familia. Estoy tan
agradecida…
Conmovida, Ángela abrazó a la joven, que evidentemente se veía muy desmejorada,
seguramente por la preocupación.
Lautaro, en una bruma de ideas entre sueño y realidad, percibía que ese deterioro físico
de su niñera no se debía a la aflicción por ninguna madre enferma, sino al misterioso
cambio que le había referido.
No dejaba su pequeña cabeza tampoco la casualidad de la desaparición de dos niños,
coincidiendo con el paseo de compras de Ardelia. Pero eran pensamientos encriptados
en forma extraña, con algún raro mecanismo de su mente.
Continuó la rutina de los cuentos espeluznantes, los trances, los dulces de regalo, hasta
que su madre consiguió la niñera de reemplazo, una señora mayor, que cumplía los
requisitos para la tarea.
Despidieron a la desmejorada Ardelia, que prometió escribir dejándoles su dirección y
teléfono no bien llegara a su pueblo.
Simplemente, desapareció, para total desconsuelo de Ángela y Clara, que quedaron
sumamente preocupadas por el destino de la sufrida y noble muchacha.
Lautaro recuperó la normalidad de la vida que ignoraba haber perdido.
Los recuerdos de los raros momentos con Ardelia se transformaron en un enigma para
él.
Cómo era muy hábil dibujando, plasmó en papel el monstruo horroroso que sorbía sus
lágrimas de miedo. Ese dibujo, era el rudimento de una historieta con la que tuvo un
enorme éxito de adulto.
Su nueva niñera, doña Trinidad, no era joven ni bonita, pero era una señora agradable, y
le dejaba ver la tele después de la tarea, mientras cantaba desafinadamente limpiando la
casa.
Y lo más importante, nunca se le ocurrió contarle un cuento.
La próxima vez que se juntó con sus amigos, fue en su propia casa. Mientras bebían
chocolate y comían galletas, se pusieron a hablar de los niños desaparecidos.
-Yo conozco a un chico que dice haber visto a un payaso muy raro rondando el día que
se esfumó el gringuito del almacén. Voy a fútbol con él. Pero cuando le pido que me
cuente bien como fue, es como que se asusta y cambia de tema.
-A mí también me hablaron del payaso, Pablo. Pero es como tú cuentas. El chico tiene
miedo...
Lautaro se estremeció, recordando las palabras de Ardelia.
-Lo más loco que escuché yo- dijo Gonza- es de una araña gigante trepando por la casa
de un chico que desapareció de su cuarto. Una vieja que vive en la casa del frente, dice
que la vio entrar por el balcón. Se lo dijo a la policía, pero no le hicieron caso. Se lo
contó a mi mamá, y ella tampoco le creyó nada. Me dijo que la señora está sonil.
-¡Senil, bruto! Pero bueno, ¿cómo dijo la vieja que era la araña?
-¡Gordísima, gelatinosa, con pinzas y tentáculos! Y encima, con una cabezota con un
pico largo…
-¡Con razón no le creyeron!
Todos los niños se rieron, menos Lautaro, al que le llegaron flashes de la imagen de
Ardelia, durante los cuentos, bastante confusos, pero innegablemente similares a los de
sus dibujos.
-¿Estás bien, Lauti?
-Si. Me acordé de un mal sueño.
-¿No le tendrás miedo a la arañota de la vieja, no?
Y todos rompieron en carcajadas nuevamente, a las que se sumó Lautaro.
-Yo tengo el mejor de los rumores- dijo Beto, el chistoso del grupo.
-¡Cuenta!
-Es tan disparatado, que lo de la vieja, queda así de chiquito. Pero, está relacionado.
Debe ser que alguien le escuchó la historia…
-No te hagas el misterioso. ¡Habla ya!
-El flaquito del frente de casa, el colorado, me dijo ´´que alguien de confianza´´ le contó
haber visto pelear al payaso con…¡la arañota!
-¡Noooooo!!!!!- gritaron entre risas, al unísono, excepto Lautaro, muy pálido.
-Según él, la araña lo lastimó con una de las pinzas, y escuchen esto, que es lo mejor…
¡Lo intentó morder con una boca dientuda que tenía…en la panza!
A esa altura, los chicos lloraban de hilaridad. Para no llamar la atención, Lauti, se
integró flojamente al festejo.
En ese momento, doña Trinidad entró sonriente, con un bizcochuelo de coco y dulce de
leche, y el foco atencional pasó de las historias al postre estrella de la señora.
Al poco tiempo, las desapariciones de niños cesaron.
Las investigaciones, sin resultados, quedaron en la nada.
Solo el dolor de los padres y sus preguntas sin respuesta, persistieron en el tiempo…
Lautaro despertó en medio de la noche bañado en sudor.
Un puñado de recuerdos enterrados en profundas capas casi arqueológicas de su
inconsciente, emergieron en una pesadilla horrible.
El monstruo que le había granjeado un éxito con sus historietas de ciencia ficción, y que
no sabía de qué lugar de su prolífica imaginación había sacado, la temible ´´Ardelius, la
araña mutante´´, mostraba a través de sus sueños, su oscuro origen.
Y no tuvo más remedio que recordar…
La pesadilla aún le daba vueltas en la cabeza, mientras desayunaba.
Los noticieros anunciaban en la televisión desapariciones misteriosas de niños en su
zona. Un reportero rescató como ´´nota de color´´, la misma ola de secuestros sin
resolución, hace veintisiete años, en el pueblo.
Tocaron a su puerta.
Observó por la mirilla.
Se le heló la sangre. Una hermosa rubia, con una sonrisa radiante, esperaba tras la
puerta.
Se deslizó, la espalda apoyada en la puerta, hasta sentarse en el piso, con el corazón a
punto de estallarle.
Ardelia, su misteriosa niñera, había vuelto. Y él, volvía a sentirse un niño indefenso, sin
fuerzas ni recursos para enfrentar al monstruo.
Luego de lo que le pareció una eternidad, se levantó, y miró con terror la mirilla.
No había nadie.
Su pródiga imaginación le había jugado una mala pasada.
Llamó a su oficina dando instrucciones. Hoy no se llegaría por allí.
Mandó por mail a la agencia trabajos suficientes para cubrir su semana laboral,
Gracias a Dios, había generado mucho material, como para no ser requerido por un
tiempo.
Intentó ordenar sus pensamientos.
Los recuerdos reprimidos de la infancia, emergían como un cadáver putrefacto, en una
profunda laguna.
La respuesta a muchas negaciones de su vida.
´´-¿Por qué no quieres tener un bebé conmigo?-´´ La pregunta de las mujeres con que
había compartido años de su vida, y a las que daba respuestas tan ridículas y esquivas,
que terminaban siendo interpretadas como una falta de amor y compromiso. Incluso, de
desprecio.
Pero ni él mismo sabía que no quería traer niñitos a un mundo donde, en cualquier
momento, podía aparecer un monstruo disfrazado de linda muchacha para comérselos.
Era demasiado absurdo e increíble, incluso para él.
Y la historieta estrella de su saga de ci fi, con la que ganó el corazón de un público
entusiasta, dándole la oportunidad de crecer como artista…
Su éxito había tenido un precio pagado muy alto.
Y la protagonista, había regresado…
¿Qué podía hacer? No podía acudir a la policía con semejante historia sobre los
secuestros de niños. Lo tomarían por loco.
¿Qué clase de criatura era Ardelia?
Solo sabía que podía disfrazarse exitosamente para pasar por humana. Que se
alimentaba del miedo y de la carne de los pequeños.
Lo hacía por un período de tiempo, y luego se retiraba a una ´´hibernación´´.
Tenía un contrincante, también peligroso. Un misterioso payaso, que disputaba con ella
sus piezas de caza.
Veintisiete años se había retirado de la realidad, el engendro.
Podría googlear información del pueblo siguiendo ese ciclo. Lo que no tenía certeza, era
del tiempo en que se mantenía activa.
Abrió su ordenador para investigar, y vio que tenía un correo.
Remitente: ´´Tu amiga del ayer´´. Sin arrobas. Sin un formato lógico ni viable para un
mail.
´´Mi querido Lauti: fuiste mi niño preferido. Tus lágrimas han sido el elíxir más
exquisito que he probado en mi larga existencia. Sé que no me olvidaste: vi tu exitoso
comic, y me siento sumamente halagada.
Te prometí que regresaría. Así como te dije que te protegería, también cumplo
volviendo a ti. Hubiera sido genial un hijito tuyo para cuidar. Pero creo imaginar por
qué no lo has tenido…
De todos modos, necesito un gran favor tuyo.
Nada que te cueste esfuerzo ni te lastime. Por el contrario, podría hasta serte muy
placentero.
Si me concedes esa pequeña atención, desapareceré de tu existencia, y te brindaré el don
del olvido.
Podrás rehacer tu vida, y tener prole sin temores. Aún eres joven, humano.
La próxima vez que llame tu puerta, no me desplantes. Te avisaré para acordar un
encuentro. Si eres tan miedoso como para no recibirme en tu vieja casa, no tengo
problemas en que nos encontremos en un lugar público.
No me falles mi querido. Tengo ricos dulces para mi niño favorito.
Ardelia.´´
Con una sensación de vértigo, recordó el asombro de su madre, cuando él rechazó con
asco las gomitas azucaradas que tanto le gustaban.
Ahora sabía el motivo. Eran el premio luego de ser un festín de miedo para la arpía.
Cuando quiso releer el mail, no se asombró en absoluto al ver que había desaparecido.
Cuando investigó en internet, descubrió que, siguiendo un ciclo de veintisiete años, en
su zona geográfica, se destacaban misteriosas desapariciones de criaturas, en situaciones
inverosímiles, sin testigos, ni resolución de los casos.
Secuestraban a los niños en sus propias habitaciones, o cuando estaban jugando fuera de
sus hogares.
Había registros de casos sobre los últimos ciento cincuenta años. Si quería mayor
información, debería recurrir a otros medios. Archivos policiales, o regionales que se
ocuparan de esa temática.
Pero no había absolutamente nada que lo ayudara a esclarecer un medio de luchar contra
un ser del que nadie, excepto él, que supiera, conocía en su verdadera naturaleza.
Como condimento para sus pensamientos oscuros, sintió que se deslizaba algo bajo su
puerta.
Era un sobre, con una escritura impecablemente prolija. Una carta de Ardelia.
La abrió con temor y asco.
Era sumamente escueta: citaba un lugar y horario de encuentro para esa tarde. Un bar
muy conocido en su zona. Tragó saliva. No se atrevería a faltar a la invitación.
Llegó al bar y se sentó en una mesa en un ángulo del establecimiento.
Antes de hacerse a la idea de cómo iba a encarar el encuentro, apareció Ardelia por la
puerta, despampanantemente bella, imponentemente provocativa, vestida con un corto y
escotado vestido rojo, que se robó la mirada golosa de todos los hombres, y de envidia,
de las mujeres.
Meneándose gatunamente, se acercó a él, le besó la mejilla y se sentó.
-¡Mi querido Lautaro! ¡Cómo has crecido! ¡Eres un hermoso ejemplar de hombre
adulto! Justo lo que necesito…
-¿Qué quieres de mí, Ardelia?
-¡Qué poco efusivo! Hubiera esperado algo de emoción por tu parte al verme. O de
admiración, al menos. Soy el centro de todas las miradas…
-Reconozco que destacas con tu disfraz de mujer sexy. No voy a mentirte. Te tengo
terror…
-Pues no debieras. Siempre te dije que eras especial para mí…
-Fuiste la experiencia más horrorosa de mi infancia.
-No seas mentiroso. Apenas me recordabas. Si ahora llegaron a tu mente los episodios
del pasado, fue porque yo lo dispuse así. Necesito que tengas presente lo que ocurrió.
Como te comenté, preciso un favor de ti. Y me lo brindarás. Podría haberte devorado
antes de marcharme, pero sentí una conexión especial contigo…
-¡Por Dios! ¿Qué eres?
-Es gracioso que menciones a Dios…Son tan extraños los humanos…
Te explicaré algunas cosas, porque es necesario que las sepas. Serás el primero y único
de tu especie e conocerlas.
Soy de una raza milenaria. No procedemos de esta dimensión, por explicarlo en
términos accesibles a tu entendimiento. Pero la traspasamos en ocasiones, con
propósitos específicos.
Tenemos un adn mutante, que nos permite tomar el aspecto que me ves. Parte de mi
material genético, es humano.
Yo soy un ejemplar hembra de mi raza. Y estoy en mi ciclo de reproducirme. Mi cuerpo
está lleno de huevecillos con ejemplares que prosperarán en una gestación que llevará
un milenio, aproximadamente.
Podría sencillamente, dedicarme a alimentarme, y retirarme para el momento de desovar
a mis crías, que seguirían mi mismo ciclo, al nacer.
Pero, si fuera inseminada por un humano, el adn aportado les brindaría muchas mejoras:
podrían evitar las hibernaciones de cambios, y reproducirse mucho más rápido.
Quiero mejorar mi especie. Y tú serás quien colabore en hacerlo. De todos modos, serás
polvo en el viento para cuando nazcan estos…hijitos tuyos.
-¡No, no podría nunca, Ardelia! Es obsceno, enfermizo…Me propones hacer un daño
horrible, poblando la tierra de monstruos como tú…
-¡Qué melodramático! Escucha: como te dije antes, mi prole nacerá dentro de mil años.
No existirás para ese entonces. Ni siquiera sabemos si existirá la tierra, al paso en que
vamos. Y en cuanto a lo obsceno, solo figúrate tener sexo con un ejemplar femenino
perfecto en todos los aspectos. No verás en ningún momento la imagen que tanto te
asustó de niño…
-¡No puedo, Ardelia! ¡No soy capaz!
Los ojos de ella centellearon de ira.
-Escúchame bien: no tienes opción. Si te niegas, te mataré de la forma más espantosa
que puedas imaginarte, y, de todos modos, buscaré a otro infeliz que me insemine.
Así que tu dilema moral es inexistente. Se trata de salvar tu pellejo, teniendo relaciones
con una mujer hermosa.
No es tan terrible. Y te puedo asegurar, que en otros planos que desconoces, serás un
héroe, digno de adoración para toda una raza de seres superiores.
Por otro lado, tal como te prometí, una vez que cumplas con lo tuyo, te olvidarás por
completo de mí. Y podrás recomponer tu vida, sin rudimentos de pensamientos que
frustren tu primitiva existencia humana. Seré borrada de tu memoria para siempre.
Te casarás, tendrás hijos, y tu imaginación te brindará frutos artísticos extraordinarios.
Una noche de sexo sin consecuencias, y una vida feliz y tranquila, Lautaro.
Solo mírame. No te costará nada…
-Como bien dijiste, no tengo opción…
-Así es. No cuento con mucho tiempo. Debe ser esta semana, sin demoras.
Tu dime cuando y donde. Ya sé que no querrás en tu casa.
-Ven mañana a la tarde a buscarme. Iremos a un hotel.
Ardelia sonrió, radiante. Parecía una estrella de cine.
-Has tomado la decisión correcta. Sigues siendo mi niñito favorito. Mira lo que te traje.
Y sacó de su cartera un paquete de caramelos de goma de colores.
Él los tomó con un gesto maquinal que lo retrotrajo a su infancia, mientras reprimía una
arcada. Los guardó.
-Quiero preguntarte algo. Me supiste comentar, a medias, de un payaso, cuando niño.
-No soy la única especie de otra dimensión en tu mundo. Ni existe un número limitado
de dimensiones. Coincidimos, con el hijo de puta, en nuestros ciclos. Él se encuentra
activo en este momento. Está cazando, y alimentándose, como yo.
Esta coordenada geográfica, Lautaro, es un portal. Tiene una energía muy particular.
También ingresan por aquí otros seres, pero no nos encontramos por una cuestión de
tiempo.
-¿Podrías, al menos, eliminar al payaso? ¡Él también mata niños!
-Mi dulce Lauti…Lo he intentado varias veces. He llegado a herirlo gravemente en una
ocasión, pero es una criatura muy fuerte. Solo puedo prometerte la posibilidad de hacer
un pacto con él para que jamás toque un vástago tuyo. Y ya te estoy brindando
demasiado…Me expongo yo, al hacerlo…
-Esto me supera, Ardelia. Déjame pedir un café, y retírate, por favor.
-Claro que sí, querido. Tenemos una cita…
Se levantó majestuosamente, besó de improvisto la boca de Lautaro, que quedó por un
momento paralizado como cuando crío, y se retiró robándose todas las miradas, con su
espectacular figura.
Esa noche, Lautaro no durmió. Salió con una pequeña bolsa de mano con herramientas.
Hizo una compra en una veterinaria.
Pasó por una estación de servicio.
Se tiró exhausto, en la cama, y dormitó entre pesadillas hasta el mediodía.
Revisó mil veces el bolso que preparó.
Se hizo algo de comer, pero lo terminó tirando a la basura.
En cambio, se puso a dibujar como un poseso, y a beber café en cantidades industriales.
Cuando llegó la tarde, había creado una historieta absolutamente genial, con un
argumento alucinante.
Luego de ducharse, sonó el timbre.
Se puso anteojos oscuros, una gorra. Tomó su bolso y abrió la puerta.
-Hola Ardelia.
-Hola, mi bello Lauti. Veo que quieres ir de incógnito. - dijo sonriendo- Te van bien las
gafas. ¿Nos vamos?
-Sí. En la puerta está estacionado mi coche. Estás muy…sexy…
-¡Gracias, mi niño bello! Has cambiado tu actitud. Espero que te portes bien. Que no me
hagas renegar…
Subió al coche y se sentó con la frescura de una adolescente que sale de parranda.
Lautaro se dirigió hacia las afueras de la ciudad. Llegó a un motel bastante apartado, e
ingresó, pagando en la caseta de entrada con efectivo.
Una vez dentro de la habitación, Ardelia inspeccionó el lugar con curiosidad divertida.
-Los absurdos rituales de los humanos. Perdona, mi querido.
-Respecto a eso…Te voy a pedir un poco de privacidad. Prefiero desvestirme a solas. Si
puedes ir un rato al baño…
-Está bien. No hay problemas.
-Ardelia, sabes, a veces, cuando los hombres nos sentimos presionados, o estresados,
no… nos funciona…eso…
Ella estalló en carcajadas.
-No te preocupes, Lautaro. Yo me encargaré de que no tengas ese…problema.
Aunque nunca tuve relaciones, me he instruido respecto del tema.
-¿Nunca? ¿En tantos años?
-Tenía otras prioridades. Te dejo solo, púdico muchacho…
En cuanto Ardelia salió de la estancia, sacó los elementos que tenía en el bolso,
dejándolos a mano, pero ocultos.
Se desnudó rápidamente, y esperó en la cama.
Ardelia apareció semidesnuda, con una lencería erótica que la transformaba en la
fantasía soñada por cualquier hombre.
-¿Te gusta?- preguntó dando una vuelta, desfilando sensualmente frente a él.
-Eres muy hermosa.
-Me alegro.
Pese a sus temores, el cuerpo de Lautaro respondió a los estímulos candentes.
Se dispuso a ser un amante espectacular.
Sorprendió a Ardelia despertando su impulso sexual. Estaba maravillada con la
experiencia. El juego previo la hizo desvariar de placer.
Cuando consideró oportuno, Lautaro la penetró, topándose con la absurda barrera de la
virginidad de ella.
-Te puede doler un poco…
-¡No importa! ¡No pares, por favor!
Él inició una cópula suave, y fue incrementando el ritmo hasta que ella estalló en un
violento orgasmo. En ese momento, palpó en el pliegue de la cama uno de los elementos
que tenía reservados.
Mientras ella se debatía entre espasmos de placer, el retiró su órgano, y le introdujo una
jeringa, cuya punta había bloqueado con una gomita azucarada.
Sin darle tiempo a reaccionar, empujó el émbolo y le inundó el vientre de nafta.
Gritó ante el ardor imprevisto. El ya la había rociado con más combustible que tenía en
un envase de champú, y le aplicó la llama del encendedor, que maniobró ágilmente.
En unos segundos, Ardelia era una tea, envuelta en llamas, chillando desesperada,
perdiendo su forma humana.
La horrenda visión de pesadillas que lo había mortificado de niño, volvió ante sus ojos,
entre fuego.
A los inhumanos alaridos de la cosa, se le sumaban otros, más agudos, que surgían del
interior de ella.
Lautaro aprovechó la desesperación del monstruo para salir, envuelto en una bata, y
encerrarla en la habitación, que ya ardía como un infierno.
-¡Te mataré, hijo de puta!!!-gritó una mortificada voz infrahumana, mientras Lautaro
subía al coche, y huía en la noche, con el hotel envuelto en llamas, y gente saliendo
despavorida de las habitaciones.
Ya en la ruta, aminoró la velocidad. Escuchó la sirena de los bomberos. Cuando le
pareció oportuno, paró en un costado del camino, y se vistió con una muda que tenía
dispuesta en el auto.
Cuando llegó a su casa, se acostó, y durmió doce horas seguidas. No tuvo pesadillas.
Al despertar, sopesó la magnitud de los actos cometidos.
Por las noticias, se enteró de que el incendio había destruido gran parte del motel.
El anuncio de víctimas era extraño. Hubo personas con quemaduras leves, pero en una
sola habitación, la más perjudicada, encontraron restos calcinados de algo que no era
humano, lo que desató un montón de teorías absurdas para alimentar el morbo de la
audiencia.
Lautaro se sintió aliviado al saber que nadie había perecido por sus actos.
Ni siquiera tenía la certeza de haber terminado con el monstruo. Bien había dicho ella
que venía de otra dimensión. ¿Y si ahora se encontraba allí, sanando sus heridas, y
planeando una horrible venganza por su osadía?
No existía modo de saberlo. Debería convivir con esa incertidumbre para siempre.
De momento, se sentía a salvo.
Debía volver a cambiar la patente del coche, que había ´´tomado prestada´´, como
precaución, por si las cámaras del motel lo captaban.
La noche anterior había comprado una jeringa de uso veterinario, contándole a la
aburrida vendedora que la usaría en una técnica para pintar.
Ya en su casa, la llenó con combustible. El tema era como taparla. No podía permitir
que se derramara, y Ardelia oliera su contenido. Así que obstruyó la punta con una de
las gomitas obsequiadas.
Luego, vació un envase de champú, y también le puso nafta.
Esas dos cosas, y el encendedor, fueron, junto con su ropa y su bolso, lo único que dejó
en la habitación del motel.
De momento, lo que hizo, fue mandar por mail la historieta que le surgió en su
mortificante espera de la llegada de Ardelia.
Mientras lo hacía, se puso a comer las gomitas azucaradas, que después de mucho
tiempo, volvían a ser sus dulces preferidos.
Lautaro se encontraba en el cementerio, dejando flores en la tumba de su madre.
-Estoy muy contento, mami. Me están saliendo muy bien las cosas.
Volví con Celia, mi última esposa. Tenemos pensado tener un hijo.
He ganado un premio con mi trabajo.
Me apena mucho no poder compartir esto contigo. Haz sido siempre una madre
excelente conmigo. Feliz cumpleaños, mamá…
Cuando se incorporó, vio, entre la escasa gente que circulaba por el camposanto, un
extraño payaso, que lo observaba con gesto risueño.
Quedó paralizado. Pero el payaso, pese a su aura terrorífica, lo miraba cordialmente.
Con una sonrisa radiante, de la que asomaban horrendos colmillos, le levantó el pulgar,
y asintió, como felicitándolo.
Hizo un gesto de abrazo, burlón, pero elocuente, saludó, y luego, simplemente,
desapareció.
Lo único que lamentaba de no haber cumplido el pacto con Ardelia, era no poder
disfrutar el don del olvido que le había prometido.
Pero algo le decía, que había llegado el momento de dejar el pasado en el pasado, con o
sin recuerdos ponzoñosos.
Acomodó las flores, sopló un beso hacia la lápida, y se retiró, marchando tranquilo…
viernes, 18 de septiembre de 2020
EDGARD, EL COLECCIONISTA- EL TATUAJE
EDGARD, EL COLECCIONISTA
EL TATUAJE
Mi fiel ayudante, Tristán, vino muy triste a contarme que había fallecido Tania, la bella panadera. Él había trabado una linda amistad con la buena mujer, de la que, creo, estaba un poco enamorado.
Me avisó que su hija se sentía demasiado abatida como para tramitar los protocolos funerarios, pero sabía que su madre había dejado arreglos a respecto, que me concernían.
-Me parece, señor Edgard, que debería hablar con Lía. Sería muy útil que tuviera una charla con usted.
-¿Qué ocurrió, amigo?
-Es un presentimiento.
-No se diga más.
Llevado por la sugerencia, fui hasta la casa de la joven. Me recibió pensando que venía a cumplimentar los trámites del deceso.
-Puedo aprovechar, querida, para pedirle el certificado. En realidad, estoy aquí para conversar con usted, por recomendación de un amigo de su mamá.
-Debe ser Tristán. Ella lo apreciaba. Decía que era un buen hombre. Confiaba en él.
-La invito a confiar en mí.
-Es una historia larga. –dijo, suspirando con tristeza.
-La escucho.
-Hace unas semanas, mi madre cambió. De ser alegre, extrovertida y enérgica, comencé a notarla distraída, triste, preocupada. La descubrí llorando a escondidas. Le tuve que suplicar que me contara qué le ocurría, y lo hizo solo porque pensó que yo me encontraba en peligro.
´´Como sabrá, no tengo papá. Siempre creí (así me lo había dicho ella), que la habían repudiado en su familia por quedar embarazada soltera, y al desaparecer su novio, decidió armar su destino en otro lugar, y vino aquí a tenerme, montando con sus ahorros la panadería que fue su orgullo.
´´Ocurre que, en realidad, fue secuestrada de jovencita, y obligada a prostituirse por un hombre despreciable. El mal nacido marcaba a sus víctimas con un horrible tatuaje en la espalda, que mamá siempre escondía, y del que yo, ignorante de su origen, me reía las pocas veces que lo veía por algún descuido de ella.
´´Me contó que cuando descubrió su embarazo, juntó valor para hacer lo que nadie se atrevía: denunciar a Iván, el malvado que había destrozado su vida, ya que, si bien no era el eslabón principal, formaba parte de una gruesa cadena de proxenetas que esclavizaba mujeres inocentes desde su minoría de edad.
´´Si bien no sabía quién era el padre de su hijo, ella amaba a su bebé, y había visto lo que ocurría con Iván cuando una de sus chicas quedaba encinta: era golpeada hasta que abortaba. Si eso no ocurría, traía a una mujer que se ocupaba del ´´problema´´. Y si la chica en cuestión ya estaba muy avanzada para detener el nacimiento, por haberlo ocultado, la dejaba encerrada, en condiciones infrahumanas, para traer un niño al mundo, y vendía al bebé no bien nacía.
´´Acudió a un cliente que era policía, y, según me dijo, muy buena persona, ya que se asombró auténticamente al saber que era obligada a prostituirse, y más aún, desde que edad.
´´Nahuel se comprometió, si ella testificaba, a meter preso a Iván. Y lo consiguió.
´´Sus compañeras de desgracia, aunque muertas de miedo, también se presentaron a la justicia, por lo que el malvado cayó a la cárcel, no sin antes prometer venganza a mi madre, como instigadora de la sublevación.
´´Ella, feliz de verse libre, no quiso arriesgar la seguridad de su querida familia, y huyó hacia un lugar muy lejano a recomenzar su vida.
´´Todo parecía haber salido bien: el pueblo la recibió con cariño, y pudo tenerme, educarme y trabajar en paz.
´´Un día, vio a un hombre espiando su negocio. Se quedó congelada de horror al ver a Iván sonriéndole burlonamente. Su promesa de venganza no había sido olvidada. Y temía que recayera sobre mí, lo que más amaba en el mundo.
´´Le rogué que acudiéramos nuevamente a la policía, a lo que arguyó que no podía acusar de nada al hombre, porque seguramente había salido en libertad, después de tantos años, y que no tenía qué denunciar. Me rogó que no saliera de la casa, al menos por un tiempo.
´´Sé que llegó a comprar un arma. La tenía escondida en la caja de recaudaciones.
´´Comencé a ver al tipo espiar constantemente a mi madre, con esa sonrisa horrible.
´´El día que decidí buscar ayuda, porque el acoso estaba devastando a mamá, su corazón dijo basta. Falleció antes de que pudiera hacer nada por ella.
La pobre niña estalló en lágrimas. La abracé, y le sugerí:
-Lía, no puede quedarse sola aquí. Venga a mi casa. Con Tristán la protegeremos de ese monstruo. Y verá que hallaremos alguna solución.
Creo que aceptó mi oferta solo para poder descansar tranquila un poco. Se la veía totalmente agotada.
La dejé en una habitación, con Cerbero, mi mastín, cuidándola. El perrote se olvidó de su tamaño gigantesco para acostarse con la chica, para alivio de ella, en la cama.
Así los dejé, abrazados, con la seguridad de que el animal daría su vida por defender a Lía de ser necesario, y me aboqué a preparar el velatorio, poniendo al tanto a Tristán de los sucesos.
Cuando llegó el cuerpo de Tania, y comencé mi labor, apareció su espectro, con el rostro transido de aflicción.
-Tranquila, buena mujer. Sé lo que ocurre. Protegeré a tu hija. Podrás descansar en paz luego de esta noche.
Su imagen se difuminó. Yo sabía que aún estaba presente. La sentía. Puse su cuerpo de espaldas.
Vi el horrible tatuaje con el que Iván ´´marcaba´´ a sus víctimas. Una calavera en llamas, apoyada sobre espinas.
Una frase odiosa se leía bajo la fea imagen: ´´Propiedad privada´´.
Mi indignación me orientó con los pasos a seguir.
Con un escalpelo, retiré el trozo de piel con el dibujo, empapándolo en los químicos adecuados para disponerlo como la tela de un cuadro, mientras, guiado por mi furia, recité unas oraciones orientadas hacia Iván. Sin que lo notara se acercó Tristán, e impuso sus manos sobre mí, potenciando mi ritual, más intuitivo que pensado.
Cuando concluimos, comencé la preparación del cuerpo. Al inicio del velatorio, Tristán despertó a Lía para que despidiera a su madre.
-No te asustes, si ves a Iván. Seguramente vendrá, pero con nosotros, te aseguro que nada deberás temer.
La chica asintió.
Fueron asistiendo los deudos. Ya avanzada la ceremonia, apareció el deleznable rufián.
Se acercó a Lía, como para darle el pésame. Yo, estratégicamente cerca, escuché sus sibilinas palabras:
-Eres bonita como tu madre. Serás una excelente pupila para mi rebaño descarriado.
-Retírese, caballero. -le dije, mientras Tristán abrazaba a la aterrada muchacha. - No es bienvenido aquí.
-¿Y si no lo hago? ¿Qué sucederá? ¿Llamará a la policía?
-Para nada. No soy tan mundano. Arriésguese, y compruébelo por usted mismo.
Algo debió percibir en mi mirada colérica, que lo sacó de su postura de matón.
-No te librarás de mí fácilmente, pequeña. Tu madre me quedó debiendo algo. Y voy a cobrármelo.
Con esas venenosas palabras, se retiró, adentrándose en la noche tormentosa.
Consolamos a Lía.
Cuando concluyó el velorio, se retiró a descansar.
Fuimos con Tristán a la oficina, donde había quedado extendida la piel con el tatuaje.
Con la mirada fija en él, oramos.
Las flamas que ardían sobre el cráneo, transmutaron en un sol naciente.
Las espinas, en flores.
Y la funesta frase, cambió por: ´´Eres libre´´.
Apareció Tania, relajadas sus facciones en un gesto de paz. Nos saludó sonriendo, mientras ascendió hasta desaparecer, entre suaves luces.
Al día siguiente, nos enteramos oficialmente lo que ya sabíamos, por haberlo visualizado en nuestro ritual.
Cuando Iván se retiró furioso del velatorio, se dirigió hacia el parque de la única mansión del pueblo, donde tenía un cómplice, esperándolo en la oscuridad. Antes de llegar a su destino, estalló un rayo, que lo alcanzó en el cráneo, incendiando su cabeza antes de caer fulminado sobre una planta espinosa, derribando un cartel que advertía: ´´Propiedad privada´´.
La maldad contenida en el tatuaje lo había atravesado de pleno.
Solo le contamos a Lía que el tipo había muerto accidentalmente, y que nada debía de temer. Le prometí, también, encontrar a la familia de Tania, con lo que quedó ilusionada, dentro de su gran tristeza.
Volviendo a mí, creo, amigos, que me descontrolo un poco cuando me disgusto.
Solo un poco.
Los espero gustoso en La Morgue, para relatarles mis historias. Posiblemente les muestre el cuadro del tatuaje.
viernes, 11 de septiembre de 2020
EDGARD, EL COLECCIONISTA- LA AMBULANCIA EMBRUJADA
EDGARD EL COLECCIONISTA
LA AMBULANCIA EMBRUJADA
Hola, mis queridos amigos.
Hoy, para variar, les voy a contar sobre una persona viva.
Tristán se acercó un día a la funeraria, muy afligido por su situación. Estaba en libertad condicional, y su supervisor le pedía que consiguiera un trabajo. Fue muy honesto conmigo.
Me confesó que nadie lo empleaba, más por su aspecto, que por sus antecedentes penales. Estaba desesperado. Yo era su última alternativa.
Había caído preso por pequeñas raterías. Nunca conseguía empleo.
Percibí en él una energía positiva muy especial.
Creo que nadie coincidiría conmigo, al verlo. El pobre hombre, delgado hasta los huesos, era contrahecho. Sufría una notoria renguera.
Además de una cara deforme, con los ojos desalineados, de color verde agua, casi transparente, que inquietaban a la gente.
Me contó que era alcohólico, y que estaba en rehabilitación, además.
Sin dudarlo, no solo le ofrecí contratarlo como ayudante, sino también, un cuarto en el fondo de la funeraria para que no tuviera que seguir pagando la pensión donde paraba.
Aceptó, conmovido y agradecido de que alguien, por primera vez en su vida, le diera un voto de confianza.
Comenzó conduciendo la ambulancia donde trasladábamos los cuerpos, sin inconvenientes.
Un día, se demoró mucho más de lo previsible. Empecé a dudar de poder cumplir con los plazos de tiempo del servicio si no llegaba pronto.
Sospeché de algún accidente, y me afligí.
Cuando estaba a punto de dar parte a la policía, apareció Tristán, lívido y tembloroso.
-¡Hombre! ¿Estás bien? ¡Me tenías muy preocupado!
-Es que…Mire, don Edgard, tenemos que hablar…
-¿No habrás estado bebiendo?
-Para nada, aunque confieso, que ganas no me han faltado…
-Mira, Tristán. Hacemos una cosa. Terminamos de oficiar este velatorio, y luego hablamos largo y tendido. Lo que sea que te ocurra, seguramente, tendrá una solución.
Trae pronto el difunto, para prepararlo, que apenas voy a llegar a tiempo con los horarios pautados.
Vi que palideció aún más, y tragando saliva, fue a cumplir mi mandado, con pinta de estar al borde del desmayo. Empecé a sospechar el motivo de su malestar.
Cuando terminó el velatorio, me encontré con él en mi oficina. Estaba muy demacrado.
Le serví un café bien cargado, y mientras bebía con manos temblorosas, comenzó a contarme:
-Don Edgard, yo estoy muy agradecido con usted. Se ha portado tan bien, conmigo…
Pero tengo un problema. Desde que estoy cerca suyo, veo cosas muy raras. Más de lo habitual. Siempre pensé que estaba un poco loco, y por eso, sumado a mi aspecto, empecé a beber, y, ya sabe. Caí muy bajo.
Cuando estaba borracho, jamás veía nada extraño.
Y lo de hoy, señor Edgard, superó todo lo extraño que yo pueda soportar sin perder la chaveta.
Cuando venía de camino del hospital, fuera del pueblo, empezó a funcionar mal la ambulancia. Se paraba, quedando muerto el encendido. Como conozco algo de vehículos, sabía que no había ningún motivo lógico en el fallo. De la nada, conseguí darle arranque. Pese a que el día es templado, dentro de la ambulancia descendió la temperatura de golpe. Empecé a tiritar. Sentí que no estaba solo.
Cuando miré el retrovisor interno, casi me muero del susto. Tuve que frenar de golpe.
Un grupo de demonios espantosos me miraban con odio, sentados sobre la camilla del cuerpo.
Créame, Don Edgard. Eso no fue lo peor. Cuando miro a mi costado, veo sentado al lado mío a un engendro espantoso. Fíjese que, al lado de él, yo soy un galán de cine.
Era un ser con toda la piel cubierta de gusanos, con los globos oculares salidos de las órbitas, que me mostraba una lengua negra, partida en dos como las víboras, pero larguísima.
Cuando anteriormente veía rarezas, cerraba con fuerza los ojos, hasta que conseguía algo para tomar, y desaparecían. Hice lo mismo esta vez, pero no se fueron.
Casi me hago encima.
Mi primer impulso fue salir corriendo, y alejarme de esos espantos, pero no era justo portarme así con usted. Así que hice algo que me enseñó mi madre, cuando niño: me puse a rezar como un poseso todas las oraciones del devocionario, una y otra vez, los ojos fijos en la ruta. Seguía sintiendo las presencias horrendas a mi alrededor, pero recitar las plegarias me hacía sentir protegido, aunque estuviera medio desmayado del terror.
Cuando llegué, a duras penas, y usted me dijo que volviera a la ambulancia, creí que me iba a caer redondo. Pero, con mis rezos, lo logré, Don Edgard.
Lo peor de todo, es que sé que no me va a creer, como me pasó toda la vida, cuando contaba se lo a los demás…
-Te equivocas, Tristán. No solamente te creo. Te voy a pedir que me acompañes al vehículo, y solucionaremos juntos el problema.
-¡Ay, no! ¿Es necesario? No quisiera ver ni de lejos esa ambulancia maldita…
-Confía en mí. No te va a pasar nada.
El hombre se persignó, y me acompañó, rengueando.
Abrí la puerta trasera, y tal como dijo mi buen ayudante, unos horrendos demonios me recibieron con unas muecas repulsivas.
Yo percibí la verdad de la visión, y para sorpresa de Tristán, sonreí.
-¡Oigan, ustedes! ¿No les da vergüenza andar asustando a la gente? Pese al disfraz de ultratumba que llevan, los conozco. Oficié sus velorios. Sé que han sido buena gente en vida. Bueno, no todos, pero…no soy quién para juzgar.
Siento el desconcierto que tienen. Los sorprendió la muerte de golpe, y tienen temor de cruzar al más allá.
Créanme. Van a un lugar hermoso, lleno de luz, y de perdón para aquellos que no están con su conciencia tranquila. Ya no teman en marcharse.
Los supuestos demonios mostraron su verdadera imagen espectral, develando a vecinos del pueblo recientemente fallecidos, con cara de tristeza y arrepentimiento.
-Para que vean que existe la bondad, Tristán rezará para ustedes sin rencores, y yo lo acompañaré en sus plegarias.
Tristán tomó la mano que le extendí, y con expresión solemne, comenzó la recitación, a coro conmigo.
Nuestras voces comenzaron a resonar con una vibración muy especial, que nos repercutía en el pecho. Una brisa cálida se arremolinó a nuestro alrededor, y en los árboles cercanos, los pájaros emprendieron vuelo, pese a lo avanzado de la noche. Y cantaban, como si fuera el alba.
Los espectros relajaron sus facciones en sonrisas aliviadas, y empezaron a desvanecerse en una mansa luminosidad, dejando una nívea pluma sedosa en el lugar donde se había presentado cada uno. Las recogí. Esplendían energía positiva de transmutación.
Habíamos ´´exorcizado´´ a la ambulancia. Y tenía varias piezas de recuerdo.
Tristán me siguió nuevamente hasta la oficina, con desconcierto y satisfacción.
Serví nuevamente café.
-No puedo creer lo que pasó, Don Edgard…
-Créelo, Tristán. Nunca estuviste loco. Tienes un don. El mismo que poseo yo. Por algo el destino te trajo hasta mi puerta. Ya no debes temer. Te ayudaré a interpretar las ´´cosas raras´´ que ves, y tú me ayudarás a mí con esas cuestiones, para las cuales, siempre he estado solo. Te enseñaré mi colección, y te contaré cada una de las vivencias que encierra.
Tristán me abrazó, con los ojos llenos de lágrimas.
Por primera vez en su vida, no se sentía un fenómeno circense.
Eso es lo que vale darle un voto de confianza a un ser humano: la posibilidad de quitarle innumerables cargas de encima, y una nueva oportunidad de creer en las bondades de la vida.
Los invito a La Morgue, para contarles todas las historias que esconden los muertos. Y algunos vivos.
Los espero, mis amigos. Como siempre…
miércoles, 9 de septiembre de 2020
LA TUMBA
La tumba
Mauricio Alberto Marci, tristemente famoso asesino serial pedófilo, fue dado por muerto al encontrarse su coche carbonizado, estrellado contra un árbol.
La patente, que había volado, permitió reconocer el auto, pero el grado de deterioro del vehículo, no dio lugar a identificar ningún cuerpo.
Un pariente lejano, para limpiar el honor de la familia, organizó un entierro simbólico en un cementerio casi abandonado.
Nadie asistió a la ceremonia.
Extrañamente, todos los domingos, Dora, llevaba una cajita y una pala. Removía la tierra, y dejaba allí la pequeña caja. Sonreía con tristeza, y se retiraba.
Dora era enfermera.
Cuando llegaba a casa, bajaba al sótano. Estaba decorado con fotos de pequeños.
En la pared central, un póster con la imagen de una bella niña de diez años.
Frente a ese muro, Mauricio se hallaba encadenado, lleno de vendajes y cicatrices en todo el cuerpo.
Le faltaban todos los dedos de las manos y los pies, la nariz, y el labio inferior, por lo que se le escurría la saliva.
También le había sido extirpada la lengua.
-Hola, Mauricio. Vengo de dejar en tu tumba un pedacito más. Ten paciencia. De a poco, la iremos completando.
Mauricio solo emitía sonidos guturales, mientras manaban lágrimas de sus ojos desorbitados.
-Son muy tristes las tumbas vacías. Lo remediaremos.
Tu llenaste tantas tumbas…Tienes en primer plano a mi Roxi. Y en las otras fotos, todos los demás niños que mataste.
Está bien que llores. Todos los padres lloramos mucho, cuando encontraron a nuestros hijos violados y asesinados.
Pero, al menos pudimos enterrarlos. Y visitar su última morada.
A ti no te visita nadie. Porque no hay cuerpo.
Es injusto, lo sé. Trabajo mucho para remediarlo.
Creo que esta semana será un ojo.
Sí, me parece acertado.
Cuando esté completa tu tumba, te visitarán…
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