sábado, 24 de octubre de 2020

EDGARD, EL COLECCIONISTA- HAMBRE DE CARNE

EDGARD, EL COLECCIONISTA HAMBRE DE CARNE Hace un tiempo, amigos, descubrimos con Tristán que esporádicamente alguien nos robaba. Y no hablo de hurtos comunes. No podía establecer un patrón de las profanaciones (porque de eso se trataba). En algún momento entre la llegada de los cuerpos en la ambulancia, y a veces, después de prepararlos para su despedida, alguien o ´´algo´´, mutilaba los cadáveres, llevándose un pedazo de sus carnes. Me sentí realmente mal. Siempre había cumplido con un trabajo impecable. No me agradaba para nada presentar a los difuntos mutilados para su despedida final. Lo veía como una estafa para ellos, y para los seres queridos, que ignoraban los hechos. Consideramos, en un momento, llamar al comisario Contreras, ya que el evento no dejaba la impronta de un hecho sobrenatural. Ni Tristán ni yo detectamos fuerzas oscuras en medio, pero algo me decía que lo debíamos solucionar nosotros. -Don Edgard: creo que tenemos que vigilar constantemente a los difuntos que ingresen. Nos podemos turnar. Si deja a Cerbero moverse en esta zona de su propiedad, nos va a ayudar a encontrar a quién mutila los cuerpos. -Así lo haremos, Tristán. No puede volver a ocurrir. Cuando nos anoticiaron de la llegada de un cuerpo, montamos nuestro operativo. Decidimos hacer la vigilancia los dos juntos. No era muy práctico, pero además de indignación, nos mataba la curiosidad por saber quién cortaba sendos trozos de los muslos, espaldas, glúteos y pecho de los difuntos. El otro enigma era para qué cometía esas atrocidades. Lamenté no haber tenido la idea de Tristán, dejando antes a mi astuto mastín. Él no pasaba nunca sin mi permiso al área de trabajo, porque incomodaba a la gente en los velatorios mendigando caricias. Mientras aguardábamos escondidos mirando la camilla donde nos esperaba el cuerpo que debía maquillar para la mañana, Cerbero, también oculto, olisqueaba el aire, imbuido de su tarea de guardián. No llegaron a pasar dos horas, cuando sentimos un sonido de la claraboya, bien alta. El perro estaba alerta. Se nos acercó sin ladrar, indicándonos la presencia de un intruso. Era bastante improbable que ingresara por la claraboya antigua, dado lo estrecho de su diámetro. Para nuestra absoluta sorpresa, vimos cómo Cerbero comenzó a menear muy feliz la cola. Por el ventanuco asomó, como una serpiente, una soga, y seguidamente, una flaquísima figura humana se deslizaba por el pequeño ingreso, contorsionándose diestramente para amoldarse al escaso espacio. Esperamos a que descendiera, y prendimos la luz. Vimos la asustada figura de una adolescente delgadísima, que soltó un agudo grito al descubrirnos. Cerbero se acercó amistosamente a ella, quién lo abrazó, buscando protección. -¡No me hagan daño, por favor! -Cálmate. Dinos quién eres y qué buscas aquí. -¿No me denunciarán? -¿Qué tal si te acercas, te sientas, y nos cuentas qué estás haciendo? No creo que seas una mala persona, niña. Cerbero no se mostraría tan complaciente, si lo fueras. Reticencias mediante, se acercó al sillón que le señalé, sin despegarse de mi perrazo. La muchacha, casi esquelética de tan flaca, apretó contra su pecho la mochila que cargaba, y se sentó. -Prométanme, por favor, que no voy a ir presa… -Cuéntanos primero. ¿Te das cuenta del peligro al que te expones al entrar así en propiedad privada? Si tomas a alguien por sorpresa, y armado, no dudaría en dispararte. -Lo sé. - dijo con los ojos llenos de lágrimas. - les contaré todo. ´´Soy proteccionista de los animales. ´´Desde pequeña que cuido de ellos. Hace ya bastante que no consumo ningún alimento que provenga de su origen. Soy vegana. ´´Para mi total angustia, mi médico me indicó que, debido a mi bajo peso, debía empezar a consumir proteínas de origen animal, porque estoy en estado de desnutrición, y los complementos dietéticos convencionales no funcionan en mí. ´´Hui de casa cuando mis padres quisieron obligarme a comer carne. ´´Estoy viviendo en una casona abandonada cerca de aquí. Me siento mal por mis papás. ´´Les mandé mensajes diciendo que si me obligaban a volver, me mataría. Ellos están muy angustiados, esperando mi regreso. ´´Al vivir así, se aceleró mi descenso de peso. Y empecé a sufrir un hambre demencial. ´´Hambre de carne. Pero no podía ir contra mis principios. ´´Entonces se me ocurrió que podía tomar la carne de los muertos. Ellos ya no la necesitaban, y nadie sufría con su consumo. ´´Me empecé a colar a su funeraria, y a cortar pedazos. Me los llevaba a donde vivo, los asaba, y me los comía. No siento que haya hecho algo malo. No creo que las personas fallecidas me reprochen lo que hice. Me los comí con mucho respeto. Casi se me escapa la risa. Era todo demasiado grotesco. Las connotaciones morales de los delirios de nuestra proteccionista caníbal escapaban a un análisis racional. Tristán tenía la boca abierta, confundido, asqueado y conmovido a la vez. -Niña, concuerdo en que los difuntos no están disgustados. No te reprocharán nada. Pero no puedes seguir profanando cadáveres para comértelos. -¿Por qué? -Porque…no estamos en una época que se acepte por ley cenarse al prójimo. -¡Pero se vive torturando a los animales! ¡Es injusto! ¡Y a los muertitos no los perjudica en nada! En ese punto de la conversación, la mandíbula de Tristán parecía a punto de querer desprenderse de su cara, y rodar lejos ella. El berrinche de la niña me provocaba ganas de soltar una carcajada, y, a la vez, una profunda tristeza. -Lo que dices, muchacha, aunque suene muy loco, tiene su lógica. ¿Cómo te llamas? -Leonora. -Querida Leonora: no te denunciaremos. Pero entiende que debemos llamar a tus padres para que te asistan. Es por demás visible que no estás bien de salud. Necesitas asistencia psicológica, además. ´´Creo que puedo asesorar a tus papás para que retomes una dieta completa sin necesidad de comerte a nuestros difuntos, y sin vulnerar tus principios veganos. Conozco médicos muy actualizados a respecto. -¡No quiero que mis padres se enteren de lo que hice, señor! ¡No lo entenderían nunca! Usted, aunque está tentado, creo que me comprende. Lo que no sé, es donde le ve la gracia… -Tienes razón, Leonora. No es gracioso. Pero me hiciste analizar uno de los grandes tabúes de la humanidad de una manera muy abrupta. Y si no ponemos sentido del humor, pasamos a la tragedia demasiado rápido. ´´Haremos un trato: yo contacto a tus papis sin contarles de tu ´´nueva dieta´´, les doy la información de los profesionales que podrán ayudarte, y tú me prometes que te portarás bien, y dejarás de comerte a la gente. En ese punto, Tristán pidió permiso, y se retiró rengueando, muy pálido. Ni frente a los más monstruosos espectros lo había visto descomponerse así. -¿Estamos de acuerdo, Leonora? -Bueno, señor. -Me llamo Edgard. Dime, ¿Qué llevas en la mochila? -Bolsas plásticas, para recolectar la carne, y un cuchillito. El ´´cuchillito´´ era una tremenda y filosa daga, muy bonita, antigua, de plata. -Era de mi abuelo, Edgard. Se lo regalo. Por ser tan bueno conmigo. Sonreí al recibir el arma con que había mutilado a los muertos de mi funeraria. Pasaría a formar parte de mi colección. -Escúchame, Leonora: cuando te sientas afligida, puedes contactarte conmigo, si tus padres te dan permiso. Sabes que no te juzgaré. Pero no uses ese creativo cerebro con ideas tan…revolucionarias. Puedes lastimar los sentimientos de la gente, así como a ti te lastiman quienes dañan a los animales. Gracias por tu obsequio. -De nada, Edgard. Su perro es muy bonito. -Dame el número de tus papás. Esa historia de locos terminó bastante en paz. Es cierto que ningún alma perdió el descanso por la extrema dieta de Leonora, pero desechemos sus ideas nutricionales. Les pregunto, con todo respeto, a los amigos veganos: ¿Han tenido alguna vez hambre de carne? Los saludo esperándolos en La Morgue, como siempre, para contarles mis historias.

miércoles, 14 de octubre de 2020

EDGARD, EL COLECCIONISTA- RANCHO DE ADOBE

RANCHO DE ADOBE Me tocó asistir a una terrible tragedia. Se incendiaron bosques nativos cercanos a mi pueblo, con el horrible desenlace de personas calcinadas que vivían entre la naturaleza. Necesitaban gente que no se impresionara, y transportara los cuerpos en ambulancia. Me puse a disposición junto a mi asistente, Tristán. Hablando con los valientes bomberos, quedó más que evidente lo que todo el mundo sospechaba: fue un acto intencional. Había mucho interés por esas bellas tierras, que no se podían construir, protegidas por la ley de bosques. Ahora, los emprendedores inmobiliarios, no habiéndose todavía enfriado la ígnea desgracia que devoró flora y fauna, mutiló animales, y se llevó vidas humanas, cerraban sus fructíferos negocios. Recogimos y transportamos los cadáveres. A los pocos días, desaparecieron misteriosamente los trece empresarios artífices de la masacre ecológica. Aquí tengo que hacer un paréntesis. Una bifurcación de mi historia. Conocí en las tierras arrasadas a una mujer. Muy especial. No solo tenía una belleza impresionante, sino que también tenía el don. Cuando se cruzaron nuestras miradas, comenzamos a vibrar en la misma frecuencia. Aurora clavó sus oscuros ojos en los verdes míos, y no hubo mucho que decir. Vivía cerca de donde ocurrió el incendio. Allí comencé a viajar con toda la frecuencia que mis obligaciones me lo permitían. En mi última visita me dijo: -¡Mi querido Edgard! Quiero compartir contigo un lugar. Necesito tu opinión. La acompañé sin dudarlo a un paraje ignoto, bien alto. Era un mirador natural desde donde se observaba la magnificencia del paisaje, ahora enlutado de cenizas. En el punto más alejado, cobijado por árboles que no fueron alcanzados por el fuego, llegamos a un primitivo ranchito de adobe. No bien entramos, percibí trece presencias. Oscuras resonancias se desprendían de las humildes paredes, que olían a herrumbre, y a algo más siniestro. -¿Qué ocurrió aquí, Aurora? -¿Lo sientes? -Sí. Pero deseo que me lo cuentes. -Sabes bien lo que pasó con los incendios. Fueron provocados por unos desalmados para hacer negocios. Yo lidero un grupo de personas que protegen a la tierra. -El culto de la Pacha Mama. -Así es. ´´Solo les faltaba este mirador que escapó de las llamas. Que, dicho sea de paso, si es por propiedad, me pertenece legalmente. ´´Estos perversos se sintieron muy felices cuando el anónimo dueño del lugar los contactó con la intención de vender. La única condición fue que vinieran personalmente. ´´No les pareció mal. Aprovecharían para ver todo su nuevo patrimonio. ´´Cuando llegaron al lugar acordado, me encontraron a mí, sentada en el piso, esperándolos, con un maletín delante de mí. ´´Si bien les disgustó ensuciar sus ropas elegantes para sentarse sobre el suelo a mi alrededor, se regodearon de encontrar a una mujer. ´´Consideraron que me manipularían, y se aprovecharían de mi debilidad. ´´Se les borró la sonrisa cuando fui sacando del portafolios grandes fotografías de los cadáveres calcinados de personas y animales. -¿Qué significa esto, señorita? Vinimos a hacer negocios. ¿Acaso pretende extorsionarnos? ´´Solo los miré con odio. No merecían siquiera mis palabras de desprecio más oscuras. ´´Levanté el brazo, y chasqueé los dedos. De la misma nada aparecieron las personas de mi culto, y para la total sorpresa e indignación de los empresarios, los apresaron y maniataron sin prestar atención a sus bravatas. ´´Ignoraron sus gritos, y amarrados de los pies, los colgaron en los árboles, disponiendo bajo cada uno sendas tinajas. ´´A una indicación mía, sacaron sus cuchillos y los degollaron, cuidando muy bien de recolectar la copiosa sangre. ´´La agonía de los tipos fue tremenda. No lograron entender qué les había ocurrido. ´´Cuando murieron, recogimos las tinajas. ´´Nos sirvió para hidratar la reseca tierra arcillosa, y preparan ladrillos de adobe, los que conforman las paredes de este rancho. ´´Hicimos un ritual de sanación para la tierra, rogando su pronta recuperación, y pidiendo perdón por el agravio perpetrado. ´´Para completar el rito, bajamos los cuerpos, y se los ofrendamos como alimento a los pocos animales carnívoros que consiguieron salir con vida del incendio de los bosques. ´´Y acá estamos, Edgard. En un lugar embrujado por trece espectros de asesinos. ´´No puedo avanzar contigo con este secreto en el medio. ´´Sé que tú liberas a las almas. Quizá quieras hacerlo con las que quedaron atrapadas penando en este lugar, entre los muros fabricados con su propia sangre. ´´Está en ti decidir. ´´Te voy a dejar solo, para que pienses qué hacer. Aurora se retiró. Contemplé a los trece fantasmas. Eran espantosas visiones de cuerpos mutilados por filosos dientes, con las heridas de los cuellos cercenados abiertas como segundas bocas infernales. Me concentré todo lo que pude. Solo capté un aura de maldad abyecta. Sufrían, pero no se arrepentían de nada. Se me cruzaron por la mente las imágenes de los inocentes que perecieron, la visión de los animales mutilados, cegados por el fuego, los majestuosos árboles que hoy eran cenizas. Por primera vez desistí de ayudar a un alma para encontrar la paz celestial. No la merecían, mientras no se arrepintieran del daño ocasionado. Si hubo un segundo de duda en mi decisión, me la despejó el odio feroz y egoísta que irradiaban los trece espíritus malignos. Salí del rancho de adobe. Aurora me esperaba, nunca tan bella, contrastando su figura contra el cielo del atardecer. -Vámonos, mi querida. Ciertas almas deben expiar sus pecados antes de alcanzar el descanso, y merecerlo. -Si no me contestabas eso, Edgard, no volvías a verme. Nos abrazamos. Ella sacó de su cartera un pequeño ladrillo de arcilla y sangre. -Tómalo- me dijo- para tu colección. Su sonrisa iluminó la tarde muriendo. Retomamos el camino de regreso hacia su casa. Ahora me pregunto: ¿hice lo correcto? Quizá ustedes tengan la respuesta. Los espero, mis amigos, para escuchar todas las historias de mi colección.

sábado, 10 de octubre de 2020

EDGARD, EL COLECCIONISTA- LA FAMILIA

EDGARD, EL COLECCIONISTA. LA FAMILIA Hola, mis queridos amigos. Les voy a contar un suceso que me impactó bastante. Tristán, mi ayudante, me contó que estaba preocupado. -Señor Edgard: vienen a mí almas en pena, con una aflicción que no descifro. Sufren. Es más que seguro que acudan a usted. -Estaré prevenido, mi buen Tristán. Ese día vino a visitarme el comisario Contreras. Me refirió un caso particular que lo tenía muy intrigado. -Vine a comentarle, Edgard, porque sé que puede orientarme. Estoy investigando en el cementerio. Alguien está robando cadáveres de sus tumbas. -¿Escuché bien? -Lamentablemente, sí. Se llevan los cuerpos, y dejan en los ataúdes cruces de madera pintadas de negro. -Interesante, Contreras. ¿Y si le digo que podría intuir por dónde viene el problema? No es que sepa bien de qué se trata, pero una pista, puede haber. -Por eso vine aquí, Edgard. Confío en sus…corazonadas. Quedé en llamarlo apenas tuviera novedades. Y no se hicieron esperar. Como dijo Tristán, se me apersonaron las apariciones de varios adultos y niños, con gestos suplicantes. Llamé a mi asistente, y me dirigí a los espectros: -Guíennos, por favor. En una macabra procesión, salieron a la oscuridad de la noche, alumbrando el camino con sus luces fatuas. Nos adentramos en el campo. Pude vislumbrar que por donde pasaban los fantasmas, el pasto se secaba de inmediato. Vibraban a una frecuencia de profunda negatividad. Llegamos a un ranchito precario. Lo conocía. Era la morada de Etelvina. Tragamos saliva. Toqué la puerta. Nos atendió, con su cara de bebé viejísimo, los grandes ojos azules abiertos desmesuradamente, como deslumbrados por un asombro constante. Una nívea cascada de cabello le caía bajando por su magro trasero, como la capa de una virgen en desgracia. Vestida con harapos negros, con un rosario como cinturón y adorno, nos sonrió cordial, la boca desdentada, de labios amoratados. -¡Hola! ¡Buenas noches! ¿A qué debo el honor de esta visita? -¿Podemos pasar, Etelvina? -¿Los conozco? -Sí. Posiblemente a mí, y no lo recuerde. -Mil disculpas por mi mala memoria, Adelante. La sala de estar, sumamente humilde, estaba pulcramente ordenada. Los espectros tenían un aspecto tristísimo y disgustado. No era para menos: los cadáveres que los albergaron estaban dispuestos en distintas poses en el hogar de Etelvina. -¿Les ofrezco algo de tomar? ¡Ay, que soy maleducada! ¿Cómo se llaman? Así les presento a mi familia… -Él es Tristán. Soy Edgard. -Mucho gusto. Él es mi esposo- dijo, señalando el cuerpo de un otrora hombre fornido. Pese a mi excelente trabajo de embalsamado, los ojos se habían descompuesto, y un tufo pútrido flotaba por sobre el aroma de los múltiples ramos de jazmines que adornaban la morada. -Ellos son mis padres, y allá están mis suegros. En aquel rincón verán a mis niños jugando. Son muy traviesos. El zumbido de los moscardones era la cortina musical del espantoso espectáculo. Parecía una pesadilla infernal: los cadáveres semi descompuestos posando macabramente, y la inocente sonrisa de Etelvina, los ojos luminosos de felicidad por tener a quién presentar a su ´´familia´´. -Ella es mi mejor amiga. –concluyó, abrazando los restos de una mujer de edad media, con el cráneo destrozado. Etelvina le había sacado el tocado de flores con que disimulé el accidente que le costó la vida. -Es un gusto. Lamento que nos tengamos que ir. -¿Tan pronto? ¡Apenas llegan! -Lo siento. Nos veremos pronto. Salimos de allí con el pecho oprimido. Fuimos donde el comisario, a contarle las novedades. -Vaya. Es muy triste, además de horroroso. Etelvina siempre estuvo sola. Creció en un orfanato. Vivió con el dolor de no pertenecer a una familia. Cuando formó la propia, una desgracia se la llevó. Fue la única sobreviviente de un vuelco en automóvil. Después de eso, su cabeza no funcionó nunca muy bien. Pero jamás hubiera imaginado que llegaría al punto de hacer lo que me relata. Es increíble que una ancianita tan frágil haya podido cavar las fosas y llevarse los cuerpos tan lejos, sin que nadie la viera. -Lo único que la vida no le robó a Etelvina, fue su voluntad de tener a quien amar. -Mandaré a mi gente para que maneje esto en forma discreta. No quiero un circo alrededor. Y trataré de llevar a la pobre donde puedan cuidarla, y no se sienta sola. -Se los agradecemos, Contreras. -Yo estoy eternamente agradecido con ustedes. No podría haberlo resuelto solo. ¿Puedo ayudarles en algo? -Le pediría, de ser factible, las cruces que encontró en los ataúdes. -Por supuesto. Nos retiramos, seguidos por el séquito de almas en pena. Cuando llegamos, fuimos presentando, una a una, las cruces a cada espectro, que se eclipsaba, tornando de blanco radiante la ennegrecida madera. Más adelante visitamos a Etelvina en el hospital psiquiátrico. No pareció reconocernos. Estaba sentada junto a una ventana, mirando a la nada, hablando con un rayo de sol, sonriendo plácidamente. Solo cuando le dejé una cruz blanca en el regazo, su mano apretó la mía, y su mirada azul se fijó en mis ojos con una profundidad estremecedora. -Salude, por favor, a los míos. A usted lo escuchan. -Claro que sí. Pero yo sé que a usted también. Un destello cruzó su mirada. Luego se volvió vacua, y continuó flotando en el vacío. El resto de las cruces esplendentes forman parte de mi colección. Pienso, después de esto, que todos damos por sentado, como algo natural y que nos pertenece por derecho, el afecto de nuestros seres queridos. Y no es así. Creo que debemos valorar eso por sobre todas las cosas. Los saludo esperándolos en La Morgue, como siempre. Buena vida, feliz muerte…

jueves, 1 de octubre de 2020

EDGARD, EL COLECCIONISTA- LOS CERDOS (Basado en una historia real)

EDGARD, EL COLECCIONISTA LOS CERDOS (Basado en hechos reales) Hola, queridos amigos. Les contaré de un hecho reciente. Me sorprendió mucho la visita de don Hilario, acompañado del comisario Contreras. Ambos tenían cara de no estar pasando un buen momento. El comisario señaló al granjero para que me contara. -Señor Edgard: téngame paciencia. Es muy difícil pedirle el favor que necesitamos. Queremos organizar un velatorio…clandestino. -No le interpreto, Hilario. -Le contaré la historia completa. ´´Como trabajo de sol a sol, no me percaté que varias noches se habían aprovechado de mi profundo sueño para robarme algunas cosas. Cuando me di cuenta, faltaban gallinas, ovejas, bolsas de semillas, herramientas. Hasta decenas de botes de mi producción de miel. ´´La máxima osadía fue el robo de un cerdito. No podía comprender cómo lo sacaron de la pocilga, con su celosa madre cerca. ´´En ese punto, y comprendiendo que no pararía la rapiña de la que estaba siendo víctima, llamé al comisario, quien se ofreció para vigilar la granja, y detener a los criminales. ´´La noche del hecho, nos quedamos escondidos afuera, esperando. ´´Bien entrada la madrugada, vimos una sombra aproximarse, sigilosa, al chiquero. ´´El comisario le dio la voz de alto. En la oscuridad, nos pareció que el tipo, sacaba un arma. Contreras no dudó, y disparó. ´´El ladrón cayó con un grito de dolor, pero se levantó intentando huir, con tanta mala suerte, que trastabilló, y rompió el cerco. Los cerdos, enloquecidos por el olor de la sangre, y quizá reconociendo a quien se había llevado al puerquito, se abalanzaron sobre el infeliz, y comenzaron a devorarlo vivo. ´´Intentamos detenerlos, pero ya no parecían animales, sino demonios del infierno, don Edgard. Incluso Contreras mató a dos de ellos de un tiro. Eso los enardeció más. Los alaridos de agonía del desgraciado aún resuenan en mis oídos. ´´Cuatro cerdos enormes se dieron vuelta, y nos miraron con los perversos ojillos como ascuas, brillando anormalmente en la oscuridad. ´´Nos asustamos. No voy a negarlo. En verdad, fue terror lo que sentimos. Salimos corriendo a buscar refugio, que era lo que parecían querer los puercos: terminar tranquilos su matanza. ´´Durante unos minutos eternos, siguieron perforando mis oídos los gritos escalofriantes. ´´Esperamos hasta el alba para salir. ´´Nos acercamos con mucha precaución al chiquero. ´´Los cerdos volvían a ser mis habituales animales de siempre. ´´Lo único que hallamos del ladrón fueron unas matas de cabello, pedazos de huesos mordisqueados y una dentadura postiza, con los colmillos dorados. ´´Con el comisario, nos horrorizamos: reconocíamos esos dientes. El único en el pueblo que había tenido el mal gusto de usarlos era mi amigo de toda la vida, Alberto, hermano menor de Contreras. ´´No comprendí que hacía mi casi hermano del alma robándome. ´´Muy avergonzado, Contreras me confesó que Alberto siempre me había tenido envidia. Que codiciaba mis humildes logros, mi familia, mis posesiones. ´´Se comparaba conmigo, sintiéndose un perdedor que no había podido lograr nada. Yo nunca me percaté de ello. Con mucho gusto hubiera compartido mis bienes con él. Mis hijos lo trataban de ´´tío´´. ´´Quedamos de acuerdo con el comisario en guardar el secreto. Yo era el único amigo de Alberto. No lo sabía tampoco. Solo nosotros dos lo extrañaríamos. Y no queríamos que lo recordaran como un ladrón. ´´El tema es que, desde esa noche, tanto al comisario como a mí nos agobian terribles pesadillas, y lo más difícil de contar: ambos hemos visto el alma en pena de Alberto, una figura del purgatorio, destrozado a dentelladas, con la mirada implorante. ´´Creemos, don Edgard, que si le damos una despedida cristiana, descansará al fin en paz. Ya conseguimos un cura discreto para el entierro. Falta arreglar el velorio. Sé que usted no es amigo de lo ilegal. Pero, en vista de las circunstancias, no nos queda otra salida que rogárselo. -Los entiendo, amigos. Cuenten con mi discreción. Díganme cuándo, y lo organizo. ¿Tendrán algún objeto del difunto? Es para colocarlo, simbólicamente, en el féretro. -¡Gracias, señor Edgar! Mi hermano descansará en paz. No debimos ocultar lo sucedido. Lo que trajimos es un poco desagradable. Son sus…restos. El comisario me extendió una bolsa con cabello, pocos huesos y la dentadura estrafalaria. Cuando se retiraron, apareció Alberto. Era una visión horrorosa. Un ser escupido por el mismo infierno. Y sufría. De culpa, remordimientos, y la forma cruel en que había abandonado su existencia terrenal. Apreté contra mi pecho la macabra bolsa. Sentí cómo mis latidos transferían energía positiva al difuso portal ente la vida y la muerte en el que me movía a veces. -Es tiempo, Alberto. Siempre hay lugar para el perdón. Puedes marcharte. Percibe la redención de tu arrepentimiento, y calma tu dolor… El espectro mostró un gesto de asombro. Empezaba a captar la luz, que se lo estaba llevando del calvario de la materia. Relajó sus facciones, y se mostró completo, antes de esfumarse en su viaje hacia el descanso. El pelo, los huesos y la dentadura, cobraron un plateado intenso, que irradia un aura luminosa. Ya forma parte de mi colección. Terminé ese día invitando a tomar un café amargo y bien cargado a Tristán, mi ayudante, para contarle lo acontecido. Y le dije lo que ahora les cito, amigos: la envidia es un veneno. No existe la ´´envidia sana´´. Es un sentimiento horrible, que saca nuestro perfil de cerdos, con perdón de los nobles animalitos. Por cierto. Tanto Hilario, como el comisario, desde ese día, se volvieron vegetarianos. Los espero, como siempre, en La Morgue con mi colección de historias.

viernes, 25 de septiembre de 2020

EDGARD, EL COLECCIONISTA- LÁGRIMAS DE FUEGO

EDGARD, EL COLECCIONISTA LÁGRIMAS DE FUEGO Hola, queridos amigos. Quiero contarles una historia de un penar muy especial. La señora Dalma vino a arreglar la ceremonia funeraria de Torcuato, su esposo, agotada por haberlo cuidado durante meses durante su enfermedad terminal. Había en el temblor de su voz y sus manos algo más que cansancio y tristeza. Le pregunté con sutileza el motivo de su inquietud. Mi don emerge sin que lo busque, instando a las personas a abrirse, y hablar de sus aflicciones con franqueza. -Señor Edgard: estoy muy asustada. Desde hace mucho tiempo. Y es la primera vez que menciono el asunto. ´´Siempre percibí, en mi madurez, que cada vez que tenía intimidad con mi marido, alguien me observaba con odio. Es inexplicable. En más de una ocasión, sentía una quemadura en distintos lugares del cuerpo. ´´En principio, trataba de minimizar el asunto, diciéndome que eran ideas mías, pero las marcas en mi piel contradecían mis intentos de obviar el fenómeno. ´´Cuando Torcuato enfermó, se hicieron más frecuente las agresiones. Tengo cicatrices que lo demuestran. ´´Pero lo más terrible fue anoche, cuando falleció mi esposo. Al acercarme para besar sus labios, todavía tibios, y despedirme, apareció una horrenda mujer carbonizada, mostrándome los dientes, como un perro a punto de morder. De sus ojos siniestros, corrían lágrimas de fuego, que saltaban sobre mi persona. ¡De allí venían los ataques que siempre me mortificaban! ´´Aterrada, le grité que se fuera. Y lo hizo. Pero antes, hizo caer una de sus lágrimas sobre mí, y prendieron fuego la manga de mi vestido. ´´Lo apagué rápidamente. Ahora, señor Edgard, temo que esa abominación, que intentó siempre separarme de mi esposo, me calcine viva. ´´Sé que es una locura lo que le estoy contando. -No, Dalma.No lo es. Déjeme averiguar a respecto. Le prometo encontrar alguna salida. ¿Me permitiría usted tocar una de sus heridas? Sin dudar un instante, me extendió el brazo, donde la marca de una fea quemadura iba sanando. La rocé con suavidad, cerrando los ojos. Me invadieron imágenes terribles, que me conectaron con la naturaleza de lo que había atacado a Dalma. -Señora, le agradezco su confianza. Creo saber cómo intentar solucionar esto. Puede descansar tranquila. Haré todo lo posible para que no vuelva a torturarla ese ser. -Muchas gracias, Edgard. Estoy realmente agotada. Física y mentalmente. Cuando se retiró, llamé a Tristán, mi ayudante, y le relaté lo ocurrido. Atento a mis instrucciones, nos tomamos las manos, e invocamos a Tiara. Porque así se llamaba quien alguna vez había habitado el mundo de los vivos, y que ahora era un ente siniestro. Elevé un pedido para que se presentara ante nosotros. Sentí la energía de Tristán respaldando mi mandato, ya que Tiara no quería venir voluntariamente. Finalmente, apareció. Un asqueroso olor a carne podrida quemada acompañó su llegada. Era una imagen de pesadilla: el espectro de una mujer carbonizada, con sus desorbitados ojos sin párpados manando lágrimas de fuego. -Tiara, escúchame: debes perdonar, y perdonarte. Créeme que es el único camino para que tu alma descanse en paz. Cometiste el error de creer en las promesas de un hombre que no te merecía. Te puedo jurar que Dalma no tiene la culpa del desamor de Torcuato. El incendio que provocaste para vengarte de ellos, te atrapó a ti, y pereciste de un modo espantoso. Torcuato no te dejó por Dalma. En realidad, nunca te quiso. Él también se equivocó. Se tentó con tu belleza, y se valió de su posición para usarte. Jamás su mujer supo de ti. Te invito, Tiara, a dejar atrás el dolor que te atraviesa desde hace tantos años, y encontrar el descanso celestial. Pese a que nos enseñó, amenazante, sus dientes, tal como Dalma contó, con Tristán la sorprendimos envolviéndola en un abrazo, vibrando de amor para aplacar su ira, a riesgo de que nos quemara vivos. Pese a su inicial resistencia, empezó a llenarse con el sentimiento que desesperadamente tratábamos de transferirle. Dejamos de sentir el hedor nauseabundo. El horrendo espectro chamuscado transmutó en una jovencita de etérea belleza. Soltamos el abrazo. Ella comenzó a llorar. Esta vez, sus lágrimas, aunque se deslizaban con apariencia ígnea, eran de alivio. Cuando cayeron al piso, se cristalizaron. Cruzó los brazos sobre su pecho, y sonrió tímidamente. Con una expresión de calma inefable se despidió, y estalló en gotas de fuego líquido, que se solidificaron al caer. Había conseguido soltar la agónica tristeza y furia que ató su alma a este mundo por demasiado tiempo, haciendo foco de su odio a Dalma, como la causante de su desgracia. Juntamos con Tristán las ´´lágrimas de fuego´´ que cubrían el piso. Eran bellas piedras rojas, iridiscentes, que hoy forman parte de mi colección. El amor es una de las fuerzas más poderosas de este universo. Solo conjurándolo, puede haber sanación. Les dejo un consejo, mis amigos: jamás jueguen con los sentimientos ajenos. Son un tesoro a cuidar y valorar. Los espero, como siempre, en La Morgue, para contarles todas las historias de mi colección.

domingo, 20 de septiembre de 2020

ARDELIA- (Homenaje universo Stephen King)

Ardelia Lautaro apuró su whisqui, intentando quemar la sensación de irrealidad que lo embargaba. Ella era una pesadilla de la infancia. Un cuco relegado a la trastienda del inconsciente. Un mal recuerdo, neblinoso, emborronado. Y, sin embargo, había regresado. Disipando la niebla. Cruzando las membranas de los sueños infantiles, volviéndose tangible. Estaba…hambrienta. Lautaro había pasado, pese a sus divorcios, por lo que consideraba, una vida adulta exitosa. Creativo, con estudios universitarios costeados con trabajos de mala muerte y perseverancia feroz, hoy su obra de ilustrador era solicitada en todo el mundo. Trabajaba en forma mixta: por un lado, tenía un proyecto independiente, con una pequeña editorial orientada hacia los comics, y un contrato con una agencia de publicidad sumamente productiva. De lo que más orgulloso se sentía, era de haberle podido brindar a su madre, antes de su muerte, pequeños lujos, que ella disfrutó embelesada. Ángela, su mamá, docente de alma y vocación, abandonó su trabajo a pedido del déspota marido, del que se había enamorado con la ceguera de la juventud. Cuando el pequeño Lautaro cumplió los ocho años, en pleno festejo, su esposo le dijo que volvía enseguida. Que iba a buscar una sorpresa especial para el niño. La sorpresa fue que Mauricio nunca regresó. Le dejó en el cuarto, despojado con sutileza rapaz de sus pertenencias, una carta egoísta, agraviante y malsana, donde explicaba que ella y su hijo eran un lastre para un hombre libre y brillante como él. Había, por supuesto, vaciado la cuenta bancaria en común. Total, ella se quedaba con la casa, que, si bien le pertenecía por herencia familiar, era bastante injusto, a su parecer, por los años que él había aportado para su manutención. Le deseaba suerte, y le pedía que no lo buscara: no le gustaban las arrastradas, y tenía una mujer espléndida que lo esperaba con los brazos abiertos, y otro vástago con ella. En vez de sumirla en una depresión, Ángela fue atravesada por un odio feroz que la sacó adelante. Vendió las pocas joyas que tenía, algunas, verdaderas reliquias de familia, para subsistir hasta encontrar nuevamente trabajo. No permitiría que nada le faltara a su pequeño. El inconveniente de conseguir quién cuidara de él en su vorágine laboral, se lo resolvió su tía Clara. Ella tenía un hospedaje, en su vieja casona refaccionada, que le permitía sostenerse, además de su pensión de viuda. Le contó a Ángela que había recibido a una pobre chica, de aspecto angelical, huyendo de un salvaje que había destruido su reputación en su pueblo natal, donde era despreciada. Si estaba de acuerdo, se la enviaría para cuidar de Lauti, a cambio del precio de la habitación. Lo haría con mucho gusto por su querida sobrina, y sobrino nieto, si le parecía la persona adecuada. Ángela quedó encantada al conocer a Ardelia. Le gustó la muchacha, la más dulce con que se había topado en su vida. Cuando vio a Lautaro, demostró un cariño tan espontáneo y natural, que no le quedaron dudas. A Lauti, en principio, la chica le pareció un ángel encarnado. Su largo cabello dorado, ojos azul cielo, de mirada límpida y sonrisa perfecta, lo cautivaron. Así que dejó a su hijo en manos de la joven, que demostró una intachable eficiencia, no solo cuidando al niño, sino también, haciendo quehaceres del hogar, sin descuidar las tareas escolares del pequeño. Lautaro estaba medio enamorado de la bella Ardelia. Hasta que comenzó el asunto de los cuentos. -¡Muy bien, Lauti! Terminaste a tiempo tu tarea. Como premio, ya que yo también cumplí las mías, te contaré una bonita historia, para entretenerte, hasta que llegue mami. Lautaro hubiera querido, en realidad, ver dibujitos en la tele, pero no se sentía capaz de contradecir a la hermosa muchacha, con su dulcísima voz seductora. Y se acomodó en el sillón mientras ella comenzó con el cuento. En principio, era una narración infantil, común y corriente. Luego, a medida que avanzaba, se transformó en algo espeluznantemente terrorífico. -Ardelia, me está dando miedo… -No te preocupes, mi niño. Ya casi termina. Y ella avanzó con su relato, insoportablemente horroroso para Lautaro, que quedó sumido en un trance casi catatónico de pánico. Para colmo de males, mientras discurría la narración, la voz de Ardelia perdió toda su dulzura para adoptar un ronco graznido infrahumano. También su aspecto cambió increíblemente. De una rubia reina de belleza adolescente, mutó a un ser indescriptible, que iba cambiando a medida que la historia se tornaba más repulsiva y aterradora para el niño. Su cabeza se hinchó, desapareciendo la cabellera dorada. Los azules ojos se agrandaron a un tamaño gigantesco, como dos bolas gelatinosas estriadas de venas palpitantes. Su boca de capullo de rosa se estiró como un pico, del que salía una lengua bífida, que lamió con fruición las lágrimas del niño, totalmente en shock. Cuando culminó el cuento, Ardelia volvió a su estado normal, y Lautaro, atontado y aturdido, no sabía si lo que había ocurrido era cierto, o una pesadilla. -¡Mi hermoso Lauti! ¡Qué bien te has portado! Has sido muy valiente. Tengo un regalo para ti. Y sacó de su cartera los dulces preferidos del niño: caramelos de goma de colores. -Te los mereces, mi querido. Y ten en cuenta una cosa. Si le cuentas a mami algo extraño sobre mí, las cosas del cuento vendrán a devorarte vivo… Mientras lo decía, sonreía con dulzura. Cuando Ángela llegaba, encontraba a su hijo un poco raro, pero cuando él la abrazaba, ignorando sus miedos, se conmovía. -No sabe, señora Ángela, como lo extraña. Para distraerlo un poco, he preferido contarle un cuento, en vez de ponerle la televisión. -¡Está perfecto, querida! ¡No sabes cuánto te lo agradezco! Hoy tuve una entrevista en un colegio. Ya cumplimenté los trámites con el ministerio, y hay grandes probabilidades de que me tomen, ante la próxima jubilación de una maestra. Quizá eso implique un poco más de tiempo de tu parte, que te compensaré no bien comience a cobrar mi sueldo. Espero que no te genere inconvenientes… -Por el contrario. ¡Será un placer pasar más tiempo con Lauti! Le he cobrado un gran afecto, y creo que él también me aprecia a mí. Por miedo, Lautaro sonrió y asintió, como si la idea le fascinara. Lo más extraño, era que en cuanto Ardelia se despedía, la experiencia vivida se evaporaba en una extraña bruma, haciéndole dudar de haberla tenido. Compartía alegremente la cena con su madre, y la imagen de su niñera volvía a ser normal. No extrañaba para nada a su padre, al que recordaba como un maltratador, que le gritaba a mamá, y a él lo ignoraba cruelmente. En su pequeña cabeza, confundida y mareada, llegaba a la conclusión de que las cosas iban bien. Ángela consiguió su puesto como maestra, he hizo un pequeño festejo, del que participaron su tía Clara, y, por supuesto, Ardelia. -¿Se han enterado de las desapariciones de niños en el pueblo? -Algo me comentaron…¿Qué pasó, tía? -Es algo muy misterioso. Ocurre, generalmente, de día, los fines de semana, y de noche, en la semana. Alguien entra a los cuartos de las criaturas, y se las lleva en plena madrugada. Y los sábados y domingos, los secuestran en plazas, o mientras juegan en la vereda. Lo más raro de todo, es que no hay testigos de nada… -¡Qué espanto! Debes estar muy atenta, Ardelia… -Por supuesto. Conmigo, les aseguro que Lautaro está totalmente a salvo. No me despego de él. Le sonrió al niño, sacudiendo cariñosamente su cabello. Él le respondió la sonrisa. Ángela se sentía muy feliz. Lautaro continuó la insana rutina con Ardelia. Al concluir sus tareas escolares, ella comenzaba con sus horrorosos cuentos. Él entraba en un trance de terror muy cercano a un coma, mientras su transmutada niñera sorbía sus lágrimas de pánico con fruición, y se iban produciendo más cambios físicos en ella. La libación del llanto del niño, la hinchaba ostensiblemente. Se tenía que quitar la ropa, que le estorbaba. El cuerpo que quedaba descubierto no se asemejaba en nada al de un ser humano. Era una masa gelatinosa, palpitante, con una escisión en el medio de lo que parecía una panza, que se entreabría, como una gigantesca boca vertical, que babeaba, poblada de colmillos largos y filosos como cuchillos curvos. De los costados, surgían repulsivos tentáculos y pinzas articuladas, tal cual las de un gigantesco escorpión. Esa visión de pesadilla, sumada al espantoso contenido de las historias narradas con voz infrahumana, dejaban a Lautaro en un estado imposible de explicar. Ardelia debía conocer el límite físico del niño, ya que cuando el corazón del mismo parecía no poder soportar más, ella cesaba su aberrante actividad. Se vestía, vuelta su imagen a la de una bella muchachita, y le sonreía al niño con dulzura, mientras él salía paulatinamente de su trance. -¡Mi hermoso Lauti! Tu eres un niño bueno y obediente. No debes temer por las desapariciones. Conmigo, si te sigues comportando como hasta ahora, estarás a salvo. Pronto llegará un momento de cambio para mí, y tendré que dejarte. Al menos, por un tiempo. Una vez que termine de alimentarme, deberé descansar un ciclo. Pero me encargaré de que el maldito payaso que se disputa conmigo los niños del pueblo, no se acerque a ti… -No…te entiendo, Ardelia…¿Payaso? ¿Qué pasa con los niños? -Tú tranquilo. No te aflijas. Yo velo por ti. Eres…delicioso… Y sacó, una vez más, los dulces de su bolso, y él los tomó confundido, con una sonrisa bobalicona, que recién se esfumaría cuando al regreso de su madre, con la marcha de Ardelia, los caóticos recuerdos se esfumaran como un mal sueño. Un día, Lautaro manifestó su deseo de visitar unos amiguitos a la salida del colegio. A Ardelia le ardieron los ojos de furia, pero lo disimuló con una dulce sonrisa. -¿Será mucha molestia para ti buscarlo de la casa de Pablo? Con el tema de los raptos, no me atrevo a que vuelva solo… -Será un gusto. Yo aprovecharé para dar una recorrida de compras, mientras Lauti juega con sus amigos. Eso sí. Lo buscaré temprano. Para que no corra ningún peligro innecesario… -Eres un ángel, Ardelia. La madre de Pablo lo retirará de la escuela. Lautaro disfrutó como nunca la visita a la casa de su compañero, donde jugó hasta quedar agotado con sus amigos del colegio. Se decepcionó cuando la madre de Pablo le anunció que su niñera lo venía a buscar. Con una opresión en el pecho, se despidió, sin saber por qué se sentía mal. -Te he venido a buscar antes de lo previsto, mi querido. No quería privarte del cuento diario. Como tenemos poco tiempo, deberá ser particularmente…intenso. Lautaro, confundido, con una niebla mental espesa, tomó la mano de la belleza rubia, y caminó las escasas cuadras que lo separaban de su hogar. Ardelia no mintió. El cuento de ese día fue especialmente horroroso. Ella aprovechó un caudal de lágrimas de terror mucho más copiosas de lo habitual, y al niño le costó bastante salir del trance comatoso, de pánico paralizante, que lo atravesó. -Al principio, me enfurecí contigo, por irte con esos mocosos. Pero me has recompensado bastante. Además, no sabes lo bien que he aprovechado mi ´´paseo de compras´´. -No…te entiendo, Ardelia… -No importa, mi vida. Escucha. A pesar de mi naturaleza, te he cobrado un gran afecto. Dentro de lo que un ser como yo pueda sentirlo. De no ser así, ten por sentado de que… te irías conmigo- dijo, frotándose la chata panza, sonriente, por su broma. Pronto tendré que anunciarle a tu madre mi despedida. Hoy me he alimentado lo suficiente para tolerar mi hibernación, que me preparará para mi cambio definitivo, y no nos veremos por mucho tiempo. Pero regresaré, mi querido. Cuando menos te lo esperes… Y efectivamente, para la total congoja de Ángela, y de la tía Clara, Ardelia anunció que tenía que volver a su pueblo. Su madre estaba enferma de cáncer, en etapa terminal, y requería por ella, olvidando faltas del pasado. -No se preocupe, querida Ángela. No me iré hasta que encuentre reemplazante para el cuidado de Lauti. ¡Lo voy a extrañar tanto! -Eres muy buena, Ardelia. Siento muchísimo lo de tu madre. Sabes que cuando las cosas se resuelvan, siempre tendrás un lugar entre nosotros. -¡Gracias, Ángela! Ha sido, al igual que Clara, un verdadero amor conmigo. Me recibieron ambas sin juzgarme, y me integraron a su hermosa familia. Estoy tan agradecida… Conmovida, Ángela abrazó a la joven, que evidentemente se veía muy desmejorada, seguramente por la preocupación. Lautaro, en una bruma de ideas entre sueño y realidad, percibía que ese deterioro físico de su niñera no se debía a la aflicción por ninguna madre enferma, sino al misterioso cambio que le había referido. No dejaba su pequeña cabeza tampoco la casualidad de la desaparición de dos niños, coincidiendo con el paseo de compras de Ardelia. Pero eran pensamientos encriptados en forma extraña, con algún raro mecanismo de su mente. Continuó la rutina de los cuentos espeluznantes, los trances, los dulces de regalo, hasta que su madre consiguió la niñera de reemplazo, una señora mayor, que cumplía los requisitos para la tarea. Despidieron a la desmejorada Ardelia, que prometió escribir dejándoles su dirección y teléfono no bien llegara a su pueblo. Simplemente, desapareció, para total desconsuelo de Ángela y Clara, que quedaron sumamente preocupadas por el destino de la sufrida y noble muchacha. Lautaro recuperó la normalidad de la vida que ignoraba haber perdido. Los recuerdos de los raros momentos con Ardelia se transformaron en un enigma para él. Cómo era muy hábil dibujando, plasmó en papel el monstruo horroroso que sorbía sus lágrimas de miedo. Ese dibujo, era el rudimento de una historieta con la que tuvo un enorme éxito de adulto. Su nueva niñera, doña Trinidad, no era joven ni bonita, pero era una señora agradable, y le dejaba ver la tele después de la tarea, mientras cantaba desafinadamente limpiando la casa. Y lo más importante, nunca se le ocurrió contarle un cuento. La próxima vez que se juntó con sus amigos, fue en su propia casa. Mientras bebían chocolate y comían galletas, se pusieron a hablar de los niños desaparecidos. -Yo conozco a un chico que dice haber visto a un payaso muy raro rondando el día que se esfumó el gringuito del almacén. Voy a fútbol con él. Pero cuando le pido que me cuente bien como fue, es como que se asusta y cambia de tema. -A mí también me hablaron del payaso, Pablo. Pero es como tú cuentas. El chico tiene miedo... Lautaro se estremeció, recordando las palabras de Ardelia. -Lo más loco que escuché yo- dijo Gonza- es de una araña gigante trepando por la casa de un chico que desapareció de su cuarto. Una vieja que vive en la casa del frente, dice que la vio entrar por el balcón. Se lo dijo a la policía, pero no le hicieron caso. Se lo contó a mi mamá, y ella tampoco le creyó nada. Me dijo que la señora está sonil. -¡Senil, bruto! Pero bueno, ¿cómo dijo la vieja que era la araña? -¡Gordísima, gelatinosa, con pinzas y tentáculos! Y encima, con una cabezota con un pico largo… -¡Con razón no le creyeron! Todos los niños se rieron, menos Lautaro, al que le llegaron flashes de la imagen de Ardelia, durante los cuentos, bastante confusos, pero innegablemente similares a los de sus dibujos. -¿Estás bien, Lauti? -Si. Me acordé de un mal sueño. -¿No le tendrás miedo a la arañota de la vieja, no? Y todos rompieron en carcajadas nuevamente, a las que se sumó Lautaro. -Yo tengo el mejor de los rumores- dijo Beto, el chistoso del grupo. -¡Cuenta! -Es tan disparatado, que lo de la vieja, queda así de chiquito. Pero, está relacionado. Debe ser que alguien le escuchó la historia… -No te hagas el misterioso. ¡Habla ya! -El flaquito del frente de casa, el colorado, me dijo ´´que alguien de confianza´´ le contó haber visto pelear al payaso con…¡la arañota! -¡Noooooo!!!!!- gritaron entre risas, al unísono, excepto Lautaro, muy pálido. -Según él, la araña lo lastimó con una de las pinzas, y escuchen esto, que es lo mejor… ¡Lo intentó morder con una boca dientuda que tenía…en la panza! A esa altura, los chicos lloraban de hilaridad. Para no llamar la atención, Lauti, se integró flojamente al festejo. En ese momento, doña Trinidad entró sonriente, con un bizcochuelo de coco y dulce de leche, y el foco atencional pasó de las historias al postre estrella de la señora. Al poco tiempo, las desapariciones de niños cesaron. Las investigaciones, sin resultados, quedaron en la nada. Solo el dolor de los padres y sus preguntas sin respuesta, persistieron en el tiempo… Lautaro despertó en medio de la noche bañado en sudor. Un puñado de recuerdos enterrados en profundas capas casi arqueológicas de su inconsciente, emergieron en una pesadilla horrible. El monstruo que le había granjeado un éxito con sus historietas de ciencia ficción, y que no sabía de qué lugar de su prolífica imaginación había sacado, la temible ´´Ardelius, la araña mutante´´, mostraba a través de sus sueños, su oscuro origen. Y no tuvo más remedio que recordar… La pesadilla aún le daba vueltas en la cabeza, mientras desayunaba. Los noticieros anunciaban en la televisión desapariciones misteriosas de niños en su zona. Un reportero rescató como ´´nota de color´´, la misma ola de secuestros sin resolución, hace veintisiete años, en el pueblo. Tocaron a su puerta. Observó por la mirilla. Se le heló la sangre. Una hermosa rubia, con una sonrisa radiante, esperaba tras la puerta. Se deslizó, la espalda apoyada en la puerta, hasta sentarse en el piso, con el corazón a punto de estallarle. Ardelia, su misteriosa niñera, había vuelto. Y él, volvía a sentirse un niño indefenso, sin fuerzas ni recursos para enfrentar al monstruo. Luego de lo que le pareció una eternidad, se levantó, y miró con terror la mirilla. No había nadie. Su pródiga imaginación le había jugado una mala pasada. Llamó a su oficina dando instrucciones. Hoy no se llegaría por allí. Mandó por mail a la agencia trabajos suficientes para cubrir su semana laboral, Gracias a Dios, había generado mucho material, como para no ser requerido por un tiempo. Intentó ordenar sus pensamientos. Los recuerdos reprimidos de la infancia, emergían como un cadáver putrefacto, en una profunda laguna. La respuesta a muchas negaciones de su vida. ´´-¿Por qué no quieres tener un bebé conmigo?-´´ La pregunta de las mujeres con que había compartido años de su vida, y a las que daba respuestas tan ridículas y esquivas, que terminaban siendo interpretadas como una falta de amor y compromiso. Incluso, de desprecio. Pero ni él mismo sabía que no quería traer niñitos a un mundo donde, en cualquier momento, podía aparecer un monstruo disfrazado de linda muchacha para comérselos. Era demasiado absurdo e increíble, incluso para él. Y la historieta estrella de su saga de ci fi, con la que ganó el corazón de un público entusiasta, dándole la oportunidad de crecer como artista… Su éxito había tenido un precio pagado muy alto. Y la protagonista, había regresado… ¿Qué podía hacer? No podía acudir a la policía con semejante historia sobre los secuestros de niños. Lo tomarían por loco. ¿Qué clase de criatura era Ardelia? Solo sabía que podía disfrazarse exitosamente para pasar por humana. Que se alimentaba del miedo y de la carne de los pequeños. Lo hacía por un período de tiempo, y luego se retiraba a una ´´hibernación´´. Tenía un contrincante, también peligroso. Un misterioso payaso, que disputaba con ella sus piezas de caza. Veintisiete años se había retirado de la realidad, el engendro. Podría googlear información del pueblo siguiendo ese ciclo. Lo que no tenía certeza, era del tiempo en que se mantenía activa. Abrió su ordenador para investigar, y vio que tenía un correo. Remitente: ´´Tu amiga del ayer´´. Sin arrobas. Sin un formato lógico ni viable para un mail. ´´Mi querido Lauti: fuiste mi niño preferido. Tus lágrimas han sido el elíxir más exquisito que he probado en mi larga existencia. Sé que no me olvidaste: vi tu exitoso comic, y me siento sumamente halagada. Te prometí que regresaría. Así como te dije que te protegería, también cumplo volviendo a ti. Hubiera sido genial un hijito tuyo para cuidar. Pero creo imaginar por qué no lo has tenido… De todos modos, necesito un gran favor tuyo. Nada que te cueste esfuerzo ni te lastime. Por el contrario, podría hasta serte muy placentero. Si me concedes esa pequeña atención, desapareceré de tu existencia, y te brindaré el don del olvido. Podrás rehacer tu vida, y tener prole sin temores. Aún eres joven, humano. La próxima vez que llame tu puerta, no me desplantes. Te avisaré para acordar un encuentro. Si eres tan miedoso como para no recibirme en tu vieja casa, no tengo problemas en que nos encontremos en un lugar público. No me falles mi querido. Tengo ricos dulces para mi niño favorito. Ardelia.´´ Con una sensación de vértigo, recordó el asombro de su madre, cuando él rechazó con asco las gomitas azucaradas que tanto le gustaban. Ahora sabía el motivo. Eran el premio luego de ser un festín de miedo para la arpía. Cuando quiso releer el mail, no se asombró en absoluto al ver que había desaparecido. Cuando investigó en internet, descubrió que, siguiendo un ciclo de veintisiete años, en su zona geográfica, se destacaban misteriosas desapariciones de criaturas, en situaciones inverosímiles, sin testigos, ni resolución de los casos. Secuestraban a los niños en sus propias habitaciones, o cuando estaban jugando fuera de sus hogares. Había registros de casos sobre los últimos ciento cincuenta años. Si quería mayor información, debería recurrir a otros medios. Archivos policiales, o regionales que se ocuparan de esa temática. Pero no había absolutamente nada que lo ayudara a esclarecer un medio de luchar contra un ser del que nadie, excepto él, que supiera, conocía en su verdadera naturaleza. Como condimento para sus pensamientos oscuros, sintió que se deslizaba algo bajo su puerta. Era un sobre, con una escritura impecablemente prolija. Una carta de Ardelia. La abrió con temor y asco. Era sumamente escueta: citaba un lugar y horario de encuentro para esa tarde. Un bar muy conocido en su zona. Tragó saliva. No se atrevería a faltar a la invitación. Llegó al bar y se sentó en una mesa en un ángulo del establecimiento. Antes de hacerse a la idea de cómo iba a encarar el encuentro, apareció Ardelia por la puerta, despampanantemente bella, imponentemente provocativa, vestida con un corto y escotado vestido rojo, que se robó la mirada golosa de todos los hombres, y de envidia, de las mujeres. Meneándose gatunamente, se acercó a él, le besó la mejilla y se sentó. -¡Mi querido Lautaro! ¡Cómo has crecido! ¡Eres un hermoso ejemplar de hombre adulto! Justo lo que necesito… -¿Qué quieres de mí, Ardelia? -¡Qué poco efusivo! Hubiera esperado algo de emoción por tu parte al verme. O de admiración, al menos. Soy el centro de todas las miradas… -Reconozco que destacas con tu disfraz de mujer sexy. No voy a mentirte. Te tengo terror… -Pues no debieras. Siempre te dije que eras especial para mí… -Fuiste la experiencia más horrorosa de mi infancia. -No seas mentiroso. Apenas me recordabas. Si ahora llegaron a tu mente los episodios del pasado, fue porque yo lo dispuse así. Necesito que tengas presente lo que ocurrió. Como te comenté, preciso un favor de ti. Y me lo brindarás. Podría haberte devorado antes de marcharme, pero sentí una conexión especial contigo… -¡Por Dios! ¿Qué eres? -Es gracioso que menciones a Dios…Son tan extraños los humanos… Te explicaré algunas cosas, porque es necesario que las sepas. Serás el primero y único de tu especie e conocerlas. Soy de una raza milenaria. No procedemos de esta dimensión, por explicarlo en términos accesibles a tu entendimiento. Pero la traspasamos en ocasiones, con propósitos específicos. Tenemos un adn mutante, que nos permite tomar el aspecto que me ves. Parte de mi material genético, es humano. Yo soy un ejemplar hembra de mi raza. Y estoy en mi ciclo de reproducirme. Mi cuerpo está lleno de huevecillos con ejemplares que prosperarán en una gestación que llevará un milenio, aproximadamente. Podría sencillamente, dedicarme a alimentarme, y retirarme para el momento de desovar a mis crías, que seguirían mi mismo ciclo, al nacer. Pero, si fuera inseminada por un humano, el adn aportado les brindaría muchas mejoras: podrían evitar las hibernaciones de cambios, y reproducirse mucho más rápido. Quiero mejorar mi especie. Y tú serás quien colabore en hacerlo. De todos modos, serás polvo en el viento para cuando nazcan estos…hijitos tuyos. -¡No, no podría nunca, Ardelia! Es obsceno, enfermizo…Me propones hacer un daño horrible, poblando la tierra de monstruos como tú… -¡Qué melodramático! Escucha: como te dije antes, mi prole nacerá dentro de mil años. No existirás para ese entonces. Ni siquiera sabemos si existirá la tierra, al paso en que vamos. Y en cuanto a lo obsceno, solo figúrate tener sexo con un ejemplar femenino perfecto en todos los aspectos. No verás en ningún momento la imagen que tanto te asustó de niño… -¡No puedo, Ardelia! ¡No soy capaz! Los ojos de ella centellearon de ira. -Escúchame bien: no tienes opción. Si te niegas, te mataré de la forma más espantosa que puedas imaginarte, y, de todos modos, buscaré a otro infeliz que me insemine. Así que tu dilema moral es inexistente. Se trata de salvar tu pellejo, teniendo relaciones con una mujer hermosa. No es tan terrible. Y te puedo asegurar, que en otros planos que desconoces, serás un héroe, digno de adoración para toda una raza de seres superiores. Por otro lado, tal como te prometí, una vez que cumplas con lo tuyo, te olvidarás por completo de mí. Y podrás recomponer tu vida, sin rudimentos de pensamientos que frustren tu primitiva existencia humana. Seré borrada de tu memoria para siempre. Te casarás, tendrás hijos, y tu imaginación te brindará frutos artísticos extraordinarios. Una noche de sexo sin consecuencias, y una vida feliz y tranquila, Lautaro. Solo mírame. No te costará nada… -Como bien dijiste, no tengo opción… -Así es. No cuento con mucho tiempo. Debe ser esta semana, sin demoras. Tu dime cuando y donde. Ya sé que no querrás en tu casa. -Ven mañana a la tarde a buscarme. Iremos a un hotel. Ardelia sonrió, radiante. Parecía una estrella de cine. -Has tomado la decisión correcta. Sigues siendo mi niñito favorito. Mira lo que te traje. Y sacó de su cartera un paquete de caramelos de goma de colores. Él los tomó con un gesto maquinal que lo retrotrajo a su infancia, mientras reprimía una arcada. Los guardó. -Quiero preguntarte algo. Me supiste comentar, a medias, de un payaso, cuando niño. -No soy la única especie de otra dimensión en tu mundo. Ni existe un número limitado de dimensiones. Coincidimos, con el hijo de puta, en nuestros ciclos. Él se encuentra activo en este momento. Está cazando, y alimentándose, como yo. Esta coordenada geográfica, Lautaro, es un portal. Tiene una energía muy particular. También ingresan por aquí otros seres, pero no nos encontramos por una cuestión de tiempo. -¿Podrías, al menos, eliminar al payaso? ¡Él también mata niños! -Mi dulce Lauti…Lo he intentado varias veces. He llegado a herirlo gravemente en una ocasión, pero es una criatura muy fuerte. Solo puedo prometerte la posibilidad de hacer un pacto con él para que jamás toque un vástago tuyo. Y ya te estoy brindando demasiado…Me expongo yo, al hacerlo… -Esto me supera, Ardelia. Déjame pedir un café, y retírate, por favor. -Claro que sí, querido. Tenemos una cita… Se levantó majestuosamente, besó de improvisto la boca de Lautaro, que quedó por un momento paralizado como cuando crío, y se retiró robándose todas las miradas, con su espectacular figura. Esa noche, Lautaro no durmió. Salió con una pequeña bolsa de mano con herramientas. Hizo una compra en una veterinaria. Pasó por una estación de servicio. Se tiró exhausto, en la cama, y dormitó entre pesadillas hasta el mediodía. Revisó mil veces el bolso que preparó. Se hizo algo de comer, pero lo terminó tirando a la basura. En cambio, se puso a dibujar como un poseso, y a beber café en cantidades industriales. Cuando llegó la tarde, había creado una historieta absolutamente genial, con un argumento alucinante. Luego de ducharse, sonó el timbre. Se puso anteojos oscuros, una gorra. Tomó su bolso y abrió la puerta. -Hola Ardelia. -Hola, mi bello Lauti. Veo que quieres ir de incógnito. - dijo sonriendo- Te van bien las gafas. ¿Nos vamos? -Sí. En la puerta está estacionado mi coche. Estás muy…sexy… -¡Gracias, mi niño bello! Has cambiado tu actitud. Espero que te portes bien. Que no me hagas renegar… Subió al coche y se sentó con la frescura de una adolescente que sale de parranda. Lautaro se dirigió hacia las afueras de la ciudad. Llegó a un motel bastante apartado, e ingresó, pagando en la caseta de entrada con efectivo. Una vez dentro de la habitación, Ardelia inspeccionó el lugar con curiosidad divertida. -Los absurdos rituales de los humanos. Perdona, mi querido. -Respecto a eso…Te voy a pedir un poco de privacidad. Prefiero desvestirme a solas. Si puedes ir un rato al baño… -Está bien. No hay problemas. -Ardelia, sabes, a veces, cuando los hombres nos sentimos presionados, o estresados, no… nos funciona…eso… Ella estalló en carcajadas. -No te preocupes, Lautaro. Yo me encargaré de que no tengas ese…problema. Aunque nunca tuve relaciones, me he instruido respecto del tema. -¿Nunca? ¿En tantos años? -Tenía otras prioridades. Te dejo solo, púdico muchacho… En cuanto Ardelia salió de la estancia, sacó los elementos que tenía en el bolso, dejándolos a mano, pero ocultos. Se desnudó rápidamente, y esperó en la cama. Ardelia apareció semidesnuda, con una lencería erótica que la transformaba en la fantasía soñada por cualquier hombre. -¿Te gusta?- preguntó dando una vuelta, desfilando sensualmente frente a él. -Eres muy hermosa. -Me alegro. Pese a sus temores, el cuerpo de Lautaro respondió a los estímulos candentes. Se dispuso a ser un amante espectacular. Sorprendió a Ardelia despertando su impulso sexual. Estaba maravillada con la experiencia. El juego previo la hizo desvariar de placer. Cuando consideró oportuno, Lautaro la penetró, topándose con la absurda barrera de la virginidad de ella. -Te puede doler un poco… -¡No importa! ¡No pares, por favor! Él inició una cópula suave, y fue incrementando el ritmo hasta que ella estalló en un violento orgasmo. En ese momento, palpó en el pliegue de la cama uno de los elementos que tenía reservados. Mientras ella se debatía entre espasmos de placer, el retiró su órgano, y le introdujo una jeringa, cuya punta había bloqueado con una gomita azucarada. Sin darle tiempo a reaccionar, empujó el émbolo y le inundó el vientre de nafta. Gritó ante el ardor imprevisto. El ya la había rociado con más combustible que tenía en un envase de champú, y le aplicó la llama del encendedor, que maniobró ágilmente. En unos segundos, Ardelia era una tea, envuelta en llamas, chillando desesperada, perdiendo su forma humana. La horrenda visión de pesadillas que lo había mortificado de niño, volvió ante sus ojos, entre fuego. A los inhumanos alaridos de la cosa, se le sumaban otros, más agudos, que surgían del interior de ella. Lautaro aprovechó la desesperación del monstruo para salir, envuelto en una bata, y encerrarla en la habitación, que ya ardía como un infierno. -¡Te mataré, hijo de puta!!!-gritó una mortificada voz infrahumana, mientras Lautaro subía al coche, y huía en la noche, con el hotel envuelto en llamas, y gente saliendo despavorida de las habitaciones. Ya en la ruta, aminoró la velocidad. Escuchó la sirena de los bomberos. Cuando le pareció oportuno, paró en un costado del camino, y se vistió con una muda que tenía dispuesta en el auto. Cuando llegó a su casa, se acostó, y durmió doce horas seguidas. No tuvo pesadillas. Al despertar, sopesó la magnitud de los actos cometidos. Por las noticias, se enteró de que el incendio había destruido gran parte del motel. El anuncio de víctimas era extraño. Hubo personas con quemaduras leves, pero en una sola habitación, la más perjudicada, encontraron restos calcinados de algo que no era humano, lo que desató un montón de teorías absurdas para alimentar el morbo de la audiencia. Lautaro se sintió aliviado al saber que nadie había perecido por sus actos. Ni siquiera tenía la certeza de haber terminado con el monstruo. Bien había dicho ella que venía de otra dimensión. ¿Y si ahora se encontraba allí, sanando sus heridas, y planeando una horrible venganza por su osadía? No existía modo de saberlo. Debería convivir con esa incertidumbre para siempre. De momento, se sentía a salvo. Debía volver a cambiar la patente del coche, que había ´´tomado prestada´´, como precaución, por si las cámaras del motel lo captaban. La noche anterior había comprado una jeringa de uso veterinario, contándole a la aburrida vendedora que la usaría en una técnica para pintar. Ya en su casa, la llenó con combustible. El tema era como taparla. No podía permitir que se derramara, y Ardelia oliera su contenido. Así que obstruyó la punta con una de las gomitas obsequiadas. Luego, vació un envase de champú, y también le puso nafta. Esas dos cosas, y el encendedor, fueron, junto con su ropa y su bolso, lo único que dejó en la habitación del motel. De momento, lo que hizo, fue mandar por mail la historieta que le surgió en su mortificante espera de la llegada de Ardelia. Mientras lo hacía, se puso a comer las gomitas azucaradas, que después de mucho tiempo, volvían a ser sus dulces preferidos. Lautaro se encontraba en el cementerio, dejando flores en la tumba de su madre. -Estoy muy contento, mami. Me están saliendo muy bien las cosas. Volví con Celia, mi última esposa. Tenemos pensado tener un hijo. He ganado un premio con mi trabajo. Me apena mucho no poder compartir esto contigo. Haz sido siempre una madre excelente conmigo. Feliz cumpleaños, mamá… Cuando se incorporó, vio, entre la escasa gente que circulaba por el camposanto, un extraño payaso, que lo observaba con gesto risueño. Quedó paralizado. Pero el payaso, pese a su aura terrorífica, lo miraba cordialmente. Con una sonrisa radiante, de la que asomaban horrendos colmillos, le levantó el pulgar, y asintió, como felicitándolo. Hizo un gesto de abrazo, burlón, pero elocuente, saludó, y luego, simplemente, desapareció. Lo único que lamentaba de no haber cumplido el pacto con Ardelia, era no poder disfrutar el don del olvido que le había prometido. Pero algo le decía, que había llegado el momento de dejar el pasado en el pasado, con o sin recuerdos ponzoñosos. Acomodó las flores, sopló un beso hacia la lápida, y se retiró, marchando tranquilo…

viernes, 18 de septiembre de 2020

EDGARD, EL COLECCIONISTA- EL TATUAJE

EDGARD, EL COLECCIONISTA EL TATUAJE Mi fiel ayudante, Tristán, vino muy triste a contarme que había fallecido Tania, la bella panadera. Él había trabado una linda amistad con la buena mujer, de la que, creo, estaba un poco enamorado. Me avisó que su hija se sentía demasiado abatida como para tramitar los protocolos funerarios, pero sabía que su madre había dejado arreglos a respecto, que me concernían. -Me parece, señor Edgard, que debería hablar con Lía. Sería muy útil que tuviera una charla con usted. -¿Qué ocurrió, amigo? -Es un presentimiento. -No se diga más. Llevado por la sugerencia, fui hasta la casa de la joven. Me recibió pensando que venía a cumplimentar los trámites del deceso. -Puedo aprovechar, querida, para pedirle el certificado. En realidad, estoy aquí para conversar con usted, por recomendación de un amigo de su mamá. -Debe ser Tristán. Ella lo apreciaba. Decía que era un buen hombre. Confiaba en él. -La invito a confiar en mí. -Es una historia larga. –dijo, suspirando con tristeza. -La escucho. -Hace unas semanas, mi madre cambió. De ser alegre, extrovertida y enérgica, comencé a notarla distraída, triste, preocupada. La descubrí llorando a escondidas. Le tuve que suplicar que me contara qué le ocurría, y lo hizo solo porque pensó que yo me encontraba en peligro. ´´Como sabrá, no tengo papá. Siempre creí (así me lo había dicho ella), que la habían repudiado en su familia por quedar embarazada soltera, y al desaparecer su novio, decidió armar su destino en otro lugar, y vino aquí a tenerme, montando con sus ahorros la panadería que fue su orgullo. ´´Ocurre que, en realidad, fue secuestrada de jovencita, y obligada a prostituirse por un hombre despreciable. El mal nacido marcaba a sus víctimas con un horrible tatuaje en la espalda, que mamá siempre escondía, y del que yo, ignorante de su origen, me reía las pocas veces que lo veía por algún descuido de ella. ´´Me contó que cuando descubrió su embarazo, juntó valor para hacer lo que nadie se atrevía: denunciar a Iván, el malvado que había destrozado su vida, ya que, si bien no era el eslabón principal, formaba parte de una gruesa cadena de proxenetas que esclavizaba mujeres inocentes desde su minoría de edad. ´´Si bien no sabía quién era el padre de su hijo, ella amaba a su bebé, y había visto lo que ocurría con Iván cuando una de sus chicas quedaba encinta: era golpeada hasta que abortaba. Si eso no ocurría, traía a una mujer que se ocupaba del ´´problema´´. Y si la chica en cuestión ya estaba muy avanzada para detener el nacimiento, por haberlo ocultado, la dejaba encerrada, en condiciones infrahumanas, para traer un niño al mundo, y vendía al bebé no bien nacía. ´´Acudió a un cliente que era policía, y, según me dijo, muy buena persona, ya que se asombró auténticamente al saber que era obligada a prostituirse, y más aún, desde que edad. ´´Nahuel se comprometió, si ella testificaba, a meter preso a Iván. Y lo consiguió. ´´Sus compañeras de desgracia, aunque muertas de miedo, también se presentaron a la justicia, por lo que el malvado cayó a la cárcel, no sin antes prometer venganza a mi madre, como instigadora de la sublevación. ´´Ella, feliz de verse libre, no quiso arriesgar la seguridad de su querida familia, y huyó hacia un lugar muy lejano a recomenzar su vida. ´´Todo parecía haber salido bien: el pueblo la recibió con cariño, y pudo tenerme, educarme y trabajar en paz. ´´Un día, vio a un hombre espiando su negocio. Se quedó congelada de horror al ver a Iván sonriéndole burlonamente. Su promesa de venganza no había sido olvidada. Y temía que recayera sobre mí, lo que más amaba en el mundo. ´´Le rogué que acudiéramos nuevamente a la policía, a lo que arguyó que no podía acusar de nada al hombre, porque seguramente había salido en libertad, después de tantos años, y que no tenía qué denunciar. Me rogó que no saliera de la casa, al menos por un tiempo. ´´Sé que llegó a comprar un arma. La tenía escondida en la caja de recaudaciones. ´´Comencé a ver al tipo espiar constantemente a mi madre, con esa sonrisa horrible. ´´El día que decidí buscar ayuda, porque el acoso estaba devastando a mamá, su corazón dijo basta. Falleció antes de que pudiera hacer nada por ella. La pobre niña estalló en lágrimas. La abracé, y le sugerí: -Lía, no puede quedarse sola aquí. Venga a mi casa. Con Tristán la protegeremos de ese monstruo. Y verá que hallaremos alguna solución. Creo que aceptó mi oferta solo para poder descansar tranquila un poco. Se la veía totalmente agotada. La dejé en una habitación, con Cerbero, mi mastín, cuidándola. El perrote se olvidó de su tamaño gigantesco para acostarse con la chica, para alivio de ella, en la cama. Así los dejé, abrazados, con la seguridad de que el animal daría su vida por defender a Lía de ser necesario, y me aboqué a preparar el velatorio, poniendo al tanto a Tristán de los sucesos. Cuando llegó el cuerpo de Tania, y comencé mi labor, apareció su espectro, con el rostro transido de aflicción. -Tranquila, buena mujer. Sé lo que ocurre. Protegeré a tu hija. Podrás descansar en paz luego de esta noche. Su imagen se difuminó. Yo sabía que aún estaba presente. La sentía. Puse su cuerpo de espaldas. Vi el horrible tatuaje con el que Iván ´´marcaba´´ a sus víctimas. Una calavera en llamas, apoyada sobre espinas. Una frase odiosa se leía bajo la fea imagen: ´´Propiedad privada´´. Mi indignación me orientó con los pasos a seguir. Con un escalpelo, retiré el trozo de piel con el dibujo, empapándolo en los químicos adecuados para disponerlo como la tela de un cuadro, mientras, guiado por mi furia, recité unas oraciones orientadas hacia Iván. Sin que lo notara se acercó Tristán, e impuso sus manos sobre mí, potenciando mi ritual, más intuitivo que pensado. Cuando concluimos, comencé la preparación del cuerpo. Al inicio del velatorio, Tristán despertó a Lía para que despidiera a su madre. -No te asustes, si ves a Iván. Seguramente vendrá, pero con nosotros, te aseguro que nada deberás temer. La chica asintió. Fueron asistiendo los deudos. Ya avanzada la ceremonia, apareció el deleznable rufián. Se acercó a Lía, como para darle el pésame. Yo, estratégicamente cerca, escuché sus sibilinas palabras: -Eres bonita como tu madre. Serás una excelente pupila para mi rebaño descarriado. -Retírese, caballero. -le dije, mientras Tristán abrazaba a la aterrada muchacha. - No es bienvenido aquí. -¿Y si no lo hago? ¿Qué sucederá? ¿Llamará a la policía? -Para nada. No soy tan mundano. Arriésguese, y compruébelo por usted mismo. Algo debió percibir en mi mirada colérica, que lo sacó de su postura de matón. -No te librarás de mí fácilmente, pequeña. Tu madre me quedó debiendo algo. Y voy a cobrármelo. Con esas venenosas palabras, se retiró, adentrándose en la noche tormentosa. Consolamos a Lía. Cuando concluyó el velorio, se retiró a descansar. Fuimos con Tristán a la oficina, donde había quedado extendida la piel con el tatuaje. Con la mirada fija en él, oramos. Las flamas que ardían sobre el cráneo, transmutaron en un sol naciente. Las espinas, en flores. Y la funesta frase, cambió por: ´´Eres libre´´. Apareció Tania, relajadas sus facciones en un gesto de paz. Nos saludó sonriendo, mientras ascendió hasta desaparecer, entre suaves luces. Al día siguiente, nos enteramos oficialmente lo que ya sabíamos, por haberlo visualizado en nuestro ritual. Cuando Iván se retiró furioso del velatorio, se dirigió hacia el parque de la única mansión del pueblo, donde tenía un cómplice, esperándolo en la oscuridad. Antes de llegar a su destino, estalló un rayo, que lo alcanzó en el cráneo, incendiando su cabeza antes de caer fulminado sobre una planta espinosa, derribando un cartel que advertía: ´´Propiedad privada´´. La maldad contenida en el tatuaje lo había atravesado de pleno. Solo le contamos a Lía que el tipo había muerto accidentalmente, y que nada debía de temer. Le prometí, también, encontrar a la familia de Tania, con lo que quedó ilusionada, dentro de su gran tristeza. Volviendo a mí, creo, amigos, que me descontrolo un poco cuando me disgusto. Solo un poco. Los espero gustoso en La Morgue, para relatarles mis historias. Posiblemente les muestre el cuadro del tatuaje.