viernes, 3 de septiembre de 2021
EDGARD, EL COLECCIONISTA- MUÑEQUITA DE TRAPO
Un espantoso incendio se originó en un hogar de menores fuera del pueblo, unos meses atrás.
Vivían allí muchos pequeños, desde recién nacidos, hasta adolescentes, esperando ser adoptados.
Según los responsables del lugar, aunque las pérdidas materiales fueron totales, no hubo que lamentar víctimas fatales.
Un par de niñitos fueron internados con quemaduras leves.
Debido a la difusión de esas noticias, Sofía, una de las niñas afectadas, fue adoptada por una amorosa pareja, conocida de mi amada Aurora, quien me contó sobre caso, y les pidió a los padres que se llegaran a hablar conmigo.
Celia y Leonardo se encariñaron de inmediato con Sofía, y el sentimiento fue mutuo. La pequeña, reticente a hablar de su permanencia en el hogar estatal, con la mediación de la confianza que ganaban día a día sus nuevos padres, rompió su mutismo al comenzar a tener en la casa familiar fenómenos más que extraños.
A mitad de la madrugada, se escuchaban sonidos metálicos, y un olor horrible, mezcla de heces, orina y carne chamuscada.
La cama de Sofía se sacudía, despertando a la niña, que, aunque lloraba con tristeza, no parecía asustada, ni sorprendida.
Ya descartados todos los motivos lógicos que podrían haber originado los raros sucesos, Sofía les contó a sus nuevos padres una historia impactante.
En el hogar, había muchos secretos ocultos. Se amenazaba a los niños de contarlos con la amenaza de sufrir horribles represalias.
Algunos chicos pasaban a ser tomados en custodias transitorias por familias que supuestamente contemplaban la adopción. Pero esto no era así en absoluto: las criaturas eran recibidas por el subsidio que recibían del estado, que se dividía por partes iguales con los funcionarios que los derivaban allí, y miraban hacia otro lado en cuanto a las condiciones en que se encontraban los pequeños.
Así es como pequeñas industrias clandestinas conseguían mano de obra esclava, sometiendo a los niños a condiciones inhumanas, con larguísimas jornadas de trabajo, mala alimentación, y un descuido absoluto en cuanto a sus estados de salud.
Amanda, una de esas pobres niñas, escapó de la fábrica ilegal con la intención de buscar ayuda, y dar a conocer la realidad espantosa escondida en los supuestos hogares de tránsito que debían dar contención y amor a los desafortunados chicos.
No bien los funcionarios implicados fueron prontamente anoticiados de la situación, viendo el peligro que corrían si se difundía la infausta noticia, se abocaron a una verdadera cacería humana, mientras desarmaban, transitoriamente, su asqueroso negociado.
No les costó demasiado atrapar a Amanda, que, una vez en sus garras, fue cruelmente golpeada, y encerrada en una jaula, sin agua ni comida, en una habitación usada para almacenar muebles viejos, y cosas rotas en desuso.
Sofía, amiga de Amanda, y compañera de desgracias y esclavitud, conseguía, por su delgadez extrema, colarse por un ventanuco a la horrible habitación polvorienta y oscura, llevándole un poco de comida y bebida, y alcanzándole a Maga, su muñequita de trapo querida, único recuerdo de su madre fallecida.
Como la niña no recibía ninguna clase de asistencia, exceptuando la de Sofía desde su reclusión, se veía obligada a hacer sus necesidades en la misma jaula donde transcurría sus penosos días, llorando, abrazada a su muñeca, hasta que Amanda conseguía acercarle lo poco que podía sustraer sin llamar la atención de los siniestros administradores y cuidadores del lugar.
Los concesionarios del hogar, que tercerizaban el servicio del estado, decidieron que, dada las condiciones de la propiedad, y que por el momento no era rentable su negociado sin usar a los niños alquilándolos como esclavos, montaron un plan siniestro para incendiar el hogar, y cobrar una cuantiosa indemnización por parte del seguro.
Armaron astutamente un cortocircuito, por el que en su debido momento demandarían a la empresa de electricidad que se había encargado del cableado del lugar, y no bien el incendio se desató, “rescataron heroicamente” a los niños.
Se olvidaron de la pobre Amanda, presa en una jaula del cuarto más inflamable del edificio.
Sofía, desesperada, se deshizo de las manos supuestamente protectoras que la sujetaban, y entró en el lugar en llamas, ingresando por el ventanuco, para intentar liberar a Amanda.
Pese a los esfuerzos titánicos de su delgado cuerpito, no pudo abrir la prisión de su amiga. Las llamas, voraces, avanzaban despiadadas.
— Vete, Sofía. No tengo forma de salvarme. Llévate a Maga, y cuídala. Prométeme que apenas puedas, contarás la verdad de lo que nos ha pasado aquí…
Deshecha en lágrimas, con la muñequita de trapo entre las manos, Sofía vio cómo el humo velaba la consciencia de su pobre amiga, y se aprestó a huir antes de que le ocurriera lo mismo a ella, y aterrada, dolorida por las quemaduras que le mordían la piel, logró atravesar nuevamente el ventanuco, y salir del lugar, ganándole al fuego, que lo consumió todo.
Antes de hacer la denuncia formal contra el barbárico accionar de los desalmados corruptos, los padres, por consejo de Aurora, vinieron a mí con su relato.
Me apersoné, con Tristán, mi querido asistente, y Aurora, en el domicilio de la familia, esperando los acontecimientos. No tuvimos que esperar mucho.
Ante nuestros ojos apareció el espectro de Amanda, con la terrible imagen de su cuerpecito calcinado horriblemente.
No necesitamos imponer nuestras manos: captamos la energía de la niña, que expresaba su dolor ante la injusticia, y pedía que no se volviera a lastimar un niño en un hogar similar al antro de terror donde padeció su horrible final.
Antes de orar, conmovidos, prometiéndole cumplir sus deseos, Aurora se adelantó, con Maga, la muñequita de trapo, en sus manos. En algún momento, Sofía se la había dado discretamente.
La mostró ante la degradada y doliente imagen de Amanda, y rezando en una letanía, se cortó una mano con un pequeño cuchillo, y empapó la muñeca con ella, moviéndola en una danza extraña.
La aparición de la niña sonrió. La visión de la carne quemada desapareció, mostrando a una bella pequeña, que se llevaba las manos al corazón, y nos hacía percibir un mensaje de amor y agradecimiento, principalmente a Sofía, y luego, a nosotros.
Se elevó en un halo luminiscente, hasta desaparecer.
Miré interrogadoramente a Aurora. Ella solo me devolvió un gesto enigmático, no exento de una mezcla de triunfo malsano, y me extendió la muñeca, para que la integrara a mi colección.
De común acuerdo, tomamos cenizas del lugar del siniestro, antes de realizar las denuncias pertinentes, y con ellas, organizamos una ceremonia de despedida para Amanda, ahora libre, descansando en paz.
Luego de que las declaraciones en la justicia de la familia de Sofía tomaran estado público, y las acciones correspondientes, que concluyó con los malvados apresados, éstos no llegaron a su juicio.
Fueron apareciendo, uno a uno, degollados en sus celdas, en momentos diferentes.
Lo que sí, se tomaron medidas para que la terrible historia del hogar de niños no volviera a ocurrir.
Para mi sorpresa, la muñeca, que había quedado empapada con la sangre de Aurora, cada vez que uno de los delincuentes fallecía, se limpiaba de ella, quedando radiantemente limpia al morir el último.
No le pregunté a Aurora lo que había hecho. Lo que cuenta, es que le permitió marcharse en paz a Amanda, con una justicia no muy convencional, pero justicia al fin.
En cuanto a la familia de Sofía, es ahora muy feliz. No se repitió ningún incidente que les perturbara su vida cotidiana.
Maga se luce en un estante de mi colección, con su sonrisa de trapo bordada, como un pedido de protección y amor para los niños. Pero yo no olvido lo ensangrentada que estaba. De seguro, ella tampoco…
Una vez más, quedan invitados a La Morgue, donde pueden ver a la muñeca, y si quieren, repasar, objeto por objeto, cada historia de mi colección que los acompaña…
Edgard, el coleccionista
@NMarmor
viernes, 27 de agosto de 2021
EDGARD, EL COLECCIONISTA -LOS OJOS DEL ODIO
Me tocó oficiar el velatorio de Eugenio, la mano derecha del gerente de la oficina donde trabajaba Romualdo.
Romualdo era empleado hacía ya quince años en la empresa.
Por algún motivo en particular, que nos es desconocido, pese a que Eugenio desplegaba con todo el personal la mayor dosis de antipatía y sequedad, parecía tener un especial motivo de disfrute mortificando a Romualdo.
_ Lo observo, Romualdo. Todo el tiempo. Y no puedo de dejar de notar lo inepto que es.
Siempre hacía sus odiosas observaciones en voz alta, para que todo el mundo lo escuchara, con el deseo de humillar al pobre hombre, que, sin abrir la boca, continuaba sumiso su labor, bajo la irritante mirada de su jefe, que se quedaba parado junto a él, observándolo solo para ponerlo nervioso, provocándole equívocos y errores insignificantes, que él magnificaba por maldad.
_ ¿Lo nota usted? Si bajo mi mirada, es usted tan torpe e inútil, ¿qué error garrafal cometería si no me viera obligado a observarlo constantemente?
Así aguantaba Romualdo sus amargas jornadas, hasta que el stress y los nervios le minaron la salud. La mano le comenzó a temblar y doler, fruto de la enfermedad laboral del túnel carpiano, potenciada por la carga de angustia del acoso de su jefe.
Le costaba muchísimo tipear los informes y movilizar el mousse adecuadamente, por lo que sus errores, eran ahora mucho más frecuentes.
_ ¡Es usted un inútil! ¡Demora el triple de tiempo que cualquier empleado en una tarea que podría hacer un niño de cinco años! ¿Acaso se olvida que estoy observándolo, que no me queda más remedio que mirarlo constantemente? ¡Torpe!
Romualdo acudió a un médico para aliviar la falencia de su mano. El facultativo le recomendó, dada la naturaleza de su problema, tomar una licencia, justificada por el origen de su enfermedad por la labor que desempeñaba. Ahora, no solo la mano estaba perjudicada, sino que el dolor y la contractura se le extendía por todo el brazo, cuello y hombro.
Mortificado por tener que recurrir a ese medio, ya que jamás había faltado un solo día a la empresa, presentó los certificados pertinentes.
Confiando en la justicia, no se ocupó de buscarse un abogado que lo asesorara.
Eugenio, al ser la mano derecha del gerente, le llenó la cabeza en contra de Romualdo, y consiguió robar los certificados.
Arguyendo faltas injustificadas, consiguió que le enviaran un telegrama de despido, sin derecho a indemnización.
Consternado, Romualdo llamó a la oficina. El encargado de recursos humanos se sobresaltó cuando Eugenio le arrancó de las manos el teléfono, al escuchar de quién procedía la llamada.
_ ¿Para qué molesta a la gente que trabaja, inútil? ¿Acaso no le advertí que lo estaba observando todo el tiempo? ¿Qué esperaba? ¿Qué me quedara de brazos cruzados mirando cómo un torpe estafaba a la empresa calentando una silla, cometiendo todo el tiempo desaciertos? ¿Sabe qué? ¡Lo seguiré observando! ¡Pero esta vez, siguiendo sus pasos, para que nunca más consiga trabajo en ningún lado, incompetente!
Romualdo no pensó en ese momento en buscar ayuda legal. Ni siquiera se le pasó por la cabeza hablar nuevamente con su médico, que no tendría ningún inconveniente en certificar debidamente los motivos de su licencia, y desdecir el equívoco de la empresa por el despido.
A Romualdo se le acumularon en el pecho unas hirvientes dagas de tantos silencios tras los agravios injustificados de su jefe.
Así que, con calma, tomó un cuchillo estrecho y filoso, lo guardó en el interior del saco, y se dirigió hasta su empresa.
El guardia no le puso ningún inconveniente para dejarlo pasar: Romualdo era un tipo amable y educado con todo el mundo, así que cuando le dijo que venía por un trámite ligado a su despido, le franqueó la entrada sin problemas, no sin antes decirle que lamentaba su desvinculación. Romualdo le palmeó afectuosamente la espalda, y le agradeció, prometiéndole una invitación a tomar unas copitas.
En vez de dirigirse a la oficina de recursos humanos, fue directo a su lugar de trabajo, y con una voz absolutamente calma y serena, encaró a un sorprendido Eugenio.
_ ¿Qué diablos hace usted acá, inútil? ¡Fue despedido por faltas injustificadas! ¡Sancionaré al guardia por permitirle entrar!
_ No, Eugenio. Usted no va a sancionar a nadie. ¿Y sabe qué? ¡Ya no me va “a observar” más!
Dicho esto, con un tono amable, casi jocoso, no le dio a su ex jefe tiempo de reaccionar.
Ante el estupor de todos, que habían observado con suma curiosidad la escena, Romualdo sacó su cuchillo, y tomando con la fuerza que ignoraba poseer, más aún con su afección que le mortificaba de dolor la mano y el brazo, la cabeza de Eugenio, le vació las cuencas oculares, terminando manualmente de arrancarle los dos ojos, esos que por tanto tiempo habían estado encima suyo.
Los agónicos gritos de Eugenio se sumaron a los de los horrorizados empleados.
La sangre salpicó a muchos, y más cuando Romualdo decidió terminar su obra acuchillando la cara, primero, y el abdomen después del otrora observador jefe.
La policía se llevó a un Romualdo toralmente calmado y sereno, sin oponer ninguna resistencia. Se llegó a la conclusión, avalado por las declaraciones del médico que lo había atendido anteriormente, de que había tenido un brote psicótico, y luego de una breve internación, fue liberado e indemnizado con una suma considerable por la empresa, que quería, a toda costa, evitar una demanda mayor, y el escándalo mediático.
Cuando estaba terminando el velorio, el espectro enojado, colérico de Eugenio, con los ojos apenas adheridos a las cuencas ensangrentadas, tenía toda la intención de seguir hostigando a Romualdo desde la ultratumba.
Fue en vano imponerle mis manos, conjuntamente a las de mi querido asistente, Tristán, pidiéndole que abandonara su furia y se liberara para alcanzar la luz.
Era tan grande la energía negativa de su odio, que de sus espectrales ojos lanzaba una enfermiza luminosidad que quemaba nuestra piel.
Agotados nuestros ruegos, e indignado por la persistencia de su maldad, me dirigí al féretro, y arruinando la labor reconstructiva que me llevó horas, para presentar el cadáver con un aspecto natural, volví a arrancarle los ojos.
El ente, desesperado, con un asqueroso líquido oscuro manando de sus cuencas, se fue derritiendo en un fétido charco, hasta esfumarse.
No me gustaría estar en el lugar espantoso en el que se encuentra ahora.
Obviamente, guardé los nefastos ojos en un frasco, y ahora observan desde los estantes de mi colección, coléricamente, cómo ya no pueden controlar para mortificar a más personas.
Creo que es la primera vez que me tocó intervenir en un conflicto laboral.
Avísenme si se sienten demasiado observados en sus trabajos. Creo que podría llegar a ayudarlos.
Los espero en La Morgue. Si quieren, me cuentan sus anécdotas de trabajo…
Edgard, el coleccionista
@NMarmor
sábado, 7 de agosto de 2021
EDGARD, EL COLECCIONISTA- DUERME, MI NIÑO
EDGARD, EL COLECCIONISTA
DUERME, MI NIÑO
Fui a la casa del comisario Contreras a buscar un perrito de los seis que había alumbrado su hermosa perra.
Mientras recordaba con tristeza a mi querido Cerbero, asesinado por mi hermano, me enamoré de un pequeño peludo negro, con una sola mancha blanca con forma de luna creciente en su frente. Se llamaría Lobo.
Conforme con la elección, acepté la invitación de Contreras para tomar un café.
Conociéndolo, sabía que quería contarme algo que lo atormentaba.
En una casona casi a la salida del pueblo, se instaló hace unos meses una mujer de mediana edad, muy tímida y retraída.
Aunque se mostró sumamente dulce y amable, evitó integrarse a la comunidad, que intentó darle la bienvenida con invitaciones y obsequios.
Su excusa era que tenía un bebé enfermo, que le absorbía mucho tiempo, pero que, ni bien mejorara, correspondería las atenciones del mejor modo.
Solo se la veía una vez al mes, para aprovisionarse de comestibles y enseres.
Todos los que la cruzaban la saludaban, y le preguntaban por la salud del niño.
Marina les contaba que evolucionaba lentamente, que era atendido por un profesional de la ciudad, y antes de dar lugar a más preguntas, se retiraba arguyendo prisa, ya que no quería dejar a Santos, su hijito, solo mucho tiempo.
Quienes pasaban por la casona, se extrañaban del grado de abandono y deterioro. Marina no había mejorado en nada la propiedad, supuestamente heredada de un pariente. No les parecía saludable vivir en un lugar tan lúgubre, y menos aún, con un niñito enfermo.
Pero cuando tocaban la puerta, con canastos de comestibles de regalo, nadie les atendía, y, decepcionados, optaban por irse dejando el obsequio en la puerta.
Muy pronto recibían, con una prolija nota en un sobre primoroso, un agradecimiento alegre y jovial. Los mensajes eran pasados bajo sus puertas, sin previo aviso.
Todos sentían una gran curiosidad. Querían conocer a Santos, y ver el interior de la fea casa, para aportar mejoras y reparaciones, ponderando que debía ser muy difícil la subsistencia de la mamá solitaria.
Las cosas hubieran quedado así, en una duda de boca en boca, de no ser por la llegada al pueblo de Eleuterio.
El hombre se apersonó en la comisaría, pidiendo hablar a solas con Contreras.
Parecía desesperado.
Contó que era el marido de Marina.
Vivían felices en la ciudad, con su hijito Santos.
Desgraciadamente, el niño enfermó, y luego falleció.
La tristeza se instaló en sus existencias con raíces muy profundas.
Él lidiaba con su dolor como podía, pero Marina entró en una profunda depresión, cayendo en cama, y desconectándose cada vez más de la realidad.
Había llegado a un punto en que Eleuterio se alarmó seriamente por la salud de su esposa, y, asesorado por un psiquiatra, llegó a la conclusión de que un tratamiento
ambulatorio no bastaba para su caso: convenía internarla, en pos de su seguridad.
En eso estaba el hombre, tramitando la internación en la mejor clínica, cuando Marina desapareció.
Aterrado de que le hubiera pasado algo malo, con su avanzada depresión, buscó en comisarías y hospitales de su ciudad.
Al ver el resumen de cuenta bancaria, notó que su mujer había retirado una cifra importante.
Con desesperación, sopesó donde podría haber huido. No quería exponerla con una denuncia formal, dado su frágil estado, confiando en que con empeño la encontraría antes de que hiciera algo peligroso.
Una llamada del cementerio parque donde yacía Santos, lo horrorizó: alguien había profanado la tumba de su hijito, llevándose el cuerpo.
Conmocionado, llegó a la conclusión de que era obra de la enajenada Marina.
Llamando a los pocos parientes que tenía su esposa, se enteró que ella disponía de una casona en nuestro pueblo, como herencia de una tía abuela.
Siempre había relegado ocuparse del tema, al no tener necesidades económicas apremiantes, y dejando para más adelante el destino de la propiedad.
Llevado por un presentimiento, más que por la lógica, ya que su mujer tenía dinero como para alquilar tranquilamente una casa, o alojarse en un hotel, se llegó a nuestro pueblo, y pidió la ayuda de Contreras.
El comisario consintió en colaborar.
No sería un allanamiento de morada, ya que Eleuterio contaba con una llave de la propiedad, y, en el peor de los casos, tenía el testimonio del psiquiatra que había recomendado la internación de Marina.
Así que fueron, discretamente acompañados por un par de agentes de confianza.
Eleuterio tocó la puerta, gritando el nombre de su mujer.
En principio, nadie contestó.
_ ¡Marina, abre la puerta! ¡Tengo la llave de todos modos!
Se escuchó por fin una respuesta desde el interior:
_ ¡Márchate, por favor, Eleuterio! ¡No comprendes! ¡No puedo permitir que me
quiten nuevamente a Santos!
En ese punto, todos estaban nerviosos, alterados.
Eleuterio le hizo una seña al comisario, y sacó el llavero.
Contreras asintió, y el hombre mientras ingresaba la llave en la cerradura, gritó:
_ ¡Voy a abrir la puerta, mi amor! ¡No te asustes, por favor!
Nadie estaba preparado para lo que pasó.
Un olor nauseabundo los abofeteó con virulencia.
Una demacrada Marina, con los ojos llenos de lágrimas los recibió en la entrada de la casona llena de mugre, telarañas, y paredes semiderruídas.
Sostenía en una mantita celeste, con pimpollos azules estampados, un bulto. De allí parecía emanar el horripilante hedor.
_ ¡No me quites de nuevo a mi niño! ¡No lo despierten! Me cuesta mucho trabajo
hacerlo dormir…Llora mucho, el pobrecito…
Con sus posesivos movimientos para proteger lo que llevaba en brazos, se corrió la manta, rebelando su contenido: el cadáver putrefacto de un niñito.
Eleuterio rompió en llanto.
El comisario tuvo que intervenir:
_ Señora, por favor: el niño está muerto. Usted misma lo sacó de su tumba.
“Denos la oportunidad de ayudarla…
_ ¡No es cierto! ¡Todos están confabulados para llevarse a mi hijo! ¡No lo permitiré!
En un mar de lágrimas, el marido susurró:
_Ya está, mi cielo. Míralo bien. Solo míralo. Recuerda.
Marina, con un gesto de sorpresa, el que quizá pueda tener una persona que se despierta de una pesadilla muy vívida, miró el cuerpito descompuesto en sus brazos, y se sentó en el suelo, dejando allí los restos de su hijito.
Luego, dijo una sola frase antes de sumirse en un silencio sepulcral.
_Nada te habría costado dejarme soñar que estaba vivo…
No fue difícil hacerla subir a la ambulancia que llegó posteriormente, y la llevó a la clínica que Eleuterio mencionó, dentro de su espanto.
El niño fue inhumado nuevamente.
Marina, hasta el momento no volvió a hablar ni moverse.
Permanece en estado catatónico, mientras Eleuterio le ruega, en cada visita, que retorne a la realidad.
La casona fue demolida a pedido del hombre, que vendió el terreno rápidamente.
No quería saber nada del lugar y el pueblo donde su mujer convivió por meses con el cadáver de su hijito.
El comisario, algo incómodo, me tendió una mantita: era la que arropaba a Santos, o, mejor dicho, a sus restos.
_ No le dé impresión, Edgard. Se la doy limpia, para que rece por la paz del pobre
niñito.
Y así me fui de la casa del comisario: con mi cachorrito, Lobo, y la mantita, que se encuentra en los estantes de mi colección.
Algo me dice que las plegarias fueron muy bien escuchadas: el estampado de pimpollos cambió. Ahora, luce amplias y bellas flores abiertas, como si un estado latente hubiera terminado, para dar paso a otro nivel de existencia. Una primavera del alma…
Los saludo, mis queridos amigos, invitándolos a La Morgue.
Todos los que se acercan a mi colección, se sienten atraídos por algún objeto en particular, que refleja algún pecado o aflicción que cada uno conoce en secreto.
¿Qué les llamará la atención a ustedes?
Edgard, el coleccionista
@NMarmor
viernes, 30 de julio de 2021
#ViernesNarrativo72 Cuestión de sangre
#ViernesNarrativo72
Cuestión de sangre
El cartero me sorprendió, trayendo a mi alejada casita de las sierras una citación.
Todavía resoplaba, el hombre, por la empinada subida que había tenido que escalar,
cuando cerré la puerta prácticamente en sus narices, antes de que me preguntara sobre
el contenido de mi correo. En la pequeña comunidad, todos nos conocíamos.
Abrí el sobre. Era del abogado del tío Adrián.
Nos citaba a los herederos, para el reparto de bienes.
Releí la nota con escepticismo.
El tío no había tenido hijos, y de todos sus sobrinos, yo era considerado la oveja negra
de la familia.
De mis hermanos y primos, era el único que había elegido renunciar a la alta sociedad, e
irme a vivir al culo del mundo, ganándome la vida como artesano, pese a ser profesional
como ellos.
Era una interrogación indignada para la aristocrática vanidad de mis consanguíneos. Un
hippie mugriento, mancha deshonrosa para la familia.
Con un suspiro, me alisté para viajar a la ciudad. No tenía ganas de ver esas caras
reprobatorias, pero mi curiosidad podía más.
Llegué al estudio del abogado de cinco apellidos diez minutos antes de la hora
acordada, pero ya estaban todos, que no se privaron de mirarme de arriba abajo, con
desdén, después de saludarme fríamente.
Mis hermanitos, de saco y corbata, al igual que mis primos, y las chicas, con su ropa de
diseño, creada para sus cuerpos exhaustos de operaciones, intentando vencer al paso de
los años. Todas teñidas de rubio, bronceadas, y más allá del parecido familiar, estaba la
similitud de un mismo cirujano y Botox.
Obviamente, mi campera de jean, buzo de rock, pantalones rolingas y zapatillas, eran
una ofensa a su impecable estética. Por no hablar de mi pelo largo. Al menos, estaba
más sano que el de las oxigenadas, y aún no tenía las venerables peladitas de los primos.
El vetusto letrado comenzó con la lectura del testamento.
Todos tenían una mirada febril, de una efervescencia casi gaseosa, esperando el cantar
de la fortuna para pagar las deudas generadas por el buen vivir burgués, y seguir
ofreciendo adquisiciones costosas al supremo altar de las redes sociales.
Sin darse cuenta, estiraban los cuellos, como jirafas tratando de alcanzar una fronda
demasiado alta.
_...les dejo a mis sobrinos, a excepción de Dardo, los libros de mi
hermosa biblioteca…
En ese punto, se les contorsionaron las caras al unísono.
_...y la integridad de mis depósitos bancarios, acciones y propiedades a Dardo Olivera
Hernández, con el criterio de que, habiendo tenido las mismas oportunidades que sus
hermanos y primos, fue el único con sentido común para ser feliz, más allá de las
exigencias familiares y sociales, además de demostrar empatía y solidaridad con
el prójimo. Yo no lo tuve en su momento, y me da mucho gusto saber que al
menos una persona de mi misma sangre, valora sus principios personales, más allá
del qué dirán y las conveniencias.
Eso es todo.”
En ese punto, todos me miraron con odio asesino.
_ ¿Cómo puede ser, doctor, que este infeliz se quede con todo el patrimonio del tío? _
preguntó una de mis platinadas primas.
_ Posiblemente, este documento sea apelable, negociable, digamos… ¿Verdad doctor?
_ La última voluntad de mi representado será respetada. Para ustedes, serán los libros
de su prestigiosa colección, y el dinero, la fábrica, acciones y propiedades, pasarán a
manos del caballero.
_ Seguramente mi hermanito convenció de alguna forma ilegal al tío en su lecho de
muerte. Obviamente se aprovechó de que el viejo ya no estaba en sus cabales.
_ Miren: me están haciendo perder la paciencia. El único que se interesó por la salud
de su tío, que no solo era mi cliente, sino también amigo personal, fue el señor Dardo.
“Si se les ocurre querellarlo, señores y señoras, los puedo denunciar por abandono de
persona. Manténganme al tanto de cuándo pasan a retirar los libros. Buenas tardes.
El vetusto abogado esperó a que el último integrante de mi bella familia se retirara, y sin
hacer caso a las quejas e insultos que se escucharon, me consultó:
_ ¿Tiene pensado cómo va a invertir estos capitales? Yo tenía pensado retirarme
al concluir mi obligación con Adrián, pero podría administrar sus bienes y asesorarlo.
_ Se lo agradecería. Quiero que gestione para donar todo a instituciones benéficas…
_ Pero... ¿No quiere pensarlo? Usted todavía es joven. Podría arrepentirse de
desprenderse sin considerar bien todas las opciones. ¿No le agradaría viajar, o
adquirir algo en especial?
_ Le agradezco el consejo, doctor, pero la verdad es que tengo la vida y los bienes
que deseo.
_ Así parece, según el criterio de su tío. Pero puede pensar, aunque sea, en un fondo
de retiro.
_ Lo tengo previsto. Si aceptara quedarme con algo de la herencia, correría un riesgo
muy grande, y créame, le tengo terror…
_ ¿De qué riesgo me habla?
_ El de parecerme, aunque sea un poco, a ellos. Que sin darme cuenta, se me pegara la
estulticia, hipocresía y superficialidad. No olvide que somos de la misma sangre…
_ Bueno. Déjeme su teléfono, y me ocuparé de cumplir su voluntad.
_ No uso teléfono. Dígame dónde debo firmar, y listo…
Posiblemente, crean que soy un idiota. Pero les juro, conociendo bien mi entorno, que
no me arrepiento.
EDGARD, EL COLECCIONISTA- LA HIERBA DE SATANÁS
EDGARD, EL COLECCIONISTA
LA HIERBA DE SATANÁS
Mi amada Aurora, que venía de su casa en las sierras, me contó, muy alterada, que en un recodo del río, un terreno que casi conforma un islote, fue despojado de su flora nativa, y mostraba una plantación de algo parecido a la marihuana, pero con follaje extrañamente rojo y negro.
Coincidiendo con esta información, el comisario Contreras hablaba de varios casos de adolescentes con brotes psicóticos, que habían causado violentos incidentes en ámbitos públicos y privados.
Todos mostraban en sus análisis clínicos, la intervención de un alucinógeno muy fuerte, de origen desconocido, cuyas secuelas dejaban a los consumidores en un estado de violencia salvaje. Aullaban, mordían, babeaban una saliva rojinegra, e intentaban atacar a cualquiera con la mala suerte de cruzarse en su camino.
Alertado por la información de Aurora, la policía prohibió el acceso al infausto terreno, y se tomaron muestras de las plantas, corroborando que coincidían con la droga hallada en los jóvenes afectados.
Curiosamente, vista desde arriba, la plantación estaba delimitada por una estrella de cinco puntas. Las plantas de cada “punta” de la estrella, eran totalmente negras, en vez de tener el tinte rojo combinado.
Lamentablemente, los chicos consumidores fallecieron de manera horrible.
La filmación del monitoreo de la institución psiquiátrica mostraba al primer muchacho, fuertemente sedado, y maniatado para evitar que se hiciera daño. Comenzó a convulsionar violentamente, adoptando posiciones antinaturales, imposibles de realizar, en contra del movimiento normal de las articulaciones.
Mientras los médicos le aplicaban un anticonvulsivo, y monitoreaban el anómalo ritmo cardíaco, demencialmente acelerado, el chico farfulló, con una voz infrahumana, frases en un idioma desconocido, semejante al latín, según uno de los testigos.
Consternados por la potencia y gravedad del timbre vocal, observaron como la piel se le ennegrecía, mientras los dientes, que parecían crecer casi imperceptiblemente, y tomar forma aguda, se teñían de rojo.
En el pandemónium de gritos y confusión, corrió una enfermera a buscar oxígeno, al interpretar una cianosis, pero se congelaron al escuchar una voz horrible, quejumbrosa y malévola que gritaba: “¡Ego te maledicam!!”.
En ese punto, un temblor sacudió la sala, y el muchacho, horrendamente deformado, dobló su columna en un ángulo imposible, elevándose sobre sus manos y pies amarrados a la cama, y contorsionando su espantoso rostro. Vomitó algo, que curiosamente, cada participante del episodio lo vio de manera diferente: entre cada doctor, juraron que el chico expulsó de la boca una serpiente, una araña, un murciélago, un escorpión, una sanguijuela. Así mismo, las enfermeras tienen interpretaciones variopintas de lo que lograron captar. Pero nadie, hasta que se calmó, pudo ver lo mismo.
Luego del aberrante suceso, el joven dejó de respirar.
Cuando buscaron lo que había arrojado, vieron en el piso un objeto del tamaño de una moneda grande: era una estrellita de cinco puntas, roja, con los vértices negros.
Hicieron todas las maniobras de resucitación, y al descubrirle el pecho, notaron una marca, como de una pezuña hendida, cerca del esternón.
El esfuerzo fue vano. Falleció. Y a medida que avanzaban los minutos, la inquietante marca fue desapareciendo, al igual que la rara coloración de la piel y dientes.
Tanto doctores como enfermeras quedaron tan choqueados, que dudan lo que pasó. Solo el testimonio grabado en la cámara da fe de lo ocurrido.
Lamentablemente, los otros cinco adolescentes pasaron por trances muy similares antes de morir.
Todo quedó documentado, pero la causa de los decesos es dudosa. Como sobrevino, supuestamente luego de la detección de la misteriosa droga, se supuso intoxicación con sustancias de origen desconocido.
En el terreno serrano, se procedió a arrancar de raíz las plantas, y almacenarlas para un estudio posterior.
Los obreros encargados del trabajo, supervisados por la policía, afirman, consternados, que sentían gritos horrendos en su cabeza cada vez que removían de la tierra las exóticas matas, y con mucho asco, corroboraron que, bajo las raíces, bullían gordísimos gusanos, y el terreno olía a podrido. Lo percibieron, quizá también en su mente, ya que contaban con equipos de protección, que les cubría boca y nariz.
Muchos terminaron descompuestos, con náuseas y dolor de cabeza por varios días.
Se especula que la plantación era un experimento clandestino, con alguna alteración genética en los vegetales, para introducir en el mercado una nueva droga.
Otras personas afirman que las plantas fueron sembradas por adoradores de Satán, y tocadas por su mano maldita.
Nadie ha confirmado, hasta ahora, o desmentido nada.
El comisario me obsequió una de las estrellas vomitadas por los pobre muchachos fallecidos, a los que me tocaría despedir, no bien los forenses terminaran de analizar las autopsias.
Debo confesar que, cuando vi el objeto, por unos segundos visualicé un horrible y pequeño lagarto de dos cabezas.
Lo puse en un recipiente de vidrio, en los estantes de mi colección, bien alejado, porque emana una desagradable electricidad que produce un desasosiego inexplicable.
Si tienen valor, pueden venir a ver la estrella. Si no se animan, los entenderé.
De todos modos, los espero en La Morgue, para seguir contándoles mis historias.
Sueñen bonito…
Edgard, el coleccionista
@NMarmor
viernes, 23 de julio de 2021
EDGARD, EL COLECCIONISTA- LA GARRAPATA
Elvira vino a pautar los trámites del velatorio de su esposo.
Gonzalo, antes de fallecer, estuvo meses en coma.
Antes de caer en ese estado, por un ACV, martirizó a su mujer con un control asfixiante y opresivo durante años.
Elvira no podía tener amistades, ni visitar sin él a sus parientes.
Su ropa era supervisada meticulosamente, sus compras contabilizadas centavo a centavo.
No le permitía tener redes sociales en el móvil, el cual era revisado aleatoriamente, cuando lo requería.
Sus salidas para hacer las compras de la casa se transformaron en una tortura: debía cumplir un horario, más allá de las demoras que no estaban en sus manos.
Todo comenzó cuando recién se casaron. Elvira era maestra. Manejaba su dinero, y amaba su trabajo.
Gonzalo la convenció de abandonar su carrera docente, para hacerse cargo del hogar a tiempo completo, por un tiempo, al menos. Le dijo que no quería verla agobiada, y que él trabajaría por los dos.
Se entusiasmó en principio con la idea, porque planificaba tener un hijo.
Pero nada de lo que soñaba se concretó.
Gonzalo le dijo que no era momento de agrandar la familia. Lo sería cuando lo ascendieran en su trabajo. Él mismo le alcanzaba los anticonceptivos, y la instaba a tomarlos delante de él.
Luego llegó en forma sutil y progresiva una vorágine de maltrato psicológico y físico que ella normalizó, al estar prácticamente aislada, y tener como única voz a Gonzalo.
Si la casa no brillaba como un espejo, si la comida no estaba lista en determinado horario, si era detectada hablando con alguna vecina mientras hacía las compras, recibía un odioso sermón, donde se le recordaba que era una inútil, que jamás tendría un niño con una esposa tan haragana, que nunca podría llegar a ser una buena madre. Que se mirara al espejo: nadie, excepto él, querría a una mujer tan desprolija, dejada y torpe.
Lo escuchó tantas veces, que lo creyó.
Cuando se sintió absolutamente abrumada, comenzó a añorar su tarea como maestra: recordaba esa época como un período feliz en su vida. Quizá volviendo a tener independencia económica, su esposo la miraría de otro modo.
Pero, por el contrario, plantearle su anhelo a Gonzalo trajo una etapa horrible: comenzaron los golpes. La acusó de querer salir de la casa para buscar una amante. Cualquier fallo en el estricto cronograma de tareas y horarios impuestos generaba crueles golpizas.
Más de una vez debía salir a la calle con anteojos oscuros para ocultar sus ojos morados e hinchados, y sacos en pleno verano, para que no se le notaran las huellas de las manos de su esposo marcadas en sus delgados brazos.
Fue durante una sesión de esas torturas cotidianas, que Gonzalo cayó al suelo inconsciente. Elvira, horrorizada, se sintió incluso culpable del estado de su torturador, y llamó a una ambulancia.
Aunque Gonzalo no tenía actividad cerebral, Elvira no estuvo de acuerdo con quitarle los sostenes vitales. En su alienación por tanto tiempo de maltrato, se creía responsable de prolongar la vida de su nefasto esposo.
Sin ingresos económicos, pidió urgente un cargo, y lo obtuvo de inmediato, ya que había sido siempre una excelente maestra.
No bien se reintegró al trabajo, dividiendo su tiempo entre el hospital, la escuela y la casa, comenzó a sentir un malestar espantoso. Era un peso que agobiaba su espalda con un dolor horrendo, y le dificultaba respirar bien. Además, tenía la cabeza siempre a punto de estallar. Pese a que su condición empeoraba día a día, y que se desmayó en dos ocasiones en el aula, con voluntad sobrehumana prosiguió con su tarea docente.
No bien entró a verme a mi oficina, Tristán, mi querido colaborador, me hizo un gesto con el rostro: él había visto lo mismo que yo.
Elvira tenía pegada en su espalda y parte posterior del cráneo una enorme y repulsiva garrapata, con un malvado rostro humano. Gonzalo prefirió usar su energía espiritual antes de partir para mortificar a su esposa, tomando esa horrenda forma, solo perceptible para quienes tenemos el don, y se alimentaba del dolor y la aflicción de Elvira, que llevaba meses sufriendo ese peso siniestro, sin que los médicos supieran explicar la causa de su malestar.
Cuando Elvira me contó su historia, la abominación que cargaba sin saberlo, estaba en su máximo esplendor: hinchada casi a reventar, con asquerosas pústulas de las que manaba un repulsivo líquido verdoso. Pero nada era tan deleznable que el rostro malvado de Gonzalo, expresando el placer odioso de chupar la energía vital de su esposa.
_ Señora Elvira. ¿Confiaría en mí si le digo que podríamos aliviar sus molestias?
_ Por supuesto. Me han hablado mucho de usted, Edgard. Pero no comprendo cómo, teniendo en cuenta su oficio, podría ayudarme… ¡Perdón, no quiero ser grosera!
Me dio mucha pena. La pobre mujer se sentía mal por todo lo que decía y hacía, fruto del maltrato desalmado que había recibido por años.
_ No tiene por qué pedir perdón. ¿Me creería si le dijera que de una forma extraña Gonzalo la está dañando ahora mismo?
_ ¡Ay, Edgard! He sentido eso desde que retomé mi carrera docente, pero pensé que era un castigo por desobedecer a mi marido, y que estaba loca….
Mientras hablábamos, el rostro de la inmunda garrapata se retorcía de odio, y le infligía más dolor a su mujer.
_ Sé que está sufriendo en este mismo momento. Permítanos, a Tristán y a mí intentar liberarla del dolor.
_ ¡Por supuesto!
Tristán se alineó conmigo. Impusimos las manos ante Elvira, sentada ante nosotros.
El espantoso parásito la mortificó, extrayendo su energía, y la pobre se desmayó.
Cuidando de que no se cayera de la silla, tratamos de emitir nuestro don hacia la horrenda cosa mutante pegada a Elvira.
_ ¡Asquerosa abominación, deja en paz a esta persona, y elévate hacia la luz!
La respuesta fue un gesto de furia cargado de desprecio, y el cuerpo de la garrapata creció, hinchándose de una forma horrorosa, con las pústulas hediondas manando su inmundo líquido, que quemaba lo que tocaba como ácido.
Entonces, nos miramos con Tristán, y asentimos. Obramos como si el ´´bicho´´ fuera físico. Pese a nuestra repugnancia, apretamos abrazando con fuerza el horroroso bulto del cuerpo. La baba verde nos quemaba al resbalar sobre nosotros, y la cara de Gonzalo, además de odio, mostraba miedo y dolor.
Con un esfuerzo tremendo, hicimos estallar al ente.
Se fue ´´desinflando´´ hasta empequeñecerse, soltándose de la espalda agobiada de Elvira.
Cuando cayó al suelo, con el tamaño de una nuez, lo levanté asqueado, al comprobar la minúscula cara de Gonzalo, enferma de odio y furia. Tristán me alcanzó un frasco.
Allí se quedará, en los estantes de mis piezas de colección, hasta que abandone sus emociones dañinas, y logre trascender.
Al despertarse Elvira, y sentirse libre del macabro peso que la aplastó durante meses, lloró de alivio y agradecimiento.
Una vez terminado el velatorio y entierro del malévolo Gonzalo, podrá hacer una vida normal.
Pueden asistir ustedes también, si lo desean, y ver de paso la asquerosa garrapata con rostro humano apresada en un frasco.
Tratemos siempre de estar atentos a esos parásitos malsanos que descargan su violencia contra sus parejas, aislándolas y torturándolas. Ser indiferente ante estos casos, es ser cómplices también.
Ya están invitados nuevamente a La Morgue. De todos modos, sé que en algún momento pasarán por aquí…
Edgard, el coleccionista
@NMarmor
viernes, 16 de julio de 2021
EDGARD, EL COLECCIONISTA - LAS ALMAS GEMELAS
Vino a visitarme el comisario Contreras, más pálido y ojeroso que de costumbre.
Aunque el motivo formal de su presencia era para darme aviso de dos cuerpos que traería la morgue judicial en breve, en realidad, deseaba contarme la historia que había tras ellos.
Días antes, Amira, una mujer madura muy hermosa, con cara de agotamiento, llegó a la comisaría para denunciar un crimen que había cometido.
´´_ Maté a mi esposo y a su amante, señor comisario. Si me da un tiempo, quiero dejar
en claro que lo hice por cansancio espiritual ante las mentiras y el abuso de confianza
de mi marido. No fue la infidelidad el móvil.
´´César me había engañado reiteradas veces, arguyendo que su interacción carnal con
otras personas no interfería en nuestra relación, ya que yo era la única depositaria de
su amor. Le planteé, entonces, que con ese argumento, yo tenía también derecho a
acostarme con otros hombres. Me contestó que no: yo en él, decía, había hallado mi
alma gemela, anhelo espiritual que iba más allá del amor.
´´Para ilustrarme sus disparates, citó a Platón, y a los seres duales que fueron
separados, y de allí la búsqueda constante de encontrar a la ´mitad perdida´, mezclando
las ideas del filósofo con el famoso ´hilo rojo´ que nos une con una persona en
particular.
´´Y él, aunque me amaba hasta la adoración, no tenía completa esa parte espiritual
faltante. Sus infidelidades eran, en realidad, una angustiosa e incesante búsqueda
existencial para nivelar la energía cósmica que confluía en su persona incompleta.
´´Quizá por estúpida, o por quererlo demasiado, aguanté la humillación de ser una
cornuda consciente, con cuernos filosóficos, pero cuernos al fin. Pero todo tiene un
límite. El mío fue encontrar a César con mi propia madre en la cama.
´´Mamá era la primera en aconsejarme que le tuviera paciencia y comprensión a mi
marido, que era terrible quedarse tan sola como ella, que abnegadamente renunció a
conocer otros hombres después de enviudar, para dedicarse a mi crianza.
´´Siempre que me lo repetía, yo sentía hasta culpa de haber nacido y frustrarle la vida.
´´Será por eso que al verlos desnudos en mi propia cama, colapsé.
´´Tomé el palo de jockey, (deporte que adoraba, y abandoné instada por César), que
había dejado tras la puerta, con la ilusión de retomarlo algún día, y con una fuerza que
ni yo misma sabía que tenía, le pegué en la cabeza a ambos, pasados unos segundos,
entre el asombro y el espanto.
´´Como quedaron inconscientes por el impacto, pensé en principio que estaban
muertos. Hubiera sido lo mejor. Solo se encontraban desmayados.
´´En ese punto, mi mente se puso en modo automático: lo que recuerdo es como un
sueño. O más bien una pesadilla.
´´Los até a ambos, espalda con espalda, y los amordacé.
´´Cuando salieron de su sopor, les dije que por fin habían encontrado a sus almas
gemelas, y que podían empezar a celebrar, porque yo los uniría, como en el
relato de los seres duales de Platón. Y que, de paso, intermediaría el hilo
rojo del destino, que tan a menudo nombraba César en sus elocuentes monólogos de
instrucción a mi ignorancia espiritual.
Así que tomé una aguja de tapicería, curva, y una lana fina, pero muy resistente, y
los cosí por la espalda, ignorando los aullidos de dolor amortiguados por las tiras de
trapo que obstruían sus bocas mentirosas, errando algunas puntadas por la viscosa y
cálida sangre que hacía mi trabajo difícil y resbaloso.
´´Quedó bastante prolija la costura, pese a las dificultades con mi material de trabajo.
´´Me tocaba darles el toque final: César me había hablado de la energía de
un nirvana ardiente y placentero ante el encuentro del alma gemela.
´´Decidí recrearlo para completar mi obra. Bañé con combustible a la pareja
reencontrada, que se retorcía de dolor y desesperación, y le arrojé un fósforo
encendido.
´´Les di la espalda, tomé mi cartera, y me llegué hasta la comisaría.
´´Eso es todo lo que tengo para contar.
El comisario, en ese punto, tragó saliva, relatando que Amira se desmayó, y que estaba ingresada en un centro de salud mental.
Los efectivos policiales se llegaron a la vivienda del siniestro, corroborando un dato muy curioso: si bien el fuego había mutilado horriblemente a los cuerpos, no encendió ningún elemento de la vivienda, ni siquiera la ropa de cama, sumamente inflamable, donde Amira los había martirizado.
Pero lo más sorprendente, y que no tiene explicación lógica, es que el hilo rojo no se quemó.
Así que, terminadas las pericias forenses, el comisario, asombrado de que lo sacaran intacto de los cuerpos, lo retuvo, y me lo trajo, junto a la aguja enorme y curva que usó Amira para coser a los infieles.
Los tengo ahora en una bandejita de plata, en los estantes de la colección. Cada tanto, comienza a sangrar y brillar, con una enfermiza luz escarlata.
Pueden venir a verlo, acercándose a La Morgue, junto a las demás piezas, cada una con su particular historia.
Quedan invitados. Y una cosa más: vaya a saber por qué, ya no hay infidelidades en el pueblo, ni se mencionan almas gemelas, ni hilos rojos del destino…
Edgard, el coleccionista
@NMarmor
Suscribirse a:
Entradas (Atom)