sábado, 19 de marzo de 2022
EDGARD, EL COLECCIONISTA- DESAPARECIDAS
EDGARD, EL COLECCIONISTA
DESAPARECIDAS
El señor Víctor llegó de la ciudad, comprando una vieja casa de campo, con un buen terreno.
Luego de su divorcio, decidió cambiar de ambiente y actividad. Estaba harto del estrés urbano, y creyó que era un buen momento para empezar de cero.
Tenía dinero, y deseaba descansar comenzando una vida apacible, en contacto con la naturaleza.
Una vez que la casa fue acondicionada y amoblada a su gusto, recorrió las tierras adyacentes, haciendo planes de sembrar un hermoso jardín alrededor de la vivienda, y quizá incursionar en una huerta orgánica: sobraba espacio, y la idea lo entusiasmaba.
No bien Víctor se alejó unos metros, lo sorprendió la rápida caída de la temperatura. No sopesó la posibilidad de buscar un abrigo: solo haría una rápida caminata, y volvería para tomar una copa.
El suelo donde pisaba comenzó a vibrar de una manera extraña.
Tragando saliva, se preguntó si justo tendría la mala suerte de que un movimiento sísmico transcurriera allí en ese momento.
Se quedó parado, ya a casi cien metros de su hogar.
Observó, con ojos desmesurados, que el pasto se chamuscaba, y la tierra se cuarteaba aceleradamente.
De una de las rajaduras, saltaron unos terrones.
Víctor, con el corazón acelerado, vio cómo unos dedos asomaban, moviendo más trozos de tierra reseca.
Eso rompió su inmovilidad, y corrió aterrado hacia su casa, en lo que le pareció una carrera interminable.
Ya dentro de ella, analizó lo que había visto.
Dando por hecho de que era imposible que hubiera acontecido lo que creyó percibir, lo atribuyó a su estrés, a la carga emocional de su divorcio y las tensiones de los negocios que había dejado atrás. Se dijo que era una mala jugada de su mente y sentidos.
Puso música para relajarse, y se sirvió la copa de vino que se había prometido antes de su caminata.
Para entonces, ya había anochecido.
Se recostó en un cómodo sillón de cuero, saboreando la bebida, y disfrutando los temas de su lista favorita.
Un sonido de estática lo sobresaltó.
La canción de rock lento se distorsionó, y mezcló con unos gemidos lastimeros, espantosos.
Dejó caer al suelo la copa, que se estrelló, manchando las paredes blancas de color rojizo.
Apagó el equipo.
Pensó en llamar a alguien. Estaba muy tenso. Pensó con tristeza que la única persona que deseaba escuchar era a su ex esposa, que quizás no le tomaría la llamada.
Con creciente angustia en el pecho, se acercó a las ventanas: había escuchado un sonido semejante al de uñas rasgando los cristales.
Como había dotado de muy buena iluminación todo el predio de su propiedad, con los ojos desorbitados, pudo ver siluetas que surgían de la tierra, se levantaban temblorosas, y caminaban lenta y torpemente en dirección a su casa.
“No es posible. Estoy imaginando todo esto”, pensó aterrorizado.
Cuando se dio vuelta, alejándose de las ventanas, una horda de espectros de mujeres, todas mutiladas, en horrible estado de descomposición, estiraban los brazos hacia él, como suplicando ayuda. Los rostros eran una mezcla inimaginable de sufrimiento, tristeza y angustia brutales.
El amanecer lo encontró en el piso.
Al parecer, se había desmayado con la horrenda visión fantasmal.
Se había golpeado la cabeza, y tenía varias cortadas, al haber caído sobre los cristales rotos de su copa.
Decidió buscar un médico: una de las heridas era bastante profunda.
Se subió a su coche, y, quizás por el aturdimiento del golpe en la cabeza, no daba con la dirección del hospital. El GPS lo hacía girar en círculos.
Se detuvo en la puerta de mi funeraria, donde estábamos con Tristán y Aurora decidiendo dar una mano de pintura al establecimiento.
No bien vimos al hombre tambaleante y lleno de heridas que se aproximaba, corrimos a auxiliarlo.
Alcanzamos a frenar su caída: se estaba desmayando nuevamente.
Lo acomodamos en un cuarto.
Aurora lo curó lo mejor posible hasta que llegara ayuda médica, que solicitó prestamente Tristán.
Cuando acudió una ambulancia, le di mi tarjeta al hombre, para que pudiera recordar donde había dejado su coche. Le prometí ponerlo a resguardo.
Pocos días después, Víctor acudió a vernos para agradecer nuestra intervención: había tenido una contusión craneal. Ahora se sentía mejor.
Lo invitamos a tomar un café con nosotros. Estaba muy pálido, y se le notaba una profunda preocupación.
No bien tomó unos sorbos, nos contó lo que le había ocurrido en su nueva casa, y que sentía que se estaba volviendo loco.
—Tranquilo, Víctor. Puede hablar sin miedos con nosotros. Yo diría que el destino lo guio hasta aquí…
—La verdad es que tengo miedo de regresar a la casa. Estos días me tuvieron internado, para hacerme pruebas. Yo rogaba que me retuvieran más tiempo, pero me dieron el alta, y ahora, realmente no sé qué hacer.
—Pues en este momento, como habrá visto en el exterior, hay pintores renovando la fachada, y disponemos de la tarde. ¿Le podemos acompañar a su hogar?
—¡Dios! ¡Sería un gran alivio!
Partimos hacia su morada, él en su auto y nosotros en el mío.
No bien traspusimos el área de su finca, los tres sentimos una energía nefasta. Víctor no estaba loco: había algo extraño, maléfico en su casa…
Al bajar de los autos, y entrar en la vivienda, vimos cómo Víctor había palidecido y temblaba levemente.
—Me siento mal… Algo me está quitando el aire…
—Cálmese, por favor. Nosotros también lo captamos.
Mientras se desmoronó en su sillón, Tristán, Aurora y yo nos unimos en una ronda con los puños elevados, buscando la manifestación de las presencias que percibíamos.
En pocos segundos vimos los horrendos espectros que habían asustado a Víctor, el cual, visualizándolos otra vez, gemía de terror.
Impusimos las manos sobre los espíritus, y supimos las espantosas historias de esas pobres mujeres.
Todas, y cada una de ellas, había sido secuestrada en pueblos vecinos, en distintas fechas y lugares.
Hubo, en su momento, redadas de búsqueda, marchas, pero jamás dieron con sus paraderos.
Blas,el perverso que las raptó, violó, torturó y asesinó, las enterró en el amplio terreno de la finca, la cual vendió para mudarse lejos, y recomenzar sus horrendas actividades en otro lugar.
Cuando estaba a punto de secuestrar a otra mujer, ellas se le aparecieron para impedirlo, y el tipo tuvo un ataque al corazón.
Si bien salvaron a una víctima, ellas tuvieron que soportar al espíritu maligno de Blas, que seguía mortificándolas en el plano sombrío donde penaban su dolor, en una tortura que perpetuaba lo que habían padecido en vida con él.
Nos concentramos en Blas, llamándolo.
Apareció con la imagen de un monstruoso cerdo antropomorfo, con babeantes colmillos filosos, ojillos rojos, como ascuas, y garras similares a finos cuchillos.
Los espectros de las pobres mujeres se retorcían de dolor.
Víctor parecía estar en un trance de terror absoluto.
—¡Monstruo despiadado! ¡Arrepiéntete de tu perfidia, y deja en paz a estas mujeres, que buscan la paz del descanso!
El ente nos arrojó un zarpazo candente, que esquivamos a duras penas.
Nos concentramos, y dirigimos nuestra fuerza para destruirlo.
—¡No mereces la redención! ¡Arde en el inframundo, blasfemia inmunda!
De nuestras manos salieron rayos de luz que lo alcanzaron, calcinando su asquerosa presencia espectral.
Se retorció de dolor mientras se quemaba, y un remolino de humo negro se llevaba sus cenizas hacia un lugar de absoluta oscuridad y miseria moral.
Antes de desaparecer, dejó caer sus colmillos carniceros.
Los espíritus de las pobres víctimas se relajaron. Ya no se veían con la horrorosa imagen de la putrefacción y la tortura que habían sufrido. Eran ellas, tal como habían sido en vida.
—Nos encargaremos de que sus familias sepan que han sido halladas. Pueden marcharse en paz…
Las almas hicieron una ronda, rodeándonos, incluyendo a Víctor, transmitiendo un cálido sentimiento de gratitud y bienestar. Luego se esfumaron en un haz de luz, dejando cintas de colores que flotaron unos segundos antes de caer.
En cada cinta estaba el nombre de cada una de ellas: se habían marchado en paz.
Acudimos con Víctor a la policía.
Mi amigo, el comisario Contreras se comprometió en exhumar los cuerpos de las tierras del hombre, y comunicar a los seres queridos el macabro hallazgo.
Víctor consideró que viajaría nuevamente a la ciudad, por lo menos hasta que concluyera el accionar forense.
Tenía la idea de intentar reconciliarse con su ex. Nos dijo que la experiencia le había hecho reconsiderar las prioridades de su vida, sobre todo, los afectos, así que nos despidió muy agradecido, esperando regresar acompañado.
En los estantes de mi colección se hallan las cintas de colores con los nombres de las víctimas, para recordarlas por siempre. También están los macabros colmillos del siniestro Blas, en un frasco muy bien cerrado. Cada tanto vibran, o despiden una asquerosa baba verduzca.
Me gustaría decir que esta es una historia más. Pero no lo es: todos los días veo anuncios en las redes con fotos de mujeres desaparecidas.
Están un tiempo, y luego dejan de difundirse, para ser reemplazadas por nuevas víctimas. Es algo horrible, y no puedo ni quiero acostumbrarme…
Los saludo desde La Morgue, invitándolos a visitarme y conocer mi colección completa.
sábado, 12 de marzo de 2022
EDGARD, EL COLECCIONISTA- HAY QUE CONVENCER AL MUERTO...
Doña Felicia, empleada doméstica por tres generaciones de una familia del pueblo, a quién mis padres y abuelos también conocieron con afecto, vino a verme pidiendo ayuda.
—¿Cómo está, niño Edgard? Vengo a pedirle que me ayude con un asunto muy delicado…
—¡Felicia! Estoy muy crecido para que me digas “niño”, pero sabes que estoy a tu disposición.
—Pues yo te he cargado cuando eras un crío de teta… ¿Sabe lo que le ocurrió al niño Enrique?
Asentí. Enrique, de veinte años, había sido apuñalado para despojarlo de su teléfono móvil, y abandonado, con el cuchillo clavado en el abdomen. Cuando llegó la primera ambulancia, el pobre muchacho ya había fallecido desangrado.
—¡Una desgracia, niño Edgard! Pero eso no fue lo peor. Los padres Felipe son ateos. Criaron al chico con la convicción de que al morir se acaba todo. Y él creció con terror a la muerte…
El asunto es que el cuerpo de mi niño todavía está en la morgue judicial, atrasando su despedida y entierro, como Dios manda.
La madre, Doña Juliana no me cree lo que le digo. Yo la entiendo: también la crie a ella. De grande se le pusieron esas ideas blasfemas de no creer en el Santísimo. Sé que con el dolor que carga, no escuchará a nadie, ¡alguien tiene que asistir a mi niño!
Felicia rompió a llorar. Le pasé un pañuelo, y la insté a continuar su relato.
—Anoche, mientras yo rezaba por su alma inmortal, se me apareció mi Enriquito, niño Edgard. Se me estrujó el corazón. ¡No sabe que está muerto! Tiene clavado en la panza el cuchillo del desgraciado que lo mató.
Intenta pedir que lo salven, ignorando su fallecimiento, y no entiende por qué nadie lo ve ni lo escucha. Yo traté de calmar su dolor, pero no se convence, el pobrecito…
Si usted lo viera, niño, todo ensangrentado, aterrado e indefenso, tan solo…
La pobre mujer sollozaba amargamente.
—Por favor, Felicia, me va a hacer llorar a mí. Vamos a solucionar todo. Se lo prometo.
De momento, vamos a tener que esperar a que nos llegue el cuerpo. Tengo un informe de que esta misma tarde nos lo enviarán.
Vaya a descansar, Felicia. Le espera una noche larga con el velatorio.
No juzgue a los padres por su falta de fe. Cada uno elige el camino por el cual transitar la existencia, y no todos son atinados…
Tal como esperaba, llegó la ambulancia con el cuerpo de Enrique.
No bien estuvo dentro de mi establecimiento, y mi querido asistente Tristán se aprontó a ayudarme, se materializó el espectro, sufriente, como lo había descripto Felicia: no podía estar más confundido, triste y asustado, intentando, infructuosamente, comunicarse, y sacarse el arma de la herida que no paraba de manar profusamente sangre fantasmal.
Imponiendo las manos hacia él, intentamos transmitirle la realidad del plano en que se encontraba, y darle nuestro apoyo, y el amor de todos sus seres queridos.
Tratamos de que visualizara a Felicia, orando por él, y buscando ayuda para su estado, y a sus padres desgarrados por la pérdida.
Y, sobre todo, intentamos convencerlo de que la existencia no concluye con la vida terrenal.
El joven abrió como platos sus ojos torturados de dolor.
Comenzaba a captar los conceptos que le transmitíamos con nuestra energía, con un gran esfuerzo por su reticencia.
De pronto, su gesto se distendió. El cuchillo se desprendió, cayendo con un sonido musical: se había transformado en cristal, brillando en el piso.
La horrible herida del abdomen se cerró, y el semblante del joven se distendió. Una tímida sonrisa se instaló en su rostro espectral.
Sacó de su bolsillo un objeto, que me entregó, y yo tomé sin mirarlo.
Con un saludo pacífico, nos despidió afectuosamente, con la beatitud de alguien a quien se le ha sacado un peso titánico de encima, y se elevó mansamente en un haz de luz hasta desaparecer.
Abrí el puño para ver lo que me había dado, y se lo enseñé a Tristán: era un collar de oro, con una cruz. No teníamos duda de que era un regalo que alguna vez recibió de Felicia, y que su última voluntad era que volviera a ella, confirmando que por fin había encontrado la paz.
Así se lo conté a la mujer, en un aparte, mientras le aseguraba que el alma de Enrique se hallaba en el plano indicado.
Ella, con lágrimas en los ojos, puso entre las frías manos de su “niño” el collarcito de oro, para despedirlo con todo su amor.
—¡Gracias, niño Edgard! ¡Yo sabía que usted solucionaría este problema! ¿Sabe? Cuando yo cargo en brazos a un bebé, puedo ver un halo alrededor. Algunos son más o menos brillantes. El suyo era resplandeciente, como un sol…
Abracé a la mujer, emocionado, intentando calcular su edad, y la cantidad de criaturas que pasaron por sus amorosas manos, pero no podía entretenerme demasiado: tenía un velorio que oficiar.
El cuchillo de cristal se encuentra en mi colección, refractando la luz que ingresa en una forma hipnotizante, dándonos la pauta de todas las facetas que puede tener la realidad…
Los espero en La Morgue. No hago distingos entre ateos y creyentes. Son siempre bienvenidos: de todos modos, llegamos y partimos, sea cual fuere nuestro pensamiento, de la misma manera…
sábado, 5 de marzo de 2022
EDGARD, EL COLECCIONISTA- LA TRAMPA
En un barrio de bajos recursos en mi pueblo, un ladrón se empeñaba en robar a la gente humilde sus pocas pertenencias.
Luego de que Néstor, el delincuente en cuestión, consideró que ya no era seguro realizar arrebatos, (despojaba a las mujeres de sus bolsos o carteras, tapando su rostro, y huía con la agilidad de un atleta, esfumándose como un fantasma), prosiguió con entradas a los hogares que quedaban desprotegidos, por la ausencia de sus habitantes en horarios laborales, o en viajes que surgían.
Nadie sabía cómo averiguaba el maleante la información que le proporcionaba la vía libre, o cómo neutralizaba alarmas, cámaras y vulneraba las cerraduras y candados más seguros del mercado.
Hasta conseguía pasar la brava vigilancia de perros irascibles con un rotundo éxito, dejándolos dormidos, drogados, sin hacerles daño.
Néstor observaba furtivamente las viviendas, camuflado con disfraces con los que pasaba desapercibido, y realizaba una ficha de cada casa, con fotos, esquemas y datos. Eran tan buenos y detallados, que lleva a pensar por qué no usaba su pericia en alguna actividad legal y productiva.
La policía no conseguía apresarlo, por lo que los vecinos estaban indignados. En poco tiempo, armaron una comisión que se juntaba por las noches, clandestinamente, ya que sus intenciones no eran muy benévolas.
Decidieron darle a Ernesto una lección ejemplar.
Le tendieron una trampa.
Un hombre que vivía solo, Agustín, recibió en pleno día, a la vista de todos, una compra de electrodomésticos importante. Se encargó de hacer en público una llamada, solicitando a un vecino que echara una miradita de cuando en cuando a su casa, ya que se había enfermado su madre, y debía marcharse.
Nadie en el pueblo tenía dinero como para semejante envío: lo que recibió Agustín fueron cajas vacías de un flete, escenografía fraguada como anzuelo.
Néstor, por supuesto, lo mordió.
Por la forma de la casa, la manera más rápida y segura de acceder a la misma era trepar al techo, lo cual era sumamente fácil, por una medianera con una guía metálica para una bella enredadera florida.
A la madrugada del supuesto viaje de Agustín, el ladrón se llegó con una furgoneta negra, con las luces apagadas, silenciosa y preparada para cargar el botín.
Él mismo también vestía de negro, confundiéndose con la oscuridad nocturna.
Confiado y tranquilo, luego de neutralizar una alarma bastante primitiva, y desviar las miras de las cámaras, trepó por la guía metálica hasta el techo a dos aguas, moviéndose con la agilidad de un gato.
Lo que nunca imaginó es que el punto donde debía pisar para bajar hacia el patio interno estaba engrasado con una sustancia resbalosa que lo hizo perder pie, y caer en el medio del patio.
Tampoco esperaba la filosa lanza que lo atravesó en su caída, quedando empalado por ella.
Trastornado de pánico y dolor, gritó como un poseso.
Se encendieron, entonces, las luces, y se vio sometido al escrutinio de los vecinos agraviados.
--¡Miren! ¡Es el hijo de Norita! ¡Se debe estar revolviendo en su tumba!
--Tan joven, y tan descarriado. ¡Lamentable!
--¡Ayúdenme, por favor! ¡Se los suplico!
--No te lo mereces. ¿Cómo pudiste despojarnos de nuestras pocas pertenencias, sabiendo que somos todos humildes trabajadores, tal como era tu pobre madre?
¿Por qué no nos pediste apoyo en su momento? No te hubiéramos dado la espalda…
--¡Les suplico perdón! ¡Me duele la espalda! ¡No puedo moverme!
--Caíste sobre una lanza que preparamos para ti. Nos cansamos de sentirnos violados e ignorados. Nos robaste y humillaste. Te reíste de nosotros. De ser por mí, esperaré a que te mueras desangrado, lleve el tiempo que lleve.
--Yo propongo echarle a mis perros, los que él drogó hace unas semanas, así se lo comen vivo…
--Pienso que deberíamos prenderlo fuego, cuidando de no incendiar la casa.
--¿Y si lo cortamos en pedacitos, uno por cada objeto que nos robó?
Néstor, absolutamente horrorizado por las crueles opciones propuestas por los vecinos, e ignorando que eran pautadas de ante mano para darle una lección, y que Agustín ya estaba por llamar a una ambulancia y a la policía, se desesperó de terror e impotencia.
Su joven cuerpo no toleró tanto miedo, y luego de convulsionar violentamente, falleció, no antes de gritar: “¡Perdón, mamá!”.
Nada pudieron hacer los médicos cuando llegaron a la truculenta escena.
Hubo una pelea entre los vecinos y la policía, donde los primeros le reprochaban a las fuerzas del orden su impericia, que había provocado el uso de la justicia por mano propia, ignorando que el experto ladrón tenía solo dieciocho años, y que era un miembro cercano de la comunidad.
La policía repudió la crueldad del método utilizado, y se llevó a todos los integrantes del complot.
Luego de presentar pruebas y contra pruebas, quedaron libres, con una sentencia en suspenso, y una culpa y dolor en el alma que los acompañaría el resto de sus vidas.
Quiénes no habían sido víctimas de las fechorías de Néstor, se ocuparon de elevarlo prácticamente al lugar de un santo mártir, asesinado por un grupo de psicópatas sádicos, dividiendo al pueblo en dos bandos, y multiplicando querellas y discordias.
En el propio velatorio del muchacho, solventado por una colecta, tuvimos que manejarnos con muchísimo tacto para calmar los ánimos, ya que los agravios e insultos hubieran ocasionado una reyerta lamentable.
Cuando se fueron los belicosos asistentes, el espíritu de Néstor se materializó, atravesado con la lanza que no le hubiera quitado la vida de no haberse aterrorizado por las bravatas supuestamente aleccionadoras.
De sus tristes ojos manaban lágrimas negras, y tenía un gesto de anhelante desesperación: quería terminar con su calvario.
Con mi querido asistente, Tristán, impusimos nuestras manos, orando y trasmitiendo energía sanadora.
En un punto, Néstor dejó de llorar. Su rostro torturado se relajó, y la lanza, en llamas, se carbonizó, quedando solo su punta, que cayó al piso con un sonido similar al del tañido de una campana.
Aliviado, se llevó una mano al corazón, y antes de un agradecido saludo, nos señaló el objeto en el suelo. Luego, cada vez más luminoso, estalló en chispas deslumbrantes que se elevaron y esfumaron.
Tomé la punta de la lanza, que cobró el aspecto de plata, y vi que tenía un nombre grabado: “Nora”.
Creo que Néstor se despidió pidiendo perdón a su madre por el camino torcido que tomó al morir ella, su único sostén y apoyo.
De lo ocurrido solo me quedan conclusiones tristes. No voy a romantizar la decisión de delinquir de Néstor, pese a su juventud e inexperiencia: pudo haber elegido otro modo de subsistir, pedido ayuda…
Los vecinos, aunque cansados de los robos, no debieron nunca intentar la justicia por mano propia.
Los que no sufrieron los hechos delictivos fueron absolutamente imprudentes en victimizar a Néstor de manera tal en que quienes le tendieron la trampa se vieran como monstruos desalmados.
La policía debió ocuparse más activamente del tema, pese a su real falta de recursos, y de que el comisario es mi amigo: podían haber evitado una tragedia, conteniendo a la gente, y brindando vigilancia, al menos.
Dios me perdone si estoy equivocado, pero cuando demasiados grupos se adjudican la verdad y la razón, el resultado solo es el caos y el sufrimiento.
Creo que lo que ocurre a nivel mundo, avala mi visión…
Una vez más quedo a su disposición para mostrarles la nueva adquisición de mi colección, la punta de la lanza, y los demás objetos, con sus historias y energías.
Los espero en La Morgue, como siempre. De todas maneras, tarde o temprano, llegarán aquí. Es inevitable.
Buen fin de semana.
sábado, 26 de febrero de 2022
EDGARD, EL COLECCIONISTA- EL CRIADERO DE PERROS
Natán amaba profundamente a su esposa, Dalma, quién sentía adoración por los perros.
No tuvo ningún inconveniente cunado ella le planteó dedicarse a criar canes de raza, y comercializar las crías, en forma amorosa y humanitaria.
Así que le brindó a su mujer todas las comodidades y apoyo económico para su emprendimiento, mientras él se dedicaba a su trabajo de técnico informático, generalmente desde la comodidad de la oficina instalada en su propia casa, lo que cuadraba felizmente con su timidez y deseo de tranquilidad.
A veces lo perturbaba un poco la invasión de ladridos, que apaciguaba subiendo el volumen de la música que lo acompañaba en su labor, generalmente heavy metal.
En general, era un tipo feliz, poco comunicativo, pero amoroso y tierno con Dalma.
La apacible rutina del hombre se desmoronó cuando su esposa cayó enferma, con un diagnóstico negativo: habían hallado un tumor inoperable en su cerebro, y no le quedaba mucho tiempo.
Ante esta situación, Dalma le rogó a Natán no quedarse internada. Prefería morir en su casa, bajo su cuidado, como última voluntad.
Le pidió a su marido que se ocupara de los animales, lo cual superaba ampliamente la capacidad física y emocional del hombre, sumamente abatido con la situación.
Así que durante meses, lo que había sido un prolijo refugio bien organizado, limpio, y contenido por el amor y supervisión de una mujer que amaba y dedicaba mucho tiempo y cariño a sus animales, degeneró en una pocilga inmunda.
Lo único que Natán hacía en el predio que tenían en su casa rural para el criadero, era arrojar alimento balanceado, sin calcular cantidades, a tontas y a locas, sin limpiar ni controlar la salud de los perritos, que se reproducían endogámicamente, generando animales enfermos, plagados de parásitos, hambrientos y deshidratados.
Ajeno a que los canes a veces se peleaban entre ellos e incurrían en el canibalismo, devorando a los abatidos, e incluso, las madres a sus indefensas crías, solo tenía su foco atencional puesto en atender a Dalma, cuyo estado, tal como habían pronosticado los médicos empeoraba día a día, con lapsos de demencia, en los que, con infinita paciencia lograba apaciguar sus ataques de nervios y llanto, reprimiendo su propia tristeza al ver el deterioro de su esposa.
Atento a cada segundo de sus necesidades, ni se percataba del pandemónium de ladridos salvajes y aullidos. Al no tener vecinos cerca, nadie lo sacó de su ensimismamiento, ni le hizo ver que su propia conducta era enfermiza: en pos de la atención de su mujer, había descuidado, incluso, su propia alimentación.
Ninguno de sus conocidos lo hubiera reconocido: de su impecable pulcritud, pasó a tener un aspecto de pordiosero, dejando crecer su cabello y barba, y vistiéndose con la poca ropa limpia que le iba quedando, sin fijarse si combinaba.
Solo en los momentos en que Dalma caía en un sopor inducido por los calmantes, él se dedicaba a cumplimentar los soportes técnicos que podía, para mantener un mínimo de ingresos, de comer esporádicamente lo que iba quedando en las desmanteladas alacenas, y de arrojar alimento al patio de los perros, sin fijarse, siquiera en el horrendo caos y el olor nauseabundo que salía de allí. Su mente estaba disociada, con su foco atencional permanentemente puesto en su mujer, cada día más lejana, y a punto de dejarlo.
Y llegó el momento maldito: Dalma tuvo unos instantes de mágica lucidez, en que deslumbró a Natán con la sonrisa que casi transformó su esquelético rostro en la mujer de la que se había enamorado.
Ella le tomó la mano con fuerza.
--¡Muchas gracias, mi amor! Has sido maravilloso conmigo. Llegó el momento de despedirme…
--¡No, Dalma! ¡Vas a ponerte bien!
Ella aflojó mansamente la presión de su mano, y cerró los ojos, manteniendo la sonrisa de paz en su demacrada cara.
Natán le tomó el pulso, y comprendió que había partido.
Perdió la noción del tiempo, acurrucado a su lado, abrazando al atadillo de huesos que había sido su amada esposa, hasta que la tibieza del cuerpo se esfumó y comenzó a enfriarse hasta un punto gélido.
Recién ahí centró sus pensamientos en todos lo que debía hacer.
Comunicar el deceso, preparar el funeral…
No tendría inconvenientes con ello, ya que tenía una nota redactada por los médicos de su esposa testificando el estado de la misma, y que se hallaba bajo el cuidado de su marido hasta su inminente muerte.
Con la lucidez de quien despierta de una larga y amarga pesadilla, tomó conciencia de que no recordaba cuándo había sido la última vez que había alimentado a los perros. Es más: ni sabía si quedaba comida para ellos.
Desesperado, buscó en las desmanteladas alacenas, y encontró la última bolsa de alimento canino que quedaba, y se dirigió hacia el patio, desesperado, hacia la puerta, sin tener noción del horrible espectáculo que le esperaba.
Una jauría de horrendos cuasi esqueletos de babeantes colmillos, con la testa baja, lo sorprendió, gruñendo en un gutural tono amenazante, mientras captaba el inmundo olor a heces, orina y putrefacción concentrados.
Del terror, se le cayó la bolsa de las manos, que se rompió en el suelo.
Cuando salió de su parálisis, e intentó retroceder, como obedeciendo conjuntamente una orden, los perros se le fueron encima con furia demencial.
Casi sin sentir las primeras dentelladas, quizá por efecto de la descomunal secreción de adrenalina, balbuceó, gimiente:
--¡Perdónenme! ¡También perdóname tú, Dalma! ¡Te he fallado!
La jauría lo devoró vivo.
De algún modo, al haber quedado abierta la puerta del ingreso a la casa, los animales lograron huir del lugar, probablemente por una puerta ventana mal cerrada, que Natán, en su alienación de dolor, no se molestó en chequear.
Un lugareño, días después, vio con estupefacto horror, un perro que se paseaba por el paraje cercano a su hogar con una mano humana en su boca.
Inmediatamente se contactó con la policía, que siguió las pistas hasta dar con la casa criadero, y ató los cabos, hallando el cuerpo de Dalma.
Consiguieron apresar al animal con su trofeo, y a sus compañeros de desgracias, en las cercanías del lugar de los hechos, y una vez constatados que no eran peligrosos, (habían obrado de la forma espantosa en que lo hicieron llevados por las condiciones extremas a las que estuvieron sometidos), consiguieron reubicarlos en casas de campo, sin contar, por supuesto, la historia terrorífica que habían protagonizado.
En cuanto a Natán, muy poco quedó de él para organizar su despedida.
Restos desgarrados de ropa y calzado regurgitados en la comilona feroz irían en el ataúd, cerrado, al igual que el de Dalma.
Mi amigo, el comisario Contreras, me dio en secreto la mano que el perro cargaba entre sus fauces.
Sé que las almas de la pareja están en el plano de la paz del descanso.
La mano de Natán, en un frasco con una cruz blanca en su tapa, parece alzarse en un gesto de ruego, desde el estante de mi colección.
Se pueden acercar a La Morgue a verla. Hay muchas cosas e historias que disfrutar, (dependiendo su temple).
Y, por último, les dejo un consejo: sé que algunas razas son muy atractivas, pero yo les diría que no compren perros de criaderos. Es preferible adoptar sus mascotas rescatándolas de refugios, de la misma calle, o recibirlas de obsequio.
Como entenderán, tengo mis razones para decírselo…
Buen fin de semana.
viernes, 18 de febrero de 2022
EDGARD, EL COLECCIONISTA- EL CADÁVER FUGITIVO
Marta y Alberto eran una pareja madura que basaba su relación en la discordia.
Sus hijos ya no querían visitarlos, para no tener que moderar sus constantes peleas.
Pese a que se querían, habían entrado en un círculo vicioso de disputas sin sentido.
Alberto, un día que vio a Marta particularmente tranquila, tomó unas tijeras, y se puso a recortar las fotos antiguas que ella coleccionaba, diciendo que eran basura para viejas oxidadas, y que traerían ratas a la casa.
Furiosa, con otras tijeras, Marta cortó en pedacitos las preciadas revistas de deporte de Alberto.
Era ya una costumbre para ellos esa clase de prácticas
Entre la lluvia de improperios, insultos, amenazas y cosas sin sentido, hubo un diálogo que fue el desencadenante de los hechos que acontecieron más adelante.
--¡Qué feliz que voy a estar el día que te mueras, viejo retorcido! ¡En vez de un velatorio, haré una fiesta, y me emborracharé con el champán más costoso, miserable!
--¡Jamás te voy a dar el gusto de enterrarme! ¡Recuérdalo bien: nunca, bajo ninguna circunstancia, dispondrás de mi cadáver!
--¿Vez que ya estás senil, hablando incoherencias?
--¡Ya quisieras tú eso, bruja!
Y así siguieron en una infructuosa lucha de frases hirientes, hasta que se cansaron, y se fueron a acostar.
Es muy contradictorio, pero no podían dormir si no se daban la mano, y, a veces, el sueño los sorprendía abrazados. Nadie sabía por qué, ni cuándo comenzó esa dinámica de discusiones absurdas.
Un día, en el medio de esas trifulcas, Alberto sufrió un ataque al corazón.
Desesperada, Marta lo auxilió y llamó a emergencias, pero cuando llegó la ambulancia, los médicos constataron el deceso.
Luego de recibir el certificado de defunción, los doctores la ayudaron a contactarme, para preparar la ceremonia fúnebre, y llamaron a los hijos, para que la acompañaran en el difícil momento.
--¿Por qué tienes tantas tijeras en la cocina, mamá?
-- Es que cuando peleábamos con tu padre, casi siempre cortábamos las posesiones del otro…
--¡Qué vergüenza, mamá! ¿Nunca se cansaban de hacer esas tonterías?
El hijo se arrepintió de su comentario al ver a Marta sacudida por un llanto desgarrador´
--Perdona, viejita. No me hagas caso. Todos estamos choqueados…
El cuerpo de Alberto yacía en la cama matrimonial.
Marta, y sus hijos, María Luz y Federico, se instalaron en la cocina, tomando té, a la espera de la ambulancia que retiraría el cuerpo y lo traería hasta la funeraria.
De eso se encargaba Tristán, mi querido colaborador.
Cuando llegó, y se presentó, Federico lo acompañó hasta el dormitorio.
Al abrir la puerta, se dieron con la sorpresa de que el cadáver no estaba.
Nadie cabía en sí mismo de la confusión.
Tristán propuso llamar a la policía.
Cuando llegaron las fuerzas, nadie entendía nada: no existía manera de que alguien hubiera entrado y robado el cuerpo sin pasar por el interior de la vivienda.
Un agente miró una ventana, pero el tamaño de la misma parecía muy pequeño como para que una persona hubiera manipulado el cadáver y lograra extraerlo sin hacer ruido.
De todos modos, revisó el exterior de la casa, sin resolver el enigma.
Marta dejó asentada la denuncia, y el pueblo entero quedó pasmado con el caso.
A la semana, una mujer que salió al patio a colgar la ropa, tiró horrorizada el fuentón plástico, y salió gritando de espanto, al encontrar bajo su limonero el cuerpo de Alberto, con visibles síntomas de descomposición.
Llamó, cuando consiguió calmarse, a la policía, pero cuando llegaron los efectivos, el cadáver ya no estaba.
Marta, enterada del percance, no hallaba explicación, como nadie en el pueblo, del extraño fenómeno.
Unos días después, Alberto, o lo que iba quedando de él, apareció en una plaza, espantando a madres y niños por igual.
Nuevamente acudió la policía en vano, ya que cuando llegaron, solo quedaba un halo de olor a podrido, pero ni trazos del cuerpo.
Para ese entonces, la angustia de Marta la había dejado de cama, y los hijos se turnaban para cuidarla.
Luego de una tercera aparición del cadáver, frente a un muy concurrido bar, una embolia terminó con la vida de Marta.
Una vez constatada la muerte de la pobre mujer, los hijos repitieron la llamada a nuestra funeraria, y Tristán acudió con la ambulancia para llevarla.
Grande fue la sorpresa de los hijos, y Tristán, al ver que junto a Marta, yacía el ya casi irreconocible cuerpo de Alberto.
Como dato curioso, los dos estaban tomados de la mano.
Se anotició a la policía, que archivó el caso, y Tristán me llamó para ayudarlo, explicándome lo ocurrido.
No bien llegué, con el equipo apropiado para retirar un cuerpo en descomposición avanzada, María Luz me extendió las siete tijeras de las disputas que daban vuelta por la vivienda.
--Por favor, señor Edgard, llévese esto. Me enfermo de solo verlas: se destruían cosas con ellas cuando peleaban…
--Lo lamento mucho…
Y así fue que oficié el doble velatorio. El féretro de Alberto, bien cerrado.
No tuve la necesidad de interceder por la paz de las amas de los difuntos: ambos se elevaron hacia la luz, sonriéndose, y tomados de la mano.
Fue un velorio muy concurrido, por el enigma que traía consigo.
Jamás sabremos lo que ocurrió en realidad, pero tengo la certeza de que Alberto ganó la última pelea con Marta, cuando le dijo que jamás le daría el gusto de enterrarlo…
Tengo las siete tijeras en los estantes de mi colección, y a medida que pasan los días, se ponen más y más brillantes, como bruñidas en plata.
No es posible entender los motivos por los que algunas parejas eligen los caminos más difíciles para transitar la convivencia.
Si tienen una teoría al respecto, acérquense a La Morgue: me la cuentan, y de paso, disfrutan de todos los objetos y sus historias.
Los espero.
sábado, 12 de febrero de 2022
EDGARD, EL COLECCIONISTA- LA ÚLTIMA MELODÍA DE AMOR
Mi amada Aurora me trajo a una chica con una larga historia para contar.
Malena, tenía un rostro hermoso y triste. Muy triste.
--Señor Edgard, le contaré mi caso a riesgo de ir presa. Ya no aguanto más la aflicción con la que cargo. Aurora me dijo que usted me podría ayudar…
--Hable tranquila, por favor.
--Hace un año conocí a Adolfo. Nos enamoramos al cruzar nuestras miradas.
Siempre fue un perfecto caballero.
Cuando le consulté sobre sus actividades, me contó que vivía de la renta que le daba su buen desempeño en la bolsa de valores, y que se dedicaba a pintar.
Tenía una extraña colección de obras: mujeres maduras, desnudas, sin rostro. Así eran todas sus pinturas.
Cuando le pregunté sobre la ausencia de facciones, en contraste con el gran detalle que ponía en los trazos de los cuerpos, me explicaba que así conservaba el misterio de la femineidad en su momento de mayor esplendor.
A mí me parecían inquietantes, pero él parecía feliz con sus trabajos, así que no opiné, y disfruté de su compañía. Me daba el suficiente espacio para desarrollar mi labor profesional, me apoyaba económicamente, y me acompañaba sin invadirme. Era la relación perfecta.
Compró una casa para que viviéramos juntos. Me dio un montón de dinero para que la decorara a mi gusto. Sería ama y señora del hogar, con una pequeña condición: el cuarto más iluminado se lo quedaría él, para pintar, y chequear por la computadora sus inversiones. Sería su lugar privado e individual.
Me pareció lógico y aceptable.
Nos mudamos y disfrutamos una vida de pareja perfecta.
Solo había algo que me confundía. Cada vez que intentaba hablar de su pasado, de su familia, él se ponía incómodo, y me decía que prefería dejar recuerdos desagradables de lado. Ahora era feliz y pleno, conmigo, y eso era todo lo relevante de su vida.
Terminé aceptando su punto de vista: confiaba que con el tiempo pudiera abrirse, y compartir su dolor.
Yo, en cambio, le conté que mi madre había muerto en un hotel, en el baño, posiblemente por un resbalón que la hizo caer en la ducha. Por ese entonces, estábamos distanciadas: yo no aceptaba que se hubiera divorciado de mi papá.
Suponía que tenía un amante, y que él se llevó todo su dinero y propiedades. Hasta un investigador privado concluyó en decirme que la persona que se había quedado con sus bienes había obrado como un fantasma, sin dejar rastros financieros de la transacción, ni evidencia de delito o estafa.
Él me consolaba, diciéndome que debía recordar los buenos momentos con mi mamá, y dejar de lado las cosas que me incomodaron. Y que se sentía agradecido a esa mujer desconocida por haberme traído al mundo y brindarle el amor de su vida.
Entonces yo me sentía feliz y apoyada, y seguía nuestra rutina de cuento de hadas.
Un día, observando sus pinturas, vi que una de las anónimas mujeres plasmadas tenía en el muslo la misma marca de nacimiento en forma de estrella que mi mamá.
También noté que el cabello llevaba el peinado que ella usaba habitualmente.
No quería preguntarle a Adolfo a respecto. Algo en mi interior me llevó a guardar silencio.
Íbamos generalmente una vez al mes a aprovisionarnos en los grandes mercados de la ciudad, y adquirir algún capricho que se nos ocurriera.
Me excusé de acompañarlo en esa ocasión con la molestia de un cólico muy intenso, rogándole que me trajera un calmante al volver, y dándole una larga lista de cosas que necesitaba.
Me preguntó, afligido, si no quería que se quedara conmigo, y pospusiéramos la compra. Le pedí que por favor se fuera sin mí, que aprovecharía para descansar.
No bien se marchó, entré a la habitación que era su reducto. Estaba con llave, pero yo había guardado una copia de todas las llaves cuando adquirimos la casa.
Intenté ingresar a su ordenador, pero tenía clave, y ninguna de las que probé funcionó.
Frustrada, busqué en un archivero, lleno de carpetas con aburridos datos de fluctuaciones bursátiles. Al reacomodarlas como estaban, sentí un sonido hueco en el cajón, y descubrí una serie de cuadernos numerados, en un doble fondo que se deslizaba con la base, que era la tapa del escondite.
Fascinada, me adentré en la vida oculta de mi pareja. No se llamaba como me había dicho, ni tenía estudios de negocios como yo creía.
Se había criado en un orfanato, abandonado en su primera infancia por su madre, que, instada por un amante, prefirió desprenderse de su hijo antes que perder la oportunidad de mejorar su propia vida.
Comenzó a albergar un amargo resentimiento por las mujeres.
Era rebelde y agresivo.
Huyó de la institución siendo adolescente, menor de edad, luego de seducir a una funcionaria madura, a la que despojó de todo su dinero, y dejó muerta de un golpe en la cabeza, en una oficina en desuso.
Se llevó con él su expediente, y mucha documentación, con la que se fraguó identidades falsas.
Valiéndose de su gran atractivo, se dedicó a cortejar mujeres mayores adineradas, y con su astucia conseguía saquearles sus bienes. Tenía un fichero de cada una de ellas, con el detalle de las pertenencias robadas, fotos, detalles de la relación, identidad fraguada usada, y la forma de ultimarlas.
Ese aspecto de la narración me puso los pelos de punta.
Con toda la frialdad del mundo, las invitaba a una noche de amor en un hotel, y cuando entraban a la ducha, les golpeaba la cabeza, rompiendo algún punto de apoyo o manija del cuarto, haciendo parecer que las mujeres habían resbalado, y caído al no conseguir frenar el golpe por el asidero deficiente.
Todos los crímenes quedaron catalogados como muertes accidentales, ya que no había ningún indicio de violencia o robo en el lugar.
Cuando descubría que las víctimas habían sido despojadas con anterioridad de sus bienes, era imposible rastrear el paradero del misterioso acompañante, en cada caso aislado. Y si alguien hubiese atado cabos, el joven amante que se veía borrosamente en las cámaras de los hoteles tenía aspectos diferentes: rubio, moreno, pelo largo, rapado, lentes oscuros, capuchas, etc.
Realmente había aprendido sobre finanzas, ya que trasladaba hábilmente los bienes robados a una cuenta en el exterior, que efectivamente usaba para invertir en la bolsa, pero era una sociedad anónima cuyo rastro era prácticamente imposible de seguir.
Con el estómago revuelto llegué a la ficha donde estaba la foto de mi madre.
La describía como a una mujer emocionalmente frágil, atractiva, de baja autoestima. Incluía una foto de ella, y un resumen de los bienes con los que contaba tras su divorcio.
Y, por supuesto, el relato del golpe en la cabeza en un hotel de mala muerte. En este caso, mamá no murió con el salvaje ataque, por lo que tuvo que sostener su cabeza y asfixiarla obstruyendo sus vías respiratorias. No entiendo cómo es que nadie chequeó eso al encontrar su cadáver desnudo en la ducha…
Luego, entre otras horripilancias, contaba que disfrutaba pintando a sus víctimas, con su memoria fotográfica, y que las plasmaba sin rostro porque para él no eran personas: eran clones malvados de su madre, que dejaban todo a cambio de un amante que las complaciera. No consideraba lo que hacía una mala acción, sino una especie de justicia, equilibrando así su balanza, el dolor del abandono, y una manera de aplacar el odio de esperar todos los años de su infancia que su mamá volviera a buscarlo.
Luego de avanzar en la espantosa lectura, llegué al punto en que yo aparecí en su vida. Me describía como a un ángel de la redención, y proclamaba que yo era el premio que la vida le había brindado después de tanto sufrimiento.
Con sumo cuidado, acomodé todo como estaba antes de mi incursión a su reducto.
Amparada por la excusa de seguir dolorida, no me levanté de la cama al regresar él de la ciudad. Creo que tenía, incluso, un poco de fiebre.
Muy solícito, Adolfo, o como se llamara, me trajo un calmante, que me tomé sin protestar.
Mientras él acomodaba la mercadería que había traído de la ciudad, en mi cuarto apareció una luz verdosa, y para mi absoluto horror, una horda de mujeres mayores desnudas, con el cráneo roto, se materializaron delante de mí, incluida mi madre, extendiendo los brazos putrefactos en un gesto de súplica agobiante. Reprimí un grito de terror. No me querían hacer daño. Buscaban justicia.
Temblando, choqueada, asentí y les prometí que las ayudaría.
Se esfumaron, pero yo las sentía muy cerca de mí, observando mis movimientos con sus ojos agusanados.
En el silencio de la noche, escuché cuando Adolfo llenó la bañera, y puso música.
Le gustaban los baños de inmersión, con una canción de fondo que los dos adorábamos, y decíamos que era nuestra. Estaba grabada en bucle, para disfrutarla por un largo rato.
Me acerqué al baño sigilosamente, y cuando supe que ya estaba en la tina, abrí suavemente la puerta.
--¡Hola, mi vida! Se te ve demacrada… Quizá deberías acostarte nuevamente. O podríamos compartir la bañera, a ver si mejora tu cólico.
--Nuestro tema está sonando…
--Sí. Lo amo. Porque te representa…
Tomé el anticuado aparato enchufado, haciendo saltar un poco el CD, con un hipo musical.
--¿Qué haces, Malena?
--¿No crees que es peligroso tener un artefacto eléctrico tan cerca del agua? Podría ocurrir un accidente…
--No te aflijas. Soy muy cuidadoso. Puedes dejarlo allí donde estaba.
--Ocurren muchos accidentes en los baños. Sobre todo, en los baños de los hoteles. Hay tantas mujeres que se resbalan en la ducha, y se rompen la cabeza, como mi madre…
En ese momento, los espectros se materializaron en el recinto, y Adolfo se puso del color de la cera.
Aterrorizado, intentó salir de la tina, pero yo arrojé el reproductor de música al agua, y se electrocutó, convulsionando en una macabra danza, antes de que se cortara el suministro eléctrico por la sobrecarga.
En la oscuridad, los fantasmas, irradiaban una luz verdosa, y me permitieron ver el espantoso estado del cadáver de Adolfo. Ellas, por el contrario, adquirieron el aspecto que debían haber tenido antes de morir, sin las torturadas facciones del dolor de la injusticia que habían sufrido. Me acompañaron fuera del baño, y se esfumaron. La última en marcharse fue mi mamá. Sentí su amor, y sé que ella también percibió el mío.
Dentro del horror, fue un buen momento.
Denuncié lo ocurrido como un accidente. Expliqué la costumbre de mi pareja de bañarse con el artefacto eléctrico cerca, y las veces que le había pedido que no lo pusiera, pero él estaba muy aferrado a ese viejo cacharro, concluí llorando.
Nadie me puso en duda.
Usted, Edgard, si quiere, podría contar la verdad sobre su muerte, y yo terminaría presa.
El punto es que, si bien los espectros de las víctimas de Adolfo se marcharon, él no me deja. Lo siento todo el tiempo junto a mí.
Así que, además de venir a arreglar su despedida, aconsejada por Aurora, le pido por favor que aleje a ese ente de mi vida. Ya no soporto su mirada implorante y el olor a carne quemada, cable fundido, y su horrible aspecto. Hacen que me den ganas de matarme…
--Malena, tranquila. Oficiaremos el velatorio, y me encargaré de que el espíritu atormentador consiga la paz eterna. Y si no es merecedor de ella, al menos, se marchará de este plano para siempre.
--¡Muchas gracias! ¡Estoy volviéndome loca! He estado al filo del suicidio…. Por favor, tenga: es el CD con el tema que yo creía representaba nuestro amor. No quiero verlo nunca más…
Pude realizar tranquilamente el velatorio, y darle paz al asesino. Él entendió su culpa, y renunció al resentimiento y al apego enfermizo a Malena.
En cuanto al tema musical, es de una banda muy, muy conocida. Una canción icónica.
Estamos cerca del día de los enamorados, y estoy seguro de que muchos de ustedes se la dedicarán al amor de su vida, por eso no les voy a decir el nombre.
Por supuesto, si desean venir a visitarme, el CD está en los estantes de mi colección, y pongo la música cuando quieran.
Saben que los estoy esperando…
sábado, 5 de febrero de 2022
EDGARD, EL COLECCIONISTA- EL ENEMIGO SECRETO
Aurora, mi amada, me contó la historia de Camila.
Habiendo formado parte una vez de los adoradores de la Pacha Mama, la mujer se alejó del grupo, buscando un camino espiritual diferente.
Comenzó a visitar tarotistas, astrólogas, y hechiceras de magia negra.
Camila atribuía todas las cosas negativas que le ocurrían en la vida a la intervención dañina de algún enemigo secreto.
No sabía su género ni edad, o si estaba entre sus conocidos o parientes.
Sospechaba de todo el mundo, y acudía asiduamente a sesiones para que le tiraran las cartas.
Ansiaba que la persona que le ocasionaba fracasos en el amor, laborales, peleas familiares, pérdidas económicas se le revelara, para vengarse de ella en forma cruenta.
Así que cansada de acudir con una y otra especialista, decidió visitar a una bruja famosa de las sierras.
La mujer cobraba caro, y vivía muy alejada, por lo que en principio había desechado la idea de verla, pero al no lograr su cometido, se armó de valor para llegarse al siniestro paraje donde “La Tuerta” hacía sus embrujos.
Luego de pagar la consulta, la mujer, que contaba con un parche que ocultaba la carencia de su ojo izquierdo, una bonita morena de edad indefinida, la recibió. La cabaña donde vivía, si bien se veía lúgubre desde afuera, era muy confortable en su interior.
--Todo lo que hago, se malogra, señora. Sé que tengo un enemigo oculto, que vuelca en mí una energía malvada para dañarme. Quiero saber quién es, y darle su merecido…
--Veremos que dicen las cartas….
Luego de manipular el mazo, y hacer las lecturas, la cara de “La Tuerta” cobró una expresión pétrea.
--Por lo que percibo, Camila, usted tiene un enemigo muy poderoso. Es tan artero y dañino, que no se deja ver. Está consagrado a arruinarle la vida.
También noto una contradicción enorme, como si algo no concordara…
--¿A qué se refiere?
--La Sacerdotisa sale junto al Loco en todas las tiradas, siempre dadas vuelta. Eso habla de una fuente de mala energía sumamente confusa…
--¿Puedo castigar al causante de mis desgracias, aunque no sepa quién es, y ponerlo en evidencia?
--Se puede. Tengo un método para eso.
Necesito un sapo, y una foto en blanco.
--¿Qué sería una foto en blanco?
--Pues lo ideal sería una fotografía mal tomada, velada, o puede ser también una toma donde se vea el suelo.
Yo abriré el sapo, con mucho cuidado. Introduciré la foto en su panza, manteniendo vivo al animal. Luego lo coseré, y enterraré bajo un árbol muerto.
Durante el proceso, orinaré al salir la luna sobre el lugar.
La sexta noche, sabremos la identidad de la persona que la está perjudicando: desenterraré al sapo, lo abriré, y veremos en la foto el rostro del culpable.
A partir de ese momento, la persona dañina comenzará a consumirse, secándose en vida.
Solo tendrá seis días, antes de ir a parar a la tumba, y usted se librará de quién le está atormentando. Pero, como dije antes, hay algo muy raro. Siento una vibración extraña…
--Pues, mayor razón para hacerlo. Quiero saber, y disfrutar ver transformarse en momia a quién me desea el mal…
--Tenga en cuenta una cosa: una vez realizado el trabajo, no se puede deshacer. No hay vuelta atrás.
Lo digo, porque el perdón y el arrepentimiento también podría librarla de la venganza. Si hacemos el proceso con el sapo muerto, veremos la identidad, pero el culpable no recibirá daño alguno.
Usted tendrá oportunidad de hablar con la persona, y, como le dije, resolver sus diferencias, transformando lo malo en bueno. Inclusive le saldría menos. Solo tendría una demora de más días, pero no cargaría con la culpa de haber matado a nadie…
--Pues prefiero la primera opción. Alguien tan vil, que se dedique a interferir así en mi vida, no merece perdón, ni oportunidad de arrepentirse. Y ya estoy demasiado ansiosa. No es cuestión de dinero: quiero saber lo antes posible, y ver sufrir mucho al autor de mis desgracias.
--En realidad, lo que usted me cuenta que le ocurre, no puede ser catalogado como desgracia. Con, o sin intervención de terceros, todos en la vida sufrimos decepciones amorosas, y pasamos malos momentos en el trabajo, con la familia y el dinero…
Creo que, si intentáramos una rutina de oraciones diarias para romper la cadena de malas vibraciones, neutralizaríamos el problema, sin víctimas, reestableciendo la armonía.
--Prefiero lo del sapo. Tal como me lo describió…
--Usted ha decidido…
La Tuerta, entonces, acompañada por Camila, fue hasta el borde del río, y atrapó un sapo en un recodo.
Ya de nuevo, en la cabaña, sacó con una Polaroid una foto desenfocada, y procedió, frente a la impasible mirada de su clienta, a cortar con un cuchillo la panza del batracio, e introducir la foto en su interior, cosiendo luego la herida.
El pobre animal estaba vivo cuando lo llevaron hasta un árbol carbonizado, que había sido alcanzado por un rayo en la última tormenta, y a su pie, lo enterraron.
La tuerta orinó sobre la siniestra tumba, y recibiendo el dinero de Camila, le dijo que regresara en seis días.
Camila, muy emocionada cuando la sexta luna apareció en el cielo, volvió al paraje, al lugar donde estaba el árbol muerto.
Apareció La Tuerta, que, sin saludarla, si quiera, empezó a cavar con sus propias manos, hasta hallar al sapo, que sorprendentemente, agitaba sus extremidades, y croaba horriblemente.
--Acompáñeme a la cabaña. Allí lo abriremos.
Caminaron sin cruzar palabra. Ya dentro de la casa, la mujer abrió la panza del sapo, y retiró la foto, pudiendo, por fin, expirar el pobre bicho.
--Mire la fotografía: le dije que percibía algo muy extraño…
--¡No puede ser! ¡Es un engaño ridículo! ¡Esta es una foto mía! ¡Se ha burlado de mí!
--¡De ninguna manera! Cuando usted me contaba todas las cosas que le salían mal, yo sentía una mala energía interviniente, que no se dejaba ver. Usted es su propio enemigo: con sus malas actitudes, aleja al amor, las amistades, la prosperidad.
Tiene vibraciones tan negativas, que toma siempre decisiones erróneas, y con sus maledicencias, genera discordia, miseria y soledad.
Ahora, por otra mala decisión, solo le quedan seis días. Se secará, consumida desde adentro, por esa fuerza negra que la impulsa, y morirá sin perdón ni redención.
--¡Mentira! ¡Todo esto es una estafa asquerosa para sacarme mi dinero! ¡La denunciaré a la policía!
--Haga lo que le plazca. Me parece despreciable. Ahora veo con claridad todo el panorama. ¡Váyase de mi casa ya!
--¡Por supuesto! ¡Y la haré meter presa, bruja horrenda!
Camila fue enfurecida a presentar una denuncia a la que no se le prestó la más mínima atención.
Todos la tomaron por loca.
Hirviendo de rabia, se encerró en su casa, donde, para su espanto, descubrió cómo su piel se deshidrataba, y perdía peso con una celeridad de pesadilla.
El pelo se le puso blanco. Se le cayeron los dientes. Los ojos se hundieron en sus cuencas.
Pasadas unas horas, no tenía fuerzas para levantarse de la cama. Luego, no podía moverse.
Pasó así seis días, sintiéndose como el sapo que habían enterrado vivo, meditando amargamente sobre las palabras de La Tuerta.
Tuvo que admitir que su mala suerte en el amor venía de su forma sofocante de hostigar a sus parejas. Que el alejamiento de sus seres queridos y entorno familiar estaba vinculado a su placer de hacer circular chismes maliciosos, y manipular a la gente para enfrentarla en peleas sin sentido.
Recordó todas las veces que traicionó a compañeros de trabajo para aprovechar ventajas en puestos de los que la terminaban desvinculando por su dejadez y haraganería.
Se lamentó de haber malgastado su dinero en cosas absurdas e innecesarias, para jactarse ante el prójimo de tener una vida lujosa, generando deudas y pesares económicos agobiantes.
Luego de esa evocación de pesadilla de las actitudes que la transformaron en su propio enemigo, supuestamente oculto, sin la bondad suficiente para perdonarse sus errores y arrepentirse, sin redención ni liberación, expiró por fin, dejando un cuerpo reseco y desdentado, como una momia en el desierto, que encontrarían semanas después, cuando la orden de desalojo ignorada hizo intervenir a las fuerzas públicas para abrir la casa.
Seguramente, cuando liberen el caso, ya que aún permanece en la morgue judicial, me tocará oficiar la despedida de la infeliz Camila.
Mi bella Aurora, amiga de La Tuerta, me trajo el pobre sapito disecado, y la foto que albergó su panza.
Ahora tienen su lugar en los estantes de mi colección.
Si se acercan a visitarme a La Morgue, podrán conocer el rostro de Camila, una mujer que tenía todo para ser feliz: belleza, juventud, buena salud, pero que se convirtió en su propia perdición con su torcida percepción de la vida.
Los espero, mis amigos. No me fallen…
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