sábado, 11 de junio de 2022
EDGARD ELCOLECCIONISTA- SOPA DE CADÁVER
El comisario Contreras vino, muy atribulado, a contarme terribles acontecimientos que ya se estaban filtrando en la prensa, haciendo famoso a un pequeño pueblito vecino, prácticamente desconocido por todo el mundo.
Al agotarse la presión de agua de la napa que proveía la zona, se pidió a las autoridades que exploraran el terreno para no tener que hacer un ensamble de kilómetros con el ramal central de cañerías, lo cual tendría un costo altísimo.
Mandaron un grupo de ingenieros a la zona, con un tipo que tenía mapas antiguos del lugar. Con una mirada de hielo, y gran determinación adujo que había una red subterránea de túneles, un secreto que él había descubierto en su hobby de coleccionar documentos milenarios. Solo había que dinamitar una zona que impedía la entrada de agua de una napa principal, y podrían disfrutar del líquido elemento, aprovechando los túneles antiguos.
Como su propuesta era la más económica y viable, se la puso en práctica.
Cuando se inauguró con éxito el proyecto, el tipo se esfumó, sin dejar rastro.
Tiempo después de que la nueva fuente de agua se utilizara para beber, higienizarse, regar sus verduras e hidratar sus animales, comenzaron a ocurrir eventos extraños.
En la piel de las personas comenzaron a crecer… ¡hongos! Hongos con sombrero, como los que se encuentran al pie de los árboles en los bosques. Con horror, la gente acudió en masa a médicos y hospitales, donde se les extirparon los hongos, sin dolor, quedando en la zona donde se unían a la piel un área decolorada e insensible.
Todos los que se quitaban los coloridos hongos, decían sufrir por las noches visitas de horrendos espectros que, brillando en la oscuridad, les hacían gestos y muecas espeluznantes.
Se hizo un cerco en el pueblo, como medida sanitaria, aislándolo.
El intendente pidió una investigación sobre el trabajo del agua, y un análisis de la misma.
Se descubrieron cosas muy inquietantes.
El análisis químico dio como resultado la existencia de un microrganismo que por lo general solo se encuentra en cadáveres en descomposición, pero con una extraña mutación. Además, elementos bacterianos y fúngicos absolutamente desconocidos, por lo que se derivaron las muestras a la capital.
En cuanto al ramal de túneles por el que circulaba el agua, fue explorado por buzos, palmo a palmo.
Resultó que el entramado era más antiguo de lo que se sabía. Estaba conectado con una iglesia que ya no existía.
La construcción milenaria tenía una función muy puntual: era nada menos que un gigantesco cementerio de los habitantes del paraje y los monjes, superpoblado.
El siniestro ingeniero misterioso, que se esfumó luego de su macabra obra, había hecho discurrir el caudal de agua por un conducto gigantesco lleno de viejos cadáveres.
El resultado eran esos terribles crecimientos de hongos sobre la piel, y las macabras apariciones nocturnas espectrales a quiénes se los quitaban.
—Me gustaría, Edgard, que ayudara a esa gente. Si los pudiera visitar con Tristán y Aurora, me parece que sería muy, muy oportuno…
—Pero el pueblo está cerrado…
—En realidad, me tomé la libertad de hablar de ustedes con el intendente. No lo tome a mal, Edgard. Aparte, hay muchos fallecidos, totalmente cubiertos de hongos, y las instalaciones del pueblo no darán abasto para tantos velatorios, cuando salgan del proceso judicial de autopsias.
Se lo pido como un favor personal, Edgard. El intendente es amigo…
—Está bien, Contreras. Pero me debe una…
Llegamos con Tristán y Aurora y nos acercamos al lugar por donde habían accedido a los túneles, ya desagotados.
Aurora le pidió a Contreras que trajera hongos extirpados.
Tristán tomó un puñado de fango del piso del túnel, y se lo untó en el rostro.
Contreras llegó con los hongos. Aurora le indicó que los dejara a la entrada del túnel.
Tomó mi mano y la enlodada de Tristán. Sentí que una energía sobrecogedora me transcurría.
Cerré los ojos, y vi el antiguo pueblo, su iglesia y túneles de aquel entonces.
Una peste asoló el humilde poblado, y los monjes, como medida sanitaria enterraron a los muertos en ellos, para evitar contaminar el aire.
Pese a todos los recaudos, la mayoría pereció ante la desconocida enfermedad.
Se nos presentaron los espectros, horripilantes, con pieles llenas de pústulas supurantes, llagas inmundas, ojos velados por películas de una baba asquerosa.
Supimos que no descansaban en paz: un ser maligno había activado a propósito la peste al hacer pasar el agua por sus restos carnales.
Les prometimos hacer lo posible por encontrar al oscuro personaje, y sellar los túneles, para terminar con la terrible historia.
Me miraron a mí, muy intensamente, como esperando una respuesta más.
Tristán captó el deseo faltante.
—Edgard oficiará el velatorio de los actuales fallecidos, y honrará, a través de ellos, el alma de todos y cada uno de ustedes, para que descansen en paz…
El rostro de los espectros se distendió.
Los hongos del suelo comenzaron a brillar fuertemente, mientras los seres se esfumaban.
Días después celebramos el velorio de los habitantes del pueblo, a cajón cerrado: estaban totalmente tapados de hongos, que seguían creciendo sobre los cuerpos fallecidos.
En mi colección quedaron los luminiscentes, que se habían encendido en la entrada del túnel.
Le queda a la justicia encontrar al siniestro personaje que provocó la tragedia.
Si quieren ver los hongos luminosos, pasen por La Morgue, y escuchen todas las historias de mi colección.
Buen fin de semana…
viernes, 27 de mayo de 2022
EDGARD, EL COLECCIONISTA- SEMBRADO SINIESTRO
Una pareja de turistas que recorrían la zona rural de nuestro pueblo, se horrorizó al encontrar en el predio de una vieja iglesia semiderruida un sembradío muy especial:
de la tierra asomaban piernas y brazos humanos, en distintos grados de descomposición, sobre los que las aves carroñeras sobrevolaban para conseguir un pedazo de carne, entre un enjambre de tornasoladas moscas que zumbaban como la banda de sonido de una película infernal.
Una vez sobrepuestos al asco, la repulsión y el espanto de la abominable escena, buscaron la comisaría para denunciar el terrible hecho.
Contreras, mi amigo, les tomó declaración, y envió agentes a inspeccionar el área.
El comisario, con esta información, obtuvo una pieza de un rompecabezas que venía mortificando a la policía de varios pequeños pueblos zonales, donde se violaban tumbas de sus cementerios, y mutilaban los cadáveres despojándolos, precisamente, de brazos y piernas.
Al día siguiente de la amarga experiencia de los turistas, un hombre muy alterado se presentó a la comisaría para hablar con mi amigo.
Donato exigía que liberaran la zona de su “campo de siembra”.
—¿A qué se refiere, caballero? —preguntó Contreras, intrigado.
Entonces Donato le contó su trágica experiencia.
Hacía unos años, bastante pasado de copas, había causado un accidente automovilístico, del cual, desgraciadamente, una niña perdió una pierna, y otro pequeño, un brazo.
Si bien había cumplido con la ley en lo que a castigos se refería, y no volvió a probar nunca más una gota de alcohol, la culpa lo atormentaba noche a noche, buscando en su mente insomne una manera de remediar su terrible accionar y sus consecuencias.
Sabía que los niños habían crecido, y que llevaban prótesis que les permitían hacer una vida normal, pero eso no lo consolaba: él quería devolverles de alguna forma los miembros amputados por su acto irresponsable.
Empezó a investigar en tratados antiguos de magia, ocultismo, espiritismo y brujería.
Encontró en internet un enlace que lo condujo a un grupo de personas que practicaban las artes oscuras, y, entre consejos malsanos, información de otros siglos, y su cargo de consciencia macerado en insomnio y desesperación, creyó haber encontrado la solución a su problema moral.
Según sus estudios, y los consejos del nefasto grupo de la web, sacó la conclusión de que si obtenía miembros de cadáveres, y los “sembraba” en tierra consagrada, regándolos con agua bendita, los brazos y piernas serían aptos para ser trasplantados a los jóvenes mutilados, recuperando así lo que él les había quitado desde su vicio e irresponsabilidad.
Indignado, la noche de luna llena que le tocaba recitar oraciones en latín mientras regaba su “sembradío”, encontró el campo lindero a la iglesia vallado y con custodia policial, arruinando su trabajo de meses.
Luego de contar su disparatada denuncia, llorando, le rogó al comisario que le despejara la zona, porque aún estaba a tiempo de conseguir que prosperara su labor, ya que continuaba el plenilunio.
Además, agregó, entre amargas lágrimas, que seguramente los fantasmas de los cuerpos profanados lo dejarían en paz cuando vieran terminada su obra, porque lo acechaban horriblemente por las noches, con sus terroríficas presencias.
Contreras, entendiendo que no estaba frente a un delincuente, sino ante una persona que había perdido la razón por los remordimientos, me llamó para que yo viera cuánto había de cierto con el “asunto de los fantasmas”.
Le dijo a Donato que se tranquilizara, que ya solucionarían la cuestión, y le pidió que esperara un rato en una oficinita.
Mientras me dirigía hacia allí con mi querido asistente, Tristán, el hombre no paró de llorar afligido.
No bien llegamos, el comisario nos presentó, y Donato nos repitió su historia.
—Vamos por partes, caballero. Veremos primero el tema de los espíritus que lo atormentan…
—Están enojados, porque les corté a sus cuerpos las partes que necesitaban. Sé que tienen razón, pero ellos ya no las pueden usar, y yo quiero ayudar a los chicos mutilados por mi maldita estupidez…
No bien terminó de hablar, como llamados por una fuerza infernal, los espectros se materializaron, mostrando sus caras más horrorosas. Era una pesadilla monstruosa: los rostros agusanados, las encías y lenguas negras, ojos purulentos rezumando ponzoña verdosa, y un gesto de cólera que hubiera espantado al mismo Satanás.
Donato empezó a gemir angustiado.
El comisario Contreras, pálido como un velo de novia, se persignó temblorosamente repetidas veces.
Con Tristán, impusimos nuestras manos en dirección a los entes, captando el odio por la profanación que sufrieron.
—Nos disculpamos, en nombre de Donato. Les prometemos restituir las partes sustraídas a sus tumbas, y les rogamos que abandonen las emociones negativas. La paz del eterno descanso les espera. ¡Es un juramento de honor!
Luego de que yo hablara, Tristán tomó la palabra, relatando los motivos por los cuales Donato había incurrido en las acciones que los había ofendido, pidiéndoles nuevamente disculpas, e invitándolos a dejar atrás este plano.
Los espectros se miraron entre ellos, conmovidos. Asintieron. Sus rostros ya no eran un horror de pesadilla. Solo mostraban la imagen de gente muerta, dispuesta a marcharse.
Y así lo hicieron, mirando a Donato fijamente, con lástima por él. Se esfumaron, luego, en una bruma iridiscente, dejando caer objetos metálicos: eran dijes de plata con formas de piernas y brazos. Un solo dije era diferente: representaba una botella de licor, y estaba ennegrecido…
Donato sollozaba desconsolado.
El comisario, viendo que estaba al borde de una crisis nerviosa, lo tranquilizó, le hizo tomar un té caliente, y le pidió que descansara en el catre de una celda, prometiéndole que todo se solucionaría.
El pobre hombre, luego de un largo período de tiempo sin dormir, cayó exhausto.
Tristán le pidió al comisario los datos de las víctimas del accidente, y una vez obtenidos, se marchó, rogándonos que lo aguardáramos.
Así lo hicimos, y para nuestro asombro, volvió acompañado de dos jovencitos.
En Natalia no se notaba su prótesis bajo sus jeans, pero en Roberto era notorio su brazo ortopédico.
—Vinimos porque el señor Tristán nos contactó, y nos contó lo ocurrido. Nuestros padres nos dieron permiso para llegarnos con él hasta aquí. Queremos hablar con Donato…
Contreras fue a despertar al hombre, que, al ver a los jóvenes, se puso a llorar nuevamente.
Natalia tomó la palabra.
—Señor, entendemos que lo que ocurrió fue un desafortunado accidente. Hemos sufrido mucho, en su momento, pero lo superamos. Nos adaptamos muy bien. Nuestros padres y entorno en general nos ayudaron mucho. No nos sentimos discapacitados.
Queremos decirle que no tenemos rencor hacia usted. No deseamos que sienta culpa. Sabemos que se dio cuenta de su error, que no volvió al alcohol.
Si nosotros lo perdonamos, ahora debe perdonarse usted…
Donato los abrazó, sollozando, liberándose de una carga que lo había aplastado durante años.
Una vez que se retiraron los muchachitos, el comisario llevó a Donato a una clínica psiquiátrica, para que lo apoyaran y ayudaran a reincorporarse a la realidad, sin locas ideas de ocultismo y magia negra.
Por lo que sé, el hombre se recuperó, y ayuda en grupos de adicciones como mentor.
Los dijes de plata están ahora en mi colección. Cuando veo la pequeña botellita de licor ennegrecida, no puedo dejar de tener en cuenta qué mala combinación es el alcohol con el volante: las piernas y brazos de plata me lo dicen a los gritos con su brillo.
Pueden pasar por La Morgue, y ver los dijes, y todos demás objetos de mi colección, y escuchar sus historias.
Aprovecho para recordarles que, si beben, no conduzcan. Puede que si lo hacen, terminen en mis manos, oficiando sus velatorios.
Buen fin de semana…
sábado, 21 de mayo de 2022
EDGARD, EL COLECCIONISTA- EL GUALICHO
—No confío en esa mujer, Edgard.
—No tengo opciones, Aurora. Tú y Tristán están enfermos, sin posibilidad de salir de la cama. Necesito ayuda para esta noche. Tengo un velatorio al que acudirá mucha gente. Si voy a ser sincero, yo tampoco me siento muy bien, y no percibo buenas vibraciones de Ágata. Sé que quiso integrar tu grupo de adoradores de la Pacha Mama, y que no fue aceptada.
Todos mis amigos están comprometidos para hoy, y no puedo fallar.
—Me siento terrible al no poder ayudarte…
—No tienes por qué. Todo saldrá bien. Descansa, y despreocúpate.
Aurora volvió a la cama, pero su gesto de angustia me perturbó.
Recibí a Ágata. Le pregunté si se sentía segura para dar la bienvenida y atender a tanta gente.
Con una sonrisa deslumbrante me contestó que sería más que competente para el trabajo, y que podía contar con ella todo el tiempo en que los míos estuvieran enfermos.
Me aseguró que quedaría tan conforme, que, con seguridad querría emplearla, posteriormente, de manera fija.
—Por cierto. No quiero ser impertinente, pero usted tampoco tiene buen semblante…
—Es verdad. Lo más seguro es que un virus nos esté atacando. La dejo, entonces, como recepcionista, mientras yo me ocupo de mi labor con el difunto. Permiso…
Luego de preparar el cuerpo, y presentarlo en el salón, observé con satisfacción que el lugar resplandecía de limpieza, orden y pulcritud.
En la cocinita anexa ya estaba todo listo: café refrescos, y las tazas y vasos dispuestos de forma accesible y ágil.
La propia Ágata también se hallaba sobriamente arreglada para la ocasión.
Un mareo inesperado me sorprendió caminando hacia ella.
Rápidamente se acercó a mí, sosteniendo mi brazo.
—¿Está bien, Edgard? Le dije que se lo veía decaído…
—Muchas gracias. Seguro ya pasará…
Pero el malestar persistió durante todo el velatorio.
Ágata me auxilió varias veces, cuando en conversaciones con los deudos perdí el hilo, confundido, interviniendo en el momento justo con preguntas, excusas para que no se notara mi distracción.
Fue notablemente eficiente.
Realmente yo estaba ya considerando contratarla como asistente.
Empecé a marearme cada vez más, mientras despedíamos a los asistentes.
Cuando se fueron todos, mi consciencia flotaba en una nube de desconcierto: veía a Ágata como la mujer más bella y deseable del mundo, y tenía desagradables deseos de deshacerme de Tristán, a quién empezaba a considerar un estorbo, en vez del incondicional amigo y ayudante que era, y de Aurora, percibiéndola como una bruja repulsiva, y no el gran amor de mi vida.
Ágata se acercó a mí, susurrando melodiosamente.
—Ahora nos quedamos solos, Edgard. Podría hacerte una infusión, para que te mejores, y darte unos masajes, así te descontracturas…
No entendía qué me ocurría: por un lado, algo interno me decía que debía huir de esa mujer, y por otro, me sentía absolutamente embelesado por ella.
—¡Aléjate de Edgard, sucia hechicera! —gritaron a coro Tristán y Aurora.
—¿Cómo es que están en pie? ¿Cómo lo lograron?
—¡El afecto real es más fuerte que la magia negra, y la hechicería barata! ¡Nos quisiste matar, y aquí estamos, defendiendo a quién queremos de verdad! —bramó Tristán con una voz indignada que no le conocía.
—Mira, Edgard, lo que tenía esta mujer entre sus cosas:
Observé, espantado, los tres muñecos vudús que nos representaban: el de Aurora y Tristán, con los pinchos clavados en un hechizo para traer muerte a corto plazo, y en el mío, las marcas para apoderarse de mi razón y voluntad.
—¡Malditos! ¡Lo quería para mí! ¡Lo he deseado desde que nació! ¡Entrometidos!
—¡Te ordeno, bruja, que muestres tu verdadera imagen!
Aurora impuso sus manos conjuntamente con Tristán sobre Ágata, y el cuasi momificado rostro de un ser maléfico y muy añoso se presentó con su repugnante faz ante nosotros.
—¡Ahora nadie quedará impune! ¡Los mataré cruelmente a los tres! ¡Si lo que yo quiero, no lo puedo tener, lo prefiero muerto, y de nadie!
—No lo creo Ágata.
Mientras decía eso Aurora con mansedumbre, sacaba del bolsillo de su bata un muñeco vudú que representaba a la hechicera.
Presionó la cabeza del juguete, y Ágata bramó de dolor.
Dando tumbos de borrachos se acercó a la salida, y se esfumó en una nube de vapor hediondo mientras gritaba:
—¡Van a arrepentirse, cerdos!
—Ya no tendrás nunca poder sobre nosotros. Lo sabes mejor que yo. —Contestó Aurora mientras se desvanecía el horrible engendro por el que me había sentido atraído unos minutos antes, y tentado de eliminar a mis seres más queridos.
Tristán y Aurora me abrazaron.
—¿Estás bien?
—Solo gracias a ustedes. ¿Cómo se dieron cuenta de lo que era este ser?
—Tristán lo percibió con su don, a través del amor de la amistad. Y yo, porque eres el amor de mi vida. Juntamos fuerzas de donde no teníamos para levantarnos, y accionar antes de que te clavara sus inmundas garras…
El muñeco vudú que había manipulado Aurora quedó hecho un puñado de cenizas, pero los otros tres estaban intactos, y, ahora, en los estantes de mi colección.
Al verlos, recuerdo que el amor no puede conseguirse con artimañas, brujerías o gualichos.
Pueden venir a verlos a La Morgue, y, de paso, me cuentan si conocen a alguien que alguna vez quiso ganar el corazón de un amor imposible con esos oscuros manejos.
Los espero.
Muy buen fin de semana.
sábado, 14 de mayo de 2022
EDGARD, EL COLECCIONISTA- EL CHUPACABRAS Y LOS PANES DEL HAMBRE
EDGARD, EL COLECCIONISTA
El CHUPACABRAS Y LOS PANES DEL HAMBRE
Hace unos pocos días me tocó oficiar un velatorio a cargo del municipio.
Esas ceremonias son sumamente tristes: son de gente sin techo, institucionalizados en cárceles u hospitales psiquiátricos, que no tienen parientes que los lloren o extrañen.
Así llegó a mis manos Nazareno, en una bolsa de plástico negro con un cierre, desnudo.
Cosido toscamente tras su autopsia de rutina en la morgue del hospital público.
Rapado, con seguridad para librarse de los piojos que se nutrían de su sangre amarga.
De la iglesia, el Padre Bernardo enviaba una ropa decente para su despedida del mundo mortal.
Había muy poco para cubrir: Nazareno se hallaba en los huesos, prácticamente.
Cuando lo estaba preparando, maquillando su demacrado rostro cerúleo, su espectro apareció ante mí, con su cara de aflicción más desoladora.
Emanaba un dolor que atravesaba las entrañas en un calambre feroz de hambre y horror.
Me perturbó su energía tan apesadumbrada. Extendí sus manos hacia él, para captar sus terribles emociones.
Entonces tuve acceso a lo que acongojaba su alma, y lo ataba, sufriente, al plano terrenal.
Como en una película, se proyectó en mi mente el deambular de Nazareno en plena noche, enloquecido de hambre y desdicha, con un cuchillo en las flacas manos.
Caminaba como poseso, bajo la luz de la luna, a la salida del pueblo, a la zona de granjas.
Pude divisarlo entrando, furtivo, a un gallinero, y robando huevos, para devorarlos crudos, más tarde.
Eso hizo varias noches, hasta que un disparo lo rozó de cerca, ahuyentándolo de los galpones.
Entonces, enloquecido, con su cuchillo brillando como una promesa maldita, se acercó a los novillos que dormían en el campo, y con una fuerza inhumana, los mutiló para despojarlos de un pedazo de sus carnes, que devoraba crudas, como una bestia salvaje, mientras lloraba de espanto ante el dolor de los pobres animales, y se llevaba como recuerdo torturante la mirada aterrada de ellos.
Lo hizo las veces suficientes como para que reflotara la leyenda del Chupacabras. A él se le atribuían las mutilaciones.
Los animales que no morían desangrados por la bárbara ablación, eran ultimados por sus dueños como acto de piedad.
Hasta se hicieron redadas de vecinos para atrapar a la mítica criatura que torturaba al ganado, mientras Nazareno, loco de culpa, y enfermo de la comilona de carne cruda, en un callejón sin salida, fallecía recordando la mirada inocente de los animales mortificados.
Ese profundo pesar en el corazón le impedía alcanzar la redención, la paz del otro plano.
—Escúchame, Nazareno: ya estás perdonado. Te abandonaron de niño. Te maltrataron de joven. Te repudiaron de anciano.
Los animales ya no sufren. No debes tú, por tanto, seguir con ese dolor.
Voy a hacer una cosa: traeré tres panes.
Uno, te lo llevarás al más allá para que recuerdes que no hay hambre en el plano donde pasarás.
Otro, lo pondré en tu cuerpo, entre tus manos, para despedirte pródigo, sin carencias.
El tercero, me lo quedaré yo, para recordarte, rezar en tu nombre, y nunca olvidar a los desfavorecidos…
La imagen espectral comenzó a llorar, aliviado. No bien le alcancé el pan, éste se tornó de la misma materia insustancial que Nazareno, brillando como una gema preciosa.
Él sonrió, acercándolo a su pecho, y se esfumó mansamente, llorando todo el tiempo, al sentirse en paz a través del perdón.
Aurora, Tristán, el comisario Contreras y el Padre Bernardo me acompañaron en el velatorio de Nazareno.
Curiosamente, el pan que había reservado a la memoria del difunto, se triplicó.
Los tres panes, aunque seguían teniendo el liviano peso de su naturaleza, tomaron textura de piedra, y un color dorado como el oro.
Los puse en los estantes de mi colección.
Me recuerdan que no puedo ignorar las desgracias ajenas. Su dureza me hace pensar en la de nuestros corazones, que no miran más allá de sus necesidades.
Lo liviano de su peso, me lleva a reflexionar con qué poco se puede ayudar al prójimo.
Su brillo áureo me conecta con la espiritualidad y la bondad que aún tenemos como seres humanos, y a la que debemos aferrarnos con firmeza.
Ya no hay más ataques del Chupacabras, aunque se sigue hablando del tema día y noche, pese a que, desde su púlpito, el Padre Bernardo instó a los creyentes a prestar más atención a los actos de caridad que a las leyendas.
No creo que haya sido escuchado, ya que la mítica criatura se usa para asustar a los niños mal portados, en vez de inculcarles empatía y solidaridad.
Pueden venir a ver los tres panes de Nazareno en mi colección.
Siempre son bienvenidos a La Morgue. Los espero con gusto, para contarles todas mis historias.
Buen fin de semana.
sábado, 7 de mayo de 2022
EDGARD, EL COLECCIONISTA- GARABATOS DE NIÑO
Benicio es hijo de una amiga de Aurora.
Tiene tres años, y le encanta dibujar. No hace simples garabatos. Sus dibujos incluyen facciones, y detalles finos que lo destacan como pequeño artista.
Su madre, Lucía, feliz del talento del niño, lo estimula a crear y probar nuevas técnicas de dibujo.
Aurora tiene un “retrato” de ella, colgado orgullosamente en su cuarto, donde es notable como el niño capta los rasgos más intensos al hacer sus obras.
Como Lucía es mamá sola, pasa a ser la “modelo” que más plasma Benicio.
Lo curioso es que, de un tiempo a esta parte, el niño dibuja a su mamá junto a un ser bastante inquietante.
Pese a su pericia, el “acompañante” pictórico de Lucía es un borrón de rayas negras, con inmensos ojos rojos, colmillos y garras, proporcionalmente gigantesco al lado de ella.
Cuando le preguntó a Benicio quién era ese “bicho”, él puso cara afligida, y le contestó:
—Un monstuo. Se come tu luz…
En principio le atribuyó esa rareza a la creatividad de su hijo e imaginación desbordante. Pero al poco tiempo, comenzó a sentirse agotada, bajó de peso, le costaba levantarse en las mañanas, y sufría pesadillas con el ente del dibujo, donde lo veía flotando sobre su cama, y devorando de un halo de luz que la cubría, todo ese fulgor, hasta dejarla a oscuras.
—Ese niño tiene El Don, Edgard. Puede ver a la criatura que vampiriza a Lucía. Ella está muy desmejorada. Necesita ayuda. Yo misma he captado algo maligno cuando estoy con ella.
Creo que con la ayuda de Tristán, y la del pequeño, podríamos librar a mi amiga de esa abominación…
—No me parece correcto, Aurora, involucrar a un niño en estas cosas. Puede dejarle algún problema en su psiquis a futuro. Intentemos los tres, pero sin Benicio…
—Tienes razón. Ocurre que El Don de Benicio es más poderoso que el de nosotros tres juntos…
Aurora habló con Lucía, comentándole lo que habíamos hablado, y ella estuvo de acuerdo.
Pese a sus visitas al médico, análisis clínicos y demás estudios, no se detectaba de dónde provenía su deterioro físico.
Dejó a Benicio al cuidado de una tía, y vino a mi casa.
Luego de las presentaciones de rigor, la invitamos a pararse en el centro de la habitación.
Tristán transpiraba y temblaba un poco.
—¿Qué te ocurre, amigo?
—Puedo ver, al ser que acompaña a Lucía. Es una pesadilla del infierno. Deberemos ser muy fuertes para expulsarlo de este plano.
Está creciendo gracias a la energía vital de Lucía. Lo que desea, en realidad, es apoderarse de Benicio. Su aura es, en comparación con las nuestras, lo que un reactor nuclear respecto al resplandor de una vela.
Si se apropiara de la luz del niño, crecería a un tamaño tan descomunal, que podría disponer de la energía para abrir del todo el portal por el que se coló, y permitir que una horda de monstruos maléficos ingrese a este plano.
Lucía se tapó la boca, espantada.
—Quédate amiga, por favor, donde estás. Te rodearemos e intentaremos deshacernos de esa cosa.
Tal como dijo Aurora, nos dispusimos alrededor de Lucía, según las instrucciones de mi amada, para cubrir con nuestros poderes los meridianos energéticos que más se adecuaban a nuestros Dones.
No bien unimos en una ronda nuestras manos, vimos los tres al inmundo ente, de un negro tan absoluto que parecía un abismo. Se desprendían rayos de su cuerpo, como si una tormenta saliera de él. Nos separamos, para poder abarcarlo.
Medía unos tres metros. Sus ojos eran coléricas ascuas rojas echando chispas.
Una boca similar a una caverna sulfurosa mostraba colmillos asesinos semejantes a los de un tiburón, algo más largos, babeando un líquido oscuro espeso y apestoso.
Dejaba ver entre ellos su inmunda lengua bífida, poblada de púas móviles.
Sus desproporcionados brazos y piernas terminaban en unas temibles garras de hematite.
—¡Te intimo, ser de las tinieblas, a marcharte de aquí por el mismo lugar por el que entraste! ¡No es tuyo este plano! ¡No eres bienvenido!
Como respuesta, la criatura nos ofreció una sonrisa feroz, y con un rapidísimo movimiento, extendió su lengua hasta nuestras auras, y nos robó energía, masticándola gozoso entre sus inmundas fauces.
Nos sentimos mareados y desfallecientes.
El ser parecía estar en la gloria, degustando un manjar exquisito, que lo dotaría de fuerzas para sus siniestros planes.
Sentí un temor abyecto, que la asquerosa criatura captó, porque dirigió su mirada malvada hacia mí.
En ese momento, el pequeño Benicio entró en la escena.
Dios sabe cómo logró burlar el cuidado de su tía, y encontrar el camino hacia la funeraria, pero allí estaba, con una cara de enojo que desfiguraba sus tiernas facciones infantiles. Traía en sus manos su mantita de apego, con motivos de ositos, arco iris y campanas.
—¡Te odio, bicho malo! ¡Le hiciste daño a mami! ¡Y a sus amigos!
El ente parecía estar en la gloria de sus deseos: comenzó a dirigir su lengua llena de púas hasta el niño.
La madre gritó, aterrada.
El pequeño, con una agilidad increíble, tomó la lengua con fuerza, y se valió de ella para escalar hasta la boca del ser, que estaba absolutamente confundido.
Con desconcertante rapidez, Benicio taponó la garganta del ente con su mantita, que lo había arropado desde su nacimiento.
En otro increíble movimiento lleno de fuerza impropia para un niño de su edad, de un tirón feroz, arrancó la lengua del monstruo, que se sofocaba con la manta, llevándose al cuello las garras, e intentando expulsar lo que lo ahogaba.
Instintivamente, armamos de nuevo la ronda, integrada ahora por Benicio, que reforzaba nuestras plegarias con su energía descomunal.
El ser se estaba desmoronando.
Los rayos que emitía su cuerpo se dirigían hacia él mismo. Parecía derretirse, y un lodo inmundo salía del muñón de su lengua cercenada, que Benicio había arrojado al suelo, y pisoteado.
Solo los coléricos ojos de fuego continuaban echando chispas de odio.
—¡Fuera, bicho feo! —Gritó enfurecido Benicio, y una rajadura oscura se abrió en el aire, y absorbió al ente moribundo, cerrándose con un sonido desagradable.
—¡Quiedo chocolate! —Dijo el niño como si nada hubiera pasado.
—Claro que sí, pequeño. Ya te traigo uno, mientras tu mami llama a tu tía. Debe estar muy preocupada.
—Yo la hice dormir.
La madre se estremeció. Llamó a su hermana, efectivamente, despertándola.
La pobre mujer estaba confundida y desesperada. Lucía la calmó, diciéndole que el niño estaba con ella, y que luego le explicaría.
Yo volví con un dulce, y se lo di al pequeño, que no parecía alterado en lo más mínimo.
—¡Gacias, tío Egar! —dijo, plantándome un beso en la mejilla
—¡Querido! ¡Vas a extrañar tu mantita! Siempre has dormido con ella…
—Ya estoy gande, mami. Quiedo una de dagones.
Y así terminó la intervención de Benicio.
Luego de que la madre le limpiara el enchastre que se había hecho en la cara al comer el dulce, el pequeño se durmió plácidamente entre sus brazos.
Lucía nos agradeció. Pidió vernos nuevamente, para que la ayudáramos a encauzar el enorme Don de su hijo. Temía que dañara a alguien o a sí mismo con tamaño poder a tan corta edad.
Luego de abrazarnos, con el niño dormido a cuestas, nos despidió, diciendo que iría a comprar una manta de dragones para su pequeño artista mata monstruos.
Yo tomé la inmunda lengua cortada del ente.
Se retorcía como una serpiente, buscando clavar sus púas movedizas. La metí en un hermético frasco de vidrio grueso, donde se sacude infructuosamente, conectada, quizá, al tenebroso plano del que surgió la horrenda criatura ladrona de energía.
Pueden venir a verla, en los estantes de mi colección.
Si bien es bastante repulsiva, cuando la contemplo, pienso en la fortaleza y bondad de los niños, y el amor de las madres al criarlos.
Ustedes sacarán sus propias conclusiones, si se llegan a La Morgue.
Muy buen fin de semana…
sábado, 30 de abril de 2022
EDGARD, EL COLECCIONISTA- UNA PEQUEÑA CAJA NEGRA
Mi amada Aurora acompañó a su amiga Serena a ver una propiedad para comprar, casi a las afueras del pueblo.
La casita era preciosa, con un gran terreno.
—No compres esta casa, Serena.
—¡Pero es bellísima! Y el precio es un verdadero regalo…
—Es que percibo una mala y extraña energía. Algo muy feo ha ocurrido en este lugar…
—Me parece, Aurora, que ningún sitio está libre de hechos desagradables. Quiero aprovechar la oferta. Nunca tendré una oportunidad igual de adquirir semejante inmueble. Yo le pondré alegría y bienestar a este lugar.
Serena terminó comprando la casa. Realmente parecía que era un sueño, a medida que la acondicionaba y decoraba a su gusto.
Cuando terminó de arreglarla por dentro, se dedicó al jardín.
Comenzó por el sitio que vio más descuidado, en una esquina del terreno.
Montones de piedras y malezas moraban ese espacio.
Con paciencia levantó las pesadas piedras, colocándolas en una carretilla. Las reutilizaría luego para delimitar los macizos de flores que pensaba plantar.
Luego de trabajar arduamente, con la espalda adolorida, no quiso interrumpir su jornada, y trajo la Santa Rita, de flores violáceas que colocaría allí con una guía para que trepara.
Dispuso sus últimos esfuerzos al clavar la pala en el terreno seco y duro.
Comenzó a sentirse mareada, y algo nauseosa. Lo atribuyó a su falta de ejercicio en contrapunto con la gran actividad física.
Con grandes dificultades consiguió hacer un hoyo, hasta que la pala chocó con un objeto, haciendo un desagradable sonido, y dándole un doloroso tirón en el hombro.
Luego de insultar, deduciendo que se había topado con alguna piedra de gran tamaño.
Como un perro buscando un hueso, se puso a escarbar la tierra, disgustada, con sus propias manos.
Se sorprendió bastante al sentir un objeto liso, que logró ver al arrastrar tierra de su superficie.
Parecía una especie de caja negra de madera.
Olvidada de las flores, la Santa Rita y la jardinería, su curiosidad la dispuso para retirar el extraño objeto, rescatando, a los tirones, una cajita oblonga oscura.
La apoyó en el piso, y acuchillada, la abrió.
Las bisagras y cerraduras saltaron, casi deshechas con el óxido del tiempo.
Se quedó sin aire al ver que en el interior yacía el cuerpecillo momificado de un neonato o un feto grande.
Estaba vestido, con la ropa enmohecida, casi desintegrada.
Algo brillaba en el cuello de la niñita, deduciendo su género por la desvaída vestimenta, prácticamente en jirones.
Era una cadena de oro, demasiado grande para un bebé, con un dije en forma de lágrima, del mismo metal noble, que tenía un nombre grabado: “Serena”.
Nuevamente el mareo le oscureció la visión.
Respiró profundo, para espantar los puntos de luz que flotaban como moscas frente a sus ojos.
“Es una simple casualidad”, pensó.
Al intentar retirar la cadenita, quebró involuntariamente el cuello del pequeño cadáver, provocando un crujido que le aceleró el corazón, y le revolvió el estómago.
Se concentró en respirar rítmicamente, reteniendo el aire unos segundos, y soltándolo lento.
Ya más tranquila, limpió el collar, y por un extraño impulso que no supo descifrar, se lo puso, mientras, con la sensación de estar dentro de un sueño, cavilaba qué hacer con su descubrimiento.
El mareo se acentuó.
Decidió que era momento de descansar: no iba a correr el riesgo de caer desmayada allí.
Entró el minúsculo féretro, y lo dejó en la mesa de su sala.
Luego se acostó, entregándose a un estado de duermevela febril.
Soñó con una mujer pariendo, sola, indefensa.
Tenía el cuerpo sudoroso surcado por marcas de golpes y laceraciones. Se hallaba en un camastro en el sótano de esa casa.
Cuándo por fin logró parir su criatura, exhausta, se abocó al bebé, que no daba señales de vida.
Por más que lo masajeó, y le dio golpecitos en el pecho, y despejó sus vías respiratorias, la niñita no respiraba. Había nacido muerta.
A la muchacha se le endurecieron los adoloridos rasgos de amargura.
Olvidándose de su dolor, chorreando sangre y fluidos, se levantó de su improvisado lugar de parto, y se ocupó de limpiar el cuerpecillo inerte y vestirlo.
Se sacó el collar que colgaba de su cuello, y se lo puso a la niñita.
Subió las escaleras de la casa, donde un maléfico hombre la miró, colérico.
—¿Qué obtuviste del fruto de tu pecado?
—Nació muerta, papá. Ya no tendrás que encerrarme más.
—Dios castiga así a los pecadores. Es tu culpa lo ocurrido. Dámela, y ve a vestirte, que la enterraremos en forma cristiana. ¡Estás llamando al demonio con tu cuerpo!
La joven pareció percatarse en ese momento de su desnudez, y pese a los tremendos dolores que la atravesaban, físicos y espirituales, corrió a lavarse y ponerse ropa, luego de entregarle el cuerpecillo inerte.
Al salir de su cuarto, el hombre la esperaba con una caja negra de madera.
Tenía una pala en sus manos toscas.
—Acompáñame. Quiero que me veas cavar la tumba.
La pobre chica obedeció, con una pena pesándole en el pecho como una lápida.
—Arrodíllate y reza, mientras yo lavo tus pecados.
Así lo hizo. Contempló al viejo cavar, confeccionar una cruz con dos estacas de una cerca, rezar unos salmos de una biblia que lo acompañaba todo el tiempo, colgando de un morral para ese fin, y luego tapar con tierra la pequeña tumba, clavando en ella la cruz.
—Ni siquiera tenía nombre— dijo la chica, mientras ardientes lágrimas manaban de sus ojos colmados de tristeza.
—No se merecía un nombre, ni a ti nombrarla. El fruto del pecado debe ser borrado de la memoria.
—¡Yo no he pecado! ¡Tú me violaste, papá! ¡Tú eres el pecador!
—¡Está hablando el diablo a través de tu boca, miserable! ¡Me incitaste con tus demoníacos trucos femeninos, dictados por el maligno, y encima te atreves a acusarme!
¡Te voy a dar una buena zurra, engendro del mal!
Con un grito enloquecido, la chica arrancó la cruz de la tierra y se la clavó al hombre en el pecho, que la miró asombrado, con la boca abierta, mientras su sangre regaba la tierra.
Unos segundos le sostuvo la mirada llena de odio, y luego cayó desplomado.
En ese punto, Serena despertó de su vívida pesadilla, ardiendo de fiebre.
Apenas tuvo fuerza para tomar el teléfono y llamar a Aurora, que se apersonó en minutos.
Ella la atendió y logró bajarle la temperatura.
Luego de escuchar la historia de su amiga, le dijo:
—Quítate el collar. Está cargado con la tristeza de la tragedia de este sitio.
Voy a llamar a Edgard, mi novio, y al comisario Contreras. Resolveremos esto.
Cuando llegué, Aurora me puso al tanto, mostrándome la caja y su contenido.
Unos instantes después llegó el comisario.
—Es una historia muy vieja, señorita. Había creído que era un cuento de viejas.
Se dice que acá vivió un viudo con su hija.
Era un fundamentalista religioso, que no le permitía a la chica interactuar socialmente con nadie. Para él, todo tenía una impronta malvada, o era tentación del diablo. Así que la pobre joven pasaba sus días encerrada.
Se dice que un proveedor se acercó a la casa, y encontró junto a un montículo de piedras al hombre, con una cruz de madera clavada en el pecho, en avanzado estado de descomposición.
A la muchacha no se la volvió a ver jamás…
De esta criatura, pues, nunca nadie dijo nada.
—Si estás de acuerdo, Serena, y el comisario lo permite, sugiero que volvamos a enterrarla, para no reabrir una investigación infructuosa…
—Está bien.
Como el comisario asintió también, pusimos nuevamente la cajita en el hoyo, y la cubrimos de tierra.
Ya caían las sombras del anochecer. No bien di la última palada, dos espectros se materializaron frente a nosotros. Serena palideció, y sus piernas le temblaban.
El comisario quedó paralizado.
Con Aurora extendimos nuestras manos hacia la aparición de la muchacha, con la cara de aflicción más infinita, y al hombre de mirada colérica que nos mostraba los dientes como un perro rabioso, con una cruz de madera clavada en su pecho. En vez de manar sangre de la herida, salían gusanos negros.
Por las energías que desprendían, pudimos captar lo que ataban al plano terrenal a los espíritus sufrientes.
La muchacha se sentía culpable de haber enterrado a su hija sin darle un nombre.
El viejo, que no paraba de hacer gestos horribles y amenazantes, regando gusanos oscuros por su herida, solo estaba retenido por su odio ciego, su sed de venganza y su perversión, disfrazadas de religiosidad.
—Descansa en paz, Serena. Hazme saber el nombre de tu niña…
—¡Aurora! ¡Se llama como yo, Edgard!
—Yo le hare una bonita cruz nueva, con su nombre grabado— dijo con un hilo de voz la Serena terrenal. —Puedes marcharte tranquila…
Pero el hombre solo quería seguir haciendo daño, e impedía con su maligna energía el ascenso de la muchacha.
Rezamos juntos con Aurora, resistiendo la malvada vibración del espectro, hasta que ella le gritó:
—¡Eres un ente degenerado y perverso! ¡Vete ya al infierno, donde te esperan con los brazos abiertos!
La indignación en la voz de Aurora pareció confundir al ser, que empezó a ser devorado por los gusanos negros que salían de la herida de su cruz, mientras él gesticulaba horriblemente.
Se sintió un sonido como de succión, y el espíritu del viejo se esfumó en un punto oscuro, que desapareció al instante.
La muchacha, con un gesto de alivio, nos saludó y se elevó mansamente, volviéndose una bruma de luz en el anochecer.
—Ya mismo me pondré a hacer la cruz para la pequeña Aurora. Soy buena para las artesanías, y sé que ahora la casa será un lugar sano para vivir. Plantaré la Santa Rita en otro lugar.
Llévense, por favor, el collar. Aunque sea de oro, y lleve mi nombre, no me atrevo a volver a ponérmelo…
Así es como el collarcito se luce en los estantes de mi colección. A veces, el dije en forma de gota vibra con un sonido cristalino. Generalmente ocurre cuando nace un bebé en el pueblo.
A mí, en particular, me recuerda que, entre la religión y la espiritualidad existe una enorme diferencia…
Vengan a visitarme a La Morgue. Estaré encantado de recibirlos…
sábado, 23 de abril de 2022
EDGARD, EL COLECCIONISTA- TRICOFAGIA
Mi amada Aurora me contó el trastorno por el que un allegado al grupo de seguidores de la Pacha Mama pasó con gran padecimiento.
Álvaro era un muchacho que tenía una vida normal.
Gustaba de disfrutar la noche y sus placeres. Iba de fiesta en fiesta, y de cama en cama.
A la vez, estudiaba y trabajaba. Recurría a energizantes para aguantar su ritmo sin caer en drogas, a las que le tenía terror.
Además, consumía grandes cantidades de café para aguantar sus trasnochadas, y rendir tanto en su empleo de medio tiempo, como en sus clases.
Cuando empezó a sentir dolores y malestares abdominales, le echó la culpa al café, e incluso se planteó poner un parate a sus parrandas, pero cuando llegaba el fin de semana, o tenía en mente una muchacha bonita, se le olvidaban sus propósitos, y continuaba de fiesta, tomando algún calmante para su molestia.
Pero llegó un punto en el que el dolor se volvió insoportable.
Tuvo que excusarse en el trabajo, cuando comenzó a sentir náuseas.
Al entrar, muy descompuesto a su casa, corrió hasta el baño para vomitar, pero no consiguió llegar: expulsó, en medio de su sala, una asquerosa bola de pelos, del tamaño de una pelota de tenis.
Horrorizado, llamó a un médico amigo de su familia, que asistió rápidamente para auxiliarlo.
El doctor, no bien observó la horrenda pelambre vomitada, le dijo a Álvaro:
—Muchacho, creo que tienes que ver a un psicólogo. Esto es un caso típico de tricofagia. Gracias a Dios que expulsaste eso, porque puede causar daños muy severos a tu sistema digestivo…
—¿Trico… qué?
—Hablo de un trastorno en el que te sientes impulsado a comer tu propio cabello. Quizás hasta te cueste admitir que lo haces, porque es una especie de compulsión. Por eso hablaba de un psicólogo…
—¡Yo no como me como mi pelo, doc!
—Te dije, cuesta admitirlo…
—¿Pero acaso no ve que yo soy rubio, y ese pelo asqueroso es castaño?
—¡Mierda! Es verdad… ¿No estarás comiendo cabello ajeno?
—¡Qué asco! ¡Por supuesto que no!
—Mira: a veces ocurren cosas que van más allá de la ciencia. Conozco a un miembro de un culto, amigo también de tu familia, que quizás te pueda ayudar. Es tu primo Hernán.
Yo te voy a dar un certificado para que presentes en tu trabajo y estudios, y un calmante gástrico. Si te vuelve a ocurrir, y quieres seguir el camino médico, me llamas, y te hago internar. Esto no es algo que pueda manejar solo desde una consulta…
Álvaro se quedó lleno de interrogantes.
No bien pasó su malestar, volvió a sus rutinas.
A los pocos días, el dolor casi lo hace desmayar, antes de acostarse, y doblado en dos por los espasmos de las arcadas, expulsó una bola de pelo aún más grande que la anterior.
Horrorizado, observó la repugnante masa peluda, sin saber qué acción tomar.
Cuando varios días después se repitió el episodio, vomitó una abominable masa pilosa que, sobrepasando su espanto, comenzó a reptar, emitiendo un sonido chirriante, como el de una tiza trazando una línea, siendo apretada con fuerza sobre un pizarrón.
Se desmayó de espanto y repulsión.
Para su desesperación, al despertar, con un golpe en la cabeza, de su desmayo, descubrió que la cosa peluda no estaba: había aprovechado su inconsciencia para esconderse vaya a saber dónde.
Revisó cada rincón de su casa, sin encontrarla, y tuvo una horrible noche de insomnio y terror.
No bien amaneció, se contactó con Hernán, contándole todo por teléfono. Su primo lo citó directamente a un lugar de la zona serrana, sin dudar una palabra de lo que había escuchado.
Acudió a la cita, algo avergonzado por el tiempo en que no se había contactado con su primo, pero él lo recibió con gran calidez en su casita serrana.
Después de ponerse al día socialmente, fue directamente al grano, mientras tomaban un refresco:
—Te voy a llevar con un Chamán, amigo de Aurora, la líder del culto. Seguro te podrá ayudar.
—Suena como una especie de secta…
—Pues no lo es. Todos son gente que busca conectarse con la naturaleza, volver a sentir la energía de la madre tierra. Confía en mí.
Se llegaron con el auto de Hernán, por un camino de tierra bastante apartado, al rancho del Chamán, pulcro e impecable, pese a su rudimentaria construcción.
Hernán le refirió al Chamán el problema de Álvaro.
El hombre apoyó sus morenas manos sobre la cabeza del joven, quién sintió una especie de descarga eléctrica bienhechora, y sin poder explicarse por qué, comenzó a llorar.
—Esto es muy buena señal, muchacho. Has hecho daño, pero no eres de naturaleza malvada. No podremos expulsar el mal hasta que no admitas tu pecado, que es el causante de tu padecimiento.
—Pero… yo no soy una persona que guste de andar dañando a los demás. Estudio, trabajo, busco progresar… Solo me gusta salir de parranda, pero eso no tiene nada de malo.
A lo sumo, puedo admitir que soy un mujeriego, y que fui el causante de varias rupturas amorosas. Me he liado con chicas casadas o con novio…Pero fue con el pleno consentimiento de ellas…
Una puntada de tremendo dolor interrumpió su relato. Sus náuseas y arcadas se le volvieron insoportables, y ante la vista del Chamán, vomitó una abominable bola de pelos del tamaño de una sandía, que comenzó a reptar y chillar con el sonido espeluznantemente agudo y chirriante. Para coronar esa visión infernal, unos saltones ojos rojizos se abrieron en la masa, y emergieron dos pinzas aserradas en la parte frontal de la horrible cosa.
Álvaro y Hernán gritaron de terror, pero el Chamán, sin inmutarse, con sus manos tendidas hacia la abominación, que se movilizaba dejando un rastro baboso, le habló con tranquilidad:
—Te pido humildemente que te calmes. Te daré tu recompensa, no bien obtengas la disculpa de tu agresor…
El horripilante ser chilló con furia, pero el Chamán ya le había tirado encima una sábana, envolviéndola, y rezando una letanía acompañada de movimientos de sus manos, consiguió que el ente se quedara quieto.
—Claramente, Álvaro, alguien ha realizado un trabajo de magia negra sobre ti. Pero lo ha hecho como venganza por una terrible mala acción tuya.
Sé que no eres mala persona. Pero cometiste un error. Es tu momento de repararlo.
Habla, sé un hombre de verdad…
—¡Sí! ¡Admito que obré muy mal aquella vez! Mi machismo pudo más que mi sentido común…
Yo estaba loco por una chica, Emilse, que estaba de novia con un amigo.
La cortejé sin éxito durante meses, mientras, a la vez, salía con otras mujeres.
Pero insistí mucho con ella, porque realmente era especial para mí.
Un día, sin creerlo, casi, conseguí salir a escondidas con ella, y llegamos a tener relaciones.
Yo estaba muy feliz: era la primera vez que me sentía enamorado, y con ganas de estar con una sola mujer de ese día en adelante. Pero ella me dejó en claro que había cedido a la tentación del momento, y que no pensaba dejar su relación con mi amigo, con quién pensaba formar una familia más adelante. Acostarse conmigo, me dijo, fue una prueba para darse cuenta de que no cambiaría a su novio por nadie, a pesar de lo bien que lo habíamos pasado juntos.
Me pidió que siguiéramos siendo amigos, y, que por supuesto, guardara el secreto por caballerosidad.
Luego se dio la vuelta y se durmió plácidamente.
Yo no podía creer lo que escuchaba. Por primera vez me sentí usado y defraudado, con el corazón roto.
No pude dormirme. La rabia y los celos me consumían. Así que hice algo de lo que ahora me arrepiento.
Emilse tenía una melena preciosa, larga y sedosa, que llevaba recogida en una trenza de costado.
La observé cómo descansaba tan tranquila, disfrutando del sueño luego del coito, y con furia saqué una navaja de mi mochila, y le corté la trenza.
Me fui del hotel, y no bien amaneció, le mandé por correo la trenza a mi amigo.
Obviamente la relación entre ellos terminó virulentamente, y ninguno de los dos quiso verme nunca más…
Ahora estoy muy arrepentido. Fue muy malvado lo que hice…
—Pues pídele disculpas a Emilse, dirigiéndote a su mascota vudú— dijo, señalando a la cosa que yacía retorciéndose bajo la sábana.
Álvaro tragó saliva.
Temblando, se puso de rodillas, y llorando, le pidió perdón a Emilse.
La mascota vudú se calmó.
—Una cosa más, y terminamos.
El Chamán tomó un filosísimo cuchillo, y con él rapó a Álvaro. Juntó el cabello, y levantando la sábana, se lo dio a la cosa.
Se escucharon repugnantes sonidos de deglución.
—Puedes irte en paz, muchacho. Espero que no vuelvas a jugar nunca más con los sentimientos ajenos.
—¡Por supuesto que no! ¡Nunca más en mi vida! ¿Le debo algo por su valiosa ayuda?
—No, pero si quieres, puedes hacer una donación en la escuela de la zona. Tiene muchas carencias, y no vendría nada mal un poco de dinero para la educación de los niños…
No bien se fueron los muchachos, con un Álvaro conmocionado, y un Hernán más creyente que nunca en el poder de la madre tierra, el Chamán se comunicó con Aurora, contándole la experiencia, y dándole la mascota para que yo la tuviera en mi colección.
Y allí está, en una gran pecera de vidrio con tapa, en uno de los estantes.
Generalmente parece una masa desagradable de pelo muerto. Pero si se acerca alguien con malas intenciones amorosas, despierta de su letargo, chillando horriblemente, abriendo sus globulosos ojos coléricos, y moviendo sus filosas pinzas frontales.
Como ustedes son buena gente, sé que no tendrán ningún problema en pasarse por La Morgue, para ver a la mascota vudú de Emilse.
Los espero.
Buen fin de semana.
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