sábado, 22 de octubre de 2022

EDGARD, EL COLECCIONISTA- CANIBALISMO Y AMOR

Rosalía parecía tener una misión específica en la vida: mortificar a su esposo. Ella guardaba un secreto: se había casado con él al escuchar a escondidas una conversación familiar, donde comentaban que Jonás heredaría una gran fortuna al morir su madre. Nada indicaba que en su casa hubiera dinero, pero la avaricia de Rosalía la llevó a fiarse de un chisme fuera de contexto para atrapar y seducir al muy poco agraciado Jonás, que se consideró bendecido al poder tener a la chica más bonita del pueblo. Cuando su humilde empleo de oficina le permitió ahorrar un poco, se casó con la joven diva, y pasaron a vivir en una casita sencilla, pero agradable, que la madre les regaló por la boda. Rosalía consagraba todo su encanto y gracia en hacer sentir en el cielo a Jonás, que era más que feliz, y se conmovía hasta las lágrimas cuando ella le preguntaba tan a menudo cómo estaba la salud de su madre. Esta pacífica rutina siguió durante diez años, en donde la codicia de Rosalía aumentaba día a día. Por fin llegó el momento que ella anhelaba con todo el corazón: falleció la progenitora de Jonás. La nuera lloró copiosamente, abrazando a su esposo, durante las exequias. Nadie sabía que era de felicidad. Cuando les llamaron de la escribanía que llevaba los bienes de la señora, Rosalía se retorcía de gusto, y le costaba componer el gesto de gusto que le nacía de su negro corazón. Vestida de riguroso luto, y tomando la mano de su marido, escuchó lo que el escribano tenía que decir sobre la herencia. Lo que escuchó la dejó en un estado casi catatónico. La buena señora legaba su casa, a dividirse entre los cinco hermanos, al igual que una magra cuenta de ahorros, casi risibles. Lo que Jonás recibía personalmente, y sin división era la Biblia de la madre y su gato negro, Belcebú. Al llegar, casi sin sangre en el rostro, a su casa, Rosalía le mostró a su esposo su verdadera cara. —¡Eres una miserable rata! ¡Será por eso que tu madre te dejó el gato inmundo! ¡Me casé contigo esperando una cuantiosa herencia, y mira lo que te dan! ¡Rezaré con esa ridícula biblia vieja para que sufras lo que te quede de vida! Jonás estaba estupefacto. Con un hilo de voz le preguntó a la arpía que tenía frente a sí: —¿Quieres divorciarte? Te concedo el divorcio en cuanto me lo pidas, y te dejo todo lo que tengo. ¿Te contenta eso? —¡No! ¡No te daré el divorcio, hasta que me sienta resarcida de este engaño! Y así fue. Ella se encargaba de amargar la vida de Jonás día a día. Le hizo perder a sus amigos. Lo distanció de sus parientes. Le anunció que había abortado cuatro veces para no gestar ni parir vástagos que se le parecieran mínimamente, ya que le tenía un asco profundo. Lo recibía con palabrotas soeces. Dejaba basura por toda la casa para incomodarlo, aunque ella también soportara esa incomodidad. Un día, Jonás llegó con una energía diferente a su caótico hogar. —Escucha bien, mujer. Te voy a liberar de mi presencia. Pero te advierto que viviré en ti, pese a los niños que dices haber abortado. Y no podrás librarte de mi impronta. —¡No me importa nada de lo que me digas, patético perdedor! Pero Rosalía comenzó a inquietarse cuando Jonás desapareció. Se percató, con sus retorcidos sentimientos que extrañaba, vaya a saber por qué, a su mortificado esposo. Realizó la denuncia. Entre tanto, la mujer empezó a desmejorar. Perdió el apetito. Lo único que su estómago parecía tolerar era agua, que le sabía extraña, y la ponía nauseosa. Cuando se bañaba, en el vapor de la ducha creía sentir el olor horrible que creía oler en el vaso, cuando abría el grifo para beber y lavar. Finalmente fue al médico, que le dijo que estaba intoxicada. Le aconsejó no consumir carne. Ella, alarmada, le dijo que hacía semanas que no la comía. Vivía a tés y magros pedazos de pan, cuando el estómago no le hacía vomitarlos. Entonces el doctor le aconsejó inspeccionar su casa: podía haber una toxina que pasara desapercibida, y le facilitó unos trabajadores para esa tarea. Ya en plena faena, los hombres buscaron rincón por rincón del hogar, donde efectivamente sentían un halo a putrefacción. A uno de ellos se le hizo evidente al usar el baño. Al efectuar la descarga del inodoro, el agua olía asqueroso. Entonces, subieron al techo, y procedieron a abrir el tanque que proveía el líquido elemento de la casa, traída por una bomba eléctrica desde un pozo. Al destaparlo casi se desmayan por la peste, y por la visión de lo que encontraron allí. Un cadáver sumamente descompuesto, agarraba en lo que quedaban de sus manos una pastilla gigante de clarificador, para no delatar por el color lo que iba desprendiendo el tanque por las cañerías: agua con sopa de Jonás podrido. Porque el cuerpo era de él. Lo confirmaba una carta pegada en la tapa interna del tanque, dirigida a su esposa. Cuando se lo anunciaron, Rosalía les pagó, generosamente, les pidió que avisaran a la policía, y en cuanto se retiraron, leyó la carta con las manos temblando. ´´Mi querida esposa: tal como te prometí, te libero de mi odiosa presencia, que no puedes tolerar después de saber que no voy a ser rico jamás. También cumplo con lo que te de dije: pasaré a formar parte de ti. Me beberás y comerás, incorporado a tus alimentos. Te bañarás con mis restos. Serás tan caníbal conmigo muerto que cuando estaba con vida. Te despide con mucho amor, (juro que te amé mucho, hasta que me rompiste el corazón), Jonás. Para cuando llegó la policía a la casa de Rosalía, la encontraron colgada en su habitación. A sus pies, la biblia heredada de la suegra yacía abierta en Corintios. Ahora me toca preparar el velatorio de la infeliz pareja. No tendré mucho trabajo, ya que a pedido de los allegados, y por simple sentido común, será a cajón cerrado. Por cierto: el comisario Contreras me trajo para mi colección la biblia en cuestión. Tiene una particularidad muy especial: al abrirla, o dejarla caer, siempre muestra el mismo pasaje. Corintios, 13. ´´La preeminencia del amor´´. Ese amor que le faltó a Rosalía, sustituido por codicia, y a Jonás, que no le alcanzó para perdonar. Les deseo un muy buen fin de semana, y mucho amor para dar y recibir en su vida. Y si no me creen lo de la biblia, pasen por La Morgue, y aprécienla en mi colección. Vale la pena. Los espero.

sábado, 10 de septiembre de 2022

EDGARD, ELCOLECCIONISTA- GUERRA DE ESPÍRITUS

Lourdes, una vecina del pueblo, encontró a su abuela, Dolores, muerta en la cabaña donde vivía, saliendo del pueblo. Dolores era una famosa sanadora y comadrona, muy anciana y sabia. Muy pocos se habían privado, en el pueblo de visitarla por algún motivo: recibía consultas de toda índole, y daba consejos llenos de buenas intenciones, conciliadores y llenos de fe, en asuntos emocionales. Si de negocios se trataba, sus respuestas eran prácticas, directas, y con una carga de advertencias sobre las salidas fáciles que habían salvado a más de uno de terminar en la cárcel. Si el tema era de salud, sus conocimientos de herbolaria, equilibrio de chakras, y buenos hábitos de vida, devolvían vitalidad a los que tenían cura, y brindaba templanza y consuelo a los que no. Lourdes vino a la funeraria con una congoja que iba más allá de la pérdida de un ser querido. Así se lo dije, y ella me lo confirmó. — Te veo con un pesar agregado. ¿Hay algo en que pueda ayudarte? — No en vano nos conocemos desde niños, Edgard. Eres muy observador, y buena gente. Pero creo que si te cuento lo que me aflige, me tomarás por loca… — Vamos, Lulú. Arriésgate. Tú sabes que es imposible que piense algo así de ti. Sonriendo, al escuchar el apodo que tenía de niña, comentó: — Bueno. Tú te lo has buscado. Me atrevo a contártelo, porque la abuela adoraba a tu novia, Aurora. Pasaban muchas horas hablando. No es posible que alguien sin percepción del mundo espiritual esté tan unido a ella… El tema es que la abuelita, con más de cien años, por más que el certificado de defunción diga que falleció de muerte natural, yo sé que no es verdad… Ella venía luchando largo tiempo con una entidad del mal. — ¿Cómo sabes eso? — Centenaria, curandera, espiritista y todo, la abuela tenía un uso impecable de la tecnología. Usaba la computadora, el internet, y las redes con la misma pericia de un adolescente. Estaba permanentemente conectada, y me contaba todo lo que le ocurría, día tras día. Yo era su nieta favorita, me decía… Investigaba sobre un espíritu maligno que vivía en un universo o plano alterno, y que cada cierto ciclo de tiempo afloraba buscando sembrar el mal y la discordia, retornando, si alguien le daba batalla, y lo vencía, a un estado de hibernación, por llamarlo de algún modo, hasta recuperar sus fuerzas nuevamente, y salir entre nosotros a hacer daño. Según la abuelita, por sus investigaciones, cada salida del “Deceptor”, así lo llamaba ella, coincidía con desastres, guerras, pestes… Dijo que lo había convocado, y él, burlándose de quién consideraba una humana insignificante con ínfulas, se presentó, con ganas de divertirse. Era un ser repulsivo, que parecía hecho de lodo negro, antropomórfico. Sus globos oculares, sobresalían de su cráneo pelado. No poseía nariz, pero su boca enorme tenía los dientes aserrados como un tiburón, y su lengua bífida salía cada tanto, como para probar el sabor del aire. De todo su cuerpo, que olía a tumba, salían y entraban a gusto pequeños tentáculos, con un ojo en la punta. Según lo que el Deceptor le contó a la abuela, cada uno de ellos era la encarnación de los espíritus de los seres que se habían atrevido a enfrentarlo, y que habían sido derrotados, condenados por toda la eternidad a vivir como gusanos de su encarnación, observando, cada tanto, con su ojo angustiado, la realidad que transcurría desde su presidio. Abuelita dijo que la voz de esa cosa era terrorífica, aún más desagradable que su imagen. De solo escucharla, podía hacerte sentir ganas de vomitar, y daba terribles dolores de cabeza, porque vibraba a muy baja frecuencia, como un grito del mismo infierno… La cuestión es que Abuela se atrevió a retar a duelo al Deceptor. Me contó que, para hacerlo, debía desdoblarse, y dejar su cuerpo físico, ya que quien pelearía la batalla, sería su “yo espiritual”. El monstruo se rio, burlón, de ella, y le dijo que, pese a ser una insignificante mierdecilla, tenía mucho valor, y que aceptaba, muy divertido, el remedo de batalla que ella le ofrecía. Abuela me había contado previamente cómo era el ritual contra esa cosa, que se llamaba “guerra en espejo”. Debía tomar por los hombros al ente, y de igual modo haría él con ella, tal como si bailaran dos enamorados un tema lento, la cabeza de cada uno apoyada en el otro. Pero el baile sería una lucha de voluntades: si la abuela ganaba, el ente se retiraría, y cesarían por muchos años las miserias que nos asolaban. Pero si perdía, sería uno de esos tentáculos horrendos que se asomaban del ser para observar, impotente, lo que estaba ocurriendo en el plano terrenal. La abuela dejó de comunicarse conmigo por su móvil, y yo fui lo más rápido posible a su cabaña. La encontré plácidamente acostada en la cama, con los ojos abiertos. Ya no respiraba, y estaba helada. Apenas traspuse la puerta, Edgard, sentí el mismo olor que puede tener una tumba abierta: putrefacción repulsiva. Me mareé, con puntadas en la cabeza, punzantes y dolorosas. Quise creer que era efecto del shock de encontrar a mi amada abuela muerta, pero, mi percepción me decía que algo sobrenatural estaba ocurriendo en ese mismo momento en que yo, abrumada, llamaba para comunicar el deceso. Esa misma noche, soñé con la abuela, que me pedía ayuda. Así que ese es mi dilema, Edgard. Creo que la abuela, aún muerta, está sufriendo en manos de un ser asqueroso y dañino… — Lulú: lo comprobaremos en un rato, al llegar el cuerpo. Voy a llamar a Aurora para que me ayude. Con ella y Tristán, me siento más capaz de enfrentar a esa cosa. Si te animas, puedes quedarte… Algo me dice que fuiste siempre la nieta preferida porque veía en ti un poder que te transformaría, a su tiempo, en su sucesora… — No creo tener ningún poder, pero quiero estar con ustedes. Gracias por creerme… No bien llegó la ambulancia con el cuerpo de Dolores, la dispusimos en la sala donde arreglamos los restos para su despedida. Nos tomamos de las manos, y Aurora verbalizó el llamado hacia Dolores. Sentimos como bajaba abruptamente la temperatura de la sala, y el aire se cargaba de una extraña electricidad, tal como la que antecede a una tormenta, pero a un nivel mucho más elevado. Junto al cuerpo yacente, se corporizó una bruma, cada vez más espesa, que nos mostró a Dolores, tomada del cuerpo de un ser repulsivo, que la asía del mismo modo. Parecían dos amantes dándose cariño, ya que la cabeza de uno se apoyaba en el hombro del otro. Al levantar las manos, captamos la verdadera naturaleza de esa pose: ambos estaban en una lucha encarnizada. Dolores intentaba doblegar al ente enviando energía sanadora, lo que para él equivalía a una horrenda tortura, mientras él descargaba el poder de su odio inagotable sobre el espíritu de la curandera, que lo sufría sin rendirse ni pensar en soltar a su asqueroso contrincante, pese a la agotadora pelea que le había valido perder su vida terrenal. Entonces, Tristán nos dijo: — ¡Todos, al unísono, piensen con mucho amor, e imaginen brindar ese caudal a Dolores, para que lo direccione a la bestia! Así lo hicimos, Lourdes incluida, sintiendo una energía que nos brotaba del pecho como una bella flor abriéndose, y creciendo hacia Dolores. Un aroma angélicamente puro comenzó a eclipsar el hedor a putrefacción. Vimos temblar las piernas grotescas del ser, apoyadas en pies semejantes a garras, con uñas similares a filosos cuchillos. Pudimos oír dentro de nuestras cabezas el grito espeluznante del Deceptor. Nos provocó un revolcón de tripas, y la sensación de que se nos escurría de dolor el cerebro. El ente soltó a Dolores, lo que daba por terminada la batalla: el ser debía retirarse. Pero la sanadora no quería soltarlo. Entonces entendimos su intención: no deseaba que se durmiera: quería exterminarlo, y liberar las almas que él tenía cautivas. Entonces, muy concentrados, seguimos enviando la energía benévola hacia la curandera. Los gritos de agonía del Deceptor, pese al daño que nos causaban, no nos distraían de nuestro propósito. En un momento en el que creímos que nos tendríamos que dar por vencidos, escuchamos el desagradable alarido de agonía final. Miles de tentáculos se asomaron del repulsivo cuerpo, abriendo el ojo angustiado, y se estiraron más allá del límite de la asquerosa piel, desprendiéndose, y transformándose en los espectros de las almas otrora atrapadas, por fin libres… Todas, y cada una, nos irradiaron de amor y agradecimiento antes de partir a la luz eterna. La capa externa del ser se derritió, entre retorcijones agónicos, como un inmundo lodo, dejando al descubierto un esqueleto metálico verde neón, con los globulosos ojos que nos miraban con odio visceral. “Empujamos” más energía hacia Dolores, y reventaron con un sonido repugnante, desmoronándose su estructura, como carcomida por una herrumbre despiadada. Solo quedó su calavera, en medio de un inmundo puré que vibraba desagradablemente. Dolores, entonces, le dio a su nieta un último abrazo espectral, y con el rostro lleno de paz, se elevó con la mansedumbre satisfecha de quién ha cumplido con creces su misión. Lulú la saludó con los ojos llenos de lágrimas, planteándose seriamente si no debía continuar la obra de su abuela, quién, seguramente, le había dejado instrucciones en la vieja cabaña del bosque. El velatorio tuvo concurrencia masiva. Fue una buena despedida. Tengo la calavera metálica, manchada con óxido, en los estantes de mi colección. Se enciende, cada tanto, con un enfermizo brillo verde neón, pero un solo pensamiento benévolo o cargado de amor, hacen que se apague inmediatamente. Si quieren saber si tienen el suficiente caudal de buenos sentimientos, pueden llegarse por aquí, e intentar apagar el fulgor fatuo del infausto cráneo del Deceptor. Como siempre, los espero…

sábado, 3 de septiembre de 2022

EDGARD, EL COLECCIONISTA- EL DIARIO DE LORENZO

Lorenzo era un muchacho muy peculiar, que tenía guardado un oscuro secreto. De niño, tenía una costumbre insana, que había comenzado por insectos, hasta avanzar desde ratones, lauchas, a las grandes ratas de campo, fáciles de cazar en el pueblo. Gustaba de desmembrarlas, sujetándolas con diversos artilugios que iba perfeccionando poco a poco, avanzando en el arte de hacer daño, tratando, en lo posible de mantenerlas vivas mientras procedía a quitarles partes y abrirlas, para observar con un insano aire extasiado el interior de los indefensos cuerpecillos. Los chillidos que a cualquiera le hubieran descompuesto de espanto, a él le fascinaban. Esta horrenda práctica llegó a su fin cuando su tío lo descubrió en un granero, y lo delató con sus padres, que, horrorizados, no podían creer cual era el macabro pasatiempo de su vástago de doce años, buen hijo, obediente, alumno ejemplar, y encantador en todo sentido. Tuvieron una larguísima charla con él, que no terminó allí. Le hicieron pasar por terapia psicológica, ya que pensaron que había algún trauma oculto tras esa malsana necesidad de hacer daño a escondidas a los animalitos. El niño fingió estar de acuerdo, se mostró arrepentido, y enfrentó al psicólogo con la pericia suficiente como para que lo dieran de alta al poco tiempo de haber comenzado sus sesiones. Siguió su vida como gran estudiante, e hijo disciplinado, por lo que sus padres decidieron dejar en el olvido el espantoso episodio y dar vuelta la hoja. Pero Lorenzo solo reprimía con mucho empeño su deseo de seguir con las aborrecibles prácticas. Ahora, lo que fantaseaba era llevarlas a cabo con otra clase de ejemplares. La idea de desmembrar niños daba vueltas por su cabeza de una forma obsesiva. Se llamó a controlarse, prometiéndose que lo llevaría a cabo no bien consiguiera la infraestructura adecuada para cumplir su oscuro deseo. Ya bien entrada la adolescencia, secuestró al primer niño. Lo torturó de manera horrenda, en el medio de un refugio que encontró en el rincón más apartado del bosquecito que había a la salida del pueblo, en una cabaña abandonada, que dotó de lo que necesitaba para concretar sus salvajadas. Él mismo se había puesto a gritar a viva voz, como un poseso, durante horas, comprobando que no era escuchado. Si alguien hubiera acudido, tenía pensado fingir dolor de estómago, y decir que se perdió, y que creía tener apendicitis. Así que la pobre víctima chilló de espanto y dolor ante la tortura atroz a la que fue sometido, para mayor placer de su verdugo. A pocos metros de la cabaña había un foso enorme, donde arrojó los restos de la criatura, donde vio que en poco tiempo una horda de ratas se introducía para darse un banquete con el pobre niñito muerto. Lo interpretó, al haber desmembrado tantas de ellas, como una especie de justicia poética: no había daño en sus acciones, ya que la especie que una vez perjudicó, ahora se favorecía con su accionar. Feliz, satisfecho, al menos por un tiempo, siguió su vida fingiendo ser un joven normal, estudiando, socializando y formando parte de su comunidad. Ningún remordimiento nublaba su conciencia. Por el contrario: para dormir dulcemente, gustaba de evocar los momentos más terribles del calvario del niño asesinado cruelmente, para relajarse y descansar como un ángel. Y lo hacía, disfrutando de la lectura de un diario donde plasmaba, desde niño, detalle a detalle sus prácticas monstruosas. Una chica comenzó a interesarle, y, por lo visto, era mutuo. Gustaba de hablar con ella. Salían a tomar un helado, y hacían juntos las tareas escolares, bajo la aprobadora mirada de los padres de ambos, dependiendo en que casa las realizaran. Entonces, otra vez la pulsión de desmembrar apareció en su mente de manera constante, encontrando más agradable imaginar destripar a la chica que acariciarla y besarla, lo que ya comenzaba a hacer, tímidamente, y respetando los límites que ella le ponía. No podía usar a su noviecita para calmar su pulsión. Aunque tomara todos los recaudos, su cercanía con ella lo pondría en evidencia. Así que organizó su plan con otra muchacha, una chica indigente de un pueblo vecino, a la que engatusó con un ardid, prometiéndole dinero si le ayudaba a vender un lote de cosas robadas que tenía escondidas en el bosque. La muchacha, curtida en el hambre de vivir sin techo, y sin desconfiar de quien parecía un jovencito de buena familia en su primera travesura fuera de la ley, lo siguió a escondidas en la oscuridad. Al entrar al interior de la cabaña, alumbrada con una lámpara de kerosene, todas las alarmas se le encendieron en el cerebro. Pese a la escasa luz, vio las manchas escasamente limpiadas de sangre, y el escenario de algo horrible. No había trazas de objetos robados para comerciar. Así que cuando Lorenzo se le vino encima con la jeringa de droga para dormirla, con la práctica adquirida de su supervivencia en la calle, esquivó el pinchazo, y hábilmente le torció el brazo, arrancándosela de las manos, e inyectándosela a él. Cómo se debatió unos segundos antes de soltarla, aferrándola con una fuerza brutal, ella le rasguño la cara y el cuello, antes de que Lorenzo se derrumbara con un gemido gutural. La chica, al ver que no se rendía, ya que asió su tobillo férreamente, desesperada, tomó una barra de metal que encontró a mano y la descargó aterrada por la resistencia del tipo, que, si bien la había soltado, seguía gimiendo, con los ojos abiertos, dándole de pleno en la cabeza. Vio en una rápida recorrida por el espacio interior de la cabaña, una camilla con esposas. Si bien Lorenzo estaba atontado, seguía, inexplicablemente consiente, por lo que tomó una de ellas, esposándolo a una de las patas de la camilla, firmemente aferrada al piso, y salió huyendo de allí, temiendo que el loco consiguiera zafarse y la atrapara nuevamente. Aunque estuvo desorientada, corriendo hasta sentir que le estallaba el corazón, consiguió salir del bosque, y fue asistida y llevada hasta un hospital, donde la policía le tomó testimonio. Entre tanto, Lorenzo, semi desmayado, tironeaba con las pocas fuerzas que le quedaban, luego de la inyección soporífera y el golpe, sangrando profusamente por las heridas del rostro, cuello y cabeza. Comenzó a sentir un bullicio lejano, ligeramente conocido, que se acercaba poco a poco, y que reconoció cuando vio entrar a la primera de la horda, olisqueando el aire cargado de hemático olor ferroso. Eran ratas. Miles de ellas. Se le arrojaron encima, excitadas por el aroma de la sangre, y comenzaron a mordisquearlo sin reparos, arrancando su carne sin piedad. De nada le sirvió gritar, o intentar sacudirse de encima a sus atacantes: eran demasiadas, y tuvo una horrible agonía, mientras sus otrora víctimas de la infancia se lo devoraron vivo. Cuando al fin la policía consiguió llegar con la confusa información aportada por la jovencita secuestrada, solo encontraron un roído esqueleto en la macabra cabaña, y en un precario escritorio, el diario que les aportó la información para dar con la identidad de los restos, y cerrar el caso del pobre niñito desaparecido hacía un tiempo. Una vez que se cerró judicialmente el terrible episodio, los horrorizados padres de Lorenzo, en un principio se desmoronaron, y luego, tomaron una decisión que los salvó de volverse locos: adoptaron a la muchachita sin hogar que había intentado masacrar su hijo. Esa medida los salvó a los tres de terminar perdidos en un oscuro mar de desesperación. El comisario Contreras, vino una tarde a contarme la historia, absolutamente horrorizado por las retorcidas facetas de las personalidades humanas: él conocía a Lorenzo, y no entendía qué le había llevado a sus enfermas pulsiones. Me dejó de obsequio el diario de Lorenzo, donde se detallaban con precisión quirúrgica los tormentos infringidos por él, con embelesados detalles que descomponen el estómago más fuerte. Y allí está, en los estantes de mi colección. A veces, al abrirlo, parece escucharse un extraño eco, mezcla de gritos humanos y chillidos de ratas. Dura solo unos segundos, pero puedo asegurarles que pone los pelos de punta… Si quieren comprobarlo ustedes mismos, vengan a visitarme a La Morgue. Saben que conmigo, nada tienen que temer. Los espero…

sábado, 20 de agosto de 2022

EDGARD, EL COLECCIONISTA- HOGUERA DE DINERO

Manuel era uno de los hombres más prósperos del pueblo, que participaba en todas las actividades sociales, como colaborador para el crecimiento. De igual modo, era muy activo en la iglesia, donde se sumaba a innumerables obras de caridad, brindando grandes cantidades, por lo que la comunidad religiosa lo veneraba. Pese a no tener ninguna necesidad, Manuel era prestamista. Usurero, para ser más puntuales. Justificaba los exorbitantes intereses que cobraba a la pobre gente que terminaba recurriendo a él cuando todas las demás puertas se les cerraban, argumentando que esa suma se donaría para caridad, y sería una prueba de nobleza y generosidad de los desesperados tomadores de deudas. Manuel, así como era todo sonrisas con los curas en sus reuniones, con sus morosos se mostraba implacable. No le temblaba el pulso al dejar familias en la calle, embargando sus casas, por más llantos desesperados y súplicas le dispensaran pidiendo más tiempo para arreglar. —Lo siento —decía con cara compungida. —No depende ya de mi voluntad, sino del accionar judicial. Pero tengan el gran consuelo de que su propiedad pasará a manos de la iglesia, y la seguridad de que Dios no abandona a sus fieles. Recen con fe, y verán que pronto se solucionará todo… La familia despojada captaba un oscuro goce retorcido en el ridículo discurso del hombre, sintiendo haber sido víctimas de una estafa moral que iba más allá de los bienes perdidos. Mientras el prestigio de Manuel crecía como filántropo y precursor de crecimiento social, tras esa fachada se ocultaba un caudal de sufrimiento humano inimaginable. Hubo gente que llegó a quitarse la vida al no poder afrontar su deuda, mantenida en secreto con la esperanza de poder liquidarla, al no atreverse a enfrentar la miseria en que dejaban a sus seres queridos. Un jovencito, Bautista, víctima de una tragedia acaecida en ese contexto, que se vio con su madre en la calle, y su padre con un tiro en la cabeza, comenzó a acechar sigilosamente a Manuel. Puso en su tarea clandestina un esmero apasionado, alimentado como una hoguera interna con el dolor de su familia destruida. Al espiar a todas horas al hombre que consideraba una encarnación del mismo diablo en la tierra, sabía su rutina de cabo a rabo. Así que un día, armado de un valor nacido de la amarga convicción, pese a su juventud, de que poco le quedaba por perder, con el viejo revólver con el que su padre se quitó la vida, entró a la casa de Manuel por una ventana trasera, dejando al hombre helado de sorpresa y espanto al toparse con Bautista apuntándolo, en su propia sala. —¡Por Dios, muchacho! ¿Qué diablos haces? —¡Ni se le ocurra mencionar a Dios, miserable! ¡Si no hace lo que le digo, le vuelo los sesos! La mano de Bautista temblaba peligrosamente, con el riesgo de que una bala se escapara. —Dime lo que quieres… Manuel estaba aterrorizado por la colérica mirada del joven, y el temblequeo inestable del revólver. —Saque todo el dinero de sus cajas fuertes. La pequeña, tras el cuadro de su sobrino, y la grande, tras la estantería de la biblioteca. —¿Cómo tienes esa información? — Preguntó, azorado. —Eso no interesa. ¡Hágalo ya! Y coloque todo en la chimenea. Como viviendo una pesadilla, Manuel siguió las instrucciones, dejando en la gigantesca chimenea una cantidad enorme de fajos de dinero. —Ahora, arrójele combustible. —¡¿Qué?! —¡Hágalo ya, o lo mato! Horrorizado, empapó la plata con el líquido inflamable. —Ahora, enciéndalo. Ahí tiene a mano los fósforos. —¡Cómo voy a prender fuego todo ese dinero! ¡Es algo estúpido y sin sentido! —¿Quiere que le dispare? ¡Hágalo ya! —¡Estás loco! ¡Es preferible que te lo lleves! —Tiene diez segundos, antes de que dispare… Con lágrimas en sus incrédulos ojos, Manuel encendió la fortuna, sintiendo que cometía un sacrilegio. —Ahora, quédese quieto, y observe bien. No se mueva. Congelado de espanto, Manuel observó, iluminado su rostro conmocionado por las luces y sombras de la hoguera, hasta que, en lo que le pareció una eternidad, el tesoro quedó consumido a cenizas. —Agáchese, tome un puñado, y cómaselo. —¡¿Por qué?! —¡Solo cállese y coma! ¡Hasta que yo le diga basta, no pare! Asqueado, obedeció, pese a las náuseas que lo sacudían, hasta que, un largo rato después, Bautista le dijo: —Ya está. Ya comulgó con su dios. Ya se tragó las cenizas de su avaricia, que es la única deidad que respeta, además del poder de disfrutar hacer daño, usando excusas pías. Estamos en paz. Manuel sintió una arcada ácida. Mientras se agachaba para vomitar, un dolor lacerante le atravesó el pecho, y cayó fulminado de un ataque al corazón. Bautista se entristeció. Quería que Manuel viviera muchos años con el recuerdo de esa experiencia. Sin más, llamó a la policía, y le contó al comisario Contreras lo acontecido con voz átona. Al ser menor, su condena quedó en suspenso, luego de una breve internación psiquiátrica, al considerar que el muchacho pasaba por una crisis depresiva que lo llevó a actuar erráticamente. Yo despedí al célebre filántropo, con una masiva concurrencia. Al concluir el velatorio, apareció el espectro tiznado de cenizas, con el vientre desmesuradamente hinchado, y ojos desorbitados del espanto de haber descubierto su propia maldad maquillada de caridad. —Veo, Manuel, que te diste cuenta de tus errores. Se siente en tu energía que estás arrepentido. Libera tu carga, y márchate. Inflándose su enorme vientre como un globo, estalló de golpe, arrojando cenizas y billetes a medio quemar. Luego, sin dejar su cara de aflicción, se esfumó. No puedo, en este caso, saber si realmente ascendió, o está pagando sus pecados en el limbo de la oscuridad. Tomé un puñado de billetes semi quemados, y los puse en mi colección, para ponderar el verdadero valor del dinero, y la desgracia que genera cuando se utiliza con malos fines. Para algunos es una droga, que nubla el alma con ínfulas de poder desmesurado. En todos los casos, su presencia desnuda la verdadera naturaleza del ser humano. Seguramente, ustedes, que no son así, querrán ver mis billetes tocados por el fuego, y evaluar qué harían en caso de ser ricos. Los espero en La Morgue, para contarles todas mis historias

domingo, 14 de agosto de 2022

UN BEBÉ Y UN CUCHILLO

Marcela estaba desesperada por conseguir algo de formalidad en su relación con Hernán, poderoso empresario casado, varias décadas mayor que ella, del que venía siendo amante hacía unos dos años. Marcela sabía que no era la única. Hernán era un adicto a las mujeres bellas, pero jamás había ninguna acción para tener libertad legal que le permitiera salir de la clandestinidad con sus placeres. “Un hijo, un hermoso niñito, posiblemente lo haga salir de su corrección política con su esposa vieja y amargada, y sus vástagos mayores que yo”. Con ese obsesivo pensamiento, dejó de tomar medidas anticonceptivas: estaba harta de su trabajo de oficina, y, si bien su amante era generoso, ella quería tener asegurado su futuro, y ocupar un lugar en la cumbre social, cerrando las bocas maliciosas que se burlaban de sus ensoñaciones, tratándola de cualquiera y de floja cuando se enteraban de su relación oculta. Sus amigas, las de verdad, le habían aconsejado retomar estudios universitarios, trabajar con más ahínco y encontrar un amor verdadero, si realmente quería la tranquilidad y felicidad. No la comprendían. Decidió entonces, concebir a toda costa. Desgraciadamente, pese a que tenía sexo en cada encuentro, muy seguido, los test resultaban negativos. Cuando Hernán le anunció que no se verían unos meses porque su empresa lo requería en el exterior, le entró una desesperación de fracaso absoluto. Era posible que cuando regresara, ni se acordara de ella, con las bondades de las nuevas y exóticas amantes que se conseguiría en el extranjero. Luego de una fogosa despedida, y preparándose psicológicamente para un período de carencia de “regalitos” y gustos de lujo, salió de parranda con sus amigas, y terminó en la cama con un guapísimo hombre que no volvió a ver. Para su total sorpresa, el test de embarazo que se hizo con su primera falta le dio positivo. Gritó de júbilo: Hernán le había dejado ese especial regalo de despedida. ¿Convenía escribirle y contarle? ¿No lo espantaría a volver a ella a su regreso? Decidió no comunicarle a su amante las novedades, hasta que lo tuviera cara a cara. A veces le entraban dudas, entre sudores helados: ¿y si el niño, en vez de ser de Hernán, fuera del desconocido con el que se acostó en esa noche posterior a su partida? Haciendo grandes esfuerzos mentales, ya que estaba bastante ebria en ese momento, recordó los rasgos del hombre: básicamente eran muy similares a los de Hernán, lo cual le daba algo de alivio, pero en la era del ADN, ninguna tranquilidad, en lo absoluto. A los pocos días de tener a su hijo, al que le dio el nombre de su amante, regresó este. Ella lo citó para darle la bienvenida, y pese a que esperaba frialdad por parte del hombre, que seguramente había conocido toda clase de beldades en el extranjero, este aceptó gustoso la cita. Marcela estaba eufórica. Gracias a Dios, a una buena genética, y a haberse cuidado con férrea voluntad durante el embarazo, su cuerpo no parecía haber pasado por las normales consecuencias de la maternidad: no había subido de peso, ni tenía estrías ni áreas flojas. Al decidir criar al niño con leche de fórmula, sus pechos se encontraban bien firmes, y las ojeras de las noches de mal dormir se disimulaban con un poco de maquillaje. Así que preparó un champán carísimo, se vistió muy sexy, con el pequeño dormido en su habitación decorada de azules y celestes. No bien llegó Hernán, pasó de preguntarle por su viaje, y con una fogosidad que atrapó al empresario, lo llevó a la cama sin casi palabras de por medio. Cuando terminaron el round sexual, el llanto del niñito sonó en el silencio del departamento. —¿Qué es eso? ¿Tienes un bebé? —Es una sorpresa que quería darte. Acompáñame, por favor… Marcela guio a Hernán al cuarto, de donde levantó de su cuna al bebé, que, con el contacto con su madre, dejó de llorar. —Te presento a tu hijo, querido. Se llama como tú. Tiene tu mismos ojos y color de cabello. Hasta le puedes ver una manchita de nacimiento muy similar a la que adorna tu pantorrilla… Hizo el gesto de entregarle el niño, pero Hernán alzó las manos, rechazando tomar al pequeño. —¡Ay, mi querida! ¡Cuánto lo lamento! Deberás encontrar al padre, si puedes. Hace diez años que me realicé una vasectomía. No quería traer bastardos al mundo. Mi esposa no se merece ese destrato. Si bien hace la vista gorda con mis “travesuras”, eso no me lo perdonaría. Y, si voy a ser sincero, creo que no sería ético de mi parte robarte la energía y el cariño que ahora, como madre, debes dedicarle a tu hijo. Es una pena, porque eres una mujer maravillosa. Voy a echarte mucho de menos… Te felicito: ¡tu niño es guapísimo! Y vistiéndose con rapidez, sin darle lugar a contestarle nada, se retiró, dejándole unos billetes en la mesa de la sala. Los miró luego de alimentar al bebé, que volvió a dormirse en paz, con los ojos llenos de lágrimas: la había tratado como a una vulgar prostituta. Miró a su hijo, en la cuna, y se dio cuenta que no sentía absolutamente nada por él: todo el tiempo lo había considerado un pasaporte hacia una vida mejor, y ahora era solo un lastre, fruto del desliz de una noche. Se vio en la vulgar rutina de trabajadora de oficina, reduciendo al mínimo sus gastos para solventar una niñera, y una furia demencial se apoderó de ella. Fue a la cocina, y se acercó a la cuna con un gigantesco cuchillo afilado. Lo levantó sobre la inocente y dulce figura que dormía tranquilamente. Descargó con odio el golpe de su arma, que, a último momento, en vez de dirigirlo al bebé, lo direccionó a su propio vientre, provocando una lluvia escarlata que destacaba en los delicados celestes que decoraban el cuarto. El dolor lacerante, en vez de hacerla desistir, la incentivó en la masacre, transformando en pulpa su carne con el filoso metal, salpicando de sangre tibia a su niño, ignorante del matadero en que se había transformado su coqueta habitación. Cuando percibió que las fuerzas la abandonaban, se abrió el cuello, desplomándose, luego, inerte. Me tocó despedirla, en un velatorio muy triste, por la falta de concurrencia. Cuando su espectro se me presentó, era un espanto cocido a cuchilladas, con jirones de carne desprendida en su vientre, y un enorme tajo horripilante en la garganta. Lloraba lágrimas corrosivas, que dejaban vapor con olor ácido al caer. Al imponerle mis manos, no solo capté su tristeza infinita: no sé de qué forma me llegó una información que no tardé en compartirla con ella. —Marcela, no obraste bien, pero mereces la paz de la luz eterna. Cometiste un error terrible, pero, aun así, preferiste dañarte a ti misma que a tu hijo. Respecto a él, el destino le brindó un giro ideal. El padre de tu niño es hijo de tu amante. De allí el parecido con su abuelo. Tú lo conociste en su despedida de soltero, y como su esposa es estéril, adoptarán al pequeño, desconociendo su procedencia, cerrando un ciclo que potenciará tu ascenso hacia un plano superior. Sé libre, Marcela… Ella se llevó las manos al pecho, dejando de llorar, y bajó la cabeza, como en una última plegaria. Dejó caer un chupete celeste, y se esfumó entre luces y chispas brillantes. El chupetito está en mi colección, para recordar a quién lo necesite que los niños no son material para comerciar: ellos son amor inocente, que se debe criar con los más nobles sentimientos. No deben sufrir las consecuencias de las disputas de los adultos, como rehenes para herir a la pareja, ni padecer ningún tipo de egoísmo ni carencia emocional. Antes de pensar, siquiera, en dañar a un pequeño, quiero que recuerden la imagen de Marcela, reducida a jirones de carne en un baño de sangre. Solo digo. Sé que ustedes son buena gente, incapaces de perjudicar a un niñito. No duden de pasar por La Morgue, y visitarme. Los espero…

sábado, 6 de agosto de 2022

EDGARD, EL COLECCIONISTA- UN CADÁVER OBSTINADO

Mi amada Aurora y mi querido asistente, Tristán, tenían una familia conocida en común, los Roldán. Les llamaron pidiendo auxilio por una situación sumamente extraña que estaban viviendo, conociendo la relación conmigo, y mi no buscada fama de sabiduría sobre sucesos paranormales. Don Severo, patriarca de la familia, bisabuelo y pilar, era un tipo duro y obstinado. Había trabajado como una mula de carga casi desde niño, pero aún desde su humilde condición de sirviente, (por no decir, directamente, esclavo, de sus patrones), se caracterizó por asumir sin pestañear los más injustos castigos, solo para no dar la razón cuando no lo consideraba. Lo cual era casi siempre. Para desesperación de sus padres, veían el cuerpo del niño cruzado a latigazos por contradecir a sus empleadores. —No me molesta trabajar hasta caerme de cansancio. Pero jamás le voy a dar la razón a quien no la tiene, ni voy a permitir que nadie me cambie la forma de pensar. Eso sería injusto. Soy honrado. Traigo todo el dinero a la casa. Cumplo con las órdenes que me dan. Pero no me van a hacer decir algo que yo no quiero ni siento. La madre se asombraba con la verborragia de su retoño de doce años, que le peleaba a la pobreza a la par del padre. Y, también, de lo cabeza dura que era. —¡Hijito querido! ¡Eres muy bueno y noble! ¡El mejor de los niños! Entiendo lo que me dices, pero temo que un día te maten moliéndote a golpes, por no darle la razón a esos brutos desalmados… —No me voy a morir, mamá. No sufra. La muerte no puede llevarme. Tengo argumentos lógicos en su contra. En ese punto la madre se mordía los labios, sin entender cómo le había salido un crío tan inteligente e imaginativo, pero, a la vez, con tan poco sentido común. Cuando su padre consiguió por fin un trabajo que los sacó de la miseria, Severo retomó sus estudios, siempre con los tropiezos que trae no dar la razón y defender sus propias creencias a rajatabla, a cualquier costo. Creció estableciéndose como un exitoso comerciante. Formó una linda familia. En el pueblo, debido a su forma de ser, ya por todos conocida, y famosa, en vez de llamarle por su nombre, le decían “Don Obstinado”. Todos tenían alguna anécdota relacionada a la tozudez crónica de Severo, y la contaban con gran cariño, pues nadie ignoraba que era un hombre justo y bondadoso, usado más de una vez como juez informal en pleitos de terceros para dirimir a quién correspondía la razón, sin llegar a la justicia institucionalizada. Así se ahorraban disgustos, dinero, y no terminaban peleándose amigos y parientes. El punto es que el añoso Severo, enfermó de gravedad, y, lamentablemente, según el veredicto del médico, era terminal. Toda la familia se congregó para mimarlo y consentirlo en su propia casa: el doctor les había dicho que no valía la pena internarlo, y que pasara fuera de su entorno sus últimos días. Cuando Natalia, su nieta, le tocó la puerta para alcanzarle el desayuno a la cama, la voz que la invitó a entrar era muy rara y ronca. Triste, sopesando este detalle como un síntoma más del deterioro del bisabuelo, pasó al cuarto, y se sobresaltó al ver el aspecto de Severo. Aunque disimuló todo el tiempo, Natalia observó la palidez anormal del hombre, las manchas violáceas en el cuerpo, y se sobresaltó al besar su frente, absolutamente helada. —No se me enoje, abuelito, pero voy a llamar al doctor. No tiene usted buen semblante… —No se moleste, mija. Ya sé que no estoy como para que me contraten de galán en una tele novela, pero no vale la pena. —Por favor, abuelo. No le estoy discutiendo ni negando nada. Permítamelo, solo para darme gusto… Con esta estrategia, la astuta Natalia evitó las controversias infinitas del viejo, y con la familia congregada, llegó el médico. El hombre, luego de revisar a Severo, pidió que entraran los parientes al cuarto. —Lo que voy a decirles es lo más raro que me ha ocurrido en mi carrera como profesional de la salud. Señor Roldán: por su falta de pulso y actividad cardíaca, lividez, y acumulación de sangre en la zona de la espalda, puedo deducir, pese a que usted se encuentra en uso de sus sentidos, que ha fallecido hace, aproximadamente, unas diez a doce horas… El grito de horror y asombro de la familia fue acallado con la voz rasposa y desagradable de Severo. —¡Bueno! ¡Qué tanto escándalo por eso! Ya le dije, hace como ochenta años a mi madre, que la muerte no tiene derecho a llevarme. Yo soy dueño, por derecho de este cuerpo que habito, y no me sacará de él por las buenas. En lo que a mí respecta, las cosas siguen como siempre. Si la tan mentada “Muerte” tiene un discurso lógico que refute lo que digo, que se presente ante mí, y me obligue, con argumentos válidos a abandonar el cuerpo que con tanto amor me dieron mis padres, y que usé todos estos años para trabajar honradamente y formar una familia hermosa. Una tía, conmocionada, cayó redonda, desmayada. De nada sirvieron los discursos de los eruditos del pueblo, diciéndole que era natural morirse, parte del ciclo que Dios había planeado para los seres humanos: él mismo había aceptado la partida de sus padres y amigos cuando les llegó la hora. —¿Saben lo que ocurre, estimados? No todo el mundo tiene la voluntad de luchar por sus derechos como yo. No le voy a regalar a nadie la razón si no la tiene. Soy un hombre justo. Así desfilaba la gente por la habitación de Severo, cada uno con su argumento ensayado, y se iban derrotados por la obcecación de “Don Obstinado”. Llegó un punto en que ya nadie quería intentar rebatirle nada a Severo, no porque se les hubiera acabado las ansias de ganar la discusión en nombre de la lógica y las leyes terrenales, sino porque el cadáver viviente empezaba a apestar horriblemente, y pese al esmero de la pobre familia, que tiraba perfumes e insecticidas, la habitación era un hervidero de moscas, olor pútrido, y gusanitos reptantes. Fue entonces cuando Aurora y Tristán me pidieron que visitara a Severo. Así lo hice. Me percaté de que lo conocía de vista, pero él sabía mucho de mí. Su imagen era un horror. La cara estaba cubierta de pústulas donde hervían gusanos. Los ojos, velados por una nube blanquecina, manaban un espeso líquido inmundo. Pero esto era intrascendente, comparado al pútrido olor concentrado alrededor del obstinado hombre que se negaba a darle la razón a la muerte. —¡Vaya! ¡Veo que todavía hay quien se anima a intentar convencerme! ¡Pero claro! ¿No es usted el funerario? ¿Cómo no va a querer tener un “cliente” más? —Buenas tardes, señor Severo. En efecto. Soy el funerario, como bien dijo. Mi nombre es Edgard. Pero no he venido a hacer negocios. No necesito buscar “clientes”. Por leyes de la vida, ellos llegan solos a mi casa mortuoria. Tampoco quiero convencerlo de nada. Solo me mueve la curiosidad. Deseo hacerle una pregunta: ¿por qué se niega a darle sus derechos a la muerte? —Por una razón de justicia, caballero. Este cuerpo es mío. Me pertenece. Nadie en nombre de la muerte vino con un justificativo legal para que lo deba entregar. —Muy bien. Justicia. Le pregunto, entonces, ¿le parece justo lo que está viviendo su familia, en pos de su supuesta defensa de derechos? ¿No tienen ellos acaso, el derecho de seguir una vida normal, sin tolerar convivir con un cadáver putrefacto? Ellos quieren despedirlo con amor, y esto es un circo horroroso… En lo que quedaban de las arrasadas facciones del muerto, se armó un gesto de asombro y dolor. —Señor funerario… —Edgard… —Disculpe, Edgard. He sido un egoísta. No he pensado en quienes más quiero, y por quienes luché toda mi existencia. Tiene usted la razón. Aunque me cueste horrores admitirlo, no todo es siempre cuestión de justicia. Es la primera vez que lo digo en mis años sobre esta tierra. Hágame un favor, Edgard. En mi mesa de luz, al fondo del cajón, hay unos gemelos de oro con forma de balanza. Son mis favoritos. Dígale a los míos que los pongan en mi camisa del traje, y que, al concluir mi velatorio, queden en sus manos, porque simbolizan el último acto de justicia que no tuve la lucidez de vislumbrar, y usted supo hacerme ver… No bien dijo esas palabras, se desplomó en la cama sin darme tiempo a réplicas. Salí a informarle a la familia los resultados de mi tratativa, y se abrazaron llorando, tanto por la pérdida como por el final de la pesadilla, por partes iguales. Así es como llegaron a mi colección los gemelos de oro con la forma de la famosa balanza de la justicia, que me llaman a la reflexión a la hora de tomar decisiones difíciles que pueden perjudicar a inocentes. ¿Tenemos los seres humanos el suficiente criterio como para determinar con certeza lo absoluto de lo justo? Ustedes me lo dirán. Los espero en La Morgue, como todas las semanas.

sábado, 30 de julio de 2022

EDGARD, EL COLECCIONISTA- TRECE ROSAS NEGRAS

Mi amigo, el comisario Contreras se lamentaba, mientras compartíamos un café. —Sé que es la profesión que elegí, Edgard, pero es muy amargo ver tanta maldad e injusticia todos los días. Lo que más duele son los casos que no se consiguen resolver. A veces, repaso, asqueado, expedientes de crímenes atroces que no tuvieron avances. Sin ir más lejos, me pasé la noche sin dormir pensando en el “Asesino de las rosas”, que mató a trece mujeres en el pueblo, y no logramos atrapar jamás… —¿Y si te dijera, amigo, que ese caso está resuelto? —¿¿¿Qué??? —No creo en las casualidades. Si el destino nos reunió hoy aquí, es porque necesitabas saber lo que te voy a contar. Tengo muy presente el caso del que estabas hablando: el pervertido violaba y asesinaba mujeres, y se retiraba dejando una hermosa rosa sobre los cadáveres mutilados cruelmente. Fuera de las flores, nunca dio ninguna pista. El último velatorio que oficié fue el de un hombre de mediana edad. Excelente padre de familia, con una amorosa mujer, Soledad, que no comprendía el motivo que había llevado a Marcelo a suicidarse con antidepresivos y veneno de ratas. Era un hombre querido y respetado en la comunidad. Cuando preparé el cadáver, descubrí, para mi asombro, que llevaba tatuado en el cuerpo trece rosas negras, en lugares que generalmente la ropa oculta. Fíjate, Contreras, que conoció a Soledad haciéndose el primer tatuaje, ya que ella trabajaba como artista de la tinta y las agujas. Le dijo a ella que quería una rosa negra, en recuerdo de su madre, que había fallecido hacía muy poco, y que era su flor favorita. Soledad se esmeró en su dibujo, y la mutua atracción los llevó a volver a verse, iniciar una relación que terminó en una familia perfecta. Cada tanto, con el paso del tiempo, Marcelo le pedía más tatuajes de rosas negras a su esposa. Ella se los realizaba con gusto, recordando el momento en que se conocieron, y suponiendo una crisis de su esposo respecto al duelo con su madre. Pero voy a ir al punto. Cuando terminó el velatorio de Marcelo, en el cual vibraba una extraña energía llena de desasosiego, no solo apareció frente a mí el espectro del difunto recién velado, sino también el de trece mujeres horriblemente mutiladas, y otra, anciana, con el rostro retorcido de odio y perfidia. Marcelo tenía el gesto horrorizado, mirando a las mujeres, que lo observaban acusadoramente, deformadas por terribles heridas siniestras, y la vieja, lo fulminaba con una mirada de desprecio atroz. Impuse mis manos para captar la muda historia que los muertos no podían verbalizar, y las imágenes de la tragedia vivida me azotaron con la fuerza de un revés brutal. La anciana era la madre de Marcelo. Se llamaba Rosa, y era una mujer perversa que abusó de su hijo desde niño, de las formas más sucias y humillantes que uno pueda imaginarse. Las trece mujeres destrozadas eran las víctimas de Marcelo, que, una vez fallecida su madre, comenzó a padecer trastornos de personalidad con ataques de ira, que lo llevaron a transformarse en un violador y asesino despiadado. Después de perpetrar sus crueles crímenes, dejaba una rosa sobre sus víctimas, en la confusión mental que padecía, donde se mezclaba el abuso asqueroso de su madre, su culpa luego de calmar la violencia que lo transcurría, y el tributo de disculpa, que era, en parte, el nombre de su progenitora, como la autora intelectual de su proceder imperdonable. La primera rosa negra Marcelo se la tatuó luego de su primer crimen, como recordatorio del daño perpetrado, para conseguir frenar sus impulsos perversos y contenerse. Pero no lo logró, y siguió dañando a inocentes, castigando, en su atribulado mundo inconsciente, a su corrupta madre a través de la vejación y muerte de mujeres en la que veía el rostro de Rosa, sin poder evitarlo. Así fue como llegó a tener trece tatuajes de rosas negras, realizados por su propia esposa, que nada sabía de los demonios interiores de su marido. Luego de cobrarse su última víctima, Marcelo comenzó a ver los espectros de las mujeres que había matado y violado sin piedad, por lo que su psiquis se socavó alarmantemente. Por consejo de Soledad, que lo veía deprimido, empezó a ver a un psiquiatra, que no pudo ayudarlo, porque nunca contó la verdad sobre la causa de su depresión. El profesional escuchó la historia de estrés laboral que le contó Marcelo, sus insomnios y dolores de cabeza, y se limitó a prescribirle un antidepresivo, aconsejándole hacer terapia psicológica, y practicar alguna actividad de su agrado fuera del trabajo. Marcelo asintió, y, al llegar a su casa, aprovechó la ausencia de su familia, visitando un pariente, e ingirió la caja entera, mezclada con alcohol y veneno para ratas. Lo miré a sus llorosos ojos. Vi que los tatuajes sangraban. —Marcelo: haz hecho algo terrible, pero no fue dentro de tus cabales. Has sido tú una víctima mucho tiempo, en manos de una pervertida, y han pagado tu desequilibrio mental estas pobres mujeres… Los espíritus de las asesinadas, al conocer el horrible origen de los actos que acabaron con su vida, dejaron de mirar con odio a Marcelo, y se centraron en observar con repugnancia a Rosa, que tenía un aborrecible gesto de desprecio y maldad abyecta. —¡Arrepiéntete, Rosa, de tus repulsivos actos, para conseguir la paz eterna! ¡Pídele disculpas a tu hijo y a estas pobre mujeres, que perecieron por las heridas que causaste! La anciana se transfiguró, de odio, con un semblante más horrible, si esto era posible, comenzando a emitir un desagradable humo negro, que olía terriblemente. Hirientes chispas oscuras, que quemaban como ascuas, salieron de su espantosa aparición, atacando a su hijo, a las jóvenes asesinadas, y a mí. —¡Ya que elegiste el camino del odio y la perversidad, arderás en el infierno! No bien dije estas palabras, Rosa se prendió fuego, convirtiéndose en cenizas, mientras mostraba su dolor con horribles muecas, hasta que desapareció. Las mujeres se tomaron de la mano. Lágrimas de alivio y perdón manaron de sus ojos, que ya no miraban acusadoramente a Marcelo, quien seguía llorando, horrorizado. —Ya es tiempo de que perdones a tu madre, te perdones a ti mismo, y pidas disculpas a tus víctimas, que entendieron el motor de tu horripilante accionar. Marcelo miró a las trece, uniendo las manos en gesto de súplica, pero las mujeres ya estaban ascendiendo a la luz de la paz eterna, habiendo perdonado a su asesino. —Es tu momento de descansar… Y, con los tatuajes aun sangrando, Marcelo se elevó, dejando caer una rosa negra, con la suavidad y el peso de una flor común, pero con la dureza de la piedra, y un tallo con trece espinas de filoso metal. Tengo la rosa negra en los estantes de mi colección, Contreras, si quieres verla… —¡Por Dios, Edgard! Lo que me cuentas me deja helado… ¡No se podrá hacer jamás justicia terrenal! Los seres queridos de las víctimas nunca tendrán consuelo… —Lo tendrán. Al unir sus manos, las mujeres crearon una corriente de energía para que les llegara a los suyos un mensaje de amor y liberación. ¿Estás un poco más tranquilo? —Solo un poco. Tráeme, por favor, otro café. Este ya está helado, y tengo que digerir todo lo que acabo de escuchar… —Lo digeriremos juntos, amigo. Voy por más café…