sábado, 24 de diciembre de 2022

EDGARD, EL COLECCIONISTA- SORPRESAS NAVIDEÑAS

Por primera vez en su larga trayectoria de casados, a la socialmente encumbrada pareja de Olivia y Gaspar les tocaba pasar solos la Navidad. Los hijos estaban viajando con los abuelos en el exterior, y los amigos y parientes también se hallaban fuera del país. Fuera de la interacción con otras personas, hacía rato que la pareja no solo no tenía nada en común que compartir, salvo intereses económicos, sino que se odiaban ferozmente, pese a demostrar una cordialidad impecable, y dar la imagen de la relación perfecta. —Lamentablemente, querido, al darle franco al personal de servicio, deberás conformarte con una cena preparada por mí… —Pues será todo un descubrimiento. No sabía que cocinabas… —Como tantas otras cosas que no sabes de mi persona… —Te equivocas. Sé más de lo que te gustaría. Pero no nos enredemos en juegos de palabras, y pasemos al comedor, si te parece… La mesa estaba coquetamente ornamentada, y cuando Olivia trajo una elegante fuente, exquisitos aromas asombraron a Gaspar, quien, al probar la carne guisada, no pudo más que admitir: —Realmente eres una excelsa cocinera. La comida está exquisita, querida. Una lástima que, al ser vegana, solo puedas degustar la ensalada, también perfecta. —El ingrediente secreto es el amor… —dijo la mujer con tono sarcástico. Cuando terminaron los postres, Gaspar anunció: —Tengo a los pies del árbol navideño una sorpresa para ti, mi cielo… —¡Qué detallista! Al abrir la caja envuelta en primorosos papeles rojos y dorados, la mujer palideció. Dentro había un brazalete, hecho de piel, con un tatuaje que reconoció no bien lo vio: un símbolo del infinito, con su nombre entrelazado entre las líneas del dibujo. Lo tenía su amante en la zona inguinal. Lo adornaba un dije con un diamante tallado en forma de corazón. —¿Qué te parece, mi vida? ¿A que no encontrarás algo más exclusivo y personalizado? —Es verdad. —dijo, tratando de mantener el tono de voz firme. —Yo también te dediqué un gesto “exclusivo y personalizado”. La carne del guiso que te comiste con tanto placer, proviene de las prominentes nalgas de tu mantenida. Uno de mis guardaespaldas se encargó de proporcionarme el material de cocina. Por cierto: la chica era también amante de él, con lo cual queda demostrado que la lealtad se compra y se vende con el precio adecuado. De ti recibía las atenciones económicas. Mi empleado suplía, con su porte, juventud y musculatura, las otras necesidades en las que tú dejabas mucho que desear… Fue el turno de Gaspar para palidecer. Sus manos temblaban casi imperceptiblemente, gesto que no pasó inadvertido por Olivia. Un aura negra del odio más abyecto vibraba en el hermoso salón. —Bueno. Creo que nos hemos agasajado y sorprendido mutuamente. Solo queda brindar con el mejor champán para concluir esta jornada Navideña maravillosa. Usaré las copas de cristal de Murano. —Exactamente eso te estaba por sugerir, mi querida… ¿No quieres ponerte antes el brazalete? Ella, disimulando el rictus de furia que quiso invadir su sonrisa perfecta, contestó con voz cálida: —Luego de brindar, mi cielo… Chocaron con elegancia las copas, y bebieron el burbujeante y helado espumante de lujo. No bien terminaron la bebida, ambos abrieron desmesuradamente los ojos, con un gesto de sorpresa y dolor extremo. —¡MALDICIÓN, ENVENENASTE LAS COPAS! —Gritaron al unísono. Y echando espuma y sangre por la boca, cayeron juntos al suelo, retorcidos de espasmos en sus entrañas que se quemaban por dentro, por efecto del letal químico que habían esparcido en el interior de las finísimas copas talladas. Todos estos detalles los supe cuando velé sus cadáveres. Me contaron, a su modo, la historia de sus trágicos decesos. Conseguí, de paso, que confesaran el destino de los cuerpos mutilados de sus respectivos amantes, para que también pudieran descansar en paz. El comisario Contreras se encargó del asunto, y me dio las botellitas con el veneno espantoso que se llevó las vidas de la “pareja perfecta” de la alta sociedad. Las tengo en las estanterías de mi colección, y cuando todo se encuentra en silencio, parecen susurrar palabras en amabilísimos tonos irónicos, tan falsas, que asustan muchísimo más que los insultos bajos y groseros. Les deseo a todos una muy feliz Navidad, donde celebren sentimientos auténticos, totalmente más valiosos que las apariencias y el lujo: sin amor, no hay nada que festejar en la vida… Los espero, como siempre, en La Morgue, para que admiren mi colección y sus historias. Hasta el próximo velatorio…

sábado, 17 de diciembre de 2022

EDAGARD, EL COLECCIONISTA- FÚTBOL Y PACTOS

Martín y Felipe eran amigos desde la más tierna infancia. Compartían juntos casi todo en la vida. Solo tenían un punto de discordia: ambos eran hinchas de equipos de fútbol rivales, por lo que había muchos chistes urticantes, dependiendo el ganador. Competían, además, por quién se lucía con la broma más pesada respecto a su fanatismo. Los equipos llegaron a una instancia en la que se enfrentarían por un ascenso, lo cual provocó las típicas diatribas entre los amigos, esta vez, más fuertes que de costumbre. Martín le preguntó a Felipe qué haría como cábala para que ganara su cuadro. —Cuando ganemos, porque no tengo dudas del triunfo, me pondré a correr desnudo por todo el pueblo, luciendo los tatuajes del mejor equipo del mundo en mi piel… —¡Qué estupidez tan infantil! Yo haré algo mucho más serio: pactaré con Satán. No solo ganaremos, sino que también le pediré que tu equipo de mala muerte desaparezca de la faz de la tierra… —¡Serás rebuscado! ¿Tan inseguro te sientes, que necesitas pactar con el diablo? ¿Será que es un club de pobres diablos? Si otros amigos presentes no intervenían a tiempo, separándolos, los muchachos iban a terminar, con seguridad, a las trompadas. Llegó el ansiado día del enfrentamiento de las escuadras rivales. Cada uno en su casa, con mucho nerviosismo, ambos esperaban que comenzara el partido donde se definiría el ascenso, y la posibilidad de humillar a su par. Y de pronto, una lluvia huracanada interrumpió la transmisión: el enfrentamiento se suspendía por mal tiempo, un hecho totalmente inesperado, ya que los pronósticos no lo habían anunciado. Toda la región se vio afectada. A Felipe se le ocurrió una idea: se disfrazó de diablo, con un atuendo del que su padre estaba orgulloso, por el realismo que tenía. Lo usaba en Halloween cuando estaba muy ebrio, feliz de meter miedo a quién lo viera. Sin importarle la lluvia torrencial, corrió hacia la casa de Martín, y conociendo que guardaba una llave bajo una maceta de la entrada, ingresó en la vivienda, encontrándolo de espaldas. Con una voz gutural muy bien lograda, bramó: —¡He venido a cobrarme tu alma, inmundo mortal perdedor! Martín se dio la vuelta, y ante la macabra visión entre penumbras del horroroso diablo de cuernos retorcidos, garras impresionantes y colmillos agudos, gimió muy quedo, y, llevándose la mano en el pecho, se cayó al suelo, atravesado de dolor. Felipe lanzó una carcajada. —¡A que te hiciste encima del miedo, cobarde! ¡Mírate, el que hace pactos con Satán! Tomándose el pecho oprimido, casi sin respirar, reconoció la voz de su amigo. En un estertor, antes de morir por un infarto, Martín le dijo a Felipe con su último hálito: —¡Grandísimo idiota! ¡Me mataste del susto, pero tú eres la garantía del pacto! Bajo su demasiado realista disfraz, sin poder creer el giro de los acontecimientos, Felipe corrió a auxiliar a su amigo, pero un calor sobrenatural le impidió moverse. En segundos, pasó a ser insoportable, y el pobre infeliz se prendió fuego, ardiendo como una tea viva. Así lo vio todo el pueblo, corriendo desesperado, con llamas altísimas que la lluvia torrencial, sin explicación lógica, no conseguía apagar. Nadie logró ayudarlo, y cuando al fin terminó su loca carrera, era una momia calcinada, negra como el carbón. Por pedido de ambas familias, los amigos serán velados juntos. El comisario Contreras me trajo el contrato que Martín había redactado manuscrito, dirigido al maligno, y firmado con su sangre, donde pedía el triunfo de su equipo, y la destrucción del contrario, poniendo de garante al desafortunado Felipe. Muchos dicen que el pobre fue alcanzado por un rayo, que tenía algo combustible encima, que pisó un cable en corto, en fin, había miles de teorías sobre su extrañísimo deceso. Lo cierto es que, algunas bromas llegan demasiado lejos, y existen entidades con las que no se puede jugar. Guardo el contrato, seguramente hecho como chiste, en los estantes de mi colección. Chiste o no, la sangrienta firma brilla en la oscuridad, con una iridiscencia enfermiza… Me recuerda lo malo del fanatismo, y de tomar a la ligera a las fuerzas del mal. Si tienen dudas, solo deben acercarse a La Morgue, y verán el fatídico documento, el último que vinculó la vida de dos grandes amigos con alguien que es mejor no nombrar… a menos que deseen finales como los de ellos. Los espero en mi próximo velatorio…

sábado, 12 de noviembre de 2022

EDGARD, EL COLECCIONISTA- UN CADÁVER OBSTINADO

César decía amar a Majo, su esposa, más allá de las leyes naturales. Sin reparo alguno, solía decirle, cada tanto: —Ni siquiera la muerte será un rival que logre separarme de ti, mi amor. —Me disgusta que toques ese tema. Disfrutemos de la vida, sin blasfemias. En realidad, a Majo le horrorizaban esas declaraciones de su esposo. Sentía que al pronunciar algunas frases, él estaba ofendiendo voluntades superiores, y burlando al destino. Por desgracia, poco tiempo después, la muerte se presentó en el hogar de la pareja, arrebatando la vida del apasionado César, por un derrame cerebral. La desconsolada Majo vino a verme, para arreglar su despedida, y con el rostro caldeado, me consultó: —¿Puedo confiarle, señor Edgard, una inquietud un tanto extraña que tengo? Temo que me tome por loca… —¡Por supuesto, señora! Hable con absoluta confianza… —Verá… César me aseguraba siempre que la muerte no sería obstáculo suficiente para frenarlo de estar conmigo. Tengo pesadillas horribles, donde él abandona su tumba, y viene a visitarme. De alguna manera, estoy convencida de que eso ocurrirá. Y quiero rogarle tomar recaudos para que eso no ocurra. Creo que enloquecería de terror, si no es que ya no estoy loca, por contarle esto… —Mi querida Majo: sé de más cosas sobrenaturales de las que imagina. Y no, no está loca. Hay voluntades tan fuertes, que intentan vencer los frenos que existen entre los planos. Confíe en mí. Quédese cuando termine el velatorio. Nos acompañarán Aurora y Tristán. Veremos que ocurre, y qué se puede hacer ante cualquier contrariedad. Con un suspiro de alivio, Majo asintió, y nos abocamos al amargo trámite burocrático para oficiar la despedida de César. La ceremonia transcurrió con la normalidad triste y algo melodramática de estos casos. Cuando todos se retiraron, Majo se quedó con nosotros, tal como habíamos acordado. Apenas cerramos las puertas, Aurora, mirando a Tristán con ojos desmesurados, dijo: —¿Sienten? Es como si hubiera un cable de alta tensión cerca… Era cierto: una extraña energía parecía haberse adueñado de la sala velatoria, poniéndonos los pelos de punta. Un crujido, acompañado de desamparados gemidos de Majo, que, con los ojos fuera de las órbitas se abrazaba a sí misma, meciéndose como una niña aterrada, nos hizo mirar el ataúd. El finado César, muy retocado por mis hábiles manos, y las de Tristán, para disimular la autopsia, y el feo color violáceo que tintaba su piel helada, sonreía de oreja a oreja, supurando líquidos por las mismas, además de la nariz, mientras se incorporaba, emitiendo crujidos con todas las articulaciones de su cuerpo helado. Aurora fue a abrazar a la viuda, que estaba al borde del desmayo. El hombre intentó comunicar verbalmente sus buenas intenciones, pero de sus cuerdas vocales desobedientes y estragadas salió un graznido tan feo, que hubiera espantado a una parvada de cuervos. Con absoluta torpeza, intentó abandonar el ataúd. En ese momento, junto a Tristán, y Aurora, que se acercó a nosotros luego de decirle unas palabras tranquilizantes que no tranquilizaron lo más mínimo a la espantada Majo, le impusimos las manos a César, que nos miró asombrado, supurándole los ojos, mientras trataba de pestañear coordinadamente, sin lograrlo. —¿Por qué, buen hombre, te empeñas en quedarte aquí, y asustar a tu amada esposa? Ya bastante le cuesta asumir tu muerte, como para que le agregues este dolor innecesario. César, no sin cierta dificultad, se llevó la mano al corazón, y señaló a su viuda, mientras profusas lágrimas barrían el cuidadoso maquillaje fúnebre, transformándolo en un grotesco payaso terrorífico. Captamos su mensaje: durante la autopsia, le habían retirado el corazón, y él quería que quedara en manos de Majo, porque solo a ella le pertenecía. Se lo comunicamos a ella, que, con un hilo de voz, le dijo al finado: —Mi amor: pediré al hospital que devuelva el corazón, y, para que nadie vuelva a disponer de él, se lo daré en custodia al señor Edgard, que con tanto cariño ofició tu despedida. ¿Estás de acuerdo, mi vida? César curvó los labios, rompiendo los puntos ocultos con que los había cosido prolijamente, en una sonrisa que le hubiera helado la sangre al mismo demonio, pero que nosotros sabíamos que iba llena de amor. Luego asintió, con más crujidos espeluznantes de sus vértebras, y con la gracia de una marioneta con los hilos rotos, le sopló un beso a Majo, y se desplomó, oficialmente muerto, sobre la seda de su ataúd. Alcanzó a ver, antes de eso, como su esposa fingía tomar el beso, apoyarlo en su boca, y arrojarle otro a él. Luego de hacerlo, la pobre señora se desmayó. La asistimos, y cuando estuvo repuesta, le dije: Quédese tranquila, Majo. César se ha marchado en paz. Eso sí, cumpla su palabra, y solicite al hospital el corazón del finado. Si le ponen peros, mencióneme, y le allanarán el trámite. Luego me lo trae, y haremos tal como le dijo a su marido. Como la pobre señora estaba hecha polvo, y al día siguiente era el entierro, la dejamos hacer noche en una habitación junto a Aurora. Pasadas las exequias, reclamó el corazón, que ahora se luce en un frasco, en los estantes de mi colección. Sé cuándo Majo está pensando en César, porque el órgano, entonces, empieza a latir, con un sonido que suena como: “MA-JO-MA-JO…” Cuesta creerlo, ¿verdad? Bueno, si tienen dudas sobre mi historia, se acercan a La Morgue, y lo podrán comprobar en primer plano. La fuerza del amor es una de las pocas que es capaz de vencer a la misma muerte… Muy buen fin de semana, mis queridos amigos.

sábado, 5 de noviembre de 2022

EDGARD, EL COLECCIONISTA- ALMA DE OSCURIDAD

Trinidad era una joven, hija única de una familia muy pudiente, que había ganado cada centavo de su fortuna con el esfuerzo de años de trabajo. La muchacha, pese a la buena voluntad de sus padres, no valoraba en nada los principios que defendían sus progenitores, que, por mimarla demasiado, no habían sabido inculcarle. Ella era caprichosa, consentida y materialista. Pero lo peor era su racismo, y la forma cruel con la que disfrutaba discriminar y menospreciar a los que no consideraba de su elite. Se guardaba muy bien de disimular esa ideología de sus padres, ya que ellos se hubieran escandalizado de tal comportamiento, y cortado de raíz sus generosos aportes económicos, que la joven desperdiciaba en ropa que no necesitaba, cambiaba cada mes de teléfono, y gastaba en todo lo que inflamara su ya gigantesco ego. Se jactaba de su piel blanca, su pelo rubio y ojos claros, discriminando a quienes no gozaran de una belleza perfecta como la de ella. Cultivaba un odio inexplicable hacia las personas morenas, y trataba de expandir sus ideas venenosas dentro del círculo de obsecuentes que tenía como corte de su patético principado. Trinidad se encaprichó con un muchacho, hijo de nuevos ricos, con las características físicas que profesaba como credo estético: Oscar era un adonis de cabello castaño dorado, ojos verdes, y un cuerpo musculoso y perfecto. Oscar, tan tonto y hueco como la chica, se unió a ella, envanecido por la popularidad que le brindaba ser parte de “la parejita perfecta”, frase que iba de boca en boca, para su placer. Cuando Trinidad quedó embarazada, Oscar se horrorizó. Los padres le convencieron de que casarse con la hermosa heredera era una forma de consolidar socialmente la posición que tanto anhelaban, y el muchacho aceptó, sopesando también los beneficios de tener una “familia perfecta”. Para contentar los caprichos de Trinidad, los padres se embarcaron en la boda más ostentosa de la que se tuvo memoria en el pueblo. Se mudaron a una casona que era un pequeño palacio, sostenida por la familia de la joven, que le brindó a Oscar un puesto ejecutivo al que el muchacho no daba valor, y apenas se esmeraba en cumplimentar escasamente, lo que a otro empleado le hubiera valido un despido inmediato, por indolencia y desinterés. Cuando se evidenció el embarazo, Trinidad exigió a sus padres que le instalaran un área de maternidad en su casa, ya que las clínicas y hospitales de la zona no le parecían adecuadas para atender su parto debidamente. Ante las protestas de sus progenitores, Trinidad les dijo: —¡Cuánta ignorancia! Lo que les pido, se llama “parto respetado”. ¿No lo harán por su nieto? Como siempre, terminaron cediendo a la caprichosa intensidad de su única hija. Al llegar el momento de dar a luz, asistida por un equipo médico en su propio hogar, Trinidad trajo al mundo a un precioso bebé de raza negra, rollizo y saludable. Al verlo, un grito de horror salió de su boca. Se alteró tanto, que los médicos tuvieron que sedarla. Lo último que escuchó antes de caer en la inconsciencia fue la voz de Oscar, furioso: —¡Eres una sucia ramera! ¡Teniendo al hombre más guapo del pueblo, te acostaste con un negro, maldita hipócrita! ¡Dijiste que los odiabas! Temblando de furia se fue dando un portazo. La enfermera, instintivamente arropó al niño con un gesto protector, y llamó a los padres de la parturienta, comentándole la fea situación vivida. Ernesto y Violeta vinieron justo cuando Trinidad se despertó. Ella solo lloraba y se quejaba como una niñita de parvulario: —¡No comprendo! ¡No entiendo como pude parir ese engendro! Ernesto mandó a buscar a su yerno. Cuando estuvieron todos reunidos, el hombre tomó la palabra: —¿Cuál es el problema aquí? Veo que han tenido un bebé sano y hermoso. —¿Lo pregunta en serio, suegro? ¡El niño es negro! ¡Su hija me engañó! —¡Yo no te engañé! ¡Me dan asco los negros! ¡Voy a matar a esa…cosa venida del infierno! La cachetada que le cruzó su padre por el rostro la tomó tan de sorpresa, que ni siquiera se quejó. Quedó con la boca igual de abierta que Omar. —Escuchen bien, pedazo de idiotas desalmados. Mi abuela, Juliana, luchó contra todos los prejuicios de la época para casarse con Jeremías, un honorable hombre de color del que se había enamorado. Si te hubiera encaminado con mayor firmeza, no hubiera criado yo a una repulsiva racista. Y veo que el descerebrado de tu esposo, piensa igual que tú… —¡¿Tengo sangre negra en mis venas!? —Por supuesto. Y debería ser un honor para ti. Jeremías fue un ejemplo de lucha y trabajo honrado para todos. Con los ojos desorbitados, se levantó con una agilidad inesperada, y tomó un escalpelo olvidado por los médicos. Fue directo a la cuna, con toda la intensión de matar al niño. Oscar reaccionó intentando detenerla, y Trinidad prácticamente lo degolló con la afilada hoja. Para el absoluto horror de sus padres, mientras caía Oscar arrojando chorros de sangre, intentando tapar con sus manos la apertura de su cuello, Trinidad se cortó el propio, y se desmoronó arriba de Oscar. Luego de que la policía se apersonara en la terrible escena, el pequeño quedó bajo la custodia de sus abuelos maternos. Los paternos no querían saber nada de él. Oficié el velatorio de Trinidad, y luego, el de Oscar. Quiero contarles lo que ocurrió en el de la muchacha, al concluir. El espíritu de Trinidad se me presentó. Era un ente rabioso, enfermo de odio, absolutamente negro, envuelto en un mantillón de bebé, del mismo color. Imponiendo mis manos indagué el motivo de su furia. Asqueado, sentí como Trinidad, aún desencarnada, seguía con sus prejuicios sin sentido, y estaba enferma por ellos hasta el último átomo de su mala energía. —¡Desiste, por favor de tus insanos pensamientos!¡Hazlo, al menos, para que tu hijo te pueda rezar como una madre amorosa! Como respuesta, el ente me escupió un asqueroso líquido negro en la cara, y me tiró el mantillón con desprecio. —¡No te mereces la iluminación! ¡No te mereces haber sido madre! ¡Vete a penar al erial donde pasarás la eternidad! El espectro se desintegró mientras seguía vomitando su veneno oscuro. Yo recogí el mantillón negro, y oré con todo el corazón para que esa alma perdida recuperara su camino. El mantillón, luego de mi oración, de un lado se tornó de un prístino blanco, y al darlo vuelta, era negro. Pero el tono ya no estaba cargado de malas vibraciones. Ahora está en los estantes de mi colección, primorosamente acomodado. Voy a visitar a Jeremías. Así bautizaron al hijo de Trinidad sus abuelos. El hermoso niñito es amado por todo el pueblo, que se conduele de la terrible tragedia vivida. Y aunque el pequeño vaya a crecer muy consentido, estoy seguro que Ernesto y Violeta le enseñarán los principios que no pudieron inculcar en su desalmada hija, por la que deberán rezar mucho, para que encuentre la luz…

sábado, 29 de octubre de 2022

EDGARD, EL COLECCIONISTA- LA BÚSQUEDA DEL TESORO

Mariana recibió la primera cajita por correo, dos días después de que su esposo se fuera de la casa, al recriminarle la infidelidad recién descubierta. —Me has roto el corazón. Me destrozaste la vida. Todo se me ha hecho pedazos… No bien se marchó su marido, ella llamó a su amante, contándole la situación y advirtiéndole que tenga cuidado. La respuesta de Raúl la dejó perpleja: —Mejor que me avises. Prefiero que no nos veamos más… —Creí que me amabas…He arruinado mi matrimonio por ti… —No exageres. Estuvo bueno mientras duró. No me gustan las complicaciones. Verás que tu marido volverá en unos días. Nadie, en esta vida, muere sin cuernos… Llorando amargamente, se dio cuenta del gravísimo error que cometió. Al llegar la caja, pensó que tendría un obsequio, y una nota de disculpas, o de Miguel, su esposo, o de Raúl. Pero al abrirla, tuvo que contener un grito: dentro había un dedo pulgar, con una cicatriz que reconocía de la mano de su amante. Temblando, sacó la nota del fondo, y la leyó aterrada: “Viendo que te gustan los juegos, para darte el gusto, ya que tu “entretenimiento personal” no quiere tener más contacto contigo, (aun así te envía un “me gusta”), te propongo una búsqueda del tesoro. Encontrarás la siguiente pista junto al aljibe, a la salida del pueblo.” En un trance, en vez de llamar a las autoridades, se subió al coche, y salió siguiendo las instrucciones. Tras el aljibe, halló la cabeza de Raúl, a la que le faltaban los ojos. En su boca salía un notorio sobre. Gimiendo como un animal herido, se acercó a la siniestra cabeza arrancada. Retiró el sobre manchado de sangre, y leyó la esquela que tenía: “Si estás viendo esto, es porque te agradó el juego. Me alegra. Encontrarás la pista que sigue en la granja abandonada de los Pereyra. Besitos.” Como un zombi, casi sin sangre en el rostro, se subió nuevamente al auto, y condujo hasta la granja. A pocos metros de entrar al predio, encontró un espectáculo horroroso. Alineados frente a la destruida casona antigua, brazos, torsos, piernas y genitales, estaban presentados en fila, con otro sobre al final de la macabra presentación. Con una sensación de estar viviendo una pesadilla, y que pronto despertaría, alzó el sobre y con ojos desmesuradamente abiertos, se abocó a su lectura: “Espero que esta muestra de cómo se hace pedazos a una persona te sirva de lección. Te lo digo desde todo el cariño que alguna vez te tuve. La última pista del juego, y con ella se termina, está en el patio trasero de la granja. Hasta siempre. Espero verte pronto.” Pese al calor del día, los dientes le castañeteaban de un frío que le brotaba del alma. Caminó como un autómata hacia el lugar señalado, donde yacía Miguel, colgado de la rama de un añoso árbol, con los ojos salidos hacia afuera, todo morado, la lengua hinchada salida de la boca, rodeado de una nube de moscas tornasoladas. Mariana comenzó a gritar con una fuerza que se desconocía, arrancándose el cabello. Hasta que una pareja paseando la escuchó, no paró de hacerlo, y la encontraron ya casi pelada, orinada encima, y con las cuerdas vocales sangrando del esfuerzo bestial a las que habían sido sometidas. La pareja, absolutamente aterrorizada ante el pavoroso espectáculo, llamó al servicio de emergencia. Mariana fue ingresada a un hospital psiquiátrico, donde no volvió a emitir una sola palabra, y apenas le crecía un poco de cabello, se lo arrancaba cruelmente, por lo que optaron por tenerla permanentemente rapada. Están en camino los cuerpos de Raúl y Miguel hacia mi funeraria. El comisario Contreras me dio las notas del macabro juego de búsqueda del tesoro, cuando se cerró el caso. He tenido que ponerlas en un recipiente, porque cada tanto, se empapan de sangre y gotean. No quiero dañar las otras piezas de mi colección. No les diré nada sobre infidelidades. Creo que la historia habla por sí misma. Por supuesto, pueden asistir a los velatorios, y ver las notas. Los atenderé gustoso…

sábado, 22 de octubre de 2022

EDGARD, EL COLECCIONISTA- CANIBALISMO Y AMOR

Rosalía parecía tener una misión específica en la vida: mortificar a su esposo. Ella guardaba un secreto: se había casado con él al escuchar a escondidas una conversación familiar, donde comentaban que Jonás heredaría una gran fortuna al morir su madre. Nada indicaba que en su casa hubiera dinero, pero la avaricia de Rosalía la llevó a fiarse de un chisme fuera de contexto para atrapar y seducir al muy poco agraciado Jonás, que se consideró bendecido al poder tener a la chica más bonita del pueblo. Cuando su humilde empleo de oficina le permitió ahorrar un poco, se casó con la joven diva, y pasaron a vivir en una casita sencilla, pero agradable, que la madre les regaló por la boda. Rosalía consagraba todo su encanto y gracia en hacer sentir en el cielo a Jonás, que era más que feliz, y se conmovía hasta las lágrimas cuando ella le preguntaba tan a menudo cómo estaba la salud de su madre. Esta pacífica rutina siguió durante diez años, en donde la codicia de Rosalía aumentaba día a día. Por fin llegó el momento que ella anhelaba con todo el corazón: falleció la progenitora de Jonás. La nuera lloró copiosamente, abrazando a su esposo, durante las exequias. Nadie sabía que era de felicidad. Cuando les llamaron de la escribanía que llevaba los bienes de la señora, Rosalía se retorcía de gusto, y le costaba componer el gesto de gusto que le nacía de su negro corazón. Vestida de riguroso luto, y tomando la mano de su marido, escuchó lo que el escribano tenía que decir sobre la herencia. Lo que escuchó la dejó en un estado casi catatónico. La buena señora legaba su casa, a dividirse entre los cinco hermanos, al igual que una magra cuenta de ahorros, casi risibles. Lo que Jonás recibía personalmente, y sin división era la Biblia de la madre y su gato negro, Belcebú. Al llegar, casi sin sangre en el rostro, a su casa, Rosalía le mostró a su esposo su verdadera cara. —¡Eres una miserable rata! ¡Será por eso que tu madre te dejó el gato inmundo! ¡Me casé contigo esperando una cuantiosa herencia, y mira lo que te dan! ¡Rezaré con esa ridícula biblia vieja para que sufras lo que te quede de vida! Jonás estaba estupefacto. Con un hilo de voz le preguntó a la arpía que tenía frente a sí: —¿Quieres divorciarte? Te concedo el divorcio en cuanto me lo pidas, y te dejo todo lo que tengo. ¿Te contenta eso? —¡No! ¡No te daré el divorcio, hasta que me sienta resarcida de este engaño! Y así fue. Ella se encargaba de amargar la vida de Jonás día a día. Le hizo perder a sus amigos. Lo distanció de sus parientes. Le anunció que había abortado cuatro veces para no gestar ni parir vástagos que se le parecieran mínimamente, ya que le tenía un asco profundo. Lo recibía con palabrotas soeces. Dejaba basura por toda la casa para incomodarlo, aunque ella también soportara esa incomodidad. Un día, Jonás llegó con una energía diferente a su caótico hogar. —Escucha bien, mujer. Te voy a liberar de mi presencia. Pero te advierto que viviré en ti, pese a los niños que dices haber abortado. Y no podrás librarte de mi impronta. —¡No me importa nada de lo que me digas, patético perdedor! Pero Rosalía comenzó a inquietarse cuando Jonás desapareció. Se percató, con sus retorcidos sentimientos que extrañaba, vaya a saber por qué, a su mortificado esposo. Realizó la denuncia. Entre tanto, la mujer empezó a desmejorar. Perdió el apetito. Lo único que su estómago parecía tolerar era agua, que le sabía extraña, y la ponía nauseosa. Cuando se bañaba, en el vapor de la ducha creía sentir el olor horrible que creía oler en el vaso, cuando abría el grifo para beber y lavar. Finalmente fue al médico, que le dijo que estaba intoxicada. Le aconsejó no consumir carne. Ella, alarmada, le dijo que hacía semanas que no la comía. Vivía a tés y magros pedazos de pan, cuando el estómago no le hacía vomitarlos. Entonces el doctor le aconsejó inspeccionar su casa: podía haber una toxina que pasara desapercibida, y le facilitó unos trabajadores para esa tarea. Ya en plena faena, los hombres buscaron rincón por rincón del hogar, donde efectivamente sentían un halo a putrefacción. A uno de ellos se le hizo evidente al usar el baño. Al efectuar la descarga del inodoro, el agua olía asqueroso. Entonces, subieron al techo, y procedieron a abrir el tanque que proveía el líquido elemento de la casa, traída por una bomba eléctrica desde un pozo. Al destaparlo casi se desmayan por la peste, y por la visión de lo que encontraron allí. Un cadáver sumamente descompuesto, agarraba en lo que quedaban de sus manos una pastilla gigante de clarificador, para no delatar por el color lo que iba desprendiendo el tanque por las cañerías: agua con sopa de Jonás podrido. Porque el cuerpo era de él. Lo confirmaba una carta pegada en la tapa interna del tanque, dirigida a su esposa. Cuando se lo anunciaron, Rosalía les pagó, generosamente, les pidió que avisaran a la policía, y en cuanto se retiraron, leyó la carta con las manos temblando. ´´Mi querida esposa: tal como te prometí, te libero de mi odiosa presencia, que no puedes tolerar después de saber que no voy a ser rico jamás. También cumplo con lo que te de dije: pasaré a formar parte de ti. Me beberás y comerás, incorporado a tus alimentos. Te bañarás con mis restos. Serás tan caníbal conmigo muerto que cuando estaba con vida. Te despide con mucho amor, (juro que te amé mucho, hasta que me rompiste el corazón), Jonás. Para cuando llegó la policía a la casa de Rosalía, la encontraron colgada en su habitación. A sus pies, la biblia heredada de la suegra yacía abierta en Corintios. Ahora me toca preparar el velatorio de la infeliz pareja. No tendré mucho trabajo, ya que a pedido de los allegados, y por simple sentido común, será a cajón cerrado. Por cierto: el comisario Contreras me trajo para mi colección la biblia en cuestión. Tiene una particularidad muy especial: al abrirla, o dejarla caer, siempre muestra el mismo pasaje. Corintios, 13. ´´La preeminencia del amor´´. Ese amor que le faltó a Rosalía, sustituido por codicia, y a Jonás, que no le alcanzó para perdonar. Les deseo un muy buen fin de semana, y mucho amor para dar y recibir en su vida. Y si no me creen lo de la biblia, pasen por La Morgue, y aprécienla en mi colección. Vale la pena. Los espero.

sábado, 10 de septiembre de 2022

EDGARD, ELCOLECCIONISTA- GUERRA DE ESPÍRITUS

Lourdes, una vecina del pueblo, encontró a su abuela, Dolores, muerta en la cabaña donde vivía, saliendo del pueblo. Dolores era una famosa sanadora y comadrona, muy anciana y sabia. Muy pocos se habían privado, en el pueblo de visitarla por algún motivo: recibía consultas de toda índole, y daba consejos llenos de buenas intenciones, conciliadores y llenos de fe, en asuntos emocionales. Si de negocios se trataba, sus respuestas eran prácticas, directas, y con una carga de advertencias sobre las salidas fáciles que habían salvado a más de uno de terminar en la cárcel. Si el tema era de salud, sus conocimientos de herbolaria, equilibrio de chakras, y buenos hábitos de vida, devolvían vitalidad a los que tenían cura, y brindaba templanza y consuelo a los que no. Lourdes vino a la funeraria con una congoja que iba más allá de la pérdida de un ser querido. Así se lo dije, y ella me lo confirmó. — Te veo con un pesar agregado. ¿Hay algo en que pueda ayudarte? — No en vano nos conocemos desde niños, Edgard. Eres muy observador, y buena gente. Pero creo que si te cuento lo que me aflige, me tomarás por loca… — Vamos, Lulú. Arriésgate. Tú sabes que es imposible que piense algo así de ti. Sonriendo, al escuchar el apodo que tenía de niña, comentó: — Bueno. Tú te lo has buscado. Me atrevo a contártelo, porque la abuela adoraba a tu novia, Aurora. Pasaban muchas horas hablando. No es posible que alguien sin percepción del mundo espiritual esté tan unido a ella… El tema es que la abuelita, con más de cien años, por más que el certificado de defunción diga que falleció de muerte natural, yo sé que no es verdad… Ella venía luchando largo tiempo con una entidad del mal. — ¿Cómo sabes eso? — Centenaria, curandera, espiritista y todo, la abuela tenía un uso impecable de la tecnología. Usaba la computadora, el internet, y las redes con la misma pericia de un adolescente. Estaba permanentemente conectada, y me contaba todo lo que le ocurría, día tras día. Yo era su nieta favorita, me decía… Investigaba sobre un espíritu maligno que vivía en un universo o plano alterno, y que cada cierto ciclo de tiempo afloraba buscando sembrar el mal y la discordia, retornando, si alguien le daba batalla, y lo vencía, a un estado de hibernación, por llamarlo de algún modo, hasta recuperar sus fuerzas nuevamente, y salir entre nosotros a hacer daño. Según la abuelita, por sus investigaciones, cada salida del “Deceptor”, así lo llamaba ella, coincidía con desastres, guerras, pestes… Dijo que lo había convocado, y él, burlándose de quién consideraba una humana insignificante con ínfulas, se presentó, con ganas de divertirse. Era un ser repulsivo, que parecía hecho de lodo negro, antropomórfico. Sus globos oculares, sobresalían de su cráneo pelado. No poseía nariz, pero su boca enorme tenía los dientes aserrados como un tiburón, y su lengua bífida salía cada tanto, como para probar el sabor del aire. De todo su cuerpo, que olía a tumba, salían y entraban a gusto pequeños tentáculos, con un ojo en la punta. Según lo que el Deceptor le contó a la abuela, cada uno de ellos era la encarnación de los espíritus de los seres que se habían atrevido a enfrentarlo, y que habían sido derrotados, condenados por toda la eternidad a vivir como gusanos de su encarnación, observando, cada tanto, con su ojo angustiado, la realidad que transcurría desde su presidio. Abuelita dijo que la voz de esa cosa era terrorífica, aún más desagradable que su imagen. De solo escucharla, podía hacerte sentir ganas de vomitar, y daba terribles dolores de cabeza, porque vibraba a muy baja frecuencia, como un grito del mismo infierno… La cuestión es que Abuela se atrevió a retar a duelo al Deceptor. Me contó que, para hacerlo, debía desdoblarse, y dejar su cuerpo físico, ya que quien pelearía la batalla, sería su “yo espiritual”. El monstruo se rio, burlón, de ella, y le dijo que, pese a ser una insignificante mierdecilla, tenía mucho valor, y que aceptaba, muy divertido, el remedo de batalla que ella le ofrecía. Abuela me había contado previamente cómo era el ritual contra esa cosa, que se llamaba “guerra en espejo”. Debía tomar por los hombros al ente, y de igual modo haría él con ella, tal como si bailaran dos enamorados un tema lento, la cabeza de cada uno apoyada en el otro. Pero el baile sería una lucha de voluntades: si la abuela ganaba, el ente se retiraría, y cesarían por muchos años las miserias que nos asolaban. Pero si perdía, sería uno de esos tentáculos horrendos que se asomaban del ser para observar, impotente, lo que estaba ocurriendo en el plano terrenal. La abuela dejó de comunicarse conmigo por su móvil, y yo fui lo más rápido posible a su cabaña. La encontré plácidamente acostada en la cama, con los ojos abiertos. Ya no respiraba, y estaba helada. Apenas traspuse la puerta, Edgard, sentí el mismo olor que puede tener una tumba abierta: putrefacción repulsiva. Me mareé, con puntadas en la cabeza, punzantes y dolorosas. Quise creer que era efecto del shock de encontrar a mi amada abuela muerta, pero, mi percepción me decía que algo sobrenatural estaba ocurriendo en ese mismo momento en que yo, abrumada, llamaba para comunicar el deceso. Esa misma noche, soñé con la abuela, que me pedía ayuda. Así que ese es mi dilema, Edgard. Creo que la abuela, aún muerta, está sufriendo en manos de un ser asqueroso y dañino… — Lulú: lo comprobaremos en un rato, al llegar el cuerpo. Voy a llamar a Aurora para que me ayude. Con ella y Tristán, me siento más capaz de enfrentar a esa cosa. Si te animas, puedes quedarte… Algo me dice que fuiste siempre la nieta preferida porque veía en ti un poder que te transformaría, a su tiempo, en su sucesora… — No creo tener ningún poder, pero quiero estar con ustedes. Gracias por creerme… No bien llegó la ambulancia con el cuerpo de Dolores, la dispusimos en la sala donde arreglamos los restos para su despedida. Nos tomamos de las manos, y Aurora verbalizó el llamado hacia Dolores. Sentimos como bajaba abruptamente la temperatura de la sala, y el aire se cargaba de una extraña electricidad, tal como la que antecede a una tormenta, pero a un nivel mucho más elevado. Junto al cuerpo yacente, se corporizó una bruma, cada vez más espesa, que nos mostró a Dolores, tomada del cuerpo de un ser repulsivo, que la asía del mismo modo. Parecían dos amantes dándose cariño, ya que la cabeza de uno se apoyaba en el hombro del otro. Al levantar las manos, captamos la verdadera naturaleza de esa pose: ambos estaban en una lucha encarnizada. Dolores intentaba doblegar al ente enviando energía sanadora, lo que para él equivalía a una horrenda tortura, mientras él descargaba el poder de su odio inagotable sobre el espíritu de la curandera, que lo sufría sin rendirse ni pensar en soltar a su asqueroso contrincante, pese a la agotadora pelea que le había valido perder su vida terrenal. Entonces, Tristán nos dijo: — ¡Todos, al unísono, piensen con mucho amor, e imaginen brindar ese caudal a Dolores, para que lo direccione a la bestia! Así lo hicimos, Lourdes incluida, sintiendo una energía que nos brotaba del pecho como una bella flor abriéndose, y creciendo hacia Dolores. Un aroma angélicamente puro comenzó a eclipsar el hedor a putrefacción. Vimos temblar las piernas grotescas del ser, apoyadas en pies semejantes a garras, con uñas similares a filosos cuchillos. Pudimos oír dentro de nuestras cabezas el grito espeluznante del Deceptor. Nos provocó un revolcón de tripas, y la sensación de que se nos escurría de dolor el cerebro. El ente soltó a Dolores, lo que daba por terminada la batalla: el ser debía retirarse. Pero la sanadora no quería soltarlo. Entonces entendimos su intención: no deseaba que se durmiera: quería exterminarlo, y liberar las almas que él tenía cautivas. Entonces, muy concentrados, seguimos enviando la energía benévola hacia la curandera. Los gritos de agonía del Deceptor, pese al daño que nos causaban, no nos distraían de nuestro propósito. En un momento en el que creímos que nos tendríamos que dar por vencidos, escuchamos el desagradable alarido de agonía final. Miles de tentáculos se asomaron del repulsivo cuerpo, abriendo el ojo angustiado, y se estiraron más allá del límite de la asquerosa piel, desprendiéndose, y transformándose en los espectros de las almas otrora atrapadas, por fin libres… Todas, y cada una, nos irradiaron de amor y agradecimiento antes de partir a la luz eterna. La capa externa del ser se derritió, entre retorcijones agónicos, como un inmundo lodo, dejando al descubierto un esqueleto metálico verde neón, con los globulosos ojos que nos miraban con odio visceral. “Empujamos” más energía hacia Dolores, y reventaron con un sonido repugnante, desmoronándose su estructura, como carcomida por una herrumbre despiadada. Solo quedó su calavera, en medio de un inmundo puré que vibraba desagradablemente. Dolores, entonces, le dio a su nieta un último abrazo espectral, y con el rostro lleno de paz, se elevó con la mansedumbre satisfecha de quién ha cumplido con creces su misión. Lulú la saludó con los ojos llenos de lágrimas, planteándose seriamente si no debía continuar la obra de su abuela, quién, seguramente, le había dejado instrucciones en la vieja cabaña del bosque. El velatorio tuvo concurrencia masiva. Fue una buena despedida. Tengo la calavera metálica, manchada con óxido, en los estantes de mi colección. Se enciende, cada tanto, con un enfermizo brillo verde neón, pero un solo pensamiento benévolo o cargado de amor, hacen que se apague inmediatamente. Si quieren saber si tienen el suficiente caudal de buenos sentimientos, pueden llegarse por aquí, e intentar apagar el fulgor fatuo del infausto cráneo del Deceptor. Como siempre, los espero…