viernes, 11 de septiembre de 2020
EDGARD, EL COLECCIONISTA- LA AMBULANCIA EMBRUJADA
miércoles, 9 de septiembre de 2020
LA TUMBA
viernes, 4 de septiembre de 2020
EDGARD, EL COLECCIONISTA- LA BALA DEL ODIO
EDGARD, EL COLECCIONISTA
LA BALA DEL ODIO
Hola, mis queridos amigos.
Quiero contarles la historia de Baltasar, cuyo velatorio oficié.
Él había quedado postrado en silla de ruedas en unas circunstancias muy trágicas.
Cuando joven, se enamoró de Diana, la hija de Lucio, el sujeto más rico y malvado del pueblo.
Al ser un humilde trabajador de la construcción, sus honestas intenciones fueron despreciadas por el poderoso empresario. Quería para su heredera un hombre encumbrado, de buena posición.
Los enamorados decidieron huir a escondidas. Lucio, que tenía vigilados a ambos con sus esbirros, persiguió a Baltasar la noche en que planeaba buscar a Diana para escapar, y le pegó un tiro en la espalda.
No tuvo repercusiones con la justicia, con la excusa de afirmar que creyó que un merodeador intentaba robar la casa, y con el peso de sus influencias.
Baltasar quedó atado a la silla de por vida. Los médicos le salvaron la vida, pero no caminaría nunca más. No pudieron sacarle la bala, por el riesgo de provocar mayores daños.
Lucio decidió que era buen momento de trasladarse a la ciudad. No quería que su hija corriera a los brazos del insolente que había osado desobedecer su voluntad. Allí encontraría al candidato adecuado como yerno.
Pero Diana, destrozada por la separación, recluida en su cuarto, se dejó morir de la tristeza, negándose a ingerir alimentos y beber.
Lucio, loco de pesar e ira, corrió hasta el pueblo, con intención de ultimar a Baltasar, declarándolo culpable de la desgracia, pero murió al chocar el auto que conducía en una maniobra imprudente.
Baltasar sobrevivió muchos años en una bruma de nostalgia por su amor malogrado, con una mísera pensión, cuidado por su madre hasta que falleció.
Envejeció con una amargura que lo fue marchitando de a poco, hasta que la muerte lo sorprendió con una palabra saliendo de su boca, como una plegaria de despedida:
-Diana...
Cuando terminó el velorio, se me presentó el espíritu de Baltasar. Se le veía viejo, vencido, y muy triste.
Cerca de él, se materializaron Lucio y Diana. El primero, miraba colérico al pobre Baltasar, y le impedía a su hija acercarse a él.
Yo tragué saliva. Me di vuelta, y sin duda alguna, busqué el material quirúrgico para hacer lo que tenía en mente.
Saqué el cuerpo del féretro, y lo coloqué en la camilla de la sala de preparación, de espaldas.
Busqué la cicatriz del disparo. Hice la incisión. Intenté, al localizarla, retirar la bala, que se resistía en forma increíble para salir.
Haciendo muchísima fuerza, conseguí desprenderla, descubriendo el motivo que me impedía sacarla: le habían crecido unos largos tentáculos negros, llenos de espinas, que se retorcían como serpientes malignas.
Solo un roce de esos apéndices de odio me quemó como ácido, con la pérfida baba que chorreaba.
Apresando bien fuerte con las pinzas con que la sostenía, ya que se sacudía horriblemente, logré depositarla en un frasco, que cerré, luego de llenarlo de formol.
Baltasar sonrió, y se le borraron las huellas de la vejez.
Había extraído la impronta del odio que lo subyugó durante años.
Lucio perdió fuerza en los brazos espectrales con que apresaba a su hija, mientras observaba con asombro que se desvanecía en una sucia niebla gris, con una furia demencial, mientras se borraba de este plano.
Diana se acercó a Baltasar. Se tomaron, felices, de la mano. Me sonrieron con una mansa paz, y estallaron en bellísimas chispas de luz brillante.
La bala llena de tentáculos, aún los agita, temblando de odio desde el frasco, en el estante de mi colección.
La intensidad del sentimiento oscuro tenía una energía maligna que lo seguía animando a través del tiempo.
Amor y odio: fuerzas opuestas que rigen este universo, equilibrando el cosmos.
¿Será posible que alguna vez gane la primera?
¿Qué opinan ustedes, mis amigos? ¿Es factible frenar los tentáculos del odio con la pureza del bien?
Los espero para escuchar sus opiniones…
domingo, 30 de agosto de 2020
EL BRINDIS
El brindis
La mataría.
La tóxica se había encargado de dejarlo como un canalla miserable ante todo su entorno.
También sugirió que si se atrevía a dejarla, se suicidaría.
Ya no soportaba sus manipulaciones.
La invitaría a tomar un trago, para hacer las paces. La ingesta de alcohol era una constante en su día a día.
Pondría una buena dosis de pastillas. Cuando se adormeciera, le metería por fuerza el resto para mandarla a un eterno descanso.
Preparó la copa.
Para su sorpresa, ella lo esperaba con un vaso ambarino en alto, y una sonrisa conciliatoria. En sus ojos enrojecidos, relucían lágrimas.
-Te esperaba, querido. Estamos a tiempo de arreglar las cosas. Te compré tu whisky favorito.
-¡Qué casualidad! ¡Venía por lo mismo! Te traje champán…
-¡Brindemos!
Él bebió con ansiedad, esperando que ella consumiera el líquido.
Pero no lo tomó. Se le quedó mirándolo fijamente, mientras brillaban sus ojos tristes de un modo extraño.
-Lo siento muchísimo…
Fue lo último que escuchó antes de desmayarse.
Habían tenido la misma idea.
No eran tan diferentes, después de todo…
sábado, 29 de agosto de 2020
EDGARD, EL COLECCIONISTA- PASOS FURTIVOS
EDGARD, EL COLECCIONISTA @NMarmor
PASOS FURTIVOS
En una ocasión vino la señora Celeste para pedirme que oficiara el velorio de su cuñado. Su hermana estaba muy conmocionada como para ocuparse del tema, por lo que ella traía la documentación pertinente.
El hombre había perecido por un ataque cardíaco, y el cuerpo ya estaba dispuesto para retirarlo.
-¿Puedo confiarle un secreto, Don Edgard? Sé que usted tiene…un don especial, e intuyo que sabrá guiarme con algo que me aflige muchísimo…
-Por supuesto, Celeste. ¿Qué ocurre?
-En la familia hay un problema muy grave. Usted debe saber que Clarita, la hija de mi hermana y Osvaldo, su difunto padrastro, vive desde hace un tiempo conmigo.
Esto ocurrió a partir de una acusación de la niña hacia el hombre. Decía que se deslizaba a la noche, y la acechaba. Ella escuchaba los pasos furtivos, cómo entre abría su puerta y la espiaba en la semioscuridad. Hasta que una noche, intentó, directamente, atacarla. Usted se imaginará…
Lo peor, es que la tonta de mi hermana no le creyó a mi sobrina. Dijo que era histeria de adolescente. Yo me llevé a Clarita, por su seguridad. No quería dejarla a merced del depravado.
El tema es que, anoche, justo cuando falleció Osvaldo, Clara estaba acostada, y lo escuchó arrastrando los pies. ¡Luego lo vio! ¡Con una cara terrible de maldad! La pobre chica está aterrada.
Creo que, si pasa otra noche así, se volverá loca.
Pese a los ruegos de mi hermana, no va a venir al velorio. Tiene muchísimo miedo.
-Ciertamente, muy trágico e inquietante lo que me cuenta, Celeste.
Yo me ocuparé de todo. Y, por favor, no venga usted tampoco al velatorio. Quédese con Clarita, y hágale compañía. Dígale que solucionaré ese problema.
-¡Gracias, señor Edgard, sabía que podía contar con usted!
La mujer se retiró entre lágrimas.
Oficié las exequias del degenerado con el desagrado que me subía como bilis por la garganta, más, al escuchar a la viuda quejarse de su hija, por dejarla sola en ese momento.
Me comporté con todo el profesionalismo que me caracteriza.
Cuando llegó el momento de cerrar el féretro, a solas, con una sierra quirúrgica, y sin demasiados remilgos ni protocolos, le corté los pies a Osvaldo.
Los desnudé de zapatos y medias, los encadené y coloqué en un frasco con conservante, mientras recitaba unas palabras que vibraban de energía.
Sentí que se me erizaba la piel mientras hablaba. Algo estaba ocurriendo.
Al otro día, Celeste confirmó mi percepción.
Me contó que se quedó en la habitación de Clara. Juntas escucharon el furtivo deslizamiento de pasos, y luego vieron al malvado espectro, que las acechaba con un gesto inenarrable.
Ya estaba cerca de ellas, cuando de pronto, la cara del fenómeno se retorció de furia. Un fuego sin calor le inició en los pies, y ascendió por toda su imagen horrenda, chamuscándolo. Lo último que vieron de él fue una mirada que ardía de odio y feroz depravación.
En el lugar del fenómeno, quedó solo un puñado de cenizas, negras, en vez de grises, que estaban heladas.
Celeste las juntó en una bolsa, y Clarita sintió el alivio de que ya nadie la molestaría.
Aun así, decidió quedarse a vivir con su tía.
-Tenga las cenizas, señor Edgard. Le juro, que en cuanto apareció Osvaldo, yo sentía su presencia, cuidándonos a las dos.
Estamos muy agradecidas. Aunque no entiendo de estas cosas, sé que usted alejó al monstruo…
Celeste me abrazó, y se retiró en paz.
Yo arrojé las cenizas dentro del frasco con los pies encadenados. Y por extraño que parezca, se encendieron como ascuas, flotando siniestramente, como fuego fatuo, alumbrando en la oscuridad, desde la estantería de mis preciados objetos.
Quiero recalcar la importancia de escuchar a una persona cuando denuncia un abuso.
Sé que, pese a mi consejo, las partes físicas de muchos individuos terminarán formando parte de mi colección…
Los espero, mis amigos, aquí, desde La Morgue, con muchas ganas de reencontrarnos…
viernes, 21 de agosto de 2020
EDGARD, EL COLECCIONISTA- LA MUERTE DE DALIA
EDGARD, EL COLECCIONISTA.
LA MUERTE DE DALIA
Hola, mis amigos.
Hoy quiero contarles de un suceso ocurrido con el fallecimiento de Dalia, una chica obesa, para la que hubo que fabricar con prisas un ataúd especial que acogiera su cuerpo.
Por su enfermedad, había sido marginada y discriminada toda su corta vida.
No tenía amistades. No conoció el amor.
Hasta su nombre, perdió, siendo reemplazado por el despectivo y burlista apodo de ´´La cerda´´.
Su familia la había sobreprotegido, y pese a que veían el problema de la niña, y la llevaban al médico para solucionarlo, por otro lado permitían que ella ahogara su tristeza con sobre ingestas de comida, ya que no sabían cómo consolarla de la tortura cotidiana de ser siempre el hazmerreír de la clase.
Ella se abstraía de la realidad con la lectura, que la llevaba a mundos distintos, y mataba la angustia comiendo a escondidas, con la culpa posterior que esto le causaba.
Su pobre organismo, en plena adolescencia, dijo basta.
En medio del velorio, sus compañeros de curso, disimuladamente se burlaban del tamaño del féretro.
Tuve que contenerme para no sacar de la sala a los irrespetuosos. No quería evidenciar la situación ante sus padres.
Cuando quedé a solas con Dalia, observé los finos rasgos de la pobre niña, perdidos entre la grasa.
-Tenías un rostro hermoso, jovencita…
Mis palabras fueron como una invocación, ya que no bien las pronuncié, el espectro de quien nunca había escuchado un elogio a su belleza en vida, se me presentó, con el semblante más triste y desolado.
Había una súplica en sus ojos anegados. Puso sus manos a la altura del estómago.
Yo entendí.
Me acerqué a su cuerpo con un escalpelo, he hice una honda incisión en el abdomen.
Del profundo tajo, comenzó a salir un espeso humo oscuro, que se materializó en un terrorífico y gigantesco cerdo alado, negro, con ojos de fuego, que empezó a rugir con una mezcla espeluznante de furia y pena, mostrando unos colmillos que mordían salvajemente el aire.
Clavé mi mirada en la ígnea del monstruo, que me observó, sin cesar de emitir su grito sobrenatural.
-Ya déjala, por favor. Es tiempo…
La figura me miró, luego al espectro de Dalia, y lanzando un último gemido gutural, estalló en cientas de mariposas de colores, que volaron alrededor de ella.
Dalia sonreía aliviada. Sus sueños atrapados y frustrados de toda la vida, eran libres, en una cromática poesía, despojados de su prisión de ira y tristeza.
La niña me miró, radiante, me saludó y sopló un beso. Luego se desvaneció en un haz de luz.
Todas las mariposas cayeron muertas, al piso.
Me tomé el trabajo de recogerlas con mucho cuidado. Más tarde, haría un mural, seleccionando cuidadosamente los colores de cada una.
Hoy adorna la sala de mi colección.
Les podría decir muchas cosas.
Hablarles sobre la discriminación, el daño que genera.
Pero solo les diré que saquen sus propias conclusiones.
Como yo hago, cada vez que miro las mariposas de sueños que nunca pudieron ser…
Los saludo desde La Morgue, amigos, y los espero, ansioso, para contarles mis historias.
Recuerden a Dalia. Ése era su nombre.