jueves, 3 de diciembre de 2020
EDAS, EL MAESTRO
EDAS, EL MAESTRO
-Buenas tardes, sabio maestro. ¡Gracias por recibirme!
-Hijo mío: mientras pagues la consulta, mis puertas están abiertas para ti.
Cuéntame cuál es el motivo de tu visita.
-Verá, señor Edas: estoy en una edad en la que me planteo los innumerables errores cometidos en mi vida.
He pecado de todas las formas posibles. Ofendí y defraudé a mis seres queridos.
Me entrego a cuantos vicios encuentro a mi alcance, confundiendo a aquellos que me idolatran por mis triunfos del pasado
Uso mi fama y fortuna para acallar sus quejas y reproches hacia mi nefasta conducta.
Temo el repudio a mi memoria cuando ya no esté en este mundo. Eso mortifica mi orgullo.
-Mi estimado amigo: estas son tierras donde el culto a la muerte supera absolutamente todo lo que puedas haber hecho mal en tu devenir terrenal.
Cuando ya no estés aquí en espíritu, quedará tu cadáver. La gente se colmará de gozo con el placer de llorar en tu funeral. Aun los que te critican ahora, derramarán desgarradoras lágrimas sobre tu cuerpo frío. Y si tu muerte, por lo que me cuentas, no permite mostrar restos presentables, y deben despedirte a cajón cerrado, el morbo logrará que algunos arriesguen su pellejo para conseguir una foto de tu cerúleo rostro, antes de que se lo coman los gusanos, con mediáticas repercusiones a tu favor.
Elaborará miles de teorías sobre tu deceso. Recopilarán imágenes conmovedoras de tus momentos de gloria, para venerarte, así hayas fallecido en medio de una orgía depravada.
Se sonreirán alabando lo pícaro que eras, lo gracioso, ocurrente. Lo bien que disfrutabas de la vida, mientras pasan un pañuelo por sus ojos.
Olvidarán los hijos que no quisiste reconocer y despreciaste abominablemente. Ellos mismos ensalzarán tu recuerdo mientras solicitan la exhumación para conseguir el ADN que les permita su parte de herencia, mientras todos, conmovidos, aplaudirán nuevamente tu paso por la tierra, como un gran benefactor.
La gente delirará extasiada, pensando en tu cadáver, en la putrefacción que lo degrada, dándole dotes de santidad a tu existencia. Los gases que revienten las pústulas enmohecidas serán la aureola de luz eterna que te rodeará. Porque no estarán a la vista de nadie, pero sí en el inconsciente necrófilo de este pueblo maravilloso.
Fíjate: mueren como moscas, diariamente, médicos, enfermeros, científicos, personas que consagraron su vida al bien del prójimo. ¿Crees que alguien les rendirá los honores que tendrás tú, que brindaste unos efímeros momentos de alegría al populacho? Pues no. Ellos son anónimos. No importa lo que hayan estudiado, ni las horas que sacrificaron en pos de la humanidad. Solo vale la sensación de triunfo y poder que supiste transmitir sabiamente, para lavar sus frustraciones, limitaciones, errores.
Todos necesitan un héroe débil, que incurra en todos los pecados, que manche los principios más sagrados, para sentirse identificados con sus victorias.
Anhelan saber que pueden endiosar seres con defectos similares a los propios, pero con la posibilidad de taparlos con algún éxito que emocione sus vulgares corazones amarillistas.
Así que, amigo mío, no temas por tu prestigio más allá de la muerte.
Recuerda que se multiplicará hasta el infinito, y que estarás en las oraciones de los que confunden talento con gloria celestial, por la mediocridad gris que los rodea.
No dejes de disfrutar tus vicios y caprichos, ni de ofender gratuitamente a quien se deje. Los mismos a quienes escupas, loarán el barro inmundo donde te revuelques.
Goza, y prepárate para saber que cambiarán el nombre de monumentos y edificios públicos, desplazando al de los próceres fundadores de la patria, por el tuyo.
-¡Sabio maestro! Tus palabras me llenan de alivio y satisfacción. ¿Puedo tenerte entre el séquito que me acompaña en mis andanzas? ¿Me brindarías ese honor?
-Habla de costos con mi secretaria, y cuenta conmigo. Solo por la admiración que te profeso, será a un precio especial…
sábado, 28 de noviembre de 2020
EDGARD, EL COLECCIONISTA- TRAS LOS MUROS
EDGARD, EL COLECCIONISTA
TRAS LOS MUROS
La casa contigua a la funeraria estuvo desocupada durante años, luego de un muy largo litigio sucesorio.
Finalmente fue adquirida por un hombre de fuera del pueblo a un muy buen precio.
Don Leandro, un comerciante retirado, se presentó como nuevo vecino, ofreciéndome una cartera de inversiones en la bolsa, de lo cual desistí, pero quedé a su servicio, para guiarlo en lo que necesitara conocer de nuestra comunidad, elegida por él para descansar.
No pasó una semana de instalado en su nuevo hogar, que me tocó encontrarlo en el banco local, saliendo ambos.
No parecía el hombre que siete días atrás tomaba posesión de su bella vivienda. Ojeras violáceas subrayaban unos ojos enrojecidos, y hasta el escaso cabello parecía haber encanecido de golpe.
-¿Se encuentra bien, Leandro?
-No sé qué decirle, Edgard. Es algo confuso…
-Venga conmigo hasta mi casa. Tomamos un café y me comenta.
Llegados ya, Tristán nos recibió, asombrado del mal semblante de mi invitado.
-Cuénteme, por favor.
-Es algo raro lo que le voy a decir.
-No se preocupe. No tenga pena.
-Desde la primera noche que pasé en la casa, me despertaron unos gemidos. En principio pensé que podía ser algún gato en el tejado, y no le presté mayor atención.
´´Con los días, esos sonidos se intensificaron, y empezaron a ser acompañados de golpes en los muros. ¿Escuchó algo usted, desde su casa?
-No, para nada. Pero tenga en cuenta que no tenemos paredes colindantes: nuestros jardines separan las viviendas, con su cerca. Deberían ser ruidos sumamente estridentes para oírlos desde aquí.
-Lo supuse. El tema es que ya me estoy arrepintiendo de haberme mudado allí. Porque no solo es eso, Edgard. Cuando me he levantado a investigar, sentí unos dedos helados en mi nuca. Y el aire parecía haberse congelado…
´´Imagínese que me di vuelta con un susto de muerte, por ese contacto, y alcancé a ver una especie de figura horrorosa: una momia pálida como la muerte misma, con la boca abierta en una espantosa mueca. Solo permaneció unos segundos, pero casi me lleva al otro mundo.
´´Para más disgustos, cuando fui a la cocina a reponerme con un vaso de agua, comenzaron a sonar golpes en las paredes.
´´Con el corazón en la mano, seguí los ruidos, que me guiaron hacia el muro central dela sala. Allí me esperaba otra amarga sorpresa: la pared frontal, al lado de la chimenea, mostraba un horrible moho, cosa impensable, habiendo sido restaurada y pintada la vivienda antes de instalarme.
-Hagamos una cosa, Leandro: si a usted no le molesta, podemos ir con Tristán a ver qué ocurre. Y si lo desea, puede hacer noche aquí. Tenemos un cuarto de huéspedes desocupado. Tiene cara de no haber dormido bien hace bastante.
-¡Cómo se lo agradezco, Edgard! Los espero con gusto. Los fenómenos comienzan luego de la medianoche. Si no les resulta muy engorroso, los espero a esa hora, vecinos.
-Quédese con nosotros, si lo desea, hasta esa hora. Así no aguarda solo.
El hombre suspiró, aliviado. Se le notaba el temor en su rostro demacrado.
Cuando llegó el horario indicado, nos apersonamos en la casa.
Lo primero que percibimos, tal como nos había contado Leandro, fue la baja temperatura, pese a la calidez del clima exterior, que amenazaba con una tormenta, luego del agobiante calor.
Al pasar a la sala, Leandro emitió una exclamación: la pared que había mencionado, estaba feamente manchada con moho, hongos, y exudaba una viscosa baba verdosa, de un húmedo olor nauseabundo.
Un gemido ululante, angustioso, nos erizó la piel, a la vez que desesperados golpes se sentían en la pared.
Como corolario del fenómeno, apareció la figura horrible de una mujer momificada, con el rostro estirado en una mueca de espanto inenarrable, que me recordó al cuadro ´´El grito´´.
Leandro estaba paralizado. Con Tristán nos acercamos al espectro, que extendía sus blancas y esqueléticas manos, como buscando una ayuda que jamás llegaría.
Ambos percibimos una terrible angustia, un dolor indescriptible.
Tocamos su materia sobrenatural, y captamos la terrible historia.
La aparecida era una bella joven, casada con el antiguo dueño de la casa.
´´En una estúpida discusión, por un tropiezo desafortunado, Amelia cayó al suelo desvanecida. Su marido, presa del pánico, y creyéndola muerta, la lapidó en el muro de la sala, sin sospechar que solo estaba desmayada. Falleció asfixiada, en una terrible agonía.: despertó en una oscuridad absoluta, sin poder moverse, hasta desfallecer por la falta de oxígeno.
Al poco tiempo, el esposo, presa de remordimientos y tristeza, murió, dejando casa y fortuna en un litigio familiar que duró demasiado tiempo.
-Si te sacamos del muro, Amelia, ¿descansarás en paz?
El espectro asintió, mientras de la pared seguía manando la horrible sustancia verdosa y nauseabunda.
-Por favor, Leandro: busque algo para romper el muro.
-¡Ay, Dios mío! ¿Quién me mandó a venir a este pueblo? - dijo, mientras corría por herramientas.
No bien abrimos un agujero en el lugar señalado por el moho, encontramos un cuerpo momificado, con la terrible mueca de agonía plasmada en su rostro.
El espectro tornó en una imagen pulsátil. Aparecía y se desvanecía. En la última visión que tuvimos de ella, se dejó mostrar como una bella jovencita, con una sonrisa de alivio, y una mano agitándose en una niebla difusa, hasta desaparecer con un tintineo, al dejar caer una llave plateada, que tomé inmediatamente.
Estaba grabada con una palabra: ´´paz´´.
Llamamos a la comisaría para dar parte del evento, que se archivó rápidamente.
Don Leandro se marchó del pueblo, poniendo nuevamente la casa en venta.
No creo que nos visite en los próximos años, pero cada tanto, me envía saludos y agradecimientos en forma virtual. Parece que poco a poco olvida el suceso ocurrido, o se deja ganar por la negación, ya que cuando menciona su marcha, la asocia a inconvenientes familiares, que obviamente, jamás existieron. Nada ganaría con recordarle tal cual los hechos.
La llavecita de plata, con su palabra tan significativa, forma parte de mi colección.
Perdí un buen vecino, lamentablemente, pero los espero a ustedes, en La Morgue, para contarles nuevas historias que discurren por mi existencia. Y les deseo eso tan importante para todos en la vida: paz.
sábado, 21 de noviembre de 2020
EDGRD, EL COLECCIONISTA- UN CASO POLICIAL
EDGARD, EL COLECCIONISTA
UN CASO POLICIAL
Vino a visitarnos el comisario Contreras.
-Quiero contarles, señores, un caso de un colega en otro pueblo, con la intención de ver si ustedes lo pueden ayudar.
Tristán, mi asistente, estaba tan intrigado como yo.
-Se trata de un caso raro. Es un finado al que se pudo reconocer por su domicilio, y algunas viejas fracturas que coinciden con el historial médico, al igual que los arreglos odontológicos.
El tema es que, por el avanzado estado de deterioro del cuerpo, no se puedo realizar una autopsia concluyente que nos indique la causa del deceso.
Por otro lado, el tiempo de descomposición no coincide con el testimonio de los testigos que dicen haberlo visto con vida la última vez: para ese entonces, la víctima, tendría que haber estado muerta. No hay concordancia lógica.
-¿Qué tan avanzada estaba la descomposición?
-Buena pregunta, Tristán. Tanto, que no le quedaba carne, prácticamente, en los huesos.
Verás, lo encontraron muerto en una tina de baño. El agua era…una sopa, donde hervía la carne putrefacta.
Dentro de ese caldo inmundo, los restos de evolución larvaria, coinciden con el tiempo de fallecimiento estimado, que, a su vez, echa por tierra la posibilidad de que la gente lo haya visto con vida en la fecha indicada.
-¿Existe la opcción de que los testigos mientan?
-No, Edgard. Es gente que solo lo identificó tras hacer memoria, en lugares públicos: en un bar, en una despensa, en la farmacia…
Los forenses se están volviendo locos.
¿Me acompañarían esta noche al velatorio del sujeto? Pienso que ustedes podrían captar algo. ¿Qué me dicen?
-Está bien. Nos ha intrigado, Contreras.
Ahora queremos saber qué ocurrió tanto como usted.
Escoltamos al comisario hasta el pueblo vecino, y participamos del velatorio. Seguía con la seguidilla de los féretros cerrados.
Éramos presencias anónimas en un rincón.
De pronto, sentí una vibración extraña en el aire. Por la cara de Tristán, él también.
Segundos después, un cadáver descarando, mejor dicho, un esqueleto, con jirones de carne podrida colgándole como horribles ornamentos y unas pocas facciones deterioradas, apareció delante nuestro haciendo señas desesperadas.
Nos indicó salir hacia el patio interno de la funeraria.
Lo seguimos.
Ninguno de los dos entendió lo que el difunto intentaba decirnos con sus alocados movimientos y señales físicas.
El esqueleto pareció desesperarse, y para nuestro absoluto asombro sentimos unas terribles picaduras en varios puntos del cuerpo, que nos arrancó gritos de dolor.
Fue muy desagradable.
Atinamos a mirar el lugar de los ataques.
Dos marcas rojas aparecieron en los sitios examinados, y se desvanecieron rápidamente.
Entonces, comprendimos lo que el difunto intentaba decirnos desesperadamente.
Nos acercamos al espectro, y le impusimos las manos, logrando establecer un canal de comunicación. Entonces, terribles imágenes surgieron ante nuestros ojos.
Bien conscientes de lo que debíamos hacer, buscamos a Contreras, que nos esperaba, ansioso.
-Los vi salir, y por la cara que traían, me parece que algo deben haber descubierto.
-Así es. ¿Podríamos hablar con su colega?
-Ya lo hago llamar.
Cuando vino el amigo de Contreras, y nos presentamos, le consulté:
-¿Tenía el difunto alguna relación con alguien que trabajara con ofidios?
-¡Sí! ¿Cómo lo sabe?
-Mire, es bastante difícil explicarlo. Su amigo le podrá contar a respecto. Yo solo tengo una teoría, y usted deberá dilucidarlo.
´´Imagínese el siguiente panorama: la víctima estaba tomando un baño en la tina. Alguien que conocía muy bien la casa, sabía que la claraboya del baño daba a la terraza.
´´La entreabrió ligeramente, y por allí vació una bolsa con serpientes, que llovieron sobre el pobre hombre, picándolo reiteradas veces en la cabeza y torso, causándole un dolor abominable.
´´Luego de unos minutos de agonía terrible, el hombre falleció en la misma tina, paralizado, y torturado brutalmente por un sufrimiento inenarrable.
´´La persona que le arrojó los ofidios tenía llave de la casa, por lo que no se encontró ningún signo de intrusión ni violencia.
´´Con la pericia de manejar estos animales por la experiencia de su trabajo, recogió las serpientes, y se marchó, por lo que deduzco, en medio del horrendo sufrimiento del hombre por las innumerables picaduras.
´´Algunos venenos de origen animal aceleran notoriamente el proceso de putrefacción de un cadáver, y no digamos si el cuerpo es sometido a una alta dosis, y se encuentra en un medio líquido: la carne prácticamente se licúa, dificultando especificar el momento del fallecimiento, y más aún, su causa.
´´Como dije anteriormente, caballero, no puedo especificarle de donde obtuve la información. No me creería.
´´Queda en usted continuar la investigación por ese camino, o cerrar el caso sin avanzar.
´´Lamentaría mucho que optara por lo último, ya que quedaría una persona culpable sin pagar su terrible accionar, y un alma penando, sin el alivio póstumo de la justicia.
´´Solo piense cómo se debe haber sentido la víctima cuando le llovieron sobre la cabeza esos animalitos, que, asustados, le aplicaron innumerables picaduras letales, y murió con unos dolores de pesadilla.
-Señor: mi amigo me contó sobre ustedes. Y yo creo en todo lo que me relató.
´´La víctima estuvo relacionada con una bióloga que trabaja en el serpentario. Convivieron un tiempo antes de que el hombre fuera encontrado en el lamentable estado en que lo hallaron.
´´Me dijo esta mujer, cuando la interrogamos, que habían roto la relación quedando como amigos.
´´No tengo pruebas, pero el escenario que usted me pintó, tan acertadamente, es el único viable.
´´Presionaré a la mujer, diciéndole que encontramos evidencia contra ella, para instarla a confesar.
´´Les agradezco mucho haberse llegado hasta aquí.
-No tiene nada que agradecer. Antes de retirarnos, nos quedaremos un momento más en el velorio.
Pero en vez de pasar a la sala, fuimos al patio interno, donde se nos apareció el patético esqueleto, que transmutó en un joven con ojos llorosos.
Hizo un gesto de despedida, con cara de gratitud. Unió sus manos, y dejó caer de ellas un objeto que luego alcé del lugar donde quedó.
El espectro se desvaneció mientras esbozaba una sonrisa muy triste.
Levanté del piso un pequeño dije de oro, con una serpiente finamente trabajada en el metal.
El joven había sido un notable orfebre, antes de que su novia despechada hubiera decidido quitarle la vida con esa horrible lluvia de ofidios.
Volvimos con una sensación agridulce.
Ayudamos a encontrar la paz a un alma en pena, pero tuvimos que vivenciar la espantosa voluntad de un amor enfermizo, y su terrible venganza.
El dije de oro se encuentra entre las piezas de mi colección, testimoniando lo retorcidos que pueden llegar a ser los sentimientos humanos.
Me despido de ustedes, mis amigos, esperando que me visiten una vez más en La Morgue.
Buen fin de semana.
viernes, 13 de noviembre de 2020
EDGARD, EL COLECCIONISTA - LA CABEZA PERDIDA
EDGARD, EL COLECCIONISTA
LA CABEZA PERDIDA
Tristán, mi asistente, me avisó que vendrían los parientes de un sujeto fallecido, para pautar su despedida.
Lo vi muy nervioso, por lo que le pregunté qué ocurría.
-Me parece, don Edgard, que sería conveniente que el comisario Contreras se diera una vueltecita con un par de agentes cuando oficie el velorio…
-¿A quién velaremos, hombre?
-No recuerdo el nombre del tipo. Pero está en las noticias. El violador, Edgard. El que la gente linchó antes de que lo apresara la justicia. Si bien ya se expidieron sobre la culpabilidad del mismo, porque las víctimas hablaron del tatuaje en el cuello del perverso, hay un detalle puntual: a alguien se le ocurrió cortarle la cabeza, y esconderla.
´´Nadie logró encontrarla, hasta el momento. Tampoco se sabe la identidad de quienes lo ultimaron. Pero ha generado un odio muy grande. Es posible que la gente quiera desquitarse con el cuerpo.
´´Aún puede negarse a aceptar velar aquí al difunto.
-No, Tristán. Jamás rechacé una ceremonia. Tengo una reputación para cuidar. No va a ser un mal hombre quien me haga cambiar mi forma de trabajar. Y en cuanto a la gente, todos me respetan. Nadie se portará mal, te lo prometo. No será necesario llamar a nadie.
Tal y como dije, no hubo interferencias con el velatorio.
Habilité una puerta lateral para la muy reducida concurrencia que vino a despedirse del sujeto, que obviamente, se veló a cajón cerrado, por la carencia de cabeza.
No bien terminó el oficio, ya solos con el féretro, vimos, con Tristán, en el medio de un humo rojizo, la espantosa cabeza del tipo, putrefacta y llena de gusanos, bullendo en forma horrible, mientras gesticulaba con muecas grotescas, y la mirada llena de ira.
Reposaba en el suelo del salón, cerca de la puerta de salida.
Cuando nos acercamos a ver mejor el espantoso fenómeno, la cabeza se esfumó, reapareciendo en distintos lugares, y desapareciendo luego, como indicándonos un camino a seguir.
Y así fue. Fuimos persiguiendo en la oscuridad de la noche a la espantosa testa, que refulgía con luz rojiza, dejándonos un rastro.
Ya adentrados en el campo, y bastante cansados, pero sin darnos por vencidos, llegamos hasta un viejo aljibe de una granja abandonada.
La enfermiza luminosidad escarlata que salía de la boca del pozo, nos indicó que había en el fondo.
Extenuados, volvimos a la funeraria, y llamé al comisario para contarle la noticia.
Finalmente, Tristán había acertado, pues terminamos recurriendo a la policía.
Le pedí que viniera solo con gente de confianza, que fuera discreta.
Al rato nos encontramos todos en el aljibe abandonado.
Un agente delgado y flexible ingresó en el pozo, con una escalera, y rescató la horrenda cabeza.
La colocaron sobre un tronco grueso. Habían iluminado todo con reflectores.
Nos acercamos, con Tristán, siguiendo a la extraña energía que vibraba en el aire, que olía a putrefacción y a ozono, como si en cualquier momento se estuviera por desatar una tormenta.
Y si bien no fue de lluvia y viento, la tormenta llegó.
La cabeza comenzó, para el horror del comisario y los agentes, a esplender la luz roja.
Los racimos de gusanos se sacudían como si sufrieran descargas eléctricas.
La boca, se abría y cerraba mostrando una ennegrecida lengua, en gestos repulsivos.
Y los ojos refulgían de un odio tan perverso, que uno sentía que hacían daño de solo mirarlos.
Los policías estaban congelados.
Ya muy cerca, impusimos las manos sobre la asquerosa cabeza del perverso.
No capté el mínimo sentimiento de arrepentimiento, o remordimientos.
Interrogué mudamente, con un gesto a Tristán, que comprendió al instante, y me contestó con otro, de negación.
Mi voz se elevó como el trueno de la tormenta que no fue.
-¡Inmundo ser corrompido! ¡Retírate ahora de este plano! ¡No tienes un solo lugar aquí donde seas bienvenido, engendro del mal! ¡Te repudiamos! ¡Fuera!!
Entonces, bajo el fulgor colorado, ocurrió algo impensable: bajo un gesto de sorpresa, que reemplazó al de maldad, los gusanos devoraron la carne podrida de la infausta cabeza, con una velocidad de pesadilla.
La visión fue particularmente espantosa cuando solo quedaron los desorbitados globos oculares purulentos sobre la calavera descarnada. Luego, los bichos devoraron eso también.
El cráneo desnudo movió la mandíbula un par de veces, y después quedó inerte. Los gusanos comenzaron a devorarse entre ellos, hasta que solo quedó uno, gigantesco, que explotó como un globo lleno de sangre.
La luminiscencia se disipó lentamente, como una niebla con una bocanada de viento.
El comisario rompió el silencio.
-Aunque lo haya visto, no puedo creerlo, Edgard.
-Me parece, comisario, que nadie va a echar de menos esto. –dije señalando el cráneo limpio, salvo por las salpicaduras del obeso gusano estallado. –me lo voy a llevar, si no está en desacuerdo, Contreras.
-En absoluto. Nos vamos a descansar. Ha sido un largo día. Buenas noches, caballeros.
Los policías se fueron en silencio. Los pobres agentes tenían un gesto de asombro y espanto por partes iguales.
Regresamos a la funeraria con otra pieza para mi colección, y una duda en el alma.
¿Se había hecho justicia?
¿Realmente teníamos los hombres esa potestad?
Solo sé que mi ira, la misma que llevó a la gente del pueblo a linchar al perverso, había sido aplacada favorablemente.
Los saludo, amigos míos, esperándolos en La Morgue, como cada semana.
viernes, 6 de noviembre de 2020
EDGARD, EL COLECCIONISTA- EL JARDÍN DE HUESOS
EDGARD, EL COLECCIONISTA
EL JARDÍN DE HUESOS
Hola, mis queridos amigos.
Quiero contarles de un doble velatorio que me tocó oficiar.
Vino el comisario Contreras a anoticiarme que me habían encomendado realizar la despedida de la señora Gardenia, y su esposo, Gregorio.
-¿Por qué viene usted a pedírmelo, comisario?
-Verá, Edgard. No son circunstancias normales. Por protocolo, estos cuerpos, una vez procesados por la policía, deberían ser enterrados sumariamente, sin velarlos. Lo que ocurre, es que pidió por el ritual la madre de Gardenia, una mujer grande, enloquecida con la idea de que enterraran a su hija sin velarla…
-Creo que tiene una historia para contarme, Contreras.
-Así es, Edgard. Necesito hacerlo. Es todo muy triste y retorcido.
´´Gardenia eran una hermosa enfermera que se enamoró muy joven de Gregorio, un visitador médico guapo y simpático.
´´Durante todo el noviazgo, se comportó como el príncipe soñado por cualquier jovencita.
´´Una vez que se casaron, todo cambió: el cuento de hadas, se transformó en uno de terror.
´´Gregorio dejó de lado toda clase de galanterías y sutilezas, dejando bien en claro que la bella Gardenia era de su propiedad, y que se debía en cuerpo y alma a servirle y atenderlo. Lo demás, sobraba.
´´La primera imposición que puso a su esposa, fue que dejara de ejercer la profesión que tanto ella amaba.
´´Gardenia, cada tanto consultaba con su madre respecto al cambio abrupto que había dado su vida, y la transformación de su marido en un ogro mandón.
´´La mamá le ordenó que acatara los deseos de su esposo. Era lo correcto. No debía humillarlo con otro ingreso que opacara su misión de proveedor.
´´La muchacha no podía creer la visión de su mamá. Pero comprendió que no conseguiría apoyo en ella. Y Gregorio no le permitía tener amigas.
´´Su vida se tornó muy gris. Lo único que la distraía un poco de su tristeza era cuidar un hermoso jardín que logró hacer prosperar en el jardín de su casa.
´´Gregorio se impacientaba cada vez más al no llegar los hijos que deseaba para completar su ideal de familia, y se lo reprochaba muy violentamente a Gardenia, que, desesperada, acudió al médico para ver si podía quedar embarazada pronto.
´´Como todos los estudios salieron normales, por recomendación del médico, le sugirió a su marido que también acudiera a la consulta, para ver si había alguna disfunción en su fertilidad.
´´Eso desató en él una furia sin igual. Herido estúpidamente en su hombría, empezó a aplicar periódicas golpizas a la pobre Gardenia.
´´Una vez más, ella acudió a su madre, pidiéndole asilo y ayuda. No deseaba vivir más con ese hombre que desconocía.
´´La madre, para su total horror, avaló la conducta de Gregorio, contestándole que debía mejorar como esposa, y no provocar la ira de un jefe de familia. No recibiría a una mujer huida de su casa, como apoyo de quien quedaría ante los ojos del mundo como una prostituta.
´´Desolada, la chica se dedicó con alma y vida a su jardín, cada día más bello y florido.
´´Las golpizas se hicieron algo frecuente.
´´Un día, Gardenia encontró una marca de labial en la camisa de su esposo, que había empezado a llegar tarde a casa.
´´Con una saludable furia que se desconocía, lo persiguió furtivamente una jornada, descubriéndolo salir del hospital donde ella trabajaba antes de casarse, con una enfermera, a la que besaba entre risas, mientras le entregaba una caja de regalo.
´´Con la ira oprimiendo su pecho, reconoció a quien fuera su mejor amiga, como la amante de su tiránico esposo.
´´Con gran calma regresó a su hogar. Buscó en una caja un fármaco y preparó una inyección. Esperó atrás de la puerta con una paciencia helada.
´´Cuando Gregorio, a deshora, abrió la puerta, sintió un pinchazo en el cuello antes de desvanecerse.
´´Cuando despertó, estaba amarrado en el sucio sótano de la casa, que no utilizaban por las filtraciones de humedad.
´´Se hallaba sobre un sillón apolillado, maniatado y amordazado. Atontado aún, no entendía que había ocurrido.
´´Gardenia, lo miró críticamente. Sin decir una palabra, le hizo un torniquete en la pierna, y luego se la cortó con una sierra.
´´Gregorio se desmayó del shock. Ella le inyectó lo necesario para que sobreviviera semejante trauma.
´´Despojó laboriosamente la pierna amputada de su carne, y cuando quedó el hueso bien limpio, lo plantó en el jardín, como si fuera una flor exótica.
´´Para no hacer muy larga la historia, Edgard, le diré que la chica fue mutilando al infeliz y plantando sus huesos en el jardín, hasta que el tipo falleció.
´´Por desgracia para él, era muy resistente, y aguantó vivo lo suficiente para que Gardenia lo despojara de piernas y brazos. Muchos huesos fueron retirados del patio.
´´Cuando el tipo se murió, Gardenia se hizo un test de embarazo, que dio positivo.
´´Después de eso, se colgó de una viga del sótano, muy cerca del torso mutilado de Gregorio.
´´La mayoría de las cosas que le cuento, surgen de deducciones que tomé, luego de una minuciosa investigación.
-No comprendo. ¿A nadie le llamó la atención la ausencia del hombre en su trabajo? ¿No sorprendieron los huesos del jardín? ¿La madre no la contactó en esos días?
-Gardenia había llamado al trabajo del marido avisando que debía viajar por el fallecimiento de su padre.
´´Los vecinos, Edgard, jamás denunciaron el maltrato del que fueron testigos tanto tiempo. Dudo que quisieran involucrarse con cualquier cosa que les implicara problemas. Unos cobardes despreciables. Los considero cómplices de la tragedia de la muchacha.
´´Y hablando de cómplices, fue la madre de Gardenia quien los encontró, y nos anotició de la brutal circunstancia.
´´Después de intentar contactarse con su hija durante varios días sin éxito, se tomó su tiempo para decidir acercarse a la casa, de la que tenía un juego de llaves.
´´Vio los huesos en el jardín sin entender qué eran. Entró en la casa, llamando a su hija, y le llamó la atención la sangre que manchaba la cocina. Siguiendo el grueso goteo, abrió la puerta del sótano, donde halló a los occisos ya en estado de putrefacción.
´´Nos llamó de inmediato. Y nos hizo prometer que la pareja tendría una ceremonia completa de despedida. Según ella, nadie debía separar lo que Dios había unido.
´´Cuando investigamos los detalles de la macabra historia, tenía ganas de arrestar a esa mala mujer, una total hipócrita desamorada. Ella misma nos contó, en declaración, cómo le había dado la espalda a la muchacha. No hubiera detonado así su cabeza, de haber tenido el apoyo de su propia madre.
´´Así que será una ceremonia doble, Edgard, y a cajones cerrados, como es obvio.
´´Esa vieja bruja dejó el costo de todo dispuesto para ello.
´´Le cuento el último detalle: Gardenia usó la carne de Gregorio como fertilizante en su jardín. La encontramos allí, putrefacta. Funcionó muy bien con los rosales.
´´Y una cosa más. No es lo más correcto, pero me pareció adecuado. Este es un pequeño huesito de la mano de Gregorio. Soy muy de presentimientos, y se me puso que usted apreciaría este, digamos, poco convencional ´´souvenir´´.
Y no se equivocó el buen comisario en eso.
Ni tampoco en decir que quien calla un hecho de violencia, se transforma, automáticamente, en cómplice de ella.
Ya no es tiempo de callarnos, mis queridos amigos.
Los espero como todos los sábados, en La Morgue, para contarles nuevas historias de mi colección particular.
sábado, 31 de octubre de 2020
EDGARD, EL COLECCIONISTA- EL DYBBUK
EDGARD, EL COLECCIONISTA
EL DYBBUK
Nada más triste, queridos amigos, que oficiar el velorio de un niño.
Me tocó organizar la despedida de Ángel, hijo de una conocida de mis padres, Adela.
Me sorprendió la falta de reacción de la madre durante el velatorio. Se lo atribuí a un estado de shock. Aun así, no se me pasó por alto su mirada temerosa, cada vez que sus ojos se posaban sobre el ataúd del bello pequeño, que parecía un ser celestial en la calma de la muerte.
Tristán, mi asistente, se removía incómodo, presa de una extraña inquietud.
Algo ocurría, que se me estaba escapando.
Cuando concluyó la ceremonia fúnebre, y todos se retiraron, descubrí qué era lo que
molestaba a Tristán, y asustaba a Adela.
Se materializó una presencia con la imagen del niño. Su energía no era la de un espectro.
Era otra entidad. Una realmente maligna.
El ser abrió la boca, llena de colmillos afilados como navajas, y expelió una bocanada de inmundo viento fétido, con un aullido horrendo, que nos hizo tambalear, alejándonos del féretro.
Enloquecido de furia, intentaba entrar en el cuerpo del niño, que, al carecer de vida, no le servía de portal de intrusión.
De puro odio, nos escupió una sustancia verdosa, vomitiva, que nos quemó como ácido al tocarnos.
Nos tomamos de las manos, para crear un campo energético que contuviera en un cerco al espantoso y agresivo engendro.
Logramos una débil barrera, que no lo limitaría mucho tiempo.
El monstruo chocaba con ella, enloquecido de odio, para liberarse.
-Debemos ir donde Adela, Tristán, para saber de dónde viene esto.
-Vamos, don Edgard. Pero estoy casi seguro que es un demonio. Lo siento en la piel. Y hoy, precisamente, treinta y uno de octubre, es un día portal.
Tragué saliva. La fecha se me había pasado por alto. La fuerza del ente se multiplicaría.
Adela nos recibió con una cara de profundo terror.
No nos anduvimos con vueltas.
Le pedí que nos diera información sobre la muerte de su hijo, para poder expulsar al maléfico ser que nos atacaba.
-Lo que les voy a contar me puede llevar a la cárcel. Pero a esta altura, será un paraíso, comparado al infierno que pasé.
´´Cuando tuve a Ángel, era un precioso niño normal. Al cumplir los seis meses, algo extraño ocurrió.
´´El bebé no paraba de llorar. Parecía todo el tiempo disgustado. No era hambre, ni dolor, ni sueño.
´´A medida que crecía, su enojo iba en aumento.
´´Sus primeros pasos fueron acompañados de toda clase de maldades. Sus primeras palabras, blasfemias.
´´Yo sentía que no era el niño que había parido. Era como si lo hubieran cambiado por otro.
´´Pensé que eran locuras mías. Pero, en un supuesto accidente, falleció en su cercanía un sobrinito, apenas un bebito. Y yo pude ver su gesto de maligna satisfacción.
´´´Mi familia empezó a dejar de frecuentarme. Nadie me lo decía de frente, pero sabía que era por el niño.
´´Luego ocurrió otra tragedia: apareció mi esposo con el cuello roto, en un nuevo y sospechoso accidente. Vi nuevamente el repulsivo gesto de triunfo en su malévolo rostro.
´´Cada tanto, me llamaban de la escuela para alertarme sobre su comportamiento cruel con sus compañeritos, que le temían muchísimo.
´´No me hacía falta ser muy inteligente para asociar la masacre de mascotas en mi barrio con el accionar de Ángel, que volvía de jugar por las tardes con manchas de sangre en la ropa, y una perversa sonrisa en el rostro.
´´No podía dormir bien por las noches. Apenas conciliaba el sueño vigilando que mi supuesto hijo, que no sentía como tal, no se escapara para hacer daño por ahí, al amparo de la oscuridad.
´´Una madrugada que me venció el agotamiento, me desperté sobresaltada, por una diabólica risita. Ante mis ojos, velado por las penumbras, con un filoso cuchillo en las manos, reía Ángel, con una mueca perversa, sacudiendo el arma ante mis ojos.
´´Entendí que mis días estaban contados, y al azar del capricho de un ser malévolo, que, si yo moría, iría a parar a un orfanato, donde cometería toda clase de atrocidades.
´´Entonces tomé una decisión. Muy desagradable, pero no veía otra opción. Debía matarlo.
´´Solo dormía un par de horas a la noche, sin horario fijo. Me dediqué a vigilarlo furtivamente. Cuando lo hallé entregado al sueño, tomé la almohada, y lo asfixié.
´´No fue natural la fuerza con que se defendió. Parecía un animal salvaje, dotado de una energía sobrenatural. Si no hubiera estado convencida de que se trataba de un ser maligno, no hubiera podido llevar a cabo mi amargo plan.
´´Logré mi cometido después de lo que me pareció una eternidad.
´´ Todo mi entorno pareció aliviado con el deceso del ´´niño´´. Y lo menciono sarcásticamente, señor Edgard, porque esa cosa que maté puede haber tenido el semblante de mi hijo, pero le aseguro que su espíritu no lo era. Algo se apoderó de su cuerpo cuando tenía seis meses. Algo me robó a mi bebé, y sumió mi vida en una pesadilla sin fin.
-Señora Adela: temo que debo darle la razón. Creo que estamos ante la presencia de un Dibbuk, un demonio que expulsó el alma de su Ángel, que se halla en la paz del eterno descanso, para valerse de su cuerpo. Es un ente malvado y dañino. Debemos volver urgente, para que no escape, e intente ocupar una nueva víctima.
´´Guardaremos su secreto, Adela. No sienta culpa, ni remordimientos. Su instinto la llevó a hacer lo correcto.
Nos marchamos a buscar al sacerdote más anciano del pueblo, el Padre Gabriel, ya retirado.
Pese a lo avanzado de la noche, nos atendió inmediatamente. Al escuchar la historia, no indagó nada. Nos pidió que lo esperáramos.
En un breve instante, vestido con la ropa consagrada, y un maletín en mano, nos dijo:
-Estoy listo, señores. Sabía que Dios me tenía una misión antes de marcharme.
Llegamos casi con lo justo.
El Dibbuk ya no consideró necesario tomar la apariencia de Ángel, y se mostró con su horrenda cara infernal.
Apenas nos vio, con un rugido gutural, se abalanzó sobre nosotros.
El Padre Gabriel, crucifijo en mano, y rociando de agua bendita con la otra al demonio, que retrocedió chillando, procedió a leer los textos sagrados.
El féretro se sacudió hasta arrojar al piso al cadáver del niño. Fue algo espantoso.
Los ornamentos de adorno, las cruces colgadas en las paredes, volaron por los aires.
Con Tristán unimos manos y pensamiento en oración para respaldar al Padre Gabriel.
El Dibbuk parecía furioso. Reventaron los vidrios de las ventanas.
Los trozos atravesaron el aire como cuchillos asesinos.
Cuando ya creíamos que no se rendiría, el ser escupió una llamarada de fuego hacia la cruz del sacerdote, que no la soltó, pese al dolor de la quemadura.
El crucifijo, de simple madera, transmutó en luminoso cristal. Cuando el rayo de luz emitido tocó al demonio, éste chilló, dolorido, y con movimientos convulsos, fue desapareciendo en un agujero que se abrió en medio de la sala de velatorios.
Horrendos gritos salían de ese hoyo tenebroso. Asomaban garras, tentáculos, pedazos de seres inimaginables.
Se cerró por fin la nefasta puerta del infierno.
Se tambaleó el Padre Gabriel, sus energías agotadas.
Lo asistimos de inmediato.
-Gracias, amigos. Hemos vencido al mal.
Déjeme obsequiarle, Edgard, esta cruz. Es testimonio de la fuerza de la fe. De la luz doblegando la oscuridad.
Hoy la cruz de cristal ilumina con sus rayos benignos mi querida colección.
Este, amigos, es mi testimonio de un día portal, 31 de octubre, donde es permeable la barrera delgada que nos separa de las dimensiones más oscuras.
Los espero, mis queridos amigos, para contarles más historias.
Que pasen una excelente noche de brujas, y un muy buen Día de los muertos…
sábado, 24 de octubre de 2020
EDGARD, EL COLECCIONISTA- HAMBRE DE CARNE
EDGARD, EL COLECCIONISTA
HAMBRE DE CARNE
Hace un tiempo, amigos, descubrimos con Tristán que esporádicamente alguien nos robaba. Y no hablo de hurtos comunes.
No podía establecer un patrón de las profanaciones (porque de eso se trataba).
En algún momento entre la llegada de los cuerpos en la ambulancia, y a veces, después de prepararlos para su despedida, alguien o ´´algo´´, mutilaba los cadáveres, llevándose un pedazo de sus carnes.
Me sentí realmente mal. Siempre había cumplido con un trabajo impecable. No me agradaba para nada presentar a los difuntos mutilados para su despedida final. Lo veía como una estafa para ellos, y para los seres queridos, que ignoraban los hechos.
Consideramos, en un momento, llamar al comisario Contreras, ya que el evento no dejaba la impronta de un hecho sobrenatural. Ni Tristán ni yo detectamos fuerzas oscuras en medio, pero algo me decía que lo debíamos solucionar nosotros.
-Don Edgard: creo que tenemos que vigilar constantemente a los difuntos que ingresen. Nos podemos turnar. Si deja a Cerbero moverse en esta zona de su propiedad, nos va a ayudar a encontrar a quién mutila los cuerpos.
-Así lo haremos, Tristán. No puede volver a ocurrir.
Cuando nos anoticiaron de la llegada de un cuerpo, montamos nuestro operativo.
Decidimos hacer la vigilancia los dos juntos. No era muy práctico, pero además de indignación, nos mataba la curiosidad por saber quién cortaba sendos trozos de los muslos, espaldas, glúteos y pecho de los difuntos. El otro enigma era para qué cometía esas atrocidades.
Lamenté no haber tenido la idea de Tristán, dejando antes a mi astuto mastín. Él no pasaba nunca sin mi permiso al área de trabajo, porque incomodaba a la gente en los velatorios mendigando caricias.
Mientras aguardábamos escondidos mirando la camilla donde nos esperaba el cuerpo que debía maquillar para la mañana, Cerbero, también oculto, olisqueaba el aire, imbuido de su tarea de guardián.
No llegaron a pasar dos horas, cuando sentimos un sonido de la claraboya, bien alta.
El perro estaba alerta.
Se nos acercó sin ladrar, indicándonos la presencia de un intruso.
Era bastante improbable que ingresara por la claraboya antigua, dado lo estrecho de su diámetro.
Para nuestra absoluta sorpresa, vimos cómo Cerbero comenzó a menear muy feliz la cola. Por el ventanuco asomó, como una serpiente, una soga, y seguidamente, una flaquísima figura humana se deslizaba por el pequeño ingreso, contorsionándose diestramente para amoldarse al escaso espacio.
Esperamos a que descendiera, y prendimos la luz.
Vimos la asustada figura de una adolescente delgadísima, que soltó un agudo grito al descubrirnos.
Cerbero se acercó amistosamente a ella, quién lo abrazó, buscando protección.
-¡No me hagan daño, por favor!
-Cálmate. Dinos quién eres y qué buscas aquí.
-¿No me denunciarán?
-¿Qué tal si te acercas, te sientas, y nos cuentas qué estás haciendo? No creo que seas una mala persona, niña. Cerbero no se mostraría tan complaciente, si lo fueras.
Reticencias mediante, se acercó al sillón que le señalé, sin despegarse de mi perrazo.
La muchacha, casi esquelética de tan flaca, apretó contra su pecho la mochila que cargaba, y se sentó.
-Prométanme, por favor, que no voy a ir presa…
-Cuéntanos primero. ¿Te das cuenta del peligro al que te expones al entrar así en propiedad privada? Si tomas a alguien por sorpresa, y armado, no dudaría en dispararte.
-Lo sé. - dijo con los ojos llenos de lágrimas. - les contaré todo.
´´Soy proteccionista de los animales.
´´Desde pequeña que cuido de ellos. Hace ya bastante que no consumo ningún alimento que provenga de su origen. Soy vegana.
´´Para mi total angustia, mi médico me indicó que, debido a mi bajo peso, debía empezar a consumir proteínas de origen animal, porque estoy en estado de desnutrición, y los complementos dietéticos convencionales no funcionan en mí.
´´Hui de casa cuando mis padres quisieron obligarme a comer carne.
´´Estoy viviendo en una casona abandonada cerca de aquí. Me siento mal por mis papás. ´´Les mandé mensajes diciendo que si me obligaban a volver, me mataría. Ellos están muy angustiados, esperando mi regreso.
´´Al vivir así, se aceleró mi descenso de peso. Y empecé a sufrir un hambre demencial. ´´Hambre de carne. Pero no podía ir contra mis principios.
´´Entonces se me ocurrió que podía tomar la carne de los muertos. Ellos ya no la necesitaban, y nadie sufría con su consumo.
´´Me empecé a colar a su funeraria, y a cortar pedazos. Me los llevaba a donde vivo, los asaba, y me los comía. No siento que haya hecho algo malo. No creo que las personas fallecidas me reprochen lo que hice. Me los comí con mucho respeto.
Casi se me escapa la risa. Era todo demasiado grotesco. Las connotaciones morales de los delirios de nuestra proteccionista caníbal escapaban a un análisis racional.
Tristán tenía la boca abierta, confundido, asqueado y conmovido a la vez.
-Niña, concuerdo en que los difuntos no están disgustados. No te reprocharán nada. Pero no puedes seguir profanando cadáveres para comértelos.
-¿Por qué?
-Porque…no estamos en una época que se acepte por ley cenarse al prójimo.
-¡Pero se vive torturando a los animales! ¡Es injusto! ¡Y a los muertitos no los perjudica en nada!
En ese punto de la conversación, la mandíbula de Tristán parecía a punto de querer desprenderse de su cara, y rodar lejos ella.
El berrinche de la niña me provocaba ganas de soltar una carcajada, y, a la vez, una profunda tristeza.
-Lo que dices, muchacha, aunque suene muy loco, tiene su lógica. ¿Cómo te llamas?
-Leonora.
-Querida Leonora: no te denunciaremos. Pero entiende que debemos llamar a tus padres para que te asistan. Es por demás visible que no estás bien de salud. Necesitas asistencia psicológica, además.
´´Creo que puedo asesorar a tus papás para que retomes una dieta completa sin necesidad de comerte a nuestros difuntos, y sin vulnerar tus principios veganos. Conozco médicos muy actualizados a respecto.
-¡No quiero que mis padres se enteren de lo que hice, señor! ¡No lo entenderían nunca!
Usted, aunque está tentado, creo que me comprende. Lo que no sé, es donde le ve la gracia…
-Tienes razón, Leonora. No es gracioso. Pero me hiciste analizar uno de los grandes tabúes de la humanidad de una manera muy abrupta. Y si no ponemos sentido del humor, pasamos a la tragedia demasiado rápido.
´´Haremos un trato: yo contacto a tus papis sin contarles de tu ´´nueva dieta´´, les doy la información de los profesionales que podrán ayudarte, y tú me prometes que te portarás bien, y dejarás de comerte a la gente.
En ese punto, Tristán pidió permiso, y se retiró rengueando, muy pálido. Ni frente a los más monstruosos espectros lo había visto descomponerse así.
-¿Estamos de acuerdo, Leonora?
-Bueno, señor.
-Me llamo Edgard. Dime, ¿Qué llevas en la mochila?
-Bolsas plásticas, para recolectar la carne, y un cuchillito.
El ´´cuchillito´´ era una tremenda y filosa daga, muy bonita, antigua, de plata.
-Era de mi abuelo, Edgard. Se lo regalo. Por ser tan bueno conmigo.
Sonreí al recibir el arma con que había mutilado a los muertos de mi funeraria.
Pasaría a formar parte de mi colección.
-Escúchame, Leonora: cuando te sientas afligida, puedes contactarte conmigo, si tus padres te dan permiso. Sabes que no te juzgaré. Pero no uses ese creativo cerebro con ideas tan…revolucionarias. Puedes lastimar los sentimientos de la gente, así como a ti te lastiman quienes dañan a los animales. Gracias por tu obsequio.
-De nada, Edgard. Su perro es muy bonito.
-Dame el número de tus papás.
Esa historia de locos terminó bastante en paz.
Es cierto que ningún alma perdió el descanso por la extrema dieta de Leonora, pero desechemos sus ideas nutricionales.
Les pregunto, con todo respeto, a los amigos veganos:
¿Han tenido alguna vez hambre de carne?
Los saludo esperándolos en La Morgue, como siempre, para contarles mis historias.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)