sábado, 13 de marzo de 2021
EDGARD, EL COLECCIONISTA - EL VESTIDO DE NOVIA
EDGARD, EL COLECCIONISTA
EL VESTIDO DE NOVIA
Me sorprendí agradablemente al ver a mi amada Aurora en la funeraria un día en que no la esperaba, pese a que venía acompañada de una joven con un aspecto pálido y enfermizo, tomando con aprensión un paquete entre sus delgados brazos.
—Mi querido Edgard: te presento a Luciana. Tuvo la confianza de compartir conmigo una aflicción que la aquejaba, y yo consideré que estabas en condiciones de ayudarla de algún modo.
—Todo lo que pueda estar a mi alcance, Luciana, queda a su disposición. Siéntese cómoda, mientras Tristán le trae algo para tomar, y cuénteme, por favor.
Luciana solo aceptó un vaso de agua de mi asistente, y no bien dejó su carga apoyada, se dejó caer en una silla frente a mí, comenzando su relato:
—Como Aurora sabe, soy aficionada a comprar cosas en tiendas de segunda mano. Más de una vez consigo verdaderos tesoros a precios muy bajos, casi ridículos, y los vendo en línea con alguna ganancia, que destino a las fundaciones en las que colaboro.
“Así fue como me topé con un bellísimo vestido de novia a unos centavos. Estaba algo amarillento, pero con una lavada a mano con bicarbonato, reviviría su esplendor: el diseño, bordados y finos detalles son espectaculares.
“Cuando lo dejé como nuevo, quedó deslumbrante. No pude dejar de notar que era de mi talla, y me tenté en probármelo. Me quedó estupendo, pero apenas la finísima tela tocó mi piel, sentí un extraño hormigueo, y un frío anormal.
“Eso no impidió, pese a la sensación de embotamiento que me acometió de golpe, que me acercara al espejo a admirar mi figura enmarcada con el atuendo nupcial.
“Una parálisis me acometió al ver mi reflejo: no era mía la imagen que reflejaba el cristal, sino el de una joven muy bella, de tez morena, una catarata de ensortijados cabellos oscuros, y afligidos ojos negros sombreados de espesas pestañas, con un gesto de súplica y dolor tan grandes, que se me nubló de la impresión la conciencia, y solo recuerdo despertarme en el piso, con el vestido aún puesto, luego de un largo rato de desvanecimiento.
“Azorada, ya que nunca me había desmayado, pensé que podía estar agotada por una semana muy cargada de trabajo y actividades extras, donde poco y nada había descansado. Así que después de desnudarme, y guardar cuidadosamente la prenda en una caja, me tomé un calmante y me metí en la cama, aprovechando el fin de semana venidero.
“Fue una de las peores noches de mi vida, señor Edgard. Una pesadilla espantosa, de la que no podía despertarme, me torturó durante mis horas de sueño.
“En ella, yo era el cadáver de la chica que vi en mi espejo. Mi espíritu, el de la morocha, no se quería alejar, porque aún dentro del ataúd donde la velaban, veía a todos flotando fuera de él. Sufría por la aflicción enorme de sus seres queridos, sobre todo, por su novio, que no tenía consuelo.
“Había fallecido no bien transpuso las escalinatas de la iglesia por una súbita aneurisma, pasando del clima festivo de la celebración de un amor hermoso, a una tragedia inesperada.
“Luego, las imágenes pasaron al momento en que dos siniestros empleados de una funeraria, al momento de cerrar el ataúd, trabaron la puerta de la estancia, y decidieron despojar al cuerpo de su vestimenta.
—Venderemos en otro pueblo el vestido y las joyas. A ella no le van a servir de nada.
—A los gusanos tampoco.
“Cuando vieron el cuerpo desnudo de la novia malograda, unos inmundos bajos instintos se apoderaron de los malvivientes, y vejaron el cadáver en forma salvaje antes de cerrar el féretro.
“Me desperté acometida por tal asco, que vomité al costado de mi cama, y me di cuenta de que volaba en fiebre.
“Con las escasas fuerzas que me quedaban, fui a tomar un antifebril, y ahí me percaté, con absoluto horror, de que estaba nuevamente vestida con el traje de novia.
“No sé de donde saqué ánimos para despojarme del mismo, arrastrarme hasta el patio, e intentar quemar la prenda, que, para mi total frustración, resultaba incombustible.
“Me limité, dentro de mi absoluto terror y confusión, a ingerir la píldora para que me aliviara la fiebre que me hacía castañetear los dientes, y me metí, casi desfallecida, nuevamente, en mi cama.
“Desgraciadamente, la terrible pesadilla se repitió con nitidez enfermiza, asqueante, y al lograr despertar, me encontré nuevamente vestida con el infausto vestido.
“Decidí pedir ayuda, y llamé a Aurora, quién vino a asistirme. Me despojó de la prenda, me bajó la fiebre, consiguió hacerme tomar algo, y envolviendo en un paquete el vestido, que solo parecía querer ser transportado en mis manos, ya que se caía de las de ella en forma incomprensible para ambas, me trajo hasta aquí. Edgard.
“No creo poder soportar un día más con esta maldición encima…
—Pues han hecho muy bien en venir. Les voy a pedir que aguarden fuera de la oficina. Deje, Luciana, por favor el vestido acá, y pasen, si desean, al sector de mi vivienda, para disponer de su comodidad.
Con Tristán desenvolvimos el paquete, develando el bello vestido de novia.
Impusimos sobre él nuestras manos al unísono, y se nos apareció la hermosa novia de las pesadillas de Luciana, Maribel.
Vivenciamos el terrible dolor y la angustia de la chica, que guardaba un secreto que no había transmitido a Luciana a través de las pesadillas y visiones.
—Mi pobre y querida niña: en el plano de dolor y sufrimiento en que te encuentras, no sabes que han pasado dos siglos desde tu muerte. Todos los actores de tu drama, ya han fallecido.
“Si te sirve de consuelo, las corruptas almas de los perversos que vejaron tu cuerpo inerte, penan sus culpas en un lugar horroroso.
“Sabemos tu secreto: albergabas en tu vientre un bebé cuando moriste.
“Aunque tu amado novio nunca te olvidó, logró retomar su vida unos años después, y el alma de la criatura que guardabas en tu seno, encarnó en una hija de él, que es la abuela de Luciana.
“Todos los que te amaron respetaron tu recuerdo y lo guardaron como un tesoro. La fuerza de su amor logró que no se perdiera la energía de tu legado.
“Puedes marcharte tranquila, ahora que tu secreto es libre, y que sabes que la vida continuó, superando dolores y angustias.
“Tienes el derecho del descanso eterno en la luz. Luciana, es, espiritualmente, tu descendencia, por lazos de afecto que son irrompibles. Le contaré tu historia, para que rece en tu memoria.
“Libera tus angustias atadas al viejo vestido, y parte, bella Maribel…
Con lágrimas de alivio, el espíritu que convocamos bajó la cabeza, y ascendió en un haz luminoso desprendiendo chispas ígneas que caían sobre el viejo traje de novia, del que huían jirones de sombras, esfumándose en el aire.
Con Tristán, suspiramos aliviados, habiendo liberado un dolor muy antiguo y dañino, agravado por las inmundas pulsiones de dos pervertidos sin escrúpulos ni moral, con el peso de saber que esas cosas perduran al día de hoy, quizá en forma más cruel y retorcida.
Concluida nuestra misión, nos acercamos a las chicas a contarles lo ocurrido.
Más tarde, el bello vestido de novia ocupó su sitial de honor en mi colección, que al agrandarse, requirió un nuevo salón para albergar la gran cantidad de objetos que la conforman, como un museo espiritual que representa lo mejor y peor de nuestra compleja naturaleza humana.
Los saludo, mis queridos amigos, citándolos para que nos encontremos nuevamente en La Morgue. No me fallen…
sábado, 6 de marzo de 2021
EDGARD, EL COLECCIONISTA -LA MUERTE BLANCA
EDGARD, EL COLECCIONISTA
El cuerpo de Amadeo llegó de una ambulancia judicial, ya listo para ser preparado para el velatorio.
El pobre joven, agobiado por la pobreza que diezmaba la calidad de vida de los menos favorecidos, viendo el hambre y las tribulaciones de su familia, había flaqueado, y arreglado un importe con los distribuidores locales de droga para transportar mercancía en un viaje por zonas muy controladas.
El tema es que después de tragar la variedad de basura introducida en píldoras resistentes a los ácidos gástricos, a mitad de su travesía, ya pronto a abordar un avión, una de las cápsulas que albergaba su vientre anormalmente hinchado se deshizo, y Amadeo pereció entre horribles dolores y convulsiones.
En los últimos momentos de vida, cuando los médicos que acudieron a salvarlo le indagaron si había ingerido algo en particular, en un flash de lucidez, guardó silencio, un silencio que le costó la vida por temor a que la delación de su delito derivara en represalias contra los suyos. Ante la extraña naturaleza del deceso, intervino la justicia. Luego de la autopsia que rebeló la causa de la muerte, más no la identidad de los traficantes, ya interrogada la familia, ignorante de la terrible maniobra del chico para llevar dinero al hogar, se decidieron, al fin, en entregar sus restos para los tristes protocolos de la muerte.
Mi querido ayudante, Tristán, me notificó:
—Señor Edgard: unos individuos insisten en verlo, aun cuando les dije que está usted muy ocupado. No son buena gente esos dos tipos. Creo que traen peligro, Edgard.
—Pues hazlos pasar a mi oficina, Tristán. Pero antes, deja ingresar a Cerbero. Mi perrito es muy astuto. No se hará notar, pero nos cuidará atentamente.
—Me quiero quedar con usted en la entrevista con los indeseables, Edgard.
—Me parece intuir la naturaleza de la visita de esta gente. Van a querer hablar a solas conmigo. Confía en mí.
De mala gana, Tristán siguió mis órdenes, y recibí en mi oficinita a los dos abominables narcos del pueblo, esplendiendo auras tan oscuras, que parecía haber ingresado las tinieblas a la estancia.
—Buenas tardes, señores. ¿En qué puedo ayudarles?
—No voy a andarme con rodeos, señor Edgard. Usted sabe que Amadeo murió sin cumplir un encargo particularmente rentable. Tuvo la dignidad de no traicionarnos, pero constituyó una pérdida de dinero y de prestigio en nuestra actividad. ´´Consideramos que quedó en deuda con nosotros, ya que perdió en manos de la ley una mercancía sumamente valiosa.
´´Voy al punto. Necesito que al terminar su velatorio, antes de cerrar el cajón, llene el féretro con las bolsas que traemos en los maletines.
´´Por tratativas que hemos realizado esta mañana con los parientes del chico, el cuerpo será enterrado en un cementerio bastante lejano, de donde, oportunamente, se retirará el material de la tumba.
´´Por supuesto, no le pedimos gratis el favor. No bien lo cumpla, recibirá una cuantiosa suma de dinero, que, por lo que tengo entendido, no le vendrá nada mal. Sabemos que no está en su mejor momento económico.
—No lo haré, señores. De ninguna manera. Ya hicieron ustedes demasiado daño. ´´Malograron la vida de un jovencito, deben haber aterrado a su familia para que consienta lo del cementerio alejado, y de ninguna manera seguiré profanando la memoria de Amadeo para que sigan distribuyendo veneno y enriqueciéndose con la desgracia ajena.
Los malvivientes sacaron de su cintura sendas armas, y me apuntaron al unísono. No sintieron el furtivo deslizarse de Cerbero, por la puerta que Tristán dejó apoyada, más no cerrada, ni vieron su postura atenta, preparado para atacar en cualquier momento.
—Se va a hacer lo que dijimos, Edgard. Si no es por las buenas, será por las malas. ´´Si usted se niega, lo mataremos a usted, a su ayudante, a la novia que tiene en las sierras, y a la familia de Amadeo. Y, de todos modos, aunque nos cueste un poco más de plata, el envío será entregado.
´´No será usted heroico, sino estúpido.
Levantaron las armas, y antes de que mi mastín se desplegara para atacarlos, y que yo les contestara con la indignación que carcomía mi pecho, un espectro blanco, de facciones horriblemente demacradas, y con un corte en el estómago de donde flotaban partículas que salían formando agujas plateadas, se interpuso entre los indeseables y mi persona.
Los sujetos, al ver a Amadeo con un horrible gesto de ira, mutilado con la autopsia, y sentir que las incorpóreas agujas blancas se le clavaban en la piel, soltaron del susto las armas, y encanecieron de puro horror en el acto.
Cerbero se lanzó sobre uno de ellos, mordiendo su brazo, pero el tipo no reaccionó, al igual que su compinche. Se habían quedados congelados de horror ante la aparición, como cegados por la blanca luz del espectro, y sus cerebros se desconectaron de la realidad, quedando catatónicos del espanto.
Sin prestarle mayor atención a los malvivientes, que yacían sentados en el suelo, como marionetas con los hilos cortados, con los ojos desorbitados y las bocas abiertas en una mueca estupefacta y babeante, acaricié a mi querido perro, y me enfrenté al espíritu de Amadeo. Tenía un gesto de profundo dolor, y seguía soltando esas pequeñas y agudas dagas liberadas por el corte de su autopsia.
A mí no me afectaban en lo absoluto.
—Amadeo, muchacho: ya puedes marchar en paz. Nadie dañará a tu familia. “Perdónate el error de tratar con esa gente malvada. Lo hiciste porque quisiste ayudar a los tuyos, y tu juventud no te dio la sabiduría de entender la mala decisión. ´´Aunque jamás terminaremos con el flagelo de la muerte blanca, estos dos, al menos, ya no operarán en nuestro pueblo.
´´Te prometo que haré lo posible por ayudar a los tuyos.
El espíritu del joven relajó su semblante dolorido. Esbozó una sonrisa triste, me saludó, y dejó caer un puñado de aguzadas dagas plateadas al piso, antes de que se cerrara su herida, y se esfumara en una bruma blanca y polvorienta como la sustancia que lo había arrancado de la vida.
Tristán, que había observado toda la escena tras la puerta, ingresó sin decir una palabra, y palmeando la testa de Cerbero, que descansaba vigilando en vano a los dos mafiosos tirados como zombis canosos, se agachó a juntar los minúsculos dardos, que resplandecían de un blanco que molestaba a la vista, como recordando su dañina naturaleza.
Llamé luego al comisario Contreras, que tuvo el engorro de encontrar una respuesta lógica para el estado de incapacidad mental de los narcos.
Insinué que el susto de enfrentarse con Cerbero los había dejado lelos, además de ponerles el cabello blanco de espanto al unísono.
Después de todo, el aspecto de mi noble mastín, pese a ser tierno y juguetón como un niñito travieso, era terrorífico.
—No sé, don Edgard. De todos modos, usted está fuera de toda sospecha, y nadie se va a poner triste porque esos dos terminen sus días en un hospital mental. Ya veré como redacto el informe.
´´Le despejaré de inmediato la zona para que pueda oficiar la despedida del pobre Amadeo. El único mal paso que dio en su vida, lo condujo directo a la tumba… Gracias a la celeridad del comisario, se pudo hacer el velatorio en el horario pactado. Organicé una colecta en la comunidad para su familia, y gracias a la solidaridad de la buena gente del pueblo, no solo se consiguió ayuda económica para ellos, sino también empleos. Estoy orgulloso de mis vecinos. Obviamente, las peculiares dagas delgadas como agujas, resplandecientes de cegador blanco, tienen un lugar en mi colección, lanzando el mensaje del daño que produce la droga, un veneno que afecta a la sociedad como un tumor maligno que no deja de crecer. Los saludo, queridos amigos, invitándolos a pasarse por La Morgue, donde siempre son bienvenidos. Y como he dicho más de una vez, de un modo u otro, terminarán llegándose por aquí…
sábado, 27 de febrero de 2021
EDGARD, EL COLECCIONISTA- LA BELLA Y LA BESTIA
EDGARD, EL COLECCIONISTA
LA BELLA Y LA BESTIA
Quiara, la mujer más hermosa del pueblo, había fallecido. Era tan bella que todos la conocían como “La Diva”.
Llegó a la funeraria en el momento de su espectacular esplendor maduro, por una muerte natural que dejó consternado a todo el mundo.
Josué, su añoso marido, se encargó, con gran pesar, de tramitar la despedida.
—Siempre pensé, don Edgard, que yo partiría primero. Esta tragedia me ha destrozado totalmente. Imagínese, que tengo horribles visiones desde que mi Diva me dejó…
—¿A qué se refiere con “visiones”?
—Pues, se lo cuento en confianza. Le ruego discreción, porque no quiero que me tomen como a un viejo loco.
“No bien se llevaron el cuerpo de Quiara, un monstruo espeluznante se me presentó, en forma muy amenazante. Era una masa obesa, amorfa, con gelatinosa piel, donde se translucían hinchadas venas azules, plagada de horribles pústulas y espinas.
“Emanaba un olor nauseabundo, y llevaba puesta una máscara con el rostro de Quiara, que se le corría, develando una cara demoníaca, realmente de pesadilla.
“Noté su impotencia para comunicarse conmigo. Era como que quería decirme algo, y al no lograr hablarme, me enviaba unos impulsos de fétido viento que me arrojaban al piso.
“Como le dije antes, Edgard, solo puede ser producto de mi imaginación. Es alienante…
“El punto es que temo regresar a mi casa. Creo que si vuelvo a ver a esa criatura del infierno, me va a fallar el corazón.
—Hagamos una cosa, Josué: quédese a descansar en mi cuarto de huéspedes.
“Tristán, mi ayudante, puede ir por sus cosas, así se cambia tranquilo para cuando comience el velorio.
“Créame que no es tan extraña su visión. Confíe en mí. Verá que todo tiene una solución, más allá del doloroso trance por el que está pasando.
El pobre hombre aceptó agradecido, sintiendo que le sacaban una enorme carga de encima.
Tristán se encargó de buscar sus pertenencias, y cuando regresó, me comentó:
—Hay un rastro de energía funesta en esa casa, Edgard. Y sigue hasta aquí, donde se encuentra el cuerpo de “La Diva”.
—Comienzo a percibirlo.
Como si la hubiéramos invocado, se materializó Quiara, con la espeluznante forma que me había referido Josué.
El horripilante ser, loco de rabia e impotencia, intentando cubrir su satánica cara con la máscara, nos arrojaba hediondas ráfagas de viento, para tirarnos al piso.
Por puro instinto, impusimos al unísono nuestras manos sobre la abominación, captando la realidad del odio que emanaba, y, a la vez, frenando sus ataques.
Pudimos ver a Quiara de niña, absolutamente malcriada por sus padres, atendiendo sus más insólitos caprichos, y obteniendo de todo su entorno lo que deseaba, en base a su belleza y simpatía, abusándose siempre de quiénes la rodeaban.
Ya adolescente, aprobaba las materias de la escuela con trabajos ajenos, que conseguía usando su encanto y seducción.
Cuando sus padres dejaron de brindarle sus ilimitadas pretensiones económicas, arregló, justo al cumplir la mayoría de edad, un accidente con el coche, dónde al perecer sus progenitores, ella quedó como única heredera. Descubrió entonces que no había fortuna familiar. Solo del sacrificio enorme de sus padres, quedaron enormes deudas contraídas para darle los gustos. Empezó entonces una “cacería humana” de marido que la mantuviera al nivel de sus exigentes ambiciones.
Luego de pasar por varios hombres en círculos de dinero y poder, encontró en Josué a la víctima perfecta.
Lo enamoró y manipuló como siempre acostumbraba, hasta conseguir ser su esposa.
Durante todo su matrimonio, lo engañó innumerables veces con hombres jóvenes, a quiénes mantenía con el dinero de su esposo, según sus caprichos.
Nunca le dio el gusto a Josué de brindarle un hijo. Le mintió diciéndole que buscaba el embarazo, cuando en realidad se cuidaba con un dispositivo, mientras el hombre, esperanzado, soñaba que llegara su heredero.
Desde la misma infancia, Quiara no dudó jamás en valerse de la manipulación, la mentira, el engaño, la traición, y cuántos recursos malvados le permitieran acceder a sus caprichos egoístas.
Rompió parejas solo por el placer de hacerlo. Arruinó amistades por envidia. Dio pésimos consejos a quienes la consideraban su amiga. Y lo peor de todo: fue una asesina despiadada, que no tuvo reparo en eliminar a sus propios padres para conseguir independencia económica.
Ahora, esa alma enferma, deformada por los vicios de la maldad, mostraba la verdadera faz de “La Diva”: la de un monstruo desalmado y horrendo, que no aceptaba haber sido tocada por la muerte, y loca de rabia, quería atacar para volver al plano terrenal a alimentar sus apetencias insaciables.
—¡Quiara: arrepiéntete de tu maldad! ¡Estás muerta! ¡No hay modo de que regreses!
“¡Tu única salvación es admitir tus pecados, y recapacitar, para marchar en paz hacia la luz!
Como respuesta, el repulsivo espectro nos arrojó un golpe de viento de olor asqueroso.
El ser solo quería seguir haciendo daño.
Nos miramos con Tristán, y asentimos.
Tomados de la mano, dirigimos toda nuestra energía, que canalicé en mi voz, alterada por la violencia del ente dañino.
—¡Ya que no quieres redención, inmundo engendro, te expulsamos al inframundo, donde moran los seres malvados como tú!!
“¡En nombre de la luz sagrada, lárgate ya de aquí, sucia abominación!
Una extraña electricidad atravesó el aire. Quiara, quien ya en ese momento no se molestaba en cubrirse con la máscara, que arrojó al piso con rabia, comenzó a “desinflarse”, por huecos que se abrían de su gelatinosa piel inmunda, y por los cuales salía un humo negro espeso.
Lo último en desintegrarse fue su horrenda cara demoníaca, cuya mirada de odio enfermizo hubiera matado al pobre Josué, de haber tenido que contemplarla.
Luego de unos segundos eternos, la masa de la aparición cayó como un pellejo vacío y reseco, y se desintegró en pequeños insectos como arañas, que desaparecieron incendiados mientras intentaban huir.
Solo quedó del espíritu corrupto la máscara con el bello rostro de “La Diva”, que ocultó siempre tras su hermosura una bestial maldad y corrupción enfermiza.
Josué no tendría nunca más “visiones”.
Velaríamos a la mujer más hermosa del pueblo en paz.
Seguramente, su belleza sería una leyenda por estos lares.
Solo nosotros sabríamos que tras la bella se escondía una bestia horripilante y venenosa.
Y es lo que me hace reflexionar la máscara con su rostro, en mi colección: la manía de la humanidad de venerar los dones físicos por sobre la bondad del alma, y la pésima costumbre de juzgar por las apariencias exteriores.
Espero, mis amigos, que no se cruce jamás en su vida un ejemplar de esa clase, y que sepan valorar el interior de las personas.
Los espero en La Morgue, y con gusto les mostraré el bello rostro que escondía los pecados más terribles.
lunes, 22 de febrero de 2021
San Vicente
En él se mezclan el olor a cloaca, del azar de las flores confundidas de estación, de porros fumados en rincones de las plazas principales, donde juegan los niños en las hamacas, y acechan los choros para arrancar las carteras a las laburantes esperando el bondi que demora demasiado en llegar.
Sabemos de las casas intocables por la cana, ocupadas para cocinar la mierda que vuelve zombis a los pibes. A "la buena", la venden en otras locaciones, también intocables, resguardadas.
Tenemos las ferias callejeras, donde comprás una artesanía de ensueño, una pilcha usada, un juguete, un libro de hace medio siglo, que te embriaga con su olor amarillento por dos mangos, y los puestos de verduras, donde vocean con poesía urbana, entre pícara y nostálgica, las bondades de un tomate, la oferta de la berenjena, en una competencia de argumentos para atraer a las doñas trajinando los changuitos de las compras.
Está la casa Eiffel, de metal, traída plegada desde Francia, obra del ingeniero de la torre, armada como un mágico rompecabezas que resistió el tiempo y el olvido entre sus paredes de chapa.
El hogar del pintor Malanca, donde aún vive una de sus dos hijas mellizas, iguales como un espejismo, con su marido escritor.
El centro cultural, con su registro civil, construído hace dos siglos, donde alguna vez fuimos con el coro de mi escuela primaria para inaugurar la biblioteca. El lugar nació como mercado, en el mismo sitio donde años atrás se remataba ganado. Con el río Suquía a un paso, comercio propio, y buenas rutas de acceso, los vecinos de otrora querían independizar al barrio, nacionalizarlo, con esa rebeldía tozuda y optimista, que le dejó el apodo de "La república".
En el teatrito del centro cultural, se pusieron en escena las obras llenas de magia de Miguel Iriarte, nacido en el lugar, y obsesionado con plasmar su realidad a través del arte surgido de sus vivencias en las calles, arrancando risas y lágrimas con la alquimia viceral de los trovadores del pueblo.
Y tenemos la leyenda del Lobizón, avistado en el cementerio, que resurge cada cierto ciclo de años, y que quedó plasmado en un long play de La Mona Giménez, de una época en que los vecinos se sentaban en la calle, con las puertas abiertas para refrescar las casas con zaguán, compartiendo los chismes picantes del momento.
Tuvimos los corsos, con carrozas, disfraces alucinantes, donde vi de niña actuar al Negro Álvarez, en sus comienzos, con chistes algo subidos de tono para la época, que hicieron reir a los asombrados vecinos, osado atrevimiento en un evento familiar.
Las curtiembres, cerca del río, fueron un empuje económico para la zona en sus inicios, trayendo olores nauseabundos a los que te acostumbrabas, y que solo sentían "los de afuera".
Y el barrio sigue latiendo con corazón propio, con sus grandezas y miserias, rodeado de villas de emergencia y de fantasmas dormidos.
Con un comercio pujante, con soldados caídos que se lloran en cada local desocupado con el cartel de "se alquila", que uno mira incrédulo, por haber crecido comprando en ese negocito desde siempre.
Las banditas de pibes del pasado, hoy gente seria que reniega con sus adolescentes díscolos, olvidados de sus propias rebeldías, reemplazadas por otras algo más peligrosas, donde dudás que lleguen a la edad adulta para tener que preocuparse con sus proles anárquicas, y repetir esquemas ancestrales.
Y yo, particularmente, las anécdotas de mi viejo, que corría carreras clandestinas con su Puma cuarta serie, en un circuito que después fue Campo La Rivera, hoy un espacio destinado a la memoria, donde los milicos desaparecieron gente en los crematorios del cementerio del Lobizón, que hoy sigue llenando de hollín la ropa colgada en las sogas de la gente humilde, que vive en sus cercanías, y en donde una vez me asaltaron con un chumbo, que temblaba tanto en las manos de su dueño, que pensé que no la contaría. Pero me fui sin un reloj, con una anécdota, y un ataque de risa incoherente que me dieron los nervios y el susurro de la Parca.
Ese es mi barrio. Lo digo con el orgullo de quien trajinó sus calles, lo vió crecer, reinventarse, luchar con los tumores propios de todas las pequeñas sociedades argentinas, los curros de los gobernantes de turno, y las ganas sin límites de hacer un buen lugar para que los hijos y nietos crezcan con relativa tranquilidad.
Y obvié historias burdelescas: las famosas Ponce, toda una institución cerca del puente, y más contemporánea, La Marcela, en la otra punta, con su casona de chicas trans, que todavía está en pie, enrejada como una jaula, obviamente, ya sin sus servicios.
Y sigo aquí, latiendo al ritmo de su historia y de sus cambios...
sábado, 20 de febrero de 2021
#sábadodeexcesos FERNET MALEVO
#sábadodeexcesos FERNET MALEVO
Si despertarte en pelotas sobre un sillón en medio de una plaza, con la sensación de que pequeños gnomos te están masticando el cerebro macerado en alcohol, no es lo suficientemente confuso y desconcertante, el horrendo y claustrofóbico grillete de un anillo en el dedo izquierdo que disfrutó a pleno libertad toda su vida, es la introducción perfecta a una película de terror espeluznante.
Al toque, entre el latido de mis sesos resacosos, me percaté de que tenía compañía en mi estrafalario lugar de reposo.
-¡Buenos días, mi amor! Nuestro primer despertar como esposos…
Observé a la tipa que me saludaba, no menos hecha mierda que yo. Logré reconocer, tras capas de arrugas, sobrepeso, y maquillaje tétricamente corrido, a mi primera noviecita de la adolescencia, Dolores.
Igual que yo, Dolores sufrió los avatares de la edad en forma desastrosa. Poco quedaba de la muchachita fresca por la que alguna vez había suspirado. Pero algo no había cambiado para nada: su mirada. Supongo que es el sello de agua de los seres humanos.
La saludé sacudiendo la mano como un boludo, intentando recordar los eventos que me condujeron donde estaba.
Miré a mi alrededor para orientarme. Se levantaban como zombis, de bancos o del mismo piso, el cura, el intendente, un locutor apolillado, cantantes hambreados, celebridades locales, y vecinos. Todos mareados y confusos.
Entonces recordé mi regreso al pueblo natal, en honor a la celebración de sus fiestas patronales, invitado como héroe, ya que había conseguido el auspicio de una marca berreta de fernet para solventar los gastos de la fiesta.
El laburo con la empresa de bebidas me había brindado una última dosis de respetable dignidad, luego de muchos meses de desempleo y malaria. Y proponer la entrada de la marca en mis pagos, para imponer el brebaje en un nuevo mercado, me dio la venia del jefe para consolidar mi dudoso prestigio, más ordinario aún que los ingredientes del fernet.
Junto con los auspiciantes, se acordó que unas bellas promotoras, a cierta hora de la velada, repartieran a la concurrencia, al iniciar el bailongo, sendos vasos de ´´Fernet Malevo´´, con bebida cola.
El calor asfixiante, el ejercicio del baile disparando ríos de transpiración, y la sonrisa invitadora de las chicas que lo repartían, hizo que se consumieran cantidades exorbitantes de bebida.
El porcentaje de alcohol del producto debía ser similar al de un vodka ruso pensado para beberlo a menos cuarenta grados bajo cero.
Difusamente, se me vino una escena donde rememoraba amorosamente con Dolores nuestro noviazgo prehistórico, y luego, en un salto de plano, me vi rubricando unos papeles frente al juez de paz y al cura añejado en sotana de roble, ambos abrazados para no caerse de la mamúa, mientras me felicitaban, con una voz no menos pastosa que las de un público trastabillante, que gritaba como demente: ´´¡Vivan los novios, carajo!´´.
Los empresarios de la cámara de comercio firmaban, en plena borrachera, un acuerdo con uno de los ejecutivos que llegó conmigo, única persona sobria entre la bacanal de beodez.
Luego de las firmas, subieron a las promotoras en las combis y se tomaron el palo, abandonándome a mi suerte como hombre casado, en mi remoto pueblo de la infancia, en la misma loma de la mierda.
Dolores vio mi cara de espanto y horror.
Con esa mirada bella y calma que la transformaba nuevamente en la chica perfecta, me dijo, mientras me alcanzaba mi ropa, casi en un susurro:
-Tranquilo, Facha.
¡Facha! Hacía veinte años que nadie usaba ese apodo, que me quedaba bastante ridículo, dada mi apariencia.
-Es verdad que nos casamos, pero no te preocupes. Es solo una puesta en escena.
´´Este pueblito se quedó en el tiempo. Lleno de chismes y prejuicios.
´´Mi viejo, con la mente más cerrada que ninguno, se está por retirar de su negocio en la empresa. Y si persistían los rumores sobre mí, en vez de entregarme la presidencia, que me la gané con años de esfuerzo y sacrificio, se la iba a dar al inútil mantenido de mi hermano. El idiota haría mierda el negocio familiar en pocos meses.
-¿Qué rumores, Dolores?
-Soy lesbiana, Facha. Tengo pareja. Sé que en la ciudad, esto te debe parecer inverosímil, pero acá, el tiempo atrasó su curso en cuanto a las mal llamadas ´´buenas costumbres´´.
´´No confiaba en nadie de aquí para hacer un acuerdo razonable que me liberara de perder mis derechos. Entonces, como una bendición, llegaste vos, el único tipo que no me traicionó nunca en la vida. Te lo conté todo anoche, pero estabas muy tomado.
´´Aceptaste el trato. Como mujer casada, me quedo como presidente de la empresa, y vos sos ahora un hombre rico y libre. Porque no te voy a coartar la vida en absoluto.
´´Lo único que te voy a pedir, es que oficialicemos la unión en una ceremonia más formal, con todo el mundo sobrio, y que hagas el papel de marido feliz.
´´Después te podés ir de viaje de negocios el tiempo que quieras, mientras vuelvas cada tanto, para cumplir tu personaje.
-Me dejás sin palabras, Dolores. ¿De dónde sacaste este anillo?
-Es el que uso con Estelita, mi gran amor . Tiene dedos grandes. O vos, muy flacos…
-Esto es lo más loco que me pasó en la vida.
-¿Te arrepentís?
-Para nada. ¿Puedo pedirte un favor?
-Por supuesto.
-Brindemos con ´´Fernet Malevo´´, así no se rompe el hechizo.
Ella se rió. Su risa, al igual que su mirada, tampoco había cambiado…
viernes, 19 de febrero de 2021
EDGARD, EL COLECCIONISTA - EL CORAZÓN DIVIDIDO
EDGARD, EL COLECCIONISTA
EL CORAZÓN DIVIDIDO
El comisario Contreras me invitó a tomar un café, ansioso de contarme una historia.
—¿Usted recuerda, Edgard, a Lucrecia?
—Por supuesto. Oficié su velorio, hace un par de semanas.
—Pues fíjese, qué curioso: anoche, recibí una llamada de una mujer histérica, afirmando que la finada había ido a vengarse de ella y su amante, por envenenarla.
“Contó que se apareció mientras ellos estaban en la cama, diciendo que regresaba de la tumba en busca de justicia. A Tamara, la denunciante, le arrancó un collar con medio corazón, que le pertenecía, y Alberto, su viudo, murió espantado de un ataque cardíaco al ver la aparición.
“Nos llevamos a la mujer, perturbadísima, a la comisaría para tomarle declaración, y se confesó coautora del asesinato de Lucrecia: dijo haberla envenenado en complicidad con Alberto, para quedarse con la fortuna de la mujer, que heredó de su padre años atrás.
“Ni siquiera la quisimos detener, por lo desquiciado de la declaración. El médico de Lucrecia había firmado el acta de defunción como muerte natural, luego de una larga enfermedad, pero Tamara no quiso regresar a la casa de su amante y ex patrón fallecido. Prefirió pasar la noche en una celda, donde, lamentablemente, se ahorcó.
“Ahora tengo una historia totalmente enredada, una acusación de negligencia por no haber enviado a Tamara a un hospital, un misterio estrafalario, con dos muertos a cuestas, y una supuesta resucitada vengativa…
—Es bastante curioso, Contreras. El cuerpo de Tamara y Alberto, me imagino, estarán en la morgue judicial.
—Así es. A mí se me ocurrió que usted y su ayudante, Tristán, podrían investigar algo a respecto…Extraoficialmente, por supuesto. ¡Es que me mata la curiosidad! Y sentí el presentimiento que tenía que contarle esto. Como que me pesaba en el pecho.
—No le prometo nada, comisario. Porque yo vi el ascenso del alma de Lucrecia hacia la luz. Me miró con tristeza antes de ascender, pero lo hizo. Si siento algo que pueda traer claridad al caso, no dudaré en contactarme.
Y me quedé, yo también con la intriga, que compartí con Tristán. Le dábamos vueltas y más vueltas al asunto, sin encontrar por donde comenzar a averiguar.
—Me parece, Edgard, que en algún momento la respuesta llegará a nosotros. A veces somos piezas que pone el destino en el lugar correcto, cuando corresponde.
Y tal como lo dijo Tristán, apareció la respuesta al dilema, con forma de mujer.
Fue muy impactante ver entrar a mi oficina, guiada por Tristán a ¡Lucrecia!
Mis ojos se negaban a confirmar lo que veían, y, además, percibí, al igual que Tristán, la energía de quienes poseen el don.
—Les pido mil disculpas por el impacto que, de seguro les debe causar mi presencia.
“Aclaro, que, aunque mi nombre también es Lucrecia, soy la medio hermana de la fallecida.
“Si tienen la bondad de escucharme, les contaré todo con detalle.
“Mi padre, Santiago, era bígamo. Como hombre de negocios que viajaba constantemente, no le fue difícil llevar su doble vida, que él creía secreta.
“Verán: tanto mi madre como la de mi hermana sabían perfectamente la situación.
“Ambas tienen una percepción especial, que nosotras, las hijas, heredamos.
“Papá eligió para casarse ilegalmente, en dos pueblos distantes, a mujeres muy parecidas. Casi idénticas, diría yo. Quizá por eso sus hijas resultamos casi mellizas en apariencia.
“¿Por qué toleraron esta situación sin desenmascarar a mi padre? Realmente no lo sé. Son mujeres que tienen una espiritualidad extraña y compleja, y se comunicaban a distancia entre sí, como hermanas astrales, sin celos ni conflictos.
“Lo mismo ocurrió entre nosotras, las “Lucrecias”, nacidas el mismo día y hora, a kilómetros de distancia durante un viaje de mi padre, que no tuvo reparo en que nos llamáramos igual.
“Nos contactábamos mentalmente desde que tengo memoria. Como dos gemelas, amigas, cómplices, sin habernos visto jamás.
“Compartíamos todas nuestras vivencias y secretos.
“Por desgracia, cuando mi hermana se percató de que su marido la quería matar en complicidad con su amante, la empleada doméstica de la casa, yo estaba en coma, tras un accidente.
“En mi impotente estado no podía ayudarla, pero le prometí hacer justicia ni bien mejorara, si esa era la voluntad de Dios.
“Durante todo el proceso en que esa malvada mujer la envenenaba, me contó que le había robado sus joyas, y la que más penaba era un collar regalado por mi difunto padre: el de un medio corazón de oro, que completa otro que me dio a mí, llevándolo colgado en el cuello como propio.
“Quiso el destino que saliera del coma cuando ya era demasiado tarde para mi pobre hermana. Ella había fallecido. Pero me había comunicado que se marchaba en paz, porque confiaba en que yo impartiría justicia ante su asesinato. También me comunicó que fue despedida en una funeraria donde un hombre se condolió por la tristeza de su alma, y que rezó para que encontrara la paz: usted.
“Solo por eso me siento en la obligación de contarles lo ocurrido, sin la pretensión de que se apliquen leyes humanas en este caso.
“Mi hermana me indicó donde guardaban una llave de emergencia para entrar en la casa. Así que con un vestido similar al que usó en su funeral, me apersoné en su hogar, entrando sin dificultad a la alcoba, donde compartían los asesinos el lecho.
“Me hice pasar por la Lucrecia fallecida, diciéndoles con toda la furia que me transcurría, que volvía de la tumba a vengarme de la infamia que habían cometido.
“Cuando vi el collar en el cuello de Tamara, se lo arranqué con una ira demencial, gritándole que estaba maldita, y que no conseguiría jamás perdón ni paz por su delito.
“Quise desquitarme con el retorcido Alberto, pero el muy infeliz, cobarde, murió del susto, sin darme la oportunidad de decirle lo miserable y ruin que era.
“Al ver que Tamara había quedado prácticamente enloquecida, simplemente me retiré, sabiendo que confesaría su crimen, y que no terminaría nada bien, tal y como ocurrió.
“La cuestión es que cumplí el deseo de mi hermana. Volví a mi casa, comunicándole lo ocurrido a mi madre, que le transmitió la información a su camarada astral, para consolarla. Nada le devolverá a su hija, pero la sensación de justicia siempre es un alivio.
“Y si hablo de alivio, debo decir que yo no lo tenía, al percibir su inquietud, a la distancia, respecto a esta historia.
“Me sentía en deuda con usted, por orar en pos del descanso del alma de mi hermana, cuando percibió su tristeza al partir.
“Quiero agradecerle dejándole su collar, junto al mío propio.
“Sé que en sus manos, los simples objetos se potencian como símbolos de sanación, y si algo necesito ahora, es sanar el profundo dolor que me trajo no poder auxiliar a Lucrecia y salvarle la vida. Así que se los dejo con la ilusión de aliviar mi tristeza.
“No abandonen su camino contra el mal, que mora en todas partes. El mal nos rodea como un cáncer, disfrazado de sonrisas amables y supuestas buenas intenciones. No dejen de estar atentos. Y llámenme, si alguna vez me necesitan. Yo también los tendré en cuenta.
Y casi sin darnos tiempo de agradecer, preguntar o despedirnos debidamente, Lucrecia se fue, electrificando el aire con la energía de su don.
Tomé los corazones, que se fundieron en el acto al juntarlos, como si jamás hubieran sido piezas independientes, más allá de las dos cadenas que tenían. Ocuparían un lugar especial en mi colección, recordando la necesidad de justicia, y, como lo había dicho la enigmática Lucrecia, de luchar constantemente contra el mal, acechando desde todos los rincones de este mundo conflictivo.
Me quedaba pendiente contarle el desenlace al comisario Contreras.
Ahora los espero a ustedes, en La Morgue, para mostrarles mis piezas coleccionadas, y todas las historias tras ellas.
sábado, 13 de febrero de 2021
EDGARD, EL COLECCIONISTA - AMOR MÁS ALLÁ DE LA MUERTE
EDGARD, EL COLECCIONISTA
AMOR MÁS ALLÁ DE LA MUERTE
Recibí al señor Raúl, sumamente abatido por el deceso de su amada esposa, Amanda.
—Deseo, estimado Edgard, que confeccione un féretro especial para mi mujer. Tiene que ser del doble del tamaño convencional.
—Puedo hacerlo, incluso con la falta de tiempo encima, ya que estamos próximos a recibirla, pero tenga en cuenta, Raúl, las exigencias vigentes en cuanto a las medidas, respecto al espacio para el entierro. Eso no depende de mí, y no deseo que tenga usted inconvenientes. Menos aún, en un momento tan doloroso, para estar renegando con estatutos municipales.
—Gracias, Edgard. Hice los trámites pertinentes a ese respecto.
—Disculpe mi curiosidad, Raúl. ¿Cuál es el motivo para un ataúd tan grande?
—Digamos que es para respetar un deseo de Amanda. Ella tenía siempre claustrofobia.
“Amaba los espacios abiertos, amplios. Le encantaba mirar las aves en el cielo, porque admiraba la amplitud de su espacio de vuelo. Por eso también mi pedido del revestimiento interno de la tapa color celeste, con dibujo de pájaros.
“De todos modos, cuando concluya el velatorio, tendré una pequeña conversación con usted, justo antes del cierre del féretro, si no le es inconveniente. Es para mí de suma importancia, Edgard.
—Por supuesto, Raúl. Ya mismo me pongo en marcha con todo el proceso.
No bien se retiró Raúl, llamé a mis carpinteros para que completaran la tarea en tiempo récord. Les tuve que enviar a Tristán, mi ayudante para que los asistiera, ya que era una tarea más que ardua.
Entre tanto, llegó el cuerpo de la malograda Amanda, consumido por un cáncer agresivo y cruel.
Puse todo mi empeño y arte en dejarla absolutamente bella, tal y como era antes de que la terrible enfermedad se apropiara de su existencia.
Sentí de golpe su presencia. La vi observándome con una mirada benevolente y triste.
Estaba lista para partir. Una gran aflicción la ataba todavía al plano terrenal.
—¿Estás preocupada por tu esposo, Amanda?
Ella asintió.
—No asume tu partida, ¿verdad?
Nuevo asentimiento.
—Tranquilízate. Hoy mismo hablaré con él para que marches en paz.
Como tomándose un respiro, se retiró de mi vista, mas no de mi percepción, ya que seguí sintiendo su triste energía.
Los carpinteros llegaron a tiempo, acompañados de Tristán. Estaban agotados por la realización del extraño pedido, pero el resultado fue una obra maestra funeraria, con molduras y detalles sumamente finos y delicados.
Trasladamos el cuerpo, y comenzamos el velatorio, muy concurrido. Amanda era una mujer queridísima en la comunidad.
Llamé a un aparte a Tristán.
—Cuando la ceremonia termine, Raúl vendrá a hablar conmigo. Debes sentir que va a suceder algo extraño. Debemos estar preparados.
—Sí, don Edgard. La señora Amanda nos acompaña, observando todo, preocupada. Y su esposo está muy raro. No se aparta de un maletín enorme que carga, y apenas contesta los saludos de pésame.
—Estemos atentos.
Transcurrió el velorio con normalidad, y al concluir, y retirarse los deudos, Raúl se nos acercó.
—¿Podré hablar a solas con usted, Edgard? No es nada personal. - agregó, dirigiéndose a Tristán.
—Tristán cuenta con mi entera y absoluta confianza. Raúl. Puede hablar con total tranquilidad. Nada de lo que usted nos diga saldrá de aquí.
—Como verán, cargo este maletín. Es para ustedes. Tiene una verdadera fortuna. Son los ahorros de toda mi vida, que sin Amanda, ya no es tal.
“Deseo ocupar un espacio en el féretro junto a ella, y que nos entierren juntos. Como le conté antes, no toleraba los espacios cerrados, menos aún los oscuros. Quiero acompañarla hasta que no me quede aliento, contándole sobre el vuelo de las aves en el cielo, recordándole nuestros momentos juntos, y quedándome con ella por toda la eternidad.
—Raúl: no podemos cumplir su pedido. Aún en el caso en que fuera posible, eso haría muy desdichada a su esposa, que no puede marcharse hacia la luz, por su deseo de aferrarse a sus restos. Ella quiere, como usted, dice, volar feliz, como los pájaros. Su enorme tristeza, su falta de aceptación, la anclarían a una desdicha sin límites de tiempo y espacio. Si lo enterramos vivo, la pena de los dos no tendría fin jamás.
Como para dar énfasis a mis palabras, el espíritu de Amanda se hizo presente, avanzando hacia Raúl, que lloraba desconsoladamente al ver a su esposa, toda luminosa, emanando amor, abrazándola inmaterialmente, pero haciéndole vibrar de energía el cuerpo trastocado de dolor.
—¿Siente el deseo de libertad de Amanda? ¿Percibe la voluntad de ella de que continúe con su vida para poder marchar en paz? Porque no descansará nunca, si usted no acepta soltarla, amigo.
Raúl cruzó la mirada con la etérea de Amanda. Besó sus labios inmateriales, y se llevó las manos al corazón.
Fue la señal que ella necesitaba para poder dirigirse hacia la luz de la paz eterna, y con una última caricia llena de amor, se deshizo en esquirlas luminosas en forma de plumas, que se corporizaron, flotando un rato en el aire antes de caer dentro del féretro, y un puñado en manos de Raúl, y otro, en las mías.
—Ahora ella es libre. Y lo esperará cuando llegue su momento. Recuérdela como energía de luz, como el vuelo de las aves, en las plumas que dejó.
“Hubiera sido horrible que muriera enterrado vivo junto a un cuerpo en descomposición, Raúl. Somos mucho más que nuestros restos. Yo me ocupo de despedirlos con honra y cariño, pero hay un universo enorme más allá de los rituales de la muerte.
Raúl quedó conmocionado por un rato, luego del cual aceptó ser llevado al entierro por Tristán. Le prometí cuidar su maletín para que lo retirara luego, más tranquilo.
De todos modos, me ocupé de llamar a cuantos amigos y parientes cercanos del hombre yo conocía, para que lo acompañaran y siguieran de cerca sus pasos. No creía que estuviera en peligro de cometer una estupidez, pero el cariño de los seres queridos nunca está de más en un trance así.
Las plumas, blancas y hermosas, forman parte de mi colección, para recordar que el amor es mucho más fuerte que la muerte, que la trasciende absolutamente.
Un cuerpo que se pudre, es parte de un proceso terrenal inevitable.
Un alma que ama, no perece jamás.
Los saludo, mis amigos, esperándolos en La Morgue. Recuerden que, si no quieren acercarse, tarde o temprano, pasarán de todos modos por aquí.
Disfruten en vida el mes del amor, y todos y cada uno de sus días.
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