sábado, 16 de octubre de 2021
EDGARD, EL COLECCIONISTA- LA VENGANZA DE LA MADRE MUERTA
EDGARD, EL COLECCIONISTA
LA VENGANZA DE LA MADRE MUERTA
Mi querido asistente Tristán hizo pasar a mi oficina a la señora Evelia, una muy
apreciada enfermera retirada del pueblo.
Ya nos conocíamos. El solo hecho de estar uno frente al otro, nos hacía saber que ambos teníamos “el don”.
--Gracias por recibirme, Edgard. La verdad, sé que lo que tengo que pedirle no le va a agradar. Pero se trata de un asunto de justicia cósmica, por así decirlo…
--Si se explica mejor, Evelia, se lo voy a agradecer…
--Voy al grano. Como usted ya debe saber, en las afueras del pueblo, justo en el límite con territorios vecinos, opera un prostíbulo manejado por un mafioso de la peor calaña, con contactos políticos que lo hacen intocable.
Fierro, ese es su alias, siempre ha contado con una mujer encargada de practicarle abortos a sus chicas, cuando era necesario.
Un día que este ser aborrecible se despertó de mal humor, ultimó a la pobre, partiéndole el cráneo contra la pared, cuando le rogó un pago que le debía, y que necesitaba con urgencia para comprar medicación para su madre enferma, que pereció al saber del horrible fin de su hija.
El punto es que una de sus más populares pupilas, escondió su embarazo fajando su barriga con atractivos corsés, pero el desgraciado la descubrió, y maldiciendo la carencia de quién le resolviera “el problemita”, no tuvo mejor idea que traer a Azucena a mi casa, ya que conocía mi pericia en procedimientos obstétricos, pese a mis años de retirada de la profesión.
Al negarme de plano, Fierro sacó un arma y me la apuntó a la cabeza.
“—No te pregunté tu opinión, vieja bruja. O lo haces o mueres.
--Está muy avanzada. Si hago la aberración que me pide, la muchacha corre el riesgo de
morir.
--Tomaremos esa opción. Confío en su experiencia.
--Pero no tengo aquí nada de instrumental, ni anestesia, ni quirófano…
--Traje todo lo que la imbécil anterior utilizaba. Ya lo bajo del coche. Prepare a mi chica.
Azucena lloraba sin parar. Jamás he sentido un dolor tan terrible. Si hubiera sabido que, al matarme el mafioso, salvaba a la muchacha y a su bebé, no hubiera dudado en negarme. Pero mi muerte no lo detendría: solo buscaría a otra abortera, que quizá no tuviera la habilidad que yo poseía.
Fierro entró a mi casa con una camilla plegada, y una gran maleta con todo el material necesario para despojar a la pobre chica de su hijo.
--Lo siento, pequeña. Dios sabe que no deseo hacer esto…
--¡Cállate, bruja, y procede rápido! ¡Si la puta sigue llorando, ya mismo la mato para callarla! ¡Duérmela ahora mismo!”
Cuando Azucena se desnudó, constaté horrorizada lo que suponía: tenía más de cinco meses de embarazo, lo que representaba un riesgo enorme para su vida.
Tragué saliva, e hice todo que debía, con una pena en el alma tan grande, Edgard, que las lágrimas me humedecieron el barbijo mientras efectuaba lo que consideraba una blasfema carnicería sin sentido.
Logré arrancar de las entrañas de la joven el bebé, con el horror de verlo perfectamente formado: unos días más, y hubiera sido viable para nacer y sobrevivir.
En fin…
Azucena estaba anestesiada. Al menos no sufrió la pena de ver a su pobre hijito.
Le dije a Fierro que esperara un par de horas, para que despertara, pero se negó tozudamente.
La alzó en brazos y la subió desmayada a su vehículo.
Desesperada, le di las instrucciones para su cuidado, y le rogué que le administrara los fármacos que le mencioné.
Más tarde, me enteré que habían tirado en las puertas del hospital el cuerpo agonizante e inconsciente de Azucena, que pereció de una brutal hemorragia sin que los profesionales, pese al enorme esfuerzo que pusieron para salvarla, pudieran impedirlo.
Desde ese día, Edgard, el espectro de Azucena, que mañana le traerán de la morgue judicial para velar, me atormenta todas las noches, pidiendo venganza.
He perdido la cuenta del tiempo que llevo sin dormir…
--Puedo ayudarla, Evelia. Usted debe saber que he “empujado”, por así decirlo, muchas almas hacia el descanso eterno. Puedo hacerlo una vez más, con gran amor y respeto…
--No, Edgard. Esta vez no es posible de esa manera. Azucena está enferma por el brutal robo de su hijo. No va a descansar en paz hasta que se cobre su deuda con Fierro. Si yo pudiera cumplir sola el deseo de la difunta, le juro que no estaría aquí importunándolo.
Necesito que al concluir el velatorio, juntemos las energías de Tristán, de su novia, Aurora, la suya y la mía, para que Fierro logre ver a Azucena. Ese es su deseo…
--¿Cómo sabe que el infame vendrá a la ceremonia?
--Sus chicas quieren estar. La querían mucho. Para evitarse una rebelión, vendrá, con un par de matones, para supervisar la conducta de sus pupilas, ya que teme que alguna de ellas aproveche para huir.
Yo me encargaré de retenerle, para completar el pedido de Azucena. Se lo debo, Edgard. Aunque fue obligada, y bajo amenaza, lo que hice fue terrible.
--Está bien, Evelia. Confiaré en su criterio. Sé que es usted una excelente persona.
--Gracias, Edgard. Mañana nos vemos.
El velatorio fue muy triste. Las compañeras de Evelia estaban realmente desgarradas por la pérdida de su amiga.
Los pocos asistentes externos al prostíbulo, se retiraron temprano, una vez presentados sus respetos a la difunta.
Cuando eso ocurrió, automáticamente Evelia, Tristán y Aurora me tomaron la mano, mirando fijamente a Fierro, que nos observaba asombrado, al igual que sus esbirros.
Las pupilas se quedaron expectantes, como intuyendo el cambio de energía que se operaba en el ambiente.
Entonces, con la suma de nuestras energías, el espectro horriblemente pálido de Azucena se materializó ante los ojos de la concurrencia. Sus ojos, dos ascuas ardientes, fijaron su mirada cargada de odio en Fierro.
La difunta estaba desnuda, con los cargados pechos manando sangre, que la empapaba prácticamente en toda su figura enfermizamente blanca, y su otrora sedosa melena oscura se asemejaba a un erizado halo de rayos terminados en punta, parados de punta.
Bajo la parálisis de los demás asistentes, Fierro se orinó encima del espanto.
--El bebé que maté era tu hijo, desgraciado…-- le dijo Evelia al infame.
Ante la mirada atónita de todos, el matón se arrodilló suplicando piedad, como un niñito berreante.
Entonces pasó algo imprevisto: múltiples espectros de otras mujeres aparecieron señalando a fierro con sus dedos putrefactos, llenos de gusanos. Entre ellas, estaba la mujer encargada de los abortos, y su madre, además de muchas prostitutas que perecieron por la maldad del asesino.
La visión de ese cuadro del infierno, hizo que Fierro comenzara a aullar de terror como un animal salvaje. Lo hizo durante un eterno minuto, hasta que su corazón estalló, incapaz de soportar tanto miedo, culpa y horror.
Entonces, todas las mortificadas mujeres sonrieron, y sus imágenes de pesadilla, con sus cráneos reventados, y abdómenes abiertos, se transmutaron tal cómo eran en vida, en sus buenos momentos.
En las manos de Azucena, un fantasmal bebito se posó como un beatífico ángel, y ella lo abrazó amorosamente.
Con un saludo, la horda de aparecidas se elevó luminosamente hasta esfumarse.
Los matones de Fierro, aterrados, sin creer lo que habían presenciado, salieron corriendo, espantados, sin rumbo conocido.
--Señoritas: esta es una muy buena oportunidad de comenzar una vida mejor.
Puedo llamar a un agente de la ley amigo, que no responde a los intereses políticos con los que tenía interacción su captor. Les aseguro que les prestará ayuda.
Las compañeras de Azucena, agradecidas y conmovidas, aceptaron, y esperaron la llegada del comisario Contreras.
Mientras las muchachas aguardaban, nos reunimos en mi oficina, a tomar café.
Evelia, con un gesto de tristeza, sacó de un bolso un cuerpecito diminuto, vestido y arropado con una mantita.
Me lo entregó con lágrimas en los ojos.
--Solo debe ponerlo en una cunita. Este ángel es incorrupto. Sé que velará por las madres afligidas y oprimidas de este mundo…
--Así será. No sufra más, Evelia. Ese monstruo recibió su merecido. Una pena que no se hayan podido salvar tantas vidas inocentes, pero al menos la pesadilla llega a su fin…
Escuchamos el sonido de la ambulancia que pedimos para Fierro, aunque bien sabíamos que no la necesitaba en lo absoluto, coincidiendo con la llegada de los patrulleros de la comisaría. Contreras se encargaría de prestar ayuda a las víctimas.
El bebé de Azucena tiene un lugar especial en mi colección, como representación de una sana energía protectora, ya que, gracias a Dios, su alma ascendió junto a su pobre madre.
Ninguna fuerza en la tierra se asemeja a la del amor de una mamá por sus hijos.
Es algo que nunca debemos olvidar.
Quedan, como siempre, invitados a visitarme en La Morgue, con el consejo, en esta ocasión de honrar a sus madres.
Los espero.
Edgard, el coleccionista
@NMarmor
sábado, 9 de octubre de 2021
EDGARD, EL COLECCIONISTA- DINERO SANGRIENTO
Llegó, vía judicial, hace muchos años, un cuerpo a la funeraria para oficiar su velatorio.
En ese entonces, yo no estaba a cargo, aun, oficialmente de la parte administrativa. Solo ayudaba a mi padre, y aprendía el oficio.
Era el cuerpo de un menor de edad, que se había suicidado, institucionalizado, en un supuesto centro de rehabilitación para drogadictos.
El joven adicto, luego de sufrir abusos de toda índole dentro del macabro lugar, se ahorcó para terminar con sus sufrimientos terrenales.
En ese entonces, el tema llegó al conocimiento público a través de las noticias.
La familia del chico, desolada, en un desesperado intento de justicia, pese a sus casi nulos recursos económicos, decidió contratar a un abogado para que el caso no quedara en el olvido.
El dr. Berián, un reconocido penalista, intuyendo algo muy oscuro, accedió a representar a la familia sin cobrarles honorarios.
Su primera medida fue activar una orden de inspección al centro donde había fallecido el muchacho, a cargo del estado.
Para su horror absoluto, los peritos dictaminaron que el sitio no era apto “ni siquiera para alojar animales”, por sus deplorables condiciones higiénicas y edilicias.
Tampoco el personal encargado tenía capacitación y conocimientos para ejercer en sus labores dentro del inmundo lugar, mezcla de mazmorra y chiquero.
Constató, a través del testimonio de otros sobrevivientes, que Damián había sufrido innumerables violaciones y agresiones físicas de toda índole antes de tomar el terrible paso del suicidio como única salida a su mortificación.
No recibió ningún apoyo psicológico ni médico para superar la abstinencia y apuntar a la reinserción social. Simplemente fue retirado de las calles y arrojado, como una pieza defectuosa al basural donde penaban otras personas en su condición, muchas con instintos de salvaje crueldad y perversión.
Damián solo aguantó unos meses antes de desmoronarse totalmente.
No fue el primero, ni el último.
Luego del terrible descubrimiento, Berián, indignado, solicitó la clausura del infausto lugar, y querelló al estado con una demanda para indemnizar a la familia.
Un ave negra del estado presentó una contra demanda, arguyendo que Damián falleció por decisión propia, sin responsabilidad de ningún tipo por parte de terceros, y que nada se debía abonar por un individuo que no representaba más que una carga para el gasto público. Para ese abogado, representante de quienes controlan los destinos de los habitantes, la pérdida del muchacho era en realidad un “beneficio”.
Berián, indignado, arremetió con toda su sapiencia. No solo reunió el material suficiente para denunciar como un delito la sola existencia del supuesto centro de rehabilitación, y el accionar de sus funcionarios, sino que exigió, basándose en todas las leyes que citó, una a una, la indemnización a la familia, absolutamente desesperada ante la injusticia cometida, y los agresivos dichos del abogado del estado.
Con una lentitud exasperante, la justicia se terminó expidiendo, ofreciendo a los familiares una cifra tan irrisoria e insignificante, que solo se pudo tomar como un agravio más a la memoria de Damián y su suplicio.
Berián, apeló nuevamente, asqueado con la propuesta económica.
Dicen que los tiempos de la justicia son lentos.
Hasta que salió la nueva sentencia, catorce años después, la madre del muchacho falleció de tristeza. La familia se disgregó, abrumada por una carga demasiado pesada de llevar.
El mismo Berián ya estaba retirado, amargado y resentido por el silencio asesino que imperó durante tanto tiempo.
Finalmente, la justicia otorgó una indemnización un poco más alta, pero totalmente alejada a la proporción del daño causado.
El dinero fue a parar a manos de gente que ni siquiera había conocido a Damián, parientes lejanos que hicieron un festejo al recibir el monto, sin hacer nada para honrar la memoria de la víctima, ni los seres queridos afectados.
Como la resolución de la entrega del dinero fue noticia, mientras tomaba en mi oficina un café, sin poder sacarme de la cabeza la sensación de desasosiego e impotencia, se presentó el espectro de Damián.
Flaquito, consumido, gris, lleno de cicatrices producto de las innumerables golpizas que recibió dentro del nefasto centro del horror, me miró con ojos muy tristes.
Con un gran peso en el pecho, le pedí que perdonara la injusticia cometida con su persona, y que intentara alcanzar la paz, desprendiéndose de este plano, ya que su madre lo aguardaba en un lugar de luz, donde no había lugar para el sufrimiento.
Él, sin abandonar su semblante abatido, sacó de sus inmateriales bolsillos unos billetes empapados de sangre, dejándolos caer al piso.
Con una mano en el corazón, y otra agitándola a modo de saludo, pasando de la coloración gris a una más brillante, ascendió mientras chispas de luz se le desprendían, hasta que se retiró al descanso que no pudo tener durante su corta estancia terrenal.
Tomé el dinero sangriento. Lo puse en una caja de vidrio, en las estanterías de mi colección.
Los billetes de alta denominación no paran de exudar gotas de sangre, que se evaporan, y vuelven a manar.
Y no puedo dejar de preguntarme, ante la ley, la sociedad, la justicia, las instituciones que nos representan… ¿Cuánto vale una vida humana?
Quizá, mis amigos, alguno de ustedes tenga la respuesta. Los invito a que me lo respondan, porque no encuentro alivio a mi interrogante.
Los espero, ansioso de verlos, en La Morgue.
Edgard, el coleccionista
@NMarmor
martes, 5 de octubre de 2021
Perrera #MostolesNegra
PERRERA
“La perrera” surgió en el pueblo con el objeto de limitar la población canina, por razones de salubridad, según los funcionarios.
Los animales que no eran reclamados u adoptados en una semana, se eliminaban.
Para sorpresa de los habitantes, tanto los trabajadores de la institución, como quienes promovieron la idea, comenzaron a desaparecer, sin dejar rastros.
Me ocupé de la investigación, que parecía un callejón sin salida.
Encontré un pequeño indicio, y lo verifiqué.
Una anciana, casi saliendo del pueblo, vivía en una casucha derruida, con veinte perritos a su cuidado.
La seguí. A la madrugada, con su delgadez y extraordinaria agilidad, entraba en las viviendas de las víctimas. Las drogaba, y con fuerza sobre humana, las llevaba sobre el hombro, en una bolsa.
En su casa, les ultimaba. Alimentaba a los animales con su carne.
Podría haberla detenido, pero no voy a hacerlo.
Extraño mucho a mi perrito.
viernes, 1 de octubre de 2021
EDGARD, EL COLECCIONISTA- LA MANO DEL LADRÓN
EDGARD, EL COLECCIONISTA
LA MANO DEL LADRÓN
Augusto estaba absolutamente harto, cansado e indignado de los robos que venía sufriendo en su comercio.
Con mucho esfuerzo, había logrado montar una tienda de artículos electrónicos en el pueblo.
La primera vez, el ladrón entró rompiendo una ventana de iluminación, enrejada, casi a la altura del techo, al amparo de la noche.
Su pericia le permitió desconectar la alarma, más no la cámara, que estaba escondida.
En seguida reconoció al delincuente: era Ruperto, un joven conocido por todos.
Aunque la filmación no era muy nítida, era clara la identidad del maleante.
Pese a que el comisario consiguió una orden de allanamiento, al no encontrar nada de lo robado en la casucha del muchacho, no pudieron arrestarlo, dada la falta de definición del vídeo.
El segundo robo ocurrió con la violación de la puerta principal, y el botín fue mayor.
Ocurrió lo mismo que la primera vez: no se pudo hacer nada.
Dispuesto a que no volviera a ocurrir, ya sin fe en la justicia ni en la ley, a pesar de las súplicas de su esposa, Augusto tomó la determinación de tomar en sus manos el asunto: decidió pernoctar en el local, fingiendo que se retiraba, y retornando por una puerta trasera en forma muy discreta.
Antes de cumplirse el tercer mes del primer incidente, la vigilia encarnizada de Augusto dio sus frutos: nuevamente la puerta principal fue vulnerada, pese a todas las medidas de seguridad.
Agazapado tras el mostrador, sobre el que se lucía una valiosísima consola de juegos, Augusto aguardaba, con una filosa hacha firmemente aferrada.
Cuando la mano de Ruperto se acercó a la consola, iluminado por la linterna con la que alumbraba sus fechorías, con una agilidad felina, Augusto salió de las sombras, y se la cercenó a la altura de la muñeca, manchando con el chorro de sangre casi todo el local.
Gritando como un cerdo en el matadero, el tipo huyó, desesperado, dejando su mano mutilada en posesión de Augusto, que, silbando alegremente, fue a la parte posterior del negocio, y trajinando con enseres de limpieza, se abocó a dejar asépticamente impecable su local.
Colocó la mano en un frasco con formol, y sin molestarse en denunciar el incidente, volvió feliz a su casa, sin explicarle nada a su mujer, y escondiendo su trofeo.
En principio, le llamó la atención que los desgarradores gritos del tipo no hubieran alertado a nadie. Luego reflexionó sobre eso y llegó a la amarga conclusión de que la gente, ya sea por temor o indiferencia, hacía oídos sordos la mayoría de las veces a los ruidos y voces de la noche, atrincherados en la seguridad de sus hogares, y sin deseo de involucrarse en problemas ajenos.
Abrió el negocio al día siguiente en forma normal, y les pidió a unos chicos, a cambio de unos pesos, que limpiaran la vereda y el reguero de sangre que seguía más allá de ella, arguyendo que seguramente había habido una pelea de perros o gatos.
Los muchachitos lo hicieron, pero dijeron que el rastro de sangre llegaba muy lejos, y que les tomaría mucho tiempo seguirlo. Conforme, Augusto les pagó generosamente, y los despidió, agradecido.
Extrañamente, nada se supo de Ruperto.
Por la madrugada, Augusto comenzó a despertarse por un tintineo insistente.
Venía de un cuarto cercano a su habitación, que le servía de depósito de su mercadería, oficina de contabilidad, y donde estaba escondido el frasco.
Ante la insistencia del ruido, abrió el viejo ropero del que procedía el sonido: horrorizado, vio como la mano tocaba con los dedos el vidrio, valiéndose de las uñas para hacer sonar el frasco, pese a estar amortiguado por el líquido.
Con los ojos desorbitados, observo el dedo, que tocaba la pared vítrea, y luego indicaba con el índice en dirección al sur.
Cerrando de golpe la puerta del ropero, se fue a la cocina, donde se sirvió una más que generosa dosis de aguardiente, sopesando la situación.
No era hombre de creer en brujerías y cosas raras, pero reconocía que la carga de estrés vivida en los últimos tiempos podía jugarle malas pasadas en su cabeza, provocándole alucinaciones visuales y auditivas.
Con una segunda dosis de alcohol, se fue a dormir, lamentando al otro día la resaca que le taladró el cráneo.
Para su espanto y disgusto, otra vez fue despertado, la noche siguiente, por el mismo sonido.
Aterrado, se dirigió al infausto ropero, donde nuevamente el dedo insistía en golpear el vidrio, y señalar hacia el sur, moviéndose con una determinación diríase implorante.
Nuevamente acudió al aguardiente, pero no se acostó.
Con el mayor de los cuidados para no despertar a su esposa, que roncaba pacíficamente, ignorante del horroroso drama del esposo, se vistió en silencio, y con un arma en el bolsillo, tomó la dirección señalada por el macabro dedo, a sabiendas que por ahí se hallaba el páramo donde Ruperto tenía su casucha.
Al llegar, se sorprendió de no encontrar ninguna traba ni cerradura en la puerta: pudo ingresar sin inconvenientes, con el revólver temblándole en la mano.
Lo que encontró superó cualquier imagen de su peor pesadilla.
El lugar, precario y desaseado, estaba encharcado de sangre.
Entrando en un cuartucho, sobre un inmundo catre empapado, yacía Ruperto, con la muñeca envuelta en unos trapos sucios que chorreaban líquido escarlata. El resto del brazo, hasta el hombro tenía un enfermizo color morado, casi negro.
El olor era nauseabundo, y Ruperto gemía quedamente, ardiendo en una fiebre que parecía recalentar el lugar.
Aguantando las náuseas, hizo una llamada anónima a emergencias, y se escapó, horriblemente espantado.
Aunque la ambulancia llegó rápidamente, ni siquiera la amputación del brazo engangrenado salvó la vida del muchacho, que expiró a los pocos minutos de efectuado el procedimiento: la infección había avanzado demasiado.
Augusto, enterado del deceso, averiguó todo lo que pudo.
Se enteró que Ruperto había crecido en una familia donde los golpes, las drogas y la delincuencia eran el día a día de su vida.
Sus padres no se preocuparon nunca por él, que pasó por innumerables hogares de acogida, de donde terminaba huyendo, y siendo institucionalizado, hasta que cumplió la mayoría de edad. Encontró la casita abandonada, la ocupó, viviendo de raterías, y negocios turbios, ya que nadie jamás se molestó en mostrarle otro camino viable, o le dio cariño para buscar ayuda.
Augusto se sintió muy mal.
Pensó, en primera instancia, entregarse a la justicia.
Le contó a su mujer la horripilante historia. Ella le convenció de que nada remediaría quedando preso.
Le sugirió, en cambio, ya que no tenían hijos, ofrecerse como familia de acogida, con el compromiso de inculcar valores y amor en algún jovencito descarriado, y expiar así la terrible falta incurrida.
Además, se encargaron de pagar el velatorio de Ruperto.
Cuando Augusto vino a pautar la ceremonia, traía una bolsa con él, y muy nervioso, terminó contándome la historia que lo atormentaba.
Me dio el desagradable frasco, “para que el chico no se marche incompleto”.
Me rogó que no lo delatara. No lo hice.
Sé que Ruperto pudo marcharse en paz. Su mano, flotando en el frasco, hizo un saludo final, antes de ocupar un lugar en los estantes de mi colección.
Ahora Augusto y su señora están criando a dos niños, a un paso de adoptarlos, y brindándoles las oportunidades que Ruperto no tuvo.
No creo que el hombre consiga drenar la enorme carga de remordimiento, pero ser recibido por los chicos con una sonrisa al regresar de su trabajo, le alivia el peso de la culpa.
En cuanto a la mano, de vez en cuando hace un gesto de asentimiento, pulgar para arriba, como un macabro emoticón, pero dejando la sensación de que su dueño por fin encontró la paz en otro plano…
Queda abierta la invitación para que me visiten en La Morgue.
Hay mucho para ver, y mucho para contar.
Los espero. Siempre…
Edgard, el coleccionista
@NMarmor
sábado, 25 de septiembre de 2021
EDGARD, EL COLECCIONISTA -LA BRÚJULA
Amadeo es un señor grande, viudo y jubilado.
El médico, tras su último chequeo, le recomendó un urgente cambio de dieta y estilo de vida.
Para indignación del hombre, que se sentía bien, y sano, el doctor le hizo un largo listado de alimentos prohibidos, (los que más consumía y disfrutaba), y le recomendó iniciar caminatas para bajar los niveles glucémicos.
A regañadientes, se dijo que lo haría a su modo, que implicaba una que otra “trampita”.
Decidió dar su primer paseo, hasta la plaza del pueblo, pero llevó como colación un tremendo emparedado con todo lo que le habían vedado de consumir. Como un acto de humor, le agregó una hoja de lechuga, que, a su entender, lo hacía saludable.
Llegar hasta la plaza se le hizo mucho más difícil que lo que había pensado.
Años de sedentarismo transformaron su objetivo en un verdadero agobio: llegó agotado, transpirado, y sin aliento.
Se sentó, refunfuñando en el banco de la plaza, dispuesto a dar cuenta de su suculento sándwich antes de retornar, cuando un objeto brillante llamó su atención.
Casi gritando por el tirón que le dio la espalda al agacharse, tomó un objeto hermoso del piso: era una brújula.
Maravillado, la observó desde todos los ángulos. No bien lo hizo, la aguja pareció haberse vuelto loca: giraba sin sentido, hasta detenerse con un norte inexacto, que parecía brillar en forma extraña.
Por otro lado, en la cara opuesta, tenía una tapa, conformando un relicario.
Lo abrió con curiosidad, descubriendo en su interior la foto de una bellísima joven, con una hermosa bebé. Era enigmático, pero tenía la sensación de conocer esos rostros, los cuales, teniendo en cuenta su vida y rutinas, no encajaban dentro de su círculo social.
No obstante, no podía dejar de sentir que las había visto alguna vez…
Amadeo quedó tan impactado, que, en vez de devorar su suculenta merienda, guardó la brújula en el bolsillo, y reflexionando sobre el raro origen del objeto, se volvió a su casa, caminando despacio, pero con paso decidido, sopesando el evento.
Sin poderse sacar de la cabeza su hallazgo, al día siguiente, decidió salir a caminar con la brújula en mano, para ver si descubría algo sobre la misma.
Sin preparar ningún bocadillo, y con ropa cómoda, observó la brújula, que pareció vibrar con un cosquilleo entre sus manos arrugadas. Otra vez la aguja se movió locamente, señalando, iluminada, un norte errático.
Decidió seguir el camino señalado por el exótico aparato, con una rara sensación de expectación y desasosiego.
La ruta que tomó lo llevó a un camino en desuso, de tierra, y por él avanzó hasta que el cansancio lo instó a regresar.
La brújula parecía haberse recalentado. Amadeo, sin saber el porqué, sentía que el objeto le daba la aprobación.
Satisfecho con su jornada de caminata, se puso como meta retomarla al día siguiente.
Y así lo hizo: la brújula insistió en marcarle el viejo camino ya trazado, y el hombre, orgulloso de la nueva energía que le permitía avanzar tanto trecho sin agotarse, llegó, luego de cruzar un campo de arbustos y espinos, al viejo cementerio del pueblo.
Exploró el lugar, absolutamente desolado. Lápidas antiguas con inscripciones casi ilegibles, maleza creciendo entre las tumbas de siglos pasados…
Una vibración lo sacó de su observación, sacudiéndose en sus manos, con la aguja muy iluminada marcando un punto en particular: un antiquísimo panteón casi en ruinas, de aspecto macabro.
Con mucho temor, pero una determinación que no sabía de dónde le salía, Amadeo se acercó a la construcción semiderruida.
La puerta, otrora cerrada por seguridad con una cadena, mostraba a la misma rota, tirada en el suelo plagado de malezas.
Tragando saliva, abrió la hoja de madera podrida, y un olor nauseabundo lo abofeteó horriblemente: podredumbre y carne quemada.
El hombre sacó un pañuelo para cubrirse la nariz, y el móvil, para iluminar el lugar, cuyas grietas no le permitían al sol suficiente espacio como para dejar entrar a pleno sus rayos.
La luz del celular le dejó vislumbrar una escena terrorífica, mientras la brújula vibraba locamente: dos cuerpos casi totalmente calcinados: uno adulto, y otro mucho más pequeño.
La brújula palpitó como un corazón, y a Amadeo se le escaparon lágrimas de los ojos espantados: estaba casi seguro de que los cadáveres correspondían a la joven y la bebé del relicario escondido en el aparato.
Salió del macabro recinto, y buscó un banco para reponerse.
El artilugio se puso tibio, y su mente se iluminó de repente: ¡ahora recordaba quiénes eran las caras de la fotografía!
Hacía unas semanas, una joven mamá había desaparecido junto a su pequeña hijita.
Difundieron su imagen en la televisión, y en las redes sociales: la chica había sido víctima de violencia por parte de su pareja, pero el tipo no pudo ser acusado, debido al desconocimiento del paradero de las víctimas.
Si bien estaba en la mira de la justicia, sin cuerpos, no había delito…
Ahora, se dijo Amadeo, con lágrimas de amarga rabia, tendrían lo que necesitaban para apresar al canalla…
Y llorando, como alma en pena, se recompuso, y llamó a la policía.
Se quedó esperando en el enmohecido banco del cementerio hasta que llegaron los efectivos policiales.
Luego de que se procediera, el comisario Contreras acercó a Amadeo a su casa, enterándose de que las víctimas no tenían a nadie que se hiciera cargo del funeral.
Amadeo, conmovido, prometió ocuparse de los costos del mismo, absolutamente afectado por la triste historia.
El comisario le recomendó hablar conmigo, y así lo hizo el hombre.
Me confesó que estaba sufriendo, pensando en el horrible destino de la jovencita y su bebé, y me mostró la brújula, pidiéndome que no lo tomara por loco al contarme lo sucedido.
Le dije que le creía, palabra por palabra. Lo que no le dije, el que vi las almas de las víctimas, que se despedían ascendiendo con un gesto de paz, y que, a través de sus vibraciones, me dieron a entender que la brújula, herencia de un abuelo, había llegado a manos de Amadeo por ser un buen hombre, y muy sensible. Aparte, si no se ponía en actividad pronto, lo más probable es que hubiera fallecido, por su tozudez a seguir las instrucciones del médico.
Le prometí que rezaría por el descanso de las difuntas, y oficiaría el velatorio más bello que se pudiera recordar en el pueblo, y le hice una oferta: me haría cargo yo de todos los gastos, si me dejaba la brújula relicario, para orar por las víctimas.
Por otro lado, le aseguré que el comisario, amigo personal, no descansaría hasta que la justicia terrenal acorralara a la inmunda alimaña que había segado dos jóvenes vidas.
Y Amadeo se fue tranquilo, con la idea de tomar caminatas todos los días, y cuidar más su dieta: nunca se sabe cuándo la vida pueda depararle a uno una aventura…
Así que la brújula está ahora en los estantes de mi colección. Cuando vibra, estoy muy atento, porque sé que puede ser el anuncio de alguna persona desvalida buscando ayuda.
Los invito, mis amigos, a llegarse por La Morgue, y a prestar mucha atención a las señales que nos anuncian que alguien está siendo víctima de violencia o abuso.
Amadeo no pudo prestar su mano a tiempo, pero quizá nosotros tengamos esa oportunidad. No lo ignoremos nunca, porque seremos cómplices…
¡Buena semana!
Edgard, el coleccionista
@NMarmor
viernes, 17 de septiembre de 2021
EDGARD, EL COLECCIONISTA -PULSIÓN DE MUERTE
En el pueblo estaba ocurriendo un extraño fenómeno: había una “pandemia” de suicidios.
Los hechos se sucedían con personas de todas las edades, condiciones y clases sociales, sin puntos en común ni relación de ningún tipo.
Sus formas de matarse tampoco eran similares: algunos optaban por armas de fuego, pastillas, ahorcamientos. Otros se arrojaban delante de automóviles en plena ruta, o se tiraban al vacío desde altura, y los más extremos, llegaron a incendiarse vivos.
Una sensación de terror se apoderó de la gente, temiendo por sus seres queridos y por sí mismos, dado que nada indicaba en los suicidas indicios de sus intenciones o motivos para obrar en forma tan terriblemente drástica.
Los cuerpos permanecieron en depósitos forenses, a la espera de que expertos de la ciudad dictaminaran si alguna condición neurológica, o contaminación química o bacteriológica podían haber intervenido en los más de cien casos sin explicación.
Había otras conductas raras, que, si bien no eran tan extremas, llamaban poderosamente la atención: personas, sin motivo aparente, comenzaban con ataques de llanto imparables, o de furia, destruyendo objetos personales, sobre todo fotos y recuerdos de seres queridos. Hubo también quienes se ponían a gritar angustiosamente, hasta que prácticamente se quedaban sin voz.
Esta gente también fue objeto de los estudios que se practicaban sobre las víctimas de los suicidios.
Por prevención, aislaron al pueblo.
Una noche en que cenábamos, conversando sobre el tema con mi amada Aurora, y mi querido asistente, Tristán, sentimos que el aire se tornaba progresivamente frío, hasta ponerse helado, y nos invadía una extraña desazón.
--Algo malo se está por manifestar, Edgard…-- me dijo Tristán.
No bien concluyó sus palabras, un ser horripilante se presentó ante nosotros.
No existen un vocablo en nuestro idioma para describir la negrura absoluta del ente, de forma humanoide, con tentáculos oscilantes que salían de toda su silueta.
Los ojos, gigantescos y protuberantes, del que asomaban gusanos, manaban sangre como lágrimas.
La boca, dentro de un estirado hocico, con una mueca de espantoso odio y tristeza, estaba colmada con varias hileras de afiladísimos dientes serrados, como los de un tiburón, babeando una gelatinosa sustancia verdosa, con el olor de una tumba abierta.
El espectro estiró sus babosos tentáculos vibrátiles hacia nosotros, que, si bien impusimos las manos para defendernos, no pudimos evitar el malsano mensaje energético que nos hacía llegar.
Esta entidad hurgaba en nuestras mentes buscando los recuerdos más tristes, debilidades, traumas y conflictos sin resolver.
Nos hacía plantear el escaso sentido de la vida, las injusticias, la falta de motivos por los cuáles luchar y seguir respirando.
Pretendía hacernos sentir que no éramos necesitados, que encontraríamos liberación en la muerte, y que nadie nos quería.
Casi sin darnos cuenta, empezaron a manar amargas lágrimas de nuestros ojos, anegados con las imágenes más tristes a las que puede ser sometido un ser humano.
--¡¡Basta!!—gritó Tristán, rompiendo el malsano estado de hipnosis al que nos estaba sometiendo el engendro. --¡Todos somos valiosos y necesarios, y tenemos una misión en la vida por cumplir!
Entendimos, entonces, que el maléfico ser era una entidad del inframundo que se alimentaba de las bajas frecuencias de energía que los seres humanos emanamos cuando nos invade la pena. Se había ensañado con nuestro pueblo, y se estaba dando un festín, creciendo y fortaleciéndose de nuestra melancolía y pesares.
Este inmundo ente había nacido de la misma maldad humana. Llevaba tiempos inmemoriales en otras dimensiones, pero habitó la tierra desde que la gente comenzó a tener razón e inteligencia, y, desgraciadamente, malos pensamientos y deseos, los cuales eran una golosina deliciosa para el monstruo, que se deleitaba en el caos, la maldad y sus consecuencias.
Indignados, los tres, coordinados al unísono sin haberlo planeado, comenzamos a arrancarle los negros tentáculos, provocándole un dolor que lo hizo retorcerse, y ennegrecerse más aún, si eso era posible.
Hasta los asquerosos gusanos de sus sangrientos ojos globulosos se desprendían de él, intentando huir del sufrimiento que la mutilación le provocaba.
Envalentonados, continuamos nuestra tarea de desposeer a la criatura de sus maléficos apéndices, mientras le gritábamos los insultos más agraviantes que nos inspiraba ese horrendo vampiro de tristeza, al cual el prestigioso doctor Freud le dio el nombre de “pulsión de muerte”, lo cual no era desacertado en el campo de la psicología y la ciencia, pero que, en nuestra presencia, habíase corporizado, y era responsable de los innumerables decesos del pueblo.
Cuando el ser ya no pudo tolerar la tortura de la ablación de sus inmundos tentáculos, se movilizó en un oscuro torbellino, abriendo una especie de agujero negro en el aire, y llevándose el aire helado que había traído, se esfumó tal y como vino.
No creo que lo derrotáramos. Solo lo debilitamos un poco, y seguramente volverá, en algún otro lugar, para reestablecerse con el dolor y el sufrimiento. Pero no creo que eso ocurra pronto.
En cuanto a los tentáculos, aún fuera de su aborrecible dueño, se retorcían y azotaban el aire en forma maléfica.
Los depositamos en una enorme cuba de vidrio, muy bien cerrada, y quizá como una broma, Aurora marcó con un beso su labial en el cristal, enfureciendo a los pedazos del ente, que parecían vibrar de odio ante la burlona muestra de afecto.
En mayor o menor grado, muchas personas son hacedoras de malas energías que influyen en decisiones trágicas. Somos responsables de nuestros actos, pero lo ideal es rodearnos de gente buena, que tenga para dar amor y empatía.
Si alguien no se alegra con tus triunfos, y parece regodearse en tus derrotas y tristezas, no dudes en tomar distancia, sin rencor ni resentimiento. Solo aléjate. Créeme que es lo mejor que puedes hacer.
Los espero, amigos, en La Morgue, para que puedan ver los maléficos tentáculos ladrones de tragedias, en los estantes de mi colección, anhelando seguir haciendo daño, pero neutralizados por el amor y la buena vibra…
Seguramente, pronto liberarán mi pueblo de su aislamiento…
Edgard, el coleccionista
@NMarmor
viernes, 10 de septiembre de 2021
EDGARD, EL COLECCIONISTA - BLOQUEO DE ESCRITOR
Mi amada Aurora me contó la historia de Amadeo, un amigo de ella que me tocaba despedir en un próximo velatorio.
Su caso me pareció más que particular.
Amadeo era escritor.
Amaba la escritura con una pasión que lo devoraba vivo.
Consiguió algo de renombre, y la felicidad de vivir de sus letras, lo que le impulsaba a esmerarse cada día más en su labor artística.
Ocurrió, como es muy frecuente en la profesión, que, al iniciar una jornada ante la hoja en blanco, se sintió absolutamente vacío de ideas.
No se preocupó, en principio. Se abocó a labores cotidianas, esperando que la musa volviera a bendecir su inventiva.
Pero al retornar a su intento de plasmar mundos imaginarios, descubrió alarmado que su capacidad de crear se encontraba totalmente bloqueada.
Desesperado, al pasar el tiempo y persistir el problema, le contó a un colega lo que le ocurría.
Éste le aconsejó no alarmarse, y cambiar su rutina, agregando algo nuevo a sus rituales habituales para encarar desde un lugar diferente su labor literaria.
Le dio como ejemplo, intentar escribir a mano, ya que sería un cambio de esquemas que le proporcionaría una nueva forma de enfocarse.
Para eso, le recomendó ir a una casa de antigüedades, y comprar una pluma especial. Ese acto, en sí mismo, sería una anécdota que luego podría plasmar en una historia.
Y con un gesto algo extraño, le extendió la tarjeta de un anticuario, diciéndole que sus objetos tenían la magia que él precisaba en ese momento.
Sin desentrañar la mirada indescifrable de su amigo, acudió a la casa de objetos usados, un lugar del que nunca había reparado antes, pese a haber pasado miles de veces por allí.
Entró al recinto, muy mal iluminado, con olor a vejez, polvo, humedad, y otro algo difuso, diríase químico, similar al azufre.
Le atendió un hombre que parecía ser el más viejo de la tierra.
Pese a su avanzada edad, la vivacidad de sus ojos color miel, casi amarillos, era increíble.
Amadeo le comentó que estaba buscando una pluma bonita, de ser posible antigua, para usarla como inspiración de su trabajo.
El viejo, sonrió mostrando unos dientes horribles, y se internó en el interior del negocio, volviendo con una cajita oblonga de cuero, similar a un pequeño ataúd.
Al abrirla, Amadeo quedó fascinado con la belleza de la lapicera: pese a ser antigua, estaba adaptada para ser cargada con cartuchos modernos.
Era de oro, adornada con piedras rojas muy brillantes, que refractaban hipnóticamente la escasa luz del local.
Encantado con la pieza, le preguntó al anciano el valor de la misma.
--¿Qué quiere lograr con ella?
-- Pues, escribir, obviamente, y luego pasar mis manuscritos a la computadora. Soy escritor profesional, como le comenté antes…
--¿Y cuánto cree que pueda valer una pluma que le asegure que todo lo escrito con ella sea un rotundo éxito en su profesión?
-- Entiendo que está bromeando. Pero un objeto así, por seguir su juego, sería invaluable…
-- Tiene usted razón. Algo con ese poder no tendría precio. Pero se equivoca en cuanto a lo de la broma.
Le propongo que se lleve la pluma como préstamo. Y si triunfa con ella, tal y como yo sé que ocurrirá, volverá y me pagará lo que le parezca justo. Es más: si no queda satisfecho, tomará la decisión que desee. No le haré firmar nada al respecto…
--Caballero, es muy amable, pero no me llevaré esta joya sin pagarle. No me parece justo.
-- Quédese tranquilo. Es más que justo. Además, es mi forma de garantizarle que todo lo que escriba con ella, será una maravilla literaria sin igual. Lo siento escéptico, y quiero sorprenderlo. Deme el gusto. Tómelo como el capricho de un viejo tozudo.
En todo caso, prometa dedicarme su primer best seller…
Entre dimes y diretes, el escritor se terminó llevando la pluma. Ya a unas pocas cuadras del lugar, se percató de que no le había pedido el nombre al excéntrico vendedor, y volvió sobre sus pasos para preguntárselo, pero totalmente confundido, no encontraba el negocio.
Pensó que estaba mareado, o con la presión baja. Quiso corroborar la dirección con la tarjeta, pero en vez de hallarla en su bolsillo, tocó en él un montoncito de polvo.
Asqueado, se dijo que volvería al día siguiente, con la cabeza despejada.
Ya en su casa, sacó la lapicera de su lujoso estuche, y tomando un cuaderno, se enfrentó a la hoja en blanco, descubriendo, emocionado, que las palabras le brotaban con una fuerza narrativa arrolladora.
Si bien no le agradaba que la tinta fuera de color rojo, le restó importancia: luego transcribiría el texto en su ordenador.
Atrapado en el placer de producir nuevamente historias, perdió la noción del tiempo.
Casi no dormía ni comía.
En menos de una semana logró una antología de relatos algo siniestros, pero de una calidad literaria impecable.
Entusiasmado, se las envió a su editor, que lo felicitó diciéndole que tenía una mina de oro en sus manos.
Tal como se lo dijo el representante editorial, el libro arrasó con las ventas en forma arrolladora.
Amadeo no cabía en sí mismo de la felicidad.
Pensó que era un buen momento para visitar al anticuario y pagarle por la bellísima pluma, que, al desbloquearlo, podía considerar realmente mágica.
En eso estaba pensando, con el televisor de fondo, cuando una noticia le llamó poderosamente la atención: el asesinato horroroso que detallaba el periodista era exactamente igual al del primer cuento de su libro.
Choqueado, se dijo que debía ser una casualidad. Pero el impacto le había quitado las ganas de salir de su casa, y decidió ponerse a escribir para reorganizar su mente.
Al día siguiente, ya más tranquilo, puso la radio mientras desayunaba.
La música se interrumpió por una noticia de último momento: el locutor comentó un terrible accidente en una fábrica, al estallar una bomba de productos químicos, con un espantoso saldo de trabajadores muertos, quemados y mutilados.
Amadeo no lo podía creer: la historia era idéntica al segundo relato de su antología.
Horrorizado, llamó a su colega, quien le recomendara al anticuario, pero el número parecía fuera de línea. Telefoneó a conocidos en común, quienes lo trataron como si estuviera loco: decían no saber ni tener idea de la existencia de dicha persona.
Ya fuera de sí, salió, fuera de sí, a la calle, buscando nuevamente el negocio de antigüedades, pero por más vueltas y vueltas que dio, no pudo hallarlo.
Al borde del colapso nervioso, se encerró en su casa, abocándose a escribir con su pluma dorada frenéticamente, y descubriendo, día a día, que las seis historias de su exitoso libro iban apareciendo en sangrientas noticias, alienantemente cruentas.
No sabiendo a quién recurrir, ni qué pensar, en un estado de desesperación extrema, siguió escribiendo, como un drogadicto inyectándose el veneno que tarde o temprano lo terminaría fulminando.
Aurora lo llamó repetidas veces, pero no consiguió dar con él. No contestaba el teléfono, ni atendía la puerta.
Por consejo mío, acudió a la policía, que ingresó a la vivienda.
Encontraron a Amadeo sentado en su escritorio, en un horrible charco de sangre.
Se había degollado con la pluma de la que surgieron los relatos que luego vio replicados en forma enloquecedora en la vida real.
En su cuaderno, escrito con tinta roja, relataba su macabra historia, cuyo final era el anuncio de terminar con su vida abriéndose el cuello con la lapicera, cuya punta afiló contra el borde de la mesa, que aparecía desgastada, como mordida por un animal rabioso.
Luego de pasar por todas las pericias forenses pertinentes, mi amigo, el comisario Contreras, me acercó la pluma, diciéndome que era un objeto nefasto, y que yo sabría qué hacer con él.
En efecto, la energía negativa que emanaba esa pieza me provocó náuseas y dolor de cabeza.
Tristán, mi ayudante, me comentó que podía captar la voluntad de un ser infernal atrapada en la pluma, y que debíamos aislarla del mundo para que no pudriera el alma de nadie más.
Así que la metimos dentro de un frasco de plata, junto a una oración escrita con nuestra propia sangre como tinta, conjurando al demonio a ser preso por la eternidad.
Pese a que el frasco hizo temblar la estantería de mi colección, al rezar conjuntamente, con mi querido Tristán, logramos que el horripilante habitante de la pluma maldita no se manifestara más.
Nos queda intentar darle paz al alma del pobre Amadeo, engañado por un perverso ser del inframundo, no bien termine su velatorio.
Lo que me da mucha tristeza, y sumió a Aurora en un ataque de ira y pena, es que el editor piensa publicar la terrible vivencia que Amadeo escribió en su cuaderno, concluyendo con el morboso anuncio de su suicidio. Considera que será un éxito espectacular de ventas, que llevará a la editorial a otro nivel.
Lo conseguirá, seguramente. Y abrirá un portal espeluznante que le dará entrada a toda clase de entidades malignas del infierno.
No creo que logre convencerlo del error de editar ese manuscrito.
Además de invitarlos, como siempre, a visitarme en La Morgue, les dejo una pregunta:
¿Comprarían ustedes ese libro maldito?
Espero sus respuestas…
Edgard, el coleccionista
@NMarmor
Suscribirse a:
Entradas (Atom)