sábado, 16 de julio de 2022
EDGARD, EL COLECCIONISTA- TIERRA AMARGA
Cora compró una granja abandonada a la salida del pueblo, porque luego de años de sucesión las tierras y los edificios estaban a un precio realmente sorprendente.
Decidió invertir allí sus ahorros, y dejar de gastar en alquiler, poniendo todos sus esfuerzos en trabajar la tierra, para abandonar la rutina de trabajo de oficina y estrés de vida en la ciudad.
Así que, con todo su entusiasmo, y mucho material recopilado sobre administración, calendario de siembras, y ganas de poner manos a la obra, comenzó las primeras labores no bien estuvo equipada con lo básico la pintoresca casita, que ella misma arregló y decoró con amor.
Por las noches sufría horribles pesadillas: soñaba con dos espantosos espectros que se levantaban de un chiquero, luego de haber sido devorados por los cerdos, mostrando jirones de carne y huesos, que se atacaban, con un odio feroz. En el terrible sueño, la pareja infernal prefería seguir dándose muestras de desprecio y hostilidad a consolarse por la horrible muerte que habían tenido.
Cora despertaba transpirada, con el corazón acelerado, asqueada y temerosa de las imágenes de la pesadilla, pero le restaba importancia: justificaba el sueño con sus temores ocultos al ser la primera vez que vivía sola, y con un emprendimiento tan grande en su cabeza. Así que se tomaba un té de tilo, y se levantaba bien temprano para aprovisionarse y comenzar su jornada.
Luego de arduos meses de trabajar la tierra con mucho sacrificio, solo contratando ayuda cuando no le quedaba más remedio, llegó el tiempo de cosechar el fruto de su esfuerzo.
Para su horror y decepción, todo lo sembrado tenía un gusto asqueroso: inexplicablemente, sabía a carne podrida.
Incluso los árboles frutales le dieron también la amarga sorpresa: eran incomibles los frutos, con un sabor vomitivo.
Cora se desesperó. Aún tenía resto económico como para aguantar un tiempo más, pero haber trabajado tanto por nada, con todas las ilusiones que albergaba su corazón soñador, la dejaron devastada.
En vez de ponerse a llorar y lamentarse, fue a buscar un ingeniero agrónomo para que investigara el motivo del fracaso de su esfuerzo. ¿La habrían estafado al venderle las tierras a un precio tan bajo?
Cora se contactó con Natán, un viejo amigo de mi padre, que no solo conocía de su profesión que lo ligaba a la tierra, sino también la historia del pueblo y sus habitantes.
No creo equivocarme si digo que el buen Natán superaba los ciento diez años de edad, lo cual no le impedía desenvolverse con soltura y eficacia.
—Muy buenos días, bella señorita. He llegado en tiempo y forma, tal como le prometí. Acá tengo todo el material para recoger las muestras.
—¡Hoy está muy frío! ¿Le agradaría, antes de empezar su labor, caballero, tomar un té conmigo? Aún no desayuné. Es usted muy puntual…
—¡Por supuesto, señorita! Debe usted leer el pensamiento. Pero nada de “caballero”. Soy Natán.
—Y yo, Cora. Pasemos a la casa, por favor…
Una vez servido el té con leche y pan casero, el viejo, encantado, se veía dudoso. Mientras disfrutaba el desayuno, Cora lo vio pensativo.
—¿Qué ocurre, Natán?
—Mire, jovencita: usted tiene edad para ser mi bisnieta, y me quedo corto. Siento que si hago el trabajo, la voy a estar estafando. Y si le digo la verdad, usted no va a querer creerme…
—No le estoy entendiendo, Natán…
—Pues mire. Hay cosas que ocurren que no tienen una explicación científica, como la que se puede sacar de un análisis de suelos y napas de aguas, como las que yo realizo desde antes de que naciera su abuela. Me voy a arriesgar, aún a perjuicio de mi ganancia económica, y de que me crea un viejo lelo, a contarle una historia, que sucedió aquí mismo, y que me parece que es la causa de su mala cosecha… ¿Estaría dispuesta a escuchar? Luego, sacará sus conclusiones. Y si le parece, puede correrme del lugar con los perros…
Cora sonrió. Sus perros eran unos pequeños cusquitos cariñosos que no se despegaban de los pies del viejo, que había logrado intrigarla.
—Le prometo, Natán, que no pensaré que usted está lelo, y que no sufrirá la ferocidad de mis perros…
—Está bien. No diga que no se lo advertí…
Hace muchos años, esta granja estaba habitada por una pareja que no podía tener hijos.
Trabajaban la tierra de sol a sol, con gran productividad. Tenían, incluso, animales: vacas, gallinas, cerdos.
Al principio todo iba bien, pero a medida que pasaba el tiempo, comenzaron a echarse la culpa uno al otro por la frustración de no poder gestar un niño.
Hasta la gente que contrataban para ayudarlos se terminaba yendo, pese a la buena paga, porque no soportaba la andanada de palabras amargas que se soltaban por todo el lugar. Insultos y acusaciones horribles, llenas de resentimiento y rencor. Los trabajadores decían que después de escuchar sus discusiones, la cabeza les dolía por horas.
En vez de darse cuenta de que esa dinámica enferma iba en aumento, y buscar ayuda, persistían en insultarse cada vez con más violencia.
Y en eso estaban, diciéndose las cosas más horribles que podían existir, mientras alimentaban a sus cerdos.
Un viento feroz, que antecedió una tormenta histórica, desprendió una viga del granero cercano, con la mala suerte de asestarles de lleno en la cabeza, haciéndolos caer, inconscientes, en el chiquero.
Vaya a saber qué les pasó a los cerdos. Algunos dicen que fue la sangre. Otros, el aura de violencia que emanaba la pareja con sus eternas discusiones. El punto es que… se los devoraron vivos…
—¡Por Dios!
—Nadie sabe si despertaron en medio de la horrorosa comilona, o fallecieron sin recobrar el sentido. Para cuando los encontraron, eran dos esqueletos descarnados. Dicen que hasta en su pose de difuntos, en el medio del chiquero, parecían seguir peleando, él con el puño cerrado y en alto, y ella señalándolo acusadoramente, con los escasos huesitos que respetaron los cerdos y el desastre de la tormenta descomunal.
Sé que es muy demente esta teoría, Cora, pero esa pareja, muriendo en plena pelea, y habiendo sembrado palabras de odio por todo el lugar, creo que arruinaron la tierra con ese mal sentimiento. Ahora puede echarme, si cree que estoy loco…
—No creo eso para nada, Natán. Yo he soñado con ellos casi todas las noches desde que llegué aquí, pero le resté importancia… ¡Qué historia horrible y triste! ¿Cómo se podrá solucionar algo así? ¡He trabajado tan duro!
—Mire, Cora, aunque no le prometo nada, tengo un amigo, un funerario, que nos podría echar una mano…
—¿Un funerario? ¿Acaso no los enterraron cristianamente? —Preguntó Cora, estremecida.
—Por supuesto. Pero tal como usted me contó que los soñó, es posible que los difuntos no descansen. Y hay que sanear la tierra…
Así es como llegamos Tristán, Aurora y yo a la granjita de Cora, que nos recibió con el protocolo de quién es visitado por altos funcionarios.
Natán nos indicó el sector donde estaba el infausto chiquero por la época de la pareja fallecida. Haciendo un círculo, en el que incluimos a Cora y Natán, nos concentramos en los difuntos, y, a los pocos minutos, la visión horrorosa de dos cadáveres descarnados, con marcas de dientes hasta en sus huesos medio astillados, apareció ante nosotros. De sus cuencas vacías brillaban luces rojas, de las que se desprendían chispas de puro odio.
Los repulsivos esqueletos parecían ignorarnos, y seguir una pelea agitando sus miembros deteriorados en gestos amenazantes.
—¡Escuchen! ¡Ya dejen de pelear! ¿No van a parar nunca? ¿No se han dado cuenta de cómo el odio que crearon contaminó no solo la tierra, sino el temperamento de sus animales?
Los espectros, confundidos, nos prestaron su atención, sin dejar de echar chispas de fuego por sus cuencas.
—Esta pobre chica, Cora, compró sus tierras, y sus malos sentimientos hicieron que su duro trabajo se echara a perder: todo lo que sale de acá sabe a putrefacción. Muéstrales, Cora, como tienes las manos de tanto trabajar, por favor…
Temblando, Cora les mostró ambas manos a los espectros. Estaban llenas de callos, llagas, raspones y uñas rotas y machucadas.
—Ustedes fueron muy egoístas. ¿Por qué, en vez de esparcir su nocivo odio, auyentando a la gente, no pensaron, por ejemplo, en adoptar a un niño? ¿No se daban cuenta de que espantaban a cualquier bebé del deseo de ser gestado por unos padres que no hacían más que insultarse todo el tiempo?
Los seres abrieron sus asquerosas mandíbulas de asombro.
La que en vida fuera mujer, se llevó las manos en la cabeza, y el hombre, al pecho.
Las chispas de fuego comenzaron a manar como lágrimas, y luego de unos segundos eternos, los entes se abrazaron.
Al unirse, comenzaron a verse como las personas normales que alguna vez fueron. Ya llorando lágrimas normales, comenzaron a elevarse, mientras caían de sus ropas de trabajo saquitos con semillas, que nunca lograron sembrar en su momento.
Cora estaba obnubilada por la experiencia. Natán sonreía benévolamente.
—Estoy seguro, Cora, de que su tierra está curada. ¿No es así, Natán?
—Por supuesto. Ahora le espera una etapa de prosperidad.
—¿Cómo podré agradecerles lo que han hecho por mí?
—Estoy seguro de que tanto Edgard como Aurora y Tristán estarán felices de recibir frutas y verduras de tu próxima cosecha. En cuanto a mí, te pido que contrates a mi bisnieto para tus labores. Está sin trabajo, y ya te destrozaste demasiado las manos con el trabajo anterior…
Yo conocía a Natán. Lo que quería era que Cora terminara de novia con su bisnieto, un excelente muchacho al que le sobraban labores. No me metería en ello…
Le pedí a Cora permiso para llevarme una de las bolsitas de semillas, que hoy está en los estantes de mi colección. Cuando alguien discute, o manifiesta sentimientos malos, se sacude con el sonido de las semillas que no pudieron nacer, recordando que el odio se esparce como un incendio destructivo, devorándolo todo, sino sabemos pararlo a tiempo. El odio destruye, amarga y contamina, dañando e hiriendo a culpables e inocentes.
Pueden visitarme, y ver las semillas, y todos los demás objetos de mi colección, y, si gustan, escuchar sus historias.
Los espero en La Morgue. De igual modo, tarde o temprano, pasarán por aquí…
sábado, 2 de julio de 2022
EDGARD, EL COLECCIONISTA- OJOS GIGANTES, BOCA SELLADA
EDGARD, EL COLECCIONISTA
OJOS GIGANTES, BOCA SELLADA
Recibí a Ester para despedirla, lamentando su deceso, ya que la conocía, y era una mujer excelente.
En su juventud, cuando su esposo perdió el trabajo, se puso en decenas de actividades, donde combinaba una gran creatividad con un duro esfuerzo para cubrir las necesidades básicas de sus hijas y marido, además de improvisar arreglos a su casa, que se deterioraba cada vez más, a ojos vistas.
Eduardo, su marido, en vez de valorar su voluntad, se mostraba siempre hosco, resentido, y no perdía oportunidad de maltratarla verbalmente cada vez que podía.
El único pasatiempo que Ester amaba, ya que su condición económica caótica le había obligado a abandonar sus estudios, era tocar el piano, una preciosa herencia de sus padres.
Pero no podía hacerlo en presencia de Eduardo, que le decía que no toleraba el ruido asqueroso que hacía, que lo dejaría sordo.
Para evitar peleas, cerraba el piano, tragándose su dolor sin una palabra, abriendo sus desconcertados ojos desmesuradamente ante la injusta reacción de su esposo.
El tiempo mitigó la situación económica. Eduardo consiguió por fin un trabajo con el que sostener la familia, ya cuando las hijas habían crecido.
Muy feliz, Ester pensó que era el momento propicio para retomar su amada música, incluso, para dar clases de piano.
Pero no pudo ser: sus hijas, acusándola de egoísta, la abocaron al cuidado de los nietos.
Se dio cuenta de que había acostumbrado a su entorno familiar a brindar todo de sí, sin poner límites ni pautas, y que se había vuelto una persona transparente, que solo era visible para atender necesidades ajenas.
Cuando intentaba contarle sus sueños a su esposo sobre su proyecto con la música, este la miraba con desprecio, contestándole:
—¡Cómo te gusta perder el tiempo en estupideces! ¡Ya sería hora de que vendas esa porquería, que lo único que hace es ocupar espacio en la sala e incomodar! ¡Ni siquiera lo mantienes limpio!
Como corolario de su discurso corrosivo, Eduardo pasaba el dedo sobre el piano, con cara de asco, mostrando la leve capa de polvo que había escapado a los ojos de Ester, demasiado ocupada atendiendo sus nietos, y haciendo trámites para sus hijas.
Un día especialmente duro, Ester llegó de la calle, luego de una intensa jornada cuidando a los chiquillos enfermos, y, para su total sorpresa, vio que no estaba más el piano en la sala.
Abriendo sus ya grandes ojos en forma desorbitada, le preguntó a Eduardo qué había ocurrido con su amado piano.
—¿Tu piano? ¿Esa porquería estorbosa? Lo vendí para comprarme el equipo de audio que deseo desde hace mucho tiempo, y no he podido tenerlo por dedicar todo mi dinero a esta casa, por la que trabajo como un esclavo, mientras tú disfrutas de paseo con tus hijas y nietos. ¡Cierra esos horribles ojos saltones tuyos! ¡Sobre que ya son grandes, al abrirlos así, pareces un susto a media noche!
Eduardo dio media vuelta, dejando a Ester sumida en un estado de shock. Se había quedado parada en medio de la sala, cargando las bolsas con las que había llegado de la calle, con los ojos desmesuradamente abiertos, de los que manaban lágrimas sin cesar.
Luego de una hora en esa posición, tiró las bolsas, y sin decir una sola palabra se encerró en una de las habitaciones que otrora había pertenecido a su hija.
Su marido ni siquiera notó su ausencia, ya que Ester había dejado comida preparada, lista para calentar en el microondas, y le daba lo mismo comer sin ella.
Así hubiera seguido, de no haber empezado a sonar los acordes de un piano invisible.
Eduardo, sin comprender nada, montó en cólera: pensó que con total osadía Ester se había atrevido a manipular su preciado equipo de sonido sin su permiso ¡Ya le diría un par de cosas!
Pero la música, que era una horrible marcha fúnebre, no procedía de su aparato.
Parecía surgir de todos y cada uno de los rincones de la casa.
Alarmado, buscó a su mujer por todos lados, sin hallarla. Cuando se topó con la puerta de la antigua habitación de una de sus hijas cerrada, la golpeó amenazando a Ester de que la abriera a voz de cuello.
Al no obtener respuesta, aturdido por la espantosa música de piano que no cesaba ni un segundo, y sopesando que podía haberle ocurrido algo a Ester, procedió, con unas herramientas, a romper la cerradura de la pieza.
Encontró e Ester tendida en la cama, con la boca tapada con cinta negra, de la que se usaba habitualmente para reparar cables, y sus ojos demasiado abiertos, con el gesto de haber visualizado demasiados espantos en su sufrida vida.
Estaba blanca como la nieve, con los brazos extendidos fuera de la camita de una plaza, cortados a la altura de las muñecas.
Ester había tomado el recaudo de poner en el piso dos recipientes, para que su sangre no manchara el suelo.
Con un grito de horror, que se perdió entre el sonido de la marcha fúnebre que resonaba sin cesar, con un volumen cada vez más alto, salió corriendo por ayuda.
Cuando esta llegó, el piano había cesado, y solo quedó la tarea de determinar el suicidio, para que se pudiera disponer del cuerpo, que ahora está en mi funeraria.
No quise modificar sus ojos abiertos de más. Solo me esmeré en maquillarlos para que se viera absolutamente bella, con esa mirada enorme, que abarcaba un universo de pena que muy pocos conocían, y que yo resalté como un gesto de particular hermosura.
Antes de comenzar el velatorio, su espectro se me presentó.
Era una bruma gris casi invisible, a excepción de sus enormes ojos, que habían visto demasiadas injusticias, abiertos deformemente.
Su boca solo era visible por la cinta que parecía flotar en su materia insustancial.
—¡Mi querida Ester! Si alguien se merece el descanso eterno, y la paz absoluta, eres tú…
Créeme: tus seres queridos están profundamente arrepentidos por su accionar.
Sé que no es momento para decírtelo, pero parte de las injusticias en que incurrieron, son, en parte, responsabilidad tuya: les diste todo, sin pedir nada a cambio, sin mostrar el valor que tenían tus gigantescos esfuerzos. Naturalizaron tus atenciones y sacrificios como si les pertenecieran por derecho propio.
Ahora, lamentablemente, demasiado tarde, se han dado cuenta de la enorme joya humana que dejó de brillar para ellos.
Sé libre, Ester. Márchate al plano donde el dolor no existe, y disfruta la paz eterna…
Ester pareció tomar consistencia. Sus ojos tomaron un tamaño normal. Se quitó la cinta negra de la boca, para brindarme una última sonrisa, y se esfumó entre luces, mientras un remolino de papeles hacía un pequeño tornado alrededor de su luminosidad, girando alrededor de él, hasta que cayeron al suelo mansamente.
Empezó a sonar entonces, la “Sonata Claro de Luna”, de Beethoven, una de mis piezas favoritas de piano.
Con los ojos llenos de lágrimas, esperé a que concluyera, y luego junté del piso los papeles: eran amarillentas partituras, con las que ella practicaba, feliz, de niña.
Ahora están en las estanterías de mi colección.
Cuando me siento particularmente triste, las tomo, acercándolas a mi pecho, y la Sonata suena, consolándome como un abrazo.
Pueden ver las partituras cuando lo deseen.
Recuerden valorar los actos de las personas que los aman cuando aún están vivas.
Luego, ya no queda lugar más que para un arrepentimiento amargo…
sábado, 25 de junio de 2022
EDGARD, EL COLECCIONISTA- SINDICATO DE CADÁVERES EN PROTESTA
Vino a verme Aníbal, un colega de un pueblo vecino caído en desgracia. Me rogaba, avergonzado, que le prestara un féretro, ya que estaba casi en bancarrota, lleno de deudas.
Inexplicablemente para él, ya que se consideraba un empresario prestigioso, la gente prefería acudir a la competencia, aunque les quedara a kilómetros de distancia.
No entendía qué ocurría en sus velatorios: había demasiadas personas descompuestas, algo natural, dado la naturaleza del evento, pero sus malestares no eran acordes a los de la angustia de las despedidas.
Quienes asistían a las ceremonias, aun sin ser cercanos a los despedidos, sufrían dolores de cabeza que duraban semanas, náuseas, horrendas pesadillas, y la sensación de “ser espiados” constantemente.
Comenzó a correrse la voz de que el salón de Aníbal tenía alguna sustancia tóxica.
El hombre, afligido, buscó profesionales que verificaran el estado de su establecimiento, y chequeó exhaustivamente su servicio de catering, pero no encontró nada perjudicial.
Pero la respuesta me llegó rápidamente: la energía que capté del pobre Aníbal me dio la respuesta de su catástrofe económica.
Con su permiso, llamé a mi querido asistente, Tristán, y a mi amada Aurora, para potenciar la visión que vislumbraba.
Él, asombrado y curioso, no tuvo inconvenientes.
Tristán y Aurora, no bien entraron y saludaron a Aníbal, me confirmaron lo que yo suponía.
—Aníbal: quizás no creas lo que voy a decirte, pero avalado por la opinión de los míos, lo haré con absoluta seguridad: no has venido solo.
—No te comprendo, Edgard…
—Pues te lo diré sin rodeos: estás rodeado de una horda de espectros espantosos, horrendos a la vista, putrefactos, deformes, coléricos, y muy, muy disgustados…
—¿¿¿¿Qué????
—Lo que escuchaste. Ahora mismo, en primera fila, tras tu espalda, tres entes de pesadilla nos miran con un odio terrible, a ti, a nosotros, y entre ellos mismos. Son una imagen del mismísimo infierno.
—¡Dios mío! ¿Qué me dices?
—La verdad, Aníbal. Estos espíritus han tenido terribles peleas durante sus vidas. Todos se conocen entre sí. Guardan rencores viejos, envidias, historias de traiciones y disgustos amorosos y económicos en los que han interactuado.
Cómo ya no saben cómo agredirse y dañarse entre ellos, decidieron drenar sus odios con las personas que se acercan a ti y tu sala velatoria, perjudicándoles la salud y la tranquilidad de espírtitu.
Te detestan, Aníbal, porque te consideran el culpable de no poder seguir con sus reyertas del mundo material, al haber oficiado sus velorios…
—¡Pero nunca le he hecho daño a nadie!
—Lo sé. Pero las emociones negativas que no se resuelven en vida, no saben de razones o justicia en sujetos resentidos. Podemos ayudarte ahora mismo, o, al menos intentarlo. Pero deberás tolerar visualizar a los seres que te están atormentando y boicoteando tu negocio. Te lo advierto, porque son terroríficos y repugnantes, y no quisiera que te descompongas o entres en pánico, más, sabiendo de que son tu constante compañía desde hace un largo tiempo.
—¡Sí, por favor! ¡Ayúdenme! Ya no tolero tantos problemas económicos, malestares y maledicencias a mi alrededor…
Impusimos las manos alrededor de Aníbal, que se quedó helado, con la boca abierta ante la visión infernal que se presentó ante sus ojos, desmesuradamente abiertos de pavor.
Un ser putrefacto, con más gusanos que facciones, revoleaba sus saltones ojos sin párpados, haciendo gestos obscenos, y sacudiendo burlonamente una negra y larga lengua.
Un ente, que en su vida terrenal debió haber sido una mujer, señalaba colérica a Aníbal, toda cubierta de ratas de ojos rojos incandescentes que le iban arrancando con sus filosos incisivos pedazos de carne podrida, masticándola como un manjar, agitando sus colas.
Un cuasi esqueleto cubierto de arañas repulsivas movía amenazadoramente sus otrora puños, dejando caer en sus asquerosos movimientos, bichos que estallaban como pequeñas bombas en el piso.
Y así era la “corte” que acompañaba al pobre Aníbal: unos engendros que el odio había transformado, con su malvada energía, en seres que oscilaban entre la fealdad más abyecta, y la locura más pérfida.
Tristán tomó la palabra:
—Almas sufrientes: suelten, por favor, la terrible carga de malos sentimientos que los agobian. Al diseminarlos, no hacen más que acrecentar el gran dolor y amargura que cargan…
La respuesta de la demoníaca horda fue muecas y gestos de burla y rencor, que no dejaron callado a mi amigo.
—Tienen dos caminos, les agrade o no. Pueden perdonar y arrepentirse, o conseguir la condena eterna.
Miren en su interior. Recuerden las cosas bonitas de sus vidas terrenales: el amor, la amistad, los actos buenos y generosos, olvidando la maldad que los ha herido. Si se enfocan en eso, verán que han sido mucho más valederas las cosas positivas que las dañinas, y podrán alcanzar una paz y un descanso que los elevará a un plano de beatitud soñada…
Muchos de los entes parecieron dudar. Algunos manifestaban asombro, y abandonaban su aspecto macabro, mostrando la imagen que tenían en vida.
Pero otros, por el contrario, se tornaron más horribles y agresivos, generando una niebla oscura y asfixiante.
—¡A ustedes, infames, corruptos, que no tienen capacidad de perdón ni bondad, ardan en el limbo de sufrimiento al que se aferran!
Concentrados en las palabras de Tristán, direccionamos nuestras energías en la misma frecuencia que él transmitía con la fuerza de su voz indignada.
Los horribles seres, luego de retorcerse y deformarse, como una masa derritiéndose, estallaron en cenizas negras.
Los otros espectros, mostraban gestos de arrepentimiento y algunos lloraban, y se tomaban el pecho, drenando una aflicción terrible.
—Ustedes, que lograron dejar los resentimientos y malos pensamientos, asciendan hacia la luz… ¡Sean libres!
Esa frase fue el incentivo que liberó a los sufrientes, que se relajaron, y mirando hacia arriba, fueron subiendo mientras se desvanecían en una brumosa luminosidad mansa y benévola.
Antes de esfumarse, dejaron caer una tela.
La voz de Aníbal, llorosa, nos sacó del ensimismamiento y concentración que requirió la condena y liberación de la horda.
—¡Dios mío! ¡He reconocido mucha gente! Todos, tal como me dijiste, con querellas personales y riñas más que conocidas en el pueblo.
¡Lo que he presenciado es maravilloso y aterrador! Ahora tengo otra visión de la vida y la muerte. Voy a tratar de reconciliar a cuanta gente pueda: creo que va a ser mi gran misión en la vida, luego de esta experiencia…
—Eso es muy bueno, Aníbal. Yo te ayudaré, no solo económicamente, a restablecer tu negocio, sino que también me ocuparé de restaurar tu prestigio. Te lo mereces.
Aníbal se marchó aliviado, feliz, y con un poderoso conocimiento que cambiaría el sentido de su existencia.
No bien se retiró, junté las cenizas de los espectros condenados en un frasco muy hermético, y levanté del suelo el trozo de tela que dejaron los espíritus de ascendieron.
Era una especie de bandera de seda, muy similar al símbolo del ying y yang, puesto que se dividía en dos mitades, una blanca y una negra, que representaban las fuerzas del bien y del mal. En el centro de la bandera se visualizaba un ojo, que nos hablaba de la visión que hay que tener para elegir el camino correcto. Me agradó mucho este mensaje…
Tanto la bandera, como las cenizas, que a veces refulgen en la oscuridad con un desagradable brillo de fuego fatuo, se encuentran exhibidas en los estantes de mi colección, disponibles para ustedes, si quieren verlas.
Yo los espero, para que admiren todos los objetos que surgen de las luchas espirituales, y disfruten de las historias que las acompañan.
domingo, 19 de junio de 2022
EDGARD, EL COLECCIONISTA- DULCE ESPERA TERRORÍFICA
EDGARD, EL COLECIONISTA
DULCE ESPERA TERRORÍFICA
Me tocó oficiar el velatorio de Iris, una muchacha que supuestamente esperaba a sus hijos por esa fecha.
Era muy triste de ver a la delgada Iris, casi en los huesos, con su vientre distendido en proporciones casi monstruosas.
La muchacha quedó sin su esposo, que se fue del hogar no bien ella anunció su embarazo.
Todos culparon de canalla a Donato, quién, por haber estado preso una vez por robo, era la víctima perfecta para atribuirle todos los males del mundo.
Pero la verdad era otra.
Iris, quien en su adolescencia había sido díscola y rebelde, tuvo múltiples parejas de una noche. Su falta de responsabilidad la llevó a quedar varias veces embarazada, y, contra la voluntad de sus padres, recurrió a abortos clandestinos.
Cuando conoció a Donato, recién salido de prisión, se enamoró perdidamente de él, cambiando, para felicidad de sus seres queridos, su errante conducta destructiva.
No bien su novio consiguió trabajo estable, decidió tener un hijo, para que fueran la familia perfecta, que en su cabeza proyectaba como una película constantemente.
Dejó de tener la regla, y, dichosa, asistió al médico, acompañada de su esposo.
El médico, lejos de felicitar a la pareja, mientras hacía la ecografía afirmó tristemente:
—Lamento anunciarles malas noticias. Iris: tienes en el útero una masa tumoral maligna.
Lo aconsejable es operar urgente. Hay gravísimos riesgos de salud. También debo derivarte a un oncólogo, para comenzar el tratamiento adecuado sin perder ni un minuto.
Iris se puso histérica.
—¡Mentira! ¡Estoy esperando mellizos! ¡Quieren castigarme por mis errores del pasado!
¡Usted, doctor, va a cerrar su boca, y no va a desparramar ese sucio invento para mancillar mi embarazo!
¡Y tú, Donato, si le cuentas a mis padres, o a cualquier otra persona esta estupidez que me dijo este remedo de médico, te denunciaré por malos tratos, e irás directamente a la cárcel, por tus antecedentes!
Salió corriendo enloquecida.
El médico le aconsejó al pobre hombre hacer una junta familiar para internar a Iris, que evidentemente, no estaba en sus cabales.
Al llegar a su hogar, vio a su mujer con gesto feroz, abrazando su panza, mirando a su esposo con cara de furia.
—Amor, si no te tratas, morirás…
—Si no desapareces de acá, diré que me pegaste. Me lastimaré yo misma, y volverás a la cárcel. Si te contactas con alguien de mi familia, te juro que te implicaré en algo tan turbio, que no saldrás de por vida de la celda.
Así fue como tuvo que desaparecer Donato, con el corazón roto, y su reputación pisoteada por todo el mundo.
Iris convenció a su entorno de que venían mellizos en camino.
Cuando “su embarazo” avanzó a un tamaño monstruoso, acusó dolores que según ella eran contracciones de parto, y por ello la llevaron a la maternidad.
No bien la internaron, una hemorragia terrible se la llevó en menos de media hora.
Cuando los padres de Iris se enteraron de la naturaleza de lo que cargaba en su vientre, buscaron con desesperación a Donato, intentando entender lo que había ocurrido.
Siguiendo sus pasos, hallaron otra tragedia: el hombre se había suicidado, en un barrio de mala muerte, en una habitación de alquiler barata, colgándose de un gancho que había instalado en el techo.
En una carta había dejado las explicaciones del caso, que la policía compartió con los afligidos padres.
La culpa de Iris al haberse deshecho de sus hijos frutos de amantes de ocasión, sin planes ni responsabilidades, solo pensando en juergas, le había trastornado el cerebro.
No solo había arruinado su vida, sino también la del pobre Donato, que había intentado dejar atrás junto a ella una temporada oscura de su existencia, y formar una familia normal.
A pedido de los padres, guardé el secreto de que el vientre de Iris no llevaba un monstruoso tumor maligno, sino los soñados mellizos nonatos de la joven.
Cuando ya estaba dejando todo listo para comenzar el velatorio, apareció el espectro de Iris, esquelética, salvo el gigantesco vientre, con los ojos manando lágrimas de sangre, rodeada de pequeños demonios negros como el hematite, con alas de murciélago, ojos rojos brillantes, y horrendos colmillos que amenazaban a la aparición con terribles dentelladas.
Iris se tiraba de espanto el cabello y se tapaba la demacrada cara cerúlea.
Al imponer mis manos me percaté que los entes oscuros eran materializaciones de la culpa de Iris por los abortos realizados: había transformado a los niños no nacidos en criaturas demoníacas que martirizaban su alma enferma de dolor.
Se lo expliqué a Iris, con la misma paciencia con que una madre arrulla a un bebé que llora sin consuelo.
Puse toda mi energía para que mis palabras vulneraran su tragedia y locura, intentando convencerla de que se perdonara por sus errores, y se liberara para alcanzar la luz de la paz eterna.
Ya casi agotado de repetirle esta alocución surgida desde mi espíritu, pude observar el cambio en su gesto. Sus lágrimas dejaron de ser de sangre, y pasaron a transparentes.
Miró a los horrendos demonios alados, que fueron estallando, uno a uno, como bombas de ceniza negra.
Iris bajó la cara, cruzó las manos en su pecho, y su vientre gigantesco se aplanó.
Su imagen se volvió luminosa.
Antes de volar en chipas de luz, me llegó su mensaje suplicando perdón por lo que le había hecho a Donato, el único hombre que la había amado y respetado.
Le juré que él ya la había perdonado hacía mucho tiempo, y que solo restaba que ella misma arrojara el lastre de sus culpas.
Y lo hizo. Se elevó en partículas de luz hasta esfumarse mansamente, arrojando un objeto al suelo.
Lo tomé descubriendo que era un test positivo de embarazo.
Hoy lo tengo en los estantes de mi colección. Me hace pensar en la importancia del perdón.
Ustedes pueden verla también: solo deben acercarse a La Morgue, y recordando la historia de Iris, y sacar sus propias conclusiones.
Los espero. De todos modos, tarde o temprano, pasarán por aquí…
sábado, 11 de junio de 2022
EDGARD ELCOLECCIONISTA- SOPA DE CADÁVER
El comisario Contreras vino, muy atribulado, a contarme terribles acontecimientos que ya se estaban filtrando en la prensa, haciendo famoso a un pequeño pueblito vecino, prácticamente desconocido por todo el mundo.
Al agotarse la presión de agua de la napa que proveía la zona, se pidió a las autoridades que exploraran el terreno para no tener que hacer un ensamble de kilómetros con el ramal central de cañerías, lo cual tendría un costo altísimo.
Mandaron un grupo de ingenieros a la zona, con un tipo que tenía mapas antiguos del lugar. Con una mirada de hielo, y gran determinación adujo que había una red subterránea de túneles, un secreto que él había descubierto en su hobby de coleccionar documentos milenarios. Solo había que dinamitar una zona que impedía la entrada de agua de una napa principal, y podrían disfrutar del líquido elemento, aprovechando los túneles antiguos.
Como su propuesta era la más económica y viable, se la puso en práctica.
Cuando se inauguró con éxito el proyecto, el tipo se esfumó, sin dejar rastro.
Tiempo después de que la nueva fuente de agua se utilizara para beber, higienizarse, regar sus verduras e hidratar sus animales, comenzaron a ocurrir eventos extraños.
En la piel de las personas comenzaron a crecer… ¡hongos! Hongos con sombrero, como los que se encuentran al pie de los árboles en los bosques. Con horror, la gente acudió en masa a médicos y hospitales, donde se les extirparon los hongos, sin dolor, quedando en la zona donde se unían a la piel un área decolorada e insensible.
Todos los que se quitaban los coloridos hongos, decían sufrir por las noches visitas de horrendos espectros que, brillando en la oscuridad, les hacían gestos y muecas espeluznantes.
Se hizo un cerco en el pueblo, como medida sanitaria, aislándolo.
El intendente pidió una investigación sobre el trabajo del agua, y un análisis de la misma.
Se descubrieron cosas muy inquietantes.
El análisis químico dio como resultado la existencia de un microrganismo que por lo general solo se encuentra en cadáveres en descomposición, pero con una extraña mutación. Además, elementos bacterianos y fúngicos absolutamente desconocidos, por lo que se derivaron las muestras a la capital.
En cuanto al ramal de túneles por el que circulaba el agua, fue explorado por buzos, palmo a palmo.
Resultó que el entramado era más antiguo de lo que se sabía. Estaba conectado con una iglesia que ya no existía.
La construcción milenaria tenía una función muy puntual: era nada menos que un gigantesco cementerio de los habitantes del paraje y los monjes, superpoblado.
El siniestro ingeniero misterioso, que se esfumó luego de su macabra obra, había hecho discurrir el caudal de agua por un conducto gigantesco lleno de viejos cadáveres.
El resultado eran esos terribles crecimientos de hongos sobre la piel, y las macabras apariciones nocturnas espectrales a quiénes se los quitaban.
—Me gustaría, Edgard, que ayudara a esa gente. Si los pudiera visitar con Tristán y Aurora, me parece que sería muy, muy oportuno…
—Pero el pueblo está cerrado…
—En realidad, me tomé la libertad de hablar de ustedes con el intendente. No lo tome a mal, Edgard. Aparte, hay muchos fallecidos, totalmente cubiertos de hongos, y las instalaciones del pueblo no darán abasto para tantos velatorios, cuando salgan del proceso judicial de autopsias.
Se lo pido como un favor personal, Edgard. El intendente es amigo…
—Está bien, Contreras. Pero me debe una…
Llegamos con Tristán y Aurora y nos acercamos al lugar por donde habían accedido a los túneles, ya desagotados.
Aurora le pidió a Contreras que trajera hongos extirpados.
Tristán tomó un puñado de fango del piso del túnel, y se lo untó en el rostro.
Contreras llegó con los hongos. Aurora le indicó que los dejara a la entrada del túnel.
Tomó mi mano y la enlodada de Tristán. Sentí que una energía sobrecogedora me transcurría.
Cerré los ojos, y vi el antiguo pueblo, su iglesia y túneles de aquel entonces.
Una peste asoló el humilde poblado, y los monjes, como medida sanitaria enterraron a los muertos en ellos, para evitar contaminar el aire.
Pese a todos los recaudos, la mayoría pereció ante la desconocida enfermedad.
Se nos presentaron los espectros, horripilantes, con pieles llenas de pústulas supurantes, llagas inmundas, ojos velados por películas de una baba asquerosa.
Supimos que no descansaban en paz: un ser maligno había activado a propósito la peste al hacer pasar el agua por sus restos carnales.
Les prometimos hacer lo posible por encontrar al oscuro personaje, y sellar los túneles, para terminar con la terrible historia.
Me miraron a mí, muy intensamente, como esperando una respuesta más.
Tristán captó el deseo faltante.
—Edgard oficiará el velatorio de los actuales fallecidos, y honrará, a través de ellos, el alma de todos y cada uno de ustedes, para que descansen en paz…
El rostro de los espectros se distendió.
Los hongos del suelo comenzaron a brillar fuertemente, mientras los seres se esfumaban.
Días después celebramos el velorio de los habitantes del pueblo, a cajón cerrado: estaban totalmente tapados de hongos, que seguían creciendo sobre los cuerpos fallecidos.
En mi colección quedaron los luminiscentes, que se habían encendido en la entrada del túnel.
Le queda a la justicia encontrar al siniestro personaje que provocó la tragedia.
Si quieren ver los hongos luminosos, pasen por La Morgue, y escuchen todas las historias de mi colección.
Buen fin de semana…
viernes, 27 de mayo de 2022
EDGARD, EL COLECCIONISTA- SEMBRADO SINIESTRO
Una pareja de turistas que recorrían la zona rural de nuestro pueblo, se horrorizó al encontrar en el predio de una vieja iglesia semiderruida un sembradío muy especial:
de la tierra asomaban piernas y brazos humanos, en distintos grados de descomposición, sobre los que las aves carroñeras sobrevolaban para conseguir un pedazo de carne, entre un enjambre de tornasoladas moscas que zumbaban como la banda de sonido de una película infernal.
Una vez sobrepuestos al asco, la repulsión y el espanto de la abominable escena, buscaron la comisaría para denunciar el terrible hecho.
Contreras, mi amigo, les tomó declaración, y envió agentes a inspeccionar el área.
El comisario, con esta información, obtuvo una pieza de un rompecabezas que venía mortificando a la policía de varios pequeños pueblos zonales, donde se violaban tumbas de sus cementerios, y mutilaban los cadáveres despojándolos, precisamente, de brazos y piernas.
Al día siguiente de la amarga experiencia de los turistas, un hombre muy alterado se presentó a la comisaría para hablar con mi amigo.
Donato exigía que liberaran la zona de su “campo de siembra”.
—¿A qué se refiere, caballero? —preguntó Contreras, intrigado.
Entonces Donato le contó su trágica experiencia.
Hacía unos años, bastante pasado de copas, había causado un accidente automovilístico, del cual, desgraciadamente, una niña perdió una pierna, y otro pequeño, un brazo.
Si bien había cumplido con la ley en lo que a castigos se refería, y no volvió a probar nunca más una gota de alcohol, la culpa lo atormentaba noche a noche, buscando en su mente insomne una manera de remediar su terrible accionar y sus consecuencias.
Sabía que los niños habían crecido, y que llevaban prótesis que les permitían hacer una vida normal, pero eso no lo consolaba: él quería devolverles de alguna forma los miembros amputados por su acto irresponsable.
Empezó a investigar en tratados antiguos de magia, ocultismo, espiritismo y brujería.
Encontró en internet un enlace que lo condujo a un grupo de personas que practicaban las artes oscuras, y, entre consejos malsanos, información de otros siglos, y su cargo de consciencia macerado en insomnio y desesperación, creyó haber encontrado la solución a su problema moral.
Según sus estudios, y los consejos del nefasto grupo de la web, sacó la conclusión de que si obtenía miembros de cadáveres, y los “sembraba” en tierra consagrada, regándolos con agua bendita, los brazos y piernas serían aptos para ser trasplantados a los jóvenes mutilados, recuperando así lo que él les había quitado desde su vicio e irresponsabilidad.
Indignado, la noche de luna llena que le tocaba recitar oraciones en latín mientras regaba su “sembradío”, encontró el campo lindero a la iglesia vallado y con custodia policial, arruinando su trabajo de meses.
Luego de contar su disparatada denuncia, llorando, le rogó al comisario que le despejara la zona, porque aún estaba a tiempo de conseguir que prosperara su labor, ya que continuaba el plenilunio.
Además, agregó, entre amargas lágrimas, que seguramente los fantasmas de los cuerpos profanados lo dejarían en paz cuando vieran terminada su obra, porque lo acechaban horriblemente por las noches, con sus terroríficas presencias.
Contreras, entendiendo que no estaba frente a un delincuente, sino ante una persona que había perdido la razón por los remordimientos, me llamó para que yo viera cuánto había de cierto con el “asunto de los fantasmas”.
Le dijo a Donato que se tranquilizara, que ya solucionarían la cuestión, y le pidió que esperara un rato en una oficinita.
Mientras me dirigía hacia allí con mi querido asistente, Tristán, el hombre no paró de llorar afligido.
No bien llegamos, el comisario nos presentó, y Donato nos repitió su historia.
—Vamos por partes, caballero. Veremos primero el tema de los espíritus que lo atormentan…
—Están enojados, porque les corté a sus cuerpos las partes que necesitaban. Sé que tienen razón, pero ellos ya no las pueden usar, y yo quiero ayudar a los chicos mutilados por mi maldita estupidez…
No bien terminó de hablar, como llamados por una fuerza infernal, los espectros se materializaron, mostrando sus caras más horrorosas. Era una pesadilla monstruosa: los rostros agusanados, las encías y lenguas negras, ojos purulentos rezumando ponzoña verdosa, y un gesto de cólera que hubiera espantado al mismo Satanás.
Donato empezó a gemir angustiado.
El comisario Contreras, pálido como un velo de novia, se persignó temblorosamente repetidas veces.
Con Tristán, impusimos nuestras manos en dirección a los entes, captando el odio por la profanación que sufrieron.
—Nos disculpamos, en nombre de Donato. Les prometemos restituir las partes sustraídas a sus tumbas, y les rogamos que abandonen las emociones negativas. La paz del eterno descanso les espera. ¡Es un juramento de honor!
Luego de que yo hablara, Tristán tomó la palabra, relatando los motivos por los cuales Donato había incurrido en las acciones que los había ofendido, pidiéndoles nuevamente disculpas, e invitándolos a dejar atrás este plano.
Los espectros se miraron entre ellos, conmovidos. Asintieron. Sus rostros ya no eran un horror de pesadilla. Solo mostraban la imagen de gente muerta, dispuesta a marcharse.
Y así lo hicieron, mirando a Donato fijamente, con lástima por él. Se esfumaron, luego, en una bruma iridiscente, dejando caer objetos metálicos: eran dijes de plata con formas de piernas y brazos. Un solo dije era diferente: representaba una botella de licor, y estaba ennegrecido…
Donato sollozaba desconsolado.
El comisario, viendo que estaba al borde de una crisis nerviosa, lo tranquilizó, le hizo tomar un té caliente, y le pidió que descansara en el catre de una celda, prometiéndole que todo se solucionaría.
El pobre hombre, luego de un largo período de tiempo sin dormir, cayó exhausto.
Tristán le pidió al comisario los datos de las víctimas del accidente, y una vez obtenidos, se marchó, rogándonos que lo aguardáramos.
Así lo hicimos, y para nuestro asombro, volvió acompañado de dos jovencitos.
En Natalia no se notaba su prótesis bajo sus jeans, pero en Roberto era notorio su brazo ortopédico.
—Vinimos porque el señor Tristán nos contactó, y nos contó lo ocurrido. Nuestros padres nos dieron permiso para llegarnos con él hasta aquí. Queremos hablar con Donato…
Contreras fue a despertar al hombre, que, al ver a los jóvenes, se puso a llorar nuevamente.
Natalia tomó la palabra.
—Señor, entendemos que lo que ocurrió fue un desafortunado accidente. Hemos sufrido mucho, en su momento, pero lo superamos. Nos adaptamos muy bien. Nuestros padres y entorno en general nos ayudaron mucho. No nos sentimos discapacitados.
Queremos decirle que no tenemos rencor hacia usted. No deseamos que sienta culpa. Sabemos que se dio cuenta de su error, que no volvió al alcohol.
Si nosotros lo perdonamos, ahora debe perdonarse usted…
Donato los abrazó, sollozando, liberándose de una carga que lo había aplastado durante años.
Una vez que se retiraron los muchachitos, el comisario llevó a Donato a una clínica psiquiátrica, para que lo apoyaran y ayudaran a reincorporarse a la realidad, sin locas ideas de ocultismo y magia negra.
Por lo que sé, el hombre se recuperó, y ayuda en grupos de adicciones como mentor.
Los dijes de plata están ahora en mi colección. Cuando veo la pequeña botellita de licor ennegrecida, no puedo dejar de tener en cuenta qué mala combinación es el alcohol con el volante: las piernas y brazos de plata me lo dicen a los gritos con su brillo.
Pueden pasar por La Morgue, y ver los dijes, y todos demás objetos de mi colección, y escuchar sus historias.
Aprovecho para recordarles que, si beben, no conduzcan. Puede que si lo hacen, terminen en mis manos, oficiando sus velatorios.
Buen fin de semana…
sábado, 21 de mayo de 2022
EDGARD, EL COLECCIONISTA- EL GUALICHO
—No confío en esa mujer, Edgard.
—No tengo opciones, Aurora. Tú y Tristán están enfermos, sin posibilidad de salir de la cama. Necesito ayuda para esta noche. Tengo un velatorio al que acudirá mucha gente. Si voy a ser sincero, yo tampoco me siento muy bien, y no percibo buenas vibraciones de Ágata. Sé que quiso integrar tu grupo de adoradores de la Pacha Mama, y que no fue aceptada.
Todos mis amigos están comprometidos para hoy, y no puedo fallar.
—Me siento terrible al no poder ayudarte…
—No tienes por qué. Todo saldrá bien. Descansa, y despreocúpate.
Aurora volvió a la cama, pero su gesto de angustia me perturbó.
Recibí a Ágata. Le pregunté si se sentía segura para dar la bienvenida y atender a tanta gente.
Con una sonrisa deslumbrante me contestó que sería más que competente para el trabajo, y que podía contar con ella todo el tiempo en que los míos estuvieran enfermos.
Me aseguró que quedaría tan conforme, que, con seguridad querría emplearla, posteriormente, de manera fija.
—Por cierto. No quiero ser impertinente, pero usted tampoco tiene buen semblante…
—Es verdad. Lo más seguro es que un virus nos esté atacando. La dejo, entonces, como recepcionista, mientras yo me ocupo de mi labor con el difunto. Permiso…
Luego de preparar el cuerpo, y presentarlo en el salón, observé con satisfacción que el lugar resplandecía de limpieza, orden y pulcritud.
En la cocinita anexa ya estaba todo listo: café refrescos, y las tazas y vasos dispuestos de forma accesible y ágil.
La propia Ágata también se hallaba sobriamente arreglada para la ocasión.
Un mareo inesperado me sorprendió caminando hacia ella.
Rápidamente se acercó a mí, sosteniendo mi brazo.
—¿Está bien, Edgard? Le dije que se lo veía decaído…
—Muchas gracias. Seguro ya pasará…
Pero el malestar persistió durante todo el velatorio.
Ágata me auxilió varias veces, cuando en conversaciones con los deudos perdí el hilo, confundido, interviniendo en el momento justo con preguntas, excusas para que no se notara mi distracción.
Fue notablemente eficiente.
Realmente yo estaba ya considerando contratarla como asistente.
Empecé a marearme cada vez más, mientras despedíamos a los asistentes.
Cuando se fueron todos, mi consciencia flotaba en una nube de desconcierto: veía a Ágata como la mujer más bella y deseable del mundo, y tenía desagradables deseos de deshacerme de Tristán, a quién empezaba a considerar un estorbo, en vez del incondicional amigo y ayudante que era, y de Aurora, percibiéndola como una bruja repulsiva, y no el gran amor de mi vida.
Ágata se acercó a mí, susurrando melodiosamente.
—Ahora nos quedamos solos, Edgard. Podría hacerte una infusión, para que te mejores, y darte unos masajes, así te descontracturas…
No entendía qué me ocurría: por un lado, algo interno me decía que debía huir de esa mujer, y por otro, me sentía absolutamente embelesado por ella.
—¡Aléjate de Edgard, sucia hechicera! —gritaron a coro Tristán y Aurora.
—¿Cómo es que están en pie? ¿Cómo lo lograron?
—¡El afecto real es más fuerte que la magia negra, y la hechicería barata! ¡Nos quisiste matar, y aquí estamos, defendiendo a quién queremos de verdad! —bramó Tristán con una voz indignada que no le conocía.
—Mira, Edgard, lo que tenía esta mujer entre sus cosas:
Observé, espantado, los tres muñecos vudús que nos representaban: el de Aurora y Tristán, con los pinchos clavados en un hechizo para traer muerte a corto plazo, y en el mío, las marcas para apoderarse de mi razón y voluntad.
—¡Malditos! ¡Lo quería para mí! ¡Lo he deseado desde que nació! ¡Entrometidos!
—¡Te ordeno, bruja, que muestres tu verdadera imagen!
Aurora impuso sus manos conjuntamente con Tristán sobre Ágata, y el cuasi momificado rostro de un ser maléfico y muy añoso se presentó con su repugnante faz ante nosotros.
—¡Ahora nadie quedará impune! ¡Los mataré cruelmente a los tres! ¡Si lo que yo quiero, no lo puedo tener, lo prefiero muerto, y de nadie!
—No lo creo Ágata.
Mientras decía eso Aurora con mansedumbre, sacaba del bolsillo de su bata un muñeco vudú que representaba a la hechicera.
Presionó la cabeza del juguete, y Ágata bramó de dolor.
Dando tumbos de borrachos se acercó a la salida, y se esfumó en una nube de vapor hediondo mientras gritaba:
—¡Van a arrepentirse, cerdos!
—Ya no tendrás nunca poder sobre nosotros. Lo sabes mejor que yo. —Contestó Aurora mientras se desvanecía el horrible engendro por el que me había sentido atraído unos minutos antes, y tentado de eliminar a mis seres más queridos.
Tristán y Aurora me abrazaron.
—¿Estás bien?
—Solo gracias a ustedes. ¿Cómo se dieron cuenta de lo que era este ser?
—Tristán lo percibió con su don, a través del amor de la amistad. Y yo, porque eres el amor de mi vida. Juntamos fuerzas de donde no teníamos para levantarnos, y accionar antes de que te clavara sus inmundas garras…
El muñeco vudú que había manipulado Aurora quedó hecho un puñado de cenizas, pero los otros tres estaban intactos, y, ahora, en los estantes de mi colección.
Al verlos, recuerdo que el amor no puede conseguirse con artimañas, brujerías o gualichos.
Pueden venir a verlos a La Morgue, y, de paso, me cuentan si conocen a alguien que alguna vez quiso ganar el corazón de un amor imposible con esos oscuros manejos.
Los espero.
Muy buen fin de semana.
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