sábado, 5 de noviembre de 2022

EDGARD, EL COLECCIONISTA- ALMA DE OSCURIDAD

Trinidad era una joven, hija única de una familia muy pudiente, que había ganado cada centavo de su fortuna con el esfuerzo de años de trabajo. La muchacha, pese a la buena voluntad de sus padres, no valoraba en nada los principios que defendían sus progenitores, que, por mimarla demasiado, no habían sabido inculcarle. Ella era caprichosa, consentida y materialista. Pero lo peor era su racismo, y la forma cruel con la que disfrutaba discriminar y menospreciar a los que no consideraba de su elite. Se guardaba muy bien de disimular esa ideología de sus padres, ya que ellos se hubieran escandalizado de tal comportamiento, y cortado de raíz sus generosos aportes económicos, que la joven desperdiciaba en ropa que no necesitaba, cambiaba cada mes de teléfono, y gastaba en todo lo que inflamara su ya gigantesco ego. Se jactaba de su piel blanca, su pelo rubio y ojos claros, discriminando a quienes no gozaran de una belleza perfecta como la de ella. Cultivaba un odio inexplicable hacia las personas morenas, y trataba de expandir sus ideas venenosas dentro del círculo de obsecuentes que tenía como corte de su patético principado. Trinidad se encaprichó con un muchacho, hijo de nuevos ricos, con las características físicas que profesaba como credo estético: Oscar era un adonis de cabello castaño dorado, ojos verdes, y un cuerpo musculoso y perfecto. Oscar, tan tonto y hueco como la chica, se unió a ella, envanecido por la popularidad que le brindaba ser parte de “la parejita perfecta”, frase que iba de boca en boca, para su placer. Cuando Trinidad quedó embarazada, Oscar se horrorizó. Los padres le convencieron de que casarse con la hermosa heredera era una forma de consolidar socialmente la posición que tanto anhelaban, y el muchacho aceptó, sopesando también los beneficios de tener una “familia perfecta”. Para contentar los caprichos de Trinidad, los padres se embarcaron en la boda más ostentosa de la que se tuvo memoria en el pueblo. Se mudaron a una casona que era un pequeño palacio, sostenida por la familia de la joven, que le brindó a Oscar un puesto ejecutivo al que el muchacho no daba valor, y apenas se esmeraba en cumplimentar escasamente, lo que a otro empleado le hubiera valido un despido inmediato, por indolencia y desinterés. Cuando se evidenció el embarazo, Trinidad exigió a sus padres que le instalaran un área de maternidad en su casa, ya que las clínicas y hospitales de la zona no le parecían adecuadas para atender su parto debidamente. Ante las protestas de sus progenitores, Trinidad les dijo: —¡Cuánta ignorancia! Lo que les pido, se llama “parto respetado”. ¿No lo harán por su nieto? Como siempre, terminaron cediendo a la caprichosa intensidad de su única hija. Al llegar el momento de dar a luz, asistida por un equipo médico en su propio hogar, Trinidad trajo al mundo a un precioso bebé de raza negra, rollizo y saludable. Al verlo, un grito de horror salió de su boca. Se alteró tanto, que los médicos tuvieron que sedarla. Lo último que escuchó antes de caer en la inconsciencia fue la voz de Oscar, furioso: —¡Eres una sucia ramera! ¡Teniendo al hombre más guapo del pueblo, te acostaste con un negro, maldita hipócrita! ¡Dijiste que los odiabas! Temblando de furia se fue dando un portazo. La enfermera, instintivamente arropó al niño con un gesto protector, y llamó a los padres de la parturienta, comentándole la fea situación vivida. Ernesto y Violeta vinieron justo cuando Trinidad se despertó. Ella solo lloraba y se quejaba como una niñita de parvulario: —¡No comprendo! ¡No entiendo como pude parir ese engendro! Ernesto mandó a buscar a su yerno. Cuando estuvieron todos reunidos, el hombre tomó la palabra: —¿Cuál es el problema aquí? Veo que han tenido un bebé sano y hermoso. —¿Lo pregunta en serio, suegro? ¡El niño es negro! ¡Su hija me engañó! —¡Yo no te engañé! ¡Me dan asco los negros! ¡Voy a matar a esa…cosa venida del infierno! La cachetada que le cruzó su padre por el rostro la tomó tan de sorpresa, que ni siquiera se quejó. Quedó con la boca igual de abierta que Omar. —Escuchen bien, pedazo de idiotas desalmados. Mi abuela, Juliana, luchó contra todos los prejuicios de la época para casarse con Jeremías, un honorable hombre de color del que se había enamorado. Si te hubiera encaminado con mayor firmeza, no hubiera criado yo a una repulsiva racista. Y veo que el descerebrado de tu esposo, piensa igual que tú… —¡¿Tengo sangre negra en mis venas!? —Por supuesto. Y debería ser un honor para ti. Jeremías fue un ejemplo de lucha y trabajo honrado para todos. Con los ojos desorbitados, se levantó con una agilidad inesperada, y tomó un escalpelo olvidado por los médicos. Fue directo a la cuna, con toda la intensión de matar al niño. Oscar reaccionó intentando detenerla, y Trinidad prácticamente lo degolló con la afilada hoja. Para el absoluto horror de sus padres, mientras caía Oscar arrojando chorros de sangre, intentando tapar con sus manos la apertura de su cuello, Trinidad se cortó el propio, y se desmoronó arriba de Oscar. Luego de que la policía se apersonara en la terrible escena, el pequeño quedó bajo la custodia de sus abuelos maternos. Los paternos no querían saber nada de él. Oficié el velatorio de Trinidad, y luego, el de Oscar. Quiero contarles lo que ocurrió en el de la muchacha, al concluir. El espíritu de Trinidad se me presentó. Era un ente rabioso, enfermo de odio, absolutamente negro, envuelto en un mantillón de bebé, del mismo color. Imponiendo mis manos indagué el motivo de su furia. Asqueado, sentí como Trinidad, aún desencarnada, seguía con sus prejuicios sin sentido, y estaba enferma por ellos hasta el último átomo de su mala energía. —¡Desiste, por favor de tus insanos pensamientos!¡Hazlo, al menos, para que tu hijo te pueda rezar como una madre amorosa! Como respuesta, el ente me escupió un asqueroso líquido negro en la cara, y me tiró el mantillón con desprecio. —¡No te mereces la iluminación! ¡No te mereces haber sido madre! ¡Vete a penar al erial donde pasarás la eternidad! El espectro se desintegró mientras seguía vomitando su veneno oscuro. Yo recogí el mantillón negro, y oré con todo el corazón para que esa alma perdida recuperara su camino. El mantillón, luego de mi oración, de un lado se tornó de un prístino blanco, y al darlo vuelta, era negro. Pero el tono ya no estaba cargado de malas vibraciones. Ahora está en los estantes de mi colección, primorosamente acomodado. Voy a visitar a Jeremías. Así bautizaron al hijo de Trinidad sus abuelos. El hermoso niñito es amado por todo el pueblo, que se conduele de la terrible tragedia vivida. Y aunque el pequeño vaya a crecer muy consentido, estoy seguro que Ernesto y Violeta le enseñarán los principios que no pudieron inculcar en su desalmada hija, por la que deberán rezar mucho, para que encuentre la luz…

sábado, 29 de octubre de 2022

EDGARD, EL COLECCIONISTA- LA BÚSQUEDA DEL TESORO

Mariana recibió la primera cajita por correo, dos días después de que su esposo se fuera de la casa, al recriminarle la infidelidad recién descubierta. —Me has roto el corazón. Me destrozaste la vida. Todo se me ha hecho pedazos… No bien se marchó su marido, ella llamó a su amante, contándole la situación y advirtiéndole que tenga cuidado. La respuesta de Raúl la dejó perpleja: —Mejor que me avises. Prefiero que no nos veamos más… —Creí que me amabas…He arruinado mi matrimonio por ti… —No exageres. Estuvo bueno mientras duró. No me gustan las complicaciones. Verás que tu marido volverá en unos días. Nadie, en esta vida, muere sin cuernos… Llorando amargamente, se dio cuenta del gravísimo error que cometió. Al llegar la caja, pensó que tendría un obsequio, y una nota de disculpas, o de Miguel, su esposo, o de Raúl. Pero al abrirla, tuvo que contener un grito: dentro había un dedo pulgar, con una cicatriz que reconocía de la mano de su amante. Temblando, sacó la nota del fondo, y la leyó aterrada: “Viendo que te gustan los juegos, para darte el gusto, ya que tu “entretenimiento personal” no quiere tener más contacto contigo, (aun así te envía un “me gusta”), te propongo una búsqueda del tesoro. Encontrarás la siguiente pista junto al aljibe, a la salida del pueblo.” En un trance, en vez de llamar a las autoridades, se subió al coche, y salió siguiendo las instrucciones. Tras el aljibe, halló la cabeza de Raúl, a la que le faltaban los ojos. En su boca salía un notorio sobre. Gimiendo como un animal herido, se acercó a la siniestra cabeza arrancada. Retiró el sobre manchado de sangre, y leyó la esquela que tenía: “Si estás viendo esto, es porque te agradó el juego. Me alegra. Encontrarás la pista que sigue en la granja abandonada de los Pereyra. Besitos.” Como un zombi, casi sin sangre en el rostro, se subió nuevamente al auto, y condujo hasta la granja. A pocos metros de entrar al predio, encontró un espectáculo horroroso. Alineados frente a la destruida casona antigua, brazos, torsos, piernas y genitales, estaban presentados en fila, con otro sobre al final de la macabra presentación. Con una sensación de estar viviendo una pesadilla, y que pronto despertaría, alzó el sobre y con ojos desmesuradamente abiertos, se abocó a su lectura: “Espero que esta muestra de cómo se hace pedazos a una persona te sirva de lección. Te lo digo desde todo el cariño que alguna vez te tuve. La última pista del juego, y con ella se termina, está en el patio trasero de la granja. Hasta siempre. Espero verte pronto.” Pese al calor del día, los dientes le castañeteaban de un frío que le brotaba del alma. Caminó como un autómata hacia el lugar señalado, donde yacía Miguel, colgado de la rama de un añoso árbol, con los ojos salidos hacia afuera, todo morado, la lengua hinchada salida de la boca, rodeado de una nube de moscas tornasoladas. Mariana comenzó a gritar con una fuerza que se desconocía, arrancándose el cabello. Hasta que una pareja paseando la escuchó, no paró de hacerlo, y la encontraron ya casi pelada, orinada encima, y con las cuerdas vocales sangrando del esfuerzo bestial a las que habían sido sometidas. La pareja, absolutamente aterrorizada ante el pavoroso espectáculo, llamó al servicio de emergencia. Mariana fue ingresada a un hospital psiquiátrico, donde no volvió a emitir una sola palabra, y apenas le crecía un poco de cabello, se lo arrancaba cruelmente, por lo que optaron por tenerla permanentemente rapada. Están en camino los cuerpos de Raúl y Miguel hacia mi funeraria. El comisario Contreras me dio las notas del macabro juego de búsqueda del tesoro, cuando se cerró el caso. He tenido que ponerlas en un recipiente, porque cada tanto, se empapan de sangre y gotean. No quiero dañar las otras piezas de mi colección. No les diré nada sobre infidelidades. Creo que la historia habla por sí misma. Por supuesto, pueden asistir a los velatorios, y ver las notas. Los atenderé gustoso…

sábado, 22 de octubre de 2022

EDGARD, EL COLECCIONISTA- CANIBALISMO Y AMOR

Rosalía parecía tener una misión específica en la vida: mortificar a su esposo. Ella guardaba un secreto: se había casado con él al escuchar a escondidas una conversación familiar, donde comentaban que Jonás heredaría una gran fortuna al morir su madre. Nada indicaba que en su casa hubiera dinero, pero la avaricia de Rosalía la llevó a fiarse de un chisme fuera de contexto para atrapar y seducir al muy poco agraciado Jonás, que se consideró bendecido al poder tener a la chica más bonita del pueblo. Cuando su humilde empleo de oficina le permitió ahorrar un poco, se casó con la joven diva, y pasaron a vivir en una casita sencilla, pero agradable, que la madre les regaló por la boda. Rosalía consagraba todo su encanto y gracia en hacer sentir en el cielo a Jonás, que era más que feliz, y se conmovía hasta las lágrimas cuando ella le preguntaba tan a menudo cómo estaba la salud de su madre. Esta pacífica rutina siguió durante diez años, en donde la codicia de Rosalía aumentaba día a día. Por fin llegó el momento que ella anhelaba con todo el corazón: falleció la progenitora de Jonás. La nuera lloró copiosamente, abrazando a su esposo, durante las exequias. Nadie sabía que era de felicidad. Cuando les llamaron de la escribanía que llevaba los bienes de la señora, Rosalía se retorcía de gusto, y le costaba componer el gesto de gusto que le nacía de su negro corazón. Vestida de riguroso luto, y tomando la mano de su marido, escuchó lo que el escribano tenía que decir sobre la herencia. Lo que escuchó la dejó en un estado casi catatónico. La buena señora legaba su casa, a dividirse entre los cinco hermanos, al igual que una magra cuenta de ahorros, casi risibles. Lo que Jonás recibía personalmente, y sin división era la Biblia de la madre y su gato negro, Belcebú. Al llegar, casi sin sangre en el rostro, a su casa, Rosalía le mostró a su esposo su verdadera cara. —¡Eres una miserable rata! ¡Será por eso que tu madre te dejó el gato inmundo! ¡Me casé contigo esperando una cuantiosa herencia, y mira lo que te dan! ¡Rezaré con esa ridícula biblia vieja para que sufras lo que te quede de vida! Jonás estaba estupefacto. Con un hilo de voz le preguntó a la arpía que tenía frente a sí: —¿Quieres divorciarte? Te concedo el divorcio en cuanto me lo pidas, y te dejo todo lo que tengo. ¿Te contenta eso? —¡No! ¡No te daré el divorcio, hasta que me sienta resarcida de este engaño! Y así fue. Ella se encargaba de amargar la vida de Jonás día a día. Le hizo perder a sus amigos. Lo distanció de sus parientes. Le anunció que había abortado cuatro veces para no gestar ni parir vástagos que se le parecieran mínimamente, ya que le tenía un asco profundo. Lo recibía con palabrotas soeces. Dejaba basura por toda la casa para incomodarlo, aunque ella también soportara esa incomodidad. Un día, Jonás llegó con una energía diferente a su caótico hogar. —Escucha bien, mujer. Te voy a liberar de mi presencia. Pero te advierto que viviré en ti, pese a los niños que dices haber abortado. Y no podrás librarte de mi impronta. —¡No me importa nada de lo que me digas, patético perdedor! Pero Rosalía comenzó a inquietarse cuando Jonás desapareció. Se percató, con sus retorcidos sentimientos que extrañaba, vaya a saber por qué, a su mortificado esposo. Realizó la denuncia. Entre tanto, la mujer empezó a desmejorar. Perdió el apetito. Lo único que su estómago parecía tolerar era agua, que le sabía extraña, y la ponía nauseosa. Cuando se bañaba, en el vapor de la ducha creía sentir el olor horrible que creía oler en el vaso, cuando abría el grifo para beber y lavar. Finalmente fue al médico, que le dijo que estaba intoxicada. Le aconsejó no consumir carne. Ella, alarmada, le dijo que hacía semanas que no la comía. Vivía a tés y magros pedazos de pan, cuando el estómago no le hacía vomitarlos. Entonces el doctor le aconsejó inspeccionar su casa: podía haber una toxina que pasara desapercibida, y le facilitó unos trabajadores para esa tarea. Ya en plena faena, los hombres buscaron rincón por rincón del hogar, donde efectivamente sentían un halo a putrefacción. A uno de ellos se le hizo evidente al usar el baño. Al efectuar la descarga del inodoro, el agua olía asqueroso. Entonces, subieron al techo, y procedieron a abrir el tanque que proveía el líquido elemento de la casa, traída por una bomba eléctrica desde un pozo. Al destaparlo casi se desmayan por la peste, y por la visión de lo que encontraron allí. Un cadáver sumamente descompuesto, agarraba en lo que quedaban de sus manos una pastilla gigante de clarificador, para no delatar por el color lo que iba desprendiendo el tanque por las cañerías: agua con sopa de Jonás podrido. Porque el cuerpo era de él. Lo confirmaba una carta pegada en la tapa interna del tanque, dirigida a su esposa. Cuando se lo anunciaron, Rosalía les pagó, generosamente, les pidió que avisaran a la policía, y en cuanto se retiraron, leyó la carta con las manos temblando. ´´Mi querida esposa: tal como te prometí, te libero de mi odiosa presencia, que no puedes tolerar después de saber que no voy a ser rico jamás. También cumplo con lo que te de dije: pasaré a formar parte de ti. Me beberás y comerás, incorporado a tus alimentos. Te bañarás con mis restos. Serás tan caníbal conmigo muerto que cuando estaba con vida. Te despide con mucho amor, (juro que te amé mucho, hasta que me rompiste el corazón), Jonás. Para cuando llegó la policía a la casa de Rosalía, la encontraron colgada en su habitación. A sus pies, la biblia heredada de la suegra yacía abierta en Corintios. Ahora me toca preparar el velatorio de la infeliz pareja. No tendré mucho trabajo, ya que a pedido de los allegados, y por simple sentido común, será a cajón cerrado. Por cierto: el comisario Contreras me trajo para mi colección la biblia en cuestión. Tiene una particularidad muy especial: al abrirla, o dejarla caer, siempre muestra el mismo pasaje. Corintios, 13. ´´La preeminencia del amor´´. Ese amor que le faltó a Rosalía, sustituido por codicia, y a Jonás, que no le alcanzó para perdonar. Les deseo un muy buen fin de semana, y mucho amor para dar y recibir en su vida. Y si no me creen lo de la biblia, pasen por La Morgue, y aprécienla en mi colección. Vale la pena. Los espero.

sábado, 10 de septiembre de 2022

EDGARD, ELCOLECCIONISTA- GUERRA DE ESPÍRITUS

Lourdes, una vecina del pueblo, encontró a su abuela, Dolores, muerta en la cabaña donde vivía, saliendo del pueblo. Dolores era una famosa sanadora y comadrona, muy anciana y sabia. Muy pocos se habían privado, en el pueblo de visitarla por algún motivo: recibía consultas de toda índole, y daba consejos llenos de buenas intenciones, conciliadores y llenos de fe, en asuntos emocionales. Si de negocios se trataba, sus respuestas eran prácticas, directas, y con una carga de advertencias sobre las salidas fáciles que habían salvado a más de uno de terminar en la cárcel. Si el tema era de salud, sus conocimientos de herbolaria, equilibrio de chakras, y buenos hábitos de vida, devolvían vitalidad a los que tenían cura, y brindaba templanza y consuelo a los que no. Lourdes vino a la funeraria con una congoja que iba más allá de la pérdida de un ser querido. Así se lo dije, y ella me lo confirmó. — Te veo con un pesar agregado. ¿Hay algo en que pueda ayudarte? — No en vano nos conocemos desde niños, Edgard. Eres muy observador, y buena gente. Pero creo que si te cuento lo que me aflige, me tomarás por loca… — Vamos, Lulú. Arriésgate. Tú sabes que es imposible que piense algo así de ti. Sonriendo, al escuchar el apodo que tenía de niña, comentó: — Bueno. Tú te lo has buscado. Me atrevo a contártelo, porque la abuela adoraba a tu novia, Aurora. Pasaban muchas horas hablando. No es posible que alguien sin percepción del mundo espiritual esté tan unido a ella… El tema es que la abuelita, con más de cien años, por más que el certificado de defunción diga que falleció de muerte natural, yo sé que no es verdad… Ella venía luchando largo tiempo con una entidad del mal. — ¿Cómo sabes eso? — Centenaria, curandera, espiritista y todo, la abuela tenía un uso impecable de la tecnología. Usaba la computadora, el internet, y las redes con la misma pericia de un adolescente. Estaba permanentemente conectada, y me contaba todo lo que le ocurría, día tras día. Yo era su nieta favorita, me decía… Investigaba sobre un espíritu maligno que vivía en un universo o plano alterno, y que cada cierto ciclo de tiempo afloraba buscando sembrar el mal y la discordia, retornando, si alguien le daba batalla, y lo vencía, a un estado de hibernación, por llamarlo de algún modo, hasta recuperar sus fuerzas nuevamente, y salir entre nosotros a hacer daño. Según la abuelita, por sus investigaciones, cada salida del “Deceptor”, así lo llamaba ella, coincidía con desastres, guerras, pestes… Dijo que lo había convocado, y él, burlándose de quién consideraba una humana insignificante con ínfulas, se presentó, con ganas de divertirse. Era un ser repulsivo, que parecía hecho de lodo negro, antropomórfico. Sus globos oculares, sobresalían de su cráneo pelado. No poseía nariz, pero su boca enorme tenía los dientes aserrados como un tiburón, y su lengua bífida salía cada tanto, como para probar el sabor del aire. De todo su cuerpo, que olía a tumba, salían y entraban a gusto pequeños tentáculos, con un ojo en la punta. Según lo que el Deceptor le contó a la abuela, cada uno de ellos era la encarnación de los espíritus de los seres que se habían atrevido a enfrentarlo, y que habían sido derrotados, condenados por toda la eternidad a vivir como gusanos de su encarnación, observando, cada tanto, con su ojo angustiado, la realidad que transcurría desde su presidio. Abuelita dijo que la voz de esa cosa era terrorífica, aún más desagradable que su imagen. De solo escucharla, podía hacerte sentir ganas de vomitar, y daba terribles dolores de cabeza, porque vibraba a muy baja frecuencia, como un grito del mismo infierno… La cuestión es que Abuela se atrevió a retar a duelo al Deceptor. Me contó que, para hacerlo, debía desdoblarse, y dejar su cuerpo físico, ya que quien pelearía la batalla, sería su “yo espiritual”. El monstruo se rio, burlón, de ella, y le dijo que, pese a ser una insignificante mierdecilla, tenía mucho valor, y que aceptaba, muy divertido, el remedo de batalla que ella le ofrecía. Abuela me había contado previamente cómo era el ritual contra esa cosa, que se llamaba “guerra en espejo”. Debía tomar por los hombros al ente, y de igual modo haría él con ella, tal como si bailaran dos enamorados un tema lento, la cabeza de cada uno apoyada en el otro. Pero el baile sería una lucha de voluntades: si la abuela ganaba, el ente se retiraría, y cesarían por muchos años las miserias que nos asolaban. Pero si perdía, sería uno de esos tentáculos horrendos que se asomaban del ser para observar, impotente, lo que estaba ocurriendo en el plano terrenal. La abuela dejó de comunicarse conmigo por su móvil, y yo fui lo más rápido posible a su cabaña. La encontré plácidamente acostada en la cama, con los ojos abiertos. Ya no respiraba, y estaba helada. Apenas traspuse la puerta, Edgard, sentí el mismo olor que puede tener una tumba abierta: putrefacción repulsiva. Me mareé, con puntadas en la cabeza, punzantes y dolorosas. Quise creer que era efecto del shock de encontrar a mi amada abuela muerta, pero, mi percepción me decía que algo sobrenatural estaba ocurriendo en ese mismo momento en que yo, abrumada, llamaba para comunicar el deceso. Esa misma noche, soñé con la abuela, que me pedía ayuda. Así que ese es mi dilema, Edgard. Creo que la abuela, aún muerta, está sufriendo en manos de un ser asqueroso y dañino… — Lulú: lo comprobaremos en un rato, al llegar el cuerpo. Voy a llamar a Aurora para que me ayude. Con ella y Tristán, me siento más capaz de enfrentar a esa cosa. Si te animas, puedes quedarte… Algo me dice que fuiste siempre la nieta preferida porque veía en ti un poder que te transformaría, a su tiempo, en su sucesora… — No creo tener ningún poder, pero quiero estar con ustedes. Gracias por creerme… No bien llegó la ambulancia con el cuerpo de Dolores, la dispusimos en la sala donde arreglamos los restos para su despedida. Nos tomamos de las manos, y Aurora verbalizó el llamado hacia Dolores. Sentimos como bajaba abruptamente la temperatura de la sala, y el aire se cargaba de una extraña electricidad, tal como la que antecede a una tormenta, pero a un nivel mucho más elevado. Junto al cuerpo yacente, se corporizó una bruma, cada vez más espesa, que nos mostró a Dolores, tomada del cuerpo de un ser repulsivo, que la asía del mismo modo. Parecían dos amantes dándose cariño, ya que la cabeza de uno se apoyaba en el hombro del otro. Al levantar las manos, captamos la verdadera naturaleza de esa pose: ambos estaban en una lucha encarnizada. Dolores intentaba doblegar al ente enviando energía sanadora, lo que para él equivalía a una horrenda tortura, mientras él descargaba el poder de su odio inagotable sobre el espíritu de la curandera, que lo sufría sin rendirse ni pensar en soltar a su asqueroso contrincante, pese a la agotadora pelea que le había valido perder su vida terrenal. Entonces, Tristán nos dijo: — ¡Todos, al unísono, piensen con mucho amor, e imaginen brindar ese caudal a Dolores, para que lo direccione a la bestia! Así lo hicimos, Lourdes incluida, sintiendo una energía que nos brotaba del pecho como una bella flor abriéndose, y creciendo hacia Dolores. Un aroma angélicamente puro comenzó a eclipsar el hedor a putrefacción. Vimos temblar las piernas grotescas del ser, apoyadas en pies semejantes a garras, con uñas similares a filosos cuchillos. Pudimos oír dentro de nuestras cabezas el grito espeluznante del Deceptor. Nos provocó un revolcón de tripas, y la sensación de que se nos escurría de dolor el cerebro. El ente soltó a Dolores, lo que daba por terminada la batalla: el ser debía retirarse. Pero la sanadora no quería soltarlo. Entonces entendimos su intención: no deseaba que se durmiera: quería exterminarlo, y liberar las almas que él tenía cautivas. Entonces, muy concentrados, seguimos enviando la energía benévola hacia la curandera. Los gritos de agonía del Deceptor, pese al daño que nos causaban, no nos distraían de nuestro propósito. En un momento en el que creímos que nos tendríamos que dar por vencidos, escuchamos el desagradable alarido de agonía final. Miles de tentáculos se asomaron del repulsivo cuerpo, abriendo el ojo angustiado, y se estiraron más allá del límite de la asquerosa piel, desprendiéndose, y transformándose en los espectros de las almas otrora atrapadas, por fin libres… Todas, y cada una, nos irradiaron de amor y agradecimiento antes de partir a la luz eterna. La capa externa del ser se derritió, entre retorcijones agónicos, como un inmundo lodo, dejando al descubierto un esqueleto metálico verde neón, con los globulosos ojos que nos miraban con odio visceral. “Empujamos” más energía hacia Dolores, y reventaron con un sonido repugnante, desmoronándose su estructura, como carcomida por una herrumbre despiadada. Solo quedó su calavera, en medio de un inmundo puré que vibraba desagradablemente. Dolores, entonces, le dio a su nieta un último abrazo espectral, y con el rostro lleno de paz, se elevó con la mansedumbre satisfecha de quién ha cumplido con creces su misión. Lulú la saludó con los ojos llenos de lágrimas, planteándose seriamente si no debía continuar la obra de su abuela, quién, seguramente, le había dejado instrucciones en la vieja cabaña del bosque. El velatorio tuvo concurrencia masiva. Fue una buena despedida. Tengo la calavera metálica, manchada con óxido, en los estantes de mi colección. Se enciende, cada tanto, con un enfermizo brillo verde neón, pero un solo pensamiento benévolo o cargado de amor, hacen que se apague inmediatamente. Si quieren saber si tienen el suficiente caudal de buenos sentimientos, pueden llegarse por aquí, e intentar apagar el fulgor fatuo del infausto cráneo del Deceptor. Como siempre, los espero…

sábado, 3 de septiembre de 2022

EDGARD, EL COLECCIONISTA- EL DIARIO DE LORENZO

Lorenzo era un muchacho muy peculiar, que tenía guardado un oscuro secreto. De niño, tenía una costumbre insana, que había comenzado por insectos, hasta avanzar desde ratones, lauchas, a las grandes ratas de campo, fáciles de cazar en el pueblo. Gustaba de desmembrarlas, sujetándolas con diversos artilugios que iba perfeccionando poco a poco, avanzando en el arte de hacer daño, tratando, en lo posible de mantenerlas vivas mientras procedía a quitarles partes y abrirlas, para observar con un insano aire extasiado el interior de los indefensos cuerpecillos. Los chillidos que a cualquiera le hubieran descompuesto de espanto, a él le fascinaban. Esta horrenda práctica llegó a su fin cuando su tío lo descubrió en un granero, y lo delató con sus padres, que, horrorizados, no podían creer cual era el macabro pasatiempo de su vástago de doce años, buen hijo, obediente, alumno ejemplar, y encantador en todo sentido. Tuvieron una larguísima charla con él, que no terminó allí. Le hicieron pasar por terapia psicológica, ya que pensaron que había algún trauma oculto tras esa malsana necesidad de hacer daño a escondidas a los animalitos. El niño fingió estar de acuerdo, se mostró arrepentido, y enfrentó al psicólogo con la pericia suficiente como para que lo dieran de alta al poco tiempo de haber comenzado sus sesiones. Siguió su vida como gran estudiante, e hijo disciplinado, por lo que sus padres decidieron dejar en el olvido el espantoso episodio y dar vuelta la hoja. Pero Lorenzo solo reprimía con mucho empeño su deseo de seguir con las aborrecibles prácticas. Ahora, lo que fantaseaba era llevarlas a cabo con otra clase de ejemplares. La idea de desmembrar niños daba vueltas por su cabeza de una forma obsesiva. Se llamó a controlarse, prometiéndose que lo llevaría a cabo no bien consiguiera la infraestructura adecuada para cumplir su oscuro deseo. Ya bien entrada la adolescencia, secuestró al primer niño. Lo torturó de manera horrenda, en el medio de un refugio que encontró en el rincón más apartado del bosquecito que había a la salida del pueblo, en una cabaña abandonada, que dotó de lo que necesitaba para concretar sus salvajadas. Él mismo se había puesto a gritar a viva voz, como un poseso, durante horas, comprobando que no era escuchado. Si alguien hubiera acudido, tenía pensado fingir dolor de estómago, y decir que se perdió, y que creía tener apendicitis. Así que la pobre víctima chilló de espanto y dolor ante la tortura atroz a la que fue sometido, para mayor placer de su verdugo. A pocos metros de la cabaña había un foso enorme, donde arrojó los restos de la criatura, donde vio que en poco tiempo una horda de ratas se introducía para darse un banquete con el pobre niñito muerto. Lo interpretó, al haber desmembrado tantas de ellas, como una especie de justicia poética: no había daño en sus acciones, ya que la especie que una vez perjudicó, ahora se favorecía con su accionar. Feliz, satisfecho, al menos por un tiempo, siguió su vida fingiendo ser un joven normal, estudiando, socializando y formando parte de su comunidad. Ningún remordimiento nublaba su conciencia. Por el contrario: para dormir dulcemente, gustaba de evocar los momentos más terribles del calvario del niño asesinado cruelmente, para relajarse y descansar como un ángel. Y lo hacía, disfrutando de la lectura de un diario donde plasmaba, desde niño, detalle a detalle sus prácticas monstruosas. Una chica comenzó a interesarle, y, por lo visto, era mutuo. Gustaba de hablar con ella. Salían a tomar un helado, y hacían juntos las tareas escolares, bajo la aprobadora mirada de los padres de ambos, dependiendo en que casa las realizaran. Entonces, otra vez la pulsión de desmembrar apareció en su mente de manera constante, encontrando más agradable imaginar destripar a la chica que acariciarla y besarla, lo que ya comenzaba a hacer, tímidamente, y respetando los límites que ella le ponía. No podía usar a su noviecita para calmar su pulsión. Aunque tomara todos los recaudos, su cercanía con ella lo pondría en evidencia. Así que organizó su plan con otra muchacha, una chica indigente de un pueblo vecino, a la que engatusó con un ardid, prometiéndole dinero si le ayudaba a vender un lote de cosas robadas que tenía escondidas en el bosque. La muchacha, curtida en el hambre de vivir sin techo, y sin desconfiar de quien parecía un jovencito de buena familia en su primera travesura fuera de la ley, lo siguió a escondidas en la oscuridad. Al entrar al interior de la cabaña, alumbrada con una lámpara de kerosene, todas las alarmas se le encendieron en el cerebro. Pese a la escasa luz, vio las manchas escasamente limpiadas de sangre, y el escenario de algo horrible. No había trazas de objetos robados para comerciar. Así que cuando Lorenzo se le vino encima con la jeringa de droga para dormirla, con la práctica adquirida de su supervivencia en la calle, esquivó el pinchazo, y hábilmente le torció el brazo, arrancándosela de las manos, e inyectándosela a él. Cómo se debatió unos segundos antes de soltarla, aferrándola con una fuerza brutal, ella le rasguño la cara y el cuello, antes de que Lorenzo se derrumbara con un gemido gutural. La chica, al ver que no se rendía, ya que asió su tobillo férreamente, desesperada, tomó una barra de metal que encontró a mano y la descargó aterrada por la resistencia del tipo, que, si bien la había soltado, seguía gimiendo, con los ojos abiertos, dándole de pleno en la cabeza. Vio en una rápida recorrida por el espacio interior de la cabaña, una camilla con esposas. Si bien Lorenzo estaba atontado, seguía, inexplicablemente consiente, por lo que tomó una de ellas, esposándolo a una de las patas de la camilla, firmemente aferrada al piso, y salió huyendo de allí, temiendo que el loco consiguiera zafarse y la atrapara nuevamente. Aunque estuvo desorientada, corriendo hasta sentir que le estallaba el corazón, consiguió salir del bosque, y fue asistida y llevada hasta un hospital, donde la policía le tomó testimonio. Entre tanto, Lorenzo, semi desmayado, tironeaba con las pocas fuerzas que le quedaban, luego de la inyección soporífera y el golpe, sangrando profusamente por las heridas del rostro, cuello y cabeza. Comenzó a sentir un bullicio lejano, ligeramente conocido, que se acercaba poco a poco, y que reconoció cuando vio entrar a la primera de la horda, olisqueando el aire cargado de hemático olor ferroso. Eran ratas. Miles de ellas. Se le arrojaron encima, excitadas por el aroma de la sangre, y comenzaron a mordisquearlo sin reparos, arrancando su carne sin piedad. De nada le sirvió gritar, o intentar sacudirse de encima a sus atacantes: eran demasiadas, y tuvo una horrible agonía, mientras sus otrora víctimas de la infancia se lo devoraron vivo. Cuando al fin la policía consiguió llegar con la confusa información aportada por la jovencita secuestrada, solo encontraron un roído esqueleto en la macabra cabaña, y en un precario escritorio, el diario que les aportó la información para dar con la identidad de los restos, y cerrar el caso del pobre niñito desaparecido hacía un tiempo. Una vez que se cerró judicialmente el terrible episodio, los horrorizados padres de Lorenzo, en un principio se desmoronaron, y luego, tomaron una decisión que los salvó de volverse locos: adoptaron a la muchachita sin hogar que había intentado masacrar su hijo. Esa medida los salvó a los tres de terminar perdidos en un oscuro mar de desesperación. El comisario Contreras, vino una tarde a contarme la historia, absolutamente horrorizado por las retorcidas facetas de las personalidades humanas: él conocía a Lorenzo, y no entendía qué le había llevado a sus enfermas pulsiones. Me dejó de obsequio el diario de Lorenzo, donde se detallaban con precisión quirúrgica los tormentos infringidos por él, con embelesados detalles que descomponen el estómago más fuerte. Y allí está, en los estantes de mi colección. A veces, al abrirlo, parece escucharse un extraño eco, mezcla de gritos humanos y chillidos de ratas. Dura solo unos segundos, pero puedo asegurarles que pone los pelos de punta… Si quieren comprobarlo ustedes mismos, vengan a visitarme a La Morgue. Saben que conmigo, nada tienen que temer. Los espero…

sábado, 20 de agosto de 2022

EDGARD, EL COLECCIONISTA- HOGUERA DE DINERO

Manuel era uno de los hombres más prósperos del pueblo, que participaba en todas las actividades sociales, como colaborador para el crecimiento. De igual modo, era muy activo en la iglesia, donde se sumaba a innumerables obras de caridad, brindando grandes cantidades, por lo que la comunidad religiosa lo veneraba. Pese a no tener ninguna necesidad, Manuel era prestamista. Usurero, para ser más puntuales. Justificaba los exorbitantes intereses que cobraba a la pobre gente que terminaba recurriendo a él cuando todas las demás puertas se les cerraban, argumentando que esa suma se donaría para caridad, y sería una prueba de nobleza y generosidad de los desesperados tomadores de deudas. Manuel, así como era todo sonrisas con los curas en sus reuniones, con sus morosos se mostraba implacable. No le temblaba el pulso al dejar familias en la calle, embargando sus casas, por más llantos desesperados y súplicas le dispensaran pidiendo más tiempo para arreglar. —Lo siento —decía con cara compungida. —No depende ya de mi voluntad, sino del accionar judicial. Pero tengan el gran consuelo de que su propiedad pasará a manos de la iglesia, y la seguridad de que Dios no abandona a sus fieles. Recen con fe, y verán que pronto se solucionará todo… La familia despojada captaba un oscuro goce retorcido en el ridículo discurso del hombre, sintiendo haber sido víctimas de una estafa moral que iba más allá de los bienes perdidos. Mientras el prestigio de Manuel crecía como filántropo y precursor de crecimiento social, tras esa fachada se ocultaba un caudal de sufrimiento humano inimaginable. Hubo gente que llegó a quitarse la vida al no poder afrontar su deuda, mantenida en secreto con la esperanza de poder liquidarla, al no atreverse a enfrentar la miseria en que dejaban a sus seres queridos. Un jovencito, Bautista, víctima de una tragedia acaecida en ese contexto, que se vio con su madre en la calle, y su padre con un tiro en la cabeza, comenzó a acechar sigilosamente a Manuel. Puso en su tarea clandestina un esmero apasionado, alimentado como una hoguera interna con el dolor de su familia destruida. Al espiar a todas horas al hombre que consideraba una encarnación del mismo diablo en la tierra, sabía su rutina de cabo a rabo. Así que un día, armado de un valor nacido de la amarga convicción, pese a su juventud, de que poco le quedaba por perder, con el viejo revólver con el que su padre se quitó la vida, entró a la casa de Manuel por una ventana trasera, dejando al hombre helado de sorpresa y espanto al toparse con Bautista apuntándolo, en su propia sala. —¡Por Dios, muchacho! ¿Qué diablos haces? —¡Ni se le ocurra mencionar a Dios, miserable! ¡Si no hace lo que le digo, le vuelo los sesos! La mano de Bautista temblaba peligrosamente, con el riesgo de que una bala se escapara. —Dime lo que quieres… Manuel estaba aterrorizado por la colérica mirada del joven, y el temblequeo inestable del revólver. —Saque todo el dinero de sus cajas fuertes. La pequeña, tras el cuadro de su sobrino, y la grande, tras la estantería de la biblioteca. —¿Cómo tienes esa información? — Preguntó, azorado. —Eso no interesa. ¡Hágalo ya! Y coloque todo en la chimenea. Como viviendo una pesadilla, Manuel siguió las instrucciones, dejando en la gigantesca chimenea una cantidad enorme de fajos de dinero. —Ahora, arrójele combustible. —¡¿Qué?! —¡Hágalo ya, o lo mato! Horrorizado, empapó la plata con el líquido inflamable. —Ahora, enciéndalo. Ahí tiene a mano los fósforos. —¡Cómo voy a prender fuego todo ese dinero! ¡Es algo estúpido y sin sentido! —¿Quiere que le dispare? ¡Hágalo ya! —¡Estás loco! ¡Es preferible que te lo lleves! —Tiene diez segundos, antes de que dispare… Con lágrimas en sus incrédulos ojos, Manuel encendió la fortuna, sintiendo que cometía un sacrilegio. —Ahora, quédese quieto, y observe bien. No se mueva. Congelado de espanto, Manuel observó, iluminado su rostro conmocionado por las luces y sombras de la hoguera, hasta que, en lo que le pareció una eternidad, el tesoro quedó consumido a cenizas. —Agáchese, tome un puñado, y cómaselo. —¡¿Por qué?! —¡Solo cállese y coma! ¡Hasta que yo le diga basta, no pare! Asqueado, obedeció, pese a las náuseas que lo sacudían, hasta que, un largo rato después, Bautista le dijo: —Ya está. Ya comulgó con su dios. Ya se tragó las cenizas de su avaricia, que es la única deidad que respeta, además del poder de disfrutar hacer daño, usando excusas pías. Estamos en paz. Manuel sintió una arcada ácida. Mientras se agachaba para vomitar, un dolor lacerante le atravesó el pecho, y cayó fulminado de un ataque al corazón. Bautista se entristeció. Quería que Manuel viviera muchos años con el recuerdo de esa experiencia. Sin más, llamó a la policía, y le contó al comisario Contreras lo acontecido con voz átona. Al ser menor, su condena quedó en suspenso, luego de una breve internación psiquiátrica, al considerar que el muchacho pasaba por una crisis depresiva que lo llevó a actuar erráticamente. Yo despedí al célebre filántropo, con una masiva concurrencia. Al concluir el velatorio, apareció el espectro tiznado de cenizas, con el vientre desmesuradamente hinchado, y ojos desorbitados del espanto de haber descubierto su propia maldad maquillada de caridad. —Veo, Manuel, que te diste cuenta de tus errores. Se siente en tu energía que estás arrepentido. Libera tu carga, y márchate. Inflándose su enorme vientre como un globo, estalló de golpe, arrojando cenizas y billetes a medio quemar. Luego, sin dejar su cara de aflicción, se esfumó. No puedo, en este caso, saber si realmente ascendió, o está pagando sus pecados en el limbo de la oscuridad. Tomé un puñado de billetes semi quemados, y los puse en mi colección, para ponderar el verdadero valor del dinero, y la desgracia que genera cuando se utiliza con malos fines. Para algunos es una droga, que nubla el alma con ínfulas de poder desmesurado. En todos los casos, su presencia desnuda la verdadera naturaleza del ser humano. Seguramente, ustedes, que no son así, querrán ver mis billetes tocados por el fuego, y evaluar qué harían en caso de ser ricos. Los espero en La Morgue, para contarles todas mis historias

domingo, 14 de agosto de 2022

UN BEBÉ Y UN CUCHILLO

Marcela estaba desesperada por conseguir algo de formalidad en su relación con Hernán, poderoso empresario casado, varias décadas mayor que ella, del que venía siendo amante hacía unos dos años. Marcela sabía que no era la única. Hernán era un adicto a las mujeres bellas, pero jamás había ninguna acción para tener libertad legal que le permitiera salir de la clandestinidad con sus placeres. “Un hijo, un hermoso niñito, posiblemente lo haga salir de su corrección política con su esposa vieja y amargada, y sus vástagos mayores que yo”. Con ese obsesivo pensamiento, dejó de tomar medidas anticonceptivas: estaba harta de su trabajo de oficina, y, si bien su amante era generoso, ella quería tener asegurado su futuro, y ocupar un lugar en la cumbre social, cerrando las bocas maliciosas que se burlaban de sus ensoñaciones, tratándola de cualquiera y de floja cuando se enteraban de su relación oculta. Sus amigas, las de verdad, le habían aconsejado retomar estudios universitarios, trabajar con más ahínco y encontrar un amor verdadero, si realmente quería la tranquilidad y felicidad. No la comprendían. Decidió entonces, concebir a toda costa. Desgraciadamente, pese a que tenía sexo en cada encuentro, muy seguido, los test resultaban negativos. Cuando Hernán le anunció que no se verían unos meses porque su empresa lo requería en el exterior, le entró una desesperación de fracaso absoluto. Era posible que cuando regresara, ni se acordara de ella, con las bondades de las nuevas y exóticas amantes que se conseguiría en el extranjero. Luego de una fogosa despedida, y preparándose psicológicamente para un período de carencia de “regalitos” y gustos de lujo, salió de parranda con sus amigas, y terminó en la cama con un guapísimo hombre que no volvió a ver. Para su total sorpresa, el test de embarazo que se hizo con su primera falta le dio positivo. Gritó de júbilo: Hernán le había dejado ese especial regalo de despedida. ¿Convenía escribirle y contarle? ¿No lo espantaría a volver a ella a su regreso? Decidió no comunicarle a su amante las novedades, hasta que lo tuviera cara a cara. A veces le entraban dudas, entre sudores helados: ¿y si el niño, en vez de ser de Hernán, fuera del desconocido con el que se acostó en esa noche posterior a su partida? Haciendo grandes esfuerzos mentales, ya que estaba bastante ebria en ese momento, recordó los rasgos del hombre: básicamente eran muy similares a los de Hernán, lo cual le daba algo de alivio, pero en la era del ADN, ninguna tranquilidad, en lo absoluto. A los pocos días de tener a su hijo, al que le dio el nombre de su amante, regresó este. Ella lo citó para darle la bienvenida, y pese a que esperaba frialdad por parte del hombre, que seguramente había conocido toda clase de beldades en el extranjero, este aceptó gustoso la cita. Marcela estaba eufórica. Gracias a Dios, a una buena genética, y a haberse cuidado con férrea voluntad durante el embarazo, su cuerpo no parecía haber pasado por las normales consecuencias de la maternidad: no había subido de peso, ni tenía estrías ni áreas flojas. Al decidir criar al niño con leche de fórmula, sus pechos se encontraban bien firmes, y las ojeras de las noches de mal dormir se disimulaban con un poco de maquillaje. Así que preparó un champán carísimo, se vistió muy sexy, con el pequeño dormido en su habitación decorada de azules y celestes. No bien llegó Hernán, pasó de preguntarle por su viaje, y con una fogosidad que atrapó al empresario, lo llevó a la cama sin casi palabras de por medio. Cuando terminaron el round sexual, el llanto del niñito sonó en el silencio del departamento. —¿Qué es eso? ¿Tienes un bebé? —Es una sorpresa que quería darte. Acompáñame, por favor… Marcela guio a Hernán al cuarto, de donde levantó de su cuna al bebé, que, con el contacto con su madre, dejó de llorar. —Te presento a tu hijo, querido. Se llama como tú. Tiene tu mismos ojos y color de cabello. Hasta le puedes ver una manchita de nacimiento muy similar a la que adorna tu pantorrilla… Hizo el gesto de entregarle el niño, pero Hernán alzó las manos, rechazando tomar al pequeño. —¡Ay, mi querida! ¡Cuánto lo lamento! Deberás encontrar al padre, si puedes. Hace diez años que me realicé una vasectomía. No quería traer bastardos al mundo. Mi esposa no se merece ese destrato. Si bien hace la vista gorda con mis “travesuras”, eso no me lo perdonaría. Y, si voy a ser sincero, creo que no sería ético de mi parte robarte la energía y el cariño que ahora, como madre, debes dedicarle a tu hijo. Es una pena, porque eres una mujer maravillosa. Voy a echarte mucho de menos… Te felicito: ¡tu niño es guapísimo! Y vistiéndose con rapidez, sin darle lugar a contestarle nada, se retiró, dejándole unos billetes en la mesa de la sala. Los miró luego de alimentar al bebé, que volvió a dormirse en paz, con los ojos llenos de lágrimas: la había tratado como a una vulgar prostituta. Miró a su hijo, en la cuna, y se dio cuenta que no sentía absolutamente nada por él: todo el tiempo lo había considerado un pasaporte hacia una vida mejor, y ahora era solo un lastre, fruto del desliz de una noche. Se vio en la vulgar rutina de trabajadora de oficina, reduciendo al mínimo sus gastos para solventar una niñera, y una furia demencial se apoderó de ella. Fue a la cocina, y se acercó a la cuna con un gigantesco cuchillo afilado. Lo levantó sobre la inocente y dulce figura que dormía tranquilamente. Descargó con odio el golpe de su arma, que, a último momento, en vez de dirigirlo al bebé, lo direccionó a su propio vientre, provocando una lluvia escarlata que destacaba en los delicados celestes que decoraban el cuarto. El dolor lacerante, en vez de hacerla desistir, la incentivó en la masacre, transformando en pulpa su carne con el filoso metal, salpicando de sangre tibia a su niño, ignorante del matadero en que se había transformado su coqueta habitación. Cuando percibió que las fuerzas la abandonaban, se abrió el cuello, desplomándose, luego, inerte. Me tocó despedirla, en un velatorio muy triste, por la falta de concurrencia. Cuando su espectro se me presentó, era un espanto cocido a cuchilladas, con jirones de carne desprendida en su vientre, y un enorme tajo horripilante en la garganta. Lloraba lágrimas corrosivas, que dejaban vapor con olor ácido al caer. Al imponerle mis manos, no solo capté su tristeza infinita: no sé de qué forma me llegó una información que no tardé en compartirla con ella. —Marcela, no obraste bien, pero mereces la paz de la luz eterna. Cometiste un error terrible, pero, aun así, preferiste dañarte a ti misma que a tu hijo. Respecto a él, el destino le brindó un giro ideal. El padre de tu niño es hijo de tu amante. De allí el parecido con su abuelo. Tú lo conociste en su despedida de soltero, y como su esposa es estéril, adoptarán al pequeño, desconociendo su procedencia, cerrando un ciclo que potenciará tu ascenso hacia un plano superior. Sé libre, Marcela… Ella se llevó las manos al pecho, dejando de llorar, y bajó la cabeza, como en una última plegaria. Dejó caer un chupete celeste, y se esfumó entre luces y chispas brillantes. El chupetito está en mi colección, para recordar a quién lo necesite que los niños no son material para comerciar: ellos son amor inocente, que se debe criar con los más nobles sentimientos. No deben sufrir las consecuencias de las disputas de los adultos, como rehenes para herir a la pareja, ni padecer ningún tipo de egoísmo ni carencia emocional. Antes de pensar, siquiera, en dañar a un pequeño, quiero que recuerden la imagen de Marcela, reducida a jirones de carne en un baño de sangre. Solo digo. Sé que ustedes son buena gente, incapaces de perjudicar a un niñito. No duden de pasar por La Morgue, y visitarme. Los espero…