miércoles, 29 de julio de 2020

HUERTAS

Huertas

 

Es noche cerrada.

Se encuentra en el jardín trasero, frente a la huerta más reciente de su padre.

Abre la cremallera del pantalón, y orina con fruición sobre los vegetales que prosperan.

Se extraña, al observar su pene, que parece haber crecido. Debe ser un efecto óptico de la luz de la luna.

Lo asombra un movimiento en la tierra humedecida. Es como si su pis hubiera estimulado el nacimiento de alguna verdura.

Algo empuja desde adentro, pugnando salir, y logra eclosionar.

Se agacha para visualizar mejor el fenómeno.

Una cosa grande, como un hongo, va brotando con lentitud.

De pronto, acelera su salida.

Es un puño, que asoma de golpe. Con un gesto desesperado, abre sus flacos y pálidos dedos sucios, y comienza a agitarlos espasmódicamente.

Damián despierta reprimiendo un grito.

Está transpirado, con el corazón acelerado. Para su consternación, una erección tremenda late en su entrepierna.

No es que no le hubiera pasado antes. Con trece años, ya ha tenido poluciones y momentos incómodos con el comportamiento de ese sector de su cuerpo.

Lo que no entiende es como una pesadilla tan horrible le ha provocado ese efecto.

Se pregunta si algo está mal con él. Si no será una especie de fenómeno, o un efecto secundario del evento que lo puso en coma, unos meses antes.

Pese a sus negros pensamientos, el sueño le gana la partida, y vuelve a dormirse.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Damián se levantó con un hambre feroz. Saludó a Marcelo, su padre, que lo recibió con una sonrisa amorosa y el desayuno listo.

-Buen día, campeón. ¿Algún recuerdo?

-No, viejo. No pasa nada. Te prometo que, si me viene algo a la cabeza, serás el primero en enterarte.

-¿Dolores, molestias?

-En serio, papá. Estoy bien. Preferiría olvidarme de eso…

-Te entiendo. Cuando seas padre me comprenderás. –dijo, removiéndole el pelo.

Meses atrás había desaparecido una amiga de Damián. La noche en que ocurrió el hecho, el muchacho había salido al jardín de la casa por algún motivo, y resultó agredido con un fortísimo golpe en la cabeza, que lo dejó en coma por una semana.

La policía conectó los hechos, con la teoría de que el niño podría haber visto al posible secuestrador de Marina, siendo atacado por ese motivo.

Su padre lo halló en el suelo, manando sangre de su cabeza, y se desesperó.

Fue ingresado inmediatamente a emergencias, y desde que despertó, era interrogado diariamente sobre sus recuerdos perdidos de esa noche, y su estado de salud.

Los médicos le habían comentado que la amnesia podía ser permanente, pero que no encontraron ningún daño neurológico, por lo que especulaban que se debía posiblemente al trauma psicológico de la agresión sufrida.

Recomendaron que hiciera terapia, pero la opción no entusiasmó ni al padre, ni al niño.

Marcelo había criado solo a Damián. Su esposa, Adriana, se había marchado cuando tenía seis años.

Había renunciado a una próspera carrera dentro de la agencia de publicidad donde se desempeñaba, para trabajar desde su casa, con un ingreso muy inferior, pero la posibilidad de pasar más horas con su hijo. Su suegra se había ofrecido para ayudar, afligida por la conducta de su hija, pero Marcelo optó por hacerse cargo a tiempo completo. Además, Sandra, la abuela, vivía lejos, y no quería perder el contacto diario.

La desaparición de su esposa fue denunciada a la policía, pero, teniendo en cuenta que la pareja venía discutiendo, y que Marcelo había comentado la insinuación de Adriana de un posible tercero, no se le dio mayor trascendencia. Sobre todo, por el testimonio de Sandra, que comentó que su hija había huido dos veces su casa durante la adolescencia.

Marcelo dejó, entonces, constancia del abandono de hogar de su mujer.

Lo extraño fue esa escapada sin explicaciones, dejando a un hijo que adoraba.

Aprovechó el horario en que su esposo estaba en el trabajo, y su niño en el colegio. Simplemente tomó sus cosas, y se marchó.

Damián la recordaba vagamente, como a una mujer amorosa y bella, que escribía e ilustraba cuentos infantiles donde él era el protagonista.

Obviamente, el abandono repentino trastocó su universo de niño, pero Marcelo hizo hasta lo imposible para que su infancia fuera grata y feliz.

Por eso no se enojaba con la insistencia de sus preguntas sobre las secuelas del coma, aunque lo agotara ser interrogado diariamente a respecto. Entendía que surgían del amor.

Extrañaba muchísimo a Marina. Era una de sus mejores amigas, y la incertidumbre de su desaparición, sin saberlo, le traía la vieja angustia del abandono materno.

Sonó la bocina del padre de Julián, el compañero con quien iba al colegio.

Abrazó a su padre, y marchó a su jornada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Noche cerrada.

Damián se encuentra en el jardín, en la huerta más antigua. Su padre sembró dos, transformando espacios de malas hierbas en vergeles.

Nota que asoma entre las verduras, semienterrado, un libro.

Lo saca. Le sacude la tierra húmeda. Es uno de los cuentos infantiles de su mamá. Mira en la contratapa la foto de ella, y su sonrisa le da ganas de llorar.

Abre la primera página. La ilustración es un niñito, él mismo, montando una nube. Sonríe, a pesar de sí mismo.

Pasa a la segunda página. Para su consternación y horror, una foto de Marina, desnuda y sangrando, ocupa la hoja entera. Una figura sombreada, de un hombre, la martiriza.

Sigue mirando las hojas. Todas fotos de Marina, mortificada por el hombre velado, en terribles poses de una evidente violación.

Siente a su espalda una presencia, y sabe que va a ser atacado. Con el corazón casi explotándole en el pecho, despierta transpirado, angustiado, y una sensación de desasosiego brutal.

Reprime el llanto que lo ahoga.

No entiende porqué sueña cosas tan espantosas.

Se siente sucio, sin comprender.

Se seca una lágrima que logra escapar de sus ojos, y se acurruca en posición fetal.

Logra, luego de pensar en cosas inconexas, conciliar nuevamente el sueño.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mientras desayunaban, la mañana siguiente, Damián le preguntó a Marcelo:

-Papá, ¿por qué nos dejó mamá?

-¡Ay, hijo! Hablamos muchas veces del tema…

-Necesito saber…

-Ella estaba cansada de la vida rutinaria. Sus libros eran su escapismo, pero en los últimos tiempos, conoció a alguien. Yo trabajaba demasiadas horas en la agencia, y ella era emocionalmente inestable. Ya te lo debe haber contado tu abuela. Tenía algunos problemas psicológicos. Soy culpable por no haberlo detectado a tiempo…

-Pero, varias veces me leíste mails de ella, mandándome saludos, y la intención de venir a verme. Y nunca sucedió…

-Lo lamento mucho. Lo más probable es que haya formado una nueva familia, y vuelto a huir cuando su vida se tornó aburrida. No me extrañaría. Intenté contactarme con ella a través de los correos fantasma que enviaba, pero rebotaban mis mensajes. Me los devolvían como remitente incorrecto. Lo mismo le ocurrió a tu abuela. Dejé de recibir los correos cuando cumpliste los ocho. Le pedí a un tipo que sabe de sistemas que rastreara la procedencia de los mails, pero fueron reenviados desde una dirección donde se pierde el rastro. Lo siento.

-Sé que ella me quería. Por eso no lo entiendo…

-Lo sé, hijo. No sabes cómo te comprendo…Piensa que estaba psicológicamente trastornada. Sandra me lo confirmó. Yo no lo quise ver, porque la amaba. No le guardes rencor.

La bocina del coche del papá de Julián interrumpió la conversación.

Damián abrazó a su padre.

-¿Has recordado algo, hijito?

-No, viejo. Te quiero mucho.

-Yo también. Cuídate, campeón.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Damián se quedó helado al recibir un mail desde la casilla de Marina.

Temblando de expectativa, de deseos de enterarse que su amiga estaba bien, a salvo, lo abrió, sufriendo una enorme decepción.

Desde la dirección de ella, le escribía su pobre madre, Soledad.

Había tenido a su hija siendo ella una niña también. Marina nació cuando Soledad tenía trece años. Sus padres se hicieron cargo prácticamente de la crianza de su amiga, ya que Sole era demasiado inmadura para afrontar esa responsabilidad. A medida que fue creciendo, tomó mayor protagonismo en la vida de su hija. Y jamás quiso decir la identidad del padre.

Ahora se hallaba sumida en una profunda depresión, monitoreada por sus padres, y por algún motivo extraño, había querido comunicarse con Damián.

El comenzó a leer con una sensación de angustia anticipada, como sabiendo que no le agradaría el correo. Este decía:

´´Querido Damián: perdón por contactarme desde la casilla de Mari.

Tengo la profunda necesidad de pedirte disculpas por un daño que te he hecho sin intención, siendo muy niña.

No sé cómo empezar.

Cuando tenía entre once y doce años, tuve una relación con Marcelo, tu papá.

De ese amorío, nació Marina.

Sí, ella es tu hermana, querido. Por eso siempre estuve feliz de que se hicieran tan amigos.

Yo era una criatura estúpida y caprichosa. No me daba cuenta de que estaba causando un gran mal, ya que Marcelo era un hombre casado.

Nuestra relación continuó varios años. Cuando presioné a tu padre para blanquear la situación, obviamente, se negó de plano. Me amenazó de una manera horrible. Me dijo que si abría la boca, terminaría siendo el abono de una huerta. Sé que lo hizo para asustarme. Pero me atemoricé, de todos modos.

Tu mamá, Adriana, era una mujer estupenda, Damián. Bella, inteligente, empática…

Aunque nunca revelé mi secreto, ella lo descubrió por sí misma.

Fue algo más sencillo que cualquier cosa que te puedas imaginar. Con su mirada de artista, detectó en los verdes ojos de Marina, el sello genético de la impronta de Marcelo.

Me abordó con la seguridad absoluta de un hecho consumado, a solas.

Me sacó la verdad a jirones. Me explicó que yo era una víctima, que no debía sentirme culpable. Que Marcelo, más allá de la infidelidad, había incurrido en un delito, porque yo era una niñita, y él un perverso pedófilo. Me abrazó llorando, y prometió que le haría pagar el daño realizado, y que sería con la mayor discreción posible, para que nuestros hijos no se vieran perjudicados. Prometió hablar con mis padres cuando arreglara la situación con su marido.

Te juro, querido, que de saber que tomaría la decisión de marcharse de esa forma, jamás hubiera contado la verdad.

Hoy siento que Dios me ha castigado por eso. Te dejé sin mamá.

Cuándo ella huyó, Marcelo vino furioso a decirme que eso no iba a quedar así. Que cuando menos lo esperaba, sufriría donde más me doliera.

Y así fue, mi querido.

La gran pena que siento ante la incertidumbre del paradero de tu hermana es desgarradora.

Nadie puede imaginar lo que estoy pasando.

Por eso, a modo de expiación, y antes de marcharme yo misma, quiero pedirte perdón con todo mi corazón por el daño que te he ocasionado.

No quiero que te alejes de tu padre. Recuerda que te cuidó con todo su amor. No lo juzgues. Los seres humanos cometemos errores. Pasa todo el tiempo. Soy la prueba viviente.

Espero que encuentres en tu joven corazón un lugar para disculpar el perjuicio ocasionado sin intención.

Te dejo un abrazo enorme. No sabes lo que he llegado a quererte estos años que compartiste amistad con tu hermana.

Hasta siempre, querido.´´

Damián quedó atónito. A sus trece años, sintió el peso de un anciano sobre su espalda.

Con una infernal tormenta en la cabeza, releyó varias veces el correo.

Lo primero que decidió, era que lo guardaría en secreto. Por lo menos, hasta que ordenara sus ideas.

Su segunda medida, más instintiva que otra cosa, fue llamar a casa de Marina, para hablar con Soledad o sus padres. Temía sobre su seguridad, en plena depresión.

Su padre estaba ocupado con su trabajo, en la oficina montada en un cuarto de la casa, y cortaría en una hora, aproximadamente.

Hizo la llamada.

Le atendió, desesperada, la abuela de Marina, sollozando: su hija se había suicidado hacía unas horas. Balbuceaba, entre llanto, que se abrió las venas, hasta que su esposo le arrebató el teléfono, y se disculpó con Damián, sugiriendo hablar en otro momento, dado que su mujer estaba en una crisis de nervios, y la policía aún en la casa.

Se quedó helado.

Una sensación de oscuridad absoluta, de un horrendo rompecabezas que se iba armando solo en su cerebro de niño, se desplegó en una magnitud siniestra. Le faltaba una sola pieza, que rondaba su mente como un bicho venenoso que no conseguía atrapar, que estaba casi allí, como una palabra en la punta de la lengua.

Guiado por un instinto casi animal, buscó a Marcelo.

-Papá, llamé a casa de Marina para ver si había novedades sobre ella, y me atendieron los abuelos. Me dijeron que Sole se suicidó…

-¡Qué tragedia, por Dios! ¡Pobre familia! Voy a contactarlos…

-No sería oportuno, viejo. Todavía está la policía en la casa…

-Siento tanto que a tu edad te enfrentes con cosas tan traumáticas…¿Quieres hablar de ello?

-La verdad, es que deseo meterme en la cama. No quiero ir a la escuela mañana…

¿Podrías avisarle a Julián, por favor? No tengo ánimo de conversar con nadie.

Por supuesto, hijo. Ya veré como manejo la información. De todos modos, tarde o temprano, todos se enterarán.

-Gracias, papá.

Damián se encerró en su cuarto.

Releyó el mail de Soledad.

Estrujándose el cerebro, trató de hacer memoria de las discusiones de sus padres antes de la huida de su mamá.

Solo le llegaba a la mente una frase de los gritos intercambiados: ´´-¿Cómo pudiste?´´, una y otra vez, en una penosa letanía repetida por Adriana.

Ella no se había ido por aburrimiento tras otro amor de ocasión, por ser desequilibrada mental. Su madre jamás se marchó de la casa.

La alusión al fertilizante de huerta, en la amenaza de su padre a Soledad, le dio una espantosa pista de donde estaba su mamá.

Las suposiciones se transformaron en certezas.

La mañana en que ´´se fue´´, él se extrañó de no verla en la mesa del desayuno, junto a su padre, ya vestido para marchar a trabajar.

-Mami se quedó dormida campeón. Yo te llevo a la escuela de camino a la empresa. Apúrate con el desayuno, porque no quiero llegar tarde.

Cuando salió del colegio, para su sorpresa, fue su papá quien lo esperaba para llevarlo a casa. Le contó que mami se había ido de viaje, y le había llamado a la oficina para que lo retirara del colegio.

-No te preocupes, Dami. Mamá volverá pronto.

-¿Dónde fue? ¿Por qué no se despidió de mí?

-Mami está en un mal momento, pero dejó miles de besos para tí. Y este libro. Tú eres el del dibujo. Ya puedes leer la historia, ¿verdad?

-Sí. La maestra dice que leo muy bien. Que aprendí rápido. Mamá me ayudó…¿Qué es eso que hay en el fondo?

-Decidí aprovechar ese espacio. Saqué las malas hierbas, y plantaremos verduras. Mamá se llevará una sorpresa cuando vuelva. ¿Me ayudarás a sembrarla?

-¡Claro! Mami siempre quiso una huerta…

En aquel entonces, su concordancia del tiempo no era relevante. Solo deseaba que regresara su madre, y le entusiasmaba el proyecto de colaborar con la siembra.

Ahora pensaba en qué momento su padre había despejado de hierbajos el extenso terreno elegido, removido y apisonado la tierra, si se había ido a trabajar, y regresado a buscarlo.

Solo lo podría haber hecho al amparo de la noche. A la mañana no había notado el cambio, pero lo cierto era que, sorprendido de no ver a su mamá, ni se fijó en ese sector del amplio fondo de la casa.

Y al regresar del colegio, ya no estaban las cosas de Adriana. Solo la primera copia del libro que pronto editaría, y por el que había firmado un provechoso contrato.

´´Si cavo bien profundo bajo las verduras de la huerta vieja, ¿Qué voy a encontrar?´´

La respuesta que le llegó de un sector lejano de su psiquis no le sorprendió demasiado.

Los restos de Adriana, y sus cosas, supuestamente retiradas por ella con premura antes de marcharse sin despedirse de su hijo.

Su madre iba a denunciar a Marcelo por haber abusado de Sole. Iba a alejar a su hijo de un pedófilo, un delincuente. Pero su padre no lo aceptó. La mató. Y transformó a su mamá en lo que debían terminar las mujeres que importunaban la voluntad de los hombres: abono de una huerta…

Un dolor afilado como un cuchillo le atravesó el lugar donde había sido golpeado en el cráneo antes de caer en coma.

Se arrastró hacia la cama lastimosamente. Se acostó en posición fetal, y pese al dolor pulsante se durmió.

 

 

 

 

 

 

 

Noche cerrada. Se despertó por unos ruidos extraños que venían del fondo de la casa. Llamó a su padre, y no obtuvo respuesta. Afligido, se levantó. Para su sorpresa, Marcelo no estaba en la cama. Los ruidos no identificables venían del cobertizo. Con el corazón acelerado, se dirigió furtivamente, descalzo, hacia allí. Temía que hubiera entrado un delincuente, y su padre estuviera en peligro.

La puerta del cuartito, estaba entre abierta, algo totalmente anómalo, puesto que allí guardaba Marcelo con prolijidad sus amadas herramientas.

Se asomó por el espacio y quedó perplejo con la escena que vislumbró.

Su padre, con el cabello desordenado, y una expresión que jamás le había visto en el rostro, tenía maniatada y amordazada a … ¡Marina!

Su amiguita se debatía angustiosamente, intentando liberarse del hombre, que le arrancaba salvajemente la ropa, develando su joven cuerpo desnudo.

Perplejo, notó que una involuntaria erección entumecía su entrepierna, pese al horror de la situación, justo en el momento en que su padre sacaba su miembro para violar a su amiga.

La vergüenza de la reacción inoportuna de su cuerpo, lo sacó de su inmovilidad, y entró al cobertizo, desesperado.

-¡No papá! ¡Déjala en paz!

Alcanzó a ver la mirada angustiada de su amiga, y luego, a su padre enloquecido, avanzando hacia él mostrando los dientes en una mueca de perro rabioso, tomando una pala a su paso. Esa fue la última imagen antes de que el furioso y bestial golpe lo sacara largo tiempo de órbita.

 

 

 

 

Despertó del sueño con una mezcla de asco, terror, tristeza…

Su inconsciente había prescindido de los simbolismos del traumático episodio sufrido esa noche, trayendo el recuerdo borrado, que lo separaba de un abismo de locura inimaginable.

El corazón le latía anómalamente. Respiró profundo para tranquilizarse.

Debía pensar muy bien los pasos a seguir.

Si su padre se enteraba de que había recuperado la memoria de lo ocurrido, se podía dar por muerto.

Las lágrimas brotaron de sus ojos. Amaba profundamente a su papá. Y pensaba que, pese a todo, también él lo quería. Pero de una forma enfermiza y anómala.

Trató de calmarse.

Recordó la felicidad de Marcelo cuando se recuperó del coma. Eso no era fingido. Pero tampoco la insistencia sobre sus recuerdos eran sana preocupación. Monitoreaba todo el tiempo su propia seguridad. El cariño de su padre estaba condicionado a que no delatara su crimen.

Cuando volvió del hospital a casa, otra huerta, pulcra y hermosa, ocupaba el espacio donde antes había tirados restos de piezas de recambio del auto, muebles rotos, y escombros de distintas refacciones de la casa.

-Se ve que mi escapismo cuando sufro un gran dolor, es sembrar la tierra-le comentó Marcelo a su hijo, cuando este vio asombrado el nuevo vergel que embellecía la vivienda.

Damián se emocionó. Sobre todo, porque gran parte de la producción de verduras eran donadas a vecinos de escasos recursos.

Ahora, todo era material de pesadilla.

Sopesó las opciones que tenía.

Si denunciaba a su padre, él quedaría en manos de un tutor. Probablemente su abuela. No tenía nada en su contra, pero no le apetecía vivir con ella. Sobre todo, porque jamás había puesto en duda la huida de su hija. La había juzgado de la peor manera, sin considerar siquiera otra opción. No puso ningún empeño en hallar su paradero. Así que descartado.

Pensó que en cinco años tendría la mayoría de edad.

Su padre le había contado que tenía un seguro a su favor por una cifra millonaria.

Con una garra de hielo en el pecho, supo lo que haría.

Media década no era tanto. Podía fingir ese tiempo. Y lo dedicaría exhaustivamente en investigar la forma perfecta de provocar un accidente a Marcelo.

Tenía la suficiente inteligencia y sangre fría para lograrlo.

Denunciarlo, solo traería un escándalo que marcaría su vida como una indeleble cruz de ceniza. Pero si fingía que todo estaba bien, tendría su venganza, independencia económica, y un promisorio futuro libre de sombras.

Sonrió. Si jugaba bien sus cartas, hasta podría llegar a ser divertido.

 

 

 

Esa mañana, Damián desayunó con su afligido papá, que le contó que se había acercado a la casa de Marina para brindar apoyo a los padres de Sole, luego de preguntarle si tenía algún recuerdo o molestia.

-Voy a organizar una colecta para hacerles llegar la mayor ayuda posible. Esa gente sufrió demasiado.

-¡Eres increíble, viejo!-dijo Damián abrazando a Marcelo- Voy a acompañarte, por supuesto…

-¿No será demasiado doloroso para ti?

-Creo que me hará sentir mejor.

-Eres un niño muy maduro y valiente. ¡Estoy orgulloso de ti!

-¿Sabes qué, papá? Creo que quiero sembrar otra huerta. Ahora entiendo que trabajar la tierra después de una pérdida puede ser genial…

Marcelo abrazó nuevamente a su hijo.

-Por supuesto, Damián. Lo haré contigo.

-Preferiría hacerlo solo. Como un proyecto personal…

-Te entiendo, campeón…

´´Cinco años, hijo de puta. Ya comenzó la cuenta regresiva´´

Padre e hijo se sonrieron con amor.

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