viernes, 17 de julio de 2020

EDGARD, EL COLECCIONISTA- CUANDO EL AMOR...REGRESA

Edgard, el coleccionista Cuando el amor…regresa Queridos amigos: quiero contarles un episodio de mi vida oscuro y perturbador. Cuando joven, yo viví un gran e intenso amor. Se llamaba Estrella. Éramos el uno para el otro. La pasión nos consumía. Mi especial percepción me advertía de algo extraño. Quizá, si no hubiera estado nublada mi mente por la interacción del intenso sentimiento, y las pulsiones erráticas de la piel, me habría percatado de lo que ocurría. Un día Estrella se marchó. Me dejó una carta ambigua, donde me informaba que me amaba, pero que había sido convocada por ´´propósitos superiores´´. Indagué a su familia, donde todos, desesperados, tenían la misma inquietud que yo. Denunciaron su desaparición con la policía, pero, al ser ella mayor de edad, y haber manifestado su voluntad de marcharse, nada se hizo a respecto. Me quedó un horrendo vacío, intuyendo algo sumamente oscuro en su abrupta ausencia. Años después, llegó a mi establecimiento un cuerpo, con un escribano que mostraba la documentación pertinente para un velatorio a puertas cerradas. Acreditaba el pago por el servicio, y el traslado hacia el cementerio, y costas de entierro. Aunque la identidad anunciada de la difunta correspondía legalmente a otro nombre, al ver el cuerpo, supe de inmediato que éste era falso. La finada era mi amada Estrella. Ni el paso de los años, ni el zarpazo de la muerte habían mancillado su espectacular belleza. Lucía sumamente pálida, pero aun así, tenía el aspecto de una plácida mujer dormida en un sueño profundo. Era tan vívida la impresión, que pese a la frialdad de su cuerpo, ausculté su corazón, buscando en vano un levísimo latido. Me embargó nuevamente una negra inquietud. Una sensación de una energía macabra vibrando en el aire, que no terminaba de asir… Pese a que se había solicitado expresamente un velatorio a cajón cerrado, al no haber concurrentes para despedir a la beldad que alguna vez fue mi amor, me quedé acompañándola hasta el momento de su partida, a su morada final. Llegado el momento, antes de cerrar el ataúd, le puse una flor entre sus manos cruzadas sobre el pecho. Inmerso en la incertidumbre, dejé marchar la solitaria comitiva hacia el cementerio, sin el ánimo de asistir al entierro. No deseaba ver como la tierra cubría a quien alguna vez había la motivación de mi sombría existencia. Esa noche, a la madrugada, sentí en el cristal de mi ventana unos golpecitos. Me levanté, adormecido y sorprendido, a ver el origen del ruido. Tras el vidrio, Estrella, resplandeciendo de espectral blancura en la negrura de la noche, insistía con los golpes, un gesto de ruego en el hermoso rostro, mostrándome la flor que dejé entre sus manos, para que la dejara entrar. Entonces comprendí cuáles eran los ´´propósitos superiores´´ que la habían alejado de mi vida. Era un ser de la oscuridad. Una no muerta. ¡Un vampiro! Me vestí apresuradamente, y con la mente enfocada, fui a buscar elementos específicos, que puse bajo mi amplio abrigo, y me adentré en la noche cerrada. La llamé suavemente. Con una rapidez sobrenatural, se materializó, prácticamente, junto a mí. -¡Mi querido Edgard! He vuelto por ti… Con la tierra del cementerio adherida al cabello y ropa, abrió los brazos, buscando los míos. Yo hice un gesto de acercamiento. Ella develó unos filosos colmillos. Rápidamente, saqué de mi abrigo el hacha que escondía, y ante su asombro infinito, cercené su cuello. Su cabeza rodó. El cuerpo demoró unos segundos en caer, que me parecieron infinitos. Sin dudarlo, saqué una estaca en forma de cruz, y la clavé en ese corazón que alguna vez latió al mismo ritmo que el mío. Mentiría si negara que durante el proceso escapaban lágrimas candentes de mis ojos cansados de ver cosas ultra terrenales… Rocié con combustible el cuerpo, en el propio jardín trasero de mi casa, y le prendí fuego. Me quedé a contemplarlo hasta que solo quedaron cenizas, que junté para, más adelante, arrojar a un curso de agua. En cuanto a su cabeza… No me sentí capaz de desecharla, ni destruirla. Le ungí la frente con una cruz de aceite consagrado tintado de rojo, y la conservé en un enorme recipiente de vidrio, que forma parte de mi colección. A veces, me despierto en plena noche a contemplar los rasgos de Estrella, recordando cuando era mi amor. Más de una vez me pareció verla abrir los ojos, y mirarme con una tristeza infinita… Pero pueden ser solo impresiones mías. Saquen ustedes sus conclusiones… Obviamente, en mi mente estaba la idea de encontrar al ser que había transformado a mi amada en un monstruo, y exterminarlo. Pero esa historia, con todo lo que implicó, se las contaré en otra ocasión. Los despido, mis amigos, recomendándoles no abrir jamás la puerta a nadie que toque a la madrugada. Sobre todo, si fueron enterrados el día anterior. Saben que los espero, aquí, en la morgue, mi lugar favorito, como todos los sábados. Dulces y reparadores sueños…

jueves, 9 de julio de 2020

EDGARD, EL COLECCIONISTA- ROSAS DE SANGRE

Edgard, el coleccionista El corazón roto Hola, queridos amigos. Quiero contarles la historia de la muerte de la muchacha más bella del pueblo. Se suicidó por una decepción amorosa. Con sus tiernos quince, un misterioso hombre que la triplicaba en edad la había enamorado, prometiéndole, en su condición de casado, un divorcio y una vida en común. Como siempre se prorrogaba la cristalización de la promesa, la niña le inventó un embarazo al amante, que le confesó que no pensaba separarse de su esposa, ni distanciarse de sus hijos, y que solucionaría el ´´inconveniente´´ con un médico de su confianza. Clara, totalmente desgarrada, optó por envenenarse con raticida. Algún componente del veneno había tornado su piel de un tono azulado. Sus padres me pidieron, entre la desesperación de la pérdida, que hiciera lo posible para que se viera hermosa en su despedida. Con sumo respeto, cuando tuve el cuerpo de la niña tendido en la camilla, preparé el material para subsanar el extraño tono azul de su piel. Azul…el color de la tristeza, según los entendidos… No bien me aboqué a mi labor, el espectro de Clara se me presentó, con el rostro más desolado que había visto en mi vida. Los muertos no hablan. Pero ella quería contarme algo. Quería develarme el secreto de la identidad del hombre que le había roto de angustia el corazón. Así que acepté con un gesto que me abrazara, para sentir su pesar. Fue un instante, mientras sus fantasmales brazos se entrelazaron en mi cuerpo, donde, con un recorrido de hielo líquido por mis venas, vi todo lo que la agobiaba. El amante que la había engañado, aprovechándose de su inocencia de niña, era el socio y mejor amigo de su padre. Percibí las malas artes del sujeto, las ilusiones sembradas en vano en un alma pura, la traición a su familia y amigo de años, y el dolor inmenso que llevó a la niña hacia la muerte. La chica captó mi entendimiento de la situación, y deshizo su abrazo gélido. -Bella Clara: no solo he comprendido la injusticia cometida, sino que creo tener la solución para que puedas alcanzar la luz de tu descanso celestial. Y, de paso, equilibrar la balanza… Ella asintió. Le extirpé el corazón, y con finísimo hilo de oro, lo suturé, para simbolizar la reparación de su cruenta ruptura. Con amor y cuidado, lo coloqué en un bellísimo frasco con líquido conservante, donde flotaba, emitiendo destellos dorados. Luego me dediqué con alma y vida, a embellecer el semblante de la niña, dejándola con su mejor aspecto, como si la tragedia no la hubiera atrapado entre sus fauces… Ya en el velorio, los padres se sintieron, dentro de su profunda congoja, agradecidos por la tarea estética, que les permitía llevarse el recuerdo de la hermosísima hija. En un momento que consideré oportuno, me acerqué al infame, que montaba la comedia de consolar a su amigo. -Señor Amenábar, lo molesto un momento. No es el lugar ni la ocasión oportuna, pero lo sé coleccionista de arte, y quisiera su experta opinión sobre una pieza que he adquirido. ¿Le molestaría acompañarme un instante a mi oficina? -Para nada, señor Edgard. Será un placer. Me halaga que me tenga en cuenta para la apreciación… Ya en la oficina, descubrí el frasco, que tenía tapado con un paño rojo. Él lo observó con ojos desorbitados. -¿Qué es eso? ¡Por Dios! -Es un corazón roto por un ser abyecto. Si lo mira con detenimiento, verá que está reparado con finísimos hilos del más delicado oro… Justo entonces, el corazón comenzó a latir dentro del recipiente, emitiendo un sonido rítmico, como un sollozo. No pude menos que recordar el cuento de Poe… Amenábar estaba fuera de sí. Temblaba, se llevaba las manos a la boca, se estremecía de espanto… -Este órgano, tan puro y sensible, fue suturado con hilos muy delgados. La maldad, traición y engaño, necesitarán no un hilo, sino algo mucho más grueso para subsanar tantas bajezas. En ese momento, el espectro de Clara se presentó, y su amante salió despavorido de mi oficina. En el velatorio, dio una excusa a los presentes para retirarse. Como lo vieron totalmente descompuesto, pensaron que era por solidaridad con el pesar de su amigo. Su familia se quedó, despidiéndolo amorosamente. Finalizó el velatorio. Encontraron a Amenábar colgado en el living de su casa de la artística araña que decoraba su lujosa sala, con una gruesísima cuerda, la cara oscurecida con un azul violáceo, mucho más oscuro que el tinte de tristeza del cuerpo de Clara. Nadie pudo explicarse el motivo de tal acción. Cuando estaba acomodando la bella pieza del corazón cosido, apareció el espectro de la muchacha. Me miraba con una sonrisa de paz. Un aura de luz la nimbaba, exaltando su belleza. Se cruzó los brazos en el pecho, simbolizando un abrazo agradecido, y luego me saludó. Después, se desvaneció en un destello dorado. Yo sonreí también. La niña había encontrado la tranquilidad de su alma, para marcharse en paz. Sabía que la poderosa energía que había esparcido con su partida, llegaría hacia sus padres en un mensaje amoroso, que les ayudaría a sobrellevar el duelo… Los muertos, amigos míos, nos piden justicia a través de distintas maneras. Defendamos siempre a aquellos que ya no cuentan con voz para hacerlo. Recuerden esta pieza artística de mi colección: el corazón reparado. Los saludo, a la espera de un nuevo encuentro. Sepan que están en mis pensamientos. Quisiera estar siempre en los suyos… Hasta la próxima…

jueves, 2 de julio de 2020

EDGARD, EL COLECCIONISTA-EL CORAZÓN ROTO

Edgard, el coleccionista El corazón roto Hola, queridos amigos. Quiero contarles la historia de la muerte de la muchacha más bella del pueblo. Se suicidó por una decepción amorosa. Con sus tiernos quince, un misterioso hombre que la triplicaba en edad la había enamorado, prometiéndole, en su condición de casado, un divorcio y una vida en común. Como siempre se prorrogaba la cristalización de la promesa, la niña le inventó un embarazo al amante, que le confesó que no pensaba separarse de su esposa, ni distanciarse de sus hijos, y que solucionaría el ´´inconveniente´´ con un médico de su confianza. Clara, totalmente desgarrada, optó por envenenarse con raticida. Algún componente del veneno había tornado su piel de un tono azulado. Sus padres me pidieron, entre la desesperación de la pérdida, que hiciera lo posible para que se viera hermosa en su despedida. Con sumo respeto, cuando tuve el cuerpo de la niña tendido en la camilla, preparé el material para subsanar el extraño tono azul de su piel. Azul…el color de la tristeza, según los entendidos… No bien me aboqué a mi labor, el espectro de Clara se me presentó, con el rostro más desolado que había visto en mi vida. Los muertos no hablan. Pero ella quería contarme algo. Quería develarme el secreto de la identidad del hombre que le había roto de angustia el corazón. Así que acepté con un gesto que me abrazara, para sentir su pesar. Fue un instante, mientras sus fantasmales brazos se entrelazaron en mi cuerpo, donde, con un recorrido de hielo líquido por mis venas, vi todo lo que la agobiaba. El amante que la había engañado, aprovechándose de su inocencia de niña, era el socio y mejor amigo de su padre. Percibí las malas artes del sujeto, las ilusiones sembradas en vano en un alma pura, la traición a su familia y amigo de años, y el dolor inmenso que llevó a la niña hacia la muerte. La chica captó mi entendimiento de la situación, y deshizo su abrazo gélido. -Bella Clara: no solo he comprendido la injusticia cometida, sino que creo tener la solución para que puedas alcanzar la luz de tu descanso celestial. Y, de paso, equilibrar la balanza… Ella asintió. Le extirpé el corazón, y con finísimo hilo de oro, lo suturé, para simbolizar la reparación de su cruenta ruptura. Con amor y cuidado, lo coloqué en un bellísimo frasco con líquido conservante, donde flotaba, emitiendo destellos dorados. Luego me dediqué con alma y vida, a embellecer el semblante de la niña, dejándola con su mejor aspecto, como si la tragedia no la hubiera atrapado entre sus fauces… Ya en el velorio, los padres se sintieron, dentro de su profunda congoja, agradecidos por la tarea estética, que les permitía llevarse el recuerdo de la hermosísima hija. En un momento que consideré oportuno, me acerqué al infame, que montaba la comedia de consolar a su amigo. -Señor Amenábar, lo molesto un momento. No es el lugar ni la ocasión oportuna, pero lo sé coleccionista de arte, y quisiera su experta opinión sobre una pieza que he adquirido. ¿Le molestaría acompañarme un instante a mi oficina? -Para nada, señor Edgard. Será un placer. Me halaga que me tenga en cuenta para la apreciación… Ya en la oficina, descubrí el frasco, que tenía tapado con un paño rojo. Él lo observó con ojos desorbitados. -¿Qué es eso? ¡Por Dios! -Es un corazón roto por un ser abyecto. Si lo mira con detenimiento, verá que está reparado con finísimos hilos del más delicado oro… Justo entonces, el corazón comenzó a latir dentro del recipiente, emitiendo un sonido rítmico, como un sollozo. No pude menos que recordar el cuento de Poe… Amenábar estaba fuera de sí. Temblaba, se llevaba las manos a la boca, se estremecía de espanto… -Este órgano, tan puro y sensible, fue suturado con hilos muy delgados. La maldad, traición y engaño, necesitarán no un hilo, sino algo mucho más grueso para subsanar tantas bajezas. En ese momento, el espectro de Clara se presentó, y su amante salió despavorido de mi oficina. En el velatorio, dio una excusa a los presentes para retirarse. Como lo vieron totalmente descompuesto, pensaron que era por solidaridad con el pesar de su amigo. Su familia se quedó, despidiéndolo amorosamente. Finalizó el velatorio. Encontraron a Amenábar colgado en el living de su casa de la artística araña que decoraba su lujosa sala, con una gruesísima cuerda, la cara oscurecida con un azul violáceo, mucho más oscuro que el tinte de tristeza del cuerpo de Clara. Nadie pudo explicarse el motivo de tal acción. Cuando estaba acomodando la bella pieza del corazón cosido, apareció el espectro de la muchacha. Me miraba con una sonrisa de paz. Un aura de luz la nimbaba, exaltando su belleza. Se cruzó los brazos en el pecho, simbolizando un abrazo agradecido, y luego me saludó. Después, se desvaneció en un destello dorado. Yo sonreí también. La niña había encontrado la tranquilidad de su alma, para marcharse en paz. Sabía que la poderosa energía que había esparcido con su partida, llegaría hacia sus padres en un mensaje amoroso, que les ayudaría a sobrellevar el duelo… Los muertos, amigos míos, nos piden justicia a través de distintas maneras. Defendamos siempre a aquellos que ya no cuentan con voz para hacerlo. Recuerden esta pieza artística de mi colección: el corazón reparado. Los saludo, a la espera de un nuevo encuentro. Sepan que están en mis pensamientos. Quisiera estar siempre en los suyos… Hasta la próxima…

viernes, 26 de junio de 2020

EDGAR, EL COLECCIONISTA- LEGADO FAMILIAR

Edgar, el coleccionista Legado familiar Hola amigos. Quiero contarles una anécdota de mi infancia. Yo tenía un hermano gemelo idéntico, Eduard. Éramos inseparables. Nos complementábamos en forma perfecta. Era como si pensáramos en equipo, o nos leyéramos el pensamiento. Un día, el que cumplíamos doce años, se nos ocurrió jugar en los techos de la funeraria, mientras mi madre preparaba el festejo. Corriendo en forma temeraria, nos movíamos como gatos. Pero Eduard tropezó con una teja floja, y cayó, rompiéndose el cuello. Fue terrible. Sentí como si una parte mía se hubiera quebrado en forma irreversible. Pese a observar el desmadejado cuerpo de mi hermano desde arriba, en una posición horrendamente anti natural, mientras se escuchaban los primeros gritos y lamentaciones, desde la casa familiar, Eduard continuaba a mi lado. Me miró tristemente, y apoyando su mano, que se sintió como una corriente helada sobre mi hombro, hizo con el dedo sobre sus labios un gesto de silencio. Yo asentí, y bajé del techo, seguido todo el tiempo por él. Cuando pasó la pesadilla de llamar a la policía, y se brindó el permiso de disponer del cuerpo, mi padre, trastornado, pero estoico, habló conmigo. Me dijo que ahora era el único heredero de una empresa familiar centenaria, y que la desgraciada ocasión era propicia para aprender la profesión. Me dio el material para cambiarme, y me hizo entrar a un sector de la funeraria que hasta entonces me tenía vedado: la sala donde se preparaban los cadáveres. Eduard yacía en una camilla, tapado a medias con una sábana manchada por sangre. Los ojos le habían quedado desviados por la caída, mirando la nada, cada uno en una posición diferente. Al ver la extraña postura de su cuello, no había dudas sobre la causa de su muerte. Su boca estaba abierta, como queriendo emitir un último grito, que jamás saldría, que había quedado atrapado por la eternidad. Yo, ya vestido con un guardapolvo que me quedaba grande, me sentía mareado, viéndome a mí mismo yaciendo en la plancha de acero inoxidable, y sintiendo la presencia helada de Eduard, que oprimía mi hombro, como para darme aliento. Padre comenzó los procedimientos. Presencié y asistí las incisiones, drenajes, costuras, rellenos y arreglos de un cuerpo idéntico al mío, mientras la imagen de Eduard asentía, en señal de apoyo. En ningún momento me mareé, ni dejé escapar el llanto que me oprimía el corazón. No quería decepcionar a papá, que se mostraba orgulloso de mi compostura. Fue un trabajo arduo dejar presentable a mi hermano. Hubo que cerrarle los ojos cosiéndolos estratégicamente. Cuando mi padre usó sus conocimientos para hacer lo propio con su boca, sentí un crujido espeluznante. Otro más terrible le precedió cuando acomodó su cuello destrozado. Luego desplegó su pericia con el maquillaje. Me dio instrucciones precisas de cómo usarlo, con un tono de voz estremecido que jamás olvidaré. Cuando llegó el momento de vestirlo, Eduard parecía dormido plácidamente. Papá era un artista. Ni mi madre, ni nadie que lo viera en su velatorio se llevaría la terrible imagen de un cadáver retorcido, mancillado por la muerte violenta de la fatal caída. Se llevarían el recuerdo de un niño con el aspecto de descansar tranquilo. La experiencia me conmocionó particularmente. Oficié a la par de mi padre como anfitrión en el velorio, vestido formalmente. Se había muerto mi otra mitad. Y yo había aprendido el arte de embellecer la partida de esa parte mía que negaba a marcharse, ya que Eduard me acompañaba, sin que nadie más que yo pudiera verlo. Recién cuando llegó el momento de cerrar el ataúd, mi hermano me hizo un gesto de despedida, y otro que entendí muy bien. Se golpeó el pecho espectral, y señaló el mío. Asentí. El habitaría mi persona. No perdería nunca la dualidad de mi gemelo. Así es como mi cumpleaños, es también el día de mi muerte. Nacer, y morir. La ambivalencia del existir. Yo la tengo, y la cuido como un tesoro. Y también es otro bello tesoro el legado familiar que recibí ese día. Único e inapreciable. Quiero que piensen en sus seres queridos. Que sepan cuidarlos y disfrutarlos, porque la muerte acecha constantemente. Y créanme, amigos. Los muertos no hablan. Se llevan sus secretos para siempre. Los saludo afectuosamente, mis amigos. Los espero. Siempre los espero…

miércoles, 17 de junio de 2020

EDGAR, EL COLECCIONISTA - EL DEDO ACUSADOR

Edgar, el coleccionista El dedo acusador Hola, amigos. Quiero contarles sobre el poder sanador del arte. Recuerdo a la sra X, una viuda maltratada durante décadas por su esposo. Me sorprendió verla sumamente atormentada, en pleno velatorio, aún con la partida de su torturador. Se animó a contarme lo que le ocurría. -¡Es espantoso, Edgar! ¡Su imagen me persigue en todo momento! ¡Mientras yace en su féretro, él me señala con su dedo acusador! ¡Me hace responsable de todas sus faltas y errores! Siempre me acosó así. Me está mirando, con una horrible cara de ira, y su dedo me apunta… Las lágrimas escapaban de sus aterrados ojos. -La voy a ayudar. Retírese a descansar. Ya casi es hora de cerrar el ataúd. Me ocuparé. -¡Usted es muy bueno, pero ese monstruo no me dejará en paz! -Confíe en mí… Cuando quedé a solas con el difunto, busqué mi sierra. Le cercené la mano, desde la muñeca. La preparé con los conservantes adecuados. La monté en un pequeño pedestal, con su pose acusadora. Sobre el dedo, clavé finísimos clavos largos, hasta que quedó como un erizo metálico. -Cada clavo representa las culpas con que afliges a tu esposa. ¡Solo te pertenecen a ti, engendro del mal! ¡Llévatelas a la tumba, y no te atrevas a volver! Me vino a ver la señora X, al día siguiente. -¡Gracias, señor Edgar! No sé lo que hizo, pero lo logró… Estaba el horrible espectro de mi marido sobre mí, señalándome, cuando de pronto, el asombro apareció en su semblante colérico, para observar, estupefacto, que su mano había desaparecido… Emitió un quejido infrahumano, y se evaporó en una niebla. ¡Estoy en paz! Nos despedimos. No le conté mi método. Ella está liberada. Y yo tengo una pieza muy singular para mi especial colección. El arte sana, mis amigos. Hasta la próxima…

lunes, 15 de junio de 2020

#MismoInicioDiferenteFinal Vidas robadas-

Vidas robadas- Jean caminaba a paso rápido sin destino. Las nuevas cerraduras le hacían casi imposible su trabajo. Y es que Jean era un ladrón de casas. Pensaba en sus opciones cuando de pronto vio…Una puerta con las llaves puestas. Se detuvo y se giró buscando al dueño, pero no había ningún alma en la calle. Giró la llave y entró a una vivienda que parecía vacía. Maldijo por lo bajo. -¡Hola, soy vendedor de seguros! ¿Hay alguien en casa?- preguntó, mientras se adentraba a explorar. La sala principal solo tenía muebles viejos y destartalados. En una de las habitaciones, encontró, en una mesa de luz polvorienta, billeteras con dinero, y diversos ornamentos. Algunos eran basura sin valor, pero otros, eran de oro. Se le abrió de asombro la boca al ver un diamante auténtico, y unos fantásticos gemelos. -¡Bingo!-se dijo, mientras guardaba el tesoro. Era todo muy extraño. Quizá había caído en la guarida de un colega. Solo daría una vueltecita rápida, y desaparecería raudamente. Sonrió al imaginar la cara del tipo al ver que su estúpido descuido le había costado el botín… Hizo un tour por el lugar, hallando una cocina sin nada aprovechable. Le llamó la atención la cantidad de bolsones de comida para perro acumuladas, entre la dejadez y el polvo. Llegó a un pasillo, con una puerta al fondo. Se acercó a la misma, y se sobresaltó al escuchar sonidos amortiguados. Su primer impulso fue huir con presteza, pero ¡ay!, esa maldita curiosidad, que lo instaba a meterse siempre en problemas… Abrió sigilosamente la puerta, evidentemente, de un sótano. Los ruidos se hicieron más nítidos. Eran gemidos, quejas. Con una sensación de irrealidad, prendió el interruptor, deshaciendo la penumbra, y descendió los escalones. Sabía que no podría dormir por muchas noches si se quedaba con la intriga… La visión con que se topó lo paralizó unos segundos. El lugar estaba lleno de jaulas. En cada una de ellas, personas desnudas, amordazadas y maniatadas, de distintas edades, forcejeaban en vano, intentando quitarse las ligaduras de sus manos. Todos tenían la más variada gama de laceraciones en el cuerpo. Algunas estaban vendadas. Otras, ya eran cicatrices. Jean se acercó a una jovencita, de entre todos los que lo observaban con miradas implorantes. Introdujo su mano entre los barrotes, y no sin esfuerzo, le consiguió correr la mordaza. -¡Ayúdanos, por favor! ¡Volverán en cualquier momento! -¿Qué les ocurrió? ¿De quiénes hablas? -¡Nos secuestraron unos locos! ¡Nos encerraron para torturarnos! ¡No tienes idea las cosas horrorosas que nos hacen, mientras un insano filma! ¡Nos alimentan con comida para perro, y nos obligan a realizar los actos más abyectos que puedas imaginarte! -¿Cómo abro estas jaulas? Tienen candados… -¡Solo sal corriendo de aquí y pide ayuda! ¡Tienen las llaves encima! Jean miró a su alrededor, para ver si había algo con qué romper los candados. La idea de ir a la policía por auxilio, no le hacía mucha gracia. Lo conocían demasiado allí. Muchos ojos sesesperados lo urgían a encontrar una solución. -¡Apúrate, por Dios, ya están por llegar! ¡Dejan como cebo las llaves puestas en la cerradura de la casa! A Jean se le heló la sangre en el cuerpo. Antes de darse vuelta para huir, buscando ayuda, la mirada horrorizada de la chica le indicó que algo estaba más que mal. Un golpe en la cabeza lo sacó de circulación. Cuando despertó, dos tipos encapuchados, con un montón de herramientas escalofriantes, lo tenían tendido en una camilla, con la cámara dispuesta a filmar. -¡Bienvenido a nuestro humilde morada! ¿Preparado para ser una estrella de la Deep web? ¿Sabes qué te abrió la posibilidad de la fama que compartirás con tus amigos? La costumbre de entrar sin permiso a lugares donde no debes husmear…Como tus compañeritos. Relájate. Empezaremos con algo…leve. Iremos de menor a mayor. La cámara se encendió, mientras Jean amordazado y maniatado, veía acercarse el escalpelo a su entrepierna desnuda…