sábado, 11 de diciembre de 2021
EDGARD, EL COLECCIONISTA- UN TROZO DE CARNE
Me llegó el cuerpo de Armando para despedirlo.
La viuda, desconsolada, me dio una enorme cantidad de dinero, pidiéndome discreción.
Yo, confundido, no entendía a qué se refería Marcela.
Ella tiene una familia muy influyente, y ya me había abonado el servicio más caro.
Cuando me tocó el momento de preparar a Armando, comprendí a qué se refería.
Marcela era muy apasionada en su matrimonio, y su dinámica erótica se basaba en besos. Nada de malo o anormal.
Pero en algún momento, la mansa práctica cambió de dinámica: pasó de besar a morder durante el coito.
En principio, era algo moderado, y hasta agregaba pasión y novedad.
El tema degeneró en algo desagradable cuando las mordidas de la mujer se volvieron violentas y dolorosas.
Armando le propuso a Marcela ver a un psicólogo para moderar su agresiva pulsión, y ésta se indignó, poniéndose molesta, y reprochándole su falta de hombría: era su propia debilidad lo que necesitaba tratamiento psicológico.
Por otra parte, le mencionó el poder que tenía su familia en la comunidad, en cómo podría terminar su carrera de docente si se ponían en contra de él.
El hombre comenzó a sentirse amenazado por su esposa. Le temía.
Incluso se veía presionado a tener sexo cuando Marcela lo ordenaba, con la desagradable intervención de la tortura de los dolorosos mordiscos, cada vez más fuertes e intensos: llegaba a sacarle sangre.
Armando sentía que su vida se deterioraba. Tenía pesadillas en las que Marcela lo devoraba. Comenzó a tener temblores tan marcados, que a veces, frente al aula, los alumnos percibían cómo se le dificultaba al profesor escribir en la pizarra.
Cuanto más se veía atemorizado y acorralado, más deseo tenía Marcela de su marido.
El punto álgido llegó cuando en un momento de exaltación extrema, Marcela le arrancó un pedazo del hombro de un mordisco feroz.
El pobre hombre aulló de dolor, horrorizado.
Marcela parecía en el nirvana más elevado de placer, y para el espanto absoluto de Armando, masticó el trozo arrancado, con cara de éxtasis, mientras le chorreaba sangre por la boca.
Luego de eso, le curó la herida a su esposo con gran esmero, pero le prohibió absolutamente acudir a un médico, porque no quería “tener su vida privada en boca de todos”.
Como Armando se sentía muy dolorido, le rogó que le consiguiera un médico con sus famosas influencias familiares, pero ella se negó obstinadamente.
El profesor fue a trabajar en un estado lamentable.
Llegó un momento en que la fiebre le impidió acudir a dar clases.
Marcela le cambiaba los apósitos, sin mencionar que manaba la herida un pus inmundo, y la zona estaba ennegrecida, dura y caliente.
Finalmente, el hombre falleció de una sepsis, y recién ahí, la esposa llamó a un “médico discreto”, pero para que firmara el certificado de defunción por muerte natural.
Cuando desvestimos con mi ayudante Tristán a Armando para prepararlo, nos horrorizamos por las innumerables cicatrices de mordidas en todo el cuerpo, y la espeluznante herida en su hombro, asquerosa y putrefacta.
En ese momento comprendí que el pedido de “discreción” era un soborno de complicidad de una atrocidad espantosa.
Mientras lo discutíamos con Tristán, apareció el espectro de Armando, desnudo, con sus terribles cicatrices al rojo vivo sobre la lividez cerúlea de su cuerpo, y el hombro desgarrado manando un apestoso líquido verde.
Nos miró a los ojos con una tristeza inconmensurable. Entendimos cuál era su deseo, y asentimos.
El velatorio comenzó normalmente, con la escena típica de la viuda llorando amargamente sobre el féretro del difunto, y todo el mundo consolando a la “pobrecita”.
Cuando la actuación de Marcela estaba en su punto cúlmine, entró el comisario Contreras con dos agentes, y se llevó a Marcela esposada, que, en el colmo de su indignación, vociferaba mencionando que el poder de su familia los aplastaría a todos, empezando por mí, “ese miserable funebrero traidor y charlatán”.
Fue un escándalo en el pueblo. Y sí: Tristán y yo denunciamos el estado del cadáver, que no se condecía con el certificado de muerte natural.
Cuando se fueron los últimos deudos, apareció ante nosotros el espíritu de Armando, sin sus mordidas, y dejó caer el espeluznante pedazo de carne que su mujer le había arrancado en la pulsión enferma de su pasión.
Con un gesto de placidez, nos saludó y se elevó mansamente, liberado del dolor que lo anclaba al plano terrenal.
En un frasco con formol flota el trozo de hombro de Armando, en una de las estanterías de mi colección.
No es bonito de ver.
Es muy probable que Marcela no expíe como debiera su crimen. Seguramente su pudiente familia le conseguiría una condena de lujo en un sanatorio psiquiátrico para gente acomodada.
Resta rogar por la justicia Divina. Al menos, el alma de Armando descansa en paz.
Los invito, como cada semana a La Morgue, para que les cuente todas las historias atesoradas en mi colección.
sábado, 4 de diciembre de 2021
EDGARD, EL COLECCIONISTA- LA HACEDORA DE DEMONIOS
Aurora me trajo a mi oficina a una chica en plena crisis de nervios, que lloraba y se tapaba los ojos.
Cuando logró serenarse, Aurora le pidió que me contara su historia.
María Luna era una compañera del grupo de adoradores de la Pacha Mama. Desde niña tenía “el don”, pero siempre reprimido por la intervención de su madre y su abuela, que le decían que era peligroso darle rienda suelta, ya que el poder que manejaba podría dar vida a los demonios.
Así que cada vez que su instinto le mostraba algo ajeno a la realidad, o la instaba a mover su energía hacia el exterior, ella lo negaba, y lo guardaba dentro de sí.
Pero al llegar la adolescencia, con las hormonas y la rebeldía, la joven descontroló ese enorme caudal de poder, que conseguía tener dominado con los consejos de los adoradores de la tierra.
Ese día su novio la decepcionó con una infidelidad. La intensidad de sus emociones la desbordaron, y su energía se volcó hacia un camino oscuro.
--Sentí un dolor enorme. Una rabia tremenda. Un odio desmesurado. Grandes deseos de venganza. Me afloró una envidia malsana por esas chicas con parejas fieles y sin problemas. Y un despecho gigantesco.
Me vibraban en el pecho esos pensamientos, y salieron de él transformados en rayos de luz, que, ante mi absoluto asombro y terror, se transformaban en campos de materia oscura, e iban cobrando formas horrendas. Todos mis malos pensamientos transmutaron en monstruitos, del tamaño de duendes, uno más horroroso que el otro, a cuál más abyecto y ruin.
Quise controlarlos, pero se rieron en mi cara, diciéndome que yo les había dotado del combustible necesario para entrar al plano terrenal, y que esta noche, se apoderarían del pueblo para realizar una masacre, comenzando por quién provocó el “milagro” de sus existencias.
Ahora estoy aterrorizada. No sé de qué son capaces esas horribles criaturas. Si ocurre algo malo, yo seré la responsable.
--No es así, María Luna. Tu madre y tu abuela, en vez de reprimir tu don, debieron enseñarte cómo manejarlo: ellas lo tenían, y sabían las consecuencias de un poder mal utilizado.
Es normal que te hayas enojado. No buscaste materializar demonios. Pensaremos alguna solución.
Son seis los entes, ¿verdad?
--Sí. Seis pequeñas abominaciones con colmillos temibles, garras espeluznantes, ojos malignos, y una agilidad salida del mismo infierno.
--Tú que conoces las leyes de la tierra, Aurora, ¿sabes cómo invocarlos, para traerlos hacia nosotros?
--Sé hacerlo. Pero recién con la caída del sol. Cuando aparezca la luna podremos llamarlos, pero solo permanecerán con nosotros el tiempo que ellos deseen, antes de salir a cumplir sus cometidos personales, estrechamente relacionados con las emociones que le dieron vida.
Tristán, mi querido amigo y ayudante, era testigo de la escena, escuchando todo en silencio.
--Debes pensar, María luna, cuál fue la primera emoción que desencadenó los acontecimientos.
--Pues…diría que mi decepción. Mi despecho…
--Seguramente de él nació el monstruo líder. El demonio que guiará a los demás.
--Debe ser el que es un poco más grande que el resto. Tiene el cabello rojo como el fuego.
--Él es el jefe. E irá directo hacia tu novio. Porque él provocó el desencanto de tu corazón roto. ¿Qué sentiste después?
--Dolor. Muy grande…
--Ese dolor buscará alimentarse de más dolor. No me extrañaría que buscara un lugar donde se sufra mucho, para hacer daño.
--¿Cómo un hospital, quizá? — preguntó Tristán, acertadamente.
--Seguramente, mi amigo. ¿Con qué demonio lo asocias?
--A uno del que le fluían lágrimas de sangre, y chillaba un llanto horrible, como el de un animal atrapado en una trampa. No inspiraba lástima, sino repulsión. Luego de eso, me llené de ira. Una gran rabia desmedida. No me extrañaría que sea el ser que despedía rayos de sus ojos malsanos, y no paraba de blasfemar.
--Creo que él asolará por todos lados. La ira no razona. Es incontrolable…
Después, ¿qué te llegó?
--Me avergüenza decirlo, pero tuve una gran envidia. Me puse de malas con mis propias amigas, que me advirtieron más de una vez sobre la conducta de mi novio.
Les deseé que sintieran lo que yo. De allí debe haber salido el engendro amarillo de cara perversa, con puntas afiladas erizado toda su piel asquerosa…
--Pues tras tus amigas irá. Eso es seguro… ¿Qué siguió?
--Mi deseo de venganza. Sentí que mi mamá y abuelita no me protegieron de mí misma, que no me dieron herramientas para defenderme, y anhelé lo peor para ellas… ¡Ay! El monstruo que nació de eso debe ser el que tiene pinchos en vez de dedos. Hasta imaginé verlo clavarlos en los ojos de ellas… ¡Qué horror!
--Tranquila. Todos nos enojamos alguna vez. Trataremos de impedir que se desencadene el mal esta noche. Creo que lo último es el odio, ¿verdad?
--Un odio feroz, desmesurado y sin límites. Eso le dio vida al engendro más horrible de todos: un ser de muchas pequeñas cabezas enojadas que le salen de todo su deforme cuerpo, malévolas, que vomitan un ácido que corroe como vitriolo…
--El odio se unirá a la ira, para destruir todo a su paso. Es importante que los llamemos, antes de que salgan de “parranda”, y los convenzamos de deponer su actitud.
--Eso va a ser sumamente difícil, Edgard. – me dijo Aurora. —Las entidades encarnadas de esa índole son prácticamente indomables. No entienden razones. Nacen de energías negativas muy fuertes…
--Nosotros somos fuentes de buena energía…
--¡Yo no! —gritó María Luna, entre sollozos. -- ¡Soy un ser repugnante que da vida a seres malsanos y retorcidos! ¡Pasarán cosas espantosas por culpa mía! ¡Morirán inocentes!
--¡De ninguna manera! Si fueras lo que dices, estarías en tu gloria, disfrutando la libertad desatada de esas fuerzas del mal. Estás aquí, junto a nosotros, buscando ponerles un freno. Lograremos, entre los cuatro, parar a esos entes.
Cuando el sol se puso en el horizonte, formamos un círculo en el jardín, bajo los primeros rayos de la luna, uniendo nuestras manos, y Aurora invocó a los seres con la lengua de los habitantes originarios de la tierra, con un tono de ruego profundo, no exento de autoridad.
Luego de un largo rato de la oración, en voz cada vez más alta y demandante, un remolino de aire helado y caliente hizo una pequeña depresión en el jardín, rodeada de llamas. En medio de ellas, los seis demonios aparecieron en pose provocadora y burlona.
El de la pelambre roja se dirigió directo a mí:
--¡Tú, entierra fiambres barato, eres el que nos mandó a llamar por la perra gemebunda que nos invocó! ¡Dinos qué quieres! ¡No estamos para perder el tiempo con un funebrero, su ramera, su amigo deforme, y la idiota subnormal que, en vez de jactarse de su poder de darnos vida, ahora se queja de sus propias acciones!
Las palabras del ser nos golpearon como puñetazos.
Traté de serenarme.
--Escucha: digas lo que digas, así como tú y tus camaradas llegaron a este plano, con la misma facilidad se pueden ir. No todo depende de la voluntad de ustedes.
--¡Te equivocas! ¡Una vez cruzado el umbral, nos anclamos aquí! ¡No existe fuerza capaz de hacernos volver! Esta noche será recordada como la más sangrienta de la historia de este pueblo de mierda. No solo haremos una masacre, sino que también contaminaremos las mentes de todos los habitantes de este lugar para que destruyan todo a su paso. Seremos una peste, y nos propagaremos con ellos.
Iremos primero por el novio, las amigas, la madre y la abuela de nuestra estúpida heroína, y luego un río de sangre y vísceras decorará las calles de este vertedero de basura humana…
--Te equivocas con eso de que no existe una fuerza capaz de regresarlos. – dijo Tristán en voz más que calmada, mientras los monstruos se retorcían mostrando sus horribles atributos malignos. -- ¿Recuerdas, Edgard, que tu hermano te dijo que tanto el bien como el mal eran dos caras de la misma moneda?
Me estremecí al recordar a mi hermano, pero asentí. Claro que lo tenía presente.
Los demonios, más que por curiosidad y diversión, que por cualquier otra cosa, le prestaron atención a Tristán.
--¡Bueno, bueno! ¡El jorobado deforme sabe hablar! ¡Ilústranos, rareza de circo!
--Pues es más simple de lo que creen: ustedes llegaron por la materialización del odio en estado puro. La cara opuesta del odio, no es más que el amor, su camino de regreso.
Tristán nos miró a cada uno, y asentimos.
Todos nos concentramos para emitir los más profundos sentimientos de amor que teníamos para dar, e imponiendo nuestras manos, los proyectamos hacia los entes.
Estos, helados de asombro, comenzaron a chillar horriblemente, diciendo las blasfemias más depravadas, los insultos más venenosos y desalmados para desconcentrarnos.
Pero nos habíamos adentrado en emitir una energía de amor tan grande y pura, que sentíamos que el aire vibraba, y se nos erizaban los vellos de los brazos. Las aves comenzaron a cantar y volar sobre nosotros como si el sol estuviera en su apogeo.
Luces de colores se dirigieron hacia los demonios, que chillaban de odio: ya sabían que esta noche no habría desmembramientos, carne arrancada, ni manantiales de sangre y dolor.
Se estaban derritiendo. Una fulguración blanca salió de cada uno, y volvió al pecho de María Luna, que lloraba conmovida por la experiencia.
Se apagaron las llamas que habían surgido con la llegada de los demonios, y lo único que quedó de ellos fueron seis piedrecillas de colores. De algún modo me recordaron la costumbre judía de poner piedras sobre las tumbas para honrar a los muertos. Las tomé para mi colección. Eran muy vistosas.
--Es hermoso lo que ha ocurrido. —dijo, entre lágrimas, la muchacha.
--Claro que sí: ahora conoces que el caudal de amor que posees es superior a cualquier odio o enojo que puedas tener. Y que tal y como dijo Tristán, puede revertir los hechos más terribles. Eres dueña de eso. Nadie puede quitártelo. Ahora que lo sabes, puedes encauzar tu poder hacia ese lado, y nada de lo que hagas causará daño. Siempre usarás tu don para el bien. Nunca más traerás los demonios de los malos pensamientos a este plano.
María Luna nos abrazó con tal fuerza que nos crujieron los huesos de la espalda.
Sabíamos que la experiencia le había cambiado la vida.
Queridos amigos: las energías de baja frecuencia, los pensamientos dañinos, malos deseos, tristezas acumuladas, aunque no tengamos los dones de María Luna, también materializan demonios que nos complican la vida, y se somatizan en enfermedades del cuerpo y de la mente. Seamos conscientes de ello, y vibremos en positivo.
Yo los espero en La Morgue, con mi colección de historias.
No puedo prometer que no pueda aparecer ningún ser maligno: eso depende de lo que tenga dentro cada uno.
Buena semana…
sábado, 27 de noviembre de 2021
EDGARD, EL COLECCIONISTA- VOCES DEL INFIERNO
Tomás trabajaba desde su hogar como telemarketer. Vivía solo, y gran parte de su vida, la pasaba frente a su computadora, con la vincha de comunicación pegada al cráneo, por horas y horas, tolerando la presión de sus jefes, y las contestaciones groseras de los clientes, que lo ninguneaban e insultaban cuando las respuestas que les brindaba no los satisfacía.
Su vivienda era sumamente humilde: Tomás había quedado huérfano muy joven, y no tuvo acceso a una carrera. Su natural timidez lo cohibía a la hora de buscar una salida laboral más rentable.
Se culpaba de todo lo que le ocurría en su vida: su pobreza, su soledad, la falta de soltura a la hora de vincularse con sus pares, los desprecios de las chicas a las que se había intentado acercar.
Cada vez que alguna respuesta desagradable le llegaba en su ámbito laboral, la tragaba como un veneno amargo, aumentando la frustración y el desencanto por la vida.
Una jornada, ya terminando, apagando su ordenador, le ocurrió algo muy extraño: pese a que el sistema estaba cerrado, empezó a escuchar voces a través del headset:
--Me parece, Tomás, que eres un perdedor…
--¿Quién me habla? —preguntó asustado.
--¿Acaso importa? Dime si no es cierto: ¿eres o no un perdedor?
--No sé quién eres, pero me quitaré la vincha, y olvidaré esta locura…
Pero la curiosidad de la extraña situación le ganó, y no se quitó el dispositivo. Una risa burlona lo hirió.
--¿Has visto? Ni siquiera te atreves a cumplir tus propósitos…
--¿Por qué me dices que soy un perdedor? Tengo un trabajo decente, y mantengo mi casa sin ayuda de nadie, pese a haberme quedado solo desde muy chico.
--Puras excusas. Otras personas en tu situación son exitosas: tienen un buen pasar económico, y ya poseen su propia familia y negocio.
Piensa en cómo te tratan tus clientes: te insultan, te humillan, y tú, en vez de reaccionar como un hombre, pides disculpas, arrastrándote.
Y tus jefes, Tomás, lo único que hacen es recalcar tu incompetencia. Todos tus compañeros han conseguido puestos mejores, mientras tú te quedas estancado, anclado a este headset, tolerando y tolerando día tras día…
Te haré saber lo que dicen tus colegas de ti a tus espaldas, y tus superiores. Oirás cómo las chicas a las que intentaste acercarte se burlan de tu estupidez y tu mediocridad.
Durante horas Tomás estuvo escuchando venenosos diálogos, en los que él era un payaso patético del cual se reían todos.
Luego de ese maratón de mofas desagradables, en vez de dejar la vincha, comer algo, tratar de recomponerse y descansar, Tomás siguió conectado a esa tortura hasta que llegó la hora de trabajar.
Agotado hasta el colapso, intentó enfrentar lo mejor posible la jornada, hasta que un cliente especialmente dañino, lo empezó a tratar de incompetente e inútil.
En ese momento, tocó fondo. Volcó en el desconocido toda la furia contenida por años, con la voz desconocida de fondo alentándolo a insultar al cliente, que, absolutamente sorprendido, prometió hacerlo despedir de su miserable puesto.
Luego le siguió la llamada de su superior, para reprenderlo por su forma de comportarse en la última llamada. Alentado por la voz, lo atacó verbalmente con el vocabulario más soez y desagradable, que ni él mismo sabía que conocía.
El jefe, luego de reponerse de la sorpresa, le comunicó que estaba despedido con causa, y que tenía un día para devolver el material de trabajo.
La voz maligna lo felicitó.
--¡Por fin has reaccionado como un hombre! ¡Ahora eres libre! ¡Has demostrado no ser un pelele!
--Pero ya no tengo trabajo, y con esta mala referencia, me costará muchísimo conseguir algo nuevo. No tengo dinero para comer esta semana…
--¡Otra vez arrastrándote como un gusano inmundo! ¿No te tienes a ti mismo, sano, joven y entero? Con un poco de coraje, puedes salir en la noche con un cuchillo, y tomar a gusto lo que los ricachones ostentan para humillar a los pobres como tú.
--¿Me estás diciendo que debo salir a delinquir? ¡Dime por favor quién eres! ¡Esto es una pesadilla! ¡No puede estar ocurriéndome a mí! ¡Jamás le hice daño a nadie, y ahora no tengo donde caerme muerto!
--¿Ves lo cobarde que eres? ¡Perdedor! ¡Perdedor! ¡Perdedor!...
La horrible letanía siguió, hasta que Tomás intentó quitarse el headset, y con la intención de acallar la malévola voz dañina, lo arrancó de golpe de su cabeza, comprobando horrorizado que el cable se le enredaba en su cuello, oprimiéndolo cada vez más fuerte, hasta el punto en que se quedó sin respiración.
Entre el terror más extremo, intentó desprenderse del dispositivo, que le apretaba más y más. La falta de aire le hizo sentir que le estallaba la cabeza, que se le ennegrecía segundo a segundo, mientras el esfuerzo le proyectaba los ojos hacia afuera de las órbitas, en una escena de pesadilla infausta. La lengua se salió de la boca, hinchada y babeante, mientras, con un último rastro de consciencia, escuchaba, preso de la vincha, la risa satánica que se burlaba de su desgracia.
Ya estaba bastante avanzada su descomposición cuando descubrieron su cadáver.
Lo hallaron, en realidad, intentando recuperar el material de trabajo de la empresa.
Se llevaron, cuando la justicia lo permitió, la computadora y el monitor, pero no tocaron el headset con el que Tomás se había estrangulado.
Ese instrumento vino a mis manos a través del comisario Contreras, y hoy forma parte de mi colección.
Es un objeto peligroso: “algo” se conecta a través de él con las personas tristes, deprimidas, o con baja autoestima, diciéndoles las peores cosas que puedan escuchar, e instándolos a cometer horribles acciones.
¿Se animan a pasar por La Morgue y probarse el headset?
¿Qué creen que escucharán?
Quedan invitados, mis amigos.
Buena semana…
Edgard, el coleccionista
@NMarmor
viernes, 19 de noviembre de 2021
EDGARD, EL COLECCIONISTA- LOS HONGOS DE LA NEGACIÓN
Diego fue uno de los tantos obreros que quedó sin trabajo cuando la fábrica, en las afueras del pueblo, cerró sus puertas.
La mayoría de los ex empleados buscaron nuevas actividades, y lograron salir adelante.
Solo Diego, obstinadamente, se negaba a iniciar otro plan, buscar un nuevo empleo o emprender un negocio. Para la total desesperación de su familia, repetía una y otra vez que la fábrica reabriría sus puertas nuevamente, y él sería tomado en primer lugar, por su fidelidad a la empresa.
Su esposa tuvo que conseguir dos empleos, y hasta los niños colaboraban vendiendo dulces para mantener la economía familiar, que se desmoronaba, ante la tozudez de Diego, que lo único que hacía era ir en bicicleta varias veces al día hacia el predio abandonado de la fábrica, para verificar si detectaba alguna actividad.
La cadena que cerraba la entrada ya estaba oxidada, y las malezas cubrían el parque de la entrada, pero él insistía en esas infructuosas visitas.
Con la falta de dinero, la casa se empezó a deteriorar: lo que ganaba Lía solo alcanzaba a duras penas para poner un plato de comida en la mesa.
Cuando, luego de una temporada de lluvias, comenzaron a prosperar rajaduras e innumerables goteras, Lía intimó a Diego a deponer su actitud:
--La casa se está desmoronando, Diego. Es insano para los niños vivir respirando la humedad y el moho. Si no consigues un trabajo en un mes, nos iremos de aquí.
--¡Pero Lía, confía en mí! ¡Estoy seguro de que reabrirán muy pronto la fábrica, y en vez de contratarme como obrero, me pondrán en un puesto de jefe! ¡Ya verás, amor! ¡Ten paciencia!
--Hemos tenido demasiada paciencia. ¿No te da pena que tus hijos anden vendiendo dulces para mantener la casa, mientras tú pierdes el tiempo con tus sueños de loco? Escucha: está lloviendo de nuevo. Ya suenan las goteras, y se pudren de humedad las paredes. Un mes, Diego. No más…
En vez de recapacitar, Diego salió bajo la lluvia en su bicicleta hacia el predio de la fábrica, inspeccionando una vez más el lugar abandonado, casi siniestro bajo la tormenta.
Una vez cumplido el plazo, Lía empacó con lágrimas en los ojos, mirando los muebles arruinados, las paredes cuarteadas y manchadas de verdín, y a Diego, desmoronado en un sillón enmohecido sin reaccionar ante la realidad.
--Saluden a su padre, niños.
--¿Por qué no vienes con nosotros, papi? Donde vive la abuela, seguramente consigues un buen trabajo…
--No chicos. Me quedaré aquí, y cuando tenga nuevamente en un puesto en la fábrica, iré por todos ustedes. Lo prometo.
Sin el dinero que traía Lía, muy pronto Diego se quedó sin alimentos.
Ahora, sus paseos en la bici, aparte de llevarlo a la fábrica diariamente, lo conducían a cazar pajaritos y ardillas para comer.
La temporada de lluvia se hizo más intensa: parecía no parar más.
Las humedades de la casa le dieron lugar al crecimiento de hongos, gigantescos y carnosos y multicolores en todos lados: estaban invadidas las paredes, los techos, los muebles…
Como era casi imposible salir bajo la cortina imparable de agua, sin acceso a cazar, Diego comenzó a cocinar los hongos para mitigar el hambre.
Mientras los comía, se sentía eufórico. Tenía visiones de la fábrica reinaugurando sus actividades, y él, vestido con traje, recibiendo la felicitación de los directivos, aplaudiéndolo, entregándole un puesto ejecutivo.
Luego se despertaba en el suelo húmedo, entumecido y aletargado, con el tintineo de las goteras sonando en las ollas puestas para juntar el agua, con retorcijones en los intestinos.
Pronto se quedó sin suministro eléctrico y gas, al no pagar las facturas.
Comenzó a quemar sus muebles arruinados, haciendo hogueras dentro de la casa, para darse un poco de calor y cocinar los hongos, que se multiplicaban en forma asombrosa.
Recién cuando terminó la temporada de lluvias, un pordiosero que entró en la vivienda, creyéndola abandonada por el estado de deterioro, para buscar refugio, encontró horrorizado una momia sonriente, toda cubierta de hongos perfectos, con sus sombreritos como techos de casitas de duende.
El comisario Contreras me refirió el caso, entregándome uno de esos hongos, de colores vivos, para que lo guardara, y me avisó que pronto llegaría el cuerpo de Diego para ser despedido.
--Usted qué opina, Edgard: ¿Diego enloqueció por comer los hongos, o ya estaba “tocadito” desde antes?
--Pienso que Diego estaba enfermo de algo muy dañino: la negación. No afrontar la realidad lo llevó a perder su familia, su casa, y su cordura. La verdad, cuando muestra su cara más dura, es difícil de hacerle frente. Amparándose en su negación, prefirió perderse, antes que atreverse a un cambio. Fíjese, Contreras, que por lo que me contó, su cadáver mostraba una sonrisa de felicidad: eligió morir en una forma indigna y miserable, creyendo sus propias mentiras, y ser encontrado como una momia putrefacta plagada de hongos.
--No sé cómo se atrevió a comerlos. Tienen un aspecto maligno. Me da náuseas hasta tocarlos. Me costó desprender el que le traje. Solo lo hice porque deseaba que lo viera…
Y así fue a parar el exótico hongo a mi colección. El haber sido arrancado del cadáver que lo alimentaba no afecta sus colores psicodélicos, ni su extraña manera de crecer.
Supongo que se alimenta de mentiras y malas energías, y lo puedo considerar un “control de plagas espirituales”. Pero es cierto que, de solo verlo, causa repulsión y estremecimiento…
Si quieren verlo personalmente, pasen por La Morgue. Si crece ante su presencia, seguramente nos daremos cuenta de que tienen una negación dañina implantada en su corazón…
Buena semana.
Edgard, el coleccionista
@NMarmor
sábado, 13 de noviembre de 2021
EDGARD, EL COLECCIONISTA- EL ENDEMONIADO
Miguel era un niño normal y feliz.
Cuando cumplió los catorce años, tuvo un ataque de epilepsia.
Aunque la lógica indicaba llevar a Miguel con un médico, su madre, Sonia, se opuso firmemente, basada en sus convicciones de fanática religiosa, que imponía con firmeza a toda la familia.
--Es más que claro la presencia del demonio en el niño. De seguro, debe haberse dejado llevar por la tentación de la carne, y Satán se está manifestando en él. Con la ayuda de la Santa Madre Iglesia, expulsaremos al maligno.
Sonia llevó a Miguel con el cura, que le dio toda clase de confusos consejos incomprensibles sobre la entrada a la madurez, una innumerable lista de pecados que debía evitar, y lo despachó con una serie de mandatos inútiles para su joven vida.
--Me duele mucho la cabeza, mamá…
--¡Reza, Miguel! ¡De seguro es el demonio que quiere entrar a tu cuerpo! ¡Sé fuerte y ora con devoción!
--Mamá, te juro que me siento muy mal. Creo que debería ver a un doctor…
--¡Nada sabes de la vida, necio! ¡Confía en tu madre, y pide a Dios por tu salvación!
Miguel sufrió otro ataque epiléptico.
Las migrañas se hicieron frecuentes, haciéndole sensible a la luz, los sonidos fuertes, y dejándolo en un estado de sopor, sin ganas de salir de la cama.
En este punto, hasta el mismo sacerdote le recomendó a Sonia llevar con un médico al joven.
Indignada, despidió al cura, tratándolo de carente de fe, y se cambió de parroquia, uniéndose y arrastrando a su familia a una sumamente fundamentalista.
Miguel empeoraba día a día.
Tuvo que abandonar la escuela. Bajó más de doce kilos.
En los escasos momentos de lucidez que tenía, decía blasfemias a los gritos, y su cuerpo demacrado se contracturaba en posiciones anti naturales.
Sonia, más que preocuparse, se sentía satisfecha:
--¿Ven cómo yo tenía razón? ¿Quién sino el mismo Satán sería capaz de hacerle esto a mi niño? En la Iglesia encontraremos la solución.
Una de las religiosas de la congregación le sugirió a Sonia internar a Miguel en el hospicio de la orden, donde el niño sería supervisado por sacerdotes que velarían constantemente por su bienestar espiritual.
Aportando una cifra enorme de dinero a esa entidad, que Sonia no se tomó el trabajo de averiguar si realmente era avalada por la iglesia católica, (de haberlo hecho, hubiera descubierto que era una secta conformada por fanáticos expulsados por su fanatismo extremo y nocivo), dejó a su pobre hijo en manos de gente que aplicaba métodos medievales, prácticamente, para las dolencias del muchacho.
Las pocas veces que la familia lo visitaba, se encontraba, horrorizada, con un desconocido, casi en los huesos, con señales de haber sido golpeado, y atado a una silla, con la cabeza ladeada, la mirada perdida, y la boca babeante…
En ese punto, cualquier pariente directo del chico debió intervenir poniendo una denuncia, y exigiendo que se le enviara a una institución médica. Nadie lo hizo. Todos dejaron que la férrea voluntad de Sonia imperara sobre la cordura. La déspota se impuso sobre la lógica y el bienestar del pobre adolescente.
Sonia empeñó los bienes de la familia para aportar a la institución que deterioraba a su hijo a ojos vista, convencida que lo hacía por su bienestar.
Meses después, ocurrió lo inevitable: Miguel, luego de un virulento ataque de convulsiones, falleció, atado como un animal salvaje a un camastro asqueroso.
Obviamente, tuvo que intervenir la justicia para la entrega del cuerpo, pese a la reticencia a respecto de la dudosa congregación, que quería mantener en secreto los detalles del deceso.
Los médicos intervinientes quedaron horrorizados al examinar a Miguel. Estaba desnutrido, deshidratado, mostraba huellas de palizas recientes, escaldaduras en la zona genital por falta de higiene, al no cambiarle los pañales con la debida frecuencia, y lastimaduras en muñecas y tobillos por las ajustadas sujeciones que lo mantenían inmóvil por horas.
Lo peor vino con la autopsia: Miguel tenía un tumor cerebral, que le causaba el cuadro convulsivo, y los malestares y anomalías que padecía.
--Era operable. Si lo hubieran tratado a tiempo, el chico estaría vivo. Es un verdadero crimen lo que se hizo con él…
Los doctores concordaron en presentar una denuncia en base a las pruebas obtenidas.
Hasta que se dictaminaran las acciones consecuentes, se le entregó el cuerpo a la familia, para despedirlo y enterrarlo.
Así llegó Miguel a mis manos.
Como la nefasta madre insistía con un velatorio a cajón abierto, tuve que pedirle a Tristán, mi querido ayudante, me asistiera para arreglar el cuerpo total y absolutamente deteriorado del pobre joven. Vi su gesto de impotencia, totalmente comprensible.
No bien tocamos el cuerpo para abocarnos a nuestra triste labor, el espectro de Miguel se presentó, con lágrimas de sangre en sus ojos llenos de dolor.
En una explosión de pura energía, conectó con nosotros para que conociéramos su historia. Vivenciamos, conmocionados, cada uno de sus sufrimientos y padeceres, fruto del obtuso fanatismo de su madre, la cobardía infame de su familia, y el obrar inescrupuloso de la espantosa secta en la que pasó sus últimos meses de vida.
Cada tortura, vejación y maltrato pasó por nuestro ser: el tormento extremo del chico nos transcurrió de la manera más cruda y feroz.
Miguel nos transmitió un pedido. Nos comprometimos a cumplirlo, pese a las consecuencias económicas y legales que podían llegar a representarme en el futuro.
En primera instancia, abrimos la cabeza del joven, y extirpamos el tumor, asombrosamente cruciforme, que le había arrebatado su existir. Quería ser enterrado sin él.
Luego nos abocamos a trabajar durante horas muy duramente, poniendo todo mi arte en juego, con la ayuda crucial de Tristán, para presentar a Miguel con un aspecto similar al del chico de catorce años, feliz, que tuvo la tragedia de enfermarse en un ambiente de fanatismo e indiferencia hostil.
Dentro de lo posible, puedo decir que conseguimos una triste obra maestra: el cuerpo se veía muy bien.
Con el pecho oprimido de desdicha, se inició el velatorio.
Cada minuto que pasaba, escuchando las condolencias y comentarios, era una verdadera tortura.
Una contestación de Sonia a la madre de un compañero de estudios de Miguel, me dio pie para cumplir con el pedido del difunto.
--Miguelito se fue como un ángel. Bajo la ley de Dios, limpio de todo pecado o mácula. Los sufrimientos del cuerpo son una prueba para demostrar la pureza del alma, y él las superó. El demonio no se salió con la suya…
--La interrumpo, señora. ¡Miguel murió por su obstinación absurda, guiada por un fanatismo enfermo, que le negó asistencia médica! ¡De haberlo tratado un doctor, él seguiría con vida! ¡Y cómplices de este horrible crimen, son también sus cobardes e infames familiares, que no tuvieron el valor de denunciar la carencia de tratamiento al pobre muchacho, en la flor de su vida! ¡Acuso también a todos los que, percatándose de la situación, no hicieron nada para remediarla!
Así que aprovecho para pedirle a usted, su familia, sus vecinos, que se retiren ya de mi establecimiento, como póstuma muestra de respeto a Miguel. Les doy cinco minutos. Pasados estos, los haré sacar con la policía. ¡¡¡FUERA DE AQUÍ!!!
--¡No puede hacernos esto! ¡Pagué por el servicio! ¡Tenemos derecho a estar presentes! ¡Retire sus asquerosas mentiras, engendro del diablo!
--¡Ya estoy llamando a la comisaría!
Posiblemente la brutal energía en el tono de mi voz indignada puso en marcha a la multitud de personas, que, atravesados por la culpa, se sintieron urgidas a retirarse. Solo Sonia se resistió, pero terminó saliendo, en medio de insultos y maldiciones, arrastrada por el resto de los asistentes.
Solo quedaron personas que realmente ignoraban el tormento que había atravesado Miguel.
Con ellos terminó el velatorio.
Cuando estuvimos a solas, Se presentó el espíritu del joven: ya no se veía demacrado y lastimado, sino, como el adolescente que hubiera podido ser, en condiciones normales.
Satisfecho de que la verdad hubiera salido a la luz, nos despidió con una sonrisa, ascendiendo hacia el descanso eterno.
Queda pendiente el obrar de la justicia por la negligencia criminal cometida, y espero que se dicte muy pronto un veredicto, y se desarticule la infame secta que mortificó a Miguel.
Me resta afrontar una demanda de Sonia por incumplimiento del contrato por la ceremonia fúnebre. Pero es lo que menos me preocupa.
El tumor con forma de cruz está exhibido en un frasco en los estantes de mi colección.
Pasó de su feo color oscuro a una clara tonalidad brillante. Mirarlo es recordar lo negativo y destructivo del fanatismo, en cualquier área de la vida, ya que es un triunfo de la ignorancia sobre la bondad y el sentido común: es venenoso, y hasta contagioso, si se expone a personas con ideas poco claras. Un verdadero tumor invasivo.
Usemos el pensamiento aunado al corazón, para que nadie nos manipule con fines malvados.
Quedan invitados nuevamente a pasar por La Morgue. Vengan ahora, que están vivos, para disfrutar las historias de mi colección.
Muy buen fin de semana…
Edgard, el coleccionista
@NMarmor
sábado, 6 de noviembre de 2021
EDGARD, EL COLECCIONISTA- ÁCIDO
Mi amada Aurora trajo, casi a la rastra, a una chica asustada a mi oficina.
--Habla con Edgard, Lorena. Él te ayudará.
La chica, muy nerviosa, no sabía por dónde empezar.
--Quédese tranquila. Estamos entre amigos. Lo que me cuente, no saldrá de acá.
--Gracias. Es que no quiero traer problemas a nadie…
--Cuénteme. Todo saldrá bien.
Entonces, tras un larguísimo suspiro, Lorena liberó su historia.
Hacía varios años que estaba en pareja con Francisco, un herrero.
Quién en la primera fase de su relación se mostraba como un príncipe azul, fue, lentamente, cambiando hasta convertirse en un ogro siniestro.
Con la excusa de que una princesa como ella no debería esforzarse en las rudas labores de una fábrica, le hizo dejar su trabajo, pasando a depender económicamente de él.
Poco a poco, con diferentes excusas y presiones, la fue alejando de su familia y amistades.
Comenzó a supervisar su forma de vestir, su manera de hablar, y le indicaba, incluso qué programas y series no debería ver, controlando si cumplía sus absurdos mandatos.
En principio, implementó violencia verbal, que luego fuego creciendo, hasta que llegaron los golpes, empujones y tirones de pelo.
Lorena no lograba entender cómo ese hombre encantador que la había enamorado se había transformado en un monstruo cruel e inhumano.
Hubo un brote de femicidios que se divulgaron por la prensa.
El más horrendo fue el de una mujer atacada con ácido.
Francisco parecía disfrutar del espanto en los ojos de Lorena. Al ser herrero, él manejaba ácidos, que guardaba prolijamente en su taller.
Un día en el que estaba especialmente irritado, la llamó al taller.
--¿Recuerdas a la perra que murió quemada con ácido?
--¿Por qué me preguntas eso?
--Para que tengas muy presente lo que les ocurre a las mujeres que desobedecen a sus hombres.
Quiero enseñarte algo, a modo de lección, para que no se te olvide jamás. Últimamente estás muy rebelde y deslenguada.
Extiende el dorso de la mano.
--¿Qué vas a hacer?
--¡Cállate, y obedece!
Temblando, Lorena accedió. Con un extraño gotero, Francisco le vertió un líquido, y la mujer creyó que se desmayaría de dolor.
La quemadura horrible que sintió la hizo querer correr a atemperar su sufrimiento con agua, pero Francisco, tomándola firmemente por el brazo, la retuvo.
--El agua solo la empeora—dijo, y le vertió vinagre en la herida, frenando la acción del químico.
Luego, ignorando el llanto desconsolado, le hizo curaciones y le vendó la zona afectada.
--Siéntate y escucha: ahora que sabes lo que es una quemadura con ácido, solo con una gota. Quiero que te imagines lo que sentirías si te lo arrojara en el rostro.
Te quedará una cicatriz en la mano, que te recordará siempre que debes comportarte debidamente: las mujeres nacieron para complacer a los hombres, no para hacerse las poderosas.
Me estoy cansando de renegar con tus caprichitos.
Desde hoy, cuando salga, te encerraré en la habitación. Te dará tiempo a reflexionar, y evitará que hagas estupideces.
Ahora, vete a preparar mi cena.
Desde ese día horrible, Francisco se marchaba muchas horas, dejándola presa en su habitación.
A veces, regresaba al día siguiente.
Aterrorizada, no se atrevía a quejarse.
Una tarde en la que Francisco estaba particularmente cordial, le pidió que le acercara la merienda al taller.
Ella, sin decir palabra, preparó la bandeja con las delicias que disfrutaba el hombre, y, con premura, se la dejó en la banca de trabajo. La miró agradecido, y la besó, sonriéndole como lo hacía en los primeros momentos, en los que creía haber encontrado al amor de su vida.
Ya se estaba retirando, cuando vio una barra de hierro apoyada en la pared. Con una extraña sensación de irrealidad, la tomó, y cobrando una fuerza que se desconocía, le partió el cráneo, mientras el tipo tragaba sus bocadillos.
Lo observó caer, con los sesos afuera.
Como en un trance, recorrió el tallercito, y encontró varios tambores de ácido. Uno, enorme, estaba vacío.
Con una sierra cortó el cadáver en trozos, y los fue metiendo dentro del tambor.
Tomando unos guantes especiales que le había visto tener puestos cuando manipulaba químicos, fue vertiendo con una jarra que tenía ese fin, ácido sobre los restos del gigantesco tambor, hasta cubrir los inmundos pedazos del cadáver.
Cuando terminó su infausta tarea, ya estaba bien entrada la madrugada.
Le puso al tambor la tapa, y se abocó a limpiar el sangriento desastre del taller.
Para el amanecer, todo estaba pulcro e impecable. Nadie adivinaría jamás el horror sucedido entre esas paredes.
Lorena se preparó el desayuno, y comió con un placer que había olvidado.
Había perdido mucho peso, y la comida le supo a gloria.
Luego, cantando alegremente, hizo sus valijas, y también las de Francisco.
Se tomó un taxi, regresando a la casa de sus padres, que la recibieron muy felices, pero antes, hizo una parada para arrojar las cosas de Francisco en un vertedero.
El taxista era un hombre hosco, que no le hizo preguntas.
Ella le dejó una generosa propina, que el tipo agradeció con una especie de gruñido.
Ya tranquila en su casa, fue retomando su vida: volvió a socializar con sus amigas, y consiguió un nuevo empleo, a tiempo parcial: su nueva meta era estudiar una carrera.
Como quién despierta de una pesadilla, imbuida en su nueva y grata realidad, una madrugada se despertó con un horrible dolor en la cicatriz de su quemadura. Horrorizada, se percató de que refulgía en la oscuridad, como lava candente. Pero lo peor, fue descubrir el espectro de Francisco, que la miraba con una sonrisa llena de odio feroz.
Reprimiendo los gritos de dolor, paralizada de espanto, aguantó la mirada de Francisco, terriblemente desfigurado con ácido, flotando sobre ella, con un frasco en la mano.
Entendió que el espectro quería vengarse. Recién al amanecer desapareció, y su cicatriz dejó de doler, volviendo a la normalidad.
Una semana completa aguantó esa tortura, sin contarle a nadie su padecer.
Quiso el destino, que, al salir de su trabajo, agotada y ojerosa, se topara con Aurora, a quién conocía de pequeña.
Aceptó de inmediato la invitación a tomar un café, y le contó, conmocionada, su espantoso problema.
--Mi querida Lorena: conozco a la persona justa que puede ayudarte.
Sin darle tiempo a reflexionar, la trajo hasta aquí, acertadamente.
La muchacha, al contar su historia, aunque estaba bañada en lágrimas, parecía aliviada.
--Ha hecho muy bien en sincerarse, Lorena. La ayudaremos.
--¡Soy una asesina, Edgard! ¡Lo que me pasa es mi castigo!
--No es cierto. Es usted una víctima. Y ya mismo nos pondremos en marcha para solucionar este problema. ¿Tiene las llaves de la casa de Francisco?
--Si. Aún están en mi llavero…
--Entonces nos vamos para allá.
Luego de que mi querido ayudante, Tristán, le acercara un refresco a Lorena, nos subimos al coche, dirigiéndonos a la casita de la tragedia.
Lorena temblaba. Le choqueaba volver al lugar del espanto.
Entramos al taller, y no bien lo transpusimos, el grito de la muchacha nos advirtió que Francisco estaba presente: la cicatriz de su mano refulgía al rojo vivo, y el deformado espectro malvado flotaba adelante nuestro, sosteniendo su frasco.
Con Aurora y Tristán, impusimos frente a él nuestras manos:
--Francisco: es hora de que abandones el odio, y trasciendas hacia un plano de luz. Deja en paz a esta chica. Perdónala, y perdónate.
Lejos de tomar en cuenta mis palabras, los ojos del ente crecieron, bulbosos, saliendo hacia afuera como dos globos aterradores, expresando una maldad malsana.
Los dedos, prácticamente garras descarnadas, comenzaron a destapar el frasco, con intensión de atacarnos.
Saqué entonces, de mi bolso, una botella de vidrio repleta de líquido.
--¡Ya que no entras en razones, inmundo ser, te condeno al lugar del infierno a donde perteneces!
Le arrojé el líquido encima, y el espectro se retorció de dolor, entre una nube de humo asqueroso. Solo quedó, mientras se derretía horriblemente, el frasco, que cayó sin romperse al piso del taller.
Cuando por fin el inmundo vapor se disipó, Lorena me preguntó:
--¿Le echó usted ácido, Edgard?
--No. Era agua bendita. Olvídese del ácido, Lorena. Ya nadie le hará daño.
Antes de retirarnos, tomé el frasco del suelo, para mi colección.
Llevamos a la chica a su casa, agradecida y aliviada.
Pueden decir que hemos encubierto un crimen. Yo no lo creo así.
Siento que hicimos lo correcto.
Lorena estudiará una carrera para ayudar a mucha gente abusada. Ella no es una asesina.
Si quieren ver el frasco de ácido, está en las estanterías de mi colección. Cada tanto se sacude, como queriendo esparcir su nefasto contenido, pero la energía del lugar le impide realizar maldades.
¿Alguien tiene dudas de que no hay que maltratar a las mujeres?
Edgard, el coleccionista
@NMarmor
viernes, 29 de octubre de 2021
EDGARD, EL COLECCIONISTA- EL CUMPLEAÑOS DE EDGARD
No se enojen. Soy Aurora, la novia de Edgard.
Estoy usurpando su espacio para contarles algo.
Como él mañana cumple años, hemos decidido, con Tristán, su ayudante y amigo, prepararle una fiesta sorpresa.
Lo difícil de esta empresa, es que sea una reunión tranquila, ya que el 31 de octubre es una fecha muy particular: es un portal que se abre, permitiendo que los seres de otros planos ingresen al nuestro.
Así que iremos hoy a medianoche hasta el cementerio para completar un ritual de “contención”.
Vamos a presentar una petición especial a los seres del inframundo: que se abstengan de visitar a Edgard mañana. Su energía, sumada a nuestros dones, son un imán para que los entes más variopintos lo quieran abordar, con toda clase de intenciones.
Percibo a un Wendigo cerca, muy cerca. Tiene hambre de carne humana.
El lujurioso Kurupí querrá valerse de la fuerza emocional de Edgard para usar su falo monstruoso para apresar una víctima.
A pesar de que no hay luna llena, el Lobizón vendrá para cazar a alguna presa desvalida: la fecha portal lo habilita.
También andan rondando: Picudo, Camazotz, Cadejo, Cayancúa, Carretanagua.
La Llorona no quiere ser menos. El Coco tampoco.
Sé que a Edgard no le agradaría este detalle, pero las velas que utilizaremos son hechas con grasa humana, y deberemos sacrificar un animalito para que fluya su sangre, y la transición limpie el portal. Elegí a un cabrito enfermo, para no tener remordimientos: el pobre, morirá pronto de todas maneras…
Les pido discreción: Edgard no debe conocer esto.
Con la tierra del cementerio mezclada con sangre, modelaremos un muñeco, al que vestiremos con un sudario, extraído de una vieja tumba, y lo rodearemos de las velas que mencioné anteriormente.
Una vez encendidas, deberemos danzar alrededor completando una serie de rezos, rogando a los seres que intentarán entrar a nuestro plano que se alejen de Edgard, dejándole como regalo el cabrito, e intentando calmar sus ansiedades ancestrales con la sangre del pobrecito…
Luego de nuestras plegarias, los espíritus inquietos entrarán en el muñeco de barro y sangre: si logra caminar sin apagar todos los candiles, podremos considerar exitoso el ritual.
Lo que sí es peligroso, es que el muñeco, una vez atravesado el cerco de velas, quiera desquitar su ira con nosotros, ya que le crecerán grandes y afilados colmillos y garras.
Dependerá de nuestro temple espiritual imponerle la fuerza necesaria para convencerle de desistir de sus intenciones asesinas.
Si lo logramos, deberemos apagar las velas con agua bendita, y se las llevaremos a Edgard para que las guarde en su colección: tendrán la energía apresada de los seres que moran entre los dos planos. Es posible que alguna se encienda sola, cada tanto, para manifestar algún deseo de las viejas entidades: Edgard tendrá que interpretar de qué se trata, pero bueno, si pienso en todos los detalles negativos, me paralizaré, y no lograremos nuestro objetivo.
Así que, en un rato, iremos con Tristán a cumplir nuestro cometido.
Queremos que Edgard festeje en paz su cumpleaños, así que bien vale la pena intentarlo.
Tengo curiosidad por saber: ¿qué monstruos rondan cerca de sus comunidades? ¿Conocen a alguno de los que mencioné?
Como ustedes no tienen la posibilidad de realizar el ritual de contención, les recomiendo que el 31 de octubre revisen bajo las camas antes de acostarse, y recen para tener una noche sin visitas. No olviden que, con el portal abierto, cualquier ser “tiene permiso” de pasar a nuestros hogares.
Pero no quiero asustarlos, solo es un consejito de alguien muy cercano a Edgard.
Por cierto: pasen por La Morgue, y súmense al festejo, saludándolo.
Guárdenme, por favor, el secretito…
Edgard, el coleccionista
@NMarmor
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