viernes, 7 de enero de 2022

EDGARD, EL COLECCIONISTA - EL CADÁVER SECUESTRADO

El comisario Contreras vino a visitarme con una mujer hermosa, que se frotaba nerviosamente las manos, apartada de nosotros, para darnos privacidad. --Sé, amigo, que lo que voy a pedirle va contra la ley. Una contradicción absoluta, viniendo de alguien que vela por ella. Pero a veces es preferible obviar algunos pasos… Le pido por favor que escuche a Natalia, y decida si nos desea ayudar, o no… Los hice pasar a mi oficina, y le pedí a ella que hablara. --Muchas gracias por recibirme, caballero. El comisario fue muy noble en no castigarme por mi delito. Y ahora, le voy a contar mi problema. Espero pueda ayudarme… Me casé muy enamorada con Miguel. Sentía una adoración absoluta por él. Sé que era mutuo. Vivíamos una pasión que nos llevaba al desenfreno total. Éramos, además de esposos, amigos, cómplices, amantes apasionados. En una de esas largas noches sin control, en el medio del coito, Miguel sufrió un ataque al corazón. Soy enfermera, así que obré con rapidez: hice todas las maniobras pertinentes para resucitarlo, (no respiraba, ni tenía actividad cardíaca), e incluso le inyecté directo adrenalina. Hice exactamente lo mismo que un médico, con la misma pericia y profesionalidad. Pero, para mi desgracia, Miguel no volvió. Estaba consternada, arrasada por un dolor que no puedo explicar con palabras. Pensé, en principio, en matarme también: la vida no tenía sentido para mí sin su amor. Me dije que lo haría luego de despedirme, y dormir abrazada a él por última vez. Cuando desperté en la mañana, Miguel ya estaba frío y lívido. Tenía que llamar a las autoridades, y, aunque se me partiera el corazón, despedirlo. Entonces me surgió una rebeldía obstinada: no quería separarme de él. En vez de ponderar estúpidos planes de suicidio, cambié de opinión, e investigué rápidamente métodos de conservación de un cadáver. Logré embalsamarlo con bastante eficacia. Bueno, para ser sincera, no lo debo haber hecho bien del todo, ya que con el paso de los días, se sentía olor a putrefacción, pero la satisfacción de no tener que separarme de Miguel, compensaba ese pequeño inconveniente. Como mi esposo trabajaba por su cuenta, viajando para vender seguros, a quiénes me preguntaban por él, les decía que estaba de viaje, y a los empresarios con los que tenía trato, les contaba que había optado por otros productores, en diferentes rutas comerciales. Como sus únicos parientes vivían lejos, yo les enviaba correspondencia en su nombre, y trucaba algunas fotos, para que nadie sospechara de su muerte. Así que cuando terminaba mi jornada laboral, espantaba las moscas, sacaba con una pinza odiosos gusanos que intentaban morar su amada carne, y me tendía junto a él, abrazándolo estrechamente, ignorando el olor, y soñando que estaba vivo y que me amaba apasionadamente. Después de un larguísimo tiempo, mientras en las largas noches acariciaba y me frotaba contra su cuerpo, ocurrió un fenómeno extraño: apareció su espectro. Yo estaba loca de alegría, pero esa sensación se evaporó con rapidez: el fantasma de Miguel parecía muy triste. Le manaban lágrimas fosforescentes. Me señalaba su cuerpo, al que yo seguía adorando como si fuera lo más perfecto en la faz de la tierra, y me hacía ver el horroroso deterioro que había sufrido: medio podrido, con las facciones deterioradas, y algunas partes se le…habían desprendido. Su zona íntima, unos dedos, un pedazo de pie… Es que yo, en el fuego de mi pasión nocturna, lo abrazaba y movilizaba demasiado fuerte, quizás… El punto, señor Edgard, es que recién allí me di cuenta que mi obrar, fruto de mi amor obsesivo, podía no dejar descansar en paz al pobre Miguel. Así que, con el corazón roto, entendiendo que debía renunciar definitivamente a él, fui a hablar con el comisario Contreras, que es conocido de mi familia, y al que le tengo gran estima y respeto. Él sabe que soy una buena persona, incapaz de hacerle daño a nadie, y que consagro mi vida a ayudar al prójimo… Me dijo que usted es una persona más que confiable, muy discreta y comprensiva. Le quiero pedir que oficie el velatorio de Miguel, por favor… --¿Hace cuánto falleció su esposo? -- Dos años. Tragué saliva. La imagen de la bella mujer acariciando con pasión un cadáver putrefacto me choqueó bastante, pero no dejé que se dejara ver en mi gesto. --Usted debe saber que para hacer esto en un marco legal, necesitamos un certificado de defunción. Y no nos serviría uno fechado al momento del deceso. --Lo sé, Edgard. Tengo un médico amigo que está dispuesto a hacerlo: yo le salvé la vida a su bebé, cuando ingresó a la guardia casi muerta, ahogada con un trozo de comida. También, dicho sea de paso, ayudé al comisario cuando un maleante lo baleó: conseguí frenar una hemorragia que se lo hubiera llevado, sin mi intervención. Contreras se ruborizó. Le debía un favor a Natalia, y no se sentía orgulloso de involucrarme en ello. Cavilé unos segundos: la chica no estaba muy bien de la cabeza, obviamente, pero mi don me hacía percibir su ausencia de maldad o perfidia. --Muy bien, señora. Estoy dispuesto. Dadas las circunstancias, será un velatorio a cajón cerrado. --¡Gracias, señor Edgard! ¡Es usted un santo! ¿Cree que luego de velarlo y enterrarlo, el alma de mi Miguel pueda descansar en paz? -- Claro que sí, Natalia. Ese es el motivo principal por el que prestaré mi ayuda. Deje eso en mis manos… -- Sé que es abusarme, pero quiero pedirle otro favor…Ya le conté que Miguel está un poco…desarmado…Yo quisiera conservar una pequeña partecita de él… El comisario me dijo que usted colecciona ciertos objetos: puede quedarse con lo que le parezca, si me deja lo que le diré en el oído, para tenerlo cerca, pero sin ofuscar su espíritu… No me hizo falta escuchar lo que me susurró para saber lo que quería guardar de su esposo. Me estremecí de espanto, pero intenté comprender sin juzgar. Lo que sí hice fue mirar coléricamente a Contreras: había hablado de mi colección con una extraña. Natalia lo captó enseguida, y me dijo: --No se enoje con el comisario. Él me comentó ese detalle llenándolo de elogios, por sus valores humanos, y su don para dar paz a los muertos. Sé que esos objetos son para almacenar una energía casi sagrada, diría yo. No hablaré nunca, jamás de ello con nadie… Y así fue como oficié el velatorio más bizarro de mi devenir como funerario. No me asombré al ver la multitud que acudió a la despedida. No solo amigos y parientes del difunto, sino muchísima gente a la que la generosidad y altruismo de Natalia en su labor de enfermera había beneficiado con la bondad y entrega que la caracterizaba, y por la cual me presté a la irregular situación. Al concluir la ceremonia, puedo decir con beneplácito que Miguel ascendió hacia la luz del descanso eterno. Tuve que darle a Natalia el frasco con lo que me pidió. Su sonrisa de agradecimiento beatífico compensó mi sensación de asco por su estrafalaria solicitud. Y en mi colección, quedó un dedo de Miguel, señalando hacia arriba, como recordando que ahora se encuentra con el alma en reposo, en el lugar indicado… Los invito a La Morgue a visitarme, y, de paso, me cuentan si conocen alguna historia de amor tan loca como esta: no lo creo, pero soy todo oídos…

sábado, 1 de enero de 2022

EDGARD, EL COLECCIONISTA - LA HOGUERA

Pese al calor infernal que nos azota, con la bendición de los dirigentes del pueblo, migramos hasta la orilla del río, al pie de la sierra, para cumplir con el ritual de nochevieja, y comenzar el año con buenos augurios. Allí se encendió una gigantesca hoguera, controlada con pericia por los bomberos para que no prendiera la foresta tantas veces azotada por esa desgracia, y frente a ella cantamos, arrojamos notas con las cosas que deseamos “quemar” del año que se marcha, y pedimos nuestros deseos para el venidero. Una orquesta local, amenizó el evento. Brindamos y festejamos con amigos, vecinos y conocidos. Tiara, una muchacha que había acudido al festejo sin su esposo, y cuyos cardenales morados se hacían visibles aún en la oscuridad, bajo la lumbre del fuego, nos saludó en forma distante, con la mirada ida. Se marchó silenciosa, con el paso decidido de quien tiene un propósito muy claro. Luego nos enteramos de su plan. Tiara llegó a su casa, donde su marido, desmayado en la cocina de la borrachera, roncaba porcinamente su sopor alcohólico. Horas antes había golpeado a la chica, cuando le reclamó su estado, y cómo derrochaba dinero en licor, mientras que nada había para comer en el hogar. Huyó de la paliza, uniéndose a la expedición hasta la hoguera, y mirando a su sudoroso y desaseado esposo, con los puños aún crispados, como preparados para atacar, aún inconsciente, a cualquiera que se interpusiera entre su vicio enfermizo y él, comenzó a cantar en forma monocorde una de las alegres canciones que escuchó en el ritual findeañero. Amarró a Santino a la silla dónde se había desmoronado de beodez, y le volcó vodka, como bautizándolo, mientras seguía cantando en forma átona. No conforme, reforzó el “baño” con alcohol de quemar. Santino se revolvió un poco en su asiento, pero no despertó. Tiara buscó las fotos guardadas en una caja, donde la pareja salía plasmada en diversas poses felices, de una época mejor. Tomó una caja de fósforos, y fue arrojándolos sobre su esposo, que, al comenzar a arder, despertó aterrado, gritando desaforado, con aullidos sobrecogedores. Intentó forzar sus ataduras, pero eran de recio alambre. Tiara le arrojó más alcohol de quemar, y fue tirando en la tea humana las fotos que había traído, cantando la canción de la hoguera, con la mirada perdida, y una sonrisa vacua. Extraordinariamente, nada alrededor de Santino se incendió. Solo él se calcinó lenta y dolorosamente, con una agonía cruel, brindando un espectáculo que hubiera causado el desmayo del más curtido, duro y estoico. Pero Tiara solo lo observaba con su sonrisa bobalicona, quemando con él sus fotos de boda, y así hubiera seguido por horas, quizá, si la policía, alertada por los vecinos, no hubiera acudido a la vivienda e irrumpido, quedando horrorizada con la macabra escena de los últimos estertores y aullidos agónicos de Santino, y la placidez extraviada de Tiara, que le dijo a los oficiales: --Ya hice mi pedido de año nuevo, con mi propia hoguera… Los hombres, pese a la conmoción, intentaron salvar al hombre, pero nada se podía hacer a esa altura: era un guiñapo carbonizado sobre los restos metálicos de una silla, con los alambres que lo sujetaron ardiendo aún al rojo vivo. La justicia dictaminó que la muchacha obró en un colapso nervioso, un brote psicótico, y actualmente está bajo tratamiento psiquiátrico. Dice no recordar nada, luego de la paliza que le dio Santino. Yo creo que la hoguera de año nuevo seguirá ardiendo en su alma para siempre, en una extraña forma liberadora, pese a la crueldad de su ritual personal. El comisario me hizo llegar una foto que se salvó de las llamas: en ella quedó intacta la imagen de la muchacha, vestida de novia, con una sonrisa feliz y esperanzada. La mitad que le falta, se la llevó el fuego, quemando al novio… Tengo la foto incompleta en mi colección. Me hace pensar en qué mala combinación son los vicios, la violencia y la falta de amor. Y en el horror absoluto de morir quemado vivo… Deseándoles el mejor comienzo de año posible, los invito a visitarme en La Morgue: no tienen excusa para no venir: hoy es día festivo, y pueden recorrer, historia por historia, todos los objetos de mi colección. Y, de paso, sacar conclusiones para tomar buenas decisiones durante esta nueva etapa. Los espero, levantando mi copa… ¡Feliz Año Nuevo!

sábado, 25 de diciembre de 2021

EDGARD, EL COLECCIONISTA - NAVIDAD SANGRIENTA

Nunca la Navidad ha sido una época tranquila para mí. En el pueblo, la tasa de suicidios y hechos de violencia alteran al pueblo aumentando exponencialmente. La ingesta desmedida de alcohol, y la tendencia a hacer balances personales en fechas saturadas de mensajes consumistas y exposiciones de falsa felicidad exhibicionista, potencia esos resultados tan tristes. Pero este año, la impronta fue especialmente sangrienta. Nicolás era un niño diferente, con una deformidad en su cráneo y extremidades, producto de la acromegalia que padecía. Su rostro alargado, delgadez y estatura extrema, lo hicieron blanco de las burlas de sus pares. Para colmo de males, con el fallecimiento de su madre, unos parientes lejanos tomaron su custodia, y el muchacho sufrió por parte de ellos abusos físicos y emocionales. En la adolescencia fue noticia. Los periodistas lo llamaron “El esqueleto justiciero”, ya que el joven asesinó en forma cruenta a su familia adoptiva, cansado de las vejaciones infligidas por ellos, y, además, extendió su accionar hacia otros perversos abusadores de niños, matando y mutilando hasta que la policía le puso freno, deteniéndolo. Un abogado defensor consiguió declararlo no competente, arguyendo que el maltrato padecido lo había trastornado psicológicamente, motivándolo a su conducta violenta. Fue ingresado a una institución psiquiátrica, de la que escapó la semana pasada, sin dejar pistas sobre su paradero. El punto es que Nicolás, decidió vestirse de Santa, y visitar a quienes consideró “que se habían portado mal”, (nadie sabe de donde consiguió la información de sus víctimas, que efectivamente, tenían un terrible historial del que habían salido impunes), y sacando de su bolsa una serie de elementos prácticamente de tortura de su alegre bolsa roja, cercenó, destripó, mutiló y asesinó a numerosos habitantes con una rapidez y eficacia espeluznante. Su última visita fue a la familia de Pablito, un pobre niño cuya madre permitía que su padrastro abusara brutalmente de él. A la mamá la abrió en canal con un horroroso cuchillo curvo, dejando tanta sangre en el lugar del hecho, que prácticamente el suelo parecía una pileta escarlata, en la que también flotaba el infausto amante de la mujer. Pablito, en el patio, recibió de manos de Nicolás un regalo. --¡Muchas gracias, Santa! ¡Es justo lo que yo pedí para Navidad! --Me alegra que te haga feliz. Eres un niño muy bueno. Ya nadie te hará daño, pequeño. En ese momento, la policía entró al patio de la casa, apresando a “Santa”, horrorizándose al ver jugar a Pablito a la pelota con la cabeza de su padrastro, sonriendo con una alegría y un brillo espeluznantemente macabro en sus ojitos pardos. Fue trasladado a cuidados infantiles, donde se constató con una revisación médica los espantosos vejámenes que había sufrido la pobre criatura. En cuanto a Nicolás, que no opuso ninguna resistencia a las autoridades, lo llevaron mansamente hacia el neuropsiquiátrico de donde huyó, sin entender cómo había conseguido información, el arsenal de elementos cortantes que tenía, y el macabro traje, que, empapado de sangre, hacía que el rojo tuviera un tinte surrealista. Él no develó su secreto, pero manifestó sentirse sumamente satisfecho con su accionar. Tendré mucho trabajo despidiendo tanta gente asesinada, que deberé reconstruir como rompecabezas de carne, si hay que velarlos a cajón abierto… Mi amigo, el comisario Contreras, me dejó el gorro del disfraz de Santa que usó Nicolás, endurecido con la sangre seca de sus víctimas. Ya está exhibido en mi colección. Si quieren verlo, acérquense a La Morgue. Espero que se hayan portado bien, porque, por lo menos en mi pueblo, Santa castiga muy duramente a la gente malvada… ¡Muy felices fiestas, mis queridos amigos! Edgard, el coleccionista

sábado, 18 de diciembre de 2021

EDGARD, EL COLECCIONISTA- EL CARROÑERO

Un hombre trajeado llegó a visitarme, con un portafolio. No bien lo vi, experimenté un gran rechazo por él. --¿En qué le puedo ayudar? -- Quizás yo le pueda ayudar a usted. Tengo entendido, por colegas suyos, que el negocio funerario no está en su mejor momento. --Así es. La economía no es favorecedora. -- Vengo a ofrecerle la oportunidad de conseguir un ahorro significativo en los insumos. Puntualmente, en los féretros. ¿Cómo le suena adquirirlos a un treinta por ciento de su valor real? -- Pues muy extraño. Yo trabajo con materiales de alta calidad. Además, tengo un convenio de varias generaciones con los mismos fabricantes. --Los convenios se pueden revocar. Y lo que le ofrezco es de primera. Le voy a mostrar una carpeta con las fotos, para que compare, y saque cuentas. Sin ningún interés en hacer negocios con el hombre, pero llevado por la curiosidad, miré el catálogo que me ofreció. Inmediatamente, al ver los ataúdes lujosos que realmente tenían precios ridículamente bajos, recordé una historia que me había contado no hacía mucho un colega, en un pueblo bastante lejano, al que había visitado. En ese lugar había varios cementerios. La proximidad con la ciudad hizo que se tuvieran que habilitar muchos lugares para el descanso eterno, ya que las leyes de la zona no permitían estos predios en el área urbana. El tema es que se había detectado que, en los decesos de los últimos meses, las tumbas habían sido removidas. Un encargado, con permiso judicial, desenterró uno de los lugares sospechosos, y se encontró con el cuerpo directamente en tierra, desprovisto de su féretro. Lo más terrible fue que el cadáver había sido mutilado: le faltaban dedos de la mano. Horrorizado, y ya con una investigación a cuestas, procedió a revisar los demás lugares sospechosos, y se encontró con el mismo escenario siniestro: cuerpos sin ataúd, y sin un pedazo, obviamente cortado adrede y robado. A los muertos le habían arrancado tozos al azar: narices, genitales, pechos, pies, orejas… Se extendió la investigación en los cementerios restantes, y otros en zonas colindantes, con los mismos horrorosos descubrimientos. Pese al accionar policial, no pudieron lograr datos que los llevara al perpetrador de los espantosos robos, que se iban extendiendo en forma aleatoria por varios lugares, sin un esquema geográfico definido. Se le empezó a llamar al ladrón como “El carroñero”. Ni bien terminé de hojear la carpeta, tenía claro que el pálido tipo delgado, peinado hacia atrás con fijador, e inquietas manos de dedos larguísimos, era el infausto ladrón. Me sentí descompuesto. Este hombre reciclaba los ataúdes para venderlos, y una extraña perversión lo hacía despojar a los finados de partes de sus cuerpos. ¿Qué haría con ellos? Convencido de mi percepción simulé cierto interés. No bien lo hice, el deleznable Gregorio me dedicó una sonrisa de hiena, y mientras me explicaba el procedimiento de compra, que sería obviamente en la ilegalidad, pude ver cómo una horda de espectros mutilados, con semblante indignado, se materializaron a sus espaldas, señalándolo con ira. Gregorio, entusiasmado con lo que creía iba a ser un gran negocio, seguía en su perorata, sin notar que yo miraba a los aparecidos, uno a uno asintiendo, para calmarlos. Mi repulsión se magnificó al observar que a uno de ellos les faltaba un ojo. --No se hable más, Gregorio. Cerraré el trato con usted, con una pequeña condición. --Dígame, por favor. Me concentré, para lograr que el malvado pudiera visualizar a los difuntos tal y como yo lo hacía. --Mi condición es que les explique a mis amigos las bondades de esta transacción. En segundos, el gesto de rapaz avaricia del hombre transmutó en el del horror más absoluto, al ver a los espantosos espectros incompletos señalándolo con odio. Comenzó a gritar y a gemir como un animal. --¡Ayúdeme! ¡Sáquelos de aquí! -- No se irán hasta que usted confiese ante la justicia su asqueroso accionar. -- ¡Pero no le he hecho daño a nadie! ¡Los muertos no necesitan un ataúd! ¡Nada de malo tenía sacarlos y volverlos a vender! --¿Y también le parece que no tiene nada de malo cortarles un pedazo? --¡No sienten dolor! ¿Qué más daba? Me gusta tener piezas de los muertos. Es un hobby inocente… El gesto de los espíritus se hizo feroz. No dejaban de señalarlo con desprecio e ira. --¡Ya basta! ¡Haga que se vayan! --¿Confesará usted su accionar? --¡Sí! ¡Pero sáquelos ahora! ¡No soporto verlos! Les hice una señal de asentimiento: entendieron que estaban libres del plano terrenal, que se haría justicia. Cruzando los brazos en el pecho, se esfumaron en una bruma iridiscente, y se desvanecieron, marchando hacia la luz. Dejaron a su partida un puñado de tierra, la del cementerio que los albergaba, en el piso de mi oficina. Gregorio se quedó gimiendo en el suelo, en posición fetal, y así lo encontró el comisario Contreras cuando acudió rápidamente a mi llamado. Posteriormente, se allanó el domicilio del tipo, encontrando el macabro tesoro en su habitación: todos los pedazos robados de los cuerpos, toscamente embalsamados, algunos en estado de putrefacción. Los tenía junto a su cama, en una mesa. Probablemente los manipulaba antes de dormirse… En un depósito que alquilaba, hallaron los numerosos féretros robados, y arreglados para ser vendidos. Gregorio terminó en un hospital psiquiátrico, por el accionar de su abogado. Yo no creo que estuviera loco. Enfermo, sí, pero era plenamente consciente de sus aberrantes actos. Los montoncitos de tierra que quedaron en el piso de mi oficina, fueron guardados en saquitos de tela, con una cruz dibujada en ellos. Están ahora en los estantes de mi colección, para honrar la memoria de los muertos. ¿Qué opinan ustedes, amigos? ¿Gregorio era un loco, o un perverso? Acérquense a La Morgue para contarme su opinión, y, de paso, escuchan todas las historias de mi colección.

sábado, 11 de diciembre de 2021

EDGARD, EL COLECCIONISTA- UN TROZO DE CARNE

Me llegó el cuerpo de Armando para despedirlo. La viuda, desconsolada, me dio una enorme cantidad de dinero, pidiéndome discreción. Yo, confundido, no entendía a qué se refería Marcela. Ella tiene una familia muy influyente, y ya me había abonado el servicio más caro. Cuando me tocó el momento de preparar a Armando, comprendí a qué se refería. Marcela era muy apasionada en su matrimonio, y su dinámica erótica se basaba en besos. Nada de malo o anormal. Pero en algún momento, la mansa práctica cambió de dinámica: pasó de besar a morder durante el coito. En principio, era algo moderado, y hasta agregaba pasión y novedad. El tema degeneró en algo desagradable cuando las mordidas de la mujer se volvieron violentas y dolorosas. Armando le propuso a Marcela ver a un psicólogo para moderar su agresiva pulsión, y ésta se indignó, poniéndose molesta, y reprochándole su falta de hombría: era su propia debilidad lo que necesitaba tratamiento psicológico. Por otra parte, le mencionó el poder que tenía su familia en la comunidad, en cómo podría terminar su carrera de docente si se ponían en contra de él. El hombre comenzó a sentirse amenazado por su esposa. Le temía. Incluso se veía presionado a tener sexo cuando Marcela lo ordenaba, con la desagradable intervención de la tortura de los dolorosos mordiscos, cada vez más fuertes e intensos: llegaba a sacarle sangre. Armando sentía que su vida se deterioraba. Tenía pesadillas en las que Marcela lo devoraba. Comenzó a tener temblores tan marcados, que a veces, frente al aula, los alumnos percibían cómo se le dificultaba al profesor escribir en la pizarra. Cuanto más se veía atemorizado y acorralado, más deseo tenía Marcela de su marido. El punto álgido llegó cuando en un momento de exaltación extrema, Marcela le arrancó un pedazo del hombro de un mordisco feroz. El pobre hombre aulló de dolor, horrorizado. Marcela parecía en el nirvana más elevado de placer, y para el espanto absoluto de Armando, masticó el trozo arrancado, con cara de éxtasis, mientras le chorreaba sangre por la boca. Luego de eso, le curó la herida a su esposo con gran esmero, pero le prohibió absolutamente acudir a un médico, porque no quería “tener su vida privada en boca de todos”. Como Armando se sentía muy dolorido, le rogó que le consiguiera un médico con sus famosas influencias familiares, pero ella se negó obstinadamente. El profesor fue a trabajar en un estado lamentable. Llegó un momento en que la fiebre le impidió acudir a dar clases. Marcela le cambiaba los apósitos, sin mencionar que manaba la herida un pus inmundo, y la zona estaba ennegrecida, dura y caliente. Finalmente, el hombre falleció de una sepsis, y recién ahí, la esposa llamó a un “médico discreto”, pero para que firmara el certificado de defunción por muerte natural. Cuando desvestimos con mi ayudante Tristán a Armando para prepararlo, nos horrorizamos por las innumerables cicatrices de mordidas en todo el cuerpo, y la espeluznante herida en su hombro, asquerosa y putrefacta. En ese momento comprendí que el pedido de “discreción” era un soborno de complicidad de una atrocidad espantosa. Mientras lo discutíamos con Tristán, apareció el espectro de Armando, desnudo, con sus terribles cicatrices al rojo vivo sobre la lividez cerúlea de su cuerpo, y el hombro desgarrado manando un apestoso líquido verde. Nos miró a los ojos con una tristeza inconmensurable. Entendimos cuál era su deseo, y asentimos. El velatorio comenzó normalmente, con la escena típica de la viuda llorando amargamente sobre el féretro del difunto, y todo el mundo consolando a la “pobrecita”. Cuando la actuación de Marcela estaba en su punto cúlmine, entró el comisario Contreras con dos agentes, y se llevó a Marcela esposada, que, en el colmo de su indignación, vociferaba mencionando que el poder de su familia los aplastaría a todos, empezando por mí, “ese miserable funebrero traidor y charlatán”. Fue un escándalo en el pueblo. Y sí: Tristán y yo denunciamos el estado del cadáver, que no se condecía con el certificado de muerte natural. Cuando se fueron los últimos deudos, apareció ante nosotros el espíritu de Armando, sin sus mordidas, y dejó caer el espeluznante pedazo de carne que su mujer le había arrancado en la pulsión enferma de su pasión. Con un gesto de placidez, nos saludó y se elevó mansamente, liberado del dolor que lo anclaba al plano terrenal. En un frasco con formol flota el trozo de hombro de Armando, en una de las estanterías de mi colección. No es bonito de ver. Es muy probable que Marcela no expíe como debiera su crimen. Seguramente su pudiente familia le conseguiría una condena de lujo en un sanatorio psiquiátrico para gente acomodada. Resta rogar por la justicia Divina. Al menos, el alma de Armando descansa en paz. Los invito, como cada semana a La Morgue, para que les cuente todas las historias atesoradas en mi colección.

sábado, 4 de diciembre de 2021

EDGARD, EL COLECCIONISTA- LA HACEDORA DE DEMONIOS

Aurora me trajo a mi oficina a una chica en plena crisis de nervios, que lloraba y se tapaba los ojos. Cuando logró serenarse, Aurora le pidió que me contara su historia. María Luna era una compañera del grupo de adoradores de la Pacha Mama. Desde niña tenía “el don”, pero siempre reprimido por la intervención de su madre y su abuela, que le decían que era peligroso darle rienda suelta, ya que el poder que manejaba podría dar vida a los demonios. Así que cada vez que su instinto le mostraba algo ajeno a la realidad, o la instaba a mover su energía hacia el exterior, ella lo negaba, y lo guardaba dentro de sí. Pero al llegar la adolescencia, con las hormonas y la rebeldía, la joven descontroló ese enorme caudal de poder, que conseguía tener dominado con los consejos de los adoradores de la tierra. Ese día su novio la decepcionó con una infidelidad. La intensidad de sus emociones la desbordaron, y su energía se volcó hacia un camino oscuro. --Sentí un dolor enorme. Una rabia tremenda. Un odio desmesurado. Grandes deseos de venganza. Me afloró una envidia malsana por esas chicas con parejas fieles y sin problemas. Y un despecho gigantesco. Me vibraban en el pecho esos pensamientos, y salieron de él transformados en rayos de luz, que, ante mi absoluto asombro y terror, se transformaban en campos de materia oscura, e iban cobrando formas horrendas. Todos mis malos pensamientos transmutaron en monstruitos, del tamaño de duendes, uno más horroroso que el otro, a cuál más abyecto y ruin. Quise controlarlos, pero se rieron en mi cara, diciéndome que yo les había dotado del combustible necesario para entrar al plano terrenal, y que esta noche, se apoderarían del pueblo para realizar una masacre, comenzando por quién provocó el “milagro” de sus existencias. Ahora estoy aterrorizada. No sé de qué son capaces esas horribles criaturas. Si ocurre algo malo, yo seré la responsable. --No es así, María Luna. Tu madre y tu abuela, en vez de reprimir tu don, debieron enseñarte cómo manejarlo: ellas lo tenían, y sabían las consecuencias de un poder mal utilizado. Es normal que te hayas enojado. No buscaste materializar demonios. Pensaremos alguna solución. Son seis los entes, ¿verdad? --Sí. Seis pequeñas abominaciones con colmillos temibles, garras espeluznantes, ojos malignos, y una agilidad salida del mismo infierno. --Tú que conoces las leyes de la tierra, Aurora, ¿sabes cómo invocarlos, para traerlos hacia nosotros? --Sé hacerlo. Pero recién con la caída del sol. Cuando aparezca la luna podremos llamarlos, pero solo permanecerán con nosotros el tiempo que ellos deseen, antes de salir a cumplir sus cometidos personales, estrechamente relacionados con las emociones que le dieron vida. Tristán, mi querido amigo y ayudante, era testigo de la escena, escuchando todo en silencio. --Debes pensar, María luna, cuál fue la primera emoción que desencadenó los acontecimientos. --Pues…diría que mi decepción. Mi despecho… --Seguramente de él nació el monstruo líder. El demonio que guiará a los demás. --Debe ser el que es un poco más grande que el resto. Tiene el cabello rojo como el fuego. --Él es el jefe. E irá directo hacia tu novio. Porque él provocó el desencanto de tu corazón roto. ¿Qué sentiste después? --Dolor. Muy grande… --Ese dolor buscará alimentarse de más dolor. No me extrañaría que buscara un lugar donde se sufra mucho, para hacer daño. --¿Cómo un hospital, quizá? — preguntó Tristán, acertadamente. --Seguramente, mi amigo. ¿Con qué demonio lo asocias? --A uno del que le fluían lágrimas de sangre, y chillaba un llanto horrible, como el de un animal atrapado en una trampa. No inspiraba lástima, sino repulsión. Luego de eso, me llené de ira. Una gran rabia desmedida. No me extrañaría que sea el ser que despedía rayos de sus ojos malsanos, y no paraba de blasfemar. --Creo que él asolará por todos lados. La ira no razona. Es incontrolable… Después, ¿qué te llegó? --Me avergüenza decirlo, pero tuve una gran envidia. Me puse de malas con mis propias amigas, que me advirtieron más de una vez sobre la conducta de mi novio. Les deseé que sintieran lo que yo. De allí debe haber salido el engendro amarillo de cara perversa, con puntas afiladas erizado toda su piel asquerosa… --Pues tras tus amigas irá. Eso es seguro… ¿Qué siguió? --Mi deseo de venganza. Sentí que mi mamá y abuelita no me protegieron de mí misma, que no me dieron herramientas para defenderme, y anhelé lo peor para ellas… ¡Ay! El monstruo que nació de eso debe ser el que tiene pinchos en vez de dedos. Hasta imaginé verlo clavarlos en los ojos de ellas… ¡Qué horror! --Tranquila. Todos nos enojamos alguna vez. Trataremos de impedir que se desencadene el mal esta noche. Creo que lo último es el odio, ¿verdad? --Un odio feroz, desmesurado y sin límites. Eso le dio vida al engendro más horrible de todos: un ser de muchas pequeñas cabezas enojadas que le salen de todo su deforme cuerpo, malévolas, que vomitan un ácido que corroe como vitriolo… --El odio se unirá a la ira, para destruir todo a su paso. Es importante que los llamemos, antes de que salgan de “parranda”, y los convenzamos de deponer su actitud. --Eso va a ser sumamente difícil, Edgard. – me dijo Aurora. —Las entidades encarnadas de esa índole son prácticamente indomables. No entienden razones. Nacen de energías negativas muy fuertes… --Nosotros somos fuentes de buena energía… --¡Yo no! —gritó María Luna, entre sollozos. -- ¡Soy un ser repugnante que da vida a seres malsanos y retorcidos! ¡Pasarán cosas espantosas por culpa mía! ¡Morirán inocentes! --¡De ninguna manera! Si fueras lo que dices, estarías en tu gloria, disfrutando la libertad desatada de esas fuerzas del mal. Estás aquí, junto a nosotros, buscando ponerles un freno. Lograremos, entre los cuatro, parar a esos entes. Cuando el sol se puso en el horizonte, formamos un círculo en el jardín, bajo los primeros rayos de la luna, uniendo nuestras manos, y Aurora invocó a los seres con la lengua de los habitantes originarios de la tierra, con un tono de ruego profundo, no exento de autoridad. Luego de un largo rato de la oración, en voz cada vez más alta y demandante, un remolino de aire helado y caliente hizo una pequeña depresión en el jardín, rodeada de llamas. En medio de ellas, los seis demonios aparecieron en pose provocadora y burlona. El de la pelambre roja se dirigió directo a mí: --¡Tú, entierra fiambres barato, eres el que nos mandó a llamar por la perra gemebunda que nos invocó! ¡Dinos qué quieres! ¡No estamos para perder el tiempo con un funebrero, su ramera, su amigo deforme, y la idiota subnormal que, en vez de jactarse de su poder de darnos vida, ahora se queja de sus propias acciones! Las palabras del ser nos golpearon como puñetazos. Traté de serenarme. --Escucha: digas lo que digas, así como tú y tus camaradas llegaron a este plano, con la misma facilidad se pueden ir. No todo depende de la voluntad de ustedes. --¡Te equivocas! ¡Una vez cruzado el umbral, nos anclamos aquí! ¡No existe fuerza capaz de hacernos volver! Esta noche será recordada como la más sangrienta de la historia de este pueblo de mierda. No solo haremos una masacre, sino que también contaminaremos las mentes de todos los habitantes de este lugar para que destruyan todo a su paso. Seremos una peste, y nos propagaremos con ellos. Iremos primero por el novio, las amigas, la madre y la abuela de nuestra estúpida heroína, y luego un río de sangre y vísceras decorará las calles de este vertedero de basura humana… --Te equivocas con eso de que no existe una fuerza capaz de regresarlos. – dijo Tristán en voz más que calmada, mientras los monstruos se retorcían mostrando sus horribles atributos malignos. -- ¿Recuerdas, Edgard, que tu hermano te dijo que tanto el bien como el mal eran dos caras de la misma moneda? Me estremecí al recordar a mi hermano, pero asentí. Claro que lo tenía presente. Los demonios, más que por curiosidad y diversión, que por cualquier otra cosa, le prestaron atención a Tristán. --¡Bueno, bueno! ¡El jorobado deforme sabe hablar! ¡Ilústranos, rareza de circo! --Pues es más simple de lo que creen: ustedes llegaron por la materialización del odio en estado puro. La cara opuesta del odio, no es más que el amor, su camino de regreso. Tristán nos miró a cada uno, y asentimos. Todos nos concentramos para emitir los más profundos sentimientos de amor que teníamos para dar, e imponiendo nuestras manos, los proyectamos hacia los entes. Estos, helados de asombro, comenzaron a chillar horriblemente, diciendo las blasfemias más depravadas, los insultos más venenosos y desalmados para desconcentrarnos. Pero nos habíamos adentrado en emitir una energía de amor tan grande y pura, que sentíamos que el aire vibraba, y se nos erizaban los vellos de los brazos. Las aves comenzaron a cantar y volar sobre nosotros como si el sol estuviera en su apogeo. Luces de colores se dirigieron hacia los demonios, que chillaban de odio: ya sabían que esta noche no habría desmembramientos, carne arrancada, ni manantiales de sangre y dolor. Se estaban derritiendo. Una fulguración blanca salió de cada uno, y volvió al pecho de María Luna, que lloraba conmovida por la experiencia. Se apagaron las llamas que habían surgido con la llegada de los demonios, y lo único que quedó de ellos fueron seis piedrecillas de colores. De algún modo me recordaron la costumbre judía de poner piedras sobre las tumbas para honrar a los muertos. Las tomé para mi colección. Eran muy vistosas. --Es hermoso lo que ha ocurrido. —dijo, entre lágrimas, la muchacha. --Claro que sí: ahora conoces que el caudal de amor que posees es superior a cualquier odio o enojo que puedas tener. Y que tal y como dijo Tristán, puede revertir los hechos más terribles. Eres dueña de eso. Nadie puede quitártelo. Ahora que lo sabes, puedes encauzar tu poder hacia ese lado, y nada de lo que hagas causará daño. Siempre usarás tu don para el bien. Nunca más traerás los demonios de los malos pensamientos a este plano. María Luna nos abrazó con tal fuerza que nos crujieron los huesos de la espalda. Sabíamos que la experiencia le había cambiado la vida. Queridos amigos: las energías de baja frecuencia, los pensamientos dañinos, malos deseos, tristezas acumuladas, aunque no tengamos los dones de María Luna, también materializan demonios que nos complican la vida, y se somatizan en enfermedades del cuerpo y de la mente. Seamos conscientes de ello, y vibremos en positivo. Yo los espero en La Morgue, con mi colección de historias. No puedo prometer que no pueda aparecer ningún ser maligno: eso depende de lo que tenga dentro cada uno. Buena semana…

sábado, 27 de noviembre de 2021

EDGARD, EL COLECCIONISTA- VOCES DEL INFIERNO

Tomás trabajaba desde su hogar como telemarketer. Vivía solo, y gran parte de su vida, la pasaba frente a su computadora, con la vincha de comunicación pegada al cráneo, por horas y horas, tolerando la presión de sus jefes, y las contestaciones groseras de los clientes, que lo ninguneaban e insultaban cuando las respuestas que les brindaba no los satisfacía. Su vivienda era sumamente humilde: Tomás había quedado huérfano muy joven, y no tuvo acceso a una carrera. Su natural timidez lo cohibía a la hora de buscar una salida laboral más rentable. Se culpaba de todo lo que le ocurría en su vida: su pobreza, su soledad, la falta de soltura a la hora de vincularse con sus pares, los desprecios de las chicas a las que se había intentado acercar. Cada vez que alguna respuesta desagradable le llegaba en su ámbito laboral, la tragaba como un veneno amargo, aumentando la frustración y el desencanto por la vida. Una jornada, ya terminando, apagando su ordenador, le ocurrió algo muy extraño: pese a que el sistema estaba cerrado, empezó a escuchar voces a través del headset: --Me parece, Tomás, que eres un perdedor… --¿Quién me habla? —preguntó asustado. --¿Acaso importa? Dime si no es cierto: ¿eres o no un perdedor? --No sé quién eres, pero me quitaré la vincha, y olvidaré esta locura… Pero la curiosidad de la extraña situación le ganó, y no se quitó el dispositivo. Una risa burlona lo hirió. --¿Has visto? Ni siquiera te atreves a cumplir tus propósitos… --¿Por qué me dices que soy un perdedor? Tengo un trabajo decente, y mantengo mi casa sin ayuda de nadie, pese a haberme quedado solo desde muy chico. --Puras excusas. Otras personas en tu situación son exitosas: tienen un buen pasar económico, y ya poseen su propia familia y negocio. Piensa en cómo te tratan tus clientes: te insultan, te humillan, y tú, en vez de reaccionar como un hombre, pides disculpas, arrastrándote. Y tus jefes, Tomás, lo único que hacen es recalcar tu incompetencia. Todos tus compañeros han conseguido puestos mejores, mientras tú te quedas estancado, anclado a este headset, tolerando y tolerando día tras día… Te haré saber lo que dicen tus colegas de ti a tus espaldas, y tus superiores. Oirás cómo las chicas a las que intentaste acercarte se burlan de tu estupidez y tu mediocridad. Durante horas Tomás estuvo escuchando venenosos diálogos, en los que él era un payaso patético del cual se reían todos. Luego de ese maratón de mofas desagradables, en vez de dejar la vincha, comer algo, tratar de recomponerse y descansar, Tomás siguió conectado a esa tortura hasta que llegó la hora de trabajar. Agotado hasta el colapso, intentó enfrentar lo mejor posible la jornada, hasta que un cliente especialmente dañino, lo empezó a tratar de incompetente e inútil. En ese momento, tocó fondo. Volcó en el desconocido toda la furia contenida por años, con la voz desconocida de fondo alentándolo a insultar al cliente, que, absolutamente sorprendido, prometió hacerlo despedir de su miserable puesto. Luego le siguió la llamada de su superior, para reprenderlo por su forma de comportarse en la última llamada. Alentado por la voz, lo atacó verbalmente con el vocabulario más soez y desagradable, que ni él mismo sabía que conocía. El jefe, luego de reponerse de la sorpresa, le comunicó que estaba despedido con causa, y que tenía un día para devolver el material de trabajo. La voz maligna lo felicitó. --¡Por fin has reaccionado como un hombre! ¡Ahora eres libre! ¡Has demostrado no ser un pelele! --Pero ya no tengo trabajo, y con esta mala referencia, me costará muchísimo conseguir algo nuevo. No tengo dinero para comer esta semana… --¡Otra vez arrastrándote como un gusano inmundo! ¿No te tienes a ti mismo, sano, joven y entero? Con un poco de coraje, puedes salir en la noche con un cuchillo, y tomar a gusto lo que los ricachones ostentan para humillar a los pobres como tú. --¿Me estás diciendo que debo salir a delinquir? ¡Dime por favor quién eres! ¡Esto es una pesadilla! ¡No puede estar ocurriéndome a mí! ¡Jamás le hice daño a nadie, y ahora no tengo donde caerme muerto! --¿Ves lo cobarde que eres? ¡Perdedor! ¡Perdedor! ¡Perdedor!... La horrible letanía siguió, hasta que Tomás intentó quitarse el headset, y con la intención de acallar la malévola voz dañina, lo arrancó de golpe de su cabeza, comprobando horrorizado que el cable se le enredaba en su cuello, oprimiéndolo cada vez más fuerte, hasta el punto en que se quedó sin respiración. Entre el terror más extremo, intentó desprenderse del dispositivo, que le apretaba más y más. La falta de aire le hizo sentir que le estallaba la cabeza, que se le ennegrecía segundo a segundo, mientras el esfuerzo le proyectaba los ojos hacia afuera de las órbitas, en una escena de pesadilla infausta. La lengua se salió de la boca, hinchada y babeante, mientras, con un último rastro de consciencia, escuchaba, preso de la vincha, la risa satánica que se burlaba de su desgracia. Ya estaba bastante avanzada su descomposición cuando descubrieron su cadáver. Lo hallaron, en realidad, intentando recuperar el material de trabajo de la empresa. Se llevaron, cuando la justicia lo permitió, la computadora y el monitor, pero no tocaron el headset con el que Tomás se había estrangulado. Ese instrumento vino a mis manos a través del comisario Contreras, y hoy forma parte de mi colección. Es un objeto peligroso: “algo” se conecta a través de él con las personas tristes, deprimidas, o con baja autoestima, diciéndoles las peores cosas que puedan escuchar, e instándolos a cometer horribles acciones. ¿Se animan a pasar por La Morgue y probarse el headset? ¿Qué creen que escucharán? Quedan invitados, mis amigos. Buena semana… Edgard, el coleccionista @NMarmor