lunes, 17 de agosto de 2020

ROBERTA

Roberta Sueña. Lo sabe. Es recurrente. Es un bebé recién nacido, entre las piernas de su madre, exhausta por la labor de parto. Siente por primera vez la hostilidad de una temperatura extraña. Antes de que los médicos tomen su cuerpecillo bañado de fluidos, para cortar el cordón, una fuerte energía la abduce a ingresar nuevamente por el canal de parto. La vagina que la expulsó se abre y la traga en mansos mordiscos de carne tibia, que la llevan nuevamente al lugar de oscuridad y seguridad que la albergaba. La felicidad la inunda, sin mayores explicaciones. Se siente a salvo. Roberta se asombró bastante cuando decretaron la cuarentena. En realidad, ella vivía en aislamiento desde largo tiempo atrás. Todo comenzó unos años antes, con sus recurrentes ataques de pánico. Todavía vivían sus padres, que insistieron en que recibiera asistencia psicológica. Lo intentó. Pero el jovenzuelo con diploma recién estrenado no le inspiró la confianza para hablar de su vida. Lo mismo le pasó con la mujer madura, segura de sí misma, llena de firmeza que vio posteriormente. La hacía sentir poquita cosa. Una perdedora. Pasó por varios terapeutas, sin encontrar la persona indicada para abrirse. Todos tenían algo que la hacía retroceder, meterse más adentro de sí misma. Y desistió. Simplemente, atacó al motivo de su dolencia: salir de su casa. Porque solo le ocurría cuando dejaba la seguridad de su hogar. El origen de su trauma yacía en el abandono de su esposo. Se había marchado de un día para el otro, sin dar explicaciones, luego de hacer un desvío de fondos en la empresa de su padre. Roberta le rogó a Víctor que no lo denunciara, que lo dejara así. Ya tenía demasiada mortificación con los chismes de la gente, para agregarle un asunto policial. Se sentía absolutamente abrumada y humillada, Por amor paternal, Víctor le siguió la corriente a su hija, secundado por Dora, su esposa. Era de público conocimiento que Adrián tenía una vida paralela. Roberta no era ajena al lado oculto de su marido, del que solo esperaba, como un mendigo anhela una limosna, que le diera la bendición de un hijo. Ella siempre se había sentido poco agraciada. En el fondo sabía que lo que más le había atraído a Adrián, era su situación económica, como hija de un acaudalado empresario, por más que predicara su embelesado amor a diario. Se enamoró caprichosamente, sin escuchar consejos ni opiniones de nadie. Todos veían las intenciones interesadas del novio, un don nadie trepador, sin donde caerse muerto, pero ella no estaba dispuesta a escuchar razones. No le importaba que fuera un muchacho sin dinero. Se perdió en la ensoñación de casarse con el chico más guapo que conocía, formar una familia perfecta, y tener muchos niños, con los bellos ojos azules de Adrián. Sus padres tuvieron que consentir, resignados, al tozudo deseo de su hija, y aceptar el parásito dentro de la familia. Y atendiendo los ruegos de Roberta, darle un puesto en la empresa familiar, muy a regañadientes. Adrián era amablemente distante. Correcto. Socialmente impecable. Ubicado. En eso, su familia no tenía nada para reprocharle. Ella se acostumbró a una rutina de fría cortesía con un esposo decorativo, que cumplía mínimamente sus tareas, sin gran esfuerzo dentro del trabajo, con la tranquilidad de un puesto asegurado. Tomó como normales las largas ausencias del hogar, justificadas con excusas creativas, pero no creíbles, a sabiendas de que veía a otras mujeres, mientras volvía a la casa con un ramo de rosas, un beso frío, y una sonrisa encantadora. Cuando llegó a oídos de Roberta que Adrián tenía hijos con una de sus amantes, le embargó una desesperación amarga. No le recriminó absolutamente nada a su marido, pero le exigió, con un tono demandante, su necesidad de quedar embarazada. Con lágrimas en los ojos, le rogó un bebé. Éste, con la frialdad que lo caracterizaba, la abrazó flojamente, y si bien no cambió sus hábitos de vida, se abocó en un ejercicio fornicatorio diario, sin pasión ni romanticismo, para conformar a su mujer. Roberta no disfrutaba el sexo desamorado de su esposo, pero se sentía estúpidamente complacida al saber que pronto vendría el niño que tanto deseaba. Comenzó un martirio mensual, cuando la impronta sangrienta le anunciaba que su vientre seguía vacío. Fue al médico cuando consideró que podía haber una falencia en su cuerpo, que no servía ni siquiera para ser madre. El doctor le dijo que podía ser ansiedad, ya que nada en su salud impedía la posibilidad de un embarazo, y le recomendó que su marido se sometiera a exámenes, para chequear su fertilidad. Ella no le dijo al facultativo que Adrián no necesitaba poner a prueba su capacidad reproductiva, y se despidió con un enorme sentimiento de impotencia. Tras varios años de intentos, consumida por una amargura solitaria, ya que no compartía con nadie su tristeza, le sugirió a Adrián la posibilidad de adoptar una criatura. Éste no estuvo de acuerdo. Le dijo que en realidad no deseaba hijos, que solo había accedido a esa posibilidad para apoyarla. No estaba en su naturaleza la idea de criar un vástago ajeno como propio, pero que con gusto seguiría intentando dejarla embarazada. Roberta sintió que se le partía el corazón. Para no escuchar críticas, y maledicencias, se había alejado de sus amistades y familia, sumida en su obsesión, y en el capricho de insistir amando a alguien que no la quería ni respetaba. Seguía sufriendo en silencio, comprando test de embarazo con un solo día de atraso, y llorando cuando la rayita negativa aparecía destrozando su esperanza, con la posterior llegada de su regla. En ese círculo vicioso se encontraba, cuando Adrián desapareció sin siquiera recoger sus cosas, después de hacer la estafa en la empresa de su padre. Al principio, sin querer escuchar a Víctor sobre el desvío de fondos, se desesperó pensando que era un mal entendido, y que su esposo podía estar en peligro. Con infinita paciencia y amor, sus padres desprendieron la venda de sus ojos. Adrián había sido investigado desde hacía meses por Víctor. Comenzó con robos hormiga de fondos, retransferidos a una cuenta privada. Había renovado hacía muy poco el pasaporte, y como usaba una tarjeta vinculada a la empresa, en el resumen aparecía la compra de cuatro vuelos al exterior. Lo había planificado desde hacía mucho, amparado en la impunidad de su matrimonio. Una cosa que le costó horrores a Víctor contarle a su hija, fue una información que consiguió con un detective. Adrián, al poco tiempo de tener dos niños con la mujer con la que había huido al exterior, se había practicado una vasectomía. Eso sacudió tanto a Roberta, que sintió que su mundo se derrumbaba por completo. Había sido engañada en lo que más la podía herir en la vida. Agobiada, les contó a sus padres la agonía de su infructuoso sueño de un embarazo imposible, y la angustia de haber perdido el tiempo persiguiendo un horizonte inalcanzable. Le ofrecieron todo lo que estaba su alcance: que fuera a vivir con ellos, adoptar un niño, rehacer su vida, intentar inseminarse. Lo que dispusiera para remediar tanta tristeza. Pero Roberta les dijo que lo pensaría, que le había hecho muy bien desahogarse, y, que de momento seguiría en su casa, hasta tomar alguna decisión. Intentó retomar la vida, desde el equivocado enfoque que había tenido siempre: la negación. Si bien había vuelto a frecuentar a sus padres, esquivaba toda clase de interacción social. Fue entonces cuando comenzaron los ataques de pánico. Cada vez que salía a la calle, sentía que todo el mundo era consciente del engaño que había sufrido, y que se reían de ella a sus espaldas. Varias veces la habían tenido que asistir, casi desvanecida, con el corazón a punto de estallar, e inminente sensación de morirse. Intentó lo de la terapia sin éxito, cuando los médicos le diagnosticaron el trastorno de ansiedad, y, sin lograr encajar en un tratamiento, decidió enclaustrarse en su casa, recibiendo solo la visita de sus padres, hasta que fallecieron. Montó una logística para que le llevaran a su hogar todo lo necesario para subsistir sin salir. Comenzó a usar con gran destreza la computadora, desde donde nucleaba el centro operativo de su restringida vida. Una vez muertos sus padres, como única heredera, manejaba a distancia la empresa. Delegó en un tío la actividad presencial, disfrutando de la prosperidad económica que le permitía sostenerse sin inconvenientes. Cuando llegó la pandemia, su natural bondad la hizo condolerse de una tragedia que por primera vez hermanaba a la humanidad en un mismo dolor, al margen de que no afectara en lo más mínimo su vida personal. Dispuso las medidas necesarias para que la empresa familiar no efectuara despidos ni suspensiones. Bien sabía que mermarían las ganancias, pero lejos estaba de entrar en quiebra, ya que contaba con los activos suficientes como para tolerar varios años de crisis. Desde su experiencia como exiliada del exterior, expuso un coherente plan de teletrabajo, y expansión por internet, que dejó asombrados a los directivos, que en primeras instancias habían puesto el grito en el cielo. La propuesta no solo era factible, sino que creó una nueva posibilidad de ganancias y puestos de trabajo a futuro. Eso la llenó de satisfacción, y disipó un poco la sensación de inutilidad que siempre la agobiaba respecto a su persona. El hecho de que empezaran a consultarla activamente en busca de consejos, y no por la simple razón de ser la dueña, le daba una fortaleza desconocida para ella. Una ignota semilla germinó en su corazón. Al enterarse de las carencias en barrios humildes cercanos a su domicilio, organizó cuadrillas para entregar alimentos e insumos de protección a los carenciados. Dio la orden a los jefes de la empresa, para que se ocuparan de la tarea. La prensa se enteró de la acción de la generosa benefactora, y el negocio familiar se hizo famoso, obteniendo un prestigio y credibilidad que le abría amplias posibilidades en la preferencia del público. Roberta no podía creer cuan egoísta había sido, atrapada en el círculo vicioso de una relación tóxica, que la había sumido en una inactividad yerma. Por primera vez en años, se recriminó las amistades abandonadas, los parientes alejados, los viajes no realizados, la escasa relación con sus padres. Lloró, como nunca en su vida. Con cada lágrima sintió la liberación de un peso muerto atrapado en su interior. Cuando el chaparrón de llanto amainó, llevada por un impulso, se miró al espejo, y observó a la mujer cuarentona, bien conservada, que le devolvió la mirada desde el cristal. Tenía el cabello blanco. No se había percatado del momento en que las canas le habían ganado la partida a la melena castaño rojiza que lució desde siempre. Sin pensarlo mucho, improvisó un barbijo con un pañuelo, y después de años, traspuso la puerta, y salió de su casa. Con ropa pasada de moda, y el pelo atado en un rodete, se dirigió a la farmacia. Deslumbrada con una luz que hacía demasiado tiempo no veía, y temblando un poco con la posibilidad de sufrir un ataque de pánico, entró en el local y compró una tintura. Asombrada con la seguridad de su voz, y con el hecho de que nadie la mirara extraño, volvió feliz, con su trofeo, para recuperar los destellos rojizos de su pelo, una de las pocas cosas que le agradaban de sí misma en otros tiempos. Impactada con el resultado, se propuso una nueva tarea diaria. Una especie de cronograma de la cuarentena. La real, no la que se había auto impuesto años de su vida sin ningún sentido. Y así surgió una especie de diario, donde fue plasmando sus pensamientos e ideas, que cada vez fluían con mayor facilidad. La primer ´´misión´´ que se propuso, fue perdonarse. No era fácil. Debería asumir la responsabilidad de sus decisiones erróneas y salir del papel de víctima. Le había resultado cómodo flagelarse, como culpable, merecedora de todo lo malo que le había acontecido, antes de reconocer que nunca quiso admitir la verdad de los hechos y emprender acciones para remediar las injusticias. Ahora veía con claridad que se había arropado en una cómoda cobija de negación de la realidad, para no tener que hacerse cargo de las consecuencias de sus errores. Eso la había enfermado, alejado del mundo, e inclusive, de sí misma. El papel de ´´pobrecita´´ se la había comido viva. El terror del qué dirán la instó a esconderse, cobardemente. Ahora se daba cuenta, ante la catarata de dolor humano que veía, lo estúpido de su postura. De lo irrelevante que era un comentario sobre una infidelidad y un abandono, seguramente olvidados rápidamente por todos, excepto ella, que se sintió siempre bajo un potente y burlesco reflector. ´´Voy a perdonarme de todo corazón, y cuando todo esto pase, le daré un giro a mi vida.´´-se dijo, mientras lo apuntaba. Encargó ropa moderna por internet. Supervisó a distancia el cumplimiento de la distribución de víveres. Diseñó varios planes de acción para la empresa, con excelentes resultados. Entusiasmada, decidió escribir teorías de trabajo y desarrollo de empresas en contingencia, paralelamente a su diario personal. Cuando se lo comentó a su tío, el hombre, asombrado por la llamada y el cambio de su sobrina, le pidió leerlo. Cuando lo hizo, le pareció tan bueno, que le propuso profesionalizar el escrito, y lanzarlo editorialmente, con el patrocinio de la empresa, en formato digital. Roberta no podía creer que sus ideas no solo fueran buenas, sino, brillantes. El tío Enrique jamás desperdiciaba elogios. Era un hombre estructurado y coherente, de gran criterio, por lo que había sido seleccionado como cabeza de la empresa. Feliz, pulió el libro, investigando tecnicismos de negocios, estudiando teorías de economía y mercado, que le dieron el marco idóneo para que el escrito pudiera publicarse. Con el visto bueno de Enrique, que se ocupó del tema con una editorial, el libro vio la luz. Maravillada, no podía dejar de leer su nombre en la portada, y descubrir, orgullosa, que había tenido una magnífica recepción para negociantes y emprendedores, que estaban pasando su peor momento. Se le ocurrió, entonces, contactarse con ellos, publicando un blog donde ofrecía ayuda e ideas para aquellos que no podían afrontar la crisis. Pese a la absoluta negativa de los gerentes de la empresa familiar, pero con la bendición de su tío, que confiaba absolutamente en su visión, abrió una línea de créditos sin intereses para los trabajadores desesperados. Los guio con ideas para comercializar productos a través de internet, y poner a sus empleados en el mismo trabajo, para que, con la ayuda del crédito pudieran subsistir sin endeudarse más. Su iniciativa trascendió, llegando a la prensa. Mucha gente agradecida dio testimonio de la gran labor de Roberta, lo que catapultó la venta de su libro. Todas las ganancias del mismo, se destinaban a su línea de créditos blandos. Demasiado feliz, decidió emprender otro objetivo personal. Le escribiría a todas y cada una de sus amistades, que había abandonado con excusas vacuas, pidiendo disculpas, y contándoles lo que le había pasado. Sabía que se exponía a recriminaciones, ser ignorada, e incluso despreciada por ese puñado de almas que habían sido tan importantes en su vida antes de Adrián. Para su sorpresa, todos y cada uno, no solo le agradecieron el contacto, sino que la alentaron y le propusieron retomar la amistad. Pasó horas poniéndose al día con la vida de ellos. Sus logros, tristezas, novedades. Recordó con alegría anécdotas en común, y por primera vez luego de demasiado tiempo, se sintió integrada nuevamente a una comunidad, si bien a distancia por la pandemia, pero con una promesa a futuro de formar parte de un grupo humano. Ya no se percibía como una paria, la loquita que se confinó y tiró a la basura su vida. Surgió una nueva sorpresa. Gerardo, compañero de la secundaria, viudo, con un niño de diez años, encaró el reciente contacto con una confesión: había estado enamorado de ella en secreto, y la llegada de Adrián le había roto el corazón, más a sabiendas de que no era la persona indicada para ´´su princesa´´, como le contó que la consideraba, en silencio. Le hizo saber que tenía guardada las cartas de amor que nunca se atrevió a enviarle, y que siempre la había recordado con gran cariño. Asombrada, ella le dijo que jamás se había percatado de su interés, y que él le gustaba mucho por esos tiempos. Quizá si se hubiera animado, Adrián no habría entrado en su vida. Además, siempre se había considerado un patito feo…¿Qué le había visto? Consternado, Gerardo le dijo que ella era hermosa. En aquel entonces, y ahora. No entendía por qué se percibía así. Poco a poco, el acercamiento amistoso se hizo más íntimo, cargado de sentimientos Profundos y confesiones espirituales. Casi sin darse cuenta, se transformó en un manso romance a distancia, cálido remanso en la vida de ambos. Gerardo hacía participar frecuentemente a Pedro, su hijo, de las video llamadas con Roberta, que había quedado embelesada con el encantador niño. Su vida, otrora desolada, se llenó de ilusiones brillantes, de promesas y expectativas. La oscuridad que había vivido se disipó con una sensación de gozoso resarcimiento. En su listado de tareas personales, aún le quedaba un pendiente. Deseaba contactarse con Adrián. No desde el rencor, ni el despecho. Quería saber qué lo había llevado a ser tan cruel con ella. Era una duda que no cesaba de darle vueltas por su cabeza renovada. Y ése era el último lastre que la aferraba al dolor de su pasado. Roberta había guardado toda la información que Víctor recopiló de su yerno a través del detective, con el anhelo de que su hija recapacitara, y poder denunciarlo. No por una cuestión económica, sino de pura justicia. Así que abrió la carpeta por primera vez, desde que cayó en sus manos al morir sus padres. Leyó cosas que sacaron lágrimas de sus ojos. Había fotos de la mujer y los hijos. La evidencia de la intervención para esterilizarse. Y el destino que tomó al huir. Se encontraba en Brasil. Allí, con el dinero robado, había invertido en una pequeña empresa, que prosperó discretamente. Se casó oficialmente con su amante. A través de internet, no le costó demasiado conseguir el teléfono y el mail del negocio de Adrián. Le mandó un correo comercial ficticio dirigido a él con una propuesta económica para que picara el anzuelo y contestara personalmente. Una vez logrado, le escribió una carta con su verdadero nombre, contándole el propósito del escrito: saber el porqué de su comportamiento hacia ella. No esperaba realmente una respuesta. El hecho de escribirle, diciendo que no guardaba rencores, pero que la ayudaría mucho obtener una explicación, le proporcionó el alivio de sentir que exorcizaba por primera vez en años un viejo demonio que la había martirizado demasiado tiempo sin sentido. Cuando ya casi había olvidado el mail enviado, la dejó azorada encontrar la respuesta de Adrián. Nunca hubiera esperado recibir una disculpa tan sentida y llena de remordimientos de una persona que consideraba tan fría y distante. Le contó cosas que jamás habían hablado en los años de matrimonio infeliz compartido. La infancia desgraciada y colmada de maltrato que tuvo. Su constante sentimiento de inferioridad ante ella, y su acaudalado y feliz entorno familiar. Saber que todos lo consideraban poca cosa para ella. La sensación de ser un adorno, un objeto decorativo, comprado para completar su vida perfecta de niña consentida. La idea de ser un inútil, con un puesto obtenido por ser su esposo, al que jamás habría llegado por mérito propio. Nunca percibió amor por parte de ella. Creyó que era un capricho, un juguete personal, que desecharía cuando se sintiera aburrida. Desde esa visión, decidió vivir su vida, y conocer otras mujeres. Así dio con la madre de sus hijos, una chica con un pasado similar al de él, de la que se enamoró perdidamente. Cuando Roberta manifestó su deseo de tener un niño, se aterró, y se practicó una vasectomía. Pensó que era una obsesión absurda de ella para completar la fachada de familia feliz que quería mostrar al mundo. Así que comenzó a desfalcar la empresa y planificar su huida. Solo deseaba tener una vida normal, lejos del oropel que rodeaba a Roberta y sus aires de lánguida princesa. Nunca sospechó los verdaderos sentimientos de ella, con quién se había casado encandilado por su belleza, de la que no parecía consciente, y por el ambiente de normalidad y bienestar que se respiraba a su alrededor. La vio como una posibilidad de dejar atrás su negro pasado de carencias y humillaciones. Ahora que sabía el daño que le había ocasionado, le pedía disculpas de todo corazón. Le rogaba que no lo considerar un malvado. Había creído que ella volvería a casarse y tener una espléndida vida al poco tiempo de desaparecer de escena. Nunca hubiera obrado de esa forma de saber lo que realmente sentía y pensaba Roberta. La frialdad que ella le refería, era un escudo protector para no ser herido. Le pedía que lo perdonara. Lamentaba profundamente la falta de comunicación que había causado tanto dolor innecesario, y un engaño aborrecible por parte de él. Le sugirió la posibilidad de hablar personalmente cuando terminara la pandemia, explicarle lo ocurrido mirándola a los ojos, y poder disculparse frente a frente. Roberta le agradeció haberle contestado el mail, y le dijo que todo estaba perdonado. Que estaba pasando un buen momento, y que con esa carta podía cerrar una etapa muy oscura de su vida. Le deseaba lo mejor, y lamentaba profundamente no haberse podido comunicar con él en su momento. Se hubieran ahorrado ambos muchos sufrimientos. Una vez enviado ese correo, Roberta sintió que las últimas cadenas que la anclaban al ayer se deshacían como ceniza en el agua. El maldito virus que había vulnerado la rutina y seguridad humana, le había dado la llave, paradójicamente, para salir de su aislamiento, en pleno aislamiento. Comprendió cuán importante es expresar ideas, sentimientos y pensamientos en el momento justo. Entendió el valor de enfrentar la realidad tal y cual es, sin maquillajes ni engaños, que van pudriendo el alma y enfermando horriblemente. Reflexionó sobre lo equívoco de sacar conclusiones sobre la naturaleza del ´´otro´´, sin conocer en profundidad su interior. Supo que solo se puede crecer como ser humano y mostrar empatía solo amándose a uno mismo. Sin autoestima, es casi imposible conectar con los demás. Con lágrimas de infinito alivio, se propuso transformar lo que había empezado como un diario de cuarentena, en un libro autobiográfico, para compartir su experiencia con aquellos que necesitaran una palabra de aliento desde la soledad, la incomprensión, la incomunicación. Mientras el mundo se detuvo, ella tuvo la oportunidad de comenzar a andar nuevamente. Trataría que cada uno de sus pasos fueran disfrutados y atesorados. El tiempo era efímero. Si bien no podía recuperar el que había dejado escapar en la nada, estaba a su alcance, de ahora en adelante transformar en joyas cada uno de los momentos que viviera. Comenzaría a escribir cuanto antes, pero primero hablaría largamente con Gerardo. Le contaría la información recibida, y le rogaría que le leyera las viejas cartas de amor amarillentas. Porque se lo merecía. Porque sabía que si no lo pedía, se arrepentiría. Y ya no quería volver a arrepentirse de nada. Sonrió, sin ser consciente de que desaparecían en ese gesto unos veinte años de su vida. Ya no era relevante su edad. Hoy era el primer día. Y lo disfrutaría. Roberta sueña. Es un bebé recién nacido, entre las piernas de su madre, exhausta por la labor de parto. Siente por primera vez la hostilidad de una temperatura extraña. Los médicos toman su cuerpecillo bañado de fluidos, y cortan el cordón. Palmean su pequeña espalda, y para orgullo y satisfacción de su mamá, emite su primer vigoroso grito de vida. -¡Felicitaciones, señora, es una niña! ¡Una sana y hermosa niñita! Roberta no es consciente de su sonrisa, en la profundidad onírica de su feliz momento…

viernes, 14 de agosto de 2020

EDGARD, EL COLECCIONISTA-EL VELATORIO INOLVIDABLE

EDGARD, EL COLECCIONISTA EL VELATORIO INOLVIDABLE Hola, mis amigos. Quiero narrarles un episodio muy singular que ocurrió dentro de mi oficio. Estaba a cargo del velorio del señor P. (era muy conocido, y prefiero guardar su privacidad), sumamente concurrido. Hombre famoso por su tenacidad, rayana en la tozudez, y su sed incansable de justicia. Mientras algunos grupos cuchicheaban en voz baja, y otros atacaban el refrigerio, unos pocos lo lloraban con sincera aflicción. Para el horror y la consternación de los presentes (me incluyo), Don P. incorporó medio cuerpo del ataúd, y con una sonrisa aterradora, que rompió la invisible costura practicada previamente por mí, se dirigió a su alelado público: -Quiero señalar a los hipócritas que están aquí disfrutando mi muerte. Dulio: me odias porque denuncié tus manejos sucios con la empresa de tu hermano. Carlos: nunca me perdonaste que Dora me prefiriera a mí. Armando: siempre envidiaste mi buen pasar. Y así siguió, por unos minutos eternos, señalando a los supuestos amigos, y desnudando sus rencores. Los que atacaban la comida, se atragantaron como sapos escuerzos. Hombres rudos, curtidos, gritaron tan agudo como las mujeres, y se desmayaron a la par de algunas sensibles señoras. El galán del pueblo se orinó en los pantalones. Pero lo peor vino cuando el concejal, que recibió las acusaciones más graves, que incluían malversaciones, adulterio, contrabando y tráfico de drogas, cayó redondo al piso, luego de agarrarse, con una mueca de dolor el robusto pecho. Como si hubiera considerado que su misión estaba cumplida, el señor P. se desplomó a su posición original en el ataúd, luego de su vitriólica alocución, como si nada hubiera ocurrido. La diferencia de antes de levantarse era la sonrisa triunfal que coronaba su rostro. -¡Qué un médico revise a mi padre, no está muerto, por lo visto! El mismo facultativo que había extendido el certificado de defunción, estaba asistiendo, sin éxito, al concejal, practicándole maniobras para reanimarlo. No lo logró. El sonido de la sirena de una ambulancia se aproximaba, ya que había atinado a llamar a emergencias no bien vi sus síntomas de ataque al corazón. Pero de nada sirvió. El hombre había caído fulminado. El doctor, ya habiendo corroborado que no quedaba más nada por hacer con él, llamó al hijo y la esposa de don P. Lo auscultó delante de ellos. -No tengo explicación lógica para lo ocurrido. Ustedes mismos pueden corroborar que el cuerpo está helado. De no ser por la pericia del señor Edgard, serían sumamente notables sus primeras muestras de putrefacción cadavérica, disimulada por el hábil maquillaje. Esto supera y vulnera toda mi formación científica… Me buscó con la mirada. Yo asentí, dándole la razón, y palmeé su espalda. Luego abracé al hijo del difunto y a la viuda. -Va a venir la policía, por el fallecimiento del concejal, y curiosos de todas las calañas. Si les parece, desalojaremos esta sala, y se quedarán ustedes para despedirse de P. El resto de la concurrencia, permanecerá en el salón contiguo, más grande. Los que no han huido… Quedamos de acuerdo. Tuve que tolerar muchos periodistas molestos, interrogatorios policiales, indagatorias constantes de los que no habían asistido al ´´espectáculo´´, esquivando a todos con evasivas. Fue muy agotador. La noticia, bastante maquillada con altas dosis de sensacionalismo, trascendió los periódicos locales, logrando un alcance muy amplio, con las versiones más variopintas del hecho, que de por sí, era bastante anormal. Esta vez, amigos, quedó una pieza poco habitual para mi colección. Debo confesar que tomé una foto del rostro risueño de P. Expresaba demasiado, y el retrato luce muy bien donde lo coloqué... Lo tomo como enseñanza de que no está nunca bien gozar con la desgracia ajena, y como una convicción: hay voluntades tan fuertes, que son capaces de torcerle el brazo a la misma muerte… Portémonos bien en vida. No sé a ustedes, pero no me agradaría ver levantarse a un difunto para escucharle reproches bien merecidos. Los despido, esperándolos en La Morgue, con nuevas historias que contar. No me fallen…

jueves, 6 de agosto de 2020

EDGARD, EL COLECCIONISTA- LA DELINCUENCIA ATACA

EDGARD, EL COLECCIONISTA LA DELINCUENCIA ATACA Hola, mis queridos amigos. Quiero contarles algo que no le es ajeno a nadie en la realidad que vivimos: un intento de robo. Solo que esta vez los ladrones no buscaban dinero o bienes materiales. Ni siquiera eran seres humanos comunes. No sé de qué manera, algún adorador de la oscuridad se enteró de mi colección. Ésta, es una fuente de poder y energía de transmutación. En mis manos, operan para el bien, pero, en las indebidas, la consecuencia de su uso podría ser catastrófica. Me desperté en medio de la noche, alertado por Cerbero, mi fiel perro guardián. Bien entrenado, no ladró. Se acercó a mi lecho, y con el hocico sobre mi cara, me dio a entender lo que debía saber: un intruso había ingresado a mi hogar. Enseguida capté que la presencia no era espantable con un arma. La tomé, de todos modos. Los sonidos furtivos me guiaron hacia el salón donde guardo mis preciados objetos, ofrendas de vida y muerte. Un hombre repulsivo, de oscura energía, acompañado de un compinche, intentaban llenar maletas con mis tesoros. -Ni se te ocurra acercarte, Edgard. Y baja ese revólver. Sabes que no servirá de nada con nosotros. -Pero si disparo, alertará a la gente, y vendrán por ayuda. -Te lo advierto: desatarás una masacre. Elevó, junto con su adlátere, las manos, y se formó un aura de fuego, que seguramente podrían dirigir a voluntad. Yo no deseaba que nadie saliera herido, pero no podía permitir que mis preciados objetos fueran usados con fines malignos. -Negociemos. -dije, para ganar tiempo. -Nada puedes darnos, que no podamos tomar por la fuerza. Resígnate. Ya te llegarán más elementos para formar una nueva colección de aberraciones. - dijo, riéndose. -¡Nunca permitiré que se lleven mis cosas para hacer el mal, sirvientes inmundos! La ira se apoderó de mi persona, normalmente entregada a la mansedumbre. Invoqué, inconscientemente, a todas las fuerzas que alguna vez me acompañaron en mis visiones. Para sorpresa de mis visitantes, y mía también, (no voy a negarlo), los espíritus guardianes de las almas ascendidas, y aquellas que aún vagaban en el limbo por sus pecados, se apersonaron en el recinto, rugiendo en forma feroz. Créanme, amigos. No era un espectáculo agradable de ver. Horrendas materializaciones de cuerpos putrefactos, se formaron frente a mí como un ejército de pesadilla. Los ladrones, asustados, pero seguros de sus poderes nefastos, impusieron sus manos, enviando un halo de siniestra energía candente que me hubiera carbonizado, de no haber tenido adelante a mis protectores, que, si bien tambalearon ante el impacto del ataque, no se vieron afectados. Entonces, la cara de los intrusos, se transfiguró en máscaras del más puro terror. Hasta Cerbero, mi mastín, de porte temible para quienes no conocieran su bondad y ternura, empezó a gemir con el rabo entre las piernas. La horda protectora abrió cada una de sus terroríficas bocas espectrales, y emitió un sonido infrahumano, con un viento helado dirigido a los ladrones. Éstos, hicieron un desesperado intento de huir, pero fueron alcanzados por el vendaval justiciero, y quedaron petrificados, con sus gestos de espanto infinito, transformados en negras estatuas de piedra brillante, como de oscuro cristal. Mis defensores se tomaron las manos, miraron mis ojos abiertos más allá del asombro, y con un gesto amable, impensable de seres que matarían de un susto a aguerridos luchadores, se esfumaron con la misma rapidez con que se convocaron para socorrerme. Me acerqué a ver las estatuas de los delincuentes. Estaban cargados de símbolos del mal: cruces invertidas, amuletos nefastos, elementos de vudú y magia negra, neutralizados por la vítrea cárcel que los amarraría a la eternidad. Aunque me costó muchísimo moverlos, los acomodé en el salón estratégicamente. Realmente, son impactantes… Quemé en el jardín las maletas, también adornadas por signos del mal. Ardieron con un malsano fuego verde, emitiendo un olor pútrido. ¿Qué maldades horrendas hubieran llevado a cabo esos esbirros de la oscuridad, de haberse llevado mi querida colección? Me estremezco de solo pensarlo. También me asustó el potencial de ira que cargo. No sabía que tenía el poder de traer entidades desde otra dimensión. Sopesé la posibilidad de hacer terapia. Tranquilicé a Cerbero. Esa noche durmió en mi cama. También, posteriormente, contraté un servicio de alarmas, pensando en robos comunes y corrientes, de esos que padecemos tan a diario… Todos tenemos un potencial enorme para canalizar nuestras energías, dirigiéndolas hacia el bien o la maldad. Está en nosotros administrar sabiamente esa fuerza enorme. Piénsenlo seriamente, amigos. Y cuídense mucho. Yo, aquí, desde la morgue, los espero para narrarles mis historias. No dejen de visitarme…

viernes, 31 de julio de 2020

EDGARD, EL COLECCIONISTA- LAS MALAS LENGUAS.-

EDGARD, EL COLECCIONISTA-

 

LAS MALAS LENGUAS

 

Hola, mis queridos amigos.

Deseo contarles una historia transcurrida con el deceso de Doña Prudencia, nombre que no cuadraba en nada con la conducta de la matriarca en su retorcido camino por la vida.

Prudencia, adinerada, cabeza de una gran familia, tenía dos grandes defectos: le gustaba manipular, controlar la existencia de todos los que orbitaban en su entorno, y cuando no conseguía con su riqueza lo que quería, usaba los chismes como un arma letal.

Con sus maledicencias, se habían roto matrimonios, peleado amistades inmemoriales, dividido bandos entre familias unidas.

A maridos que salían a tomar una copita después de trabajar, le inventaba amantes, con nombre y apellido. Esas mujeres, eran, a su vez, acusadas de adulterio.

Adolescentes tranquilas y felices, se veían en bocas de todos con embarazos ficticios que, al no prosperar, lógicamente, con el tiempo, pasaban a ser ´´fabricantes de angelitos´´, en manos de alguna abortera clandestina. De paso, se ensuciaba la reputación de los supuestos padres, manchados con un prontuario de pedófilos, y de la pobre curandera del pueblo, como asesina de bebés virtuales, cuando la mujer solo vendía yuyos para curar el empacho, y estampas de santos en oferta.

Pero no me sorprendió en absoluto que para su velatorio la concurrencia fuera masiva.

La mujer había hecho correr el rumor de que una de las cláusulas de su testamento, era, que quienes fueran beneficiados como herederos, solo percibirían el dinero si asistían a sus exequias.

Así que tuve que habilitar la sala auxiliar para cobijar a tanta gente, y poner un libro adicional de firmas, ya que el primero se llenó de rúbricas en poco tiempo.

Solo yo podía ver un fenómeno producido en el ambiente.

A la altura del techo, flotaba una horrible nube negra, que emitía rayos rojos, verdes y amarillos.

Estaba formada por el dolor y el disgusto creados por el malintencionado chismerío de la difunta sobre el ánimo de las personas asistentes. Habían causado tanto daño, que se corporizaron, solo visibles para mí.

De todas formas, era evidente que en la funeraria, en vez de los normales llantos de pérdida, había duelos visuales de personas llenas de rencor, resentimiento, que se sentían obligadas a verse por interés y compromiso.

La densa nube de malas vibraciones me agobiaba.

Todos salieron del velorio con dolor de cabeza, y un malestar inexplicable.

Yo sabía lo que tenía que hacer.

Antes de cerrar el féretro de Prudencia, sin demasiados remilgos, le extirpé la lengua.

La corté, dejándola bífida, como la de una serpiente, y la coloqué en un frasco gigantesco. Yo sabía por qué.

Allí, flotando en conservante, se retorció como un bicho inmundo.

Recé una oración muy específica. Una que no encontrarán jamás en una biblia…

´´Por cada rumor dañino esparcido, que se deshaga en su daño, crecerás, y crecerás, año tras año´´.

Fue notorio como después del infausto velatorio, se fueron arreglando matrimonios, uniendo familias, reuniendo amigos, limpiando reputaciones.

La lengua bífida, que tanto veneno había esparcido, se alargó a un tamaño increíble.

Ya casi no entra en el frasco.

Parece una retorcida serpiente de carne.

Como nota de color, más allá de comentarles mi particular pieza de colección, les cuento que cuando se leyó el testamento de Prudencia, todos se llevaron una desagradable sorpresa, al saber que la artera mujer había legado todos sus bienes a un refugio de animales.

Los supuestos herederos, si bien se llevaron una gran decepción, ya no emitían esa feísima nube de odios y rencores nacidos de la lengua venenosa.

Cuidemos siempre nuestras palabras. Son poderosas herramientas. Pueden construir o destruir con mucha facilidad.

Seguramente, mis amigos, ustedes no terminarán con una lengua bífida creciendo en un frasco, para subsanar chismes putrefactos.

Por algo los espero, aquí, desde la morgue, para hablarles de mi extensa colección.

No dejen de venir…

miércoles, 29 de julio de 2020

HUERTAS

Huertas Es noche cerrada. Se encuentra en el jardín trasero, frente a la huerta más reciente de su padre. Abre la cremallera del pantalón, y orina con fruición sobre los vegetales que prosperan. Se extraña, al observar su pene, que parece haber crecido. Debe ser un efecto óptico de la luz de la luna. Lo asombra un movimiento en la tierra humedecida. Es como si su pis hubiera estimulado el nacimiento de alguna verdura. Algo empuja desde adentro, pugnando salir, y logra eclosionar. Se agacha para visualizar mejor el fenómeno. Una cosa grande, como un hongo, va brotando con lentitud. De pronto, acelera su salida. Es un puño, que asoma de golpe. Con un gesto desesperado, abre sus flacos y pálidos dedos sucios, y comienza a agitarlos espasmódicamente. Damián despierta reprimiendo un grito. Está transpirado, con el corazón acelerado. Para su consternación, una erección tremenda late en su entrepierna. No es que no le hubiera pasado antes. Con trece años, ya ha tenido poluciones y momentos incómodos con el comportamiento de ese sector de su cuerpo. Lo que no entiende es como una pesadilla tan horrible le ha provocado ese efecto. Se pregunta si algo está mal con él. Si no será una especie de fenómeno, o un efecto secundario del evento que lo puso en coma, unos meses antes. Pese a sus negros pensamientos, el sueño le gana la partida, y vuelve a dormirse. Damián se levantó con un hambre feroz. Saludó a Marcelo, su padre, que lo recibió con una sonrisa amorosa y el desayuno listo. -Buen día, campeón. ¿Algún recuerdo? -No, viejo. No pasa nada. Te prometo que, si me viene algo a la cabeza, serás el primero en enterarte. -¿Dolores, molestias? -En serio, papá. Estoy bien. Preferiría olvidarme de eso… -Te entiendo. Cuando seas padre me comprenderás. –dijo, removiéndole el pelo. Meses atrás había desaparecido una amiga de Damián. La noche en que ocurrió el hecho, el muchacho había salido al jardín de la casa por algún motivo, y resultó agredido con un fortísimo golpe en la cabeza, que lo dejó en coma por una semana. La policía conectó los hechos, con la teoría de que el niño podría haber visto al posible secuestrador de Marina, siendo atacado por ese motivo. Su padre lo halló en el suelo, manando sangre de su cabeza, y se desesperó. Fue ingresado inmediatamente a emergencias, y desde que despertó, era interrogado diariamente sobre sus recuerdos perdidos de esa noche, y su estado de salud. Los médicos le habían comentado que la amnesia podía ser permanente, pero que no encontraron ningún daño neurológico, por lo que especulaban que se debía posiblemente al trauma psicológico de la agresión sufrida. Recomendaron que hiciera terapia, pero la opción no entusiasmó ni al padre, ni al niño. Marcelo había criado solo a Damián. Su esposa, Adriana, se había marchado cuando tenía seis años. Había renunciado a una próspera carrera dentro de la agencia de publicidad donde se desempeñaba, para trabajar desde su casa, con un ingreso muy inferior, pero la posibilidad de pasar más horas con su hijo. Su suegra se había ofrecido para ayudar, afligida por la conducta de su hija, pero Marcelo optó por hacerse cargo a tiempo completo. Además, Sandra, la abuela, vivía lejos, y no quería perder el contacto diario. La desaparición de su esposa fue denunciada a la policía, pero, teniendo en cuenta que la pareja venía discutiendo, y que Marcelo había comentado la insinuación de Adriana de un posible tercero, no se le dio mayor trascendencia. Sobre todo, por el testimonio de Sandra, que comentó que su hija había huido dos veces su casa durante la adolescencia. Marcelo dejó, entonces, constancia del abandono de hogar de su mujer. Lo extraño fue esa escapada sin explicaciones, dejando a un hijo que adoraba. Aprovechó el horario en que su esposo estaba en el trabajo, y su niño en el colegio. Simplemente tomó sus cosas, y se marchó. Damián la recordaba vagamente, como a una mujer amorosa y bella, que escribía e ilustraba cuentos infantiles donde él era el protagonista. Obviamente, el abandono repentino trastocó su universo de niño, pero Marcelo hizo hasta lo imposible para que su infancia fuera grata y feliz. Por eso no se enojaba con la insistencia de sus preguntas sobre las secuelas del coma, aunque lo agotara ser interrogado diariamente a respecto. Entendía que surgían del amor. Extrañaba muchísimo a Marina. Era una de sus mejores amigas, y la incertidumbre de su desaparición, sin saberlo, le traía la vieja angustia del abandono materno. Sonó la bocina del padre de Julián, el compañero con quien iba al colegio. Abrazó a su padre, y marchó a su jornada. Noche cerrada. Damián se encuentra en el jardín, en la huerta más antigua. Su padre sembró dos, transformando espacios de malas hierbas en vergeles. Nota que asoma entre las verduras, semienterrado, un libro. Lo saca. Le sacude la tierra húmeda. Es uno de los cuentos infantiles de su mamá. Mira en la contratapa la foto de ella, y su sonrisa le da ganas de llorar. Abre la primera página. La ilustración es un niñito, él mismo, montando una nube. Sonríe, a pesar de sí mismo. Pasa a la segunda página. Para su consternación y horror, una foto de Marina, desnuda y sangrando, ocupa la hoja entera. Una figura sombreada, de un hombre, la martiriza. Sigue mirando las hojas. Todas fotos de Marina, mortificada por el hombre velado, en terribles poses de una evidente violación. Siente a su espalda una presencia, y sabe que va a ser atacado. Con el corazón casi explotándole en el pecho, despierta transpirado, angustiado, y una sensación de desasosiego brutal. Reprime el llanto que lo ahoga. No entiende porqué sueña cosas tan espantosas. Se siente sucio, sin comprender. Se seca una lágrima que logra escapar de sus ojos, y se acurruca en posición fetal. Logra, luego de pensar en cosas inconexas, conciliar nuevamente el sueño. Mientras desayunaban, la mañana siguiente, Damián le preguntó a Marcelo: -Papá, ¿por qué nos dejó mamá? -¡Ay, hijo! Hablamos muchas veces del tema… -Necesito saber… -Ella estaba cansada de la vida rutinaria. Sus libros eran su escapismo, pero en los últimos tiempos, conoció a alguien. Yo trabajaba demasiadas horas en la agencia, y ella era emocionalmente inestable. Ya te lo debe haber contado tu abuela. Tenía algunos problemas psicológicos. Soy culpable por no haberlo detectado a tiempo… -Pero, varias veces me leíste mails de ella, mandándome saludos, y la intención de venir a verme. Y nunca sucedió… -Lo lamento mucho. Lo más probable es que haya formado una nueva familia, y vuelto a huir cuando su vida se tornó aburrida. No me extrañaría. Intenté contactarme con ella a través de los correos fantasma que enviaba, pero rebotaban mis mensajes. Me los devolvían como remitente incorrecto. Lo mismo le ocurrió a tu abuela. Dejé de recibir los correos cuando cumpliste los ocho. Le pedí a un tipo que sabe de sistemas que rastreara la procedencia de los mails, pero fueron reenviados desde una dirección donde se pierde el rastro. Lo siento. -Sé que ella me quería. Por eso no lo entiendo… -Lo sé, hijo. No sabes cómo te comprendo…Piensa que estaba psicológicamente trastornada. Sandra me lo confirmó. Yo no lo quise ver, porque la amaba. No le guardes rencor. La bocina del coche del papá de Julián interrumpió la conversación. Damián abrazó a su padre. -¿Has recordado algo, hijito? -No, viejo. Te quiero mucho. -Yo también. Cuídate, campeón. Damián se quedó helado al recibir un mail desde la casilla de Marina. Temblando de expectativa, de deseos de enterarse que su amiga estaba bien, a salvo, lo abrió, sufriendo una enorme decepción. Desde la dirección de ella, le escribía su pobre madre, Soledad. Había tenido a su hija siendo ella una niña también. Marina nació cuando Soledad tenía trece años. Sus padres se hicieron cargo prácticamente de la crianza de su amiga, ya que Sole era demasiado inmadura para afrontar esa responsabilidad. A medida que fue creciendo, tomó mayor protagonismo en la vida de su hija. Y jamás quiso decir la identidad del padre. Ahora se hallaba sumida en una profunda depresión, monitoreada por sus padres, y por algún motivo extraño, había querido comunicarse con Damián. El comenzó a leer con una sensación de angustia anticipada, como sabiendo que no le agradaría el correo. Este decía: ´´Querido Damián: perdón por contactarme desde la casilla de Mari. Tengo la profunda necesidad de pedirte disculpas por un daño que te he hecho sin intención, siendo muy niña. No sé cómo empezar. Cuando tenía entre once y doce años, tuve una relación con Marcelo, tu papá. De ese amorío, nació Marina. Sí, ella es tu hermana, querido. Por eso siempre estuve feliz de que se hicieran tan amigos. Yo era una criatura estúpida y caprichosa. No me daba cuenta de que estaba causando un gran mal, ya que Marcelo era un hombre casado. Nuestra relación continuó varios años. Cuando presioné a tu padre para blanquear la situación, obviamente, se negó de plano. Me amenazó de una manera horrible. Me dijo que si abría la boca, terminaría siendo el abono de una huerta. Sé que lo hizo para asustarme. Pero me atemoricé, de todos modos. Tu mamá, Adriana, era una mujer estupenda, Damián. Bella, inteligente, empática… Aunque nunca revelé mi secreto, ella lo descubrió por sí misma. Fue algo más sencillo que cualquier cosa que te puedas imaginar. Con su mirada de artista, detectó en los verdes ojos de Marina, el sello genético de la impronta de Marcelo. Me abordó con la seguridad absoluta de un hecho consumado, a solas. Me sacó la verdad a jirones. Me explicó que yo era una víctima, que no debía sentirme culpable. Que Marcelo, más allá de la infidelidad, había incurrido en un delito, porque yo era una niñita, y él un perverso pedófilo. Me abrazó llorando, y prometió que le haría pagar el daño realizado, y que sería con la mayor discreción posible, para que nuestros hijos no se vieran perjudicados. Prometió hablar con mis padres cuando arreglara la situación con su marido. Te juro, querido, que de saber que tomaría la decisión de marcharse de esa forma, jamás hubiera contado la verdad. Hoy siento que Dios me ha castigado por eso. Te dejé sin mamá. Cuándo ella huyó, Marcelo vino furioso a decirme que eso no iba a quedar así. Que cuando menos lo esperaba, sufriría donde más me doliera. Y así fue, mi querido. La gran pena que siento ante la incertidumbre del paradero de tu hermana es desgarradora. Nadie puede imaginar lo que estoy pasando. Por eso, a modo de expiación, y antes de marcharme yo misma, quiero pedirte perdón con todo mi corazón por el daño que te he ocasionado. No quiero que te alejes de tu padre. Recuerda que te cuidó con todo su amor. No lo juzgues. Los seres humanos cometemos errores. Pasa todo el tiempo. Soy la prueba viviente. Espero que encuentres en tu joven corazón un lugar para disculpar el perjuicio ocasionado sin intención. Te dejo un abrazo enorme. No sabes lo que he llegado a quererte estos años que compartiste amistad con tu hermana. Hasta siempre, querido.´´ Damián quedó atónito. A sus trece años, sintió el peso de un anciano sobre su espalda. Con una infernal tormenta en la cabeza, releyó varias veces el correo. Lo primero que decidió, era que lo guardaría en secreto. Por lo menos, hasta que ordenara sus ideas. Su segunda medida, más instintiva que otra cosa, fue llamar a casa de Marina, para hablar con Soledad o sus padres. Temía sobre su seguridad, en plena depresión. Su padre estaba ocupado con su trabajo, en la oficina montada en un cuarto de la casa, y cortaría en una hora, aproximadamente. Hizo la llamada. Le atendió, desesperada, la abuela de Marina, sollozando: su hija se había suicidado hacía unas horas. Balbuceaba, entre llanto, que se abrió las venas, hasta que su esposo le arrebató el teléfono, y se disculpó con Damián, sugiriendo hablar en otro momento, dado que su mujer estaba en una crisis de nervios, y la policía aún en la casa. Se quedó helado. Una sensación de oscuridad absoluta, de un horrendo rompecabezas que se iba armando solo en su cerebro de niño, se desplegó en una magnitud siniestra. Le faltaba una sola pieza, que rondaba su mente como un bicho venenoso que no conseguía atrapar, que estaba casi allí, como una palabra en la punta de la lengua. Guiado por un instinto casi animal, buscó a Marcelo. -Papá, llamé a casa de Marina para ver si había novedades sobre ella, y me atendieron los abuelos. Me dijeron que Sole se suicidó… -¡Qué tragedia, por Dios! ¡Pobre familia! Voy a contactarlos… -No sería oportuno, viejo. Todavía está la policía en la casa… -Siento tanto que a tu edad te enfrentes con cosas tan traumáticas…¿Quieres hablar de ello? -La verdad, es que deseo meterme en la cama. No quiero ir a la escuela mañana… ¿Podrías avisarle a Julián, por favor? No tengo ánimo de conversar con nadie. Por supuesto, hijo. Ya veré como manejo la información. De todos modos, tarde o temprano, todos se enterarán. -Gracias, papá. Damián se encerró en su cuarto. Releyó el mail de Soledad. Estrujándose el cerebro, trató de hacer memoria de las discusiones de sus padres antes de la huida de su mamá. Solo le llegaba a la mente una frase de los gritos intercambiados: ´´-¿Cómo pudiste?´´, una y otra vez, en una penosa letanía repetida por Adriana. Ella no se había ido por aburrimiento tras otro amor de ocasión, por ser desequilibrada mental. Su madre jamás se marchó de la casa. La alusión al fertilizante de huerta, en la amenaza de su padre a Soledad, le dio una espantosa pista de donde estaba su mamá. Las suposiciones se transformaron en certezas. La mañana en que ´´se fue´´, él se extrañó de no verla en la mesa del desayuno, junto a su padre, ya vestido para marchar a trabajar. -Mami se quedó dormida campeón. Yo te llevo a la escuela de camino a la empresa. Apúrate con el desayuno, porque no quiero llegar tarde. Cuando salió del colegio, para su sorpresa, fue su papá quien lo esperaba para llevarlo a casa. Le contó que mami se había ido de viaje, y le había llamado a la oficina para que lo retirara del colegio. -No te preocupes, Dami. Mamá volverá pronto. -¿Dónde fue? ¿Por qué no se despidió de mí? -Mami está en un mal momento, pero dejó miles de besos para tí. Y este libro. Tú eres el del dibujo. Ya puedes leer la historia, ¿verdad? -Sí. La maestra dice que leo muy bien. Que aprendí rápido. Mamá me ayudó…¿Qué es eso que hay en el fondo? -Decidí aprovechar ese espacio. Saqué las malas hierbas, y plantaremos verduras. Mamá se llevará una sorpresa cuando vuelva. ¿Me ayudarás a sembrarla? -¡Claro! Mami siempre quiso una huerta… En aquel entonces, su concordancia del tiempo no era relevante. Solo deseaba que regresara su madre, y le entusiasmaba el proyecto de colaborar con la siembra. Ahora pensaba en qué momento su padre había despejado de hierbajos el extenso terreno elegido, removido y apisonado la tierra, si se había ido a trabajar, y regresado a buscarlo. Solo lo podría haber hecho al amparo de la noche. A la mañana no había notado el cambio, pero lo cierto era que, sorprendido de no ver a su mamá, ni se fijó en ese sector del amplio fondo de la casa. Y al regresar del colegio, ya no estaban las cosas de Adriana. Solo la primera copia del libro que pronto editaría, y por el que había firmado un provechoso contrato. ´´Si cavo bien profundo bajo las verduras de la huerta vieja, ¿Qué voy a encontrar?´´ La respuesta que le llegó de un sector lejano de su psiquis no le sorprendió demasiado. Los restos de Adriana, y sus cosas, supuestamente retiradas por ella con premura antes de marcharse sin despedirse de su hijo. Su madre iba a denunciar a Marcelo por haber abusado de Sole. Iba a alejar a su hijo de un pedófilo, un delincuente. Pero su padre no lo aceptó. La mató. Y transformó a su mamá en lo que debían terminar las mujeres que importunaban la voluntad de los hombres: abono de una huerta… Un dolor afilado como un cuchillo le atravesó el lugar donde había sido golpeado en el cráneo antes de caer en coma. Se arrastró hacia la cama lastimosamente. Se acostó en posición fetal, y pese al dolor pulsante se durmió. Noche cerrada. Se despertó por unos ruidos extraños que venían del fondo de la casa. Llamó a su padre, y no obtuvo respuesta. Afligido, se levantó. Para su sorpresa, Marcelo no estaba en la cama. Los ruidos no identificables venían del cobertizo. Con el corazón acelerado, se dirigió furtivamente, descalzo, hacia allí. Temía que hubiera entrado un delincuente, y su padre estuviera en peligro. La puerta del cuartito, estaba entre abierta, algo totalmente anómalo, puesto que allí guardaba Marcelo con prolijidad sus amadas herramientas. Se asomó por el espacio y quedó perplejo con la escena que vislumbró. Su padre, con el cabello desordenado, y una expresión que jamás le había visto en el rostro, tenía maniatada y amordazada a … ¡Marina! Su amiguita se debatía angustiosamente, intentando liberarse del hombre, que le arrancaba salvajemente la ropa, develando su joven cuerpo desnudo. Perplejo, notó que una involuntaria erección entumecía su entrepierna, pese al horror de la situación, justo en el momento en que su padre sacaba su miembro para violar a su amiga. La vergüenza de la reacción inoportuna de su cuerpo, lo sacó de su inmovilidad, y entró al cobertizo, desesperado. -¡No papá! ¡Déjala en paz! Alcanzó a ver la mirada angustiada de su amiga, y luego, a su padre enloquecido, avanzando hacia él mostrando los dientes en una mueca de perro rabioso, tomando una pala a su paso. Esa fue la última imagen antes de que el furioso y bestial golpe lo sacara largo tiempo de órbita. Despertó del sueño con una mezcla de asco, terror, tristeza… Su inconsciente había prescindido de los simbolismos del traumático episodio sufrido esa noche, trayendo el recuerdo borrado, que lo separaba de un abismo de locura inimaginable. El corazón le latía anómalamente. Respiró profundo para tranquilizarse. Debía pensar muy bien los pasos a seguir. Si su padre se enteraba de que había recuperado la memoria de lo ocurrido, se podía dar por muerto. Las lágrimas brotaron de sus ojos. Amaba profundamente a su papá. Y pensaba que, pese a todo, también él lo quería. Pero de una forma enfermiza y anómala. Trató de calmarse. Recordó la felicidad de Marcelo cuando se recuperó del coma. Eso no era fingido. Pero tampoco la insistencia sobre sus recuerdos eran sana preocupación. Monitoreaba todo el tiempo su propia seguridad. El cariño de su padre estaba condicionado a que no delatara su crimen. Cuando volvió del hospital a casa, otra huerta, pulcra y hermosa, ocupaba el espacio donde antes había tirados restos de piezas de recambio del auto, muebles rotos, y escombros de distintas refacciones de la casa. -Se ve que mi escapismo cuando sufro un gran dolor, es sembrar la tierra-le comentó Marcelo a su hijo, cuando este vio asombrado el nuevo vergel que embellecía la vivienda. Damián se emocionó. Sobre todo, porque gran parte de la producción de verduras eran donadas a vecinos de escasos recursos. Ahora, todo era material de pesadilla. Sopesó las opciones que tenía. Si denunciaba a su padre, él quedaría en manos de un tutor. Probablemente su abuela. No tenía nada en su contra, pero no le apetecía vivir con ella. Sobre todo, porque jamás había puesto en duda la huida de su hija. La había juzgado de la peor manera, sin considerar siquiera otra opción. No puso ningún empeño en hallar su paradero. Así que descartado. Pensó que en cinco años tendría la mayoría de edad. Su padre le había contado que tenía un seguro a su favor por una cifra millonaria. Con una garra de hielo en el pecho, supo lo que haría. Media década no era tanto. Podía fingir ese tiempo. Y lo dedicaría exhaustivamente en investigar la forma perfecta de provocar un accidente a Marcelo. Tenía la suficiente inteligencia y sangre fría para lograrlo. Denunciarlo, solo traería un escándalo que marcaría su vida como una indeleble cruz de ceniza. Pero si fingía que todo estaba bien, tendría su venganza, independencia económica, y un promisorio futuro libre de sombras. Sonrió. Si jugaba bien sus cartas, hasta podría llegar a ser divertido. Esa mañana, Damián desayunó con su afligido papá, que le contó que se había acercado a la casa de Marina para brindar apoyo a los padres de Sole, luego de preguntarle si tenía algún recuerdo o molestia. -Voy a organizar una colecta para hacerles llegar la mayor ayuda posible. Esa gente sufrió demasiado. -¡Eres increíble, viejo!-dijo Damián abrazando a Marcelo- Voy a acompañarte, por supuesto… -¿No será demasiado doloroso para ti? -Creo que me hará sentir mejor. -Eres un niño muy maduro y valiente. ¡Estoy orgulloso de ti! -¿Sabes qué, papá? Creo que quiero sembrar otra huerta. Ahora entiendo que trabajar la tierra después de una pérdida puede ser genial… Marcelo abrazó nuevamente a su hijo. -Por supuesto, Damián. Lo haré contigo. -Preferiría hacerlo solo. Como un proyecto personal… -Te entiendo, campeón… ´´Cinco años, hijo de puta. Ya comenzó la cuenta regresiva´´ Padre e hijo se sonrieron con amor.

jueves, 23 de julio de 2020

EDGARD, EL COLECCIONISTA-MANOS OSCURAS

EDGARD, EL COLECCIONISTA MANOS OSCURAS Hola, mis queridos amigos. Quiero contarles la historia del velorio del ladrón del pueblo. Llegó llorando a verme Encarnación, la mamá de Dimas, contándome que habían acuchillado a su hijo, en una reyerta, en la cárcel. Ella había solicitado el cuerpo, aún a sabiendas de que no tenía forma de costear sus exequias. Me rogaba, desesperada, que aceptara un cuadro del difunto como pago por el servicio, con la promesa de efectivo a futuro, cuando, al no tener que gastar fortunas en el abogado que se llevaba todo su dinero, pudiera abonarme. Cuando vi la obra, quedé embelesado. Era un desnudo femenino, exquisitamente nimbado en un claroscuro de luces y sombras. Le dije que con la pintura quedaba todo cubierto. Dentro de su desolación, esto la reconfortó. Le pedí ver la producción completa de esa faceta oculta del tristemente célebre delincuente del pueblo. Ella me llevó con gusto a su hogar, y me mostró una bellísima colección pictórica al nivel del artista más profesional. Retratos, paisajes, abstracciones... ¿Cómo una persona con semejante talento había terminado arrancando carteras de las mujeres, y rapiñando casas desocupadas? Encarnación me contó que Dimas, deprimido al no poder vivir de su arte, había comenzado, instado por malas juntas, a consumir drogas. Había dejado de pintar, y se dedicó a las raterías. El velatorio fue muy triste. Nadie del pueblo se acercó a despedirse. Ni siquiera su padre, que sentía vergüenza por el daño infligido por su hijo, y el rencor que todos sentían por él. Así que yo acompañé a Encarnación, escuchando las anécdotas de la labor artística de Dimas, y la tristeza de su caída libre a la delincuencia. Cuando concluyó la ceremonia, y quedé solo, me acerqué al ataúd. Instantáneamente, apareció el espectro del difunto, con semblante desesperado. En la tétrica blancura de la muerte, mostraba sus manos extendidas, teñidas de un negro grotesco de suciedad. Comprendí su mensaje, y le hice una señal de asentimiento. Antes de cerrar el cajón, corté las manos pecadoras. Las traté con conservantes, , y le coloqué un pincel en la derecha, y una paleta de colores en la izquierda, anexándolas al cuadro que me había dado Encarnación, como si estuvieran pintando la obra. Dimas apareció, sonriente, mostrándome sus manos, limpias y blancas. Le pedí que no se marchara, que tenía aún algo por hacer. Organicé, con las autoridades del pueblo, muy reacias en un principio, una exposición con sus obras. Para total sorpresa de todos, fue un éxito. La producción artística del ladrón no solo fue reconocida, sino también vendida, y a muy buenos precios. Cuando terminó el evento, Dimas se nos presentó, a Encarnación y a mí. La abrazó, en una mezcla de súlica de perdón y despedida aliviada, y una señal de agradecimiento hacia mí. Luego, se desvaneció etéreamente, con una sonrisa feliz, dejando a su madre sumida en una enorme paz espiritual. -¿Por qué será, señor Edgard, que no tuvo esta oportunidad en vida? Se hubiera salvado de la cárcel, el pecado y la deshonra. -Quizá no tuvo la humildad de pedir ayuda a tiempo...Lo importante, es que partió en armonía, y que el pueblo, de alguna manera, lo ha perdonado. Hoy tengo en mi colección particular, colgado el cuadro de Dimas, con sus manos pintándolo hasta la eternidad. Aunque no hay forma de excusar la delincuencia, es muy importante brindar ayuda a aquellos que se encuentran abrumados, desesperados, deprimidos. Son muy susceptibles de caer bajo consejos malvados. Cuando sabemos de alguien que está a punto dar un mal paso, no debemos escatimar recursos para intentar salvarlo. Porque la muerte, amigos, llega en el momento menos esperado, con muy pocas posibilidades de remediar los malos actos. Los saludo desde la morgue, recordando las anécdotas de mi colección, y esperándolos, para compartirlas con ustedes. Ya les dije que SIEMPRE los espero. Porque, de una forma u otra, es muy probable que terminen bajo mis...particulares cuidados...

viernes, 17 de julio de 2020

EDGARD, EL COLECCIONISTA- CUANDO EL AMOR...REGRESA

Edgard, el coleccionista Cuando el amor…regresa Queridos amigos: quiero contarles un episodio de mi vida oscuro y perturbador. Cuando joven, yo viví un gran e intenso amor. Se llamaba Estrella. Éramos el uno para el otro. La pasión nos consumía. Mi especial percepción me advertía de algo extraño. Quizá, si no hubiera estado nublada mi mente por la interacción del intenso sentimiento, y las pulsiones erráticas de la piel, me habría percatado de lo que ocurría. Un día Estrella se marchó. Me dejó una carta ambigua, donde me informaba que me amaba, pero que había sido convocada por ´´propósitos superiores´´. Indagué a su familia, donde todos, desesperados, tenían la misma inquietud que yo. Denunciaron su desaparición con la policía, pero, al ser ella mayor de edad, y haber manifestado su voluntad de marcharse, nada se hizo a respecto. Me quedó un horrendo vacío, intuyendo algo sumamente oscuro en su abrupta ausencia. Años después, llegó a mi establecimiento un cuerpo, con un escribano que mostraba la documentación pertinente para un velatorio a puertas cerradas. Acreditaba el pago por el servicio, y el traslado hacia el cementerio, y costas de entierro. Aunque la identidad anunciada de la difunta correspondía legalmente a otro nombre, al ver el cuerpo, supe de inmediato que éste era falso. La finada era mi amada Estrella. Ni el paso de los años, ni el zarpazo de la muerte habían mancillado su espectacular belleza. Lucía sumamente pálida, pero aun así, tenía el aspecto de una plácida mujer dormida en un sueño profundo. Era tan vívida la impresión, que pese a la frialdad de su cuerpo, ausculté su corazón, buscando en vano un levísimo latido. Me embargó nuevamente una negra inquietud. Una sensación de una energía macabra vibrando en el aire, que no terminaba de asir… Pese a que se había solicitado expresamente un velatorio a cajón cerrado, al no haber concurrentes para despedir a la beldad que alguna vez fue mi amor, me quedé acompañándola hasta el momento de su partida, a su morada final. Llegado el momento, antes de cerrar el ataúd, le puse una flor entre sus manos cruzadas sobre el pecho. Inmerso en la incertidumbre, dejé marchar la solitaria comitiva hacia el cementerio, sin el ánimo de asistir al entierro. No deseaba ver como la tierra cubría a quien alguna vez había la motivación de mi sombría existencia. Esa noche, a la madrugada, sentí en el cristal de mi ventana unos golpecitos. Me levanté, adormecido y sorprendido, a ver el origen del ruido. Tras el vidrio, Estrella, resplandeciendo de espectral blancura en la negrura de la noche, insistía con los golpes, un gesto de ruego en el hermoso rostro, mostrándome la flor que dejé entre sus manos, para que la dejara entrar. Entonces comprendí cuáles eran los ´´propósitos superiores´´ que la habían alejado de mi vida. Era un ser de la oscuridad. Una no muerta. ¡Un vampiro! Me vestí apresuradamente, y con la mente enfocada, fui a buscar elementos específicos, que puse bajo mi amplio abrigo, y me adentré en la noche cerrada. La llamé suavemente. Con una rapidez sobrenatural, se materializó, prácticamente, junto a mí. -¡Mi querido Edgard! He vuelto por ti… Con la tierra del cementerio adherida al cabello y ropa, abrió los brazos, buscando los míos. Yo hice un gesto de acercamiento. Ella develó unos filosos colmillos. Rápidamente, saqué de mi abrigo el hacha que escondía, y ante su asombro infinito, cercené su cuello. Su cabeza rodó. El cuerpo demoró unos segundos en caer, que me parecieron infinitos. Sin dudarlo, saqué una estaca en forma de cruz, y la clavé en ese corazón que alguna vez latió al mismo ritmo que el mío. Mentiría si negara que durante el proceso escapaban lágrimas candentes de mis ojos cansados de ver cosas ultra terrenales… Rocié con combustible el cuerpo, en el propio jardín trasero de mi casa, y le prendí fuego. Me quedé a contemplarlo hasta que solo quedaron cenizas, que junté para, más adelante, arrojar a un curso de agua. En cuanto a su cabeza… No me sentí capaz de desecharla, ni destruirla. Le ungí la frente con una cruz de aceite consagrado tintado de rojo, y la conservé en un enorme recipiente de vidrio, que forma parte de mi colección. A veces, me despierto en plena noche a contemplar los rasgos de Estrella, recordando cuando era mi amor. Más de una vez me pareció verla abrir los ojos, y mirarme con una tristeza infinita… Pero pueden ser solo impresiones mías. Saquen ustedes sus conclusiones… Obviamente, en mi mente estaba la idea de encontrar al ser que había transformado a mi amada en un monstruo, y exterminarlo. Pero esa historia, con todo lo que implicó, se las contaré en otra ocasión. Los despido, mis amigos, recomendándoles no abrir jamás la puerta a nadie que toque a la madrugada. Sobre todo, si fueron enterrados el día anterior. Saben que los espero, aquí, en la morgue, mi lugar favorito, como todos los sábados. Dulces y reparadores sueños…