sábado, 21 de marzo de 2020

ALGO OBSTINADA


ALGO OBSTINADA



La tía Pilar era la mujer más obstinada que conocí.

Por lo que me contaron, de niña, era el dolor de cabeza de los abuelos.

No había modo de cambiar su opinión ni de obligarla a hacer nada que ella no quisiera. No le importaban las palizas, las penitencias, los sermones o los ruegos.

Las cosas eran como ella las veía. No aceptaba nada fuera de sus convicciones.

El hecho de que siempre fue naturalmente bondadosa, no transformó su postura ante la vida en una verdadera tragedia, pero dificultaba con su frontalidad e intransigencia la existencia de quienes interactuaban con ella.

De adolescente, bella y radiante, se ganó el amor de un galán que agotó su energía y perseverancia en cortejarla sin éxito.

Lo curioso, es que ella estaba enamorada del tipo en cuestión. Cuando le preguntaban el motivo del absurdo rechazo, contestaba:

-He decidido que no me voy a casar nunca. No nací para obedecer a nadie.

-¡Pero niña, si amas al pobre hombre!

-También amo el pastel de chocolate. Y no voy a contraer nupcias con él, por delicioso que sea.

Y allí murió la cuestión.

Cuando fallecieron mis padres, Pilar se hizo cargo de mí. Me dio todo el amor del mundo, y consiguió, a fuerza de pura obstinación, que me convirtiera en un hombre de bien, luchando sin tregua con las estupideces y vicios de mi adolescencia.

No permitió nunca que desistiera de estudiar, y alejó con tozudez férrea todo lo que consideraba mala influencia o interferencia para mi crecimiento personal.

Ganó juicios a taimados abogados a fuerza de obcecación, cuando tuvo que defender mi patrimonio de parientes que quisieron depredar mi herencia, estudiando leyes, pasando noches enteras sin dormir, para instruir a su defensor con las herramientas jurídicas más acertadas.

Cuidó a los abuelos empeñada en no internarlos en un geriátrico, contra la opinión familiar, atendiéndolos con devoción hasta su partida.

Ya de grande, su salud se resintió. Aceptó, con la indulgencia de una reina que perdona la impertinencia de un súbdito díscolo, mi ruego de que la viera un médico, pero desechó el diagnóstico, ignorándolo de plano.

-No tengo cáncer. No voy a hacer ningún tratamiento. No se hable más del tema.

Aunque el doctor me había advertido que su deterioro la iba a confinar en la cama, la tía siguió, obstinada, su vorágine de actividades sin alterar su rutina.

Adelgazó notoriamente, tenía oscuras ojeras bajo los ojos, pero no atendió los ruegos de nadie respecto de tratar su condición.

Una mañana la fui a despertar, para sorprenderla con un desayuno (ya casi no comía nada), y para mi pesar, estaba fría, y no respiraba.

Llorando, llamé al doctor para confirmar el deceso.

Este la revisó, y se dispuso a darme las instrucciones pertinentes mientras redactaba el certificado de defunción, consolándome, cuando la voz de Pilar nos sobresaltó a niveles de espanto:

-¡No estoy muerta, pedazo de zoquetes! Simplemente, ya no se me antoja respirar…

-¡Bendito Dios, Doña Pilu! ¡Qué no hay forma de que esté viva!

-Si yo digo que estoy viva, lo estoy. Ningún matasanos me va a convencer de lo contrario, por más títulos universitarios que presuma por ahí. Y si me disculpan, señores, les voy a pedir que se retiren para vestirme y comenzar mi jornada.

El doctor huyó de la casa, y por lo que sé, se retiró un tiempito de su profesión, viajando a una cabaña en el campo.

Yo observé, con absoluto horror, como la tía hacía sus quehaceres con movimientos trabados, torpes, canturreando con una espeluznante voz ronca, y una sonrisa socarrona en su rostro violáceo.

Aunque ya no ingería alimentos, me acompañaba en la mesa, me atendía, como si nada hubiera ocurrido. Si intentaba sacar el tema de su fallecimiento, se disgustaba y me ordenaba callarme.

Yo, consternado, no sabía qué hacer, ni a quién acudir.

Pasaban los días, y el estado de la tía era horroroso. Su piel estaba casi negra, supuraba un jugo espantoso, y el olor a putrefacción era insoportable.

-Te amo, tía Pilu, pero debes darte cuenta que no puedes seguir obstinándote contra la realidad de tu muerte. ¿Te has visto al espejo? Además, tiita, hiedes...

Anticipando un sermón con argumentos impenetrables, sacudió con desdén la mano, como espantando una mosca (y de veras que tenía moscas sobrevolándola). En el movimiento, se le desprendieron tres dedos podridos, que cayeron sobre la mesa.

Ella los observó con tristeza, y perdió la inspiración para su discurso.

De sus ojos empañados por una pátina lechosa, surgieron lágrimas mezcladas con pus.

-¡Ay, querido sobrino! He conseguido tantas cosas de puro obstinada…

Creí que esta partida también la ganaría…

-Lo intentaste, tía. Lo hiciste con todas tus fuerzas. Ya es hora de que descanses…

Con una sonrisa que hubiera espantado al más valiente, de no haberla conocido en vida, asintió, me miró con cariño, y encogiéndose de hombros, se desplomó, oficialmente muerta, pese al poder de su tozuda obstinación…


No hay comentarios.:

Publicar un comentario