sábado, 21 de marzo de 2020

EL BEBÉ

Diana se puso a pensar como una sola mala decisión puede cambiar para siempre la existencia.

La suerte estaba echada. No podía volver el tiempo atrás.

Era bastante feliz con su vida, con su trabajo de enfermera, con su casita en el campo, lejos del fragor de la urbe, pero a solo quince minutos del hospital, y a cinco del pueblito más cercano, donde se aprovisionaba, manejando su pequeño y fiel automóvil.

Solo tenía una carencia que la mortificaba: deseaba ser madre con desesperación.

Al principio, al reflexionar que un niño debe crecer con una figura paterna, desistió de hacerse una inseminación artificial, y ser madre soltera.

Comenzó a buscar el hombre indicado, por años, llevándose amargos chascos.

Ninguno era digno de ser el padre de su hijo.

Cuando pasó largamente la cuarentena, sopesó lo que restaba en su reloj biológico para cumplir su cometido, y le entró una prisa que se transformó en obsesión. Le quedaba muy poco tiempo de fertilidad, y sus ansias de tener un hijo no le daba un segundo de paz.

En vez de optar por la inseminación, se propuso encontrar un donante ocasional, aunque no tuviera vínculo con ella y el niño. Ya no le importaba la carencia de padre. Solo quería elegir un ejemplar adecuado para transmitir las características físicas de salud y belleza.

Así que comenzó a tener relaciones con hombres que se adaptaban a los parámetros estéticos que le agradaban como carga genética para su vástago.

Nunca había sido promiscua, pero en su deseo de procrear, dejó cualquier prejuicio moral a respecto.

De cama en cama, con relaciones sin más futuro que una noche de sexo, e incontables test de embarazo negativos, le ocurrió algo que no esperaba: se enamoró enfermizamente de uno de los “donantes”.

El tipo, más joven que ella, y terriblemente guapo, era un verdadero patán.

No trabajaba. Vivía, según él, de inversiones financieras. Su experiencia le decía que el tipo vendía droga, y seguramente participaba en alguna otra clase de delito. Pero era tierno, encantador, buen amante, y solo se veían para tener sexo, por lo que no veía nada de malo extender la relación hasta conseguir el ansiado embarazo. Después, ya vería…

Cuando el test le mostró las dos anheladas rayitas, Diana no cabía en sí de felicidad. Pese a que en principio se había prometido concluir el vínculo al lograr su cometido, sus sentimientos le jugaron en contra, y se lo contó a Adrián. Él se   mostró muy contento, y manipulando su momento de alegría, se instaló en su casa, con la excusa de querer participar del embarazo y nacimiento de su hijo.

De ser un romántico seductor, pasó a cambiar su conducta por el de un controlador obsesivo. La vivía acusando de engaños inexistentes, y comenzó un in crescendo de violencia física y verbal. Luego de los ataques, se disculpaba, le traía un regalo, y le prometía un cambio. La convivencia se transformó en un infierno, lleno de temores, culpa y ansiedad descontroladas.

Más de una vez debió ir a trabajar con una gruesa capa de maquillaje, para disimular los crueles golpes que marcaban su rostro angustiado.

Diana fue lo suficientemente estúpida como para no echar de su casa al canalla, y creerle una y otra vez sus patéticas mentiras.

Cuando su pancita ya era notoria, y tenía comprado todo el ajuar del bebé, (ya sabía que sería un varoncito, y que se llamaría Damián, como su amado padre fallecido), Adrián llegó una noche borracho, y por una estupidez inició una discusión, que terminó con una despiadada paliza brutal. Él la abandonó sin sentido, en un charco de sangre. Solo la casualidad la salvó de la muerte, cuando una lejana vecina se acercó para pedirle una inyección, y al asomarse por la ventana, la vio desmayada, y llamó de inmediato una ambulancia.

Se despertó en el hospital. Le contaron que había estado dos días inconsciente, con conmoción cerebral, y aunque no había presentado una denuncia, se buscaba de oficio a su pareja para apresarle por el brutal ataque, que le había provocado muerte fetal. El canalla tenía antecedentes de violencia, entre otros delitos, como robo y estafa. Hacía rato que deseaban apresarlo.

La tuvieron que intervenir quirúrgicamente, y lamentablemente, quedó imposibilitada de volver a embarazarse.

Destrozada, Diana volvió a su vida una vez que se recuperó físicamente.

Adrián no aparecía, y ella no confiaba en que la justicia de los hombres se ajustara a la barbaridad que le había hecho.

Tenía el presentimiento de que lo encontraría. En realidad, era una certeza. Una cuestión de tiempo.

Con un oscuro plan en su cabeza, comenzó a llevarse del hospital material descartado que se guardaba en un pabellón en desuso, con la excusa de donarlo a un dispensario carenciado de su pueblo. Nadie se opuso: eran cosas destinadas al descarte.

De a poco fue armando un quirófano en el sótano de su casita.

Con robos hormiga, se agenció de un verdadero arsenal de drogas e instrumental.

Tal y como ella esperaba, Adrián se puso en contacto. La llamó al móvil una noche de tormenta en que ella lloraba acomodando la ropita del hijo que jamás tendría.

Con el más sumiso tono de arrepentimiento, le pedía mil perdones por lo que había hecho. Le prometía remediar el mal tratándola como a una reina. Le rogaba que por favor lo cobijara: no tenía donde esconderse de la policía, ni fondos para manejarse. Con un discurso de amor que le hubiera resultado risible de no cargar con su enorme sufrimiento, intentaba seducirla vilmente.

Ella fingió caer en sus redes, y le dijo que lo pasaría a buscar con el auto a la covacha donde se albergaba, debajo de un puente, con indigentes y renegados.

Casi no lo reconoció, vestido como un ciruja, barbudo y demacrado. Solo el siniestro fulgor de sus ojos verdes, casi brillando entre la oscuridad y la lluvia, le permitieron distinguirlo entre los otros sin techo que penaban en el sucio lugar.

Lo invitó a subir al coche. Él lloraba de agradecimiento, repitiendo su discurso, como una letanía, de cambios, de cosas increíblemente buenas que haría por ella, de todo lo que le brindaría, una vez que testificara a su favor, y lo libraran de cargos penales.

Diana le decía que no se preocupara, que en casa hablarían tranquilos, que todo se solucionaría.

No bien llegaron, le dio una toalla y le preparó un tazón de sopa caliente, que bebió ávidamente.

-Debo estar un poco enfermo, amor. Me siento mareado…

-Sí. Estás enfermo. Eres un enfermo. No te aflijas. Soy profesional. Te voy a curar. - contestó con una sonrisa que descolocó a Adrián, antes de desplomarse como un saco de piedras.

Cuando recobró el conocimiento, se encontró atado a una camilla, con una vía conectada, en un remedo de hospital: reconoció el sótano de la casita, mutado con los cambios de Diana.

-¡Por Dios, Diana! ¿Qué haces? ¡Suéltame, por favor!

-Mi querido Adrián: te voy a contar una cosa. Debes saber que con tu golpiza perdí mi embarazo, y la posibilidad de tener otro niño.

-¡Lo siento mucho! ¡Ya te pedí perdón! ¡Podemos adoptar a un chiquillo! ¡Ya mismo te puedo conseguir uno si lo deseas! ¡Sé dónde obtenerlo!

-¡Eres un asco! Te voy a hacer un gran favor. Vas a tener la oportunidad de expiar todos tus inmundos pecados en vida. Me quitaste mi dignidad y mi bebé. Yo te sacaré la tuya, y tú serás mi amado hijito.

-¿Qué vas a hacerme?????

-Voy a comenzar el procedimiento. Pedí licencia en el hospital para atender este asunto sin distracciones de ningún tipo. Ahora relájate. Te administraré anestesia en la vía. Es delicado, y no quiero que te mueras. Necesito que vivas muchos, muchos años…

-¡No, por favor!!!!!!

Cuando Adrián salió del sopor de la anestesia, descubrió con horror, dolorido y choqueado, que Diana le había amputado sus piernas y brazos. Se puso a gritar como un poseso.

-¡Cálmate, querido! Además, nadie puede escucharte. Recuerda que tampoco me oían a mí cuando me atacabas.

¡La intervención quirúrgica fue un éxito! ¡Tengo talento de cirujana, por lo visto! Ni siquiera tuve que transfundirte la sangre que tenía reservada para ti, ya que en todo momento controlé la hemorragia.

Te dolerán un tiempo los muñones, como me dolieron a mí tus golpes, pero no te preocupes: el dolor pasa. Te lo aseguro. Como soy buena, en esta primera etapa, te administraré morfina, para que no sufras. Después de todo, te transformaré en mi bebé, y como madre, debo cuidarte bien.

En la bruma gris de los fármacos, Adrián escuchaba como de lejos la alegre voz de Diana.

-¡Mi bello bebé! Veo que has cicatrizado en forma excelente: eres un luchador, y yo, una gran profesional.

Ahora falta la fase final.

Los infantes no pueden hablar. Solo emiten sonidos. Así que tendré que extirpar tu lengua. Y como sé que serás un niño travieso, y puedes intentar morder a mamá, he estado estudiando muchísimo sobre odontología, para sacar esos dientes, que no corresponden a un bebito.

Prepárate, que aquí vamos, pequeño.

Adrián no tenía fuerzas para quejarse, y pronto la anestesia lo sacó de circulación.

En su nuevo y horrible despertar, sintió una hinchazón descomunal en la boca. Quiso explorarla con su lengua, pero ya no la tenía. El terrible dolor le impedía gritar.

-¡Ya estás consciente, mi niño bello! Mami te dará un calmante. No te aflijas. Pronto estarás en condiciones de tomar el biberón, cuando te recuperes y pueda sacarte la vía.

Me costó bastante cauterizar la herida de la lengua extirpada, pero mamá es muy hábil, y lo logró.

Lo mismo me ocurrió con los dientes: fue dificultoso por mi falta de experiencia odontológica, pero lo suplí con éxito al haber estudiado tanto previamente sobre ello.

¿No estás orgulloso de mami?

El horror y pánico de Adrián lo hubieran llevado a un paro cardíaco de no ser un ejemplar joven y sano. Quería creer que estaba viviendo una pesadilla, y que pronto despertaría.

Pero eso no ocurrió.

Transcurrieron los días, con el odioso y atento cuidado de Diana.

Tal como ella le había dicho, pronto le quitó la vía, y comenzó a alimentarlo con un biberón. Al principio escupía y hasta vomitaba el contenido ingerido, pero luego, el hambre le ganó la partida, y comenzó a tragar ávidamente.

-¡Muy bien, mi pequeño! ¡Mamá te cambiará el pañal! Eres un niñito bueno. Ahora te llamarás Damián, el nombre que tendría el bebé que no nació. Pero tú, mi bello Damián, compensarás tanta carencia y dolor.

Mami se ocupará de que tengas una habitación adecuada, y como no es rica, volverá a trabajar. Tendrás que quedarte muchas horas solo. Serás un buen niño, y esperarás a tu madre, para que te alimente y cambie tus pañales.

Diana desmanteló el quirófano y lo transformó en un cuarto de niños, con una cuna gigante, y un arnés que colgaba del techo arriba de ella para manipular a Adrián.

Consiguió ropa de infante en el mismo lugar especializado donde compró la cuna. Era normal para personas con pulsiones de infantilismo, y Diana agradeció por ello.

Decoró el ambiente con empapelado celeste de ositos, y muchísimos peluches, tal como había soñado para su hijo durante su breve embarazo.

Como le había prometido a Adrián, retomó su trabajo en el hospital, por lo que quedaba solo e inmovilizado por larguísimas horas, quejándose con sonidos guturales, sufriendo el escozor de sus heces contenidas en el pañal, padeciendo hambre e incomodidad. Le rogaba a Dios la muerte, pero no era escuchado…

Lo peor de todo, es que esperaba con verdadera ansiedad el regreso de Diana, no solo para que atendiera sus necesidades básicas, sino porque anhelaba un poco de contacto humano, aunque fuera de su verdugo y carcelera.

Era cierto que le había quitado toda la dignidad.

Al imaginar el resto de su mísera vida, solo podía llorar y emitir grotescos sonidos, deseando el ridículo consuelo del biberón en su boca mutilada…




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