martes, 24 de marzo de 2020

SOLO TRABAJO


Solo trabajo                                                                                                                   





A Cayetano un fuego hirviente le revolvía las tripas.

Firme en su puesto de oficial, ya había alineado el pelotón de fusilamiento.

La realidad transitaba a una lentitud de pesadilla. Le pesaba la cabeza.

A diferencia del exterior, en su pensamiento se cruzaban recuerdos a velocidad mareante.

Escuchaba a su madre: “-Te puse el nombre del Santo del trabajo, para que nunca te falte, mijo- “. La mama sonreía y le acariciaba la cabeza con dulzura, agrietadas y callosas las manos de tantos años limpiando mugre ajena.

Veía a su padre destrozado del cansancio de dieciséis horas de jornalero, orgulloso de sumar sus míseras monedas a las de su esposa. Arengaba a los gurises sobre la importancia de ganarse el pan.

Escuchaba los pasos tristes de sus hermanas mayores, que volvían, como su madre, de servir a los patrones, criarles los hijos y mantener brillantes y pulidos sus lujos.

Recordó lo felices que se pusieron todos cuando ingresó a la milicia, con perspectiva de hacer carrera. No solo era trabajo: era un orgullo, trabajo al servicio de la patria.

Tuvo que usar las armas con los indios. Según el presidente Roca, frenaban el crecimiento de la nación.

Simplemente apretaba los dientes y el fusil. Se convencía de que no era un asesinato encarnizado, sino, su trabajo, trabajo por la patria.

Cuando encontró un nido de chilenos infiltrados para tomar tierras e instigar a los salvajes a sabotear el tendido del ferrocarril, volvió a apretar los dientes y el fusil. El estallido de flores sangrientas lo cegó. El olor a pólvora le atontó los sentidos. El zumbido en los oídos ahogaba el clamor de los agonizantes, susurrando que solo era trabajo.

Después de cada matanza, el superior llevaba la tropa al prostíbulo como recompensa.

Quiso el destino que en el tiempo libre de la tropa Cayetano conociera al gringo.

La milicia frecuentaba la misma pulpería donde los peones de la zona se envenenaban con alcohol ordinario, reventando su magro jornal de vergüenza en generosas dosis de olvido.

Los dos estaban achispados, y tropezaron dando tumbos cómicamente. En vez de trenzarse, se rieron y terminaron chupando juntos.

El gringo contaba que había cruzado el océano con el corazón lleno de esperanza.

Había escapado del hambre y la injusticia, recalando en suelo patagónico. Decía con su lengua atravesada de idioma ignoto. “-Vine con la familia creyendo poder darle algo mejor a mis hijos. Terminé en un hueco, como un esclavo, explotado como animal, con pago de limosna, para hacer más ricos a los ricos-“.

Los clarísimos ojos del hombre se cruzaban con los oscuros de Cayetano. En esa mirada curtida, cansada y rebelde, captaba el sentimiento que tantas veces quiso compartir con los suyos: decirles que el trabajo no era sumisión resignada, que merecía justicia y dignidad.

                                                                                                                                                      

El trago soltaba la lengua del gringo. Confesaba que era considerado un anarquista. Estaba organizando a los trabajadores para luchar por mejores condiciones laborales.

Se sintió reconfortado con los ideales del hombre, en quien identificaba a su familia.

Cuando vencieron al indio y a la amenaza del chileno codicioso del suelo patagónico, surgía otro enemigo por derrotar: agitadores que amenazaban la paz social, pudriendo la mente de los trabajadores con ideas traídas de sus tierras lejanas.

El oscuro destino, después de aquella agradable charla de borrachos, plantaba a Cayetano frente del pelotón de fusileros, y al gringo condenado a la descarga.

Se topó con la mirada del hombre para encontrar reconocimiento, primero, y un profundo desprecio, después.

La cabeza le estallaba. Intentaba, una vez más, apretar los dientes, como una mujer en parto. Él solo iba a dar luz a la muerte. Se repetía como un mantra “-Es solo trabajo, trabajo por la patria-“.

Como oficial debía dar la orden y poner final al momento terrible, eterno, interminable.

El gringo irradiaba rabia, orgullo, asco. Lo escuchó gritar con su exótico acento: “-¡Vivan los trabajadores, carajo!!!!!!-“.

Cayetano ordenó fuego, con voz ronca.

La andanada de tiros sacudió a los condenados como a sangrientos monigotes.

Como el gringo no había muerto, y se retorcía de agonía, le tocó rematarlo con la pistola, implosionando de horror, de espanto desgarrado.

No bien se difuminó la nube de pólvora, el superior anunció que se habían ganado la visita al putero.

A Cayetano, pétrea la expresión, se le escurrió una lágrima, que cayó en la tierra helada, muy cerca de la sangre del gringo.




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