martes, 24 de marzo de 2020

BABA YAGÁ


BABA YAGÁ





Baba Yagá despertó.

Su largo sueño ancestral la había renovado, como siempre ocurría.

Pero esta vez era diferente; acontecía segundos cósmicos antes de su ciclo natural de no ser. Alguien la había convocado.

Se retorció de gusto.

Bien quería conocer a quien había tenido la terrible osadía de invocarla, con todos los peligros que eso le entrañaba…

Se enfocó en su momento.

Captó la esencia del milenio, del siglo en particular.

Procesó en su cerebro supra natural toda la información con increíble rapidez, y sonrió ante las novedades que tenía el mundo para brindarle.

La vieja humanidad jamás le daba buenas noticias…

Sintió las vibraciones de su conocimiento en los huesos pronunciados de su horrible y fuerte cuerpo descarnado. En sus dientes metálicos, que brillaban siniestramente bajo la luz de la luna. En su larga y deforme nariz, que oficiaba de sensible antena.

Experimentó una exquisita mezcla de asco, placer, desprecio, euforia…

Muchas cosas nuevas que decodificar.

Una humanidad absolutamente envilecida, vanidosa, que se creía dueña de la tierra, y la destruía sin piedad, manejando sus nuevos juguetes: unos engendros artificiales a los que llamaban “tecnología”.

Sus profundos ojos negros, con destellos de las brasas de carbón, se iluminaron en la oscuridad, y lanzó una siniestra carcajada que estremeció el sueño de las bestias del bosque.

Aunque era tan tangible y concreta como cualquier materia, sus átomos se modificaban a su antojo para poseer la cualidad etérea de una sombra, un suspiro, un ectoplasma invisible flotando en el espacio.

Moraba en un plano intermedio, entre la realidad y la pesadilla, donde se sentía sumamente cómoda, ama y señora absoluta de su extraño universo.

Habitaba en el corazón profundo del bosque, en una cabaña de madera montada sobre pilotes largos y retorcidos con la forma de patas de gallina, que trasladaban la casa a los lugares donde la voluntad de su habitante deseara.

Se arremolinaron a su alrededor las siete manos que la acompañaban, reptando con dedos agarrotados rematados con uñas filosas como cuchillos. Eran sus queridas ayudantes, sus amigas.

Las terribles garras se movían en un baile de salutación y reverencia hacia su ama.

El entorno físico de Baba Yagá era una extensión de la tremenda energía de su aura: su casa y las manos mascotas vibraban en su misma y poderosa frecuencia.

Se estiró en todo el esplendor de su desgarbada estatura, y se observó en el espejo de plata de su cuarto, regodeándose de su espantosa fealdad, de la impresión que causaba.

Admiró su enmarañado y salvaje cabello cano, la fiereza de su poderosa mirada sabia, temible e hipnotizante, su larga nariz desproporcionada, su boca cruel de sonrisa despiadada, desde donde brillaban sus colmillos de metal.

Se fijó en su ropaje oscuro, un vestido de tela basta que destacaba sus prominentes huesos.

Baba Yagá fue consciente de  su hambre de siglos. Debía saciarla de inmediato, más aún después de su largo sueño.

Enfocó sus sentidos, dejándolos vagar por el bosque como satélites, y descubrió las presas perfectas.

Su cabaña movió sus patas de gallina alargada hacia el punto que ella eligió para la emboscada.

Justo lo que necesitaba: un grupo de almas impuras.

Bajó por la escalerilla de cañas y cuerda con la agilidad de una araña.

Se agazapó entre las frondas seguida por su pequeña tribu de garras reptantes.

Sintió en su propio pecho el latido del corazón del primer cazador, que se había alejado de su grupo.

Percibió la escencia del hombre, su pobreza espiritual, su maldad. Visualizó el estúpido deseo que tenía de matar por matar, sólo para exhibir al pobre animal y vanagloriarse antes sus pares, idiotas y corruptos como él.

Le robaba impunemente a la naturaleza sin ofrecer nada a cambio.

Una mente pobre y egoísta. Un bocadillo perfecto.

Mientras el cazador acechaba por la mirilla de su rifle a un puma, absorto en el momento indicado de apretar el gatillo, a pocos metros, Baba Yagá asintió, y las garras se abalanzaron sobre él, trepando por su cuerpo con desconcertante rapidez. Le taparon los ojos, la boca, y formaron unas esposas vivas que lo maniataron inmovilizándolo.

Ella disfrutó el absoluto terror del hombre, saboreando de antemano el manjar.

Le quitó la ropa y el calzado como quien pela una fruta, entre los inútiles forcejeos desesperados  del cazador, que sufrió horrorizado los primeros mordiscos feroces en sus pies.

Los alaridos que no podían salir por la boca de su presa, Baba Yagá los escuchaba con total nitidez en su cabeza, sazonando su comida.

Trituró huesos, arrancó carne, bebió sangre.

Al llegar a la altura de las rodillas, el corazón del hombre colapsó.

-Una pena-se dijo- Son mucho más sabrosos vivos.

Las garras soltaron su presa, y ella la devoró sin prisas, metódicamente.

Los poderosos jugos gástricos de su estómago disolvían todo lo que ingería. Sólo dejó una mata de cabello gris junto al puñado de ropa descartada.

Observó con desprecio el arma y los demás enseres del hombre.

-Basura, pura basura- escupió.

Ya había tomado su aperitivo. Ahora seguía el plato principal.

Los cuatro cazadores restantes estaban junto a una fogata, bebiendo cerveza y riéndose de sus  estúpidos chistes de borrachos.

Baba Yagá se abalanzó sobre ellos, reduciéndolos con su fuerza sobrenatural. Mientras tres  intentaban vanamente deshacerse de las garras que apresaban sus cuellos, presenciaron desesperados y alucinados, entre la sensación de asfixia y horror, como la extraña y horrible criatura narigona se comía a mordiscones a su amigo.

El puma y otros animales que hubieran perecido  esa noche por las balas de los cazadores, se congregaron en un círculo alrededor de la escena.

Baba Yagá devoró uno a uno a los hombres, sin que su magro cuerpo denotara en lo más mínimo la opípara comilona ingerida.

Su vestido absorbió la sangre que lo empapaba, y se oscureció secándose en el acto.

Las bestias se acercaron. Ella las acarició mansamente, bendiciéndolas.

Su hambre, por ahora, estaba saciada.

 



Después de vagar por el bosque con su cortejo de garras y animales, llenando su ser con la energía de la naturaleza, y lamentándose de los pocos reductos que quedaban en el planeta por la irresponsabilidad y abuso de los humanos, las primeras luces del alba se perfilaron insipientes.

Entró en su cabaña, retrayendo la escalera.

Su materia sufrió una ligera modificación, haciéndola invisible a ella y su entorno.

Con la luz del día, prefería entrar en un estado latente, de introspección.

En su lecho de madera, huesos y paja, estirada y tranquila, caviló sobre su existencia.

Hubo un tiempo, miles de años antes de que surgiera la galaxia, en que era una fuerza inmaterial femenina.

Los Hacedores la eligieron por su potencial con una misión a futuro.

-En la danza del cosmos nacerá un planeta, al que en algún momento llamarán tierra. Tendrás forma material, y morarás en él.

Conocerás cada criatura, piedra y fenómeno que acontezca. Tomarás de su energía, y aprenderás.

Descansarás en los ciclos que te asignemos, volviendo al no ser.

Cuando sientas que conoces en profundidad la tierra, surgirá una especie a la que prestarás especial atención.

Posiblemente ellos te veneren o te teman.

Tu deterioro físico dependerá de la energía de esos seres, y de acuerdo a su comportamiento y evolución espiritual, irán cambiando tus necesidades y pulsiones. Llegará el momento en que conocerás el hambre, y te saciarás de los impuros.

Serás luz y oscuridad. Serás leyenda, porque muchos te verán y escribirán tu historia.

Tendrás el mismo libre albedrío que ellos, pero tu gran sabiduría marcará siempre la diferencia: sabrás a quienes no podrás tocar, para no interferir el curso de la historia. Lo que deba pasar, pasará, por más terrible que sea…

Los Hacedores la hicieron carne cuando surgió la tierra, y Baba Yagá la habitó, observando asombrada la absoluta perfección de la naturaleza, los sincrónicos ciclos de vida y muerte de sus criaturas, donde todo tenía un propósito que servía a la tierra, madre generosa, que amó con reverencia.

En esa etapa ella tenía una belleza inmaculada.

En uno de sus despertares, surgieron unos rudimentarios humanos.

Ella los estudió con sigilo, hallándolos mansos e integrados armoniosamente con el entorno.

Desarrollaron lentamente su cerebro y habilidades.

Poco a poco, los inofensivos primates empezaron a gestar una energía oscura y amarga, que generó los cambios físicos en Baba Yagá.

Comenzó a envejecer. Se volvió grotescamente fea y repulsiva.

Mientras su metamorfosis generada por la maldad de los humanos se acentuaba, surgieron de su propio cuerpo las siete manos que la acompañarían fielmente, sus amigas.

Construyó su refugio, y eligió la noche como período de tiempo activo, utilizando el día para observar escondida a la humanidad, que degeneraba cada vez más su alma.

Comenzó a experimentar el hambre en su cuerpo esquelético, y se volvió la cazadora de los impuros.

Sus dientes mutaron en colmillos de metal. Se abocó a acechar y devorar desenfrenadamente, a sabiendas que había corruptos que no podría tocar, porque formaban parte del designio del karma.



Con el tiempo, había habitado en todos los lugares del planeta, conociendo palmo a palmo las culturas olvidadas, idiomas y protocolos humanos.

Por alguna razón que escapaba a su lógica, había sentido predilección por el territorio ruso, en donde había morado mucho tiempo, y que había gestado su leyenda.

La mayoría de las historias que existían de ella eran disparatadas e incorrectas. Otras, se acercaban bastante a la realidad.

Contaban que se alimentaba de niños, lo cual no era cierto: ella era defensora de los puros e inocentes, fuerza primaria de la tierra, a la que veneraba.

Decían que tenía una pierna de hueso sin carne, también falso. Identificaban esta característica con un poder de mediadora entre la vida y la muerte, ligeramente acertado.

Hablaban de su gran sabiduría y poder para interferir y ayudar en ciertos casos, que era verdad, y en algunos libros, muy viejos, por cierto, se describían los rituales para su invocación.

Estos escritos procedían de personas iluminadas por el don, excepciones en donde se concedía a algunos humanos la capacidad de acceder a los territorios espirituales vedados para la mayoría de los hombres comunes.

Lamentablemente, esta gente siempre había sido perseguida, insultada, temida, y hasta quemada viva, acusadas de brujería. La mayoría eran mujeres, que lo único que hacían era usar sus poderes para brindar ayuda y salvación. Muy pocos utilizaban el don con fines malvados.

En las culturas con gran pobreza espiritual, el patriarcado sentía terror de ver a una mujer con sabiduría y poder.

Al crear la figura criminal de la brujería, eliminaban ese miedo demencial, y lo transmitían a las demás féminas para que no osaran salir de su lugar de opresión e ignorancia…

Baba Yagá se concentró en la persona que la había invocado.

Era una mujer, y poseía, sin saberlo, el don, muy escondido en su corazón torturado.

Se llamaba Alma. Era de procedencia rusa, aunque ahora estaba muy lejos de la tierra de sus ancestros.

Tenía un corazón puro, pero enfermo.

Todo un dilema para Baba Yagá, por lo que se interesó especialmente en el caso.

Algunas personas poseían naturaleza noble, pero algunos detonantes internos hacían que no pudieran manejar sus emociones y sentimientos de la manera adecuada.

Tenía mucho que ver con las heridas de la infancia, con la autoestima, la interacción con el intrincado entorno social humano.

La humanidad, siempre tan complicada…

Con todo un potencial para brillar desperdiciado en banalidades, que los condenaba inexorablemente a la auto extinción.

Su cita con Alma era en el próximo cambio de luna.

Muchos la convocaron en su larga existencia, y aunque había ayudado a bastantes, la mayoría terminaba siendo su cena.

Esta vez intuía que debería interactuar con la humana, y era muy posible que le prestara sus servicios.

Siguió sintonizada a la distancia en la frecuencia de la mujer, esperando el momento de conocerla.

Entre tanto, se entretendría e informaría de lo que debía saber en sus excursiones nocturnas. Pensaba filtrarse furtivamente en las ciudades para captar el espíritu del momento, que dejaba bastante que desear, por lo que había experimentado en su último despertar…  





Alma salió asustada de su sueño en medio de la madrugada, sintiendo una presencia dentro de su cabeza.

Confundida, miró el reloj, que le indicaba las tres cuarenta y cinco.

No fue ninguna pesadilla.

Había sentido que la espiaban y escrutaban.

No tenía sentido. Muchas veces vivía situaciones que no tenían explicación lógica, por lo que estaba casi acostumbrada.

Miró su lado vacío de la cama y suspiró.

Mauricio no había venido a dormir.

Alma no sabía dónde estaba, ni cuando regresaría, pero tenía la absoluta certeza de que la estaba engañando con otra mujer.

Ya hacía años que toleraba la situación sin ponerle un fin lógico. No podía.

No concebía la posibilidad de vivir sin su esposo.

Aguantaba todo, toleraba lo intolerable para no romper el vínculo con él.

Sus amigas más queridas y confidentes no comprendían la situación: Alma era una mujer profesional, una médica prestigiosa, bella y joven aún.

Solo por amor propio, debía terminar la relación con Mauricio, un guapo agente de la policía, que abusaba física y psicológicamente de ella.

A veces desaparecía semanas enteras, sumiéndola en una angustia insoportable, sin contestar sus llamadas desesperadas, sus humillados mensajes.

Después volvía sin dar explicaciones, y si ella se las pedía, le contestaba que era la vida que su profesión le exigía. Si se atrevía a preguntar demasiado, terminaba con una cachetada o un puñetazo en el estómago, y la amenaza de algo peor si insistía.

Alma sabía que Mauricio tenía hijos con otras mujeres.

Ella era estéril, por lo que justificaba estúpidamente la prole extra marital de su esposo, culpándose estúpidamente.

Le había propuesto a Mauricio adoptar un niño, a lo que él respondió despectivamente:

-Porque  seas defectuosa, yo no tengo porqué criar a un bastardo ajeno.

Y Alma se sentía realmente un ser fallado, que no era capaz de brindar a su hombre lo que necesitaba.

Durante el día, su exhaustiva labor como médica en un importante hospital, le hacía olvidar su padecer personal, ayudando todo lo que podía a la gente con abnegación y generosidad.

Trataba de tomar guardias hasta cuando no le correspondía.

Se había ganado el afecto de todo su entorno por su carácter afable, su dulzura y dedicación impecable al trabajo.

Nadie sabía de su sufrimiento, de la angustia que le causaba volver a su casa y encontrarla vacía, sin certezas de cuando regresaría Mauricio, su obsesión personal.

Lo había conocido cuando era residente. Él había llegado herido a una guardia de emergencia a raíz de un enfrentamiento armado con delincuentes.

Se sintió muy conmovida por el caso, y se prometió que salvaría al valiente agente.

El joven se mostró muy agradecido con ella, y la invitó a salir. Sumamente halagada, aceptó con gusto, atraída fuertemente por aquel muchacho de mirada salvaje y sonrisa encantadora.

Recordaba con amargura unas palabras que le dijo una vez ya casados:

-Yo puedo ir y venir. Eso va a ser inevitable, pero recuerda que siempre voy a regresar contigo. Es un pacto.

En ese instante, no entendió a qué se refería, y como estaban en su mejor momento, no indagó sobre el significado de la frase.

Poco tiempo más tarde comprendió de qué se trataba, cuando comenzaron sin ningún motivo aparente sus inexplicables y crueles ausencias.

Ahora había llegado a un punto de desesperación donde ya no podía soportar más los escapes de Mauricio. Lo quería al volver del trabajo, lo quería pegado a su ser todo el tiempo.

No le importaban las infidelidades ni maltratos. Solo deseaba que se quedara con ella para siempre.

Evocando los cuentos de la infancia de su abuela, recordó un libro que ella le había legado, y con infinita paciencia, pasó de admirar los dibujos antiguos, a traducir del ruso el contenido del manuscrito, basado en una leyenda, donde se especificaban los rituales precisos para llamar a un ser mitológico que su abuelita le había contado tantas veces, que formaba parte de sus creencias.

Su abuela le había narrado durante innumerables noches los cuentos de una mágica criatura que ayudaba a los puros de corazón y devoraba crudos a los malvados y corruptos.

Su percepción alterada de la realidad, su don dormido como una oruga a punto de mutar, le indicaron a su mente torturada que los cuentos no eran tales, sino una poderosa verdad oculta entre la maraña del tiempo y la fantasía de niña.

Y con el propósito de atar consigo a su marido, Alma invocó a Baba Yagá.





Baba Yagá se internó en las ciudades, captada por su entorno como una horrible y deforme pordiosera.

Disfrutó los paseos aprendiendo y apreciando las pocas cosas bellas creadas por los humanos.

Le agradaban algunas obras arquitectónicas, que si bien no tenían comparación con la magnificencia desplegada en otros tiempos, no dejaban de tener cierto encanto.

Usó los atardeceres para conocer los museos. Se deleitó con pinturas y esculturas.

Se maravilló con la música que sonaba.

Comprendió todos los avances del mundo virtual y digital, sin aprobarlo plenamente.

Se entristeció al ver cuán lejos se encontraba la mayoría de los hombres de la naturaleza, y cómo criaban a sus hijos sin enseñarle sus bondades.

Devoró al amparo de la noche innumerables traficantes, proxenetas, depravados, asesinos y seres enmascarados con bellas sonrisas, crueles y corruptos a límites insospechados.

Antes de descartar los deshechos de sus víctimas, los despojaba de su dinero, el que repartía entre las numerosas personas sin techo que vivían desamparadas, a contraposición del lujo y los avances existentes.

Los indigentes, primero se espantaban con su aspecto, y luego la aceptaban como alguien más desafortunada que ellos.

Quedaban maravillados y agradecidos cuando Baba Yagá les repartía el dinero hurtado de los impuros.

Una mujer mayor, muy deteriorada por el abandono y el alcohol, le preguntó, alucinada, como quien recuerda algo olvidado por mucho tiempo:

-Tú… tú eres… ella?

-Sí, venerable madre y abuela. Lo soy.

Y antes de que la anciana reaccionara, se esfumó como un suspiro de la noche misma.

La vieja mujer cayó de rodillas, emocionada, sin dudar de la aparición, sintiendo que podía morir satisfecha, que había conocido a la protagonista de los relatos que sus ancestros le habían contado en su lejanísima tierra cuando su vida aún era una insipiente promesa, y no la ruina librada al abandono que era ahora…







Baba Yagá se sentía muy incómoda.

Por primera vez en tantos siglos transcurridos, estaba tentada de desobedecer a Los Hacedores, y masacrar sin piedad a los grandes corruptos que entretejían el hilo de la historia.

Le inspiraban un profundo asco y desprecio.

Encumbrados en su poder intocable, ignoraban el sufrimiento profundo de aquellos a quienes debían servir.

No era que hubiera cambiado el esquema de los estratos sociales humanos.

Desde siempre había presenciado injusticias abominables.

Pero en estos nuevos tiempos, la energía oscura de los impuros alcanzaba niveles tan extremos, que se asombraba de cómo habían degenerado aquellos viejos primates inofensivos a estas bestias despiadadas y amorales.

Por supuesto que siempre se perfilaron hacia ese camino, no debía considerarlo una sorpresa.

Fantaseaba con una matanza masiva de líderes poderosos, con un reparto de bienes equitativos entre los mortales, con una enseñanza que les permitiera volver al amor de la madre tierra…

-Debo controlarme. Soy solo una sierva de propósitos superiores. No puedo interferir…-se repetía como en una letanía.

Y a la espera de su cita con la mujer del don dormido, siguió en las ciudades depredando a los impuros, ya no con hambre, sino con la gula de sangre que le inspiraban sus maldades.

Entre los desamparados beneficiados por sus repartos de dinero surgió una nueva leyenda urbana. Una anciana alcohólica y desmadejada le  aclaraba a todos los que hablaban de ella con diversos nombres y motes:

-No se llama así- les decía con su ajada voz encendida de pasión- Se llama Baba Yagá, y es una fuerza de la naturaleza. Es la mediadora entre el bien y el mal, que concede bondades a los puros y destruye a los injustos.

Su presencia anuncia tiempos de grandes cambios, amigos míos, no lo duden- aseveraba la pobre vieja, llena de esperanza.

-Yo la conocí. La vi personalmente. Sabía de ella de pequeña.

Es muy poderosa.

Sean respetuosos, por favor. Menciónenla por su nombre: Baba Yagá…





Llegó el cambio de luna, y con él la cita de Baba Yagá con Alma.

Abandonó el recorrido por las ciudades, y nutrida con sus nuevos conocimientos, se trasladó en plena noche al departamento de Alma.

Ella yacía en la cama solitaria, sin poder conciliar el sueño.

Sintió una extraña vibración en el aire, y se incorporó, observando a su horrenda visitante, velada por la penumbra.

Baba Yagá esperó el primer impacto del natural  miedo y  repugnancia que generaba su presencia. Quedó totalmente sorprendida con la reacción de la mujer, que la miraba arrobada, con total candidez, admiración y alegría.

Lejos de espantarse, prendió el velador, y se arrojó a los pies de Baba Yagá, con los ojos llenos de lágrimas, y los besó.

-Gran madre de la tierra! ¡Me escuchaste!! ¡Sabía que vendrías!...

Mi abuela me contaba de ti cuando era pequeña.

Yo sabía que la historia no era una fantasía. Lo sentía en el fondo de mi espíritu, con toda mi fuerza…Y ahora estás aquí- dijo riendo casi histéricamente.

-Levántate, mortal. Has sabido entender la vieja verdad escondida, como muy pocos.

He venido a escuchar tu petición. Cuéntame.

Alma se irguió, y guió a Baba Yagá hasta la cocina, invitándola a sentarse.

-Quiero pedirte que me concedas una sola cosa: deseo que mi esposo no se aleje nunca más de mí. Que jamás pueda irse de mi lado.

-¿Eres consciente de que en caso de cumplir lo que anhelas, él no estará contigo por su propia voluntad, sino por el destino que le interpondré?

-No me importa. Lo único que imploro es que no pueda alejarse y dejarme sola.

-Mujer, realmente no te comprendo. Puedo captar tus más íntimos pensamientos y vivencias.

El hombre que quieres atar a tu vida es malvado, vil, egoísta…Tú eres diferente, podrías ser feliz con cualquier otro macho de tu especie.

Ante mi mirada, tu esposo es más candidato a ser mi comida que tu compañero…

-¡Por favor, querida madre ancestral! Sé quien es Mauricio. Mantengo mi pedido, con toda la fuerza de mi corazón. ¡Te lo suplico humildemente! - sollozó Alma, desesperada, aterrada con la posibilidad de que su marido terminara siendo devorado con justa razón.

-No estoy de acuerdo con tu deseo, pero creo que estoy en un momento de debilidad…Eres un espíritu limpio, y aunque no lo sepas, tienes el don.

-Qué don?

-Eres especial. No puedo explicártelo. Debes descubrirlo por ti misma.

Ahora escucha. Solamente a través de algo terrible puedo amarrar a ese hombre contigo. Su existencia cambiará abruptamente, y quedará absolutamente ligado y dependiente de ti.

¿Aceptas el trato con estas condiciones? Ten en cuenta que la vida de ambos se transformará para siempre. No se podrá deshacer jamás lo realizado, ni habrá posibilidad alguna de volver atrás.

Eres joven aún, eres bella, inteligente y deseable.

Podrías elegir otro camino, transitar una historia diferente, crecer y florecer de otra manera…

En los ojos de Alma se asomó un brillo desagradable y furtivo, que Baba Yagá captó de inmediato.

-¿Pero si mantengo mi petición, él se quedará conmigo, no es así?

-Sí. Contigo para el resto de sus días en la tierra.

-Entonces, acepto tu bondadosa dádiva, venerada madre de la naturaleza- dijo Alma besando las arrugadas manos de la protagonista de los cuentos que su abuela le relataba en la infancia.

Baba Yagá se sintió contrariada, pero nunca faltaba a su palabra.

-Prepárate, entonces, mujer. Deberás ser muy fuerte. Vas a tener una labor dura y difícil. Es tu elección. Tu rumbo espiritual se modificará para siempre.

Recuerda que lo que te voy a conceder está fuera de mi verdadera forma de sentir… Tengo cierta debilidad por los mortales con el don… ¿Estás absolutamente segura de esta decisión?

-Totalmente- y el brillo siniestro volvió a destellar en sus claros ojos luminosos.

-Bien. Entonces no hay más que decir. Aprende de lo que acontezca, tal y como yo lo haré.

No puedes volver a llamarme . Desde ahora, no serás considerada pura nunca más. Yo capto la naturaleza de tu ser.

¡Debería devorarte! -dijo Baba Yagá con una mueca feroz retorciendo su horrible rostro.

Antes de que Alma pudiera reaccionar, la aparición se desvaneció en el aire, en un crujido de electricidad estática que le erizó la piel.

Sonó el teléfono. Le avisaban que Mauricio había sufrido un terrible accidente automovilístico, y que su estado era gravísimo.

 



Unos meses después, Alma pudo retirar a su marido del hospital.

Había quedado postrado, cuadripléjico, sin control de las funciones de su cuerpo.

No había perdido, para sorpresa de los médicos que lo trataron, la habilidad de comunicarse verbalmente, pese al terrible daño neurológico sufrido.

Alma, que tenía dinero heredado de su familia para subsistir holgadamente, renunció a su trabajo para consagrar su tiempo al cuidado de su esposo.

El la miraba con un gesto de torturada impotencia.

-Mi amor, querido, quédate tranquilo, que voy a atenderte como a un rey.

-¡Por favor, Alma, si me quieres, aunque sea un poco, mátame, por favor!!! ¡Te lo suplico!!

¡No soporto estar así!!! ¡Cada instante es una tortura! ¡No aguanto más! ¡Por favor!

¡Te pido perdón por todo lo que te hice, hazme este último regalo, en nombre de los buenos momentos que vivimos! ¿No es cierto que tuvimos muy buenos momentos? ¡Ten piedad, mátame!!!

-Mauricio, nunca sería capaz de hacer algo semejante!!! ¡Sabes que te adoro con todo mi corazón! Te voy a brindar tanto amor, tanta dedicación, que pronto te acostumbrarás a esta condición.

Estás seguro conmigo, a diferencia de las rameras con las que andabas.

No hubieras sufrido ningún daño si hubiera estado yo a tu lado el día de tu accidente.

Tú, tranquilo. Te acompañaré cada minuto, cada segundo. Te alimentaré, higienizaré, te leeré. Pondré en la tele tus programas favoritos, el fútbol, lo que quieras ver.

Cambiaré tus pañales, tu ropa, para que estés fresco y cómodo.

Seré lo primero y lo último que veas en tu día.

Y Alma le sonrió a Mauricio con una mezcla tan extraña de devoción y furia contenida, que él se sintió transponer un portal de horror insoportable, mientras lágrimas desconsoladas rodaban por su rostro crispado.

Alma siguió sonriendo.





Baba Yagá volvió a transitar las ciudades masacrando cuanto ser impuro se cruzaba en su sigiloso camino.

Le había quedado un sabor amargo de su encuentro con Alma.

La mortal la había sorprendido, con su amor enfermo transmutado en locura, y su locura, en venganza disfrazada de amor.

¿Qué la había llevado a concederle su petición, a sabiendas de la oscuridad que subyacía en el corazón aparentemente puro de la mortal?

¿Un propio deseo ancestral femenino de justicia?

¿Una extraña empatía con las mujeres oprimidas del mundo?

Ella tenía demasiados siglos encima como para salir de su esquema cuidadosamente orquestado en relación a los mortales.

La energía negra de estos había acrecentado su fealdad a niveles de pesadilla.

Baba Yagá se regodeaba del horror absoluto que generaba su imagen espantosa, como quien saborea un amargo fruto cosechado con mucho esfuerzo. Eso la consolaba un poco de su episodio con la humana enferma.

Todo lo que acontecía era el producto de un propósito superior.

Sabía muy bien que le quedaba poco tiempo de vida a la raza humana.

Lo sentía en su ancestral espíritu sabio con una convicción absoluta.

Entre tanto, le quedaba seguir aprendiendo, y varios ciclos de no ser y despertares.

Pensaría en lo ocurrido en su cabaña, en el interior del bosque, rodeada de sus manos amigas, sintiendo el pulsar de la naturaleza en el latido de su viejo corazón.

Sus labios enmarañados de arrugas se curvaron en una cruel sonrisa de metal, y desapareció como un suspiro agonizante de la ciudad agobiada…





                                       

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