jueves, 2 de julio de 2020

EDGARD, EL COLECCIONISTA-EL CORAZÓN ROTO

Edgard, el coleccionista El corazón roto Hola, queridos amigos. Quiero contarles la historia de la muerte de la muchacha más bella del pueblo. Se suicidó por una decepción amorosa. Con sus tiernos quince, un misterioso hombre que la triplicaba en edad la había enamorado, prometiéndole, en su condición de casado, un divorcio y una vida en común. Como siempre se prorrogaba la cristalización de la promesa, la niña le inventó un embarazo al amante, que le confesó que no pensaba separarse de su esposa, ni distanciarse de sus hijos, y que solucionaría el ´´inconveniente´´ con un médico de su confianza. Clara, totalmente desgarrada, optó por envenenarse con raticida. Algún componente del veneno había tornado su piel de un tono azulado. Sus padres me pidieron, entre la desesperación de la pérdida, que hiciera lo posible para que se viera hermosa en su despedida. Con sumo respeto, cuando tuve el cuerpo de la niña tendido en la camilla, preparé el material para subsanar el extraño tono azul de su piel. Azul…el color de la tristeza, según los entendidos… No bien me aboqué a mi labor, el espectro de Clara se me presentó, con el rostro más desolado que había visto en mi vida. Los muertos no hablan. Pero ella quería contarme algo. Quería develarme el secreto de la identidad del hombre que le había roto de angustia el corazón. Así que acepté con un gesto que me abrazara, para sentir su pesar. Fue un instante, mientras sus fantasmales brazos se entrelazaron en mi cuerpo, donde, con un recorrido de hielo líquido por mis venas, vi todo lo que la agobiaba. El amante que la había engañado, aprovechándose de su inocencia de niña, era el socio y mejor amigo de su padre. Percibí las malas artes del sujeto, las ilusiones sembradas en vano en un alma pura, la traición a su familia y amigo de años, y el dolor inmenso que llevó a la niña hacia la muerte. La chica captó mi entendimiento de la situación, y deshizo su abrazo gélido. -Bella Clara: no solo he comprendido la injusticia cometida, sino que creo tener la solución para que puedas alcanzar la luz de tu descanso celestial. Y, de paso, equilibrar la balanza… Ella asintió. Le extirpé el corazón, y con finísimo hilo de oro, lo suturé, para simbolizar la reparación de su cruenta ruptura. Con amor y cuidado, lo coloqué en un bellísimo frasco con líquido conservante, donde flotaba, emitiendo destellos dorados. Luego me dediqué con alma y vida, a embellecer el semblante de la niña, dejándola con su mejor aspecto, como si la tragedia no la hubiera atrapado entre sus fauces… Ya en el velorio, los padres se sintieron, dentro de su profunda congoja, agradecidos por la tarea estética, que les permitía llevarse el recuerdo de la hermosísima hija. En un momento que consideré oportuno, me acerqué al infame, que montaba la comedia de consolar a su amigo. -Señor Amenábar, lo molesto un momento. No es el lugar ni la ocasión oportuna, pero lo sé coleccionista de arte, y quisiera su experta opinión sobre una pieza que he adquirido. ¿Le molestaría acompañarme un instante a mi oficina? -Para nada, señor Edgard. Será un placer. Me halaga que me tenga en cuenta para la apreciación… Ya en la oficina, descubrí el frasco, que tenía tapado con un paño rojo. Él lo observó con ojos desorbitados. -¿Qué es eso? ¡Por Dios! -Es un corazón roto por un ser abyecto. Si lo mira con detenimiento, verá que está reparado con finísimos hilos del más delicado oro… Justo entonces, el corazón comenzó a latir dentro del recipiente, emitiendo un sonido rítmico, como un sollozo. No pude menos que recordar el cuento de Poe… Amenábar estaba fuera de sí. Temblaba, se llevaba las manos a la boca, se estremecía de espanto… -Este órgano, tan puro y sensible, fue suturado con hilos muy delgados. La maldad, traición y engaño, necesitarán no un hilo, sino algo mucho más grueso para subsanar tantas bajezas. En ese momento, el espectro de Clara se presentó, y su amante salió despavorido de mi oficina. En el velatorio, dio una excusa a los presentes para retirarse. Como lo vieron totalmente descompuesto, pensaron que era por solidaridad con el pesar de su amigo. Su familia se quedó, despidiéndolo amorosamente. Finalizó el velatorio. Encontraron a Amenábar colgado en el living de su casa de la artística araña que decoraba su lujosa sala, con una gruesísima cuerda, la cara oscurecida con un azul violáceo, mucho más oscuro que el tinte de tristeza del cuerpo de Clara. Nadie pudo explicarse el motivo de tal acción. Cuando estaba acomodando la bella pieza del corazón cosido, apareció el espectro de la muchacha. Me miraba con una sonrisa de paz. Un aura de luz la nimbaba, exaltando su belleza. Se cruzó los brazos en el pecho, simbolizando un abrazo agradecido, y luego me saludó. Después, se desvaneció en un destello dorado. Yo sonreí también. La niña había encontrado la tranquilidad de su alma, para marcharse en paz. Sabía que la poderosa energía que había esparcido con su partida, llegaría hacia sus padres en un mensaje amoroso, que les ayudaría a sobrellevar el duelo… Los muertos, amigos míos, nos piden justicia a través de distintas maneras. Defendamos siempre a aquellos que ya no cuentan con voz para hacerlo. Recuerden esta pieza artística de mi colección: el corazón reparado. Los saludo, a la espera de un nuevo encuentro. Sepan que están en mis pensamientos. Quisiera estar siempre en los suyos… Hasta la próxima…

viernes, 26 de junio de 2020

EDGAR, EL COLECCIONISTA- LEGADO FAMILIAR

Edgar, el coleccionista Legado familiar Hola amigos. Quiero contarles una anécdota de mi infancia. Yo tenía un hermano gemelo idéntico, Eduard. Éramos inseparables. Nos complementábamos en forma perfecta. Era como si pensáramos en equipo, o nos leyéramos el pensamiento. Un día, el que cumplíamos doce años, se nos ocurrió jugar en los techos de la funeraria, mientras mi madre preparaba el festejo. Corriendo en forma temeraria, nos movíamos como gatos. Pero Eduard tropezó con una teja floja, y cayó, rompiéndose el cuello. Fue terrible. Sentí como si una parte mía se hubiera quebrado en forma irreversible. Pese a observar el desmadejado cuerpo de mi hermano desde arriba, en una posición horrendamente anti natural, mientras se escuchaban los primeros gritos y lamentaciones, desde la casa familiar, Eduard continuaba a mi lado. Me miró tristemente, y apoyando su mano, que se sintió como una corriente helada sobre mi hombro, hizo con el dedo sobre sus labios un gesto de silencio. Yo asentí, y bajé del techo, seguido todo el tiempo por él. Cuando pasó la pesadilla de llamar a la policía, y se brindó el permiso de disponer del cuerpo, mi padre, trastornado, pero estoico, habló conmigo. Me dijo que ahora era el único heredero de una empresa familiar centenaria, y que la desgraciada ocasión era propicia para aprender la profesión. Me dio el material para cambiarme, y me hizo entrar a un sector de la funeraria que hasta entonces me tenía vedado: la sala donde se preparaban los cadáveres. Eduard yacía en una camilla, tapado a medias con una sábana manchada por sangre. Los ojos le habían quedado desviados por la caída, mirando la nada, cada uno en una posición diferente. Al ver la extraña postura de su cuello, no había dudas sobre la causa de su muerte. Su boca estaba abierta, como queriendo emitir un último grito, que jamás saldría, que había quedado atrapado por la eternidad. Yo, ya vestido con un guardapolvo que me quedaba grande, me sentía mareado, viéndome a mí mismo yaciendo en la plancha de acero inoxidable, y sintiendo la presencia helada de Eduard, que oprimía mi hombro, como para darme aliento. Padre comenzó los procedimientos. Presencié y asistí las incisiones, drenajes, costuras, rellenos y arreglos de un cuerpo idéntico al mío, mientras la imagen de Eduard asentía, en señal de apoyo. En ningún momento me mareé, ni dejé escapar el llanto que me oprimía el corazón. No quería decepcionar a papá, que se mostraba orgulloso de mi compostura. Fue un trabajo arduo dejar presentable a mi hermano. Hubo que cerrarle los ojos cosiéndolos estratégicamente. Cuando mi padre usó sus conocimientos para hacer lo propio con su boca, sentí un crujido espeluznante. Otro más terrible le precedió cuando acomodó su cuello destrozado. Luego desplegó su pericia con el maquillaje. Me dio instrucciones precisas de cómo usarlo, con un tono de voz estremecido que jamás olvidaré. Cuando llegó el momento de vestirlo, Eduard parecía dormido plácidamente. Papá era un artista. Ni mi madre, ni nadie que lo viera en su velatorio se llevaría la terrible imagen de un cadáver retorcido, mancillado por la muerte violenta de la fatal caída. Se llevarían el recuerdo de un niño con el aspecto de descansar tranquilo. La experiencia me conmocionó particularmente. Oficié a la par de mi padre como anfitrión en el velorio, vestido formalmente. Se había muerto mi otra mitad. Y yo había aprendido el arte de embellecer la partida de esa parte mía que negaba a marcharse, ya que Eduard me acompañaba, sin que nadie más que yo pudiera verlo. Recién cuando llegó el momento de cerrar el ataúd, mi hermano me hizo un gesto de despedida, y otro que entendí muy bien. Se golpeó el pecho espectral, y señaló el mío. Asentí. El habitaría mi persona. No perdería nunca la dualidad de mi gemelo. Así es como mi cumpleaños, es también el día de mi muerte. Nacer, y morir. La ambivalencia del existir. Yo la tengo, y la cuido como un tesoro. Y también es otro bello tesoro el legado familiar que recibí ese día. Único e inapreciable. Quiero que piensen en sus seres queridos. Que sepan cuidarlos y disfrutarlos, porque la muerte acecha constantemente. Y créanme, amigos. Los muertos no hablan. Se llevan sus secretos para siempre. Los saludo afectuosamente, mis amigos. Los espero. Siempre los espero…

miércoles, 17 de junio de 2020

EDGAR, EL COLECCIONISTA - EL DEDO ACUSADOR

Edgar, el coleccionista El dedo acusador Hola, amigos. Quiero contarles sobre el poder sanador del arte. Recuerdo a la sra X, una viuda maltratada durante décadas por su esposo. Me sorprendió verla sumamente atormentada, en pleno velatorio, aún con la partida de su torturador. Se animó a contarme lo que le ocurría. -¡Es espantoso, Edgar! ¡Su imagen me persigue en todo momento! ¡Mientras yace en su féretro, él me señala con su dedo acusador! ¡Me hace responsable de todas sus faltas y errores! Siempre me acosó así. Me está mirando, con una horrible cara de ira, y su dedo me apunta… Las lágrimas escapaban de sus aterrados ojos. -La voy a ayudar. Retírese a descansar. Ya casi es hora de cerrar el ataúd. Me ocuparé. -¡Usted es muy bueno, pero ese monstruo no me dejará en paz! -Confíe en mí… Cuando quedé a solas con el difunto, busqué mi sierra. Le cercené la mano, desde la muñeca. La preparé con los conservantes adecuados. La monté en un pequeño pedestal, con su pose acusadora. Sobre el dedo, clavé finísimos clavos largos, hasta que quedó como un erizo metálico. -Cada clavo representa las culpas con que afliges a tu esposa. ¡Solo te pertenecen a ti, engendro del mal! ¡Llévatelas a la tumba, y no te atrevas a volver! Me vino a ver la señora X, al día siguiente. -¡Gracias, señor Edgar! No sé lo que hizo, pero lo logró… Estaba el horrible espectro de mi marido sobre mí, señalándome, cuando de pronto, el asombro apareció en su semblante colérico, para observar, estupefacto, que su mano había desaparecido… Emitió un quejido infrahumano, y se evaporó en una niebla. ¡Estoy en paz! Nos despedimos. No le conté mi método. Ella está liberada. Y yo tengo una pieza muy singular para mi especial colección. El arte sana, mis amigos. Hasta la próxima…

lunes, 15 de junio de 2020

#MismoInicioDiferenteFinal Vidas robadas-

Vidas robadas- Jean caminaba a paso rápido sin destino. Las nuevas cerraduras le hacían casi imposible su trabajo. Y es que Jean era un ladrón de casas. Pensaba en sus opciones cuando de pronto vio…Una puerta con las llaves puestas. Se detuvo y se giró buscando al dueño, pero no había ningún alma en la calle. Giró la llave y entró a una vivienda que parecía vacía. Maldijo por lo bajo. -¡Hola, soy vendedor de seguros! ¿Hay alguien en casa?- preguntó, mientras se adentraba a explorar. La sala principal solo tenía muebles viejos y destartalados. En una de las habitaciones, encontró, en una mesa de luz polvorienta, billeteras con dinero, y diversos ornamentos. Algunos eran basura sin valor, pero otros, eran de oro. Se le abrió de asombro la boca al ver un diamante auténtico, y unos fantásticos gemelos. -¡Bingo!-se dijo, mientras guardaba el tesoro. Era todo muy extraño. Quizá había caído en la guarida de un colega. Solo daría una vueltecita rápida, y desaparecería raudamente. Sonrió al imaginar la cara del tipo al ver que su estúpido descuido le había costado el botín… Hizo un tour por el lugar, hallando una cocina sin nada aprovechable. Le llamó la atención la cantidad de bolsones de comida para perro acumuladas, entre la dejadez y el polvo. Llegó a un pasillo, con una puerta al fondo. Se acercó a la misma, y se sobresaltó al escuchar sonidos amortiguados. Su primer impulso fue huir con presteza, pero ¡ay!, esa maldita curiosidad, que lo instaba a meterse siempre en problemas… Abrió sigilosamente la puerta, evidentemente, de un sótano. Los ruidos se hicieron más nítidos. Eran gemidos, quejas. Con una sensación de irrealidad, prendió el interruptor, deshaciendo la penumbra, y descendió los escalones. Sabía que no podría dormir por muchas noches si se quedaba con la intriga… La visión con que se topó lo paralizó unos segundos. El lugar estaba lleno de jaulas. En cada una de ellas, personas desnudas, amordazadas y maniatadas, de distintas edades, forcejeaban en vano, intentando quitarse las ligaduras de sus manos. Todos tenían la más variada gama de laceraciones en el cuerpo. Algunas estaban vendadas. Otras, ya eran cicatrices. Jean se acercó a una jovencita, de entre todos los que lo observaban con miradas implorantes. Introdujo su mano entre los barrotes, y no sin esfuerzo, le consiguió correr la mordaza. -¡Ayúdanos, por favor! ¡Volverán en cualquier momento! -¿Qué les ocurrió? ¿De quiénes hablas? -¡Nos secuestraron unos locos! ¡Nos encerraron para torturarnos! ¡No tienes idea las cosas horrorosas que nos hacen, mientras un insano filma! ¡Nos alimentan con comida para perro, y nos obligan a realizar los actos más abyectos que puedas imaginarte! -¿Cómo abro estas jaulas? Tienen candados… -¡Solo sal corriendo de aquí y pide ayuda! ¡Tienen las llaves encima! Jean miró a su alrededor, para ver si había algo con qué romper los candados. La idea de ir a la policía por auxilio, no le hacía mucha gracia. Lo conocían demasiado allí. Muchos ojos sesesperados lo urgían a encontrar una solución. -¡Apúrate, por Dios, ya están por llegar! ¡Dejan como cebo las llaves puestas en la cerradura de la casa! A Jean se le heló la sangre en el cuerpo. Antes de darse vuelta para huir, buscando ayuda, la mirada horrorizada de la chica le indicó que algo estaba más que mal. Un golpe en la cabeza lo sacó de circulación. Cuando despertó, dos tipos encapuchados, con un montón de herramientas escalofriantes, lo tenían tendido en una camilla, con la cámara dispuesta a filmar. -¡Bienvenido a nuestro humilde morada! ¿Preparado para ser una estrella de la Deep web? ¿Sabes qué te abrió la posibilidad de la fama que compartirás con tus amigos? La costumbre de entrar sin permiso a lugares donde no debes husmear…Como tus compañeritos. Relájate. Empezaremos con algo…leve. Iremos de menor a mayor. La cámara se encendió, mientras Jean amordazado y maniatado, veía acercarse el escalpelo a su entrepierna desnuda…

sábado, 23 de mayo de 2020

ANGELES

Ángeles -Doc, ya son doce horas sin parar. Ya váyase a descansar… -¿Qué hay de ti, Rosa? ¿Cuánto llevas en pie? Ella se encogió de hombros, con una sonrisa cansada. El doctor le sopló un beso. Admiraba profundamente a la curtida enfermera, y su fortaleza. -Me voy a ir, pero a mi misión secreta… -¡Por cierto! ¡Tengo algo para eso! Rosa le entregó una pesada bolsa. Él la recibió, feliz, y se marchó. Sacudiéndose el agotamiento, al llegar a su hogar, llenó de bultos su coche, y se dirigió al barrio más pobre de la ciudad Sacando el primer paquete, tocó una humilde puerta. -¡Doctor! ¡Dios lo bendiga! Cristian sigue con fiebre...¡Gracias por los alimentos! El médico reconoció amorosamente al niño, y le dio instrucciones a la afligida madre, para seguir su ronda. -¿Ya se fue el ángel, mami? Me siento mejor… -Era el doctor, mi cielo… -No, mami. Es un ángel. Ustedes, los adultos no los reconocen. Nosotros, los niños, lo sabemos…Ángeles de bata blanca…

LA NATURALEZA CANÍBAL

La naturaleza caníbal Mimí Marmor El dolor de mi pierna fracturada es pulsante, enfermizo. Susurra historias de pus, infección, gangrena… Acallo esa vocecita interior ejercitando la memoria con la época en que era padre, hijo, esposo. La feliz época anterior a la guerra. Mi pequeño grabador escucha mi relato. Llegaron dejándonos maravillados. Sus hermosas naves iluminaron la noche con una suave bruma dorada. Usando el cielo de pantalla reflectora, proyectaron un anuncio cargado de buenas intenciones. Reprodujeron imágenes mandadas por nuestras sondas espaciales, con información básica de la existencia y cultura terrestre. Así nos hallaron, y aprendieron idiomas y costumbres. Aterrizaron sin ningún impedimento en enormes terrenos. Fueron recibidos por comitivas multitudinarias, llenas de curiosidad. Jefes de estado, militares, el pueblo entero ardía de expectativa de conocerlos. Descendieron de las naves gigantescas unos esbeltos seres etéreos, andróginos, de largo cabello albino, enormes ojos dorados, y piel color bronce, con un cráneo más grande que el humano. Nos parecieron bellos. Explicaron que habían llegado desde muy lejos, y que no querían ofendernos, pero nuestra inteligencia primitiva no podía captar las bases de su ciencia y cultura, pero que nos ayudarían con su tecnología para beneficiarnos. Todos los adoraban. Había quienes caían desmayados en éxtasis místicos al verlos. Despertaban balbuceando que Dios había mandado al fin sus ángeles a la tierra. Brindaron la cura a todas las enfermedades. Bajaron la contaminación. Revirtieron el calentamiento global. Combatieron hambrunas con ingeniosos invernaderos cultivados en globos flotantes, donde crecían verdaderos vergeles alimenticios en los climas más extremos. Salvaron especies en extinción y reforestaron selvas enteras perdidas. Nos brindaron combustibles libres de toxinas, de origen orgánico, reciclable. En pocos meses mejoraron superlativamente nuestra calidad de vida, y un día anunciaron que tenían un mensaje para darnos. En cada punto del planeta se congregaron miles de personas para escuchar a cada ángel delegado, que emitieron el mismo discurso. Dijeron que habían llegado a la conclusión de que la ayuda que necesitábamos desesperadamente, no era la que ellos podrían brindarnos. La naturaleza del hombre era totalmente autodestructiva: los humanos se regocijaban con el sufrimiento y destrucción de sus pares, enmascarando con sofismas ideológicas sus sentimientos corruptos. Para consolarnos, afirmaron que no éramos culpables de ello: llevábamos la impronta de tener una naturaleza caníbal. Se consideraban impotentes ante esas pulsiones, y nos despedían deseándonos lo mejor. Dejando multitudes apesadumbradas, en un estado de histeria y depresión, volvieron a sus hermosas naves. Partieron con una rapidez sobrenatural. Mientras el mundo entero lloraba el abandono de sus ángeles, los líderes políticos elucubraron planes para utilizar los conocimientos de los enigmáticos seres, instando a sus científicos a crear armas de destrucción masiva. Estalló la tercera guerra mundial. Todos los países contaban con variantes macabras del mismo arsenal de pesadilla, creyendo tener superioridad por sobre los otros. El resultado fue una masacre inenarrable. En pocas horas se perdieron los beneficios que los ángeles habían aportado. El día que destruyeron mi barrio, estaba en mi casa reunido con mi familia. Hubo un sonido sibilante, un estruendo ensordecedor, la sensación de ser arrojado por los aires como un guiñapo, y luego, el desmayo. Al despertar encontré mi hogar pulverizado, y a mis seres queridos despedazados entre los escombros. No comprendí porqué estaba vivo. Al salir de ese espacio, me encontré en un erial de desolación y muerte. La poca gente sobreviviente, era perseguida por un alienado ejército de soldados enloquecidos, vestidos de negro. Disparaban con pequeñas pistolas que emitían rayos dorados, que momificaban en segundos a las personas alcanzadas. Todo fue un raid de pesadilla: huir de los soldados, encontrar alimento y bebida entre la destrucción, buscar refugio como un animal, para guarecerme por las noches. En las ruinas de un supermercado, encontré un hombre agonizando, horriblemente mutilado. Saqué de mi mochila una botella de agua, y la acerqué a sus labios agrietados. Bebió ávidamente. -Quédate conmigo. No quiero morir solo. -me pidió Le tomé la mano sana, y él asintió. -Gracias, hermano. ¿Sabes? No eran ángeles, sino los jinetes del apocalipsis… Constaté su fallecimiento. Le cerré los ojos con suavidad, y me alejé trastabillando, llorando sin consuelo. Renegué de Dios con las palabras más abyectas, a los gritos. Esa estupidez hizo que un grupo de hombres oscuros me localizara. Tuve que correr como un poseso para esquivarlos. Conseguí burlarlos, pero tropecé con una viga, y me fracturé la pierna. Con un dolor cegador, me arrastré hacia las ruinas de una antigua casa, buscando resguardarme. Pasé largas horas en un rincón, tirado sobre una roñosa manta que tenía en mi mochila y agoté mi reserva de agua. Con tiempo de sobra, reflexioné sobre las palabras del hombre del supermercado. “Jinetes del apocalipsis”. No era una deducción extraña. Quizá necesitaban un planeta que ocupar, y el nuestro les gustó. Prefirieron que nos extermináramos entre nosotros, sin ensuciarse las manos matándonos como a bichos. Nos dejaron como al descuido tecnología que podía usarse como armas letales, un arsenal en potencia al alcance de la mano, sembrando una semilla enferma, putrefacta… Era cuestión de tiempo para que nuestra naturaleza caníbal la germinara. Cuando se desocupe el planeta (los pocos que queden vivos, se matarán enloquecidos, entre ellos con sus pistolitas), los ángeles volverán. Limpiarán el estropicio, y construirán un nuevo refugio para su civilización, que “nuestras mentes primitivas” no podrían entender nunca. Quizá grabo estas palabras para distraerme del dolor insoportable que me recorre. Si ahora hablo en susurros, es porque escucho pasos que se acercan. Seguramente los hombres oscuros me hallaron. Mejor. Estoy harto de sufrir. Veo recortados contra entrada, iluminados por un rayo de luna, la silueta de seis niñitos de unos cuatro años, por su menuda contextura, desnutridos y harapientos, avanzando hacia mí. -Entren, chicos, por favor, no tengan miedo. Se acercan con el andar furtivo de animalitos. -No les voy a hacer daño. Estoy lastimado y solo. ¡Lo que está pasando es una locura! Se me tiran encima coreando, como una letanía: -¡Hambre! ¡Mucha hambre! ¡Me están devorando vivo!!!!!!!!!!!!!!..............

martes, 12 de mayo de 2020

EDGAR, EL COLECCIONISTA

Edgar, el coleccionista Edgar, prestigioso dueño de la funeraria local, tiene un pasatiempo secreto. Pese a que no le faltan empleados, él se ocupa personalmente de preparar los cuerpos. Cuando le piden un velatorio a cajón cerrado, se siente de fiesta. Porque es un coleccionista. Y transforma los cadáveres en verdaderas obras de arte. Ya sea por partes, o enteros, con su experiencia en el campo, y años de estudios sobre taxidermia, química e incluso técnicas milenarias de conservación, tiene en su ¨sala especial¨ seiscientas sesenta y seis piezas únicas, de su creación. Sabe que no puede mostrar al mundo aún su obra. Se siente especial, creador de algo bello, original, que algún día será debidamente apreciado y valorado. Su última pieza la realizó con un bebé. Lo acondicionó debidamente. Le insertó alas que armó con plumas reales, obteniendo un ángel, que cuelga estratégicamente con finísimos hilos de acero, casi invisibles, con el espectral aspecto de flotar en el aire. Edgar está orgulloso de su querubín. Lamenta profundamente no poder compartir tanta belleza. Pero no se amarga. Tiene muchísimos proyectos en mente… Mimí Marmor