sábado, 23 de mayo de 2020

ANGELES

Ángeles -Doc, ya son doce horas sin parar. Ya váyase a descansar… -¿Qué hay de ti, Rosa? ¿Cuánto llevas en pie? Ella se encogió de hombros, con una sonrisa cansada. El doctor le sopló un beso. Admiraba profundamente a la curtida enfermera, y su fortaleza. -Me voy a ir, pero a mi misión secreta… -¡Por cierto! ¡Tengo algo para eso! Rosa le entregó una pesada bolsa. Él la recibió, feliz, y se marchó. Sacudiéndose el agotamiento, al llegar a su hogar, llenó de bultos su coche, y se dirigió al barrio más pobre de la ciudad Sacando el primer paquete, tocó una humilde puerta. -¡Doctor! ¡Dios lo bendiga! Cristian sigue con fiebre...¡Gracias por los alimentos! El médico reconoció amorosamente al niño, y le dio instrucciones a la afligida madre, para seguir su ronda. -¿Ya se fue el ángel, mami? Me siento mejor… -Era el doctor, mi cielo… -No, mami. Es un ángel. Ustedes, los adultos no los reconocen. Nosotros, los niños, lo sabemos…Ángeles de bata blanca…

LA NATURALEZA CANÍBAL

La naturaleza caníbal Mimí Marmor El dolor de mi pierna fracturada es pulsante, enfermizo. Susurra historias de pus, infección, gangrena… Acallo esa vocecita interior ejercitando la memoria con la época en que era padre, hijo, esposo. La feliz época anterior a la guerra. Mi pequeño grabador escucha mi relato. Llegaron dejándonos maravillados. Sus hermosas naves iluminaron la noche con una suave bruma dorada. Usando el cielo de pantalla reflectora, proyectaron un anuncio cargado de buenas intenciones. Reprodujeron imágenes mandadas por nuestras sondas espaciales, con información básica de la existencia y cultura terrestre. Así nos hallaron, y aprendieron idiomas y costumbres. Aterrizaron sin ningún impedimento en enormes terrenos. Fueron recibidos por comitivas multitudinarias, llenas de curiosidad. Jefes de estado, militares, el pueblo entero ardía de expectativa de conocerlos. Descendieron de las naves gigantescas unos esbeltos seres etéreos, andróginos, de largo cabello albino, enormes ojos dorados, y piel color bronce, con un cráneo más grande que el humano. Nos parecieron bellos. Explicaron que habían llegado desde muy lejos, y que no querían ofendernos, pero nuestra inteligencia primitiva no podía captar las bases de su ciencia y cultura, pero que nos ayudarían con su tecnología para beneficiarnos. Todos los adoraban. Había quienes caían desmayados en éxtasis místicos al verlos. Despertaban balbuceando que Dios había mandado al fin sus ángeles a la tierra. Brindaron la cura a todas las enfermedades. Bajaron la contaminación. Revirtieron el calentamiento global. Combatieron hambrunas con ingeniosos invernaderos cultivados en globos flotantes, donde crecían verdaderos vergeles alimenticios en los climas más extremos. Salvaron especies en extinción y reforestaron selvas enteras perdidas. Nos brindaron combustibles libres de toxinas, de origen orgánico, reciclable. En pocos meses mejoraron superlativamente nuestra calidad de vida, y un día anunciaron que tenían un mensaje para darnos. En cada punto del planeta se congregaron miles de personas para escuchar a cada ángel delegado, que emitieron el mismo discurso. Dijeron que habían llegado a la conclusión de que la ayuda que necesitábamos desesperadamente, no era la que ellos podrían brindarnos. La naturaleza del hombre era totalmente autodestructiva: los humanos se regocijaban con el sufrimiento y destrucción de sus pares, enmascarando con sofismas ideológicas sus sentimientos corruptos. Para consolarnos, afirmaron que no éramos culpables de ello: llevábamos la impronta de tener una naturaleza caníbal. Se consideraban impotentes ante esas pulsiones, y nos despedían deseándonos lo mejor. Dejando multitudes apesadumbradas, en un estado de histeria y depresión, volvieron a sus hermosas naves. Partieron con una rapidez sobrenatural. Mientras el mundo entero lloraba el abandono de sus ángeles, los líderes políticos elucubraron planes para utilizar los conocimientos de los enigmáticos seres, instando a sus científicos a crear armas de destrucción masiva. Estalló la tercera guerra mundial. Todos los países contaban con variantes macabras del mismo arsenal de pesadilla, creyendo tener superioridad por sobre los otros. El resultado fue una masacre inenarrable. En pocas horas se perdieron los beneficios que los ángeles habían aportado. El día que destruyeron mi barrio, estaba en mi casa reunido con mi familia. Hubo un sonido sibilante, un estruendo ensordecedor, la sensación de ser arrojado por los aires como un guiñapo, y luego, el desmayo. Al despertar encontré mi hogar pulverizado, y a mis seres queridos despedazados entre los escombros. No comprendí porqué estaba vivo. Al salir de ese espacio, me encontré en un erial de desolación y muerte. La poca gente sobreviviente, era perseguida por un alienado ejército de soldados enloquecidos, vestidos de negro. Disparaban con pequeñas pistolas que emitían rayos dorados, que momificaban en segundos a las personas alcanzadas. Todo fue un raid de pesadilla: huir de los soldados, encontrar alimento y bebida entre la destrucción, buscar refugio como un animal, para guarecerme por las noches. En las ruinas de un supermercado, encontré un hombre agonizando, horriblemente mutilado. Saqué de mi mochila una botella de agua, y la acerqué a sus labios agrietados. Bebió ávidamente. -Quédate conmigo. No quiero morir solo. -me pidió Le tomé la mano sana, y él asintió. -Gracias, hermano. ¿Sabes? No eran ángeles, sino los jinetes del apocalipsis… Constaté su fallecimiento. Le cerré los ojos con suavidad, y me alejé trastabillando, llorando sin consuelo. Renegué de Dios con las palabras más abyectas, a los gritos. Esa estupidez hizo que un grupo de hombres oscuros me localizara. Tuve que correr como un poseso para esquivarlos. Conseguí burlarlos, pero tropecé con una viga, y me fracturé la pierna. Con un dolor cegador, me arrastré hacia las ruinas de una antigua casa, buscando resguardarme. Pasé largas horas en un rincón, tirado sobre una roñosa manta que tenía en mi mochila y agoté mi reserva de agua. Con tiempo de sobra, reflexioné sobre las palabras del hombre del supermercado. “Jinetes del apocalipsis”. No era una deducción extraña. Quizá necesitaban un planeta que ocupar, y el nuestro les gustó. Prefirieron que nos extermináramos entre nosotros, sin ensuciarse las manos matándonos como a bichos. Nos dejaron como al descuido tecnología que podía usarse como armas letales, un arsenal en potencia al alcance de la mano, sembrando una semilla enferma, putrefacta… Era cuestión de tiempo para que nuestra naturaleza caníbal la germinara. Cuando se desocupe el planeta (los pocos que queden vivos, se matarán enloquecidos, entre ellos con sus pistolitas), los ángeles volverán. Limpiarán el estropicio, y construirán un nuevo refugio para su civilización, que “nuestras mentes primitivas” no podrían entender nunca. Quizá grabo estas palabras para distraerme del dolor insoportable que me recorre. Si ahora hablo en susurros, es porque escucho pasos que se acercan. Seguramente los hombres oscuros me hallaron. Mejor. Estoy harto de sufrir. Veo recortados contra entrada, iluminados por un rayo de luna, la silueta de seis niñitos de unos cuatro años, por su menuda contextura, desnutridos y harapientos, avanzando hacia mí. -Entren, chicos, por favor, no tengan miedo. Se acercan con el andar furtivo de animalitos. -No les voy a hacer daño. Estoy lastimado y solo. ¡Lo que está pasando es una locura! Se me tiran encima coreando, como una letanía: -¡Hambre! ¡Mucha hambre! ¡Me están devorando vivo!!!!!!!!!!!!!!..............

martes, 12 de mayo de 2020

EDGAR, EL COLECCIONISTA

Edgar, el coleccionista Edgar, prestigioso dueño de la funeraria local, tiene un pasatiempo secreto. Pese a que no le faltan empleados, él se ocupa personalmente de preparar los cuerpos. Cuando le piden un velatorio a cajón cerrado, se siente de fiesta. Porque es un coleccionista. Y transforma los cadáveres en verdaderas obras de arte. Ya sea por partes, o enteros, con su experiencia en el campo, y años de estudios sobre taxidermia, química e incluso técnicas milenarias de conservación, tiene en su ¨sala especial¨ seiscientas sesenta y seis piezas únicas, de su creación. Sabe que no puede mostrar al mundo aún su obra. Se siente especial, creador de algo bello, original, que algún día será debidamente apreciado y valorado. Su última pieza la realizó con un bebé. Lo acondicionó debidamente. Le insertó alas que armó con plumas reales, obteniendo un ángel, que cuelga estratégicamente con finísimos hilos de acero, casi invisibles, con el espectral aspecto de flotar en el aire. Edgar está orgulloso de su querubín. Lamenta profundamente no poder compartir tanta belleza. Pero no se amarga. Tiene muchísimos proyectos en mente… Mimí Marmor

martes, 24 de marzo de 2020

OCASO

OCASO 1 Me costó horrores tocar el timbre, quizá porque sería la última vez que lo haría, que vería el dulce rostro de Antonia. La última vez que tocaría su cálido cuerpo, que escucharía su dulce voz ronca… Lo supimos desde el principio, cuando el azar dispuso que nos conociéramos haciendo un trámite. Los amores prohibidos tienen el tiempo contado. La culpa, el temor de herir sentimientos corroe con la misma fuerza que induce la pasión para pecar . Antonia cuidaba el departamento de una sobrina en viaje de negocios. Ese fue nuestro punto de encuentro. Acudía a nuestras citas clandestinas mirando sobre el hombro, temiendo ser descubierto por algún indiscreto, el corazón estallándome de miedo y placer anticipado. Luego, lo inevitable. La sobrina regresaba en breve. Perdíamos el cobijo de esas paredes cómplices. -Es una señal, Benjamín- dijo Antonia entre lágrimas- Debemos terminar con esto aunque me muera por dentro. -Podemos buscar otro lugar, mi vida. El departamento es lo de menos… -No, Benjamín. ¿Qué excusa le daría a mi esposo? Pobre Edgardo… Si supiera lo que he estado haciendo… También yo me sentía culpable. Dora, mi mujer, estaba enferma. Eso le confería a mi engaño un peso canallesco. Acordamos vernos por última vez, y “retomar nuestras vidas”. Como si tuviera algún sentido para mí la vida sin Antonia… ¿Por qué el destino se había burlado así, cruzándome con la persona perfecta en el momento más equivocado? Toqué el timbre. Ella abrió y me abrazó llorando, temblando sin control. -Nunca he amado a alguien como a vos. Cuando te vayas, voy a quedar seca, vacía… Tragué saliva. Me habían criado con la creencia estúpida de que los hombres no lloran, y ahora sabía que era un cuento insostenible. -¡Te amo! ¡No dejemos que esto termine! -Ya lo hablamos, querido. No volvamos sobre lo mismo removiendo la herida. Disfrutemos nuestros últimos momentos juntos. Nos desvestimos torpemente en la habitación. Nos acostamos entrelazados, mirándonos los ojos en silencio. Así pasamos dos horas: perdidos uno en el otro, acariciando suavemente nuestros cuerpos doloridos de pesar. -Ya es hora- me dijo con la voz enronquecida de angustia. -Está bien, mi amor… Nos levantamos y vestimos con lentitud. Le di un abrazo. -Sos todo para mí. Gracias por haber pasado por mi vida… Ella se sacudía en un llanto desgarrado. Sopesé la posibilidad de mandar todo al diablo, y buscar un refugio para vivir con Antonia. Las respuestas de siempre volvían a mi mente como una bofetada: mi mujer, postrada en silla de ruedas, noble compañera de toda la vida, no merecía ese maltrato. Mis hijos, que con tanta ternura había criado, se transformarían en jueces implacables. Incluso tendría encima la desaprobación y el desprecio de nietos y bisnietos. Tomé el bastón apoyado en la silla. Miré el hermoso rostro de Antonia, cuyas arrugas conocían mis dedos de memoria. Salí abatido hacia un mundo gris. Es una ironía absurda encontrar el verdadero amor a los noventa y siete años… 2

AFILIACIÓN

Frente a la puerta de la impresionante casona, me retoqué automáticamente el pelo. Toqué el timbre mientras repasaba mi imagen. Me di ánimos, diciéndome que estaba absolutamente sobria y presentable. Me atendió una rubia despampanante. Hizo un veloz recorrido visual por mi persona. Se demoró unos segundos en la credencial identificadora prendida en mi pecho, con mi nombre y el de la empresa. Su enorme boca colagenada, pintada en rojo sangre, se abrió componiendo una sonrisa deslumbrante, con blanquísimos dientes. -¡Qué gusto en conocerte, Ester! ¡Te estábamos esperando! Pasá, por favor, querida. Amo la puntualidad. Soy la señora Romero, pero llámeme Luli. Me incomodan las formalidades. ¿No es verdad, Papi? Mientras ingresaba a la lujosa vivienda, dirigí mi atención a “Papi”, un anciano de mirada aterrada, sentado en un rincón, en una ultramoderna silla de ruedas. Luli me besó ambas mejillas. Exhalaba una exquisita fragancia importada que eclipsó mi perfumito barato. -Papi: esta señora es Ester, de quien estuvimos hablando. Ester: él es Carlos, mi esposo. -Mucho gusto, Carlos. Me acerqué y le tendí la mano, que con muchísimo esfuerzo, consiguió estrechar flojamente. Tenía la sufrida cara torcida, y la mitad del cuerpo inerte. Quiso decirme algo, pero solo consiguió soltar un “¡Ummmffff…” -Sentáte, por favor, querida. Lo hice. Ella también, con una gracia felina. Su postura de diva y diminuto vestido destacaban su escultural figura. Debíamos tener la misma edad, pero parecía hija mía. Solo la dureza acerada de sus ojos demasiado maquillados, revelaban una madurez gélida, más allá del tiempo. -Luli: sé que tuvo asesoría por parte de la empresa. Si me permite, voy a explayarme un poco sobre el servicio que consultó para despejar cualquier duda. Para mí es muy importante que no solo cuente con información, sino también, con tranquilidad, seguridad y confianza, que, en definitiva, es lo que se le otorga ante…una penosa situación. -Por supuesto, Ester, hablá tranquila. Y tuteame. -Bien, Luli. Vos deseás pautar el seguro de sepelio para Carlos… Observé el aire de abatimiento del hombre, relegado a su silla. Parecía haberse encogido durante la conversación. Era sorprendente que fuera el mismo hombretón guapo, sano y poderoso, que abrazaba a su bella mujer platinada en las numerosas fotos finamente enmarcadas que decoraban la estancia. En la del casamiento, parecía un galán de cine. Databa de dos años atrás. 2 -Así es, querida. Lamentablemente, al poco tiempo de casarnos, Carlos comenzó a tener gravísimos problemas de salud. Me desvivo por atenderlo: es la luz de mis ojos. Quiero cubrir todas sus necesidades, y es natural que también me ocupe de este…tema. ¡Pero qué desatenta soy! ¡No te ofrecí nada para tomar! Antes de que pudiera contestarle, oprimió un timbre, y se materializó una mujer vestida de mucama, tan inexpresiva, que no parecía tener presencia consistente. -¿Qué tomás, Ester? ¿Café, té, jugo natural, gaseosa, un trago? -Un vaso de agua, si son tan amables… -Dorita, mi vida, agua mineral para Ester, y un gin tonic para mí, por favor. -Sí, señora-contestó Dorita con voz átona, y desapareció- -¡Ummmffff…! -¡Perdón, Papi, mi amor! ¿Querés que Dorita te traiga tu jugo de compota, corazón? “Papi” contestó con el mismo sonido lastimero, que su mujer interpretó como una negativa. Dorita acomodó una coqueta bandeja de plata en la mesita y se esfumó. Luli apresó su trago y lo vació de inmediato, dejando la impronta sangrienta de su labial en el cristal inmaculado. -Dorita es un sol. Una gran ayuda. Gracias a Dios, tiene conocimientos de enfermería. Un gran apoyo para Carlos. Imaginate, Ester. Yo no tengo idea de cambiar pañales, higienizar, e incluso alimentar a alguien en la condición de Papi. Es un alivio contar con manos expertas. Porque para Papi, quiero solo lo mejor. Sonreí incómoda, mientras bebía un sorbo de agua para deshacer el nudo de mi garganta. Recompuesta, saqué de mi maletín una carpeta. -Te comento, entonces, Luli, los detalles del servicio. Sé que es un tema delicado, pero debés saber todo en detalle. -Por supuesto, querida. Adelante. -La empresa les ofrece traslado completo, féretro para nicho o tierra, capilla ardiente, sala de primer nivel con servicio de cafetería y asistentes calificados. Se ocupan de la tramitación. Cuenta con carroza, coches de acompañamiento y… -Pasemos a los planes en sí mismos, por favor, querida. -pidió con una sonrisa seca. -Bien. El plan que creería el más adecuado, es el más económico también. –Le mostré la planilla de costos. –Ofrece todos los servicios que mencioné anteriormente, con la carencia de un año. -¿Un año? ¿Recién contaríamos con el servicio en un año??? -Bueno, tené en cuenta que si surgiera, lamentablemente, la necesidad de usar el servicio antes del año, la empresa no les soltaría la mano. Hay planes de financiación muy contemplativos, además… -¿No existe otra opción, otro plan? 3 -Sí, por supuesto. No te lo mencioné porque se quintuplican los costos, y se negocia en dólares. Tenemos el plan Pre-necesidad, sin ningún tipo de carencias. Tiene disponibilidad del servicio desde el momento en que hace el primer depósito. Con una cuota, cubre todo, de ocurrir la penosa… -¿Una cuota y todo cubierto, sin carencias? -Así es. La sonrisa de Luli había vuelto en todo su esplendor. La mirada de Carlos pasó de la indefensión al terror absoluto. Lágrimas desoladas recorrían su deteriorado rostro. -¡Ummmffff! ¡Ummmffff!!!!!... -¡Papi, mi amor, tranquilo! Mamita te cuida, y solo va a elegir lo mejor para vos, aunque sea lo más costoso. Solo me importa tu bienestar. Luli sacó de su generoso escote un primoroso pañuelito y secó las lágrimas, besando los húmedos surcos, manchando la cara de su marido con labial, como a un payaso grotesco. -¡Mi vida, estás emocionado! No te agites, no es bueno en tu condición. Le acarició la cabeza como a un cachorro, y volvió al sillón con su agilidad de gata entaconada. -No se hable más, querida. Pactaremos ese plan. Ya te extiendo el cheque. ¿Dónde hay que firmar? -¿No querrías pensarlo un poco? Estás quintuplicando los costos, y tomando un compromiso en dólares, además… -Mi querida-dijo tomando mis manos heladas entre sus bellas garras de uñas esculpidas. –Te agradezco muchísimo tu honradez y empatía. Pero deseo todo lo mejor para mi esposo, y entiendo que ésta es la opción adecuada. Mi madre, una mujer muy sabia, siempre decía que lo barato sale caro. Solo indicame dónde firmar. Tengo preparado un sobre con toda la documentación que podés necesitar. -Perfecto. –Tragué saliva, le extendí el contrato, que completó y rubricó con rapidez. Sacó dinero de un bello mueblecito, mientras yo preparaba el recibo. -Ester, querida, acá tenés el dinero acordado, más una retribución para vos. -Pero…Luli…Yo no puedo… - No voy a aceptar una negativa, amorosa. Soy feliz cuando la gente recibe lo que merece. Has sido puntual, delicada, expeditiva. E intuyo una gran discreción, virtud más que valorable en los seres humanos. ¿Me equivoco? -En absoluto, Luli. Agradezco infinitamente tu generosidad… -Por favor, querida. No hay nada que agradecer. Me nació del alma. Brindame tu tarjeta. Te recomendaré con todo mi círculo social. 4 Te acompaño hasta la puerta. Sé que sos una mujer muy ocupada. No te robo más tu valiosísimo tiempo. Tomándome amablemente del hombro, bloqueó la posibilidad de despedirme de Carlos, que se removía desesperado lo poco que su condición le permitía, prisionero de su silla y de su cuerpo. Emitía sus impotentes “¡Ummmmfff!”en una letanía horripilante. Luli me despidió besando nuevamente mis mejillas, entre el sonido tintineante de sus joyas. En el exterior de la mansión, camino hacia la parada del colectivo, bastante alejada, evalué la situación. El plan que había vendido me daba la mejor comisión, prácticamente el cincuenta por ciento más que si hubiera negociado el plan convencional. El “regalito” de Luli, me permitiría llegar holgadamente a fin de mes, sin que me cortaran los servicios. Con mi marido sin trabajo, y en el bolsillo sólo la tarjeta del colectivo, era un respiro económico que realmente necesitaba. En mi cabeza se atropellaban pensamientos negativos. Dos años le había tomado a la bella Luli transformar a un hombre fuerte y saludable en una piltrafa anclada a una silla de ruedas. Pero eran conjeturas mías. ¿Acaso no existen toda clase de desgracias, enfermedades, accidentes? Bien lo sabía yo, con mi trabajo amargo. Aun así, la mirada de horror de Carlos no desaparecía de mi conciencia. Si me hubiera plantado más firmemente con Luli,¿Hubiera prolongado al menos un año más la vida de “Papi”? Porque algo me decía que encontraría su nombre muy pronto en las necrológicas… Corrí ante la llegada del colectivo, alcanzándolo justo a tiempo. No existen certezas de nada. Al menos, en mi mesa no faltaría comida para mis hijos este mes, y no me cortarían la electricidad. Todo al módico precio, quizá, de despertar por las noches con un lastimero “¡Ummmmffff!” colándose en mis pesadillas. ¡Qué sabia la madre de Luli! Lo barato sale caro…

LAS MACRÓFAGAS

Las Macrófagas Logró, después de años de trabajo, mutar genéticamente unas células. Consiguió que atraparan y devoraran a sus odiosas compañeras cancerígenas sin que alteraran el sistema del sujeto portador. Había experimentado en ratones con horribles tumores. Después del tratamiento, se encontraban perfectamente saludables, sin rastro alguno de su antiguo padecimiento. No podía aun aplicar el maravilloso descubrimiento en seres humanos. Había que hacer cientos de estudios y ensayos clínicos en otros especímenes para considerar la presentación final del proyecto como cura definitiva de la amarga enfermedad. Fue su angustia y desesperación lo que le llevó a introducir a las “Macrófagas”, como las había bautizado, en el cuerpo de su pequeña hija, con cáncer de páncreas. No pudo expresar su felicidad al ver la pronta remisión. Era un absoluto milagro. Tampoco consiguió explicar su alienado horror, cuando en contra de todas las expectativas, las células se descontrolaron en forma irrefrenable, y comenzaron a devorar por dentro a su niñita, que en pocas horas se transformó en una espantosa momia consumida, con una mueca póstuma de sorpresivo desconcierto. Antes de pegarse un tiro, pensó que se había apresurado demasiado…

EL ANHELO

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