miércoles, 11 de marzo de 2020

FEROZ


FEROZ  
  

Hoy es un día especial para mí.

He decidido contar mi historia, la verdadera historia atrás del cuento que ha circulado ya por demasiadas generaciones, en forma errónea y trasgiversada, haciéndome quedar como un monstruoso villano.

Me presento: soy el tristemente célebre Lobo Feroz. Por lo menos, así se me conoce….

Voy a comenzar por el principio.

Yo era un hombre, común y feliz. Un leñador que vivía dichoso con su familia en el linde del bosque, y que tuvo la mala suerte de cruzarse con una mujercita que la literatura se empeñó en pintar como una niñita pura e inocente. Sí, han adivinado: estoy hablando de Caperucita Roja.

Lejos de ser una criaturita, ella era una adolescente encaprichada conmigo, a sabiendas de que era un hombre casado, enamorado de mi esposa y de mis bellos hijitos.

Cada vez que se adentraba en el bosque para visitar a su abuela, se me insinuaba descaradamente, a pesar de mi postura indiferente.

Furiosa por mi negativa de rendirme a sus encantos, me dio un ultimátum: o accedía a sus deseos, o una terrible venganza caería sobre mí.

Es oportuno aclarar que Caperucita era una poderosa hechicera. Su capa púrpura representaba el símbolo del rango que ocupaba dentro de su orden, solo superada por el de su abuela, que ostentaba las vestiduras negras mayores.

Su madre, que detestaba las artes oscuras, era menospreciada por ambas, que se abocaban a las invocaciones y aquelarres.

Un día en que me hallaba en mis quehaceres, se acercó a preguntarme si había cambiado de opinión.

-¡No! ¡Por favor, no insistas! Eres muy bonita.  Busca a un chico que sepa apreciar tu belleza y juventud.

-¡Te quiero a ti, leñador! Y si no puedo tenerte, teme lo peor…

Esa misma noche, mi esposa enfermó, hirviendo de fiebre, al igual que mis dos niños.

Desesperado, corrí al pueblo a buscar a una curandera, contándole la amenaza que se cernía sobre mi persona.

-Yo puedo curar y proteger a tu familia con este amuleto consagrado en la iglesia, pero nada puedo hacer por ti.

­-¡Te ruego que les salves!

-Dales de beber esta pócima. Te advierto que la fiebre se irá de sus cuerpos, pero entrará en el tuyo transmutada en otra cosa. El amuleto solo protegerá a tu familia.

-Que así sea.

Le di unas monedas a la buena mujer, que se marchó rápidamente, muy asustada.

Efectivamente, la fiebre se fue de mis seres queridos, pero yo empecé a sentir que mi cuerpo hervía horriblemente.

Un terrible fuego me oprimía el pecho, y un dolor atravesaba mis músculos en forma insoportable.

Mi figura comenzó a mutar.

Me transformé en un hombre lobo.

Atónito, observé mis peludas garras, palpé mi hocico, mis colmillos, y hui de mi casa mientras mi familia dormía, recuperándose, ignorante de mi tragedia.

Al salir me esperaba Caperucita, con una sonrisa aviesa.

-Aún estás a tiempo de revertir tu…condición. Solo dímelo, y volverás a la normalidad.

El odio que sentí me hizo gruñir furioso.

-Si me atacas, mataré a los tuyos sin piedad. Voy a lanzar la habladuría de que un lobo asesino acecha en el bosque. Así que busca refugio, como el animal que ahora eres, pues pronto los cazadores te buscarán sin tregua. Si cambias de opinión, me avisas.

Aterrorizado con la posibilidad de que mi familia sufriera daño, desaparecí en el sombrío atardecer, y me guarecí en una cueva.

No había perdido el don del habla. Al menos podría comunicarme, buscar ayuda para salir de la espantosa situación en que me encontraba.

Esa noche fue la más larga de mi vida.

Tuvieron que transcurrir dos largas jornadas, vagando por el bosque, alimentándome de conejos y ardillas que no lograban aplacar el hambre terrible que me torturaba constantemente, cuando tomé la decisión de intentar hacer algo a mi favor.

Pensé que solo alguien consagrado a Dios podría brindarme ayuda. Vino a mi cabeza el monasterio apartado en un extremo del bosque, habitado por monjes que cultivaban la tierra, y se dedicaban a la meditación.

Corría el riesgo de causar terror, y mi propio exterminio, pero debía intentar contar mi historia a una persona dedicada al bien.

Así que marché hacia allí. Me escondí entre unos arbustos, observando como los monjes labraban la huerta orando tranquilos. Esperaba ver que quedara uno solo, apartado, para intentar comunicarme sin generar el pánico masivo.

Ya casi caía el sol. Todos se retiraban. Pensé que no tendría chance. Pero un hermano regresó, en busca de una herramienta de labranza olvidada. Lo llamé, escondido entre una frondosa planta, y velado por la escasa luz del atardecer.

-¿Quién me habla?-preguntó atemorizado.

-Por favor, amable monje, le pido que no se asuste cuando me vea. Tengo un terrible problema, que solo puedo resolver con la ayuda del Señor. Le ruego que no grite cuando me vea. Le juro que no le haré daño alguno…

Salí de mi escondite, y el monje, aunque horrorizado al verme, y persignándose varias veces, tomando su rosario, al menos no soltó el alarido que pugnaba por salir de su garganta.

-¿Qué clase de maligno engendro eres?

-Un engendro del mal no osaría acercarse a la casa de Dios. Ni a rogar ayuda de rodillas…

Me hinqué en el suelo uniendo mis garras en un gesto de súplica.

-Cuéntame que te ocurrió. Al menos tengo que escucharte…

-¡Gracias, noble Hermano! ¡Muchas gracias!

Desahogué con él toda mi desgracia. El sopesó cada palabra, y cuando mencionaba a Caperucita, un gesto de desagrado se cruzaba por su rostro. Le dije que podía corroborar mi historia con la curandera del pueblo, y que necesitaba que anoticiaran a mi familia de mi paradero.

-Me dices que te llamas Abel, hermano. Mi nombre es Francisco. Comprenderás que debo transmitir este gravísimo caso de brujería a mis superiores. Teníamos sospechas de actividades demoníacas de esa mujer, y otras más que se congregan para el maligno. Deberás esperarme afuera, echado en el portón de entrada, formando una cruz con tu cuerpo, y aguardar la respuesta del abad.

Y eso hice. Tuve la sensación de aguardar por horas. Ya la oscuridad me rodeaba, y la humedad del pasto entumecía mi aborrecible figura, cuando unos pasos se acercaron hacia mí.

No me moví hasta que una voz me indicó:

-Levántate, Abel. El hermano Francisco me puso al tanto de tu caso. Soy Pedro, el abad.

Me incorporé y vi al anciano, rodeado de otros monjes, como protegiéndolo del peligro de mi presencia.

-Vas a pasar unas pruebas antes de dejarte ingresar al monasterio.

Pusieron figuras sagradas, que besé con toda la devoción que me permitía el hocico deforme. Me rociaron con agua bendita. Dijeron oraciones, a las que contesté con las aprendidas de niño en la iglesia.

Conforme, el abad me condujo a la entrada del monasterio, donde me dio un hábito con capucha para que me cubriera.

Me hizo sentar en una mesa. Me trajo alimentos, que comí con el poco decoro que me permitía mi condición de mutante, y me dirigió su palabra.

-Te creemos, Abel. Hemos deliberado, y llegamos a la conclusión de que si te acompañamos, y le pedimos en el nombre del Altísimo a la hechicera que te libere de esta abominación, el poder del Señor la obligará a revertir el daño causado. Iremos con las autoridades. Eres la prueba viva y contundente de sus tratos con el maligno. No lo podemos permitir. Hace rato que pesan acusaciones en su contra, pero siempre ha quedado impune. Esta vez será diferente.

Mañana, unos emisarios se contactarán con tu familia, y buscarán a los soldados para apresar a la bruja, después de que deshaga el hechizo.

Lloré de alivio y emoción. No encontraba las palabras para agradecer a los santos hombres por la comprensión mostrada.

Me consolaron, y prometiéndome lo mejor, me llevaron a un cuarto austero e impecable para que descansara.

Dormí con la paz de la esperanza.

Al día siguiente, me acercaron un desayuno y me sugirieron esperar en el cuarto, hasta que llegaran los soldados.

-Te dejamos una biblia, para que la palabra de Dios te fortalezca hasta que esto se resuelva.

Con la poca habilidad que me conferían mis garras, logré tomar el libro y leer, aguardando.

Vinieron las autoridades, y nos dirigimos en procesión hasta la cabaña de Caperucita.

Su pobre madre se deshizo en lágrimas al vernos, pero nos dejó ingresar, resignada, llamando a su hija, que nos recibió con una mirada de odio brutal.

Cuando Pedro la exhortó a sacarme su maldición en nombre de Dios, comenzó a temblar. Una enfermiza luz rojiza la envolvió como un aura, de manera fluctuante.

-¡Miserables perros esclavos! Liberaré al leñador. Pero esto no quedará así. Todos los aquí presentes, incluida la infeliz que me parió, serán castigados. Tarde o temprano, se acordarán de mi nombre…

Te maldigo, Abel. No creas que saldrás indemne de tu desprecio y traición. No solo pagarás con lágrimas amargas tus actos, sino que serás recordado por siempre como un ser abominable…

Antes de que nadie tuviera tiempo de reaccionar, en la inesperada bruma de un humo rojizo, la bruja se transformó en un cuervo rojo, que voló por la ventana.

La madre no paraba de llorar. Los soldados y los monjes se miraban entre sí, confundidos y asombrados, llenos de temor.

Yo, entre tanto, volví a sentir un espantoso ardor en mi pecho, y comencé a convulsionar. Cuando se acercaron a ayudarme, mi cuerpo había cambiado nuevamente al de un hombre normal.

Tanto los soldados como los monjes, se arrodillaron junto a mí, alabando al Señor y a Su poder.

-No pudimos atraparla, Abel, pero eres un hombre libre del mal. Te escoltaremos hasta tu casa, donde te espera con ansias tu familia.

Yo no cabía en mí mismo de felicidad.

El reencuentro con mi esposa e hijos colmó de alivio y alegría mi atormentado espíritu.

Mi esposa le dio al abad el único objeto de valor que poseía: una cadena de oro heredada por su madre.

Después de la pesadilla vivida, disfruté cada segundo, atesorando como joyas los momentos que antes me parecían normales e intrascendentes.

Una noticia ensombreció mi rutina: me enteré que en un incendio, que a duras penas lograron sofocar, perecieron los monjes que me habían ayudado. Mi corazón se inundó de tristeza.

Cuando llegó a mi conocimiento la muerte de los soldados que nos escoltaron el día fatídico, víctimas de un envenenamiento por una ingesta de comida en mal estado, me invadió el temor.

Supe más tarde que la madre de Caperucita había aparecido colgada en su cabaña.

Las predicciones de la maligna criatura se estaban cumpliendo inexorablemente. Yo tenía pesadillas todas las noches, y mis días transcurrían con angustia.

Pensé que ese miedo espantoso con el que convivía era el castigo prometido para mí.

Cuando mi esposa me contó, emocionada que esperaba mi tercer hijo, la esperanza del nuevo milagro me distrajo de mis terrores, observando el maravilloso crecimiento del vientre de mi amada.

Llegó el día del parto. Fui en busca de la curandera, que también oficiaba de comadrona, y esperé ansioso el llanto que anunciaba la llegada del pequeño.

En lugar de eso, un grito de horror llenó el ambiente, helándome la sangre.

Corrí a la habitación, donde vi, al borde de la locura, que mi mujer había parido a un lobezno, y fallecido de terror al verlo…

La curandera, espantada, salió corriendo de la casa, trastornada.

Comprendí que no se puede escapar de la maldición de una bruja, y que mi vida estaba indefectiblemente arruinada.

Sabiendo que condenaba mi alma, maté al engendro recién nacido.

Llevé a mis hijos con unos parientes, en la ciudad, dándoles los ahorros de toda mi vida, y encomendándoles su educación y cuidados.

Y con el espíritu roto, me dirigí al monasterio, rogando tomar los votos, entregándoles mi casa para que dispusieran de su venta.

Me dediqué a las monótonas actividades cotidianas del lugar, orando en una letanía obsesiva para alejar mis pensamientos amargos.

Con el paso del tiempo, descubrí que la maldición iba más allá de lo imaginado. Aunque yo envejecía lentamente, veía morir a mis compañeros, sin que la muerte me llevara a mí. La malvada Caperucita me había condenado con la inmortalidad.

Y tal como predijo, sufrí la desdicha de ver plasmada mi historia en un cuento para niños, donde mi intervención es la de un perverso villano: el tristemente célebre Lobo Feroz.

Con la intención de limpiar mi nombre, escribo estas líneas. Tengo la esperanza de que se conozca mi nombre, se sanee mi reputación, y dejar de ser el malvado ser que asusta a las criaturitas inocentes en el momento de lectura antes del sueño.

Ojalá que alguien se haga eco de mi desdicha, que no se termina nunca…

Para mi desgracia, justo en el árbol junto a la ventana de mi cuarto en el convento, todas las noches grazna burlonamente un exótico cuervo de plumaje rojo como el fuego del infierno…



                    
                                                                                                                                            

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