miércoles, 11 de marzo de 2020

UN POCO DESORDENADA


UN POCO DESORDENADA            

Sonó el despertador a las cinco de la mañana. Mauricio se levantó como un

zombi enloquecido para no llegar tarde al trabajo. Al vibrar el aparato,

parecía haber recibido una descarga de picana eléctrica, por sus movimientos

convulsivos.

 Tuvo la consideración de vestirse a oscuras para no molestarme. ¡Qué dulce!

 Trastabilló como un borracho antes del desmayo, pero lo logró.

Escuché somnolienta sus insultos mientras  tropezaba con los muebles y se

quemaba con la cafetera, el pobre. No dormía lo suficiente como para enfrentar el

amanecer sin hacerse daño.

Comenzaba su jornada demasiado alterado.

Me hubiera gustado prepararle el desayuno, alcanzarle la ropa, desearle un buen

día conversando con él y dándole aliento…

Como cuando éramos recién casados. Yo estaba por terminar mi carrera

universitaria, y tenía mi empleo de medio tiempo.  Y él, bueno, él se iba a comer

el mundo crudo. Se ve que se le atravesó en el estómago,  le causó indigestión, y

lo tuvo que vomitar poco a poco todos los días de su vida.

Dejé estudios y empleo cuando quedé embarazada. Mauricio empezó  a trabajar

el doble. Era lo justo, lo que correspondía a un padre de familia responsable.

  La cama estaba tan cómoda, calentita, y yo tan cansada…Me merecía un rato

más de sueño. Me lo había ganado. Al menos eso sentía.

A las ocho escuché que despertaban los mellizos. Mis dos hermosos niñitos

amados.  Cuatro añitos. Sumamente traviesos y exigentes.

 Dos bellos diablitos, vampiros chupadores de energía. Justamente lo que no tenía

para dar en ese momento.

Todavía no podía entender que me había impulsado a engendrarlos. No es que no

los amara con locura. No era eso. Para nada.

Tan divinos, ellos…

Debía atenderlos. Era mi sagrado deber de madre. Mi apostolado.

No podía despegar los ojos. Me pesaban los párpados como lápidas. Seguí

durmiendo, acunada por la idea de que sus chillidos de salvajes eran una

pesadilla que se esfumaría al despertarme.

Dios los cuidaría. Siempre lo hacía. Yo soy una mujer muy creyente. Eso tiene

sus recompensas.

A las doce me levanté sin ganas, sobresaltada por los alaridos estridentes de los

niños, totalmente amodorrada. Posiblemente eran las pastillas que tomaba por las

noches. Me excedía un poquitito con la dosis, pero que bien que se sentían. Me

hacían olvidar del mundo en unos minutos mágicos. Bien valían un malestar al

día siguiente, aunque pareciera que unos gnomos malvados me taladraban el

cerebro.

Los chicos, además de gritar como poseídos durante un exorcismo, daban asco.

Estaban desnudos como salvajes, embadurnados con una mezcla de mocos,

barro, mermelada, y otras sustancias desconocidas. 

Tenían rastros en el cuerpo de haberse estado golpeando con algo, a juzgar por

sus moretones. Además lucían marcas de mordiscos.  ¡Qué caníbales

inadaptados!

Habían incursionado en la heladera y la alacena para calmar el hambre, dejando

huellas mugrientas de sus andanzas por todos lados, como el rastro de dos

babosas gigantes.

Mientras lloraban y peleaban como maníacos, les di una limpiadita con un trapo

húmedo que no olía mejor que ellos, y los consolé con una canción que les

gustaba. Me observaban asombrados, como si fuera una desconocida. Niños…

Los  vestí con lo primero que encontré. La ropa no combinaba en absoluto.

Parecían pequeños pordioseros. A ellos les tenía sin cuidado.

Después los bañaría y acicalaría debidamente. Los dejaría bellos.

Lo haría cuando adecentara el baño, que lucía como si una pandilla de monos

adolescentes hubiera hecho sus necesidades en él. ¡Qué asco!!!

Saqué de la mesa los platos sucios de la noche anterior. No tenía ganas de lavar.

Los puse en la pileta repleta de cacharros mugrientos. Fue una verdadera proeza

mantener en equilibrio tremenda torre de trastes. Tanto haber jugado  tetris daba

sus frutos…

Preparé unos sándwiches para almorzar. No me entusiasmaba cocinar, y a los

chicos les gustaban. Amaban la comida chatarra. ¡Suerte para mí!

 En lo personal, la ingesta de esa clase de porquerías me había hecho engordar

unos veinte kilos, sumados a los que me quedaron del parto, que nunca pude

bajar. Odio la gimnasia y las dietas.

Después de todo, soy una señora casada, y no tengo por qué seguir los

estereotipos de belleza capitalista que nos quieren vender a las mujeres,

como si fuéramos un objeto. Yo tengo una gran personalidad y autoestima.

Sé que me empodero desde mi inteligencia y capacidades. Como madre y esposa,

por ejemplo.

Pese a esta certeza, en mi caótico ropero, entre montones de trapos acomodados a

presión, están las cajas con la ropa de mi época “de flaca”.

A veces, cuando me agarra una cosa rara en mi interior que aún no logro

descifrar, saco una vieja prenda e intento ponérmela, con resultados desastrosos.

La última vez, intentando calzarme un pantalón que no subía ni a mis rodillas,

terminé cayéndome de culo, enredada, transpirada y presa del jean hostil. Los

mellizos, que no se perdieron un segundo de la maniobra, lloraban de la risa

abrazados, como no soportando la estabilidad de tanta hilaridad desatada, al ver a

su madre tirada e impotente como un sapo aplastado.

A mí no me hizo ninguna gracia. Es más, sentí una angustia que me inundaba el

pecho como un veneno amargo, pero reprimí las ganas de agarrar a los pequeños

a cachetadas, y guardé el sentimiento bien al fondo de la cabeza, como vengo

haciendo con todas las cosas que me desagradan.

Esconder esas sensaciones en un limbo mental me brinda excelentes resultados, y

no tengo que lidiar con el enojo, la tristeza, ni cualquiera de esas negativas

emociones. Me considero  feliz y positiva.

Algún día que tenga más ánimos me desharé de esas ridículas cajas con ropa de

anoréxica, cuando esté del humor indicado.

Salí de mis absurdas remembranzas para pensar en mi jornada. No me gustó el

panorama.

Me enfoqué en mi hogar. La verdad  es que había demasiado para hacer en la

casa. Demasiado.

Las habitaciones eran un caos. Toda la ropa estaba sucia y desparramada. El

living era un desastre embarrado. La cocina imitaba un campo de guerra.

Todos los días me proponía realizar una limpieza exhaustiva, un orden

renovador, pero me venía un extraño cansancio que me hacía posponerlo, y había

llegado a un punto en que parecía un proyecto titánico, demasiado para mí.

Era abrumador.

En un rato arrancaría. Necesitaba un poco de entretenimiento para comenzar.

Les expropié el televisor a los mellis, que aullaron de lo lindo, pero hice valer mi

autoridad enviándolos a jugar.

 Es importante poner límites y enseñar quien manda. Si no aplico mano ruda,

corro el riesgo de que el día de mañana terminen siendo unos vagos,

delincuentes, o inadaptados. ¡Hasta es posible que consuman drogas!! Eso no les

va a pasar a mis retoños. Tienen una mamá que los sabe educar y decirles basta.

Es fundamental.

 Era la hora de las novelas. Todas iguales y previsibles. Chicas que empiezan

como empleadas de limpieza y conquistan al rico joven casadero de la familia,

para el horror de toda la parentela (sobre todo de la suegra, indefectiblemente

cruel y sádica). De mucamas a multimillonarias. Pero no quería perdérmelas. No

era un pecado mirar unos capitulitos, por más cursis y rebuscados que fueran.

Además, ¡qué satisfacción ver la cara de odio de las villanas ultrajadas!! Un

pequeño vicio sin víctimas.

Más tarde limpiaría. Sin falta.

Terminaron las novelas y empezaron los programas de chimentos.

 ¡Qué descarados eran los famosos!!!   ¡Cuántos escándalos!! ¡Ya no hay moral

en este mundo!!

Los chicos llevaban y traían juguetes de la casa al patio, y toda clase de

porquerías del patio a la casa, dejando un desastre de lodo y plantas arrancadas

de raíz. ¡Qué salvajes!

Ya estaban muchísimo más mugrientos que cuando comenzaron sus andanzas.

Les pedí que se portaran bien, que se manejaran  como niños grandes y

obedientes. No me prestaron la más mínima atención, y siguieron dedicando su

tiempo a destruir el poco jardín raquítico que a duras penas se mantenía en pie.

No tenía ganas de ponerme a gritarles o darles un chirlo. Estaba divertida la tele.

Me preparé un cafecito para despejarme.

Me enganché con una película. Sabía que era muy buena porque la  había visto

varias veces. Siempre lloraba con el final. Soy una romántica incurable.

Tenía que limpiar, ordenar, lavar, hacer las compras… ¡Qué desgano!!

Les di la leche a mis hijos, sin calentar, con rodajas de pan de ayer. Era

demasiado lío ponerme a tostarlo.

 Ellos tragaron todo como trogloditas. Creo que hubieran comido piedras, si se

las untaba con mantequilla.

En vez de abocarme a mis quehaceres, me senté a ver los informativos. Una tiene

que estar al día, conectada con la realidad.

 Y yo no era adicta a los teléfonos inteligentes. Eso es una enfermedad para

mediocres: redes sociales huecas donde la gente sin vida propia pierde su

intimidad y valioso tiempo, publicando estados de mentira, actividades y salidas

que a nadie le interesan.

 Es más. No tenía ni una remota idea de dónde estaba mi teléfono, ni cuándo

había sido la última vez que le hubiera cargado.

Pasaban cosas muy interesantes en el noticiero: robos, violaciones, estafas,

corrupción, huelgas, desempleo, catástrofes de todas las variedades. Eran temas

como para conversar con mi esposo cuando regresara de su duro día y distraerlo

un poco.

Entonces me di cuenta de que no me había sacado aún el camisón, ni peinado. No

me había lavado la cara, siquiera.

¿Cómo se había ido así de rápido el día? Era increíble…

En eso estaba pensando, y en la pereza que me daba, cuando Mauricio llegó del

trabajo, pegando un portazo que nada bueno auguraba.

Venía agotado y alterado. Demasiado pálido y demacrado.

  Una protuberante venita le palpitaba en la sien izquierda, como un minúsculo

corazón enojado.

Al entrar me reprochó el estado deplorable de la casa, de los niños y de mí

misma.

Qué incomprensivos son los hombres…

Le contesté que para él era tan fácil. Se iba todo el día, dueño y señor absoluto de

su tiempo, y yo tenía que quedarme a renegar con los rebeldes mellizos, esclava

de sus requerimientos, que daban toneladas de dolores de cabeza. Siempre

totalmente atada a mi insípida rutina, sin desafíos interesantes ni incentivos.

Yo criaba a sus hijos, y mi recompensa eran sus crueles quejas machistas…

Me preguntó si por lo menos había pagado los impuestos que vencían ese día,

como me había pedido la noche anterior.

Me dijo que me había llamado mil veces para recordármelo, pero que daba

directo con el contestador.

Tuve que reconocer de mala gana que había olvidado hacerlo. En realidad jamás

le había prestado atención cuando me lo dijo, pero obvié de comentárselo, claro.

Tampoco le conté que no sabía dónde estaba mi puto teléfono. En algún lugar

ignoto de la pieza, en el cajón de los juguetes de los chicos, en el

lavadero…Vaya a saber…

Insultando por lo bajo con las palabrotas más variopintas, se fue a bañar.

En el baño siguió puteando, al encontrar el chiquero inmundo de la ducha y

sanitarios.

Metí en la pileta los platos del almuerzo, las tazas de la merienda y de mi café.

Ya no quedaba espacio, pero me ingenié para no desmoronar la creativa torre que

había erigido como una artista de la vajilla sucia.

Herví arroz y salchichas en la última olla limpia, heroína ilustre de mi batalla de

ama de casa.

Mauricio se sentó a cenar con un humor de perros. Me imaginaba tronar sobre su

cabeza una negra nube de tormenta lanzando rayos asesinos. Me observaba con

un gesto de disgusto feroz. Yo hacía como que no me percataba de su mal humor,

e intentaba sacar conversación, sin lograr cambiarle su tremenda cara de culo.

 La venita de su sien palpitaba sin cesar, cada vez más veloz y virulenta.

Ya se le pasaría, como siempre. O por lo menos, eso creía. No hay mal que dure

cien años.

Abrí la heladera para sacar la jarra de jugo, pegajosa de mermelada, mientras los

chicos se arrojaban alegremente puñados de arroz apelmazado y soso con gran

algarabía.

Salió una vahada de olor realmente repugnante. Parecía que hubiera abierto una

tumba, realmente.

Obviamente, Mauricio indagó sobre la procedencia del hedor.

Me puse a buscar. Encontré verduras podridas, pero no olían tan terrible.

Tampoco era la carne en mal estado, olvidada en el fondo.

Vi la cacerolita con el guiso que mi suegra nos había regalado una quincena

atrás.

La saqué y arrojé el asqueroso contenido al inodoro, y la acomodé sobre la

precaria pila de cacharros pringosos de la pileta. Muy asombrosa la pestilencia

que podía generar un guisito que fue tan rico hace unos días, nada más…

Mauricio comenzó a ponerse rojo. Su venita palpitaba cada vez más rápido, si

eso era posible.

Me preguntó cómo podía ser tan dejada, sucia e indolente. Cómo había llegado a

ese nivel de haraganería y desidia, a ese descontrol de mi persona, gritando como

un lunático.

Le dije que no tenía derecho a ofenderme. Lo que estaba haciendo era ejercer

sobre mí violencia verbal, que era casi lo mismo que pegarme, y que lo podía

denunciar por maltrato, mientras enjuagaba las lágrimas de mis ojos con un

repasador tieso de mugre.

Sollozando le dije que era una buena madre y esposa, una mujer decente, de

familia, que lo respetaba, inculcando valores cristianos y saludables en mi hogar,

no como otras que andan callejeando todo el día de tacones y pintadas como

rameras, abandonando su prole con terceros para regodearse en el vicio. Sus

 mismas compañeras de trabajo dejaban bastante que desear. Y mejor cerraba

la boca, porque era una señora, y algunas palabras no son dignas de ser dichas

por una dama.

Mi único defecto era ser un poco desordenada.

¿Quién no tenía alguna pequeña falla?

¿Quién podía tirar la primera piedra?

¿Acaso él era perfecto, llegando a su casa, su hogar, de tan mal humor, tratando

así a la esposa que había jurado amar ante Dios?

Entre tanto, los niños se golpeaban al unísono  la cabeza llena de arroz con el

tenedor, y amagando con hincárselo mutuamente en los ojos. Gritaban  con una

sincronía asombrosamente irritante.

Mauricio les gruñó que se dejaran de joder con un tono gutural realmente

atemorizante, bastante impropio de él.

No son tontos los chicos. Se quedaron mudos y tiesos.

Me miró con intención de seguir discutiendo, el cabello erizado como el de un

gato furioso. De sus ojos sombreados de enojo saltaban chispas.

El rojo de su rostro había mutado a un fucsia violento.

Al abrir la boca para reiniciar su perorata, se llevó las manos al pecho con un

gesto de dolor y asombro desesperado, y cayó redondo, sin poder decir ni mu.

Corrí hacia él desmañadamente.

Los mellizos se asustaron y huyeron a su cuarto chillando como cerdos en el

matadero.

Hice todo lo que pude para ayudar a mi esposo.

 Intenté realizar las maniobras de resucitación que una vez me enseñaron sobre su

pecho flaco, pero no recordaba bien cómo se aplicaban, y parecía que estaba

dándole una paliza a un hombre caído.

Cuando ya fue demasiado evidente que estaba más que muerto,  dejé de

aporrearle el esternón con una sensación de derrota. Pobre, pobre Mauricio, mi

amado marido.

Ya no palpitaba más la loca venita de su sien.

 No escucharía jamás sus gritos ni insultos sobre mi dejadez y pereza.

Empezaba a extrañarlo desesperadamente, con un miedo alarmante.

Tenía que llamar a alguien, buscar auxilio.

Debía pedir una ambulancia, aunque ya no sirviera de mucho, y avisar a la

policía.

 Me imaginé una escena de serie de detectives, donde me interrogaban y

buscaban pruebas con material sofisticado en toda la casa.

 ¡La casa!

¡Qué sucia y caótica que estaba! No había un solo lugar limpio y presentable en

toda su superficie.

Hasta las paredes estaban grafitteadas con crayones lavables que jamás lavé.

Realmente me avergonzaba recibir gente en el desorden reinante.

La sorpresiva  muerte de Mauricio me había dejado choqueada, agotada.

No podía ser verdad lo que había ocurrido.

¡Quedarme viuda tan joven, desamparada con mis hijitos!!

Era muy injusto. Me había abandonado de pronto, sin darme tiempo de hacerme

a la idea, sin un aviso…

¿Quién se ocuparía de nuestro sustento? ¿Y las cuentas e impuestos?

¡Qué horror!!!

Sola en el mundo con mis pequeños niños…

El fucsia del rostro de Mauricio  había dado paso a un gris ceniciento.

Todavía conservaba un semblante que combinaba la sorpresa absoluta con un

profundo desagrado.

Tendrían que esmerarse mucho en la funeraria, sobre todo para cerrarle la boca,

que parecía seguir gritando, aún difunto.

Las moscas verdes que antes volaban sobre la ollita del guiso  podrido se posaron

sobre él.

Saqué una sábana del cesto de ropa sucia y lo cubrí para protegerlo de los bichos.

Era un gesto de amor que él hubiera apreciado.

Mandé a los chicos a dormir. Les dije que papá estaba enfermo, pero que se

pondría bien. No querían creerme, por lo que tuve que aplicarles un par de azotes

en el traste para que se calmaran y se metieran en la cama, temblando de miedo.

La disciplina, ante todo. No debía perder el control…

Me puse a pensar como seguir con la horrible situación y sus consecuencias.

Sólo llegué a una conclusión.

Me fui a acostar. Estaba muy cansada. No podía poner en orden las ideas en mi

mortificada cabeza.

Agotada, era la palabra justa.

Mañana sería otro día.

Ordenaría todo.

Lavaría los platos, la ropa, las paredes pintarrajeadas.

Desinfectaría el baño inmundo.

Bañaría a los mellizos y a mí, y nos vestiríamos impecables.

Dejaría todo de punta en blanco, como le hubiera gustado a Mauricio encontrar

 su hogar  cuando llegó.

Nadie me podría reprochar que era un poco desordenada…

Aunque a  pesar de mi terrible tragedia, seguro  no faltaría algún  hijo de puta

machista y misógino que lo hiciera.

Así es la gente.

Me tomaría unas cuantas pastillitas para tranquilizarme. Quizá una o dos más de

la cuenta, por el estrés.

Todo mejoraría después de dormir unas horas…


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